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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado

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Dédalo
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 09:40 am

Capítulo 13
Un encuentro de lo más raro
El monte Tubqal aún estaba muy lejos. Yo ya comenzaba a arrastrarme por la falta de comida y apenas conseguía seguir caminando. Seguramente, Hera y Afrodita estaban detrás de mí, empujándome a seguir adelante. Pero solo me reconfortaba la idea de encontrar a Annabeth antes de que Poseidón y Atenea comenzaran una guerra. Entonces caí de rodillas y me quedé observando la formación rocosa que estaba por allá a lo lejos. Algo venía volando desde allí. Me aferré al tridente de mi padre y me puse de pie apoyándome en él. La única razón por la que la tierra no me había tragado era porque portaba esa arma. De lo contrario, ahora estaría en lo más profundo del Tártaro. La cosa que venía volando resultó ser una esfinge. Se plantó delante de mí, y se dispuso a imponerme un desafío para dejarme pasar.
- Joven.-me dijo.- ¿Qué haces aquí?-
Era difícil confiar rápidamente en una esfinge, así que elaboré una respuesta completa que solo le habría dado a un amigo muy cercano. Si omitía algún detalle o respondía erróneamente a sus adivinanzas, me mataría. Comencé a recopilar los hechos esenciales, y le contesté.
- Estoy aquí buscando…-decidí que sería mejor no mentir, y confié en Hera.- Estoy buscando a la persona que amo, porque los gigantes la han secuestrado para llevarme hasta ellos y matarme, para así provocar una guerra entre los dioses.-
La esfinge se quedó pensando un momento y suspiró.
- Te quedan dos vidas.-me informó. Cuando yo iba a preguntar por qué, ella contestó.- Los titanes no están intentando vengarse de ti. Son rencorosos, sí, pero eso no les impide darse cuenta de que si Gea se alza, no tendrán oportunidad de matarte.-se tomó un momento.- No, ellos no intentando vengarse de ti ahora.-le esfinge se sentó y se revolcó en el suelo, llenándose de tierra.
- Pero… en mi sueño, dijeron que aprovecharían mi defecto fatídico y el de Annabeth. Y luego dijeron que Urano…-
La esfinge negó con la cabeza.
- Deja al titán primordial fuera de esto.-dijo, poniéndose de pie otra vez. – Pero bueno, no he venido a que hablemos de eso. ¿Quieres encontrar a esa que buscas?-asentí con la cabeza.- Bien. Si contestas cinco de mis siete preguntas bien, entonces te llevaré a donde desees.-las esfinges no eran conocidas por cumplir sus tratos, pero acepté.- Ven, siéntate aquí.-me dijo. A continuación pegó un rugido y una casa terriblemente acogedora salió de la nada.
La esfinge se adelantó y abrió la puerta de un golpazo con las zarpas delanteras. Yo entré con el tridente de Poseidón en la mano. Antes de cruzar el umbral, miré mi sombra y supe que eran las cuatro de la tarde del tercer día. Si para hoy al anochecer no había noticias de Annabeth, estallaría la guerra. Dentro de la casa, no había prácticamente nada. No había ventanas, no había cocina ni dormitorio, era algo solo para estar dos segundos y salir disparado hacia afuera. Por dentro no era tan acogedora como lo parecía desde afuera. Había calaveras colgando del techo, y telarañas en cada rincón. Solo había una silla. “Ella no puede sentarse.”, recordé. De pronto, como leyéndome el pensamiento, la esfinge dobló sus patas traseras y apoyó su trasero en el suelo. Tuve que tragarme las palabras.
- Bueno. A juzgar por tu cara, tienes poco tiempo. Vayamos directo al grano. Bien, veamos.-llevó sus ojos arriba a las calaveras y parecía estar contando cuántas tenía cuando soltó la pregunta.- ¿Qué es más grande que el mismo Zeus y más maléfico que la misma Gea?-
¿Más grande que Zeus y más malo que Gea? No puede ser las dos cosas a la vez. Mi cerebro estaba en blanco. Estaba por decir que no lo sabía, cuando se me ocurrió. Nada es más grande que Zeus, y, a la vez, nada es más malo que Gea. Me aclaré la garganta.
- Nada.-contesté.
El rostro femenino de la esfinge sonrió.
- Bien. Vamos por la segunda.-carraspeó- ¿Quién fue el único que no nació como todos nosotros y cuando murió se lo enterró en el vientre de su madre?-
Bien, esta era fácil. Yo había ido a la iglesia con mi mamá muchas veces, solo por acompañar a Paul –mi padrastro-. Mi mamá y yo no creíamos en Dios. Teníamos comprobado por otros medios que no existía.
- Adán.-dije.
La esfinge sonrió de nuevo.
- Esas dos eran fáciles. Ahora viene lo bueno.-dijo.- Toda mi vida se reduce a un mes. Tengo cuatro etapas, y aunque me veas pobrecita, estoy siempre en lo más alto.-
Maldita sea, no entendía nada. “¿Toda mi vida se reduce a un mes? ¿Tengo cuatro etapas, y aunque me veas pobrecita, estoy siempre en lo más alto?”.
- De acuerdo.-dije.- Está bien. No lo sé. No tengo la más mínima idea.-bajé la cabeza, intentando pensar que aún tenía una vida más
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 09:40 am

Capítulo 14
Una esfinge curiosa
La esfinge parecía decepcionada. Suspiró y se acercó a mí, preparada para matarme de un zarpazo si erraba de nuevo antes de juntar cinco de siete preguntas correctas. Un reloj que había en la pared sonó trece veces. La esfinge me miró, esbozó una sonrisa y planteó otro acertijo.
- ¿Qué hora es?-
Yo estaba por decir que acababa de dar a conocer que había pasado una hora desde las doce del mediodía, pero algo me detuvo. Antes de entrar, yo había mirado mi sombra, y había descubierto que eran las cuatro de la tarde. También recordé que en la antigüedad, las esfinges se caracterizaban por plantear acertijos traicioneros y ser austeras.
- Hora de llevarlo a arreglar.-le dije.
Como en dos ocasiones anteriores, la esfinge sonrió.
- Tres de cuatro hasta ahora, Persus Jackson.-me dijo. Era normal que todos esos bichos conocieron mi nombre, así que no me sobresalté.- Vamos con la siguiente. Esta es fácil.-me miró a los ojos.- Me llaman lavandera, mas nunca toqué el jabón. Siempre que me veas, estaré en puesto de honor.-la esfinge se revolcó en el suelo, intentando distraerme, pero yo ya tenía la respuesta preparada.
- La bandera.-dije.
La esfinge se detuvo en seco, con su panza apuntando al techo, y me sonrió de nuevo. Replicó con otra adivinanza.
- Si es joven, joven siempre será. Si es viejo, viejo será siempre. Tiene boca pero no habla, así como tiene ojos pero no ve.-extendió sus patas e hizo una pantomima. Parecía que le estaban sacando las tripas. Luego rodó sobre su espalda y se acomodó delante de mí otra vez.
“Bueno”, pensé. “Veamos. No ve pero tiene ojos. No habla pero tiene boca y es físicamente inmortal. No puede ser un dios, porque ellos ven y hablan. Así que…”
- De acuerdo.-me rendí al rato.- No sé de qué demonios está hablándome.-declaré.
La esfinge llevó sus labios a un costado y negó con la cabeza. Si me equivocaba de nuevo, me mataría.
- Has usado tus tres vidas, Perseus Jackson. Ya sé cómo acaba esto, pero me veo en la necesidad de darte a conocer la última adivinanza.-se paró en dos patas y puso las dos delanteras en mis piernas. Sólo por si acaso, apreté fuertemente el tridente de Poseidón en mi mano derecha y me preparé a usarlo si erraba.- Vence a los mayores depredadores. Vence a señores y reyes. Nadie puede oponérselo. Es el único que puede parar una guerra de un segundo a otro.-
“Genial.”, pensé. “A ver, veamos.” En realidad no tenía ni idea de lo que iba a contestar, pero algo tenía que decir. Me puse a pensar detenidamente. Recordé a Hypnos, el dios griego del sueño. Annabeth había dicho una vez que los chicos de Hypnos rara vez salían de su cabaña.
- El sueño.-contesté, bastante seguro de mí mismo.
La esfinge parecía feliz de ayudarme en vez de comerme. Me guió hacia afuera de la casa y me dejó subir a su lomo. Extendió las alas y emprendió rápidamente el vuelo. El aire me daba en la cara como aquella vez que había viajado a lomos de mi perra del infierno en un viaje sombra desde el Campamento Mestizo hasta Connecticut y otros lugares más. Le indiqué a la esfinge que quería ir a la cima del Monte Tubqal, y hacia allí se encaminó. Cuando íbamos llegando, me pareció que no había nada allí, pero luego lo vi. Un gigante de unos treinta pies de altura estaba parado cerca de la cúspide –que estaba bien definida-. Había una espada de unos cuatro metros de largo clavada en la ladera, y de ella… colgaba Annabeth. Sus pelos estaban enmarañados, y su cara y brazos estaban cubiertos de tajos. Me distraje un momento al ver una mancha que oscurecía su remera naranja del campamento. No podía ser cierto. La esfinge rugió de furia –no supe entonces por qué- y se lanzó en picado sobre el gigante. En el último instante salté a un lado y rodé por el suelo a tiempo de ver a la esfinge desfigurando la cara del gigante con sus garras. Corrí hasta Annabeth y corté la cuerda que la sostenía de los pies con Riptide. La atrapé y la examiné mejor. Los tajos en su cara y sus brazos no eran prácticamente nada, pero la perforación cerca de su estómago… Desesperadamente, me descolgué la mochila del hombro y busqué néctar y ambrosía. Ella abrió los ojos lentamente. Pude ver a la esfinge lanzándose a un lado y cargando de nuevo contra el gigante, provocándole más heridas en el pecho y la cara. Annabeth intentó incorporarse, pero se dio cuenta de que no podía. Se tocó la herida cerca del estómago y me miró.
- Esta… parece que… no la cuento.-dijo, con dificultad.
Yo no contesté. No podía. La desesperación me lo impedía. No podía ser que fuera a morirse así. Encontré por fin lo que buscaba y la ayudé a incorporarse, apoyando su cuerpo en el mío. La ayudé a tragar y esperé. Miré al cielo. Si no me ayudaban ahora, los destruiría uno por uno, incluyendo a mi padre. Solo Apolo podría curar sus heridas.
- Apolo.-dije.- Por favor. Nunca he pedido nada importante. Baja y ayúdala, no dejas que muera.-
- No seas… tonto.-me reprochó Annabeth.- Apolo… no va a bajar. Zeus no… lo dejará.-comenzó a toser.
No iba a dejarla morir, ni así ni de ninguna forma. Miré a la esfinge, que seguía peleando con el gigante. Me estiré y agarré el tridente de mi padre. No estaba seguro de acertar, pero recordé que Hera estaba de mi parte esta vez. Era como lanzar una jabalina.
- Atento, Poseidón.-susurré.
Lancé el tridente, el cual apenas solté, se hizo de agua y fue derecho a la garganta del gigante. No pude ver dónde le dio finalmente, pero lo volatilizó ni bien lo tocó. El tridente de Poseidón apareció otra vez a mi lado, estacado en la tierra. La esfinge se acercó.
- No hay nada que hacer, hijo de Poseidón.-me dijo.- Me temo que se nos va.-agregó, con tristeza.
Annabeth parecía saber eso.
- Percy…-me dijo.- Dile a mi madre…-
- No te vas a morir.-le dije, comenzando a llorar. A mis espaldas pude oír un batir de alas, pero no me di la vuelta.
Annabeth se distrajo por eso que venía detrás de mí.
- Un fénix.-dijo la esfinge.
Me di vuelta y lo vi. Era hermoso, con su plumaje rojo, amarillo y naranja. Vino aleteando con elegancia hasta nosotros y se detuvo al lado de Annabeth, cuyo pulso había disminuido tanto que ya casi no se sentía. Comenzó a llorar.
- ¡Oh, pájaro estúpido!-dije, al verlo lagrimear. Pero el pulso de Annabeth iba volviendo. Recordé entonces la historia sobre los fénix. Sus lágrimas poseían poderes curativos, y podían curar realmente cualquier cosa. Tal como Apolo. Recapacité en que él estaba a cargo de todos los fénix del mundo –o al menos de los que quedaban-, y dirigí mi vista al cielo.- Gracias, Apolo.-susurré.
Annabeth se puso de pie enseguida, totalmente curada, y los dos montamos a la esfinge con rumbo a la costa más cercana en línea recta. El Argos II debía de andar por ahí.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 09:41 am

Capítulo 15
Bienvenida monstruosa
Estábamos llegando al mediterráneo, cerca de Italia. La esfinge voló directamente hacia el barco, pero lo que vimos no nos gustó nada. El Argos II estaba siendo atacado. Diez gigantes tan grandes como el de la cima del Monte Tubqal estaban atacando. El cielo se tornó gris. Zeus intentaba ayudar a su hijo, pero algo parecía impedírselo.
- Tenías razón.-me dijo Annabeth. Sentía sus brazos apretados en mi cintura y su cara en mi hombro.- Debí haber tenido más cuidado.-dijo.- Es todo mi culpa.-
Quería decir que sí, hacer de cuenta que yo no tenía nada que ver, pero no podía hacer eso con ella. La esfinge agitó sus alas y aumentó la velocidad hacia el Argos II.
- No es culpa tuya.-giré mi cara para mirarla.- No debí haberte gritado.-reconocí, poco después.
Ella esbozó una sonrisa y me besó levemente.
- ¡A ver si dejan las cursilerías!-gritó la esfinge, alzando su voz por encima del ruido del viento.
Aún estábamos muy lejos del Argos II, no llegaríamos a tiempo. La esfinge cerró sus alas y las abrió violentamente. Pude oír un terrible ¡Bruum!, y luego nada. Detrás de nosotros un embudo estaba disolviéndose. Acabábamos de romper la barrera de sonido. Me quedé aturdido unos segundos, mientras veía el Argos II cada vez más y más cerca. La esfinge cerró las alas y planeó en círculos. Desde el momento en que la velocidad del monstruo bajó, mis oídos querían estallar, y mis tímpanos amenazaban con salirse de su lugar y volar en mil pedazos. Annabeth se aferró a mí aún más fuerte. La esfinge aterrizó con elegancia al lado del timón del Argos II y se lanzó a la batalla. Jason y Piper peleaban contra un gigante parecido a Porfirión, y Leo se batía en duelo singular con un hiperboreano. Bajé a la cubierta de popa saltando por encima de la balaustrada de roble, y Annabeth hizo lo mismo.
- ¡Jason!-grité.
Él se dio la vuelta.
- ¡Eh!-contestó. Giró a un lado y evitó el ataque del gigante que lo acosaba. Saltó a su espalda y comenzó a trepar hasta el cuello.- ¡Tenemos problemas!-gritó. Clavó su lanza en el cuello del gigante, pero no sucedió lo que esperábamos. La lanza de oro de Jason se partió.
Leo no podía derretir al hiperboreano por mucho que lo acosara, y acabó siendo lanzado contra la balaustrada. Pude verlo caer al agua y desaparecer de la vista. La furia se apoderó de mí, como en otras ocasiones, e invoqué a la serpiente marina que me había ayudado la última vez. El Mar Mediterráneo se estremeció. Un embudo comenzó a drenar el agua, y, segundos después, una serpiente enorme saltó de él. Todos se quedaron mirando a mi mascota, que emergía del agua y se disponía a asesinar a todo a su paso.
- ¡A un lado! ¡Muévanse!-ladraba Lupa a sus soldados.
Los romanos se quitaron del camino justo a tiempo de ver a la serpiente marina con pinzas y brazos puntiagudos arrasar con todos los gigantes. Pero no era tan fácil como la última vez. Ahora eran más y, además, uno se oponía, lograba esquivarla, como si supiera dónde iba a atacar a continuación. Jason pareció reparar en eso, y alzó lo que quedaba de su lanza al cielo, que se estremeció con una fuerza antinatural, incluso para Zeus, y lanzó un rayo del mismo grosor que el árbol que había apresado a Hiperión dos años atrás. El rayo se fundió con mi serpiente y juntos atacaron a los gigantes. Uno de los gigantes intentó pegarle, pero fue electrocutado. Otro, al ver que no podría destruirla, saltó a un lado y evitó el contacto. Annabeth le clavó su cuchillo, que brilló intensamente y acabó matando al gigante. Atenea acababa de ayudarla. Un tercero le pegó a mi serpiente con su garrote, pero mi animal fue más rápido y lo rebanó por la mitad a la vez que volatilizaba a un cuarto y mordía a otro gigante. Íbamos ganando. Jason observó con orgullo a la serpiente, que ahora, gracias a él, también lanzaba relámpagos. Dos gigantes fueron asesinados por la “serpra” –serpiente-rayo, le había llamado yo-. Pude ver a los tripulantes lanzándose sobre los tres gigantes restantes, que saltaron a tierra y echaron a correr despavoridos.
- ¡Leo!-gritó alguien a mis espaldas.
Me volteé a tiempo de ver a Thalia saltar al mar y nadar en su dirección. Nunca lo encontraría. Me quité la remera y corrí hasta la barandilla, la salté, y me zambullí de cabeza al agua. Me propulsé hacia adelante y pegué un silbido –o lo más parecido que puedes hacer bajo el agua-, y algunos pescados se acercaron. Les pregunté por Leo, y ellos me indicaron el camino. Nadé hasta donde me dijeron y allí lo vi. Me di cuenta de que ya casi estaba muerto. Lo atrapé por la cintura y nadé hasta arriba. Vi a Thalia cerca, y le hice señas. Ella se aferró a mi cintura y nos propulsé hacia el Argos II. Cuando llegamos, la serpiente nos ayudó a subir, y se quedó mirándome, como si no quisiera mezclarse otra vez con el mar. La observé detenidamente, y sentí lástima por ella.
- ¡Ahí están!-gritó un romano.
Jason vino dando empujones, acompañado por Annabeth, Piper y Nico, que se arrodilló al lado de Leo.
- Está muerto.-declaró Nico sin piedad.
- ¡No puede ser!-dijeron Piper, Thalia, Annabeth y Jason al mismo tiempo.
Thalia se echó sobre su pecho y ahí se quedó un momento, hasta que luego empezó a llorar. Piper apretó el brazo de Jason, y él se agarró la frente con la mano. Annabeth negó con la cabeza.
- No puede estar muerto, es parte de la profecía.-declaró ella.
Nico se aclaró la garganta.
- Acabo de sentirlo llegar a los Campos Elíseos. Está diciéndome algo.-Nico se quedó inmóvil durante un momento, luego nos miró.- Dice que…-miró a Thalia.- Que te quiere más de lo que debería.-
Thalia lloró aún más, y nadie pudo separarla del cuerpo de Leo hasta más o menos media hora después.
- Esto de Thalia y Leo te hace pensar en algunas cosas.-me dijo Annabeth, una hora más tarde, mientras estábamos en mi camarote.- He estado pensando en lo que me has dicho que Hera te dijo. Eso sobre la maduración de la mente.-ella se puso los pelos detrás de la oreja.
Supuse que iba a hablarme sobre otra cosa, incluso esperaba que me hablara de otra cosa, pero sabía que tarde o temprano teníamos que afrontar ese asunto. El parto “cráneo-cerebral” que había insinuado Grover no me gustaba nada.
- Annabeth.-le dije. Pasé mis brazos por su cintura.- Ahora no es posible. Primero tenemos una guerra que pelear.-
- ¿Pero y si no salimos de la guerra? Solo queda una línea de la Gran Profecía.-dijo, con algo de miedo en su voz.
- “Y enemigos portando armas a las puertas de la muerte.”-dije.- Juro por el Estigio que no dejaré que te pase nada.-un rayo retumbó a lo lejos.
Antes de que ella replicara, la besé y la dejé dormir en mi camarote. A pesar de la reciente muerte de un amigo que había llegado a ser cercano, en mi interior estaba en paz.
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GonzaJr
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:00 am

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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:04 am

Bueno, la termino de subir ahora en un rato, así ya tienen todo y leen. Lo más probable es que el epílogo les parezca boludo, y puede que imposible, pero bueno, yo lo imaginé así
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Dédalo
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:46 am

Capítulo 16
Italia
No podía ser cierto, pero bueno. Ahí estaba el cuerpo para comprobarlo. Leo acababa de morir. Asimilarlo iba a ser difícil. Nos habíamos reunido en un consejo de guerra en la bodega. Argos había detenido el barco en la mitad del camino desde la costa africana, en la que Annabeth y yo habíamos abordado, e Italia. Todos estábamos muy tensos. Ahora entendía que la línea de la profecía que decía “Por la tormenta o el fuego, el mundo caerá.”, no significaba que el mundo iba a ser destruido literalmente, se refería a esto. Leo estaba muerto ahora, y para nosotros el mundo acababa de destruirse. Leo había sido, según me habían dicho, el único que siempre había intentado mantenernos unidos, el único que se preocupaba siempre por otro y casi nunca por él mismo.
- Es injusto.-
Thalia estaba llorando sobre el pecho de Jason, su hermano, quien la tenía rodeada con los brazos.
- Él no quiere que llores su muerte.-le dijo Nico, intentando calmarla.- Está diciéndome que quiere que seas feliz. Que abandones a las Cazadoras de Artemisa y te cases y tengas hijos.-Nico parecía aborrecer decir todo eso, pero de todas formas lo hizo.
Annabeth apretaba cada vez más mi brazo. Habíamos estado hablando de eso anoche. Los dos queríamos que todo este horror acabara para poder planear nuestra vida tranquilos. Thalia estalló en sollozos y Jason la apretó un poco más. Miré a Nico y él pareció entenderme, porque al instante se cayó. Se quedó un momento pensando y se puso de pie.
- ¿Quieres verlo?-le preguntó a Thalia.- Puedo llevarte un momento a los Campos Elíseos, pero tendremos que salir rápido. A mi padre no le gusta que lleve gente viva allí.-
Para mi asombro, Thalia negó con la cabeza.
- Si voy, Artemisa me destituirá.-
Yo no podía creer que fuera tan estúpida. La había creído inteligente, pero acababa de convencerme de lo contrario. No aguanté más y me puse de pie. Me dirigí a Argos y le pedí que me acompañe a la cubierta de proa. Annabeth también vino, y Nico abandonó la bodega con nosotros. Italia ya estaba cerca. Me apoyé en la balaustrada del barco y miré la costa. No había nadie allí. En cuestión de segundos bajaríamos. Todos comenzaron a subir a la cubierta. Los romanos parecían emocionados de bajar en Roma. “Bueno.”, pensé. “Es normal, es su origen. Yo me sentiré igual cuando lleguemos a Grecia.” Tocamos tierra y Argos tiró la escalera. Todos bajaron en tropel, y nos dispusimos a ir hacia Roma. Teníamos que caminar unos dos kilómetros. Bueno, en realidad, eso creí, porque al instante vi a Grover y a Enebro corriendo hacia nosotros despavoridamente. Al principio no me di cuenta, pero luego divisé una legión entera de legionarios romanos corriendo tras ellos.
- ¿Legionarios hoy día?-preguntó Piper, incrédula.
Lupa negó con la cabeza.
- Yo supervisé a esos legionarios, aún los reconozco. Murieron hace mucho, mucho, tiempo. Pero no…-de pronto se cortó- Las Puertas de la Muerte.-dijo.
Jason asintió.
- El año pasado tuvimos un encontronazo con el rey Midas, y otro con la bruja Medea.-
Todo iba de perlas. Ahora incluso los mortales podían salir del Tártaro y volver a la vida. Annabeth me sacó de mi cuarta dimensión.
- Todo eso está muy bien, chicos, pero Grover está en peligro, y si algún legionario le da a Enebro…-
Listo. No hacía falta que dijera más. Destapé mi bolígrafo y corrí a la acción. Los trescientos romanos al mando de Jason salieron corriendo tras de mí gritando. No tenían miedo. Si los mataban, los mataban, ese parecía ser su lema. Grover venía corriendo a una velocidad increíble. Los legionarios seguían corriendo. Eran miles. Iban a aplastarnos, pero teníamos que hacer algo. Lupa pasó corriendo a mi lado y se lanzó sobre uno, mordiéndole el cuello. Choqué contra el escudo de uno y corté la espalda de otro. Lancé a ciegas un mandoble al frente, pero chocaron con mi espada. Uno intentó matarme, pero su pica se partió. Apunté hacia el que había intentado matarme y lancé una estocada. Riptide se incrustó en él, y el romano cayó. A mis espaldas, pude oír al resto de la tripulación lanzándose a la batalla. “Égida” se abrió en alguna parte, y Thalia comenzó a matar sin piedad. Rodé a un lado, esquivando un ataque, y hundí mi espada en el estómago del legionario. Tenía la sensación de que igual íbamos a perder. Entonces, como en una ocasión tres años atrás, sucedió un milagro. Grover, que iba corriendo despavorido hacia el barco, frenó en seco, se dio la vuelta y gritó. Su grito fue la cosa más horrible que alguien oiría jamás. Los legionarios romanos se cargaron de miedo y se batieron en retirada, abandonando a sus heridos y muertos en el campo de batalla. Me di la vuelta para ver a mi amigo completamente emocionado saltando de aquí para allá sin poder contenerse. Seguía tan idiota como siempre. No había cambiado. Pero bueno, era mi mejor amigo aunque fuera un idiota sin remedio.
- Perrrcy.-baló, alegre.
Se me echó encima en un abrazo estrangulador. Sus cuernos rozaron mi frente cuando se separó de mí.
- ¿Qué tal el parto “cráneo-cerebral”?-preguntó, entre risas.
Miré sonriente a Annabeth, y vi que ella le estaba echando una de sus miradas de “¡Cállate, por los dioses!”.
- Y tú, Grover, ¿has planeado tu intervención médica?-preguntó Annabeth, obligándose a sonreír.
Después de unos abrazos, le explicamos brevemente lo que había ido sucediendo. Cuando escuchó que Leo había muerto, Grover pidió que le dejáramos ver el cuerpo. Algo se traía entre manos. Annabeth y yo lo condujimos a la sala de calderas, donde habíamos dejado a Leo. Estaba dentro de uno de los hornos. Era un usuario del fuego, no podía carbonizarse, mucho menos ser cremado. Grover lo sacó –curiosamente, no se quemó las manos-, y lo dejó en el suelo, en un rincón. Se llevó su flauta a los labios y comenzó a tocar una canción lenta. El ruido que producía se parecía al del agua resbalando sobre las rocas, luego cayendo de una cascada. Lentamente, unas raíces cubrieron a Leo. Solo su cara quedó a la vista. Grover se acercó y le tomó la temperatura. Estaba normal, como si no estuviera muerto.
- Vamos.-dijo- He hecho lo que debía.-
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:47 am

Capítulo 17
Una conversación con los dioses a mitad de la noche
Yo sentía curiosidad por lo que Grover le había hecho al cuerpo de Leo, pero él sólo me repetía una y otra vez que no lo entendería.
- De hecho,-me dijo, la última vez que le pregunté.- si parte de Pan no viviera dentro de mí ahora, ni siquiera yo lo entendería.-
Enebro no salía nunca del camarote que compartía con Grover salvo para ir a la bodega a cualquiera de las tres comidas del día. Supuse que Atenea ya sabría que Annabeth estaba a salvo, pero me encaminé a la orilla y obligué a las aguas a formar un espejo delante de mí –o al menos algo parecido-. Lancé un dracma. Eran cerca de las doce de la noche.
- Oh, Iris, diosa del Arcoíris, muéstrame la sala del Consejo Olímpico.-dije, bastante inseguro de que eso fuera posible. Sin embargo, allí apareció la sala. Los doce tronos seguían ubicados de la misma forma, y las paredes no parecían distintas. Parecía que Annabeth –que había sido nombrada Arquitecto oficial del Olimpo dos años atrás- no había podido trabajar. El Olimpo seguía cerrado después de todo. Pude ver a Atenea y a Poseidón plantados cara a cara uno delante del otro con el odio en sus caras, esperando las doce campanadas para ponerse a matar gente a diestra y siniestra en una guerra que nunca acabaría. Zeus, que estaba sentado delante de ellos en su trono, pareció reparar en el mensaje Iris y los apartó de un manotazo a ambos. Antes de que el rey de los dioses se plantara delante de mí, pude ver a Afrodita guiñándome un ojo y a Hera sonriéndome. Zeus no se arrodilló para ver mejor, tan sólo bajó la vista.- Mi señor.-dije, arrodillándome.
- Levántate.-dijo Zeus enseguida.
Antes de poder decir nada, Poseidón y Atenea aparecieron a su lado, arrodillados ante el mensaje, ignorando por completo a Zeus y centrando toda su atención en mí.
- Percy, dime que no tienes nada que ver con la desaparición de Annabeth.-me dijo mi padre.
Si no hubiéramos estado hablando a través de un mensaje Iris, le habría pegado un puñetazo.
- No.-declaré.- Ya la he salvado.-
- ¿La has salvado?-preguntó Atenea, arrugando el ceño.
- Los…-recordé que la esfinge había dicho que los titanes no intentaban vengarse ahora, pero sabía que no podía confiar en ella aunque me hubiera ayudado.- Los titanes la habían secuestrado. Los vi en sueños. Inconscientemente, los dos caímos en su trampa, pero con ayuda de una esfinge…-
- ¡¿De una esfinge?!-gritaron Atenea y Poseidón al mismo tiempo. Zeus carraspeó, como si quisiera dar a entender que era él quien tenía que hablar conmigo, pero Hera lo agarró por los hombros y lo obligó a sentarse en su trono.
- ¡Sí!-dije- ¡La esfinge cumplió! ¿Qué tiene eso de malo?-quise saber.
- Es un mal presagio, Percy.-dijo mi padre, agarrándose la frente con la mano. Los ojos de Atenea eran delatores, al igual que los de Annabeth. Si mirabas con atención, casi podías ver su mente armando un rompecabezas. La diosa suspiró con frustración, como si no pudiera deducir nada.- Estos titanes…-dijo.- ¿dijeron algo más?-
- Nombraron…-me quedé pensando acerca de si debía decir que los titanes habían nombrado a Urano, o no. Decidí que sería mejor no mentirles a los dioses.- Los titanes dijeron que su señor descendería del cielo. Luego, escuché a alguien diciendo que se referían a Urano.-
Al oír el nombre, todos los dioses intercambiaron miradas preocupadas o confusas, como si hubieran oído mal. Zeus entró en la conversación sin preámbulos.
- Es imposible que Urano intente ayudar a los titanes.-declaró.
Los demás dioses asintieron, pero yo no sabía qué pensar.
- Es más…-dijo Zeus, como obligándose a hablar. Parecía que no quería decir nada sobre el tema delante de los demás Olímpicos, pero no tenía opción.- Durante la titanomaquia, Urano… me ayudó en muchas ocasiones.-dijo, como testimonio fiel de que el titán primordial no ayudaría a sus hijos ni a su ex amante Gea.- Para la gigantomaquia… ya había desaparecido.-
- ¿Así que no hay titán primordial?-pregunté, esperanzado.
- No.-respondió Zeus, bastante seguro.
De pronto me sentí un poco más tranquilo.
- ¿Annabeth está bien?-preguntó Atenea.
Esa era la última cosa que yo esperaba de un dios. Me quedé pensando en el hecho de que Annabeth y yo habíamos hablado noches atrás de nuestro futuro. Decidí que no le diría eso a Atenea, ni ahora ni nunca. Dejaría que lo descubriera por su cuenta. A ver cuánto le duraba la preocupación. Poseidón me miró con una sonrisa. Recordé que una vez él me había dicho que era su hijo favorito. De pronto recordé que no había tomado su tridente de la cima del Monte Tubqal. Parece que después de todo, mi futuro acababa de irse a la mierda.
- Sí.-le contesté a Atenea.
La diosa bajó la cabeza un momento, asintiendo, y luego volvió a alzarla.
- ¿Pero no era usted quien la ayudó a matar un gigante hace unas horas?-pregunté, incrédulo.
Atenea frunció el entrecejo y se volvió hacia los demás dioses. Hefesto levantó una mano.
- Yo la ayudé.-declaró el dios.- Calenté el bronce celestial de su cuchillo y usé mi poder para exterminar a Mimas.-
La diosa no parecía muy contenta, pero asintió, claramente agradecida.
- Cuídala.-me dijo a mí.- Hace unos años te dije que tuvieras cuidado, pero… me veo en la obligación de admitir que no puedo pedir nada mejor para ella.-
Gustoso acepté aquella misión.
- No lo dude, mi señora.-dije.
Antes de que Atenea pudiera despedirse, Poseidón me hizo una última pregunta.
- ¿Y mi tridente, Percy?-
Bueno, sabía que tarde o temprano mi padre preguntaría por él.
- Bueno…-empecé.- Annabeth… se estaba muriendo en mis brazos y…-no sabía cómo decirlo, pero finalmente tragué saliva, junté valor y lo dije sin más.- Lo perdí. Quedó clavado en la cima del Monte Tubqal. No sé si sigue allí.-
Por un momento creí que Poseidón iba a matarme, pero no dio muestras de ello.
- Era una réplica, claro.-dijo él.- Mi verdadero tridente está aquí.-
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:47 am

Capítulo 18
Juzgamos a quien nos ayuda
A pesar de que había encontrado a Annabeth gracias a la esfinge, tenía que admitir que eso era raro. ¿Una esfinge ayudando? Atenea y Poseidón tenían razón.
Bajé a la bodega a la hora del desayuno después de una noche tranquila –los sueños iban dejándome, ya casi no llegaban-. Todos estaban comiendo ya. Me dirigí a una mesa donde estaban Grover y su pareja, aparte de Annabeth. Mi novia y Enebro hablaban del embarazo de ella. Los demás estaban dispersados. Piper estaba sentada con algunos romanos mirando a Jason de vez en cuando, y él acompañaba a Thalia en una mesa apartada. Nico no estaba por ninguna parte. Seguramente había ido al Inframundo a hacer algo, ya volvería más tarde. La señorita O’Leary roncaba fuertemente en un rincón. Finalmente, me senté en la mesa al lado de Annabeth y saludé a todos. Ayer no le había puesto mucha atención, pero los cuernos de Grover ya alcanzaban unas cuatro pulgadas de altura, más o menos.
- ¿Todo bien?-preguntó él.
Me metí en la boca un poco de espagueti italiano traído por Grover y lo miré.
- Sí.-contesté, una vez que tragué.- Anoche hablé con los dioses.-agregué en voz baja. Los otros tres se acercaron a mí. El bullicio provocado por los romanos y los ronquidos de mi perra del infierno casi nos impedían hablar.- Atenea y Poseidón dijeron que las esfinges no son de fiar, y Zeus dijo luego que no era posible que Urano estuviera ayudando a los titanes, al menos que él sospechara.-les conté breve pero detalladamente mi conversación. Annabeth asintió, orgullosa.
- Te dije que Urano no ayudaba a los titanes.-una sonrisa y una mirada de suficiencia cruzaron su rostro, pero se fueron tan pronto como llegaron. Grover parecía estar pensando en qué podía pasar si se devoraba también el plato y si los cocineros tendrían con lo que reponerlo. Enebro parecía interesada.
- Pero en la titanomaquia, él ayudó a Zeus. Luego, para la gigantomaquia, ya había desaparecido.-
- O Zeus lo traicionó y no quiere decirlo.-deduje, dudando.
Un rayo se escuchó en la distancia.
- Muy bien.-dije.- O quizá lo que todos dicen sea cierto, después de todo.
- Ahora tenemos un tema más urgente.-dijo Grover señalando la puerta de la bodega. La esfinge que nos había ayudado a Annabeth y a mí apareció cruzando la puerta y se acostó en el centro de donde estábamos. Me dirigió una mirada astuta y luego se quedó mirando lo que sucedía. Los romanos la miraban con curiosidad, como si nunca hubieran visto una esfinge, y luego seguían comiendo o hablando entre ellos sobre el entrenamiento del día. Me quedé pensando un momento y luego me dirigí a la esfinge. Había estado comiendo algo, estaba lamiéndose los labios.
- ¿Todo en orden?-pregunté. Alzó la vista hacia mí y la bajó lentamente otra vez.
- Eso creo.-contestó, tan enigmática como siempre.- Estarás preguntándote por qué razón te ayudé, ¿no?-
Asentí con la cabeza. Pude oír a Grover y a Annabeth venir hacia mí. La esfinge la miró con curiosidad. Parecía resultarle difícil creer que hubiera salido caminando así de la nada solo con unas lágrimas.
- Sí.-dije.- Eso me llama la atención. Los di…-iba a decir que los dioses decían que no se podía confiar en ella, pero Annabeth tiró de mi brazo, así que me callé.- ¿Por qué nos ayudaste?-pregunté, finalmente.
- Cuando un humano, o cualquier otro ser, responde correctamente más del setenta por ciento de nuestras adivinanzas, entonces estamos obligadas a ayudarlos de por vida. Es nuestra naturaleza.-declaró.- A ti te contaron que la primer esfinge, la que Edipo domó, se suicidó cuando éste último respondió bien a su adivinanza. O que Edipo la mató porque ella se rehusó a cumplir su destino, que, según te han dicho, era morir. Pero eso es mentira. Eso es lo que todos quieren creer. Somos austeras, sí, y también planteamos acertijos traicioneros, pero es nuestra forma de probar a quien luego serviremos. Esa esfinge, cuyo nombre ahora no recuerdo, ayudó a Edipo el resto de sus días. Cuando una esfinge consigue un dueño, un amo, -siguió.- su destino se entrelaza fuertemente al suyo.-
Genial, ahora también tenía una esfinge pegada a mis talones.
- O sea, -dije.-que ahora tú y yo tenemos… ¿algo así como una conexión por empatía?-
- Algo así.-respondió la esfinge al instante.- No tienes nada que temer de mí, Perseus Jackson. Ve tranquilo. Yo cuidaré siempre tu espalda.-se quedó mirando fijamente a mi ombligo, pero yo sabía que en realidad estaba mirando mi punto mortal.
Estaba por decir que después de todo me alegraba de no tener que matarla, pero justo en ese momento, Nico entró corriendo en la bodega.
- ¡Percy!-gritó.- ¡Tenemos problemas! ¡Grecia está en llamas!-
- ¡Blaaa-haa-haa!-baló Grover asustado.
Salimos todos –incluidos los romanos- a la cubierta de proa. Allí estaba Atenas envuelta en llamas. Annabeth se quedó mirando el Partenón. Sabía que era lo que más quería salvar aparte del Monte Olimpo.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:47 am

Capítulo 19
Comienza la guerra
El Partenón en llamas era el menor de nuestros problemas, pero pude apagar a tiempo el fuego que lo envolvía. Cuando nos disponíamos a acercarnos por aire al Olimpo, una roca revestida en acero vino volando del cielo y nos tomó por sorpresa. Afortunadamente, Nico protegió a los romanos con ayuda de Jason y todos salimos vivos de ahí. Argos saltó a tierra y se sacudió las miles de pestañas que tenía. Todos fuimos tras él. La terrible máquina de guerra que había sido una vez el Argos II ahora no era más que restos desperdigados por el mar. El cuerpo de Leo se hundió hasta el fondo, cubierto de raíces. No podíamos hacer más que ir a pie hacia el Olimpo, pero nunca llegaríamos a tiempo. Acabábamos de perder la guerra sin siquiera empezarla. Entonces se me ocurrió. Me volví al mar y ordené a mi serpiente marina que naciera de él. Un embudo se dibujó en el agua y todos comenzaron a vitorearme. Segundos después, la serpiente emergió de él a gran velocidad. Ahora era mucho más grande, e incluso más gruesa. Argos vino corriendo con una escalera y la apoyó en mi mascota, para que todos subiéramos. Mis tripas estaban apretadas otra vez. Todos subimos a lomos de la serpiente. Yo me ubiqué adelante con Jason, Piper y Annabeth. Nico se sentó en la cola porque decía que quería algo de diversión. Thalia debía estar por ahí. Ordené a la serpiente que fuera hacia el Olimpo y salió disparada como un rayo hacia allí. Empecé a contar por si faltaba alguien y por primera vez en todo el viaje, me acordé de Tyson. Elevé mi voz por encima del ruido de la serpiente rasgando el aire e intenté hablar con alguien. Al principio no me oyeron, pero luego Piper se volvió hacia mí.
- La última vez que lo vi en el campamento estaba desollando minotauros. Yo me fui a buscar el barco, ¿recuerdas?-
De acuerdo, ella no sabía nada.
- Yo no lo vi.-admitió Jason.- Me gustaría poder decirte otra cosa.-agregó luego.
Muy bien, no tenía que explotar de furia.
- Percy…-empezó Annabeth.- Nadie vio a Tyson después de que un minotauro…-parecía que no quería aceptar aquello.- Un minotauro lo mató, Percy. No quería decírtelo, porque… porque…-
- Está bien.-la corté.- No te culpes, no tienes porqué.-
Ella asintió, pero claramente estaba mal. Me sentía terrible. Había pasado casi todo el viaje, y nunca había preguntado por Tyson. Preferí pensar en otra cosa. Decidí que uno de mis hijos se llamaría Tyson en su honor… si sobrevivía a la guerra. Supe entonces que Annabeth había tenido razón, pero ya era tarde para volver atrás.
- Salvo que…-susurré.- No.-dije, terminantemente. Retroceder el tiempo era mala idea.
Por suerte nadie me oyó. Ya se veía el Olimpo –rodeado de rayos-. Me esforcé un poco y lo vi. Ahí estaba Porfirión. Pero, para mi desgracia, no iba solo. Un millar de monstruos lo acompañaban. Indiqué a mi serpiente que nos dejara en la cima del Olimpo, y así lo hizo. Lo último que yo quería era dividir mis fuerzas, pero no podía hacer nada más.
- ¡No hay mucho tiempo!-grité, alzando mi voz. Estábamos al pie de la escalera blanca de platino celestial que llevaba al Monte Olimpo.- ¡Los gigantes nos destruirán si no hacemos algo!-los señalé, al pie de la montaña.- ¡Los dioses no harán nada!-grité. El cielo se oscureció, como advirtiéndome, pero yo seguí hablando.- ¡Dos años atrás, Cronos casi gobierna el mundo otra vez! ¡Pero, ¿saben por qué no pudo?!-estaba inventándome el discurso al vuelo, pero por ahora sabía que iba bien.- ¡Porque encontró resistencia!-me señalé, y luego apunté a Annabeth y a Grover, que me miraban tan atentamente que no se percataron de que los señalaba con el dedo.- ¡Cronos no pudo con nosotros! ¡Pero, ¿saben por qué?!-repetí la pregunta. Me sentía realmente estúpido. Annabeth pareció salir de su burbuja. Me veía en la necesidad de decir esto.- ¡Cronos fue criado con odio!-grité, resaltando la última palabra.- ¡No conocía nada más! ¡Y aquí las emociones…-me paseé a un lado y al otro, pensando.- juegan un papel fuerte! ¡Cronos se había hecho con el control del cuerpo de un amigo! ¡Pero al final no pudo controlarlo!-supuse que los romanos ya estaban aburridos de tanto discurso, pero me miraban atentos. Si tantos semidioses con THDA estaban quietos escuchando, lo que yo decía debía ser interesante.- ¡Ahora, -seguí, mirando a mi ejército.- ¿tienen miedo?!-grité, como un auténtico general.
- ¡No!-gritaron los romanos al unísono a la vez que chocaban sus espadas contra los escudos.
- ¡¿Los gigantes son un desafío?!-
- ¡No!-gritaron de nuevo.
Pude oír la barrera mágica que defendía la entrada al Olimpo resquebrajarse. Era ahora o nunca.
- ¡Por el Olimpo!-grité, alzando mi espada.
Los romanos se dieron la vuelta y salieron corriendo contra los gigantes y su ejército de monstruos, que ya iban entrando al campo de batalla, con un fuerte y áspero “¡Aaahh!”.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 10:47 am

Capítulo 20
La batalla más larga de mi vida
Durante un momento, me quedé mirando lo que sucedía, bastante aturdido como para reaccionar. Los romanos chocaron contra el ejército de los gigantes. La formación de falange oblicua de Jason daba resultado. Sin embargo, trescientos romanos no podrían pelear contra millones de monstruos furtivamente por mucho tiempo. Miré a mi lado y allí estaban Annabeth y Grover.
- Como en los viejos tiempos, ¿eh?-dijo Grover desenvainando su cuchillo.
- Sí.-respondió Annabeth haciendo lo mismo.
Me quedé pensando en lo que pasaría si no contaba el cuento.
- Annabeth.-dije.- Grover.-me paré delante de ellos y los miré a los ojos, un poco a cada uno.- Quédense aquí.-me obligué a decir.
Lo que más quería era que estuvieran ahí abajo conmigo, pero no quería exponerlos. Grover iba a tener un hijo, y si mataban a Annabeth nunca me lo perdonaría. No había forma de que se fueran, pero por lo menos desde la cima podrían saber si tenían que irse.
- De ninguna forma.-declaró Grover.
- No vamos a dejarte.-agregó Annabeth.
En lo más profundo de mi ser, había esperado que dijeran eso, pero el noventa y nueve coma nueve por ciento quería que se fueran.
- ¡Percy!-dijo Grover agarrando mi brazo.- ¡No hay tiempo para discutir, tenemos que ayudar a los romanos!-
Quería gritarles que se quedaran donde estaban, pero ese cero coma uno por ciento de mi ser, me lo impedía.
- ¡Percy, reacciona!-Annabeth me agarró los dos brazos y Grover se hizo a un lado.
Me volteé. Aún todos los romanos estaban peleando. Me di cuenta entonces de que un aura roja los rodeaba.
- La bendición de Ares.-dijo Grover.
De pronto, hubo un estallido de una supernova, y un tipo con lentes de sol y chaqueta de cuero apareció a nuestro lado.
- Miren, lo suyo es muy romántico, pero así no va. La guerra ha empezado, y ahora no pueden hacer nada más que luchar.-
Recordé años atrás, cuando mágicamente había vencido a Ares en combate. Pero lo miré detenidamente. No era Ares. Era Marte. El dios romano de la guerra. A su lado, otra supernova estalló –nos volvimos a tiempo de no verla-. Al lado de Marte, apareció Ares. ¿Cómo hacían eso? ¿Cómo los dioses podían invocar sus dos personalidades a la vez?-
- Marchen.-nos ordenó Marte. Parecía levemente más guerrero que Ares.
Los dos echaron a correr colina abajo. A medida que se acercaban al campo de batalla, su tamaño fue aumentando hasta alcanzar diez pies de altura, pero yo estaba seguro de que si querían, podían medir más. La batalla comenzó a tomar otro rumbo. Desenfundé mi espada. La idea de dejar que Grover y Annabeth entraran en batalla no me gustaba, pero nada podía hacer por detenerlos.
- ¿Por los viejos tiempos?-preguntó Grover.
- Por los viejos tiempos.-respondió Annabeth.
- Sí.-dije yo.- Y por un futuro mejor.-miré a Annabeth y me di cuenta que ella pensaba lo mismo. Estábamos tan cerca.
Me lancé a la carrera hacia la batalla y Grover y Annabeth venían detrás de mí. Penetré la defensa de los monstruos gritando y blandiendo mi espada. Grover saltó y dejó caer una raíz rara, que ni bien tocó el suelo, convirtió a amuchos monstruos en polvo. Luego comenzó a dar cuchilladas aquí y allá a una velocidad impresionante. Annabeth atrapó a un telkhin por la espalda y rebanó el cuello de una mujer-serpiente. Jason estaba atravesando minotauros y telkhines con su lanza recientemente reparada y Thalia se mantenía viva con su rutina de cubrirse y atacar. Piper, a pesar de ser hija de Afrodita y tener solo un cuchillo, se defendía bastante bien. Perdí de vista todo contacto con mis amigos y dejé que mis reflejos tomaran el control. Mandoble aquí, mandoble allá; estocada aquí, estocada allá. Todo iba bien… hasta que a Porfirión se le ocurrió entrar en batalla. Pegó un silbido y llamó al resto de su ejército. Él y los gigantes se adelantaron, pateando incluso a sus monstruos. Pero yo tenía un as bajo la manga. Silbé, y mi serpiente marina bajó del cielo a una velocidad incalculable. Se estrelló contra el ejército de monstruos y los lanzó por los aires –al menos a la mitad de ellos-. Al caer, de los enemigos quedó solo una sustancia negra burbujeante. Recordé que Annabeth me había dicho que ahora no volvían al Tártaro. Mis tripas estaban estrujándose… pero Porifirón se batía en retirada. Habíamos ganado el primer round. Estaba a punto de festejar cuando vi algo que nunca creí que fuera a ver. Caminé hacia lo que estaba mirando y caí de rodillas. No era posible.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 01:01 pm

Che... comenten...
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:30 pm

Bueno, en vista de que nadie dice nada, termino de postearlo y listo... el que quiera leerlo, que lo leo, lo tiene todo seguido así no reniega
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:31 pm

Capítulo 21
El peor día de mi vida
No podía ser cierto. Clavé mi espada en el suelo y me quedé mirando al cielo. Los romanos gritaban de alegría a mi alrededor, pero yo no podía unirme a ellos. No ahora.
- ¡¿Por qué?!-golpeé el suelo con los puños a la vez que gritaba.
Grover vino caminando hacia mí y me puso una mano en el hombro.
- Percy…-
- ¡Vete!-le grité.
No quería ver a nadie.
- Percy…-dijo otra voz.
Abrí los ojos. Aún vivía.
- ¡Annabeth!-apoyé su cabeza en mi regazo.
- Percy…-dijo de nuevo, en voz baja.
Miré desesperado a mi alrededor, esperando ver un fénix, pero ninguno apareció.
- ¡Alguien que me dé néctar y ambrosía!-pedí, a los gritos.
Lupa se acercó.
- No hay nada que hacer, hijo de Neptuno.-me dijo, totalmente indiferente.- Sus heridas fueron causadas por magia de un gigante.-
- ¡No!-grité otra vez.- ¡No es cierto!-mi voz se quebró. Grover me apretó entre sus brazos.
- Percy… sé feliz.-Annabeth se me estaba yendo.
- No… no puedo.-dije al instante.
- Las historias de… héroes,-dijo, a la vez que tosía.- nunca… acaban bien.-ella respiraba con dificultad.
- Pero…-
Dificultosamente, me puso un dedo en mis labios.
- Pero nada.-dijo.- Creo… ver a… Beckendorf… y a Silena.-parpadeó un par de veces y volvió a mirarme.- Yo… le prometí… a Hera…-pero no pudo terminar la frase. Pareció creer que mejor tenía que decir otra cosa.- Sé feliz…-me dijo, finalmente. Los romanos se congregaron a nuestro alrededor. Con un aliento final, agregó: - Grover.-él la miró.- No lo dejes… hacer estupideces… nunca más.-el sátiro asintió con tristeza. Nico se arrodilló a su lado.- Percy…-volvió a mirarme.- Solo…-soltó un chillido e hizo una mueca de dolor.- no me olvides.-
Alcancé a asentir antes de que su mano se pusiera flácida y sus ojos se cerraran. Apreté su cuerpo contra el mío. Quería gritar a los dioses que los mataría a todos uno por uno, pero no podía. Sentía miedo, odio y desesperación. Pude sentir mi cuerpo cada vez más golpeado hasta que me di cuenta de que estaba muy cansado. La maldición de Aquiles acababa de abandonarme. Ya no había nada que me mantuviera anclado al mundo mortal. No tenía forma de seguir siendo invulnerable. Pero ese era el menor de mis problemas. Comencé a gritar de dolor.
- Percy…-empezó Grover.
Podría haber estado ahí llorando un buen rato, pero me puse de pie con el cuerpo de Annabeth en mis brazos.
- Hazle lo mismo que le hiciste a Leo.-le dije.
Grover me miró incrédulo.
- Pero, Percy…-
- ¡Hazlo!-le grité.
- Muy bien.-dijo, al cabo de un rato.
Mientras subíamos al Olimpo me pregunté qué dirían los dioses cuando me vieran cargando el cuerpo de Annabeth. En cuanto llegamos al final de la escalera, aparecimos delante de las puertas dobles que daban a la sala del Consejo Olímpico. Abrí las puertas de una patada y entré. Mi padre dirigió su mirada a mí, y por un momento no supo quién era la que yo traía en brazos. Luego, se puso de pie y se hizo de mi tamaño. Vino al trote hasta mí y me abrazó como pudo. Atenea se levantó horrorizada y vino hasta nosotros. Nunca creí que un dios reaccionara de esa forma al ver un hijo muerto, pero Atenea parecía que había querido mucho a Annabeth. Afrodita se tapó la boca con las manos, y Hera cerró los ojos al mismo tiempo que bajaba la cabeza. Hefesto cabeceó negativamente y Hermes se agarró la frente con la mano. Zeus sólo parecía inquieto.
- Percy, cuéntanos lo que pasó.-Poseidón me puso una mano en el hombro y me guió hasta el centro del Consejo Olímpico.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:31 pm

Capítulo 22
Los Campos Elíseos
“Una promesa que mantener con un aliento final.” Nunca había odiado tanto una profecía. ¿Por qué tenía que ser ella? ¿Por qué Annabeth? ¿Por qué no otro? ¿Por qué no yo? Grité de rabia al mismo tiempo que lancé un mandoble contra un maniquí y lo decapité. Volví a gritar cuando lancé una estocada y acabé partiéndolo por la mitad, desarmando el movimiento y mezclándolo con otro. De pronto, Grover parecía tenerme miedo. Jason había intentado calmarme muchas veces en los últimos siete días, pero no había podido. Ni siquiera la suave y persuasora voz de Piper podía arrancarme el dolor del alma. Me senté en el suelo y tuve que hacer un gran esfuerzo por no arrancarme los pelos. Las últimas batallas contra Porfirión habían sido terribles, y yo ya comenzaba a enloquecer. En eso, Nico se me acercó. Su espada negra de hierro estigio estaba en su mano.
- ¿Estás más tranquilo ya?-me preguntó.
No le contesté. No estaba ni una pizca más tranquilo, estaba más alterado aún si eso era posible.
- Bueno, veo que no. A eso vengo.-me dijo.- Creo poder calmarte un poco.-
Lo ignoré. Eso no era posible.
- Érebo es una sombra, ¿te acuerdas? El dios que controla todas las sombras. Además, es amigo mío.-
No podía creer que hubiera venido a hablarme de un dios primordial. Por lo menos hubiera intentado calmarme primero.
- Y… en los Campos Elíseos hay sombras.
De repente me puse de pie. ¿Estaba oyendo bien? ¿Estaba ofreciéndome ir a los Campos Elíseos?
- Y… a los Campos Elíseos van aquellos que han obrado bien durante su vida, ya fuera larga o corta.-
Muy bien, ya no tenía que decir más.
- Vamos.-le dije. Si yo estaba en lo cierto, me llevaría a ver a los muertos.
- A que sé cómo subirte el ánimo.-susurró Nico. Después silbó llamando a la señorita O’Leary.-
Luego de unos momentos en los que mi cara se estiraba más y más, llegamos a los Elíseos. Miré a mi alrededor, sorprendida. Al principio no supe dónde estaba, pero entonces me di cuenta. No era el valle hermoso con tres islas que había visto muchos atrás. Había cambiado. Era el Campamento Mestizo griego. Era igual. Allí estaban todas las cabañas, incluyendo la de Poseidón al lado del lago de canoas, la Casa Grande, todo. Incluso la réplica del árbol que había aplastado a Hiperión estaba ahí, como si siempre hubiera sido parte del lugar.
- Los Elíseos son distintos para cada persona.-explicó Nico.- Nunca es igual. Para algunos es su casa, para otros es el campo… Para mí es bastante insustancial, pero supongo que para ti no lo será. En la Casa Grande te esperan algunas personas.-
- Nico.-dije.- No sé cómo agradecerte…-
- No tienes que hacerlo.-respondió.
Me acompañó hasta la puerta de la casa. Pero yo no quería ir solo.
- Yo no puedo entrar. Si lo hago, es posible que mi padre se dé cuenta de que hay un vivo aquí. Quiero decir, -agregó, cuando vio mi cara.- si entro, tu Campo Elíseo cambiará y nunca más te mostrará esto. Debes entrar tú solo. Alguien te dirá cómo salir y cuándo.-
Asentí. Nico fue hasta una sombra y se desvaneció. Dentro oía voces. Lentamente, llevé mi mano hasta la puerta. Me quedé pensando en si me gustaría ver quiénes estaban dentro, pero de todas formas golpeé. Un muchacho de unos dieciséis o diecisiete años abrió la puerta.
- ¡Leo!-grité, en voz baja, por la emoción.
- ¡Percy!-gritó él en respuesta, también en voz baja por la misma causa.
Me saludó con un abrazo y luego me dejó entrar. Me guió hasta la sala de estar y me dijo que esperara ahí. Al poco tiempo volvió con dos personas. Mi corazón dio un vuelco. Eran Luke y Annabeth. En cuanto me vieron, Luke me dedicó una sonrisa y ella vino corriendo a abrazarme.
- ¡Annabeth!-dije, sorprendido.-
Ella me besó. Luego nos quedamos abrazados hasta que Luke habló.
- Percy, -dijo. Su voz era distinta a la que había tenido en vida.- No le hemos pedido a Nico que te traiga para que te quedes.-
- ¿Qué? Pero…-
- Pero nada.-me cortó Luke. Su voz parecía provenir de todas y ninguna parte a la vez. Era como un fantasma.- Tenemos que hablar.-
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:31 pm

Capítulo 23
Una conversación con los muertos
Luke se acomodó en una silla a la cabecera de la mesa, pero, sin embargo, parecía que flotaba. Me senté a su derecha y Annabeth se sentó en mis piernas. No parecía querer separarse de mí otra vez. Leo se ubicó de frente a mí, a la izquierda de Luke.
- Percy.-empezó Luke sin más.- ¿Notas alguna diferencia en mí respecto a Annabeth o Leo?-
Observé detenidamente. Salvo por el hecho de que Luke flotaba y Annabeth y Leo no, no parecía haber nada más que los diferenciara.
- Tú… flotas.-observé.
Luke asintió.
- Eso es porque ya no tengo un cuerpo que abordar.-explicó.- Annabeth y Leo, en cambio, sí lo tienen, porque Grover los mantiene atados a su cuerpo con esas raíces.-
De pronto sentí una oleada de furia hacia Grover. No habría echado las raíces sobre Annabeth si yo no lo hubiera obligado.
- Evita la furia.-dijo Luke, tamborileando la mesa con los dedos. Leo lo imitó, y Annabeth apoyó su cabeza en mi hombro.- Hades la detectaría y estaríamos en graves problemas.-agregó.
Asentí.
- Ahora, a lo nuestro.-Luke se echó sobre la mesa y entrelazó sus dedos.- Falta poco para que Gea se alce.-
- Aquí abajo no para de gritar.-agregó Leo.
- No hemos podido dormir en toda la semana.-reconoció Annabeth.
- Ya no hay más tiempo, Percy. O Gea es detenida, pronto, o de verdad estarás hasta el cuello.-Luke bajó un poco la cabeza y me miró a través de sus cejas.- Esto es serio. Y si no recibes la ayuda de los dioses, entonces estás en graves problemas.-dijo, finalmente.
Leo se rascó la cabeza. Parecía querer preguntar algo, pero no sabía cómo.
- Thalia te extraña.-le dije.
Luke asintió y miró a Leo.
- Ya te dije que puedes volver cuando quieras. Sólo necesitas un guía. Eso sí, encontrarás tu cuerpo cubierto de raíces y en el fondo del mar.-le anticipó, con crudeza.
- ¿Qué hay de Annabeth?-pregunté, cortándolo.
Luke suspiró y me miró.
- Sabía que tarde o temprano preguntarías eso. Para que ella pueda volver a su cuerpo, tienes que curarle las heridas. Nada más. Pero curárselas al mismo tiempo que su alma penetra su cuerpo. Esto último, sólo porque las causó un gigante.-
Algo me decía que no confiara en Luke.
- ¿Y cómo se supone que voy a hacer eso?-
Luke parpadeó y se distrajo por los adornos de las paredes.
- Ya te ayudarán.-
¿A qué se refería? ¿Quién iba a ayudarme?
- ¿Puedes ser más directo?-
- No.-Luke negó con tristeza.- Son mis genes maternos.-agregó luego.- No puedo decir cosas importantes directamente. Mi madre iba a ser Oráculo, ¿recuerdas?-
Cuando yo iba a replicar algo, una chica pelirroja entró atravesando la pared.
- ¿Rachel?-pregunté.
Ella parpadeó y gritó de felicidad al verme. Flotaba, al igual que Luke. No podía regresar con nosotros. Me preguntó cómo iba todo arriba y brevemente le expliqué la situación. Luego se despidió de mí y se fue hacia arriba. Faltaba alguien aquí. Quirón.
- ¿Quirón está aquí?-pregunté.
En la cara de Leo se dibujó una sonrisa y Annabeth negó felizmente con la cabeza.
- ¿Está… en las Islas de los Bienaventurados?-
- Tampoco.-respondió Luke.- Quirón no está muerto.-dijo, finalmente.
Mi corazón dio un vuelco.
- ¿Y dónde está?-
- De camino a Grecia.-contestó Rachel desde arriba.- Sabe que ustedes están ahí y quiere ayudar, pero reunir a los centauros le tomó más tiempo que el que estimaba.-
De pronto me sentí tranquilo. Realmente, no estaba escuchando absolutamente nada. Era perfecto estar ahí. Annabeth, Luke, Rachel, Leo y yo. Podíamos ser una gran familia allí en los Elíseos. Luke se levantó, se acercó a la pared, y la tocó formando un círculo lo suficientemente grande como para que pasara una persona.
- Ve, Percy, y salva al mundo.-dijo, extendiendo el brazo hacia el círculo, que parecía ser sólo parte de la pared.
Miré a Leo y luego a Annabeth.
- ¿Ellos… no vienen? ¿Tú tampoco?-pregunté, con tristeza.
- Yo no puedo ir.-respondió Luke, como si hubiera tenido la respuesta preparada.- Ya no tengo cuerpo. Pero depende de ustedes volver al mundo de arriba o no. Tú puedes salir por aquí, Percy. Pero Annabeth y Leo requieren de un guía.-
La miré. Sabía que vendría conmigo. Dirigí mi vista a Leo, luego. Parecía estar pensando en otra cosa. Yo sabía en qué.
- Leo.-le dije.- Sólo tienes que encarar el asunto.-
Él pareció entenderme, porque asintió y se puso de pie. Los ojos de Annabeth seguían tan delatores como siempre. Pensaba en algo, aunque no me lo dijo.
- Espera.-dijo.- Percy.-me volví hacia ella.- Ten cuidado. No quisiera… que nada malo te pasara.-
Me puse de pie y Annabeth me llevó del brazo hasta el círculo que había hecho Luke.
- Procura que no te maten.-me susurró.
Antes de que yo pudiera contestar, me besó. Abracé a Luke como si él nunca se hubiera entregado a Cronos en el pasado, y también me despedí de Leo de la misma forma, para luego cruzar el umbral.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:32 pm

Ahora empiezan los capítulos que vienen de a partes.


Capítulo 24 (parte 1)
Los dioses someten un problema a votación
Desperté abruptamente. Había sido todo un sueño. Una parte de mí quería que fuera real. De mala gana, me levanté y me vestí. Aún no aceptaba que Annabeth y Leo estuvieran muertos. Observé el rincón de la tienda de campaña en la que dormía y suspiré.
- Sí.-dije, en un susurro casi inaudible.- Fue un sueño.-
Allí estaba el cuerpo de Annabeth entre raíces. Pensé en lo que Luke había dicho sobre curar sus heridas. Era una vaga esperanza, pero me senté ahí delante. Eran feas. Tenía grandes desgarros musculares por todo el cuerpo, según me había dicho un romano hijo de Febo –Apolo para los griegos-. Si quitaba las raíces antes de que su alma volviera –si es que eso era posible- entonces la perdería definitivamente. Decidí no tocar nada, al menos por ahora. Me puse de pie y salí de la tienda. No había nadie a la vista. El Olimpo estaba tranquilo. Subí lentamente la escalera de platino celestial. No iban a escucharme, nunca lo habían hecho. Pero seguro que a mi padre y a Atenea les molestaría que les recordaran que ya había muerto otro de los siete mestizos. Si la racha seguía… Bueno, una parte de mí quería que yo fuera el próximo, así podría ver a todos otra vez, pero por otra parte…
- Ojalá mi sueño hubiera sido verdad.-dije, mientras llegaba al final.
La magnificencia del Olimpo no se había visto menguada. Los edificios que Cronos había destruido durante su incursión, ya habían sido reconstruidos. Abrí las puertas del Consejo Olímpico sin demasiado esfuerzo y entré. No había nadie. Me sentaría y esperaría que llegara alguien. Pero no fue necesario. Al lado del fuego, como en ocasiones anteriores, pude ver a Hestia, la diosa del hogar. Me miró con sus cálidos ojos rojos y me sonrió.
- Pasa, Percy Jackson.-me dijo, como si me conociera de toda la vida.- Ponte cómodo.-
Chasqueó los dedos y un sillón de oro apareció a su lado. Lo apunté asintiendo con la cabeza, preguntando si debía sentarme ahí. Afirmó y yo me ubiqué de frente a ella.
- Siento tu pérdida, joven.-me dijo.
Asentí. Nadie podía entenderme mejor que ella, estaba seguro. Bueno, tenía que reconocer que Hera, después de todo, también me entendía.
- Sí.-afirmé, con melancolía.- Siento…-la miré, preguntándome si podía ser abierto con ella, y descubrí que me miraba atentamente. No estaba escuchando para tomarme el pelo, escuchaba en serio.- Siento que una parte de mí, murió con Annabeth.-
- Es normal.-me dijo al instante.- No te pido que lo superes, pero ten en cuenta que este tipo de pérdida es común en los héroes. Luke la perdió cuando aceptó ayudar a Cronos. Jasón se suicidó por culpa de Medea. Perseo acabó teniendo que alejarse de Andrómeda.-la diosa suspiró.- ¿Sabes? Me gustaría que alguna vez terminaran bien. Siempre todo acaba mal, todo termina en muerte. Parece que para algunos no hay otra forma de arreglarlo.-Hestia se apoyó contra la pared del hogar, en cuyas fauces crujía carbón. Agitó la mano y el fuego cambió de color y se hizo más alto. La observé, dubitativo.
- Pero…-pensé en si podía contarle que Hera me había tentado a cambiar el destino.- Hera me dijo hace una semana y un par de días que podía cambiar el destino, que tenía que hacerlo.-
- Entonces hazlo.-me dijo. En ese momento se abrió la puerta que daba a la calle, y Poseidón y Atenea entraron en la habitación. Mi padre iba vestido con una armadura griega de combate y Atenea llevaba aún una toga fúnebre de color negro oscuro, cortesía del propio Hades, según pude adivinar.
- ¿Percy?-preguntó mi padre, sorprendido.- ¿Qué pasa?-Atenea me miró con curiosidad, preguntándose si debía matarme o dejarme vivir.
- Precisamente, los buscaba a ustedes dos.-dije, dejando de lado todo respeto.- Anoche tuve un sueño.-
Les conté detalladamente mi sueño, explicando lo que había dicho Luke sobre volver de la muerte y tal.
- Eso es muy arriesgado.-dijo mi padre.
- Prácticamente imposible.-corrigió Atenea.
- ¡¿Es que no quiere que su hija viva?!-le grité.
Al principio creí que iba a despellejarme, pero luego adoptó una expresión triste. Suspiró penosamente y alzó la vista hacia mí.
- Haz lo que debas.-me dijo.- Pero, te lo advierto, si no queda ni el cuerpo de Annabeth, haré que te arrepientas el resto de tu vida.-dijo, lenta y amenazantemente.
- Y entonces yo te desollaré viva.-la amenazó Poseidón.
Atenea dirigió sus peligrosos ojos grises hacia él y lo fulminó con la mirada. Mi padre parecía estar acostumbrado a esos ojos, sólo le sostuvo la vista.
- Así no llegamos a ninguna parte.-dijo Hestia, acercándose y separándolos.- Atenea, Percy dice que no tiene la culpa de que tu hija haya muerto, y yo le creo.-declaró.
La diosa de la sabiduría me miró fijamente. Miró de mí a Poseidón, y, finalmente, de este último a Hestia. Suspiró y asintió con la cabeza.
- Tema zanjado.-afirmó Hestia, mirándolos a ambos.
- ¿Cómo que tema zanjado? ¡Esto… es… es una injusticia! ¡Ahora sé por qué Luke los odiaba!-les grité.
Atenea se mordió el labio inferior y desvió, por un momento, la mirada, a la vez que alzaba las cejas. Poseidón la miró lleno de odio y Hestia, sorprendentemente, me puso una mano en el hombro.
- Tranquilo, Percy.-me dijo. Su voz suave y relajada me hizo perder todo odio.- Cambiemos de tema, ¿sí? No hace ningún bien hablar de muertos.-Hestia me convenció.
Al poco rato llegaron los demás dioses. Se ubicaron cada uno en su trono y se prestaron a escuchar lo que tenía que decirles. Hestia se sentó en el silloncito pequeño que había llamado para mí y se quedó mirándome. Afrodita y Hera cruzaban miradas preocupadas, pero no les presté atención. Les conté mi sueño a los dioses, y todos, salvo Zeus y Hades, comenzaron a murmurar. El rey de los dioses hizo una seña con la mano y todos se callaron. Luego, el dueño del Inframundo me miró con ojos curiosos.
- No me mientas.-dijo.- No vale la pena. Sé que Nico te llevó allí.-
- ¿Entonces está mintiendo?-observó Hestia, mirando al rey del Inframundo con curiosidad forzada.
La miré. ¿Acababa de llamarme mentiroso? ¿Precisamente ella, que siempre me prestaba más atención que los demás dioses, me decía mentiroso? Hades torció su cuello hacia ella y la observó.
- Mmm… No.-declaró.- Ahora que lo pienso, no miente. Es solo que no lo sabe.-me miró a mí.- Nico no te lo ha explicado, ¿o me equivoco?-lo miré a los ojos. Parecían fuego negro.
Entendí que Hestia lo había dicho para abrirle los ojos a Hades.
- ¿Explicarme qué?-quise saber.
- No, es obvio que no lo hizo.-miró a Zeus.- No tiene la culpa.-Hades había cambiado radicalmente –para bien- desde que lo admitían en el Olimpo en todo momento –antes sólo lo dejaban entrar para los solsticios de verano e invierno-. Volvió a mirarme.- Érebo es un dios primordial.-empezó.- La sombra que cubre todo el mundo ininterrumpidamente.-dijo.
- ¿Ininterrumpidamente? Pero si cada cosa tiene su sombra…-
- Déjame terminar.-me cortó.- Érebo es la sombra. Éter la luz. Nix trae la noche, Érebo, y a su vez, horas después, Hemera esparce la sombra y trae a Éter. Pero, a pesar de que de la sombra solo quedan vestigios, sigue siendo una. Por eso es posible ejecutar un viaje sombra. Es… como… una vasta red de conexiones e interconexiones inentendible para cualquier mortal. ¿No te has preguntado por qué tomas giros cuando haces un viaje sombra?-al igual que muchas veces antes, el señor de los muertos mostró una sonrisa de autosuficiencia y se apoyó en el respaldo de su trono.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:33 pm

Capítulo 24 (parte 2)
De acuerdo, Hades tenía razón. Muchas veces había habido curvas en el camino de la señorita O’Leary cada vez que habíamos hecho un viaje sombra.
- Ahora bien,-siguió Hades.- ningún mortal o semidiós puede entrar a los Campos Elíseos en vida.-
Eso solo me hacía sentir peor, me confirmaba que lo mío había sido un sueño, una alucinación.
- Pero…-dijo Hades, alzando el dedo índice de la mano derecha y apoyando el codo correspondiente en el apoyabrazos de su trono.- Cuando se duerme, se está en un estado aproximado a la muerte, por lo que un semidiós, en sueños –un humano no-, puede entrar a los Elíseos si es llevado por un vivo. Ahora, como ningún vivo puede entrar allí, y solo yo o un hijo mío puede hacerlo, Nico te llevó. Pero para no explicarte todo esto, directamente te hizo creer que entrabas ahí despierto. Además, a su manera, resultaba más creíble.-
Mi corazón dio un vuelco. Curiosamente, Hades acababa de alegrarme el día. Ya quería salir corriendo a buscar a Annabeth y a Leo.
- Muchas gracias, mi señor Hades.-le dije. Él asintió. Curioso, muchas veces había querido matarme y ahora parecía quererme.- Mi señor.-me dirigí a Apolo.
- Dime, muchacho.-dijo, sonriendo intensamente.
- ¿Cómo puedo curar heridas mágicas causadas por gigantes?-
Apolo dudó. Se tocó la barbilla y miró de reojo a Poseidón. Luego observó a Zeus. Finalmente, volvió su vista a mí.
- Hay una forma.-dijo, acomodándose en la silla.- Pero…-dudó otra vez sobre si debía explicármelo.
- Por favor.-supliqué. Miré a los demás. Hera y Afrodita me echaban miradas compasivas. Ares, por su parte, recordaba que yo había caído de rodillas después de la primera batalla contra Porfirión, y cada vez me quería menos. Hefesto lucía incómodo, pero miró a su mujer y luego se volvió hacia mí.
Entonces, sucedió lo último que yo esperaba que pasara. Hermes me miró con interés, preguntándose algo. Por último se puso de pie y caminó en silencio hasta mi lado. Se quedó mirando el suelo un momento y luego miró a Zeus a los ojos.
- Este muchacho, -empezó Hermes.-ha demostrado valentía y honor estos últimos años.-Zeus lo miró a través de sus cejas con el ceño fruncido. Poseidón se removió en su asiento, inquieto. Atenea me clavó la mirada, pero rápidamente la desvió a Hermes. Hera y Afrodita se miraron un momento y susurraron algo acerca de Annabeth –no pude escuchar qué-. Ares y Hefesto parecían de opiniones opuestas –yo sabía cuál de los dos me apoyaba, no era necesario decirlo-. Dionisio estaría, con suerte, de mi lado. Artemisa miró a Poseidón y supe que los dos me ayudarían.- Digo que demostró valentía, porque se plantó delante de Cronos y no tuvo miedo, ¡aunque él fuera el rey de los titanes!-Hermes me señaló con el dedo.- ¡Digo que tiene honor, porque aun cuando Cronos le quitó mucho, no era venganza lo que lo movía, sino hacer el bien!-dijo Hermes, mirando un poco a cada dios. Abajo estarían preguntándose dónde estaba yo.- El chico sólo quiere vivir en paz y armonía con lo que lo rodea. No veo nada de malo en eso. ¡Someto el tema a votación! Si hay más de cinco de nosotros a favor, Apolo le dirá qué hacer.-gritó Hermes.- Tú,-apuntó a Apolo con el dedo.- no votas.-
- Ni tú tampoco.-intervino Zeus.
Hermes asintió. Él había llamado a votación, por lo tanto no podía favorecer a nadie. Esperaba que fueran pocos los que alzaran la mano a mi favor. Poseidón, Hera y Afrodita alzaron la mano al instante. Hades votó negativo. Artemisa se unió a mi causa y Hefesto también. Uno más y ganaba. Dionisio y Ares votaron en mi contra, aludiendo a que “no podía traer a los muertos de donde estaban”. Zeus votó a favor de su hermano Hades.
- Solo faltas tú, Atenea.-dijo Hermes, mirándola con nerviosismo.- Por favor, sé razonable.-
- ¡Silencio!-exigió Zeus.- Ella hará lo que quiera.-
Atenea me miró. Dependía de ella. Sus tormentosos ojos grises se cruzaron con los míos y supe lo que iba a hacer.
- Voto… por él.-dijo, segundos después.
Zeus asintió, decepcionado.
- Apolo, dile lo que quiere saber.-accedió el rey de los dioses.
- Ven por aquí.-me dijo Apolo, contento de ayudarme.
Me llevó hasta su mansión y me dio una lira.
- Has de hacer lo mismo que Orfeo. Hades te dejará entrar a los Elíseos, pero deberás salir sin mirar nunca atrás para ver si las almas te siguen. De lo contrario, perderás toda esperanza. Sin mencionar que los dioses te fulminarán. Ahora, una vez que llegues abajo, junta como máximo dos almas y parte de regreso. Hades no podrá traerte. A la vuelta, Cerbero estará atento por almas que lleguen al Inframundo o que quieran escapar, así que deberás tocar la lira para que se duerma.-
Sentí un tirón en las tripas y se me hizo un nudo en el estómago. Yo no sabía tocar la lira.
- Pero, mi señor…-
- No me llames “mi señor”.-
- Está bien. Apolo. No sé tocar la lira.-declaré, sonrojándome.
- ¿Y para qué crees que estoy yo?-me dijo, como si fuera obvio.- Tú sólo lleva los dedos a ella y deja que yo haga el resto.-
Recordé que Luke había dicho que tenía que curar las heridas de Annabeth antes de intentar atar su alma de vuelta a su cuerpo. Le expliqué eso a Apolo, y él adoptó una expresión preocupada.
- Ya hice eso algunas veces en el pasado. Casi siempre salió mal, si te soy sincero. Lo haremos sólo si estás seguro. Debe ser un trabajo de precisión. El momento en que la curemos y su alma y su cuerpo se junten de nuevo debe ser el mismo. O casi el mismo. Pongamos una variación máxima de un segundo.-
Minutos después, Hades me llevó al Inframundo –con sólo chasquear los dedos- y me dejó entrar a los Campos Elíseos. Parecía que con su permiso, cualquiera podía entrar. Entré allí gritando. El señor de los muertos observó con curiosidad mi paraíso. Era el Campamento Mestizo, el valle que era para todos. Annabeth y Leo corrieron hasta mí.
- Percy, ¡por fin! Estábamos esperando que llegaras para…-ella se congeló al ver a Hades.- Oh, oh.-
- No, no, tranquilos. Nos está ayudando.-dije, con algo de sorpresa en la voz.- Miren, nos iremos así.-
Les conté brevemente lo que haríamos. Ellos tenían que ir detrás de mí, caminando a mi paso. No tenían que hablar, ni distraerse por nada. Tenían que dejarse llevar por mi melodía –que en realidad era de Apolo-, y yo no tenía que mirar atrás.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:33 pm

Capítulo 25 (parte 1)
Algo más vuelve con Annabeth
Salir fue fácil. Bah, a quién quiero engañar, no mirar atrás hasta que salimos de allí fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Pero ahora sus almas tenían que volver a sus cuerpos.
- Annabeth.-le dije. Intenté agarrarme a sus brazos, pero sólo logré atrapar una nebulosa blanca.- Lo siento, lo siento.-dije, enseguida. Pero ella sonreía. La complacía la idea de volver a su cuerpo.- Ve a tu cuerpo y espera por Apolo. Iré en cuanto termine con Leo.-
Ella asintió.
- ¿Dónde estamos?-pregunté, atónito.
- El Partenón.-dijo ella inmediatamente.- Bueno, mejor me apuro.-
Cuando estaba por pasar por la pared, recordé la advertencia de Apolo.
- ¡Espera!-se dio la vuelta.- No entres en tu cuerpo cuando llegues. Apolo estará esperando por ti, si él no está ahí, no hagas nada.-
Asintió y desapareció de la vista. Estábamos en Atenas. Resulta que el Partenón había sido creado para esconder la antigua entrada al Inframundo. Leo y yo fuimos hasta la costa y nos zambullimos. En el fondo resplandecían los restos del Argos II. Busqué por las calderas… y divisé el cuerpo de Leo. Él fue como un rayo y entró con desesperación. Desvié la vista al ver lo que sucedía. El cuerpo de Leo comenzó a arder como una supernova y luego, lentamente, se apagó. Nadé hasta él y lo toqué.
- ¡Ah!-grité.
Leo abrió los ojos y echó a reír –o algo parecido-, y se atragantó con agua. Salimos hacia afuera y entre risas nos abrazamos y nos quedamos mirando un punto blanco que se iba borrando a lo lejos. Annabeth iba de camino. Sonreí ante aquella vista y Leo y yo nos pusimos de camino al Monte Olimpo. Lo puse al tanto de los hechos, pero para cuando me di cuenta de lo que pasaba, ya era tarde. Nunca llegaríamos al Monte Olimpo a tiempo de luchar la batalla de esa noche. Sólo por impulso, salimos corriendo, pero cuanto más corríamos, más lejos parecíamos estar. Pasamos horas corriendo y caminando, hasta que por fin caímos abatidos. Era gracioso: había superado al mismo Orfeo en su intento de traer a los muertos de vuelta a la vida, y ahora no me daba cuenta de que no llegaría a tiempo al Olimpo. Apolo seguramente ya habría curado a Annabeth. Podía oír caballos trotar a nuestras espaldas. De pronto, unas pezuñas se clavaron a mi lado. Me giré y vi a aquel a quien menos esperaba ver. Lo había creído muerto hasta hacía poco.
- ¡Quirón!-
El centauro asintió.
- Sí, Percy.-dijo, con toda la tranquilidad del mundo.-
- Llévanos al Olimpo, ¡Porfirión atacará con todo su ejército hoy, y si no llegamos…!-
- Lo sé. Suban a mi lomo.-contestó, aún muy tranquilo.
Sin decir nada, Leo y yo nos subimos y de un segundo a otro estábamos en el Monte Olimpo.
Y sí, lo digo literalmente. Porque viajar a lomos de un centauro inmortal, era como hacer un viaje sombra con mi perra del infierno. Los centauros suelen acortar muchísimo las distancias al galopar sin interferencias de ningún tipo.
La escena era horrorosa. Los gigantes iban al frente de su ejército. Los romanos aún estaban todos vivos. Ares y Marte habían hecho bien su trabajo. Pero ellos dos no eran suficientes. Recordé que no sabía por qué habían aparecido ambos, pero de todas formas no era ahora el momento de preguntar. Bajé del lomo de Quirón y escuché un grito que me perforó ambos oídos.
- ¡Ataquen!-gritó Porfirión.
Su ejército salió corriendo hacia los romanos con un “Aaah”. Ares y Marte salieron solos a la carga, y tras ellos, segundos después, partieron los romanos. Quirón preparó una flecha, con un guante de box en la punta, y disparó. Pegó en la mejilla de un minotauro, que se volteó y se quedó mirando hacia nosotros. Recién ahora entendía que eso era una distracción para separar sus fuerzas. Reconocí a algunos “Ponis Fiesteros” a mi alrededor –me habían ayudado dos años atrás durante la guerra contra Cronos-.
- Quirón.-le dije, en un momento de solaz.
- ¿Qué pasa, Percy?-preguntó. Sonaba tranquilo, aun cuando millones de monstruos se acercaban corriendo hacia nosotros.
Los “Ponis Fiesteros” lanzaron una descarga de flechas sobre los enemigos y abatieron a unos cuantos. Las suyas –las flechas-, tenían guantes de box en las puntas, otras eran comunes, algunas eran de plata, otras iban decoradas con penachos o plumas, y unas pocas iban rociadas con fuego. Tras esta, lanzaron otra descarga. Ares y Marte aprovechaban bien la distracción. Iban ganando terreno prácticamente ellos dos solos, pero los romanos otra vez tenían su bendición y parecían auténticos demonios. ¿Por qué los demás dioses no bajaban a ayudarnos? “Bueno,” pensé, “al diablo, hagamos lo que podamos.”
- Um, -me quedé pensando en Tyson.- ¿Tyson está…?-
Pude ver a lo lejos a un centímano –Briares- apareciendo entre la neblina, y a otro montón de seres de enorme estatura, acompañándolo. Al frente venía mi hermano cíclope, como en otra ocasión, dirigiendo el asalto.
- Allí.-dijo Quirón con una sonrisa. Luego se volvió hacia los monstros. Ya casi estaban encima de nosotros.- Lo que me recuerda… ten, toma.-me dijo, extendiéndome un escudo. Era el que Tyson había hecho hacía tiempo para mí. Todavía se veían claramente los dibujos de nosotros tres –Annabeth, Tyson y yo-, luchando con la hidra, o, en otra división, los tres plantándole cara a Polifemo. Lo tomé contento.
De pronto me sentí lleno de fuerzas. Destapé mi bolígrafo y empuñé a Riptide. Fui el primero en salir corriendo. A mis espaldas, pude oír llamas bailando a la vida, y supe que Leo llevaría a cabo una masacre. Otra descarga de flechas pasó volando sobre mí y se estrelló contra los enemigos. Penetré su primera línea defensiva con un mandoble y lancé una estocada contra un minotauro, que al instante se convirtió en una burbujeante sustancia negra. Las Puertas de la Muerte seguían abiertas. Interpuse mi escudo entre el ataque de una mujer-serpiente y yo, y degollé a otra. Un meteorito pasó rozando mi costado y se estrelló contra un minotauro, más adelante. Las hidras que estaban detrás, retrocedieron. No habían pensado en ser carbonizadas. Todo iba bien de momento. Tenía que llegar a mi tienda, en la cima del Olimpo, al pie de la escalera de platino celestial. Me cubrí de otro ataque y otra descarga de flechas cayó sobre los monstruos –y sobre mí, pero me cubrí con el escudo-. Enterré a Riptide en el pecho de un minotauro. Pude ver detrás a un millar de esfinges –curiosamente, una nos ayudaba-, quimeras y leones de Nemea. Al lado de Porfirión, pude divisar a Euryale y a Stheno. Malditas gorgonas. Iba a despedazarlas. Pero recordé que primero tenía que llegar a mi tienda. Acuchillé a unos cuantos monstruos más, y por fin rompí la línea defensiva que daba a la ofensiva de Ares y Marte.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:34 pm

Capítulo 25 (parte 2)


- ¡A un lado!-grité, alzando la voz.- ¡A un lado!-
Pero enseguida comprendí que los romanos estaban rodeados, y también Ares y Marte. Entonces, Tyson, Briares y los cíclopes entraron en combate. La tierra entera se sacudió. Briares, el centímano, entró en batalla con Alcioneo, uno de los gigantes presentes. Mi hermano se lanzó sobre Efialtes, lo derribó y comenzó a pegarle desenfrenadamente, cargado de odio. Los demás cíclopes comenzaron a luchar contra el ejército. Los centauros presionaron con descarga tras descarga sobre los monstruos. Muchos cayeron muertos en una sustancia negra burbujeante, pero no era suficiente. Porfirión venía pateando a sus súbditos en dirección a mí. Parecía saber que tenía que matarme. Entonces sucedió la cosa menos esperada. El cielo se estremeció con una fuerza antinatural, y la escalera que daba al Monte Olimpo se resquebrajó lentamente hasta partirse en mil pedazos. Un rayo cayó del cielo y el mismísimo Zeus apareció al pie del lugar donde antes había estado la escalera, con su rayo maestro en la mano. Una sombra negra, más densa aún que la propia oscuridad, bajó dando vueltas a su lado, y Hades, el rey del Inframundo, se materializó. Una serpiente marina cayó del cielo al otro lado de Zeus y, al disolverse, Poseidón apareció allí tridente en mano. A su vez, todos los demás dioses fueron apareciendo. Sólo cuando todos estuvieron presentes –incluyendo a Afrodita, quien no iba nunca a la guerra, pero que no pelearía ahora-, me di cuenta de que la batalla se había detenido.
- ¡Conque tienes las agallas de aparecer, Zeus!-gritó Porfirión.
Zeus le contestó inmediatamente, como si hubiera estado ensayando la respuesta durante días.
- He venido a fulminarte como la última vez. ¿Te acuerdas de eso? Fue tan placentero.-
Porfirión rechinó los dientes, y con un grito estremecedor se lanzó hacia Zeus. Él hizo lo propio. Alcioneo y Efialtes se libraron de sus contrincantes, empujándolos, y corrieron hacia los dioses. Ellos respondieron haciendo lo propio. El choque de los once dioses contra los once gigantes fue catastrófico. La porción de tierra que los rodeaba se resquebrajó a su alrededor y comenzó a ceder. Iban moviéndose de un lado a otro, evitando el contacto con una porción, continuamente. Poseidón se batía en duelo contra Polibotes, al que en la antigüedad había enterrado bajo una isla. Atenea derribaba a Palas al suelo, incapaz de matarlo, pero conteniéndolo. Dionisio pateó a Éurito y lo enterró vivo bajo un centenar de vides, pero el gigante se liberó y se puso de pie. Hefesto descargó una fuerza incalculable con su martillo sobre la cabeza de Clitio, pero fue incapaz de matarlo. Artemisa disparaba una flecha tras otra sobre Gración, agujereándolo el pecho y el estómago con cada disparo. Hermes pasó volando sobre Hipólito, lo atrapó por la cabeza y lo elevó en el aire. Dio una voltereta y lanzó al gigante contra el suelo, provocando un cráter de treinta metros de diámetro. Hades se lanzó sobre Toante y lo atravesó con su espada negra de hierro estigio. El gigante alucinó unos momentos y lo pateó en el pecho, quitándoselo de encima. Ares le pegó un puñetazo a Agrio y le voló un diente. A su vez, Agrio lo pateó en la canilla, pero Ares respondió con otro golpe, olvidándose del dolor. Alcioneo atrapó a Apolo por la cintura, pero él le metió parte de su lira en la nariz y el gigante lo soltó. Hera encadenaba a Efialtes al suelo, a la vez que lanzaba maldiciones en griego antiguo a una velocidad increíble. Mientras todo esto sucedía, Zeus y Porfirión se lanzaban rayos y hachazos a diestra y siniestra, despedazando todo lo que golpeaban. Podrían estar así por horas, pero si los semidioses no ayudábamos, los dioses perderían. Por otro lado, si los ayudábamos y no luchábamos contra los monstruos, estos últimos serían nuestros asesinos. Pero recordé que había algo que me importaba más que eso. Corrí montaña arriba tan rápido como pude, pero no llegaría fácilmente. Miré al mar y me obligué a sentir un tirón en las tripas. Mi mascota emergió de un embudo que se originó en el mar, y me llevó hasta arriba. Entré corriendo en la tienda. Si Apolo estaba en la batalla, entonces Annabeth ya estaría curada y viva otra vez. Miré a un costado.
- ¡Quítame estas cosas, sesos de alga!-me gritó.
Entre una sonrisa y lágrimas de alegría, le saqué las raíces de encima y la abracé. Sentí sus brazos rodeándome también.
Creo que nunca me sentí mejor. Y esta vez en serio. No era como la vez que nos besamos bajo el agua, era mucho, mucho, mejor, definitivamente, esta sensación. Pero, a decir verdad, preferiría no repetirla nunca más en toda mi vida. Me había costado mucho lograr esto, y no me permitiría tener que hacerlo otra vez. Nunca más.
Podía oír el fragor de la batalla de afuera, pero mi mundo se limitaba a la tienda.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:34 pm

Capítulo 26
El principio del fin
Salimos de la tienda. Me sentía renovado. La tierra seguía bamboleándose. Zeus seguía en batalla con Porfirión, y los demás estaban en las mismas condiciones.
- Annabeth.-le dije.- Quédate aquí.-
Como yo esperaba, se decepcionó.
- Pero…-
- Pero nada.-la corté.- Ya te perdí una vez. No de nuevo.-puse mis manos alrededor de su cuello.
- Y si…-
- Se acabó jugar a los héroes.-dije. Sonaba como su padre, seguramente.- No te expongas.-
- ¿Y tú? ¿Por qué tengo que quedarme viendo cómo te matan, eh?-me planteó.
Sabía que ella tenía razón, pero…
- Esperemos.-me propuso.- Si vemos que la cosa va mal, entonces bajamos.-me miró detenidamente un momento.- Los dos.-agregó, finalmente.
Yo asentí. La idea me gustaba. Al menos tendría unos momentos ahí con ella antes de bajar a pelear. Miré el campo de batalla. Ahora eran dos dioses contra cada gigante. Júpiter y Zeus, contra Porfirión; Apolo y Febo, contra Alcioneo; Hera y Juno peleaban con Efialtes; Atenea y Minerva se turnaban una vez cada una para distraer y atacar a Palas; Poseidón y Neptuno clavaban sus tridentes en Polibotes una y otra vez; Hermes y Mercurio atacaban a Hipólito con distintas armas cada vez, provocándole una impotencia terrible; Artemisa y Diana le disparaban flechas con guantes de box, flechas sónicas, explosivas, otras de plata, y otras tantas revestidas en llamas, a Gración. Dionisio y Baco rodeaban a Éurito con vides y uvas, para luego pegarle con sus bastones. Hefesto y Vulcano le lanzaban piedras a Clitio, o le pegaban mazazos en la cara y el cuerpo si se acercaban lo suficiente. Ares y Marte le arrancaban los dientes y los pelos –además de la barba y los bigotes- a Agrio. Por su parte, Hades y Plutón apretaban a Toante entre huesos y lo atravesaban con sus espadas negras de hierro estigio sin piedad una y otra vez.
- ¿Esos son…?-empezó Annabeth.
- Los dioses griegos y romanos.-terminé yo.- No sé por qué, pero parecen capaces de presentar sus dos formas al mismo tiempo.-expliqué.
- ¡Mira, Percy!-me dijo Annabeth, señalando algo entre la multitud de monstruos.
Era un basilisco. El rey de las serpientes. Era una por supuesto, pero especialmente grande. Tenía que medir unos quince metros. Sus colmillos eran curvos, largos y especialmente venenosos. Sin embargo, eso no era lo peor. Su mirada era mortífera. La de Medusa, al lado de la del Basilisco, no era nada. Si mirabas directo a sus ojos, caías muerto, así sin más. Los cíclopes comandados por Briares, el centímano –y sí, lo digo porque Briares tiene cien brazos-, y mi hermano Tyson aplastaban enemigos con la planta de sus pies y les pegaban garrotazos a los minotauros. Annabeth pareció reparar en que Tyson estaba allí.
- ¡Mira!-me dijo, apuntándolo con el dedo.
- Sí, lo sé.-respondí, al instante.- Lo vi cuando venía subiendo la ladera de la montaña.
El basilisco, que antes había estado enroscado en una estatua de Zeus al pie de la montaña, ahora había desaparecido de la vista.
- Mala señal.-susurró Annabeth, con su voz cargada de miedo.
De pronto, algo tiró de mí y caí montaña abajo, arrastrado por una enorme, larga y vultuosa cosa negra.
- ¡Annabeth!-grité, desesperado.
Pero ella ya venía corriendo tras de mí. Saltó y cayó sobre lo que me arrastraba. Sólo entonces, me di cuenta de que era el Basilisco. Riptide estaba en mi bolsillo, pero había dejado el escudo en la tienda. Annabeth se bamboleaba de un lado al otro sobre el lomo del Basilisco, incapaz de asestarle un golpe. Dirigí mi vista a los veintidós dioses.
- ¡Padre!-grité, en vano.
Ni Poseidón ni Neptuno me oyeron. Pasamos sobre un charco de agua, y, sin saber muy bien cómo, saqué un tridente de allí. Sin tener en cuenta qué estaba haciendo, apunté al cielo y disparé un chorro de agua que le pegó a Neptuno en la cara. Se volteó para ver qué pasaba y se olvidó del gigante. Poseidón le pegó a Polibotes, estrellándolo contra una roca. Lo apresó con agua, que luego convirtió en hielo, y se volteó para ver qué quería Neptuno –que estaba tocándole el brazo-. Finalmente, ambos vieron lo que nos pasaba y vinieron en medio de una tormenta de agua. Esto era mucho peor que pelear contra Cronos. Poseidón atrapó al Basilisco por la quijada y lo levantó del suelo. Neptuno estiró sus brazos y nos atrapó a Annabeth y a mí. Pude ver a mi padre agitar al Basilisco con una fuerza descomunal, y estrellarlo contra el suelo, reventándole las tripas. Pude mirar el lado romano de Poseidón durante un momento, y noté algunas diferencias. Neptuno tenía marcas celestes –como si fueran tatuajes- por toda la cara y los brazos –seguramente también las tenía en el resto del cuerpo-. Su pelo negro estaba sujeto a su cabeza con una corona dorada que le encajaba a la perfección. Nos soltó a Annabeth y a mí en medio la batalla, diciendo:
- ¡Causen algunos estragos!-
Empuñé mi espada. Annabeth y yo quedamos espalda con espalda. La última vez que habíamos hecho eso, ella había terminado mal –Ethan Nakamura, hijo de Némesis, le había clavado un cuchillo cuando ella se interpuso entre él y yo-. Los monstruos se congregaron rápido a nuestro alrededor. Acabé con una mujer serpiente, y un perro del infierno se lanzó sobre mí. Alcancé a esquivarlo y a abrirle una herida en el lomo, pero no pude matarlo. Annabeth tenía un escudo en la mano, pero yo sólo llevaba mi espada, Riptide. Escuché a Poseidón y a Neptuno entrando otra vez en batalla con Polibotes. No podía ver lo que hacían los demás, ni siquiera sabía dónde estaban Quirón, Tyson o Leo. Entonces un meteorito surcó el aire a mi lado y se estrelló a poca distancia de nosotros. Pude ver a Leo quemando todo a su paso, envuelto en llamas y disparando sin cesar. Parecía estar lleno de odio por dentro. Pude ver a Thalia con “Égida” en las manos, luchando dificultosamente contra una hidra. Si no hacíamos algo pronto, la matarían. Nico estaba peleando sin descanso con gran parte del ejército de Porfirión, alzando muertos y dando tajos al aire que provocaban que la tierra se agrietara y se tragara algunos monstruos.
- ¡Percy!-
Hasta hacía poco había estado totalmente pendiente de Annabeth, pero ahora la había descuidado. Me di la vuelta y vi a un minotauro alzando su brazo. Salté, empujé a Annabeth, y pude sentir el puño del minotauro golpeándome, justo en el costado.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:35 pm

Capítulo 27 (parte 1)
Amanece el último día de guerra
Me quedé desparramado en el suelo. Nuestros enemigos estaban siendo derrotados. Los centauros y los cíclopes hacían progresos sobre el ejército. Annabeth cayó de rodillas a mi lado. El sol salía en el Este. Escuché a Apolo gritando como loco en su coche en llamas. Dejó al sol con un envión como para que en veinticuatro horas estuviera otra vez allí, y descendió rápidamente a la base del Olimpo.
- No…-Annabeth se echó sobre mí, sollozando.- Todo por mi culpa…-susurraba.
El ejército enemigo se batió en retirada, y los gigantes también lo hicieron, al darse cuenta de que si los semidioses los alcanzaban, estarían perdidos. Segundos después, cuando supuse que los enemigos ya estaban lejos, me levanté bruscamente, como si el minotauro no me hubiera pegado, y me lancé sobre Annabeth, haciéndola girar sobre el pasto. Los gigantes y su ejército ya habían desaparecido, y los centauros iban colina arriba. Nos miramos un momento y luego echamos a reír. Me di cuenta de que hacía, al menos, un mes que no sonreía de verdad. Ella estaba ahí, a mi lado, despatarrada en el pasto, mirándome entre risitas.
- Estúpido…-me dijo, contenta y riéndose.
Me quedé mirando el cielo –ahora despejado-, y cerré los ojos, sintiéndome tranquilo una vez desde hacía mucho tiempo –desde mis doce años, para ser precisos-. Nos acercamos al mar y paseamos por la orilla, disfrutando las vistas. En eso se nos acercaron Poseidón y Atenea. Cuando la vi acercarse, mi primera reacción fue soltar la mano de Annabeth, pero decidí luego que ya era tiempo de que la diosa lo afrontara. Lo quisiera o no, si hija estaba a gusto con el hijo de Poseidón.
- Veo que lograste tu objetivo.-observó él, mirando nuestras manos.
Asentí. Miré un momento a Annabeth y luego me fijé en Atenea.
- Me debe una disculpa.-dije, secamente.
Atenea miró a su hija y se volvió hacia mí.
- Supongo.-suspiró.- Hace dos años, te di el beneficio de la duda.-me dijo, mirándome a los ojos.- Ya no tengo dudas. Quiero que te quedes donde estás. Y es en serio.-se obligó a decirlo.
- ¿Perdón, Atenea?-preguntó Poseidón inocentemente.
Ella lo miró de reojo, claramente enfadada, pero Annabeth le pegó con los dedos en el hombro, despacio.
- Mamá, tranquila.-le dijo.
Atenea le clavó los ojos. Casi podía ver sus ojos y los de Annabeth en batalla campal en medio de ellas. Annabeth tomó la iniciativa: la abrazó. Atenea se quedó con los brazos extendidos a sus lados, sorprendida. Luego rompió a llorar y abrazó a Annabeth. Poseidón me puso una mano en el hombro.
- Ven, Percy. Tenemos que hablar sobre lo que pasó antes. Y… sobre algunas cosas más. Seguro tienes muchas preguntas.-
Nos alejamos un poco, y pudimos ver a Atenea hablando con Annabeth sobre el pasado. Oí también las palabras “cráneo” y “parto”, y sentí un escalofrío en la columna vertebral. Poseidón se rió de mí.
- ¿Qué?-pregunté, enfadado.- Tú tienes suerte. No te has enamorado de su hija.-reparé en que él quizá ya habría visto a muchos nietos de Atenea en su vida.- Um, -lo miré con seriedad.- mi hijo no va a nacer de una idea, ¿cierto?-
Por una vez, Poseidón dejó de lado su sentido del humor.
- No lo sé.-me dijo, poco después.- Annabeth no es como ella. Atenea es una idea de un dios –de Zeus-. Sus hijos son ideas de un dios y un mortal. Sus nietos serían normales si fueran descendientes de un semidiós y un mortal, pero no sé cómo funciona entre dos semidioses, Percy. La verdad nunca en toda mi vida lo he pensado. Quizá porque nunca pasó.-
- Eso no es una subida del ánimo, ¿sabes?-
Poseidón miró el suelo un momento, alzando muy levemente las cejas, suspirando, y llevando sus labios a un costado, a la vez que los fruncía. Parpadeó dos o tres veces, y volvió a mirarme.
- Acabas de coser una herida que llevaba milenios abierta.-
Me quedé pensando en qué hablaba.
- Te refieres a tu rivalidad con Atenea.-
Poseidón asintió.
- Y por supuesto, también me alegro de que salvaras a su hija. En otras circunstancias, no me habría gustado tenerla de yerna.-me miró directo a los ojos, y yo me sonrojé.- No tengas vergüenza, Percy. Todos lo hacemos alguna vez. Y si eliges bien, es el mejor momento de tu vida.-
- Pero tú no vas a estar ahí.-le dije, en respuesta.- Cuando yo esté casándome, si es que lo hago, tú estarás en el Olimpo.-
Poseidón se mojó los labios.
- No.-negó con la cabeza.- Voy a estar ahí. Pero prométeme que me dejarás dar la fiesta en el Olimpo.-
- Pero, ¿y mamá y Paul?-
Él no había pensado en eso. Se rascó la barbilla.
- Habrá que hablar con Zeus.-esbozó una pícara sonrisa y me guiñó un ojo. Otra vez, yo no sabía si él hablaba en serio o era una broma.
En ese momento, me di cuenta de que nunca había hablado con mi madre desde que había recuperado la memoria.
- Papá, -le dije.- ¿tienes un dracma?-
Poseidón buscó en sus pantalones y sacó unas cuantas monedas.
- Quédatelas.-me dijo.- Yo no las necesito.-
Me di la vuelta y lancé una al agua, diciendo:
- Oh, Iris, diosa del Arcoíris, muéstranos a Sally Jackson, mi mamá.-
En el agua cerca de la costa, se concentró una neblina muy densa. Atenea y Annabeth vinieron hasta nosotros. Poseidón y la diosa se ubicaron tras nosotros, y Annabeth se colgó de mi brazo. En cuanto apareció la cocina del departamento, pude ver a mi padrastro desayunando.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:36 pm

Esta se viene un poco más larguita...

Capítulo 27 (parte 2)

- ¡Paul!-le grité.
Paul Blofis escupió parte de su café en la mesa y se quedó pasmado mirando el mensaje Iris.
- Oh, ¡hola, Percy!-me dijo, todo colorado. Miró a Annabeth y a mi padre.- Hola, Poseidón.-le dijo. Mi padre le sonrió.- Annabeth.-miró a mi compañera.
- Hola, Paul.-le contestó mi padre.
- Buenos días, señor Blofis.-respondió Annabeth.- Um… esta es mi mamá.-dijo, señalando a la diosa.- Es…-
- Oh, no, no, no, espera. Ella es…-Paul miró a la madre de mi novia atentamente.- Atenea…-se quedó atontado mirándola.
- Sí.-reconoció la diosa.
- Paul.-le dije. Él salió de su cuarta dimensión, y me prestó atención.- ¿Mi mamá está ahí?-
Paul asintió y se fue escaleras arriba. Poco después volvió con ella.
- Sally.-dijo Poseidón
Mi mamá se sentía incómoda, seguramente, pero Poseidón le dirigía una mirada que no le prestaba a cualquiera. Era especial y de entendimiento a la vez. A Paul no le importaba, estaba demasiado extasiado mirando a Atenea y a Poseidón como si fueran vete a saber qué. Mi mamá reparó en que Annabeth iba colgada de mi brazo, y esbozó una sonrisa.
- Oh, Percy.-dijo.- Me gusta que sea ella.-declaró.
Annabeth se sonrojó. Poseidón pasó su brazo sobre mi espalda y agarró el hombro de Annabeth, echándose sobre mí. En el momento no me di cuenta, pero Paul hizo una seña y Atenea hizo lo mismo que mi padre. Y entonces, un flash me dejó ciego. Mi padrastro acababa de sacarnos una foto a los cuatro.
- ¡Está perfecta!-dijo, mostrando el visor de la cámara digital.- ¡La voy a poner en un marco de oro!-
Paul salió de la habitación, sobrepasado por la situación. Dionisio debía andar detrás de eso.
- Sólo quería decirte que estaba bien.-le dije a mi madre.- Y que…-miré a Annabeth.- quizá comience a alquilar un apartamento por mi cuenta.-mi mamá adoptó una expresión triste.- Oh… um, quizá en el mismo edificio, así estamos cerca, y…-
- No.-me cortó Sally.- Vivan donde ustedes quieran.-
- Oye, no he dicho nada sobre…-
Pero mi mamá negó con la cabeza.
- No intentes ocultarme cosas. Te conozco mejor que cualquiera, Percy.-replicó.
Asentí, sonriente.
- Está bien.-acepté.
- Adiós, Percy.-saludó mi madre.- Señores.-miró a Atenea y luego a Poseidón.- Yerna.-molestó a Annabeth.
- Mamá, estás dando por hecho cosas que…-
Poseidón me pegó un puñetazo en la columna disimuladamente. Aparte de mí, nadie se dio cuenta.
- Doy por hecho lo que sé que va a pasar.-declaró.- Y sé que tú y Annabeth sobrevivirán a esta guerra.-
Poco después, volvió Paul y nos despedimos de ellos.
- Percy, no le des disgustos a tu madre.-me retó Poseidón.
Curioso, nunca antes me había puesto demasiada atención, y ahora hasta me regañaba. Decidí que era mejor no pelear, no ahora. Minutos después, Atenea y mi padre partieron de regreso a la base del Olimpo. Hoy sería la última batalla. No pararíamos hasta matar a los gigantes, o morir en el intento. Supuse que tenía que decir algo, sólo por si acaso. Yo había vuelto a ser invulnerable, pero Annabeth no, y los dioses no me dejarían traerle de entre los muertos por segunda vez. Nos sentamos a la orilla del mar. Puse mi brazo en su cintura y ella cruzó el suyo por mi cuello.
- Percy…-empezó ella. Su cabeza estaba apoyada en mi hombro.- ¿Cómo fue que desperté entre esas raíces?-
La miré y parpadeé.
- ¿No recuerdas… nada?-
Ella negó tristemente. Estaba por decirle que no se había perdido nada, cuando me di cuenta de que Luke no podía volver, y no pasaba nada si le contaba lo que había visto yo allí abajo. Expliqué cómo había sucedido todo, sin entrar mucho en detalles. Esperaba que se largara a llorar, como mínimo, pero no lo hizo. Solo sonrió mientras fruncía el ceño.
- Hace tiempo que acepté que Luke se fue. Pero si hubiera tenido que elegir, no me arrepentiría de nada.-me dijo. Sospeché, pero como dos años atrás, la miré a los ojos y supe que no mentía.
- Um, -tragué saliva. Le daría una indirecta sobre lo que había dicho Hera de la mente y tal. Seguramente lo entendería.- el otro día, cuando fui a buscarte al Monte Tubqal…-la miré a los ojos. Me miraba con atención.- Hera…-ella resopló.
- Hera.-repitió, incrédula.
Le colgué los pelos de la oreja.
- Sí.-me obligué a decir.- Hera. Bueno, como iba diciendo. Hera me dijo que… que la mente de un semidiós, se desarrolla dos veces más rápido que la de un humano normal. Quiero decir…-miré un momento al mar, luego me volví hacia ella.- Me dijo que pienso como un humano normal de treinta y seis años, lo que implica… que mi mente está… preparada para amar.-la miré esperando su reacción.
- ¿Es tu manera de decir que estás enamorado?-preguntó, a propósito.
Me reí de la sugerencia, a sabiendas de que era verdad. Pasé mis brazos alrededor de su cintura y la besé. Pude sentir sus manos en mi cuello, y luego una de ellas en mi nuca.
Bien. Estaba feliz, ¿cierto? Debía estarlo. Pero es un clásico que cada vez que un héroe –o dos, en este caso- estén en una situación sentimental, aparezca alguien para molestarlos. En este caso, yo tenía ganas de aplastar la cabeza de ese alguien, por dicha razón y otra más.
- Oh, lamento meterme entre ustedes, pero, ¡de verdad es importante!-
No le hicimos caso. Era Grover. Seguíamos besándonos cuando Grover me agarró el antebrazo. Me separé bruscamente de Annabeth e hice ademán de pegarle a mi amigo. Acababa de recordar que lo odiaba.
- ¡Eh, eh, eh! ¡¿Qué te pasa, Percy?!-preguntó, atónito.
Me puse de pie. Quería matarlo a golpes, pero Annabeth me agarró el brazo.
- ¡La habrías dejado morir!-le grité.- ¡¿Por qué?! ¡Sólo dímelo, ¿por qué?!-me sentía realmente exasperado.
Grover tragó saliva y miró a Annabeth, quien ya lo estaba observando detenidamente.
- ¡No estaba seguro de poder mantener dos personas atadas a la vez!-me gritó.
- ¡Pero…!-
- ¡Pero, nada! ¡Pero, nada, Percy!-Grover comenzó a dar saltitos pequeños, como hacía cuando se ponía nervioso.- ¡Y si no podía lograrlo y mantenerlos a ambos atados a su vida, entonces los habríamos perdido a los dos, ¿entiendes?!-
Quería decir que no, que de todas formas lo golpearía hasta matarlo, pero no lo hice.
- O-O-Oigan, ¡miren!-Annabeth señaló un punto a lo lejos.
Una mancha negra amenazaba con tapar el Olimpo entero. Salimos corriendo hacia allí. Llegamos y nos abrimos paso entre los enemigos a duras penas, pero logramos llegar al lado de los dioses. Era como una película. Un millar de monstruos amenazando con destruir todo –el fin de todas las cosas-, y unos pocos héroes acompañados por unos pocos dioses. Al lado de mi padre, estaba la señorita O’Leary, mi perra del infierno, y, a su vez, al lado suyo, descansaba mi esfinge. Tyson bamboleaba su garrote levemente de aquí para allá, inquieto. A su lado, Briares esperaba con una piedra en cada una de sus manos. Los veinticuatro dioses estaban ahí, preparados, esperando el último enfrentamiento. Destapé a Riptide y miré a Annabeth y a Grover. Ahora que estábamos de frente a la muerte, ya no lo odiaba en absoluto.
- Grover.-
Él me miró.
- Lo siento.-dije, rápidamente.
- No pasa nada.-él lucía despreocupado.
Me volví a Annabeth.
- No hace falta que digas nada.-me dijo, pellizcándome la mejilla.
Me tomé mi tiempo para contestar, sabiendo que tenía que hacerlo.
- Te quiero.-dije, de todos modos.
Ella me miró ilusionada, y Zeus se paró delante de nosotros.
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:37 pm

Capítulo 28
Gigantomaquia
- ¡Éste, es el último día!-gritó, a todo el ejército. Los centauros rasgaron el suelo con sus patas un par de veces y los romanos chocaron sus lanzas contra sus escudos.- ¡Ganemos o perdamos, -siguió Zeus, como si supiera el discurso de memoria.- siempre seremos recordados! ¡La verdadera gloria no puede comprarse! ¡Pero, díganme, ¿tienen la valentía para conseguirla?!-gritó, agitando su rayo maestro hacia el innumerable ejército de monstruos que se erguían delante de nosotros.
- ¡Sí!-gritamos todos a la vez.
- ¡Nada tengo que ofrecerles, salvo sangre, sudor, lágrimas y fatiga!-gritó Zeus. Eso me sonaba de alguna parte. Winston Churchill lo había dicho durante la segunda guerra mundial, que, según recordé después, había sido liderada por él y mi padre contra Hades.
Esta vez no hubo respuesta, sólo un grito desesperado de parte de todos nosotros. Salimos corriendo hacia Porfirión y su ejército con sed de venganza. Mientras iba corriendo montaña abajo, me di cuenta de que los siete mestizos íbamos al frente. Annabeth estaba a mi lado, y Leo corría a pocos metros de ella. Más a mi derecha iba Nico, con su negra espada de hierro estigio sacudiéndose violentamente sobre su cabeza. A mi izquierda, se ubicaban Thalia, Piper y Jason. Hacía días que no los veía a ellos dos. La lanza de Jason parecía haber adquirido algo que hacía que te volvieras loco mirándola. En su otra mano, llevaba un escudo simple pero resistente, que le habían hecho los cíclopes.
- ¡Ahí! ¡Una brecha, Percy!-me gritó Grover.
- ¡¿Dónde?! ¡Yo no veo nada!-grité, tras mirar donde él apuntaba.
- ¡Habrá una brecha en… cinco…-aumentamos la velocidad, explotando al máximo nuestros músculos- cuatro…-los monstruos se nos venían encima- tres…- Grover sacó de su bolsillo algo parecido a un cuerno, y supe lo que iba a hacer.- dos…- se llevó el cuerno a los labios y se quedó quieto. Los romanos se movían para esquivarlo. La bendición de Ares y Marte nos llegó a todos.- uno!-
El tiempo pareció detenerse un momento, cuando estábamos por chocar contra los monstruos. En un momento de solaz, recordé las palabras de Luke durante mi sueño en los Elíseos.
- Ve, Percy, y salva al mundo.-
Entonces escuché el cuerno de Grover y me lancé sobre los enemigos, que se abrieron dejándome pasar, claramente horrorizados. Grover tocó otra vez, y los monstruos se quedaron paralizados, dejándose matar. Para cuando los bichos quisieron reaccionar, ya era tarde. Los veinticuatro dioses –que ahora incluían a Afrodita y Venus- y los trescientos romanos aparte de los siete mestizos, los centauros y los cíclopes –contando a Briares como uno- nos lanzamos sobre ellos, despedazándolos. Esquivé a un minotauro y corté una de las cabezas de una hidra. Aquello había sido un error, pero en seguida fue enmendado. Leo la carbonizó, y, tras esa, despedazó a otra, luego a una tercera. Me moví a tiempo de esquivar a un minotauro y dirigí mi mirada al mar. Sentí un tirón en las tripas y mi serpiente emergió de él. Parecía que en presencia de Poseidón y Neptuno era aún más fuerte. Pasó serpenteando al lado del Olimpo y se acostó sobre los enemigos, aplanando a miles. Luego comenzó a estacar y a partir enemigos por la mitad. Pude ver a Briares entrando en combate con un gigante. Ya no tenía ninguna piedra en las manos. Tyson aporreaba a Hipólito con su garrote. Rodé a un lado y le pegué un puntapié a un perro del infierno, que se lanzó sobre mí. Estaba por morderme el cuello y romperse los dientes, cuando alguien le pegó una patada y lo mandó a volar. Era Jason. Me incorporé con su ayuda, y pudimos ver que los monstruos estaban perdiendo. Los centauros los acribillaban con sus flechas, y los cíclopes los aplanaban, sin contar que mi serpiente marina los despedazaba. Jason y yo corrimos un poco hacia los gigantes, abriéndonos paso a empujones, espadazos y puntazos de su lanza. Ordené a mi mascota que nos limpiara el camino y nos lanzamos a contrarreloj contra los jefes del ejército enemigo. De camino, pasé al lado de Stheno y Euryale, y sólo por pura diversión, les corté la cabeza. Las dos empezaron a echar maldiciones en griego antiguo, pero no les hice caso. Casi todo el suelo estaba cubierto por una burbujeante sustancia negra. Porfirión agarró a Zeus y a Júpiter y les chocó las cabezas. Luego los estampó contra el suelo, pero ellos, rápido, se levantaron otra vez. Los demás gigantes estaban perdiendo la pelea. Hefesto y Vulcano eran ayudados por Leo, y entre los tres, ya casi mataban a Clitio. En cuanto volví la vista hacia Atenea y Minerva, Palas cayó muerto por la mano de Annabeth. Entre las tres acababan de matarlo. Me desvié hacia Neptuno y Poseidón para ayudar a matar a Polibotes. Toante fue tragado por una ola de oscuridad causada por Hades, Plutón y Nico a la vez. Ares y Marte atravesaron a Agrio –ahora sin dientes y calvo, sin barba ni bigote tampoco- y vislumbré a Piper clavándole su cuchillo. Agrio cayó muerto al suelo. Vi a Hefesto hundir su maza en la cabeza de Clitio y me di cuenta de que Vulcano le estaba metiendo la mano por el estómago al mismo tiempo que Leo lo carbonizaba. Thalia saltó sobre la cabeza de Éurito y le hundió su lanza en el ojo casi al mismo tiempo que Dionisio y Baco le metían vides por la boca, destrozándolo por dentro. Piper lanzó su cuchillo, como una experta, directo a la cabeza de Gración. Al instante, Artemisa y Diana lo remataron de un flechazo cada una. Los centauros acabaron de matar a los pocos monstruos que quedaban y se dedicaron a observar. Tyson, Briares y los cíclopes custodiaban la enorme masa de sustancia negra burbujeante, esperando que los enemigos se alzaran otra vez, listos para desarmarlos nuevamente. Leo corrió en ayuda de Hera y disparó una bola de fuego que se estampó contra el pecho de Efialtes al mismo tiempo que Juno le hundía una espada en el ojo y Hera lo encadenaba a una roca chasqueando los dedos. Nico abrió una grieta delante del gigante Alcioneo y un centenar de muertos se lanzaron sobre él. El gigante cayó presa del pánico, y Nico le rebanó el pescuezo al mismo tiempo que Apolo y Febo le pegaban con sus liras y otros instrumentos. Annabeth clavó su cuchillo en la espalda de Hipólito y Hermes le metió su caduceo en… mejor no digo dónde. Mercurio clavó su puñal por debajo del mentón del gigante, e Hipólito cayó muerto. Neptuno alzó las aguas y las enrolló alrededor de Polibotes, apresándolo. Poseidón saltó a su cabeza y se la agarró como para quebrarle el cuello. Me acerqué corriendo tan rápido como pude, y comencé a trepar por las piernas del gigante. Me aferré con fuerza y salté hacia arriba, pero no me agarré otra vez. Enterré a Riptide en el ombligo de Polibotes, y él cayó muerto de espaldas con un grito ahogado de muerte. Mientras todo esto sucedía, escuché un grito:
- ¡Zeeeeeeeeeeeeeeeeeeeuuuuuuuuuuuuuuuuuus!-
Me di la vuelta y observé lo que pasaba. Porfirión gritaba de rabia, dándose cuenta de que estaba perdiendo. Le pegó un puñetazo a Zeus y lo estampó contra el suelo. Luego lo mandó a volar contra un pilar al pie del olimpo. Júpiter arremetió contra Porfirión, pero el gigante se dio la vuelta, y de un revés lo hizo girar hacia atrás y caer de cabeza al suelo. Jason corrió hacia él, lanza en mano. Casi llegando, giró sobre su eje y le lanzó su escudo girando. Porfirión pudo verlo venir a gran velocidad, pero no llegó a reaccionar. Le pegó en la nariz, y Jason saltó sobre él, ayudándose con la lanza para poder escalar. Porfirión lo agarró con la mano, pero Jason fue más rápido. En cuanto lo atrapó, bajó su lanza en su mano y abrió un agujero en ella. Pude ver a Zeus levantándose, apoyándose en el pilar. Miré a Poseidón.
- ¿Por qué no matamos tú y yo a Porfirión?-pregunté, sintiendo la urgente necesidad de salir corriendo a matarlo.
Mi padre tragó, temeroso.
- Sólo Zeus lo puede matar, con cualquier semidiós de por medio, pero sólo Zeus. Porfirión es inmune al resto de nosotros.-
Annabeth y Grover llegaron a mi lado corriendo, y se quedaron mirando lo que sucedía. Jason salió disparado de la mano de Porfirión hacia arriba, impulsado por él. El gigante se quedó atónito examinándose la mano y agarrándosela ante el dolor de la perforación. Tenía que ayudar a Jason, al menos hasta que Zeus entrara en combate otra vez. Hice ademán de ir hacia él, pero Poseidón me agarró del brazo.
- Zeus ya se levanta.-me dijo.
Annabeth agarró mi mano y la apretó fuertemente. Se veía sudorosa y con miedo. Jason cayó directo hacia la cara de Porfirión y enterró su lanza en su frente. Saltó al suelo y se alejó un poco. Zeus, Júpiter y Jason reaccionaron al mismo tiempo. Alzaron sus brazos hacia el cielo y los bajaron violentamente, en un movimiento fluido y veloz. Tres rayos cayeron del cielo con una potencia devastadora. Jason y los dos dioses se conectaron a través de los rayos, y, a su vez, los tres atacaron a Porfirión. La escena era terrible. Un rayo caía sobre Zeus y se dividía en tres –yendo hacia Jason, Júpiter y Porfirión-. Los otros dos rayos hacían exactamente lo mismo. Finalmente, la fuerza del semidiós comenzó a menguar. Dejó de hacer esfuerzos descomunales, y cayó desmayado al suelo. Solo entonces pude ver a Porfirión, pero de él no quedaba nada más que un cuerpo carbonizado y humeante. Un segundo más tarde, todos estallamos en vítores y aplausos. Abracé a Grover, luego a Poseidón y a Neptuno –sí, aunque nunca en toda mi vida lo había visto, de alguna forma era también mi padre, o al menos algo parecido-, y finalmente a Annabeth. Los romanos rugían irguiéndose victoriosos ante los gigantes. Mucho tiempo había pasado desde la fundación de Roma, y desde allí, griegos y romanos se habían enfrentado en sangrientas batallas –la última de ellas fue la guerra civil americana, que fue desde mil ochocientos sesenta y uno, hasta mil ochocientos sesenta y cinco-. Finalmente, habían vuelto a unirse para hacer frente a una amenaza común. Sin embargo, muchos habían muerto para esto. Zeus vino después de palmear un par de veces a su hijo para despertarlo. Su armadura de combate estaba desgarrada por todas partes, pero él lucía como si nunca le hubiera pasado nada.
- Aún no hemos terminado. Gea sigue siendo un problema.-
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Dédalo
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:38 pm

Capítulo 29
La recta final
No sabría decir por dónde nos llevaba Hades. Estábamos haciendo un viaje sombra a las Puertas de la Muerte. Sólo ahora que los gigantes habían desaparecido otra vez, y Gea estaba a solo un paso de salir, podíamos ir hacia allí estando seguros de que mientras viviéramos, a los humanos normales no les pasaría nada. Los cíclopes habían tapado, con planchas de acero de un grosor de veinte centímetros y un peso de diez toneladas, toda la zona cubierta con la sustancia negra burbujeante que dejaban los monstruos, ahora, al morir. El viaje sería largo. A pesar de ser un viaje sombra, teníamos que llegar a lo más profundo del Tártaro, y Hades apenas recordaba el camino. Hacía eones que no iba hacia allí. Este viaje no era descontrolado como el que hacía con Nico o la señorita O’Leary, era lento y aburrido, además de suave y adormecedor. Íbamos sentados de tres en tres en una especie de tren. Annabeth estaba a mi derecha, aferrando mi mano. Estaba blanca como el papel. Nunca había creído vivir para ver a un dios primordial. A mi izquierda, Grover tarareaba una canción, imitando el ruido de unas raíces creciendo muy, pero muy, aceleradas.
- Grover.-
Él me miró, sin dejar de tararear. A nuestras espaldas, Leo hablaba con Thalia sobre algo, pero no llegaba a entender. Los cuernos de Grover comenzaban a enroscarse ya. Con unos años más, se parecerían a los que había tenido el dios Pan hasta la muerte.
- En verdad… siento lo que te dije antes. Sobre Annabeth y las raíces.-me obligué a disculparme, aunque aún quería pegarle.
Grover dejó de tararear su canción y frunció los labios.
- No.-dijo.- Soy yo el que tiene que pedir perdón. Annabeth es mi amiga… ¡diablos, es más como mi hermana humana!-reconoció.- Debí haberlo intentado, con o sin tus amenazas.-
Cabeceé a un lado y seguí mirándolo.
- Está todo bien.-me obligué a decir. Annabeth apretó un poco más mi mano cuando Hades aceleró al tomar una curva cerrada y luego otra. Finalmente se acomodó recto otra vez.
Grover se distrajo otra vez por su tarareo y ahora imitó pájaros cantando. Me volví hacia Annabeth.
- Ey.-
Ella me miró. Los veinticuatro dioses iban adelante, con Hades y Plutón. Su rostro estaba tieso.
- Quería… bueno, hablar.-dije. Ella asintió.- Sobrevivimos antes. Pero los gigantes no son nada comparados con Gea.-
- Lo sé.-respondió ella al instante.
La miré a los ojos.
- Sobre lo que dije antes…-empecé.
- No sigas.-dijo ella, sonriendo.- Ya sé dónde vas a parar. Y no tengo intención de hacer otra pregunta inocente.-declaró.
- Pero…-
- Percy, -empezó ella.- me trajiste de vuelta del Inframundo. Me empujaste para que ese minotauro no me matara. Me dijiste que me amabas. Indirectamente, pero lo hiciste.-agregó, al ver mi expresión.- No puedo pedirte nada más. No necesito ninguna prueba para saber sobre esto.-afirmó, felizmente.
Iba a besarla, cuando de repente Hades tomó otra abrupta curva, luego otra, y finalmente se detuvo en seco. Todos cabeceamos levemente hacia adelante, y vimos por fin las Puertas de la Muerte. Plutón habló sin más.
- Esto no es una broma.-dijo.- No cometan ninguna imprudencia. Un paso en falso, y pasarán la eternidad aquí.-
Hades miraba con inquietud unas dobles puertas abiertas a kilómetros de distancia. Parecía estar pensando en cómo cerrarlas, pero a juzgar por su seño, no había forma.
- ¡Adelante!-Zeus elevó la voz.
Bajamos todos del “tren”, respondiendo a su llamado. El Inframundo era distinto aquí. Este lugar era mucho peor que los Campos de Castigo de Hades. Mucho, mucho, peor.
- Saldremos de aquí.-me reconfortó Annabeth.- Ya verás.-
Ojalá yo estuviera tan seguro como ella. Empezamos a caminar.
Este lugar no tiene descripción. Imagina un sitio, lo más horroroso que puedas. Dibújalo en tu cabeza, y memorízalo. Ahora multiplícalo por un millón. Aún no estás cerca de saber cómo era el lugar donde estaban las Puertas de la Muerte. Lo único que me impulsaba a quedarme allí era la presencia de Annabeth, Grover, Neptuno y Poseidón –sí, ahora tenía dos padres, uno romano y una griego. Genial, ¿no?-.
- ¿Hay alguna razón por la que se llame “Puertas de la Muerte?-pregunté a Poseidón.
Él suspiró, recordando el pasado.
- Aquí, Cronos castró a Urano.-me dijo.- El nombre no apela a algo en concreto, pero Zeus lo llamó así y Hades y yo no pusimos objeciones.-me explicó.
Seguimos caminando durante un rato, hasta que llegamos a las puertas. Allí, una mujer de mi altura se paseaba tranquilamente de aquí para allá. Los veinticuatro dioses murmuraron.
- Gea.-dijeron los griegos.
- Tellus.-los romanos.
Me quedé mirándola, pasmado. Tenía a Gea delante de mí, y parecía tan inocente como inofensiva, pero no me dejé llevar por las apariencias. Recordé que eso era malo. Destapé mi bolígrafo, y me preparé para la pelea más difícil de toda mi vida. En el pasado, había peleado con Ares, el dios de la guerra, con Luke, cuando estaba poseído por Cronos, con Anteo, un gigante hermanastro mío de eones de edad, y Polifemo, algo así como el rey de los cíclopes –sin llegar a matarlo-.
- Oh.-dijo Gea, reparando en nosotros. Su expresión se tornó disgustada. Luego se hizo de odio.- Ustedes otra vez. ¿Son veinticuatro ahora?-se burló.- ¿Es que has tenido más ideas, Zeus?-
El rey de los dioses agitó su rayo maestro, dispuesto a disparar en cuanto fuera necesario.
- No puedes ganar, Gea.-dijo, convencido.
La titánide negó con la cabeza.
- No lo entiendes, nieto mío. Tú eres quien no tiene posibilidad.-
- ¡Ludere nobis timet, luppiter!-ladró Lupa, poniéndose al frente.
- ¡Conclude, senex lupum!-le gritó Gea enfurecida.- ¡Ahora verán de lo que soy capaz por amor a mis hijos!-
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MensajeTema: Re: Libro: Percy Jackson y los Héroes del Olimpo - El Regreso del Olvidado   22/10/11, 04:39 pm

Capítulo 30 (parte 1)
El Olvidado se alza
Zeus negó con la cabeza.
- ¿Amor? Tú no sabes lo que es el amor.-le reprochó.
Miré a Hera, que tenía la vista clavada en Gea. A su lado, Juno comenzaba a impacientarse.
- ¡¿Y tú sí?!-Gea apretó los puños, preparada para matarnos de un único y devastador golpe.
Ahora Poseidón y Neptuno dieron un paso al frente, enfadados.
- ¡¿Y tus hijos?!-le gritaron, al unísono.
Se referían a Cronos, a los titanes y a los gigantes, eso era obvio. Gea se enfureció aún más, si es que eso era posible.
- ¡¿Y los tuyos?!-preguntó, clavando su mirada en mí.
Pude sentir a todos a mí alrededor volviéndose para mirarme. Tenía que contestarle algo, y ya.
- ¡Sólo conoces el odio!-grité, en respuesta, a la vez que daba un paso al frente y me ponía al lado de Poseidón.- ¡¿Por qué cree que ellos la condenaron al Tártaro?!-señalé a todos sus nietos.
Gea rechinó los dientes.
- ¡Porque…!
Hacer lo que hice a continuación, era una insensatez que posiblemente me costaría la vida, pero ya había empezado a hablar para cuando quise darme cuenta de lo que hacía.
- ¡Sus hijos fueron criados sin afecto! ¡Ellos no tienen la culpa de ser lo que son! ¡La tienes tú, Gea!-le grité.
- ¡¿Te atreves a…?!-
- ¡Sí, me atrevo!-
A mis espaldas, los romanos chocaron sus lanzas contra sus escudos, y los centauros comenzaron a rasgar el suelo con sus pezuñas, preparados para atacar cuando fuera necesario.
- ¡Joven insolente!-gritó Gea. Con cada una de mis palabras, se había enfurecido más y más.- ¡Urano…!-
- ¡Urano no tiene nada que ver!-le grité.- ¡Es tu culpa que Cronos sea retorcido! ¡Es tu culpa que Rea se volviera contra él! ¡Porque quería a Zeus, Rea traicionó a Cronos! ¡Eso es amor!-realmente parecía que yo era un filósofo, todos escuchaban atentamente. El continuo ruido de los escudos de los romanos y el de las pezuñas de los centauros rasgando el suelo, me hizo recordar que no estaba solo.
Gea avanzó hacia nosotros.
- Se acabó.-dijo, en un susurro bastante audible.
Los veinticuatro dioses se lanzaron hacia ella. Instintivamente, agarré a Annabeth y a Grover y los sujeté para que no corrieran. Los centauros y los cíclopes salieron disparados tras los dioses, directo hacia Gea. A pocos metros de nosotros, Jason había agarrado a Piper y a Leo, y este último apretaba ahora el brazo de Thalia para que ella no saliera corriendo. Nico se quedó quieto donde estaba, desinteresado en la opción de atacar a Gea. Que Jason, Leo y yo hubiéramos reaccionado, fue una suerte. La diosa primordial sólo agitó su mano. La tierra a sus pies se estremeció y se removió a una velocidad incalculable. Movió su otra mano, y todos los que iban hacia ella volaron por los aires, incapaces de mantenerse en el suelo. Retorció ambas manos en un movimiento raro y, cuando todos cayeron de nuevo al piso, la tierra los tragó hasta la cintura. Ninguno de ellos era capaz de moverse ahora.
- Así que…-empezó Gea.- ¿esta es tu gran ofensiva, Zeus? Te creía más competente. Podrás haber derrotado a mi hijo Cronos, pero no puedes hacerme frente a mí.-
Zeus no contestó. Intentaba salir de la tierra, pero no parecía ser capaz. Teníamos que ayudarlos.
- No intenten nada.-nos dijo Gea- O los mato.-amenazó.- A todos.-parecía estar contenta disfrutando de nuestras caras.
- ¿Qué ganas matándolos?-le planteó Annabeth.
Todos aferramos nuestras armas, preparados para pelear.
- ¡Venganza!-respondió Gea al instante.
Vino hacia nosotros a gran velocidad –demasiado para mi gusto-.
- ¡Cuidado!-gritó Annabeth, tirando de mí.
Su reacción había sido prácticamente instantánea, pero, aun habiendo tirado de mí, Gea alcanzó a pegarme. Tuve la sensación, por un momento, de que me pegaba sin dientes, pero me los toqué y allí estaban, todos bien afirmados. Mientras me levantaba apoyándome en Annabeth, pude ver a Piper y a Jason cayendo al suelo y a Gea pegándole a Leo. Luego siguió con Thalia, y finalmente con Nico. Todos estaban fuera de combate, salvo Grover, Annabeth y yo. El sátiro no podría hacer gran cosa, tenía más de sanador que de guerrero, así que uno menos. Me aferré a mi espada como a mi propia vida, y Annabeth hizo eso con su cuchillo. Gea se había detenido. Estaba mirando cuán rápido caíamos abatidos, con sólo un golpe. Se volvió hacia nosotros.
- ¡Sátiros fuera!-rugió, y la tierra apresó a Grover.
- ¡Oye! ¡Eso no se vale!-gritó el sátiro, exasperado.
- ¿Tú no amas la naturaleza?-le planteó.- ¡Ahí tienes tu naturaleza!-se volvió hacia nosotros, haciendo caso omiso de Grover, que se retorcía de dolor ante el apriete del montículo de tierra que lo apresaba.- Los dejaré dos contra uno. Así tienen un poco de ventaja.-nos dedicó una muy amplia sonrisa maliciosa.
Con gran esfuerzo, Poseidón se giró hacia mí.
- ¡No la escuches, Percy! ¡Está jugando contigo!-
- ¡Silencio, Poseidón!-
Una gruesa línea de tierra le tapó la boca a mi padre, y él dejó de hablar tras varios intentos, que, obviamente, fueron en vano. Zeus se removió un poco, pero Gea lo apretó aún más. A él y a todos los otros dioses también. Si había tenido miedo con los gigantes, esto me daba terror.
- ¿No podemos…?-
- ¿Encontrar una solución pacífica?-gritó Gea, anticipándose a mí.- Lo lamento. ¡No!-
Agitó la mano y la tierra se movió delante de nosotros. Nos llegó algo así como una ola y Annabeth y yo salimos disparados hacia atrás.
- ¡Me aburro!-se quejó Gea, entusiasmada en ver cómo aterrizábamos de espaldas.
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