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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 [52/52] Traducción de The Son Of Neptune

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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/01/12, 03:42 pm

Capítulo 42
Hazel
CUANDO LLEGARON A LA CIUDAD, Hazel siguió la misma ruta que siguió hacía setenta años, la última noche de su vida, cuando había llegado a casa desde las colinas y vio que su madre faltaba.
Llevó a sus amigos por la Tercera Avenida. La estación de trenes seguía allí. el gran Hotel de dos pisos de Seward seguía en activo, aunque se había expandido el doble de su tamaño. Se plantearon pararse allí, pero Hazel no creyó sería buena idea de irrumpir en un vestíbulo cubiertos de lodo, ni tampoco estaba segura de que el hotel les diera una habitación a tres menores.
En vez de eso, se giraron hacia la línea de la costa. Hazel no podía creérselo, pero su vieja casa seguía allí, alzándose sobre el agua en unos pilares con conchas incrustadas. El techo estaba hundido. Las paredes estaban perforadas con agujeros como si hubiera habido un tiroteo. La puerta estaba cerrado con tablas, y un cartel escrito a mano que leía: HABITACIONES, ALMACENAJE, DISPONIBLE.
—Vamos—dijo.
—Eh… ¿crees que es seguro? —preguntó Frank.
Hazel encontró una ventana abierta y se metió. Sus amigos la siguieron. La habitación no había sido usada en mucho tiempo. Sus pies apartaban el polvo que se había metido por entre los agujeros que daban paso a los rayos del sol. Unas mohosas cajas estaban amontonadas por las paredes. Sus etiquetas borradas leían: tarjetas de felicitación, surtido variado. ¿Por qué estarían cientos de cajas de felicitaciones guardados en cajas acumulando polvo en un almacén en Alaska? Hazel no tenía ni idea, pero parecía una broma muy cruel, como si fueran las tarjetas de todas las fiestas que Hazel no había celebrado: décadas de navidades, pascuas, cumpleaños y sanvalentines.
—Se está más calentito aquí dentro, al menos—dijo Frank—. ¿A que no hay agua corriente? Quizá podamos ir de compras. Yo no voy tan lleno de barro como vosotros, chicos. Os encontraré un poco de ropa.
Hazel le escuchó a medias.
Apartó unas cajas de dónde solía estar su zona de dormir. Un viejo cartel estaba pegado en la pared: “Prospección de oro”. Creía que habría una pared falsa detrás de él, pero cuando movió el cartel, la mayoría de sus fotografías y sus dibujos estaban pegados allí. El cartel los debía de haber protegido de las inclemencias y de la luz del sol. Parecían no haber envejecido. Sus dibujos de cera de Nueva Orleans parecían demasiado infantiles. ¿De verdad los había hecho ella? Su madre la miraba desde una fotografía, sonriéndole delante de su cartel de trabajo: “Los gris-gris de la Reina Marie: encantamientos y adivinación del futuro.
A su lado había una fotografía de Sammy durante el carnaval. Estaba congelado en una media sonrisa alocada, con su pelo negro rizado y aquellos preciosos ojos. Si Gea decía la verdad, Sammy debería de haber muerto hacía cuarenta años. ¿Se habría acordado de verdad de Hazel en todo aquél tiempo? ¿O se habría olvidado de la peculiar chica que cabalgaba con él, la chica a la que besó y con la que compartió un pastel de cumpleaños antes de desaparecer para siempre?
Los dedos de Frank señalaron la foto.
—¿Quién…?—vio que ella estaba llorando y dejó sin acabar la pregunta—. Lo siento, Hazel. Debe de ser muy duro. ¿Quieres un poco de tiempo…?
—No—dijo con la voz ronca—. No, está bien.
—¿Es esa tu madre? —Percy señaló a la foto de la Reina Marie—. Se parece a ti. Es guapa.
Entonces Percy miró la foto de Sammy.
—¿Quién es ese?
Hazel no entendía por qué parecía tan asustado.
— Ese… ese es Sammy. Era mi… amigo de Nueva Orleans— se obligó a sí misma a no mirar a Frank.
—Le he visto antes—dijo Percy.
—Es imposible—dijo Hazel—. Eso fue en 1941. Ahora él… estará muerto, seguramente.
Percy frunció el ceño.
—Sí, supongo, pero…—negó con la cabeza, como si el pensamiento fuera incómodo.
Frank se aclaró la garganta.
—Mira, hemos pasado una tienda antes de llegar aquí. Nos queda un poco de dinero. Quizá pueda conseguiros un poco de comida y un poco de ropa y… no sé, ¿cientos de cajas de toallitas húmedas o algo?
Hazel puso el cartel del oro encima de sus recuerdos. Se sintió culpable de mirar la vieja fotografía de Sammy, con Frank intentando ser dulce y compasivo. No era bueno para ella que siguiera hablando de su antigua vida.
—Eso será genial—dijo—. Eres el mejor, Frank.
Las tablas del suelo crujieron bajo sus pies.
—Bueno… simplemente soy el único que no está completamente cubierto con lodo. Vuelvo enseguida.
Una vez se hubo ido, Percy y Hazel hicieron un campamento temporal. Se sacaron las chaquetas e intentaron sacarse todo el lodo. Encontraron unas viejas sábanas en una caja y las usaron para limpiarse. Descubrieron que las cajas de felicitaciones eran un buen lugar para descansar si las usabas como colchón.
Percy dejó su espada en el suelo dónde brilló con una luz broncínea. Entonces se acomodó en una cama de “Feliz navidad de 1982”.
—Gracias por salvarme—dijo—. Debería de habértelo dicho antes.
Hazel se encogió de hombros.
—Tú habrías hecho lo mismo por mí.
—Sí—admitió—. Pero cuando estaba en el lodo. Recordé aquellos versos de la profecía de Ella, sobre el hijo de Neptuno ahogándose. Pensé: “Esto es lo que quería decir. Me estoy ahogando en la tierra”. Estaba seguro de estar muerto.
Su voz se quebró igual que en su primer día en el Campamento Júpiter, cuando Hazel le había enseñado el altar de Neptuno. Entonces se habría preguntado si Percy podría resolver sus problemas, el descendiente de Neptuno que Plutón le había prometido que se llevaría su maldición algún día. Percy parecía tan intimidante y poderoso, como un héroe real.
Aunque entonces, ella sabía que Frank también era un descendiente de Neptuno. Frank no era el héroe más impresionante que había visto en su vida, pero le había confiado su vida. Había intentado tanto protegerla. Incluso su torpeza comenzaba a ser atractiva. Nunca se había sentido tan confusa… y había pasado toda su vida confundida, que era mucho decir.
—Percy—dijo—, esa profecía no debe de estar completa. Frank pensó que Ella estaba recordando una página quemada. Quizá ahogues a otra persona.
La miró con cautela.
—¿Eso crees?
Hazel se sintió extraña, tranquilizándole. Él era mucho más mayor y con más dotes de liderazgo. Pero ella asintió, con seguridad.
—Vas a volver a casa. Vas a volver a ver a tu novia Annabeth.
—Tú también volverás a casa, Hazel—insistió—. No vamos a dejar que te pase nada. Eres muy valiosa para mí, para el campamento y sobre todo para Frank.
Hazel recogió una antigua felicitación de San Valentín. El papel blanco y lacio se deshizo en sus manos.
—No pertenezco a este siglo. Nico solo me trajo para que corrigiera mis errores, y para que quizá pueda llegar al Eliseo.
—Hay mucho más en tu destino que eso—dijo—. Se supone que debemos luchar contra Gea juntos. Voy a necesitarte a mi lado en más días además que el de hoy. Y Frank… ya sabes que el chico está loco por ti. Merece la pena luchar por ti, Hazel.
Ella cerró los ojos.
—Por favor, no me des esperanzas. No puedo…
La ventana se abrió de un golpe. Frank entró por ella, triunfante agarrando algunas bolsas.
—¡Lo tengo!
Enseñó sus premios. De una tienda de caza, había encontrado un nuevo carcaj de flechas para él, algunos suministros y un rollo de cuerda.
—Por si nos volvemos a encontrar con el lodo ahogante ese—dijo.
De una tienda turística, había comprado tres packs de ropa limpia, algunas toallas, un poco de jabón, agua embotellada y sí, una caja de toallitas húmedas. No era exactamente una ducha caliente, pero Hazel se agachó detrás de unas cajas para limpiarse y cambiarse. En poco tiempo se sintió mucho mejor.
“Este es tu último día”, se recordó a sí misma, “No te pongas tan cómoda”.
El Festival de Fortuna, toda la suerte que pase hoy, buena o mala, se supone que son un augurio para el año entero que está por venir. De una forma u otra, aquella misión terminaría aquella tarde.
Colocó el leño quemado en su nuevo abrigo. De alguna manera, tenía que asegurarse de mantenerlo a salvo, no importaba lo que le pasara a ella. Podría enfrentarse a su propia muerte si sus amigos sobrevivían.
—Entonces—dijo—, ahora tenemos que encontrar un barco para llegar al glaciar Hubbard.
Intentó sonar segura de sí misma, pero no fue fácil. Deseó que Arión estuviera con ella. Preferiría entrar en el campo de batalla con aquél caballo hermoso. Desde que habían dejado Vancouver, le había estado llamando mentalmente, esperando que la escuchara y que viniera, pero era hacerse ilusiones.
Frank se tocó el estómago.
—Si vamos a enfrentarnos a la muerte, quiero comer antes. He encontrado el lugar perfecto.
Frank les llevó a una tienda cerca del muelle, donde un antiguo vagón de tren había sido convertido en un restaurante. Hazel no recordaba aquel lugar en los años 1940, pero la comida olía deliciosa. Mientras Frank y Percy pedían, Hazel dio vueltas por el muelle e hizo preguntas. Cuando volvió, necesitaba que le subieran los ánimos. Ni las patatas fritas ni las hamburguesas con queso pudieron resolverlo.
—Estamos en problemas—dijo—. He intentado conseguir un barco. Pero… lo he calculado mal.
—¿No hay barcos? —preguntó Frank.
—Oh, puedo conseguir un barco—dijo Hazel—. Pero el glaciar está más lejos de lo que pensaba. Incluso a la máxima velocidad, no llegaríamos allí hasta mañana por la mañana.
Percy empalideció.
—Quizá pueda hacer que el barco vaya más rápido.
—Aunque pudieras—dijo Hazel—, por lo que me han dicho los capitanes, el recorrido es traicionero: llenos de icebergs, laberintos de canales en los que navegar. Tienes que saber por dónde vas.
—¿Un avión? —preguntó Frank.
Hazel negó con la cabeza.
—He preguntado a los capitanes sobre eso. Me han dicho que podríamos intentarlo, pero hay un pequeño campo de aviación. Habría que alquilar un avión dos o tres semanas por adelantado.
Comieron en silencio después de aquello. Las hamburguesas con queso de Hazel eran excelentes, pero no podía concentrarse en ellas. Había dado tres mordiscos cuando un cuervo se detuvo en el poste telefónico y comenzó a graznarles.
Hazel tuvo un escalofrío. Tenía miedo de que hablara como el otro cuervo, el de hacía año: “La última noche. Esta noche.” Se preguntó si los cuervos siempre se les aparecían a los hijos de Plutón cuando estaban a punto de morir. Esperaba que Nico siguiera con vida, y que Gea le hubiera mentido para ponerla inquieta y nerviosa. Hazel tenía la sensación de que la diosa le estaba contando la verdad.
Nico le había dicho que buscaría las Puertas de la Muerte desde el otro lado. Si le habían capturado las fuerzas de Gea, Hazel habría perdido al único miembro de la familia que le quedaba. Miró a su hamburguesa. De repente, el graznido del cuervo cambió a un grito ahogado.
Frank se levantó tan de prisa que casi tiró la mesa. Percy desenfundó su espada.
Hazel siguió sus miradas. Apostado en lo alto del poste dónde había estado el cuervo, un gordo y feo grifo les miraba desde las alturas. Eructó y unas plumas de cuervo salieron de su pico.
Hazel se levantó y desenfundó su spatha.
Frank sacó una flecha. Apuntó y el grifo gritó tan alto que el sonido resonó por las montañas. Frank se estremeció, y su disparó erró.
—Creo que es una llamada de ayuda—les advirtió Percy—. Tenemos que salir de aquí.
Sin un plan claro, salieron corriendo hacia los muelles. El grifo salió volando hacia ellos. Percy le apuntó con la espada, pero el grifo viró fuera de su alcance.
Bajaron los escalones del embarcadero más cercano y corrieron hacia el final. El grifo les persiguió, y sus garras frontales se abrieron para matar. Hazel alzó su espada, pero una pared de agua helada se estampó contra el grifo y le dejó en la bahía. El grifo graznó y abrió las alas. Se las arregló para llegar al embarcadero, donde se sacudió su pelo negro como un perro mojado. Frank gruñó:
—Eso ha sido genial, Percy.
—Sï—dijo—. No sabía si en Alaska podría hacerlo. Pero, hay malas noticas: mirad ahí—A unos kilómetros, por encima de las montañas, una nube negra estaba acercándose, una bandada de grifos, docenas de ellos. No había manera de que pudieran luchar contra tantos, y no habría barco que se los pudiera llevar tan rápido.
Frank sacó otra flecha.
—No pienso morir sin luchar.
Percy alzó a Contracorriente:
—Estoy contigo.
Entonces Hazel oyó otro sonido en la distancia, como el relincho de un caballo. Debía de habérselo imaginado, pero gritó, desesperada:
—¡Arión! ¡Aquí!
Una mañana morena vino corriendo por la calle y entró en el embarcadero. El semental se materializó justo detrás del grifo, y le golpeó con las pezuñas frontales, y redujo el monstruo a polvo.
Hazel nunca había estado tan feliz en su vida.
—¡Caballo bueno! ¡CABALLO MUY BUENO!
Frank retrocedió y casi se cayó del embarcadero.
—¿Cómo…?
—¡Me ha seguido! —gritó Hazel—. Porque es el mejor… caballo… ¡DEL MUNDO! Ahora, subid.
—¿Los tres? —dijo Percy—. ¿Podrá llevarnos?
Arión relinchó, indignado.
—Está bien, lo siento, no hace falta ser tan borde—dijo Percy—. Vamos.
Se subieron, con Hazel la primera, y Frank y Percy equilibrándose a duras penas detrás de ellas. Frank puso sus brazos alrededor de su cintura, y Hazel creyó que si iba a ser su último día en la tierra, no era un mal día para irse.
—¡Corre, Arión! —gritó—. ¡Al glaciar Hubbard!
El caballo cabalgó por el agua, con sus pezuñas convirtiendo el agua del mar en vapor.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/01/12, 03:43 pm

Capítulo 43
Hazel
CABALGANDO A ARIÓN, HAZEL SE SENTÍA PODEROSA, imparable y absolutamente fuera de control, como una perfecta combinación de caballo y humana. Se preguntó si era así cómo se sentían los centauros.
Los capitanes de Seward la habían advertido que había unas tres millas náuticas hasta el glaciar Hubbard, un duro y peligroso viaje, pero Arión no tuvo problemas. Corría por el agua a la velocidad del sonido, calentando el aire a su alrededor por lo que Hazel no sentía ni el frío. A pie, nunca habría sido tan valiente, pero a caballo, no podía esperar a entrar en batalla.
Frank y Percy no parecían tan contentos. Cuando Hazel les miró, detrás de ella, sus dientes castañeteaban y sus ojos estaban en blanco. Las mejillas de Frank estaban hundidas de la presión. Percy estaba sentado detrás del todo, intentando desesperadamente no caerse del caballo. Hazel esperó que aquello no pasara. A la velocidad que se movía Arión, no se daría cuenta uno o dos kilómetros después.
Cabalgaron por estrechos helados, fiordos azules, acantilados con cascadas que iban hacia el mar. Arión saltó por una brecha y siguió galopando, comenzando a esquivar un grupo de focas de un iceberg. Parecían haber pasado unos pocos minutos cuando se adentraron en una estrecha bahía. El agua cambió de consistencia de hielo liso a un sirope azul pegajoso. Arión se detuvo delante de una tabla helada turquesa.
A un kilómetro y medio se alzaba el glaciar Hubbard. Incluso Hazel, que había visto glaciares con anterioridad, no podía evitar dejar de mirarlo. Unas moradas montañas nevadas se extendían a cada dirección, con nubes flotando alrededor como unos cinturones suaves y sedosos. En un valle gigantesco entre dos de los picos más grandes, una escarpada pared de hielo se alzaba delante del mar, creando un desfiladero. El glaciar era azul y blanco con vetas negras, así que parecía un montoncito de nieve sucia que ha sido amontonado por un quitanieves, lo menos hace unos cuatro millones de años.
Cuando Arión se detuvo, Hazel sintió caer la temperatura. Todo el hielo enviaba oleadas de frío, convirtiendo la bahía en la nevera más grande del mundo. Lo más espeluznante era un sonido como un trueno recorriendo el agua.
—¿Qué es eso? —Frank miró las nubes por encima del glaciar—. ¿Una tormenta?
—No—dijo Hazel—. Es el hielo está crujiendo y cambiando. Millones de toneladas de hielo.
—¿Te refieres a que eso se está rompiendo? —preguntó Frank.
Como en respuesta. Una capa de hielo cayó de un lado del glaciar y se estrelló contra el mar, creando una ola de agua de varios pisos de alto. Un milisegundo después el sonido resonó por todo el lugar: un bum tan atronador como Arión rompiendo la barrera del sonido.
—¡No nos podemos acercar a esa cosa! —dijo Frank.
—Tenemos que hacerlo—dijo Percy—. El gigante está allí arriba.
Arión relinchó.
—Vaya, Hazel—dijo Percy—, dile a tu caballo que cuide su lengua.
Hazel intentó no reírse.
—¿Qué ha dicho?
—¿Sin tantas palabrotas? Dice que nos puede llevar a la cima.
Frank les miraba con incredulidad.
—¡Creía que el caballo no podía volar!
Esta vez Arión relinchó tan enfadado, que Hazel supo que estaba maldiciendo.
—Tío—le dijo Percy al caballo—, una vez me suspendieron por decir algo parecido. Hazel, te promete hacer lo que pueda si le das tu palabra.
—Subid, entonces, chicos—dijo Hazel, nerviosa—. ¡Arión, arre!
Arión llegó al glaciar como un cohete desbocado, corriendo por la nieve derritida como si quisiera jugar a chapotear en los charcos en la montaña de hielo.
El aire se enfrió. El sonido del hielo rompiéndose se incrementó. Mientras Arión se acercaba, el glaciar parecía más y más grande, a Hazel le dio vértigo de golpe. El lado del glaciar estaba cubierto de grietas y cuevas, con carámbanos en el hielo afilados como hachas. Habían pedazos cayendo sin parar, algunas no eran más grandes que unas bolas de nieve, otras del tamaño de una casa.
Cuando estuvieron a unos cincuenta metros de la base, un relámpago hizo crujir los huesos de Hazel, y una cortina de hielo que podría haber cubierto el Campamento Júpiter les cubrió.
—¡Cuidado! —gritó Frank, que lo que le pareció innecesario a Hazel.
Arión se le adelantó. En un golpe de velocidad, zigzagueó por los escombros, dejando pedazos de hielo cayendo por la cara del glaciar.
Percy y Frank dijeron como palabrotas como el caballo y se agarraron desesperadamente mientras Hazel agarraba al caballo. De alguna manera, se las arreglaron para no caer mientras Arión escalaba los acantilados, saltando poco a poco con agilidad y velocidad. Era como subir por una montaña mientras ésta se caía.
Entonces se acabó todo. Arión llegó, orgulloso, a la cima del glaciar.
Arión relinchó un desafió que resonó por las montañas. Percy no tradujo, pero Hazel estaba seguro de que Arión había desafiado a los demás caballos que pudieran estar en la bahía: “¡Chupaos esa, tíos!”
Entonces se giró y corrió hacia el interior del glaciar, dejando un camino fundiéndose a su paso.
—¡Ahí! —señaló Percy.
El caballo se detuvo. Delante de ellos se alzaba un campamento romano helado como una gigantesca replica fantasmagórica del Campamento Júpiter. Las trincheras estaban decoradas con carámbanos de hielo. Las murallas estaban cubiertas de nieve brillando con un cegador color blanco. Colgando de las torres de guardia, unos estandartes de una tela azul helado temblaban con el sol ártico.
No había ninguna señal de vida. Las puertas estaban abiertas. No había centinelas en las paredes, aún así, Hazel tenía una incómoda sensación. Recordó la cueva en Bahía Resurrección dónde había trabajado para hacer nacer a Alcioneo, el sentido opresivo de malicia y un constante bum, bum, bum como el latido del corazón de Gea. Aquél lugar era similar, como si la tierra intentara despertarse y consumirlo todo, como si las montañas a cada lado quisieran estamparse entre ellas y reducir el glaciar entero a pedazos.
Arión trotó, asustadizo.
—Frank—dijo Percy—, ¿qué tal si vamos a pie a partir de aquí?
Frank suspiró, aliviado.
—Pensaba que nunca lo ibas a decir.
Desmontaron y dieron unos pasos. El hielo parecía estable, cubiertos con una fina capa de nieve que no lo hacía resbaladizo.
Hazel hizo avanzar a Arión. Percy y Frank andaban a cada lado, con la espada y el arco preprados. Se acercaron a las puertas sin ser desafíados. Hazel estaba entrenada para encontrar fosos, trampas, trincheras y todo tipo contra las que las legiones romanas se habían enfrentado durante eones en territorio enemigo, pero no vio nada: solo las puertas heladas y los estandartes congelados crujiendo con el viento.
Pudo ver toda la Via Praetoria. En las encrucijadas, delante del principia nevado, había una alta figura vestida con ropas oscuras, atado con cadenas heladas.
—Tánatos—murmuró Hazel.
Sintió como si su alma fuera arrastrada hacia abajo, atraída hacia la Muerte como si la estuviera absorbiendo una aspiradora. Su visión se oscureció. Casi se cayó de Arión, pero Frank la atrapó y la incorporó.
—Te tengo—le prometió—. Nadie te va a llevar.
Hazel le agarró la mano. No quería dejarla ir. Era sólido, firme, pero Frank no podría protegerla de la Muerte. Su propia vida era tan frágil como un pedazo de leño.
—Estoy bien—mintió.
Percy miró a su alrededor, incómod.
—¿No hay defensas? ¿No hay gigante? Tiene que ser una trampa.
—Es obvio—dijo Frank—. Pero no creo que tengamos elección.
Antes de que Hazel cambiara de idea, forzó a Arión a atravesar las puertas. El decorado era tan familiar, los barracones de las cohortes, los lavabos, la armería. Era una réplica exacta del Campamento Júpiter, excepto que era tres veces más grande. Incluso a caballo, Hazel se sintió minúscula e insignificante, como si estuvieran moviendo por una maqueta de una ciudad construida por los dioses.
Se detuvieron a diez metros de la figura encadenada.
Ahora que estaba allí, Hazel sintió una exacerbada necesidad de finalizar aquella misión. Sabía que estaba en más peligro que cuando se enfrentó a las amazonas, o luchando contra los grifos, o escalando el glaciar en la espalda de Arión. Instintivamente, sabía que Tánatos podía tocarla y se moriría.
Pero también tenía la sensación de que no se enfrentaba a sus miedos, sino se enfrentaba a su destino con valentía, moriría siendo una cobarde. Los jueces de la muerte no serían indulgentes por una segunda vez.
Arión medio galopó hacia los lados, sintiendo su nerviosismo.
—¿Hola? —Hazel forzó las palabras—. ¿Señor Muerte?
La figura encapuchada alzó su cabeza.
Al instante, el campamento entero cobró vida. Unas figuras con armaduras romanas emergieron de los barracones, del principia, de la armería y de la cantina, pero no eran humanos. Eran sombras, los fantasmas parlantes con los que Hazel había vivido durante décadas en los Campos de Asfódelo. Sus cuerpos no eran mucho más que volutas de vapor oscuro, pero se las arreglaron para mantenerse con partes de armadura, yelmos y petos. Unas espadas cubiertas de hielo estaban agarradas a sus muñequeras. Unos escudos dentados y unas pila flotaban en sus manos humenates. Las plumas de los cascos de centuriones estaban congeladas y andrajosas. La mayor parte de las sombras iban a pie, pero dos soldados salieron de los establos en un carruaje dorado arrastrado por dos sementales negros fantasmales.
Cuando Arión vio los caballos, pisoteó el suelo, furioso.
Frank alzó su arco.
—Sí, aquí está la trampa.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/01/12, 03:43 pm

Capítulo 44
Hazel
LOS FANTASMAS FORMARON GRUPOS Y RODEARON las encrucijadas. Había lo menos un cien de ellos, no una legión entera, pero más de una cohorte. Algunos llevaban estandartes del relámpago de la Legio XII un tanto andrajosos, los de la expedición perdida de Michael Varus en los 80. Otros llevaban estandartes e insignia que Hazel no reconocía, como si hubieran muerto en distintas épocas, en misiones distintas, quizá ni fueran del Campamento Júpiter.
La mayor parte de ellos estaban armados con armas de oro imperial, más del oro imperial del que poseía la Legio XII entera. Hazel pudo sentir el poder de todo aquél oro a su alrededor, le asustaba más incluso que el crujir del glaciar. Se preguntó si podría usar su poder para controlar las armas, quizá pudiera desarmar a los fantasmas, pero tuvo miedo de intentarlo. El oro imperial no era sólo un metal precioso. Era mortal para los semidioses y los monstruos. Intentar controlar todo aquello al mismo tiempo sería como intentar controlar el plutonio de un reactor nuclear. Si fallaba, podría borrar del mapa el glaciar Hubbard y matar a sus amigos.
—¡Tánatos! —Hazel se giró hacia la figura de la túnica—. Estamos aquí para rescatarte. Si pudieras controlar las sombras, decirles que…
Su voz se quebró. La capucha del dios se le cayó y sus ropas cayeron al extender sus alas, dejándole vestido con una túnica negra sin mangas atada con un cinturón por la cintura. Era el hombre más apuesto que Hazel jamás había visto.
Su piel era del color de la teca, oscura y brillante como la mesa de espiritismo de la Reina Marie. Sus ojos eran de un color miel dorado como los de Hazel. Era delgado y musculoso, con una cara majestuosa y un pelo negro cayéndole por sus hombros. Sus alas refulgían con sombras azules, negras y moradas.
Hazel se recordó de respirar.
Hermoso era la definición correcta para Tánatos, ni guapo, ni tío bueno, ni nada de eso. Era hermoso igual que un ángel: eterno, perfecto, remoto.
—Oh—dijo ella en un hilo de voz.
Las muñecas del dios estaban atadas con esposas heladas, con cadenas que se clavaban en el suelo del glaciar. Sus pies estaban desnudos, encadenado también por los tobillos.
—Es Cupido—dijo Frank.
—Un Cupido muy oscuro—coincidió Percy.
—Me halagáis—dijo Tánatos. Su voz era igual de hermosa que él, oscura y melodiosa—. Me toman a menudo por el dios del amor. La muerte tiene mucho más en común con el amor de lo que imagináis. Pero soy Muerte. Os lo aseguro.
Hazel no lo dudó. Se sintió como si estuviera hecha de cenizas. En cualquier segundo, se derrumbaría y sería aspirada por la aspiradora. Dudó si Tánatos siquiera necesitara tocarla para matarla. Simplemente le podría decir que se muriera. Lo haría al segundo, como si su alma obedeciera aquella hermosa voz y aquellos ojos hermosos.
—Esta… estamos aquí para salvarte—se las arregló para decir—. ¿Dónde está Alcioneo?
—¿Salvarme? —Tánatos entrecerró los ojos—. ¿Sabes lo que estás diciendo, Hazel Levesque? ¿Sabes lo que significará?
Percy dio un paso adelante.
—Estamos perdiendo el tiempo.
Alzó su espada hacia las cadenas del dios. El bronce celestial chocó contra el hielo, pero Contracorriente se quedó pegada a la cadena como si estuviera hecha de pegamento. El hielo comenzó a subir por la hoja. Percy la movió frenéticamente. Frank corrió para ayudarle. Juntos, se las arreglaron para arrancar a Contracorriente antes de que el hielo les llegara a las manos.
—No funcionará—dijo Tánatos—. Y en cuanto al gigante, está cerca. Esas sombras son suyas, no mías.
Los ojos de Tánatos miraron los soldados fantasmas. Parpadearon incómodos, como si el viento ártico hiciera vibrar rus filas.
—¿Entonces cómo te sacamos? —pidió Hazel.
Tánatos volvió su atención hacia ella.
—Hija de Plutón, descendiente de mi maestro, tú entre todas las peronas no deberías desear que me liberaran.
—¿Crees que no lo sé? —los ojos de Hazel le lloriquearon, pero ya estaba harta de estar asustada. Había sido una niña asustada hacía setenta años. Había perdido a su madre porque actuó demasiado tarde. Ahora era una soldado de Roma. No iba a fallar de nuevo. No iba a abandonar a sus amigos.
—Escucha, Muerte—alzó su espada de caballerías, y Arión relinchó en desafío—. No he vuelto del Inframundo y he viajado cientos de metros para que me digan que soy estúpida por liberarte. Si me muero, me muero. Lucharé contra un ejército entero si hace falta. Dinos cómo romper tus cadenas.
Tánatos la estudió durante un latido de corazón.
—Interesante. Entiendes que esas sombras fueron una vez semidioses como tú. Lucharon por Roma. Murieron sin completar sus misiones heroicas. Como tú, una vez fueron enviados a los Asfódelos. Ahora que Gea les ha prometido una segunda vida si luchan por ella hoy. Por supuesto, si me liberáis y les vencéis, volverán al Inframundo dónde pertenecen. Por traición contra los dioses, se enfrentarán a un castigo eterno. No son distintos a ti, Hazel Levesque. ¿Estás segura de que quieres liberarme y condenar esas almas para siempre?
Frank apretó los puños.
—¡Eso no es justo! ¿Quieres ser liberado o no?
—Justicia…—murmuró Tánatos—. Te sorprendería lo mucho que oigo esa palabra, Frank Zhang, y lo insignificante que es. ¿Es justo que tu vida arda tan corta y brillantemente? ¿Fue justo cuando guié a tu madre hacia el Inframundo?
Frank se incorporó como si hubiera sido golpeado.
—No—dijo Tánatos, con tristeza—. No fue justo. Y aún así era su hora. No hay justicia en la Muerte. Si me liberas, cumpliré con mi deber. Pero por supuesto, las sombras intentarán deteneros.
—Así que si te dejamos ir—resumió Percy—, seremos aplastados por un montón de tíos de vapor negro con espadas de oro. Guay. ¿Cómo rompemos las cadenas?
Tánatos sonrió:
—Sólo el fuego de la vida puede derretir las cadenas de la muerte.
—Sin acertijos, ¿por favor? —preguntó Percy.
Frank respiró con dificultad.
—No es un acertijo.
—Frank, no—dijo Hazel, con debilidad—. Tiene que haber otra manera.
Una risa recorrió el glaciar. Una voz sorda dijo:
—Amigos míos. ¡He esperado demasiado tiempo!
De pie ante las puertas del campamento estaba Alcioneo. Era incluso más grande que el gigante Polibotes que habían visto en California. Tenía la piel de un oro metálico, y una armadura hecha de cables de platino, y un bastó del tamaño de un tótem. Sus piernas de dragón rojo rompieron el hielo mientras entraba por el campamento. Unas piedras preciosas brillaban en su pelo rojo trenzado.
Hazel nunca le había visto completamente hecho, pero le conocía mejor que conocía a sus propios padres. Le había hecho. Durante meses, había sacado oro y gemas de la tierra para crear aquél monstruo. Conocía los diamantes que había usado como corazón. Conocía el aceite que corría por sus venas en vez de sangre. Más que nadie, quería destruirle.
El gigante se acercó, sonriendo hacia ella con sus sólidos dientes plateados.
—Ah, Hazel Levesque—dijo—, ¡me has costado mucho! Si no fuera por ti, habría nacido hace décadas, y este mundo ya sería de Gea. ¡Pero no importa!
Alzó las manos, señalando las filas de los soldados fantasmas.
—¡Bienvenido, Percy Jackson! ¡Bienvenido, Frank Zhang! Soy Alcioneo, la némesis de Plutón, el nuevo maestro de la Muerte. Y esta es mi legión.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    17/01/12, 03:53 pm

gracias por ponerlos cuando tenga tiempo los leere

_________________________________________________
El diario de Anna Frank:
 

"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción." Samuel Johnson.
“Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno.” Oscar Wilde.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    20/01/12, 07:07 am

Es casi seguro que mañana ya estén los 4 de Frank
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/01/12, 04:54 pm

Capítulo 45
Frank
NO HAY JUSTICIA EN LA MUERTE.
Aquellas palabras seguían sonando en la cabeza de Frank.
El gigante de oro no le asustaba. El ejército de sombras no le asustaba. Pero la idea de liberar a Tánatos le hacía a Frank querer tumbarse en posición fetal. Aquél dios se había llevado a su madre.
Frank entendía lo que tenía que hacer para romper aquellas cadenas. Marte se lo había advertido. Le había explicado por qué amaba tanto a Emily Zhang: “Siempre ponía su deber primero, por encima de todo. Por encima incluso de su vida”.
Ahora era el turno de Frank.
La medalla de sacrificio de su madre pesaba en su bolsillo. Finalmente entendió la elección de su madre, salvar a sus camaradas a costa de su propia vida. Entendió lo que Marte le había intentado decir: Deber. Sacrificio. Significan algo.
En el pecho de Frank, un sentimiento de furia y resentimiento (una grieta que había comenzado desde el funeral de su madre), finalmente comenzó a disolverse. Entendía por qué su madre nunca volvió a casa. Por algunas cosas merecía la pena morir.
—Hazel—intentó mantener su voz firme—. ¿El paquete que me guardas? Lo necesito.
Hazel le miró, desesperada. Sentada sobre Arión, parecía una reina, poderosa y hermosa, con su pelo castaño sobre sus hombros y una esencia de neblina helada alrededor de su cabeza.
—Frank, no. Tiene que haber otra manera.
—Por favor. Sé… lo que hago.
Tánatos sonrió y alzó sus muñecas encadenadas.
—Haces lo correcto, Frank Zhang. Se deben de hacer sacrificios.
Genial, si Tánatos aproaba su plan, Frank estaba seguro de que no le gustarían los resultados.
El gigante Alcioneo se adelantó, con sus pies de reptil haciendo crujir el suelo.
—¿De qué paquete hablas, Frank Zhang? ¿Me habéis traído un presente?
—Nada para ti, tío dorado—dijo Frank—. Excepto un gran montón de dolor.
El gigante rugi, riendo.
—¡Hablas como un hijo de Marte! Qué pena que tenga que matarte. Y… este… he estado esperando mucho para conocer al famoso Percy Jackson.
El gigante sonrió. Sus dientes plateados hacían parecer su boca como el motor de un coche.
—He seguido tus progresos, hijo de Neptuno—dijo Alcioneo—. ¿Tu lucha contra Cronos? Bien hecho. Gea te odia a ti por encima de los demás… excepto, quizá, a ese presuntuoso de Jason Grace. Lamento que no pueda matarte hoy, pero mi hermano Polibotes te quiere de mascota. Cree que será divertido que cuando destruya a Neptuno tener a uno de sus hijos favoritos en un látigo. Después de eso, por supuesto, Gea tiene planes para ti.
—Sí, qué halagador—Percy alzó Contracorriente—. Pero de hecho, soy el hijo de Poseidón. Soy del Campamento Mestizo.
Los fantasmas parpadearon. Algunos alzaron sus espadas y sus escudos helados. Alcioneo alzó la mano, obligándoles a esperar.
—Griego o romano, no me importa—dijo el gigante—. Destruiremos ambos campos de una sentada. Ya ves, los titanes no pensaron a lo grande. Planearon destruir a los dioses en su nueva morada en América. ¡Los gigante somos más listos! Para matar a un árbol, debemos cortar sus raíces. Incluso ahora, cuando mis ejércitos destruyan vuestro pequeño campamento romano, ¡mi hermano Porfirión estará preparando la batalla real en las tierras de antaño! Destruiremos a los dioses desde sus orígenes.
Los fantasmas golpearon sus espadas contra sus escudos. El sonido resonó por las montañas.
—¿Sus orígenes? —preguntó Frank—. ¿Te refieres a Grecia?
Alcioneo se rió.
—No tienes que preocuparte de eso, hijo de Marte. No vivirás lo suficiente como para ver nuestra victoria definitiva. Sustituiré a Plutón como señor del Inframundo. Ya tengo a Tánatos bajo mi poder. ¡Con Hazel Levesque a mi servicio, también tendré todas las riquezas bajo la tierra!
Hazel alzó su spatha.
—No estoy a servicio de nadie.
—¡Oh, pero tú me has dado la vida! —dijo Alcioneo—. Es cierto que esperábamos despertar a Gea durante la Segunda Guerra Mundial, eso habría sido glorioso. Pero en realidad, el mundo ya tenía un mal aspecto entonces. Muy pronto, vuestra civilización será borrada del mapa. Las Puertas de la Muerte seguirán abiertas. Aquellos que nos sirven nunca perecerán. Vivos o muertos, vosotros tres os uniréis a mi ejército.
Percy negó con la cabeza.
—Lo dudo, tío dorado. Tú te vas a ir abajo.
—Espera—Hazel espoleó el caballo hacia el gigante—. Yo he hecho crecer a este monstruo de la tierra. Soy la hija de Plutón. Me toca matarle.
—Ah, pequeña Hazel— Alcioneo plantó su bastón en el hielo. Su pelo brilló con las gemas por valor de millones de dólares—. ¿Estás segura de que no te unirás a nosotros por tu propia voluntad? Podrías sernos muy… valiosa. ¿Por qué morir de nuevo? —los ojos de Hazel brillaron de rabia. Miró hacia Frank y sacó el pedazo de leño envuelto de su abrigo.
—¿Estás seguro?
—Sí—dijo.
Apretó los labios.
—Tú también eres mi mejor amigo, Frank. Te lo debería haber dicho antes—le pasó el palo—. Haz lo que tengas que hacer. Y Percy… ¿podrás cubrirle las espaldas?
Percy miró las filas de los romanos fantasmas.
—¿Contra un ejército? Claro, no hay problema.
—Entonces me toca a mí el tío dorado—dijo Hazel.
Marchó hacia el gigante.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/01/12, 04:54 pm

Capítulo 46
Frank
FRANK DESENVOLVIÓ EL PEDAZO DE MADERA y se arrodilló a los pies de Tánatos. Sabía que Percy estaba de pie, a su lado, alzando su espada y gritando, desafiando a los fantasmas que se acercaran. Oyó el rugido del gigante y el relincho furioso de Arión, pero no se atrevió a mirar.
Sus manos temblaron, sujetando el pedazo de leño cerca de las cadenas de la pierna izquierda de Tánatos. Pensó en llamas y al instante, la madera ardió.
Un calor terrible se extendió por el cuerpo de Frank. El metal helado comenzó a derretirse, con una llama tan brillante que era más cegadora que el hielo.
—Bien—dijo Tánatos—. Muy bien, Frank Zhang.
Frank había oído hablar a personas decir que sus vidas pasaban por sus ojos a una velocidad de vértigo, pero ahora él lo vivió, literalmente. Vio a su madre el día que partió hacia Afganistán. Sonreía y le abrazaba. Él intentó respirar su esencia de jazmín para no poder olvidarla nunca.
“Siempre estaré orgullosa de ti, Frank” dijo ella, “Algún día, viajarás incluso más lejos que yo. Traerás a nuestra familia un círculo completo. En unos años, nuestros descendientes contarán historias sobre el héroe Frank Zhang, su tatara, tatara…” le dio un golpecito en el estómago como cuando le contaba historias de pequeño. Sería la última vez que Frank sonreiría durante meses.
Se vio a sí mismo en la mesa de Picnic de Pase de Renos, mirando las estrellas y la aurora boreal mientras Hazel roncaba con dulzura a su lado y Percy diciendo: “Frank eres un líder. Te necesitamos”.
Vio a Percy desaparecer entre el lodo, y entonces a Hazel hundiéndose tras él. Frank recordó lo solo e impotente que se había sentido sujetando el arco. Había rogado a los dioses olímpicos, incluso a Marte, que ayudaran a sus amigos, pero sabían que estaban fuera del alcance de los dioses. Con un sonido metálico, la primera cadena se rompió. Rápidamente, Frank pegó el leño a la cadena de la otra pierna de Tánatos.
Se atrevió a mirar por encima de su hombro.
Percy luchaba como un huracán. De hecho… era un huracán. Un huracán de agua en miniatura y vapor de hielo giraba a su alrededor mientras atacaba al enemigo, golpeando fantasmas romanos, esquivando flechas y lanzas. ¿Desde cuándo tenía ese poder?
Se movió entre las filas enemigas, y aunque pareciera dejar a Frank indefenso, el enemigo está completamente fijado en Percy. Frank no estaba seguro de por qué, pero entonces vio el motivo de Percy. Uno de los fantasmas de vapor oscuro vestía una capa de piel de león y sujetaba un poste con un águila dorada con carámbanos congelados en sus alas. El estandarte de la legión.
Frank observó a Percy barrer una columna de legionarios, resquebrajando sus escudos con su ciclón personal. Dejó fuera de conocimiento al de la capa de león y agarró el águila.
—¿La queréis de vuelta? —les gritó a los fantasmas—. ¡Venid a por ella!
La apartó de su alcance, y Frank no pudo evitar sentirse sobrecogido por su descarada estrategia. Aunque aquellas sombras quisieran mantener a Tánatos encadenado, eran espíritus romanos. Sus mentes eran borrosas, igual que los fantasmas que Frank había visto en los Asfódelos, pero recordaban una cosa clara: se suponía que debían proteger el águila.
Aún así, Percy no podía luchar contra enemigos para siempre. Mantener una tormenta como aquella debía de ser difícil. A pesar del frío, su cara estaba sudorosa.
Frank buscó a Hazel. No podía verla a ella o al gigante.
—Vigila tu fuego, chico—le advirtió Tánatos—. No puedes malgastarlo.
Frank maldijo. Se había distraído tanto, que no se había dado cuenta de que la segunda cadena se había fundido.
Apartó su fuego hacia las esposas de la mano derecha del dios. El pedazo de leño estaba a punto de gastarse. Frank comenzó a temblar. Más imágenes pasaron por su cabeza. Vio a Marte sentado al lado de la cama de su abuela, mirando a Frank con aquellos ojos explosivos: “Eres el arma secreta de Juno. ¿Has descubierto tu don, ya?”
Oyó a su madre decirle: “Puedes ser cualquier cosa”.
Entonces vio la cara débil de su abuela, su piel tan frágil como el papel, con su pelo blanco extendido por su almohada. “Sí, Fai Zhang. Tu madre te contó la verdad literal”
Pensó en el oso pardo que su madre interceptó al borde del bosque. Pensó en el pájaro negro dando vueltas por las cenizas de su mansión. La tercera cadena desapareció. Frank acercó el leño hacia la última cadena. Su cuerpo se estremeció de dolor. Unas manchas amarillas le nublaron la vista.
Vio a Percy al final de la Via Principalis, luchando contra el ejército de fantasmas. Había tumbado el carruaje y había destruido varios edificios, pero cada vez que su huracán destruía una oleada de atacantes, los fantasmas se volvían a levantar y volvían a acatar. Cada vez que Percy les pegaba un corte con su espada, los fantasmas se volvían a materializar de inmediato. Percy los había alejado lo máximo que pudo. Detrás de él estaba la puerta lateral del campamento, y a unos veinte metros detrás de él, el borde del glaciar.
Y en cuanto a Hazel, ella y Alcioneo se las arreglaban para destruir la mayor parte de los barracones con su batalla. Ahora estaban luchando en los escombros de la puerta principal. Arión estaba haciendo una danza peligrosa, esquivando el bastón, golpeando las paredes del campamento y creando unos gigantescos agujeros en el hielo. Solo la velocidad de Arión les mantenía con vida.
Finalmente, la última cadena de Arión se fundió. En un grito de desesperación, Frank metió su leño en un montón de nieve para extinguir la llama. Su dolor desapareció. Seguía con vida. Pero cuando sacó el pedazo de leño, no era más que una colilla, más pequeño que una chocolatina.
Tánatos alzó sus brazos.
—¡Libre! —dijo, satisfecho.
—Genial—Frank se fregó los ojos—. ¡Haz algo!
Tánatos le dedicó una sonrisa tranquila.
—¿Hacer algo? Por supuesto. Lo entiendo. Aquellos que mueran en esta batalla, seguirán muertos.
—Gracias—murmuró Frank, devolviendo el leño a su abrigo—. De gran ayuda.
—De nada—dijo Tánatos, agradablemente.
—¡Percy! —gritó Frank—. ¡Ahora pueden morir!
Percy asintió, entendiendo, pero parecía agotado. El huracán comenzaba a desvanecerse. Sus movimientos comenzaban a ser más lentos. El ejército fantasma al completo le había rodeado, obligándole a ir hacia el borde del glaciar.
Frank alzó su arco para ayudar. Entonces lo dejó caer. Unas flechas normales de una tienda de caza de Seward no harían nada. Frank tendría que usar su don.
Pensó que, al menos, entendía sus poderes. Algo al ver el leño ardiendo, oler el humo del acre de su propia vida, le hacía sentir extrañamente confiado.
“¿Es justo que tu vida arda tan corta y brillantemente?” preguntó Tánatos.
—Nada es justo—se dijo Frank a sí mismo—. Si voy a arder, que sea brillantemente.
Dio un paso hacia Percy. Entonces, a través del campamento, Hazel gritó de dolor. Arión gritó mientras el gigante le acertó. Su bastó envió al caballo y a la conductora trastabillando por el hielo, chocándose contra las murallas.
—¡Hazel! —Frank miró a Percy, deseando que tuviera su lanza. Si pudiera invocar a Gris… pero no podría estar en dos lugares al mismo tiempo.
—¡Ve y ayúdala! —gritó Percy, sujetando el poste del águila dorada—.¡Lo tengo controlado!
Percy no lo tenía controlado. Frank lo sabía. El hijo de Poseidón estaba a punto de ser destruido, pero Frank corrió en ayuda de Hazel.
Estaba medio enterrada en un montón de nieve. Arión se puso delante de ella, intentando protegerla, relinchando y amenazando al gigante con sus pezuñas delanteras.
El gigante rió.
—Hola, pequeño poni. ¿Quieres jugar?
Alcioneo alzó su bastón helado.
Frank estaba demasiado lejos como para poder ayudar… pero se imaginó a sí mismo yendo hacia allí, con sus pies dejando el suelo.
“Ser cualquier cosa”.
Recordó las águilas calvas que había visto en su viaje en tren. Su cuerpo se volvió más pequeño y más ligero. Sus brazos se convirtieron en alas y su vista se agudizó cien veces. Levantó el vuelo y entonces se abalanzó contra el gigante con sus garras abiertas y sus garras afiladas como cuchillas se clavaron en los ojos del gigante.
Alcioneo gritó de dolor. Se tambaleó hacia los lados mientras Frank aterrizaba al lado de Hazel y volvía a su forma normal.
—Frank…—le miró, asombrada, con un montón de nieve cayéndole de la cabeza—. ¿Acabas de…? ¿Cómo lo has…?
—¡Inútil! —gritó Alcioneo. Su cara estaba cortada, con un aceite negro cayendo de sus ojos en vez de sangre, pero las heridas se cerraban—.¡Soy inmortal en mi tierra natal, Frank Zhang! ¡Y gracias a tu amiga Hazel, mi nueva tierra natal es Alaska! ¡No puedes matarme aquí!
—Veamos—dijo Frank. El poder le recorría los brazos y las piernas—. Hazel, vuelve a tu caballo.
El gigante atacó, y Frank avanzó para encontrarse con él. Recordó el oso con el que se había encontrado cara a cara cuando era niño. Mientras corría, su cuerpo se volví más pesado, más grueso y sus músculos se tensaban. Chochó contra el gigante, siendo convertido en un completo oso pardo, con cientos de kilos de pura fuerza. Seguía siendo pequeño comparado con Alcioneo, pero se chocó contra el gigante con tal impulso que Alcioneo cayó contra una torre de vigilancia helada que se cayó bajo su peso.
Frank escaló hasta la cabeza del gigante. Un golpe de su garra era como un luchador atacando con una motosierra. Frank golpeó la cara del gigante una y otra vez hasta que sus facciones metálicas comenzaron a abollarse.
—Arg—murmuró el gigante, con estupor.
Frank cambió a su forma normal. Su mochila seguía con él. Agarró la cuerda que había comprado en Seward, haciendo una soga, y la ató alrededor de la pierna escamosa de dragón del gigante.
—¡Hazel, aquí! —le lanzó el otro extremo de la cuerda—. Tengo una idea, pero tenemos que…
—Mataros… a vosotros…—murmuró Alcioneo.
Frank corrió hacia la cabeza del gigante, cogió el objeto pesado más cercano que pudo encontrar, un escudo de legionario, y lo golpeó contra la nariz del gigante.
El gigante dijo:
—¡ARG!
Frank miró a Hazel.
—¿A cuánta velocidad crees que Arión puede arrastrar a este tipo?
Hazel le miraba:
—Tú… tú eras un pájaro. Entonces un oso. Y luego…
—Te lo explicaré más tarde—dijo Frank—. Tenemos que llevar a este tipo tierra adentro, lo más rápido y lejos que podamos.
—¿Pero y Percy? —dijo Hazel.
Frank maldijo. ¿Cómo podía haberse olvidado?
A través de las ruinas del campamento, vio a Percy al borde del acantilado. El huracán había desaparecido. Sujetaba a Contracorriente con una mano y el águila de oro de la legión en la otra. Un ejército entero de sombras le rodeaban, con sus armas brillando.
—¡Percy! —gritó Frank.
Percy se giró hacia ellos. Vio al gigante caído y pareció entender lo que pasaba. Gritó algo que se perdió con el viento, quizá un “¡IROS!”
Entonces clavó Contracorriente en el hielo a sus pies. El glaciar entero tembló. Los fantasmas cayeron de rodillas. Detrás de Percy, una ola salió de la bahía: una pared de agua gris incluso más alta que el glaciar. El agua salió de los agujeros del hielo. Cuando la ola golpeó el glaciar, medio campamento se derrumbó. El borde entero del glaciar cayó hacia el agua, llevándose edificios, fantasmas y a Percy Jackson.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/01/12, 04:55 pm

Capítulo 47
Frank
FRANK ESTABA TAN ATURDIDO QUE Hazel tuvo que gritar su nombre una docena de veces antes de darse cuenta de que Alcioneo se estaba levantando.
Golpeó el escudo contra la nariz del gigante hasta que Alcioneo comenzó a roncar. Mientras tanto el glaciar seguía rompiéndose y el borde se acercaba lentamente.
Tánatos aterrizó cerca de ellos con sus alas negras, con su expresión serena.
—Ah, sí—dijo, con satisfacción—. Ahí van unas cuantas almas. Ahogándose lentamente. Deberíais daros prisa, amigos míos, u os ahogaréis con ellos también.
—Pero Percy…—Frank apenas podía decir el nombre de su amigo—. ¿Está…?
—Demasiado pronto para decirlo. Y en cuanto a este—Tánatos miró a Alcioneo con desagrado—. Nunca le mataréis aquí. ¿Sabéis qué hacer?
Frank asintió torpemente.
—Eso creo.
—Entonces nuestro trabajo está completo.
Frank y Hazel intercambiaron miradas nerviosas.
—Eh…—vaciló Hazel—. ¿Quieres decir que… no vas a…?
—Reclamar tu vida—preguntó Tánatos—. Bueno, veamos…
Hizo aparecer un iPad negro de la nada. Tánatos toqueteó la pantalla un par de veces y todo lo que Frank podía pensar era: “Por favor, no me digas que hay una aplicación para llevarse las almas.
—No te veo en la lista—dijo Tánatos—. Plutón me da órdenes específicas para las almas fugadas. Por alguna razón, no ha establecido una orden para ti. Quizá crea que tu vida no ha terminado, o puede que haga la vista gorda. Si quieres hago una llamada y se lo pregunto…
—¡No! —gritó Hazel—. Está bien.
—¿Estás segura? —preguntó Tánatos amablemente—. Tengo una video-llamada activada. Tengo su dirección de Skype por alguna parte…
—En serio, no—Hazel parecía como si le hubieran quitado cientos de pesos encima—. Gracias.
—Arg—murmuró Alcioneo.
Frank le dio otra vez con su escudo.
Tánatos miró de nuevo en su iPad.
—Y en cuanto a ti, Frank Zhang, tampoco no es tu hora. Aún tienes un poco de madera que quemar. Pero no creas que te estoy haciendo un favor. Nos encontraremos de nuevo bajo unas circunstancias mucho menos placenteras.
El acantilado seguía acercándose, con el borde solo a unos veinte metros de distancia. Arión relinchó con impaciencia. Frank supo que tenían que irse, pero había aún una pregunta más importante que hacer.
—¿Y las Puertas de la Muerte? —dijo—. ¿Dónde están? ¿Cómo las cerramos?
—Ah, sí—una mirada de irritación atravesó la cara de Tánatos—. Las Puertas de Yo. Cerrarlas habría estado bien, pero me temo que está más allá de mi poder. Cómo podríais hacerlo vosotros, no tengo ni la más remota idea. Deben estar en algún lugar a través de alguna búsqueda. Os puedo decir que comencéis a buscar por Roma. La Roma original. Necesitaréis un guía especial. Sólo un tipo de semidiós puede leer las señales que os llevarán definitivamente hasta las Puertas de Yo.
Unas brechas aparecieron en el hielo bajo sus pies. Hazel dio golpecitos tranquilos en el cuello de Arión para relajarlo.
—¿Y sobre mi hermano? —preguntó—. ¿Nico está con vida?
Tánatos le lanzó una mirada extraña: quizá lástima, aunque no parecía ser una emoción que la Muerte entendiera.
—Encontrarás tu respuesta en Roma. Y ahora debo volar hasta el Campamento Júpiter. Tengo la sensación de que habrán muchas almas que llevarme, muy pronto. Adiós, semidioses, hasta que nos volvamos a ver.
Tánatos se disipó con un humo negro.
Las brechas del hielo se hicieron más amplias bajo los pies de Frank.
—¡Date prisa! —le dijo a Hazel—. ¡Tenemos que llevarnos a Arión a unos diez mil metros al norte!
Él se subió al pecho del gigante y Arión arrancó, corriendo por el hielo, arrastrando a Alcioneo como si fuera el trineo más feo del mundo.
Fue un viaje muy corto.
Arión recorrió el glaciar como si fuera una autopista, deslizándose por el hielo , dejando brechas y haciendo pendientes que haría las delicias de cualquier aficionado al snowboard.
Frank no tuvo que dejar sin sentido a Alcioneo demasiadas veces, porque la cabeza del gigante se fue golpeando contra el hielo. Mientras se movían, el medio consciente Tío Dorado tarareaba una canción que sería algo parecido al “Jingle Bells”.
Frank se sentía también un tanto aturdido. Se había convertido en un águila y en un oso. Podía seguir notando el poder corriendo por su cuerpo, como si fuera al mismo tiempo sólido y líquido.
No solo eso: Hazel y él habían liberado la Muerte, y ambos habían sobrevivido. Y Percy… Frank se tragó el miedo. Percy se había hundido con una parte del glaciar para salvarles.
“El hijo de Neptuno se ahogará”.
No. Frank no quería creer que Percy estaba muerto. No habían hecho todo aquél trayecto para perder a su amigo. Frank le encontraría, pero primero tenían que acabar con Alcioneo.
Visualizó el mapa que había estudiado en el tren de Anchorage. Sabía a duras penas el lugar al que se dirigían, pero no había señales ni carteles en el hielo. Tenía que saberlo a ciegas.
Finalmente Arión, se metió entre dos montañas hasta un valle de hielo y rocas, como un gigantesco bol de leche helada con grumos de cacao. La piel dorada del gigante palidecía como si se estuviera convirtiendo en latón. Frank notó una ligera vibración en su cuerpo, como un diapasón apretado contra su esternón. Sabía que había cruzado a territorio amistoso, su territorio natal.
—¡Aquí! —gritó Frank.
Arión viró a un lado. Hazel cortó la cuerda, y Alcioneo derrapó. Frank saltó antes de que el gigante se estampara contra una roca.
De inmediato Alcioneo se incorporó.
—¿Qué? ¿Dónde? ¿Quién?
Su nariz estaba girada en la dirección errónea. Sus heridas se habían curado, aunque su piel dorada había perdido algo de su brillo. Miró alrededor buscando su bastón de hierro, que se había quedado en el glaciar Hubbard. Entonces dejó de buscar y agarró el pedrusco más cercano y lo redujo a pedazos con su mano.
—¿Os atrevéis a arrastrarme como un trineo? —se tensó y olisqueó el aire—. Ese olor… como almas que la han diñado… ¿Tánatos está libre, eh? ¡Bah! No importa. Gea sigue controlando las Puertas de la Muerte. Ahora, ¿por qué me has traído aquí, hijo de Marte?
—Para matarte—dijo Frank—. ¿Alguna otra pregunta?
Los ojos del gigante se entrecerraron.
—Nunca he conocido a un hijo de Marte que pueda cambiar de forma, pero eso no significa que puedas vencerme. ¿Crees que el estúpido soldado de tu padre puede darte la fuerza para enfrentarte a mí en un combate cuerpo a cuerpo?
Hazel alzó su espada.
—¿Qué tal un combate uno contra dos?
El gigante gruñó y se giró hacia Hazel, pero Arión esquivó el golpe. Hazel clavó su espada contra la parte posterior de la pantorrilla del gigante. Un aceite oscuro salió de su herida.
Alcioneo tropezó.
—¡No puedes matarme, con Tánatos o sin él!
Hazel hizo un gesto de agarre con su mano libre. Una fuerza invisible zarandeó el pelo de joyas incrustadas del gigante hacia los lados. Hazel se movió al lado, y clavó la espada en la otra pierna, y se alejó antes de que el gigante pudiera recobrar el equilibrio.
—¡Basta ya! —gritó Alcioneo—. ¡Estamos en Alaska! ¡Soy inmortal en mi tierra natal!
—De hecho—dijo Frank—. Tengo unas cuantas malas noticias que darte. Veamos, he heredado más que fuerza de mi padre.
El gigante gruñó.
—¿De qué estás hablando, mocoso de Marte?
—Estrategia—dijo Frank—. Ese es el regalo de Marte. Una batalla puede ser ganada antes de ser librada escogiendo el territorio adecuado— señaló por encima de su hombro—. Hemos cruzado la frontera hace unos cientos de metros. Ya no estás en Alaska. ¿Puedes sentirlo, Alci? Si quieres volver a Alaska, tendrá que ser por encima de mí.
Lentamente, el gigante fue entendiendo lo que le había dicho. Miró hacia abajo con incredulidad a sus piernas heridas. El aceite seguía saliendo de sus pantorrillas, tiñendo el hielo de negro.
—¡Es imposible! —gritó el gigante—. ¡Os voy a…!
Se giró hacia Frank, preparado para volver a la frontera. Durante un segundo, Frank dudó de su plan. Si no podía volver a usar el don de nuevo, si se congelaba, estaba muerto. Entonces recordó las instrucciones de su abuela:
“Ayuda si conoces la criatura”. Listo.
“También ayuda si estás en una situación de vida o muerte, como un combate”. Doblemente listo.
El gigante seguía acercándose. Veinte metros… Diez metros…
—¿Frank? —le llamó Hazel, nerviosa.
Frank se irguió.
—Lo tengo.
Antes de que Alcioneo chocara contra él, Frank cambió. Siempre había sido grandullón y torpe. Ahora usó aquella sensación. Su cuerpo se expandió. Su piel se volvió más gruesa. Sus brazos cambiaron a patas forzudas. De su boca crecieron dos colmillos y su nariz se alargó. Se convirtió en el animal que conocía mejor: aquel al que había cuidado, al que había alimentado, al que había bañado y al que había tenido que cuidar durante una indigestión en el Campamento Júpiter.
Alcioneo se chocó contra un elefante adulto de diez toneladas.
El gigante se tambaleó hacia los lados. Gritó con frustración y se chocó contra Frank de nuevo, pero Alcioneo estaba sin equilibrio. Frank le dio un cabezazo tan fuerte a Alcioneo que éste salió volando hacia atrás y aterrizó espatarrado en el hielo.
—No… puedes… matarme…—gruñó Alcioneo—. No puedes…
Frank volvió a su forma normal. Caminó hacia el gigante, cuyas heridas aceitosas estaban humeando. Las gemas caían de su pelo y se hundían en la nieve. Su piel dorada comenzaba a oxidarse, resquebrajándose.
Hazel desmontó y se acercó a Frank, con la espada preparada.
—¿Puedo?
Frank asintió. Miró a los ojos del gigante.
—Un consejo, Alcioneo. La próxima vez escoge un estado más grande para tu hogar, no establezcas tu base en un lugar de diez quilómetros de longitud. Bienvenido a Canadá, idiota.
La espada de Hazel se hundió en el cuello del gigante. Alcioneo se disolvió en un montón de rocas muy caras. Durante un instante Hazel y Frank estuvieron de pie juntos, observando los restos del gigante hundirse en el hielo. Frank recogió su cuerda.
—¿Un elefante? —preguntó Hazel.
Frank se rascó el cuello.
—Sí, me pareció una buena idea.
No podía interpretar su expresión. Tenía miedo de que finalmente hubiera hecho algo tan extraño como para que ella nunca quisiera volver a saber nada de él. Frank Zhang: patoso y torpe, hijo de Marte y paquidermo a tiempo partido.
Entonces ella le besó: un beso verdadero en los labios, mucho mejor que el tipo de beso que ella le había dado a Percy en el avión.
—Eres increíble—dijo—. Y te conviertes en un elefante muy apuesto.
Frank se sintió tan nervioso que creía que sus botas se iban a derretir en el hielo. Antes de que pudiera decir nada, una voz resonó por el valle:
—No habéis ganado.
Frank alzó la vista. Unas sombras se estaban agrupando en la montaña más cercana, formando la cara de una mujer durmiente.
—Nunca llegaréis a vuestro hogar a tiempo—se burló la voz de Gea—. Incluso ahora, que Tánatos está atendiendo las muertes del Campamento Júpiter, la destrucción final de vuestros amigos romanos es inminente.
La montaña retumbó como si la tierra entera estuviera riendo y entonces las sombras desaparecieron.
Hazel y Frank se miraron el uno al otro. Ninguno medió palabra. Ambos se subieron a Arión y volvieron a la bahía del glaciar.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/01/12, 04:55 pm

Capítulo 48
Frank
PERCY LES ESTABA ESPERANDO. Parecía estar loco.
Estaba de pie al borde del glaciar, sentado en el bastón con el águila dorada, mirando el destrozo que había hecho: varios cientos de litros de agua nueva con icebergs flotando y los restos flotantes del campamento en ruinas. Los únicos restos del glaciar eran las puertas principales, que estaban a los lados, con un estandarte azul andrajoso descansando en un montón de nieve. Cuando corrieron hacia él, Percy dijo:
—Ey.
Como si hubieran quedado para comer o algo.
—¡Estás vivo! —se maravilló Frank.
Percy frunció el ceño.
—¿La caída? No ha sido nada. Me he caído de dos veces más lejos en el arco de St Louis.
—¿Que has hecho qué? —preguntó Hazel.
—No importa. Lo importante es que no me he ahogado.
—¡Así que la profecía está incompleta! —sonrió Hazel—. Probablemente quería decir algo como: “El hijo de Neptuno ahogará a un montón de fantasmas”.
Percy se encogió de hombros. Seguía mirando a Frank como si estuviera ofendido.
—Tengo algo de lo que hablar contigo, Zhang. ¿Puedes convertirte en un águila? ¿Y en un oso?
—Y en un elefante—dijo Hazel con orgullo.
—Un elefante—Percy movió la cabeza con incredulidad—. ¿Ese es el don de tu familia? ¿Puedes cambiar de forma?
Frank arrastró los pies.
—Eh… sí. Periclímeno, mi ancestro, el argonauta, podía hacerlo. Yo he heredado la habilidad.
—Y él consiguió ese don de Poseidón—dijo Percy—. Eso es completamente injusto. Yo no me puedo convertir en ningún animal.
Frank le miró.
—¿Injusto? Tú puedes respirar bajo el agua y destruir glaciares y convocar huracanes increíbles. ¿Y encima es injusto que yo pueda ser un elefante?
Percy lo consideró.
—De acuerdo. Creo que tienes razón. Pero la próxima vez que seas una bestia…
—Cállate—dijo Frank—. Por favor.
Percy sonrió.
—Si ya habéis terminado—dijo Hazel—, tenemos que irnos. El Campamento Júpiter está siendo atacado. Podrían usar el águila dorada…
Percy asintió.
—Una cosa antes, Hazel. Ahí abajo hay lo menos una tonelada de armas y armaduras de oro imperial en el fondo de la bahía, además de un carruaje muy bonito. Me apuesto que ese material podría ser de gran ayuda…
Les llevo mucho tiempo, demasiado, pero sabían que aquellas armas podrían marcar la diferencia entre la victoria y la derrota si llegaban al campamento a tiempo.
Hazel usó sus habilidades para hacer levitar algunos objetos del fondo del mar. Percy se hundió y sacó algunos más. Incluso Frank ayudó convirtiéndose en una foca, que era algo muy guay, aunque Percy dijo que su aliento olía a pescado.
Tuvieron que subir el carruaje entre los tres, pero finalmente se las arreglaron para poner todo en la costa de arena negra cerca de la base del glaciar. No pudieron meter todo en el carruaje, pero usaron la cuerda de Frank para atar la mayor parte de las armas doradas y las mejores piezas de armadura.
—Parece el trineo de Santa Claus—dijo Frank—-. ¿Podrá Arión llevar tanto?
Arión relinchó.
—Hazel—dijo Percy—. Voy a tener que lavar con jabón la boca de tu caballo. Dice que sí, que puede tirar de ello, pero que necesita comida.
Hazel cogió una vieja daga romana, un pugio. Estaba curvada y abollada, por lo que no sería de demasiada ayuda en una batalla, pero parecía estar hecha de oro imperial sólido.
—Allá vamos, Arión—dijo—. Gasolina de alta calidad.
El caballo cogió la daga con sus dientes y se la tragó como una manzana. Frank hizo un juramento silencioso de no volver a poner su mano cerca del morro del caballo.
—No estoy dudando de la fuerza de Arión—dijo, con cuidado—, ¿pero resistirá el carro? El último…
—Este tiene oro imperial en las ruedas y en los ejes—dijo Percy—. Debería aguantar.
—Si no…—dijo Hazel—, esto va a ser un viaje muy corto. Pero no tenemos tiempo. ¡Vamos!
Frank y Percy se subieron al carro. Hazel se subió en la espalda de Arión.
—¡Arre! —gritó.
El bum sónico del caballo resonó por toda la bahía. Se fueron hacia el sur, creando avalanchas a su paso.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    26/01/12, 08:19 am

gracias charlie Very Happy

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El diario de Anna Frank:
 

"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción." Samuel Johnson.
“Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno.” Oscar Wilde.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 10:15 am

y ahora, los últimos cuatro
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 10:21 am

Capítulo 49
Percy
CUATRO HORAS.
Eso es lo que tardó el caballo más rápido del mundo en ir desde Alaska hasta la bahía de San Francisco, yendo por el agua por la costa noroeste.
Eso también fue lo que tardó a la memoria de Percy de volver por completo. El proceso había comenzado en Portland cuando se bebió la sangre de la gorgona, pero su vida pasada seguía siendo exasperantemente borrosa. Entonces, cuando se adentraron en territorio de los dioses olímpicos, Percy lo recordó todo: la guerra contra Cronos, su hermano Tyson y sobre todo a Annabeth, dos meses juntos como pareja y entonces BUM. Había sido abducido por la alienígena conocida como Hera. O Juno, lo que fuera.
Ocho meses de su vida robados. La próxima vez que Percy viera a la Reina del Olimpo, iba a darle una bofetada divina en toda su olímpica cara.
Sus amigos y familia debían estar desesperados. Si el Campamento Júpiter estaba en peligro, no quería imaginarse a lo que había tenido que enfrentarse el Campamento Mestizo sin él.
Y lo peor sería que salvar a ambos campamentos sería solo el principio. Según Alcioneo, la verdadera guerra sucedería muy lejos de allí, en la tierra natal de los dioses. Los gigantes intentarían atacar el verdadero monte Olimpo y destruir a los dioses para siempre.
Percy sabía que los gigantes no podrían morir a no ser que los semidioses y los dioses lucharan juntos. Nico se lo había dicho. Annabeth también lo había mencionado, en agosto, cuando había especulado que los gigantes serían parte de la nueva Gran Profecía: la que los romanos llamaban Profecía de los Siete. (Eso es lo mejor de salir con la chica más lista del campamento: que aprendes cosas nuevas).
Percy entendía el plan de Juno: unir los semidioses griegos y romanos para crear un equipo de élite de héroes y entonces, de alguna manera, convencer a los dioses de luchar junto a ellos. Pero primero, debían salvar el Campamento Júpiter.
La costa comenzó a parecerle familiar. Pasaron por el faro de Mendocino. Justo después, el monte Tam y el cabo Marin salieron de entre la niebla. Arión pasó por debajo del puente Golden Gate adentrándose en la bahía de San Francisco. Entraron en Berkeley y luego se dirigieron hacia las colinas de Oakland. Cuando llegaron a la cima de una colina encima del túnel Caldecott, Arión frenó como de repente, con su pecho subiendo y bajando, respirando fuerte. Hazel le golpeó el costado con cariño:
—Lo has hecho bien, Arión.
El caballo estaba demasiado cansado como para maldecir:
—Por supuesto que lo he hecho bien, ¿qué esperabas? —dijo.
Percy y Frank se bajaron del carro. Percy deseó que hubiera habido asientos cómodos o al menos un servicio de catering. Sus rodillas temblaban y sus articulaciones estaban tan entumecidas que apenas podía caminar. Si entrara en batalla así, el enemigo le llamaría Jackson-tembleques.
Frank no parecía estar mucho mejor. Cojeó subiendo hasta la cima de la colina y miró hacia el campamento.
—Chicos… tenéis que ver esto.
Cuando Percy y Hazel se le unieron, el corazón de Percy dio un vuelco. La batalla había comenzado, y no iba nada bien. La Legio XII estaba desplegada en los Campos de Marte, intentando proteger la ciudad. Las ballestas-escorpión disparaban hacia las filas de los Nacidos de la Tierra. El elefante Aníbal apartaba los monstruos hacia los lados, pero las defensas estaban en desventaja.
En su pegaso Escipión, Reyna volaba alrededor del gigante Polibotes, intentando mantenerle ocupado. Los lares habían formado filas de un fulgor morado luchando contra un grupo de sombras de vapor oscuro con armaduras. Los semidioses veteranos de la ciudad se habían unido a la batalla, y empujaban su formación tortuga con los escudos contra una manada de centauros salvajes. Unas águilas gigantes rodeaban el campo de batalla, entablando un combate aéreo con dos mujeres que tenían el pelo de serpientes e iban vestidas con delantales verdes de un mercadillo: Esteno y Euríale, las hermanas gorgonas.
La legión misma estaba sufriendo el ataque, pero su formación se estaba rompiendo. Cada cohorte era una isla en un mar de enemigos. La torre de asedio de los cíclopes disparaba unas bolas de cañón que brillaban de un color verde hacia la ciudad, creando cráteres en el fórum, reduciendo las casas a ruinas. Mientras observaban, una bola de cañón sacudió la casa del Senado y la cúpula se vino abajo.
—Hemos llegado tarde—dijo Hazel.
—No—dijo Percy—. Siguen luchando. Aún podemos hacerlo.
—¿Dónde está Lupa? —preguntó Frank, se oía desesperación en su voz—. Ella y los lobos… deberían estar aquí.
Percy recordó su estancia con la diosa loba. Había respetado sus enseñanzas, pero también había aprendido que los lobos tenían sus límites. No eran unos luchadores eternos, solo atacaban cuando superaban ampliamente en número, y normalmente bajo la protección de la noche. Además, la primera regla de Lupa era la autosuficiencia. Ayudaría a sus hijos en lo que pudiera: entrenarles para la lucha, pero al final, serían depredador o presa. Los romanos tendrían que luchar ellos solos, tendrían que probar su valía o morir. Ése era el modus operandi de Lupa.
—Ha hecho lo que ha podido—dijo Percy—. Ralentizó el ejército en el sur. Ahora depende de nosotros. Tenemos que llevar el águila dorada y estas armas a la legión.
—¡Pero Arión está cansado! —dijo Hazel—. ¡No podemos llevar todo esto nosotros solos!
—Quizá no tengamos que hacerlo—Percy buscó por las colinas. Si Tyson había captado su mensaje en sueños en Vancouver, debería estar cerca. Silbó lo más fuerte que pudo, un silbido que habría parado cualquier taxi que estuviera desde Times Square hasta Central Park. Y entonces unas sombras aparecieron en los árboles. Una gran sombra oscura apareció de ningún lugar: un mastín del tamaño de un todoterreno, con un cíclope y una harpía a su espalda.
—¡Perro del infierno! —gritó Frank, retrocediendo.
—¡Espera! —sonrió Percy—. Son amigos míos.
—¡Hermanito! —Tyson bajó del mastín y corrió hacia Percy. Percy intentó prepararse, pero no sirvió de nada. Tyson chocó contra él y le abrazó muy fuerte. Durante unos segundos, Percy sólo pudo ver unas manchas oscuras y su visión se oscureció. Entonces Tyson le dejó ir y comenzó a reír alegremente, mirando a Percy con un gigantesco ojo castaño.
—¡No estás muerto! —dijo—. ¡Me gusta cuando no estás muerto!
Ella revoloteó hasta el suelo y comenzó a arrancarse plumas.
—¡Ella ha encontrado un perro! —anunció—. ¡Un gran perro! ¡Y un cíclope!
¿Estaba sonrojada? Antes de que Percy lo pudiera decidir, el mastín negro le tumbó, haciéndole chocar contra el suelo y ladrando tan alto que incluso Arión retrocedió.
—Hola, señorita O’Leary —dijo Percy—. Sí, yo también me alegro de verte. Buena chica.
Hazel pegó un gritito.
—¿Tienes un perro del infierno llamado señorita O’Leary?
—Es una larga historia—Percy se las arregló para ponerse de pie y quitarse de encima la baba de perro—. Se lo puedes preguntar a tu hermano…
Su voz se quebró cuando vio la expresión de Hazel. Casi se había olvidado de que Nico di Angelo había desaparecido.
Hazel le había dicho lo que Tánatos había comentado sobre la búsqueda de las Puertas de la Muerte en Roma, y Percy tenía ganas de encontrar a Nico por motivos personales: apretarle un poco el cuello al chico por hacer ver que no conocía a Percy cuando llegó al campamento. Aún así, era el hermano de Hazel, y encontrarle era tema para otro momento.
—Perdón—dijo—. Pero sí, ésta es mi perra, la señorita O’Leary. Tyson, estos son mis amigos, Frank y Hazel.
Percy se giró hacia Ella, que estaba contándose las plumas.
—¿Estás bien? —preguntó—. Estábamos preocupados por ti.
—Ella no es fuerte—dijo—. Los cíclopes son fuertes. Tyson encontró a Ella. Tyson cuida de Ella.
Percy alzó las cejas. Ella estaba sonrojada.
—Tyson—dijo—, menudo donjuán estás hecho.
Tyson se volvió del mismo color que el plumaje de Ella.
—Eh…No…—miró hacia abajo y suspiró, nervioso, lo suficiente como para que los demás le oyeran—. Es guapa.
Frank se rascó la cabeza como si tuviera miedo de que su cerebro hubiera tenido un cortocircuito.
—De todas formas, hay una batalla teniendo lugar.
—Correcto—admitió Percy—. Tyson, ¿dónde está Annabeth? ¿Hay ayuda en camino?
Tyson hizo un mohín. Su gran ojo castaño se empañó.
—El barco grande no está listo. Leo dice que mañana, quizá dos días. Entonces vendrán.
—Pues no tenemos ni dos minutos—dijo Percy—. Bueno, este es el plan.
Lo más rápido que pudo, señaló quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos en el campo de batalla. Tyson se alarmó al descubrir que había cíclopes y centauros malos en el ejército enemigo.
—¿Tengo que pegar a los hombres poni?
—Sólo asustarles—le prometió Percy.
—Eh, ¿Percy? —Frank miró a Tyson, inquieto—. Es que… es solo que no queremos que tu amigo no sea malherido. ¿Tyson sabe luchar?
Percy sonrió.
—¿Que si lucha? Frank, estás ante el general Tyson del ejército cíclope. Y de todas formas, Tyson, Frank es descendiente de Poseidón.
—¡Hermano! —Tyson enfundó a Frank en un abrazo.
Percy soltó una risita.
—De hecho es algo así como un tátara, tátara… Oh, no importa. Sí, él es tu hermano.
—Gracias—murmuró Frank, con la boca seca—. Pero si la legión toma a Tyson por un enemigo…
—¡Lo tengo! —Hazel corrió hacia el carro y sacó el casco romano más grande que pudo encontrar, y un estandarte romano con el SPQR cosido.
Se los pasó a Tyson.
—Póntelos, grandullón. Entonces nuestros amigos sabrán que estás en nuestro equipo.
—¡Yuju! —dijo Tyson—. ¡Estoy en vuestro equipo!
El yelmo le iba ridículamente pequeño, y se puso el estandarte, como si fuera un babero del SPQR.
—Veamos—dijo Percy—. Ella, quédate. Aquí estarás segura.
—Segura—repitió Ella—. A Ella le gusta estar segura. Segura con los números. Seguridad en el banco más cercano. Ella irá con Tyson.
—¿Qué? —dijo Percy—. Oh, está bien. Da igual, no dejes que te hieran. Y, señorita O’Leary…
—¡GUAU!
—¿Te apetece llevar un carro?
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 10:22 am

Capítulo 50
Percy
ERAN, SIN LUGAR A DUDAS, los refuerzos más extraños de la historia militar de Roma. Hazel cabalgaba a Arión, que se había recuperado lo suficiente como para cargar a una persona a la velocidad normal de un caballo, aunque maldijo un par de veces porque le dolían las pezuñas de camino hacia abajo.
Frank se transformó en un águila calva, lo que Percy seguía encontrando completamente injusto, y sobrevoló cerca de ellos. Tyson corría colina abajo, alzando su vara y gritando:
—¡HOMBRES PONI MALOS! ¡BU! —mientras Ella volaba a su alrededor, recitando frases de “El viejo almanaque del granjero”.
Y en cuanto a Percy, cabalgaba a la señorita O’Leary a la batalla con un carro lleno de oro imperial sonando detrás de él, con el estandarte del águila dorada de la Legio XII alzándose por encima de él.
Se adentraron en el perímetro del campamento y pasaron por el puente más al norte por encima del Pequeño Tíber, yendo hacia los Campos de Marte por el lado oeste. Una hora de cíclopes estaba amartillando a los campistas de la Quinta Cohorte, que intentaban protegerse con los escudos para mantenerse con vida.
Viéndoles en problemas, Percy sintió una necesidad de protección. Aquellos chicos eran los que le habían aceptado. Aquellos chicos eran su familia. Gritó:
—¡QUINTA COHORTE! —y fue hacia el cíclope más cercano. Lo último que vio el pobre monstruo fueron los dientes de la señorita O’Leary.
Después de que el cíclope de desintegrara, y se mantuvo desintegrado, gracias a Tánatos, Percy saltó de su perro del infierno y comenzó a asestar tajos a diestra y siniestra a los otros monstruos.
Tyson atacó a la líder de los cíclopes, Mamá Tuerca vestida con su vestido de cadenas manchado con barro y decorado con lanzas rotas.
Ella miró boquiabierta a Tyson y comenzó a decir:
—¿Quién…?
Tyson la golpeó en la cabeza tan fuerte, que se cayó de culo al suelo.
—¡Cíclope mala! —gritó—. ¡El general Tyson te dice LARGO DE AQUÍ!
La golpeó de nuevo, y Mamá Tuerca se desintegró.
Mientras tanto Hazel atacaba montada en Arión, atravesando un cíclope tras otro con su spatha, mientras Frank cegaba a los enemigos con sus garras.
Cuando cada cíclope en cincuenta metros a la redonda estuvo reducido a cenizas, Frank aterrizó delante de sus tropas y se transformó en humano. La medalla de centurión y la Corona Mural brillaron en su chaqueta.
—¡Quinta cohorte! —gritó—.¡Coged vuestras armas de oro imperial aquí!
Los campistas se recuperaron del shock y se acercaron al carro. Percy hizo lo mejor que pudo pasando armas a los campistas lo más rápido que pudo.
—¡Vamos, vamos, vamos! —les apremió Dakota, sonriendo como un loco mientras se tomaba un trago de Kool-Aid de su termo—. ¡Nuestros compañeros necesitan nuestra ayuda!
Cuando la Quinta Cohorte estuvo equipada con armas, escudos y yelmos nuevos, no parecían demasiado consecuentes, más bien parecían haber salido de unas rebajas del rey Midas. Pero se habían convertido en nada, en la más poderosa cohorte de la legión.
—¡Seguid el águila! —les ordenó Frank—. ¡A la batalla!
Los campistas le aclamaron. Mientras Percy y la señorita O’Leary avanzaron abriendo la comitiva, la cohorte entera les siguió, pareciendo unos guerreros armados con brillantes armas doradas sedientos de sangre.
Atacaron con violencia a una horda de centauros salvajes que estaban atacando a la Tercera Cohorte. Cuando los campistas de la Tercera vieron el águila, gritaron como locos y lucharon con unas fuerzas renovadas. Los centauros no tuvieron oportunidad. Las dos cohortes los destrozaron. Pronto no quedó nada más que montones de polvo y algunos cuernos y herraduras. Percy esperó que Quirón pudiera perdonarle, pero aquellos centauros no eran como los hermanos que había conocido. Eran de otra raza. Tenían que ser vencidos.
—¡Formad filas! —gritaron los centuriones. Las dos cohortes se juntaron, haciéndose notar su entrenamiento militar. Los escudos se juntaron y marcharon a la batalla contra los Nacidos de la Tierra.
Frank gritó:
—¡Pila!
Cientos de lanzas se alzaron, preparadas para la lucha. Cuando Frank gritó:
—¡Fuego!
Éstas salieron por los aires, una ola de muerte atravesó a los monstruos de los seis brazos. Los campistas alzaron las espadas y avanzaron hacia el centro de la batalla.
En la base del acueducto, la Primera y Segunda Cohortes estaban intentando rodear a Polibotes, pero estaban siendo machacadas. Los Nacidos de la Tierra restantes lanzaban proyectiles de piedras y barro. Los espíritus del grano, los karpoi, aquellos pequeños cupidos-piraña, atravesaban los campistas, alzándolos por los aires con un tornado de hierba alta, sacándoles de las filas. El gigante mismo se quitaba basiliscos del pelo. Cada vez que éstos aterrizaban, los romanos retrocedían de puro pánico. Juzgando por los escudos corroídos y por las plumas humeantes de los yelmos, ya habían aprendido que los basiliscos escupían fuego y veneno.
Reyna sobrevolaba el gigante, intentando atacar con una jabalina cada vez que giraba su atención hacia las tropas del suelo. Su capa morada ondeaba con el viento, su armadura dorada brillaba y Polibotes zarandeaba su tridente y extendía su red, pero Escipión era igual de ágil que Arión.
Entonces Reyna vio a la Quinta Cohorte yendo en su ayuda con el águila. Estaba tan aturdida, que el gigante casi la barre del suelo, pero Escipión le esquivó. Reyna buscó los ojos de Reyna y le dedicó una amplia sonrisa.
—¡Romanos! —su voz resonó por el campo de batalla—. ¡Uníos con el águila!
Los semidioses y los monstruos se giraron y miraron boquiabiertos a Percy dar vueltas subido a su perro del infierno.
—¿Qué es esto? —pidió Polibotes—. ¡¿Qué es esto?!
Percy sintió un tirón de poder recorriendo el estandarte. Alzó el águila y gritó:
—¡DUODECIMA LEGIO FULMINATA!
Un trueno resonó por todo el valle. El águila soltó un flash cegador, y cientos de relámpagos explotaron de sus alas doradas, arqueándose delante de Percy como si fueran las ramas de un enorme árbol muerto, conectándose con los monstruos más cercanos, yendo de uno a otro, ignorando por completo las fuerzas roanas. Cuando los relámpagos se detuvieron, la Primera y la Segunda Cohortes se enfrentaban a un sorprendido gigante y a varios miles de montones humeantes de ceniza. La línea central enemiga había desaparecido. La mirada de Octavian no tenía precio. El centurión miraba a Percy en estado de shock, entonces se enfureció. Entonces, cuando sus propias tropas comenzaron a ovacionar, no tuvo opción sino que unirse al griterío:
—¡Roma! ¡Roma! ¡Roma!
El gigante Polibotes retrocedió, inquieto, pero Percy sabía que la batalla no había terminado.
La Cuarta Cohorte seguía rodeada de cíclopes. Incluso el elefante Aníbal tenía problemas rodeado de tantos monstruos. Su negra armadura kevlar estaba tan destruida que su etiqueta solo decía “Aní”.
Los veteranos y los lares en el flanco occidental estaban siendo empujados hacia la ciudad. La torre de asedio de los monstruos seguía expulsando bolas de cañón verdes hacia las calles. Las gorgonas habían dejado fuera de combate las águilas gigantes y ahora volaban sin ser desafiadas por encima de los centauros restantes y los Nacidos de la Tierra, intentando alcanzarles.
—¡Proteged vuestros puestos! —gritaba Esteno—. ¡Tengo muestras gratuitas!
Polibotes berreó. Una docena de basiliscos cayeron de su pelo, convirtiendo la hierba en amarillo, envenenándola.
—Crees que esto lo cambia todo, ¿Percy Jackson? ¡No puedo ser destruido! ¡Acércate, hijo de Neptuno! ¡Te destruiré!
Percy desmontó. Le pasó a Dakota el águila.
—Eres el centurión sénior de la cohorte. Cuida de esto.
Dakota parpadeó, entonces se irguió, orgulloso. Dejó caer su termo de Kool-Aid y cogió el águila.
—Lo llevaré con honor.
—Frank, Hazel, Tyson—dijo Percy—, ayudad la Cuarta Cohorte. Tengo un gigante que matar.
Alzó Contracorriente, pero antes de que pudiera avanzar, unos cuernos sonaron en las colinas del norte. Otro ejército apareció: cientos de guerreras con trajes de camuflaje gris y negro, armadas con lanzas y escudos. Intercalados con las filas había una docena de carretillas de guerra, con sus dientes afilados brillando al atardecer y con bolas ardiendo cargadas en sus ballestas.
—Amazonas—dijo Frank—. Genial.
Polibotes rió.
—¿Veis? Nuestros refuerzos acaban de llegar. ¡Roma caerá hoy!
Las amazonas bajaron sus lanzas y llegaron colina abajo. Sus carretillas entraron en batalla. El ejército del gigante ovacionó, hasta que las amazonas cambiaron de camino y atacaron a los monstruos por el flanco intacto del lado este.
—¡Amazonas, al ataque! —en la carretilla más grande se alzaba una chica que parecía una versión mayor de Reyna, vestida con una armadura de combate negra y un cinturón dorado brillando alrededor de su cintura.
—¡La Reina Hylla! —dijo Hazel— ¡Ha sobrevivido!
La reina amazona gritó:
—¡A la ayuda de mi hermana! ¡Destruid esos monstruos!
—¡Destruir! —el grito de sus tropas resonó por todo el valle.
Reyna llevó su pegaso hacia Percy. Sus ojos brillaron. Su cara decía: “Podría abrazarte ahora mismo”. Pero gritó:
—¡Romanos! ¡Avanzad!
El campo de batalla se convirtió en un absoluto caos. Las filas de amazonas y las de los romanos se unieron contra el enemigo. Pero Percy tenía una única meta. Se dirigió al gigante.
—Tú y yo. Hasta el final.
Se encontraron cerca del acueducto, que había sobrevivido de alguna manera a la batalla. Polibotes arregló aquello. Agarró su tridente y golpeó el arco de ladrillos más cercano, desatando una cascada.
—Vamos, entonces, ¡hijo de Neptuno! —se burló Polibotes—. ¡Déjame ver tu poder! ¿El agua se mueve a tu antojo? ¿Te sana? Pero nací para enfrentarme a Neptuno.
El gigante inclinó su mano hacia el agua. Cuando el torrente pasó por sus dedos se convirtió en un color verde oscuro. Le lanzó un poco a Percy, quien instintivamente la esquivó con su voluntad. El líquido salpicó el suelo delante de él. Con un sonido extraño, la hierba se volvió blanca y expulsó humo.
—Mi piel convierte el agua en veneno—dijo Polibotes—. ¡Veamos qué le hace a tu sangre!
Lanzó su red a Percy, pero Percy rodó y se apartó. Le lanzó la cascada directa a la cara del gigante. Mientras Polibotes estuvo cegado, Percy atacó. Hundió Contracorriente en el estómago del gigante, la retiró y se apartó, dejando al gigante gritando de dolor.
El golpe debió haber disuelto a cualquier monstruo menor, pero Polibotes se tambaleó y miró hacia abajo al icor dorado, la sangre de los inmortales, saliendo de su herida. El corte se estaba cerrando.
—Buen intento, semidiós—le espetó—. Pero te destrozaré.
—¡Tendrás que capturarme! —dijo Percy.
Se giró y corrió hacia la ciudad.
—¿Qué? —gritó el gigante con incredulidad —. ¿Corres, cobarde? ¡Quédate aquí y muere!
Percy no tenía ninguna intención de quedarse, pero sabía que no podría matar a Polibotes solo. Pero tenía un plan.
Pasó al lado de la señorita O’Leary, que alzó la vista con curiosidad con una gorgona retorciéndose en su boca.
—¡Estoy bien! —gritó Percy mientras corrió a su lado, seguido de un gigante sediento de sangre.
Saltó por encima de un escorpión ardiendo y se agachó mientras Aníbal apartaba a un cíclope de su camino. Por el rabillo del ojo, vio a Tyson aporreando a los Nacidos de la Tierra hacia el suelo como si fuera un juego. Ella revoloteaba a su alrededor, lanzando misiles y aconsejando:
—La ingle. La ingle del Nacido de la Tierra es sensible.
¡CHAS!
—Bien. Sí. Tyson ha encontrado su ingle.
—¿Percy necesita ayuda? —le llamó Tyson.
—¡Estoy bien!
—¡Muere! —gritó Polibotes, acercándose rápidamente. Percy siguió corriendo.
En la lejanía, vio a Hazel y a Arión galopando por el campo de batalla, destrozando centauros y karpoi. Un espíritu del grano gritaba:
—¡Trigo! ¡Te vamos a dar trigo!
Pero Arión le redujo en un montón de cereales de desayuno. La Reina Hylla y Reyna unieron fuerzas, carretilla y pegaso cabalgando juntos, destrozando las sombras de los guerreros caídos. Frank se convirtió en un elefante y destrozó algunos cíclopes y Dakota sujetó bien alto el águila dorada, lanzando relámpagos a cualquier monstruo que osara desafiar a la Quinta Cohorte.
Todo estaba bien, pero Percy necesitaba una ayuda distinta. Necesitaba un dios.
Miró hacia atrás y vio que el gigante estaba tan cerca que podría haber alargado su brazo y le habría atrapado. Para ganar tiempo, Percy se agachó bajo una de las columnas del acueducto. El gigante alzó su tridente y cuando la columna se derrumbó, Percy usó el agua desatada y la guió hasta el choque, dejando caer varias toneladas de ladrillos sobre la cabeza del gigante.
Percy salió disparado hasta los límites de la ciudad.
—¡Término! —gritó.
La estatua más cercana del dios estaba a unos sesenta metros. Sus ojos de piedra miraron a Percy mientras éste se acercaba.
—¡Completamente inaceptable! —se quejó—. ¡Los edificios están en llamas! ¡Invasores!¡Sácales de aquí, Percy Jackson!
—Eso intento—dijo—. Pero está el gigante, Polibotes.
—¡Sí, lo sé! Espera. Permíteme un minuto—Término cerró los ojos para concentrarse. Una llameante bola de cañón verde sobrevoló sus cabezas y se vaporizó al instante—. No puedo detener todos los misiles— se quejó Término—. ¿Por qué no pueden ser más civilizados y atacar más lentamente? Solo soy un dios.
—Ayúdame a matar al gigante—dijo Percy—. Y esto habrá terminado. Un dios y un semidiós luchando juntos, es la única forma de matarlos.
Término husmeó.
—Yo protejo las fronteras. No mato gigantes, no está en mi contrato laboral.
—¡Vamos, Término! —Percy se adelantó, y el dios pegó un gritito, indignado.
—¡Detente ahí, jovencito! ¡No se permiten armas dentro del pomerium!
—¡Pero estamos siendo atacados!
—¡No me importa! Las reglas son las reglas. Cuando la gente no sigue las reglas, me pongo muy, muy enfadado.
Percy sonrió.
—Memorízalo bien— se giró hacia el gigante—. ¡Eh, feo!
—¡GROAR! —Polibotes salió de entre las ruinas del acueducto. El agua seguía goteando, convirtiéndose en veneno y creando un territorio humeante alrededor de sus pies—. ¡Morirás lentamente! —le prometió el gigante. Recogió su tridente que goteaba con veneno verde.
A su alrededor, la batalla estaba terminando. Cuando el último monstruo fue destruido, los amigos de Percy comenzaron a unirse, haciendo un anillo alrededor del gigante.
—Te haré prisionero, Percy Jackson—le espetó Polibotes—. Te torturaré bajo el mar. Cada día el agua te sanará y cada día te acercaré más a la muerte.
—Buena oferta—dijo Percy—. Pero creo que te mataré a ti en vez de aceptarla.
Polibotes gritó, furioso. Movió la cabeza, y más basiliscos cayeron de su pelo.
—¡Vienen más! —gritó Frank.
Un caos se extendió por entre las filas. Hazel espoleó a Arión y se interpuso entre los basiliscos y los campistas. Frank cambió de forma, convirtiéndose en algo más delgado y peludo… ¿una comadreja? Percy pensó que Frank se había vuelto loco, pero cuando Frank atacó a los basiliscos, éstos se volvieron locos. Salieron corriendo con Frank persiguiéndoles convertido en una comadreja.
Polibotes señaló con su tridente y corrió hacia Percy. Cuando el gigante llegó al pomerium, Percy se apartó de un salto, como un torero. Polibotes se estampó contra los límites de la ciudad.
—¡ESO ES! —gritó Término—. ¡ESO VA CONTRA LAS REGLAS!
Polibotes frunció el ceño, obviamente confundido de que lo que le hablaba era una estatua.
—¿Tú qué eres? —gruñó—. ¡Cállate!
Apartó la estatua y se giró hacia Percy.
—¡ME HE VUELTO LOCO! —gritó Término—. ¡TE ESTOY ESTRANGULANDO! ¿LO NOTAS? ESAS SON MIS MANOS ALREDEDOR DE TU CUELLO, VACA ENORME. ¡SAL DE AQUÍ! ¡TE VOY A DAR UN CABEZAZO TAN GRANDE QUE…!
—¡Basta! —el gigante pisó la estatua y ésta dividió a Término en tres partes: pedestal, cuerpo y cabeza.
—¡NO LO VAS A HACER! —gritó Término—. Percy Jackson, hagámoslo. ¡Matemos a este zoquete!
El gigante rió tan fuerte que no se dio cuenta de que Percy estaba atacándole hasta que fue demasiado tarde. Percy saltó, esquivando la rodilla del gigante, y condujo Contracorriente justo a través de una de las bocas metálicas de la coraza de Polibotes, hundiendo el bronce celestial hasta el pecho. El gigante se tambaleó, tropezando con el pedestal de Término y cayéndose al suelo.
Mientras intentaba levantarse, arañando para librarse de la espada en su pecho, Percy levantó la cabeza de la estatua.
—¡Nunca ganarás! —gruñó el gigante—. ¡No puedes vencerme solo!
—No estoy solo—Percy alzó la estatua por encima de la cabeza del gigante—. Me gustaría presentarte a mi amigo Término. ¡Es un dios!
Demasiado tarde, Polibotes se dio cuenta de lo que sucedía y tuvo miedo. Percy estampó la cabeza del dios lo más fuerte que pudo en la cabeza del gigante, y éste se disolvió, reduciéndose en un montón de algas humeantes, piel de reptil y mocos venenosos.
Percy se tambaleó, completamente exhausto.
—¡Ja! —dijo la cabeza de Término—. Eso le enseñará a obedecer las normas de Roma.
Durante un momento, el campo de batalla se quedó en silencio excepto por un crepitar de las llamas, y por unos monstruos que huían gritando de miedo.
Un estrecho círculo de romanos y amazonas estaban alrededor de Percy. Tyson, Ella y la señorita O’Leary estaban allí. Frank y Hazel le sonreían con orgullo. Arión estaba mordisqueando sin descanso un escudo dorado.
Los romanos comenzaron a entonar:
—¡Percy, Percy, Percy!
Se acercaron hacia él. Antes de que pudiera darse cuenta, le estaban alzando en un escudo. El clamor cambió a:
—¡Pretor! ¡Pretor! ¡Pretor!
Por encima de los vítores, estaba Reyna misma, que le extendió la mano y Percy se la estrechó, recibiendo su felicitación. Entonces la multitud de romanos le llevaron por el pomerium, evitando las estatuas de Término, y le escoltaron hasta el Campamento Júpiter.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 10:23 am

Capítulo 51
Percy
EL FESTIVAL DE FORTUNA NO TENÍA NADA que ver con una tuna, que en parte alegró a Percy.
Los campistas, las amazonas y los lares llenaron el comedor para celebrar una gran cena. Incluso los faunos estuvieron invitados, ya que habían ayudado vendando a los heridos después de la batalla. Las ninfas del viento corrían por la habitación, repartiendo pizzas, hamburguesas, filetes, ensaladas, comida china, burritos y todo, volando una velocidad de vértigo.
A pesar de la batalla exhaustiva, todo el mundo estaba de buen humor. Los heridos habían sido curados, y unos pocos campistas que habían muerto durante la batalla habían vuelto a la vida, como Gwen que no había sido llevada al Inframundo. Quizá Tánatos había hecho la vista gorda. O quizá Plutón les había dado un pase, como había hecho con Hazel. Fuera lo que fuera, nadie se quejó.
Estandartes de todos los colores de los romanos y las amazonas colgaban a todos los lados de las vigas. La restaurada águila dorada se alzaba orgullosamente detrás de la mesa del pretor, y las paredes estaban decoradas con cornucopias, cuernos mágicos llenos de cascadas de frutas, chocolate y galletas recién horneadas.
Las cohortes estaban mezcladas con las amazonas, yendo de sofá en sofá a su placer, y por primera vez los soldados de la Quinta eran bienvenidos en todas partes. Percy cambió de asiento tantas veces que perdió la pista de su cena.
Había tanto flirteo y tanto abrazo, que hasta las amazonas se vieron involucradas. Hubo un momento en el que Percy fue arrinconado por Kinzie, la amazona que le había desarmado en Seattle. Tuvo que explicar que ya tenía una novia. Afortunadamente Kinzie se lo tomó bien. Le dijo lo que había pasado cuando abandonaron Seattle, cómo Hylla había vencido a la desafiante Otrera dos noches consecutivas, por lo que las amazonas la llamaban la reina Hylla, la que mata dos veces.
—Otrera se quedó muerta la segunda vez—dijo Kinzie sin inmutarse—. Tenemos que agradecerte eso. Si alguna vez buscas novia… bueno, creo que te quedaría genial un collar de hierro y un mono naranja.
Percy no supo decir si bromeaba o no. Se lo agradeció, educadamente y cambiaron asientos.
Cuando todo el mundo hubo comido y los platos dejaron de flotar, Reyna dio un discurso breve. Dio la bienvenida formalmente a las amazonas, agradeciéndoles su ayuda. Entonces abrazó a su hermana y todo el mundo aplaudió.
Reyna alzó sus brazos para callar la multitud.
—Mi hermana y yo llevábamos sin vernos cara a cara…
Hylla rió.
—Eso es quedarse corto.
—Ella se unió a las amazonas—siguió Reyna—. Yo me uní al Campamento Júpiter. Pero mirando esta habitación, creo que escogimos los caminos adecuados. Extrañamente, nuestros destinos no habrían sido posibles sin el héroe al que habéis aclamado como pretor en el campo de batalla, Percy Jackson.
Hubo más ovaciones. Las hermanas alzaron sus copas hacia Percy y brindaron por él.
Todo el mundo pidió que él hablara, pero Percy no sabía de qué hablar. Protestó diciendo que no era el mejor para ser pretor, pero los campistas ahogaron su voz en un aplauso. Reyna le quitó la tableta de probatio del cuello. Octavian le lanzó una mirada seca, se giró a la multitud y sonrió como si todo fuera idea suya. Destripó un osito de peluche y pronunció unos augurios para el año que venía: Fortuna les bendeciría. Pasó su brazo sobre los hombros de Percy y gritó:
—¡Percy Jackson, hijo de Neptuno, primer año de servicio!
Los símbolos romanos ardieron en el antebrazo de Percy: un tridente, las letras SPQR y una sola raya. Parecía que alguien estuviera presionando hierro ardiendo contra su brazo, pero Percy se las arregló para no gritar.
Octavian le abrazó y le susurró:
—Espero que duela.
Entonces Reyna le dio una medalla con forma de águila y una capa morada, los símbolos de pretor.
—¡Te las mereces, Percy!
La Reyna Hylla le dio un golpecito en la espalda.
—Y he decidido no matarte.
—Eh, gracias—dijo Percy.
Se abrió camino por el comedor de nuevo, con los campistas gritándole para que se sentara con ellos. Vitellius el lar, le siguió, tropezando con su toga morada y reajustándose la espada, diciéndoles a todos cómo había predicho la escalada de Percy hacia el éxito.
—¡Yo pedí que se uniera a la Quinta Cohorte! —dijo el fantasma con orgullo—. ¡Avisté su talento tiempo atrás!
El fauno Don se acercó con un gorro de enfermera y una bandeja de galletas en cada mano.
—¡Tío! ¡Felicidades y esas cosas! ¡Increíble! Eh, ¿tienes cambio?
Toda la atención hizo avergonzarse a Percy, pero era feliz de ver cómo eran tratados Frank y Hazel. Todo el mundo les llamaba salvadores de Roma y se lo merecían. Se habló incluso de reinstalar al tatarabuelo de Frank, Shen Lun, al rango de honor de la legión. Aparentemente no causó el terremoto de 1906.
Percy se sentó durante un rato con Tyson y Ella, que eran huéspedes de honor en la mesa de Dakota. Tyson no dejaba de pedir bocadillos de crema de cacahuete, comiéndolos al mismo tiempo que las ninfas lo repartían. Ella estaba posada en el brazo del sofá, mordisqueando con furia varios rollos de canela.
—Los rollos de canela son buenos para las harpías—dijo—. El veinticuatro de junio es un buen día. Cumpleaños de Roy Disney, Festival de Fortuna, Día de la Independencia de Zanzíbar. Y Tyson.
Miró a Tyson, se sonrojó y apartó la mirada. Después de la cena, la legión entera tuvo la noche libre. Percy y sus amigos fueron hacia la ciudad, que no estaba el todo recuperada de la batalla, pero habían apagado los fuegos, y la mayor parte de los escombros habían sido barridos, y los ciudadanos estaban listos para la celebración.
En el pomerium, la estatua de Término vestía un gorro de fiesta.
—¡Bienvenido, pretor! —dijo—. Si me necesitas para aporrear a algún gigante mientras estas en la ciudad, házmelo saber.
—Gracias, Término—dijo Percy—. Lo apuntaré.
—Sí, bueno. Tu capa de pretor es un centímetro más baja por la izquierda. Así, mucho mejor. ¿Dónde está mi asistente? ¡Iulia!
La niña pequeña salió corriendo de detrás del pedestal. Vestía un vestido verde aquella noche, y su pelo seguía atado con coletas. Cuando sonrió, Percy vio que le comenzaba a crecer los dientes frontales. Sujetaba una caja de sombreros de fiesta.
Percy intentó negarse, pero Iulia puso unos ojos tiernos.
—Seguro—dijo—. Cogeré la corona azul.
Le ofreció a Hazel un gorro de pirata dorado.
—Quiero ser como Percy Jackson de mayor—le dijo Iulia a Hazel, con solemnidad.
Hazel sonrió y le despeinó el pelo.
—Eso es algo muy bueno para ser, Iulia.
—Aunque—dijo Frank, cogiendo un sombrero con la forma de la cabeza de un oso polar—. Frank Zhang también estaría bien.
—¡Frank! —dijo Hazel.
Se pusieron sus gorros y continuaron hacia el foro, que había sido decorado con luces multicolores. Las fuentes brillaban con un color morado. Las cafeterías estaban haciendo el agosto y los músicos callejeros llenaban el aire con sonidos de guitarras, liras, flautas de viento y sonidos de axilas. (Percy no entendió eso último. Quizá fuera una tradición musical romana).
La diosa Iris también debería estar dispuesta a participar en la fiesta. Mientras Percy y sus amigos pasaron por la dañada Casa del Senado, un brillante arcoíris apareció en el cielo nocturno. Por desgracia, la diosa les envió otra bendición, una lluvia de pasteles sin gluten del COVEA, pasteles que Percy supuso que harían la limpieza más difícil, o una reconstrucción más fácil. Los pasteles servirían como unos ladrillos excelentes.
Por un momento, Percy se paseó por las calles con Hazel y Frank, que seguían rozándose los hombros.
Finalmente dijo:
—Estoy un poco cansado, chicos. Seguid vosotros.
Cuando volvió al campamento, vio a la señorita O’Leary jugando con Aníbal en los Campos de Marte. Finalmente había encontrado un amigo con el que podría jugar. Siguieron dando vueltas, chocándose entre ellos, rompiendo fuertes y pasando un tiempo excelente.
En las puertas fortificadas, Percy se detuvo y miró por el valle. Parecía tanto tiempo atrás cuando había visto aquello con Hazel, viendo por primera vez el campamento. Ahora estaba más interesado mirando hacia el horizonte occidental.
Mañana, quizá al otro, sus amigos del Campamento Mestizo llegarían. Lo mismo que se preocupaba por el Campamento Júpiter, no podía esperar a ver a Annabeth de nuevo. Añoraba su antigua vida: Nueva York y el Campamento Mestizo, pero algo le decía que pasaría más tiempo hasta que volviera a casa. Gea y los gigantes no habían acabado causando problemas, no durante mucho tiempo.
Reyna le había dado la segunda casa de pretor en la Via Principales, pero en cuanto Percy echó una mirada al interior, sabía que no podría quedarse allí. Estaba bien, pero estaba llena de cosas de Jason Grace. Percy se sintió incómodo al obtener el título de pretor de Jason. Tampoco quería llevarse su casa. Las cosas serían bastante incómodas cuando Jason volviera, y Percy estaba seguro de que sería encima de ese barco de guerra con cabeza de dragón. Percy fue hacia las barracas de la Quinta Cohorte y se subió a su litera. Se durmió al instante. Soñó que llevaba a Juno por el Pequeño Tíber. Estaba vestida como una anciana vestida con una bolsa de plástico, sonriendo y cantando una nana en griego antiguo mientras sus manos con callos rodeaban el cuello de Percy.
—¿Sigues queriéndome pegar una bofetada, cielo? —preguntó.
Percy se detuvo a mitad de camino. La dejó caer y hundió a la diosa en el río.
En el momento que ésta cayó al agua, se desvaneció y reapareció en la ribera.
—Oh, cielo—se rió socarronamente—, eso no ha sido demasiado heroico, ¡incluso en un sueño!
—Ocho meses—dijo Percy—. Me has robado ocho meses de mi vida por una misión que ha tenido lugar durante una semana. ¿Por qué?
Juno chasqueó la lengua, en desaprobación.
—Vosotros, los mortales y vuestras cortas vidas. Ocho meses no es nada, cielo. Yo perdí ocho siglos una vez, gracias al Imperio Bizantino.
Percy convocó el poder del río. El agua se giró a su alrededor, formando espuma.
—Ahora, ahora—dijo Juno—. No te pongas de mal humor. Si vamos a vencer a Gea, nuestros planes deben cronometrarse a la perfección. Primero, necesitaba a Jason y a sus amigos para liberarme de mi prisión…
—¿Tu prisión? ¿Estabas encerrada y te dejaron salir?
—¡No te hagas el sorprendido, cielo! Soy una dulce ancianita. De cualquier manera, no fuiste necesitado en el Campamento Júpiter hasta ahora, para salvar a los romanos en su momento de mayor crisis. Los ocho meses de por medio… bueno, tengo otros planes maquinándose, chico. Oponiéndome a Gea, trabajando a espaldas de Júpiter, protegiendo a tus amigos. ¡Es un trabajo muy costoso! Si también hubiera tenido que protegerte de los monstruos de Gea y los planos y todo, y mantenerte escondido de tus amigos del este durante todo el rato… No, mucho mejor mantenerte seguro durmiendo. Habrías sido una distracción, una bala perdida.
—Una distracción—. Percy sintió el agua alzándose con su furia—. Una bala perdida.
—Exacto. Me alegro de que lo entiendas.
Percy envió una ola directa a la anciana, pero Juno simplemente desapareció y se materializó más lejos en la costa.
—Cielo—dijo—, estás de muy mal humor. Pero sabes que hice lo correcto. Tu tiempo aquí ha sido el perfecto. Confían en ti. Eres el héroe de Roma. Y mientras dormías, Jason Grace se ha ganado la confianza de los griegos. Han tenido tiempo para construir el Argo II. Juntos, tú y Jason uniréis los campamentos.
—¿Por qué yo? —pidió Percy—. Tú y yo nunca nos hemos llevado bien. ¿Por qué querrías una bala perdida en tu equipo?
—Por que te conozco, Percy Jackson. De muchas maneras, eres impulsivo, pero cuando es por tus amigos, eres constante como la aguja de una brújula. Eres inquebrantablemente leal e inspiras lealtad. Eres el pegamento que unirá a los siete.
—Genial—dijo Percy—. Siempre quise ser el pegamento.
Juno hizo crujir sus dedos.
—¡Los héroes del Olimpo deben unirse! Después de tu victoria sobre Cronos en Manhattan, bueno, me temo que eso hirió la autoestima de Júpiter.
—Porque yo tuve razón—dijo Percy—, y él no.
La anciana se estremeció.
—¡Debería estar acostumbrado a eso, tras tantos eones casado conmigo, pero no! mi orgulloso y obstinado marido rechaza preguntar a simples semidioses para ayudarle de nuevo. Cree que los gigantes pueden ser vencidos sin vosotros y que Gea puede ser forzada a retroceder. Yo lo sé bien. Pero debes probarte a ti misma. Solo navegando hacia las tierras ancestrales y cerrando las Puertas de la Muerte convenceréis a Júpiter de que valéis la pena para luchar lado a lado contra los dioses. ¡Será la mayor expedición desde que Eneas huyó de Troya!
—¿Y si no tenemos éxito? —dijo Percy—. ¿Y si los romanos y los griegos no se llevan bien?
—Entonces Gea habrá ganado. Te digo esto, Percy Jackson: la que causará más problemas es la más cercana a ti, la que más me odia.
—¿Annabeth? —Percy sintió su ira crecer—. Nunca te ha gustado. ¿Ahora la llamas liante? No la conoces del todo. Es la persona que más quiero tener a mis espaldas.
La diosa sonrió, secamente.
—Ya veremos, joven héroe. Tiene una dura tarea a la que enfrentarse cuando lleguéis a Roma. Si está lista para ella… lo desconozco.
Percy convocó una oleada de agua y la hizo estallar contra la anciana. Cuando la ola retrocedió, se había ido.
El rio se descontroló, ignorando la voluntad de Percy, y éste se hundió en la oscuridad del río.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 10:23 am

Capítulo 52
Percy
A LA MAÑANA SIGUIENTE, PERCY, HAZEL Y FRANK desayunaron pronto y marcharon a la ciudad antes de que el senado se reuniera. Dado que Percy ahora era pretor, podía ir allí por dónde y cuándo quisiera.
De camino, pasaron por los establos, dónde Tyson y la Señorita O’Leary estaban durmiendo. Tyson roncaba en una cama de heno cerca de los unicornios, con una expresión placentera en su cara como si estuviera soñando con ponis. La señorita O’Leary daba vueltas sobre su espalda y se cubría las orejas con sus patas. En el techo del establo, Ella leía con avidez un montón de pergaminos antiguos romanos, con su cabeza entre sus alas.
Cuando llegaron al foto, se sentaron en la fuente y miraron el sol salir. Los ciudadanos estaban atareados barriendo los pasteles falsos, el confeti, y los gorros de fiesta de la celebración de la noche anterior. El cuerpo de ingenieros estaba trabajando en un arco que conmemoraría la victoria sobre Polibotes.
Hazel dijo que incluso había oído hablar sobre un “triunfo” formal para los tres, un desfile por la ciudad seguidos por una semana de juegos y celebraciones, pero Percy sabía que nunca tendrían oportunidad. No tenían tiempo.
Percy les contó su sueño con Juno.
Hazel frunció el ceño.
—Los dioses estuvieron atareados anoche. Enséñaselo, Frank.
Frank rebuscó entre el bolsillo de su abrigo. Percy creyó que sacaría el leño quemado, pero en vez de eso, sacó un fino libro con una nota escrita con letras rojas.
—Estaban en mi almohada esta mañana—se lo pasó a Percy—. Como si me hubiera visitado el ratoncito Perez.
El libro era “El Arte de la Guerra” por Sun Tzu. Percy nunca había oído hablar de él, pero podía adivinar quién se lo había mandado. La nota decía: “Buen trabajo, chico. La mejor arma de un hombre es su mente. Este era el libro favorito de tu madre. Échale un ojo. Postdata: Espero que tu amigo Percy haya aprendido un poco de respeto hacia mí.”
—Guau—Percy le devolvió el libro—. Quizá Marte sí sea distinto de Ares. No creo que Ares sepa reír.
Frank ojeó las páginas.
—Hay muchas cosas aquí sobre el sacrificio, conociendo el coste de la guerra. En Vancouver, Marte me dijo que tenía que poner mi deber por delante de mi vida o la guerra entera se iría a pique. Creía que se refería a liberar a Tánatos, pero ahora… no lo sé. Sigo vivo, quizá algo peor esté por venir.
Miró con nervios a Percy, y Percy tuvo la sensación de que Frank no se lo estaba contando todo. Se preguntó si Marte le había dicho algo sobre él, pero Percy no estuvo seguro de si quería saberlo.
Además, Frank ya había tenido suficiente. Había visto su casa arder, había perdido a su madre y a su abuela.
—Arriesgaste tu vida—dijo Percy—. Estuviste dispuesto a arder en esta misión. Marte no puede esperar más de ti.
—Quizá—dijo Frank, dubitativo.
Hazel apretó la mano de Frank.
Parecían mucho más cómodos juntos aquella mañana, no como antes que estaban nerviosos e incómodos. Percy se preguntó si habrían comenzado a salir. Esperaba que sí, pero decidió que sería mejor no preguntar.
—Y tú, ¿Hazel? —preguntó Percy—. ¿Plutón te ha dicho algo?
Bajó la mirada. Varios diamantes salieron del suelo a sus pies.
—No—admitió—. De alguna manera, creo que me ha enviado un mensaje a través de Tánatos. Mi nombre no estaba en la lista de almas fugadas, cuando lo debería haber estado.
—¿Crees que tu padre te dio un pase? —preguntó Percy.
Hazel se encogió de hombros.
—Plutón no puede visitarme o hablarme sin admitir que sigo viva. Entonces tendría que reforzar las leyes de la muerte y tendrá que obligar a Tánatos a llevarme de nuevo al Inframundo. Creo que mi padre está haciendo la vista gorda. Creo… creo que quiere que encuentre a Nico.
Percy miró al amanecer, esperando ver un barco de guerra descendiendo del cielo. Pero, no había nada.
—Encontraremos a tu hermano—le prometió Percy—. En cuanto el barco llegue, navegaremos hacia Roma.
Hazel y Frank intercambiaron miradas nerviosas, como si ya hubieran hablado sobre aquello.
—Percy…—dijo Frank—. Si quieres que vayamos, iremos. Pero, ¿estás seguro? Me refiero… sabemos que tienes miles de amigos en el otro campamento. Y ahora podrías escoger a cualquiera del Campamento Júpiter. Si no formamos parte de los siete, entenderemos que…
—¿Bromeáis? —dijo Percy—. ¿Creéis que voy a dejar a mi equipo atrás? ¿Después de haber sobrevivido al germen de trigo de Fleecy, de haber corrido delante de unos caníbales, de escondernos tras un gigantesco trasero azul en Alaska? ¡Vamos, hombre!
La tensión se rompió. Los tres comenzaron a reír, quizá un poco demasiado, pero era un alivio estar vivo, con el brillo y el calor del sol sin preocuparse, al menos por el momento, sobre caras siniestras apareciendo en las sombras de las colinas.
Hazel respiró hondo.
—La profecía que dijo Ella, sobre una hija de la sabiduría, y la marca de Atenea ardiendo a través de Roma… ¿sabes de qué va?
Percy recordó su sueño. Juno le había advertido que Annabeth tenía un trabajo difícil por hacer, y que sería la que causara más problemas para la misión. No podía creérselo, pero aún así… le preocupaba.
—No estoy seguro—admitió—. Creo que hay más de esa profecía. Quizá Ella pueda recordar el resto de ella.
Frank se metió el libro en su bolsillo.
—Tenemos que llevarla con nosotros, me refiero, por su propia seguridad. Si Octavian descubre que Ella ha memorizado los Libros de la Sibila…
Percy se estremeció. Octavian usaría las profecías para mantener su poder sobre el campamento. Ahora Percy le había quitado su oportunidad de pretor, Octavian buscaría otras maneras de ejercer influencia. Si descubría lo de Ella…
—Tienes razón—dijo Percy—. Tenemos que protegerla. Espero que podamos convencerla…
—¡Percy! —Tyson llegó corriendo por el foro con Ella revoloteando a su alrededor con un pergamino en sus garras. Cuando alcanzaron la fuente, Ella dejó caer el pergamino en el regazo de Percy.
—Envío especial—dijo—. De un aura, un espíritu del viento. Sí, Ella tiene un envío especial.
—¡Buenos días, hermanos! —Tyson tenía heno en su pelo y mantequilla de cacahuete en sus dientes—. El pergamino es de Leo. Es divertido y bajito.
El pergamino no parecía nada raro, pero cuando Percy lo extendió por su regazo, una grabación de vídeo parpadeó en el pergamino. Un chico vestido con una armadura griega les sonreía. Tenía una cara traviesa, el pelo rizado y negro, y unos ojos alocados, parecía haberse tomado unas cuantas tazas de café. Estaba sentado en una habitación oscura con paredes de madera como el interior de un barco. Unas lámparas de aceite colgaban a un lado y a otro del techo. Hazel ahogó un grito.
—¿Qué? —preguntó Frank— ¿Qué pasa?
Poco a poco, Percy se dio cuenta de que el chico con el pelo rizado le era familiar, y no solo de sus sueños. Había visto su cara en una foto antigua.
—¡Eh! —dijo el chico en el vídeo—. Saludos de vuestros amigos del Campamento Mestizo, etcétera. Soy Leo. Soy el…—miró fuera de cámara y gritó: —¿Cuál es mi título? Soy algo así como el almirante, el capitán, o…?
Una chica le devolvió el grito:
—El chico de las reparaciones.
—Muy gracioso, Piper—gruñó Leo. Se volvió a cámara—. Sí, bueno… soy… el…comandante supremo del Argo II. ¡Sí, me gusta eso! De todas formas, vamos a navegar hacia vosotros en unos, no sé, un par de horas en este gigantesco barco de guerra. Os lo agradeceríamos si no nos, bueno, nos quitáis del cielo a cañonazos y esas cosas. ¡Así que, bueno! Si pudierais decírselo a los romanos… Gracias. Nos vemos pronto. Vuestros queridos amigos semidioses y todo eso. Paz.
El pergamino se apagó.
—No puede ser—dijo Hazel.
—¿Qué? —preguntó Frank—. ¿Conoces a ese chico?
Hazel parecía haber visto un fantasma. Percy entendió por qué. Recordó la fotografía en la casa abandonada de Hazel en Seward. El chico del barco era exactamente igual que el antiguo novio de Hazel.
—Es Sammy Valdez—dijo—. Pero, ¿cómo?
—No puede ser—dijo Percy—. Ese chico se llama Leo. Y han pasado setenta y pico años. Tiene que ser una…
Quiso decir “coincidencia”, pero no podía creérselo ni él. Después de haber vivido lo que había vivido y haber visto tantas cosas: destino, profecía, magia, monstruos… Pero nunca se había topado con una coincidencia.
Fueron interrumpidos por unos cuernos sonando en la distancia. Los senadores llegaron desfilando al foro con Reyna guiándoles.
—Es la hora de la asamblea—dijo Percy—. Vamos. Tenemos que advertirles sobre el barco de guerra.

***

—¿Por qué deberíamos confiar en los griegos? —decía Octavian.
Había estado paseándose por el senado durante cinco minutos, de un lado para otro, intentando asimilar lo que le había dicho Percy sobre el plan de Juno y la Profecía de los Siete.
El senado se mantenía en silencio, pero muchos tenían miedo de interrumpir a Octavian mientras estaba discurriendo. Mientras tanto, el sol se alzaba en el cielo, brillando a través del techo roto del senado dándole un foco de luz natural a Octavian.
La Casa del Senado estaba llena. La Reina Hylla, Frank y Hazel estaban sentados al frente de la fila con los senadores. Los veteranos y los fantasmas llenaban las filas posteriores. Incluso a Tyson y Ella les habían permitido estar presentes al fondo. Tyson no dejaba de saludar y sonreír a Percy.
Percy y Reyna ocupaban los asientos de pretores en la tarima, lo que le hacía a Percy sentirse un tanto acomplejado. Parecer digno de ocupar aquél lugar vistiendo una sábana y una capa morada no era fácil.
—El campamento está seguro—siguió Octavian—. ¡Yo fui el primero en felicitar a nuestros héroes por traer de vuelta el águila de la legión y tanto oro imperial! Hemos sido bendecidos con muy buena suerte. ¿Pero por qué más? ¿Para qué tentar al destino?
—Me alegro de que preguntes—Percy se levantó, aprovechando la pregunta.
Octavian balbuceó.
—Yo no…
—…formaste parte de la misión—dijo Percy—, lo sé. Y si me permites decirlo, yo sí.
Algunos senadores se rieron por lo bajo. Octavian no pudo hacer nada más que sentarse e intentar no parecer avergonzado.
—Gea está despertando—dijo Percy—. Hemos vencido a dos de sus gigantes, pero ese es solo el comienzo. La guerra de verdad tendrá lugar en las tierras ancestrales de los dioses. La misión nos llevará a Roma, y luego a Grecia.
Una oleada incómoda se extendió por el senado.
—Lo sé, lo sé—dijo Percy—. Siempre habéis creído que los griegos son vuestros enemigos. Pero creo que tenéis una buena razón para pensarlo, creo que los dioses nos han mantenido separados a ambos campamentos, porque cada vez que nos encontramos, luchamos. Pero eso puede cambiar. Tiene que cambiar si queremos vencer a Gea. Eso es lo que significa la Profecía de los Siete. Siete semidioses, griegos y romanos, tendrán que cerrar las Puertas de la Muerte juntos.
—¡Ja! —gritó un lar de la fila del fondo—. La última vez que un pretor intentó interpretar la Profecía de los Siete, fue Michael Varus, que perdió nuestra águila en Alaska. ¿Por qué deberíamos creerte?
Octavian sonrió. Algunos de sus aliados en el senado comenzaron a asentir y a murmurar. Incluso algunos de los veteranos parecían incómodos.
—Llevé a Juno a través del Tíber—les recordó Percy, hablando lo más serio que pudo—. Ella me dijo que la Profecía de los Siete se avecinaba. Marte también se os apareció en persona. ¿No creéis que vuestros dos dioses más importantes no aparecerían en el campamento si la situación no fuera importante?
—Tiene razón—dijo Gwen en la segunda fila—. Yo, confío en la palabra de Percy. Griego o no, ha restaurado el honor de la legión. Ya le visteis en el campo de batalla anoche. ¿Alguien se atrevería a decir que no es un verdadero héroe de Roma?
Nadie discutió. Algunos asintieron, estando de acuerdo.
Reyna se levantó. Percy la miró, con ansia. Su opinión podría cambiarlo todo, a mejor o a peor.
—Dices que es una misión combinada—dijo—. Dices que Juno pretende que trabajemos juntos con esos, ese otro grupo del Campamento Mestizo. Aunque los griegos han sido enemigos nuestros durante eones. Son conocidos por sus engaños.
—Quizá—dijo Percy—. Pero los enemigos pueden convertirse en amigos. Hace una semana, ¿me habríais creído si os digo que los romanos y las amazonas habrían luchado codo con codo?
La Reina Hylla rió.
—Tiene razón.
—Los semidioses del Campamento Mestizo ya han trabajado junto al Campamento Júpiter—dijo Percy—. No nos dimos cuenta. Durante la Titanomaquia del último verano, mientras estabais atacando el Monte Othrys, nosotros estábamos defendiendo el monte Olimpo en Manhattan. Luché contra Cronos en persona.
Reyna retrocedió, y casi se tropezó con su toga.
—Tú, ¿qué?
—Sé que es difícil de creer—dijo Percy—. Pero creo que me he ganado vuestra confianza. Estoy de vuestro lado. Hazel y Frank, quieren ir conmigo a esta misión. Los otros cuatro vienen de camino del Campamento Mestizo ahora mismo. Uno de ellos es Jason Grace, vuestro antiguo pretor.
—¡Oh, vamos! —gritó Octavian—. Está liando las cosas.
Reyna frunció el ceño.
—Es mucho que creer. ¿Jason va a volver con un puñado de semidioses griegos? Dices que van a aparecer en el cielo con un barco de guerra altamente armado, pero que no nos deberíamos preocupar.
—Sí—Percy miró hacia las filas, nervioso, dudando de los espectadores—. Dejadles aterrizar. Escuchadles. Jason respaldará todo lo que os estoy diciendo. Lo juro por mi vida.
—¿Por tu vida? —Octavian miró con persuasión al senado—. Recordaremos eso, si resulta ser un engaño.
Como en respuesta, un mensajero llegó corriendo a la Casa del Senado, tosiendo como si hubiera corrido desde el campamento:
—¡Pretores! Lamento interrumpir, pero nuestros vigías han avistado un…
—¡Barco! —dijo Tyson, alegre, señalando el agujero en el tejado—. ¡Yuju!
Por supuesto, un barco de guerra griego apareció entre las nubes, a una media milla, descendiendo hacia la casa del Senado. Al acercarse, Percy pudo ver los escudos de bronce brillando a ambos lados, con las velas hinchadas y un mascarón de proa que le era muy familiar, con la forma de un dragón metálico. En el mástil más alto, una gran bandera blanca ondeaba al viento.
El Argo II. Era el barco más increíble que había visto.
—¡Pretores! —gritó el mensajero—. ¿Cuáles son sus órdenes?
Octavian se puso en pie.
—¿Necesitas preguntar? —su cara estaba roja de rabia. Estaba destrozando un osito de peluche—. ¡Los augurios son horribles! Esto es un truco, un engaño. ¡Temed de los regalos de los griegos!
Señaló con el dedo a Percy.
—Sus amigos están atacando con un barco de guerra. ¡Les ha traído aquí! ¡Debemos atacar!
—No—dijo Percy, firmemente—. Me habéis escogido como pretor por una razón. Lucharé para defender este campamento con mi vida. Pero esos no son enemigos. Yo digo que nos mantengamos firme, pero no ataquéis. Dejadles aterrizar. Dejadles hablar. Si es un truco, lucharé a vuestro lado, igual que hice la noche anterior. Pero no es un truco.
Todos los ojos se giraron hacia Reyna.
Ella estudió el barco de guerra acercándose. Su expresión se endureció. Si ella vetaba las órdenes de Percy… bueno, no sabía qué podría pasar. Caos y confusión, como mucho.
Seguramente, los romanos seguirían a su líder. Había sido líder mucho más que Percy.
—No disparéis—dijo Reyna—. Pero tened a la legión preparada. Percy Jackson ha sido elegido pretor por vuestra voluntad. Confiaremos en su palabra, a no ser que nos dé una razón obvia para no hacerlo. Senadores, pospongamos nuestra asamblea para más tarde y vayamos al encuentro de… nuestros nuevos amigos.
Los senadores se agolparon fuera del auditorio, o bien por emoción o por miedo. Tyson corrió detrás de ellos, gritando:
—¡Yuju! ¡Yuju! —con Ella revoloteando alrededor de su cabeza.
Octavian le echó una mirada de disgusto a Percy, entonces dejó caer su osito de peluche y siguió a la multitud.
Reyna agarró el hombro de Percy.
—Te apoyo, Percy—dijo—. Confío en tu juicio. Pero por nuestra seguridad, espero que podamos mantener la paz entre nuestros campistas y tus amigos griegos.
—Lo haremos—le prometió—. Ya verás.
Ella miró al barco de guerra. Su expresión se llenó de esperanza.
—Dices que Jason está abordo… eso espero. Le echo de menos.
Marchó hacia el exterior, dejando a Percy solo con Hazel y Frank.
—Van a aterrizar justo en el foro—dijo Frank, nervioso—. A Término le va a dar un ataque de corazón.
—Percy—dijo Hazel—, lo has jurado por tu vida. Los romanos se toman muy en serio eso. Si algo va mal, aunque sea por accidente, Octavian te matará. ¿Lo sabes, verdad?
Percy sonrió. Sabía que había mucho en juego. Sabía que aquél día podría ir terriblemente mal. Pero también sabía que Annabeth estaba en aquél barco. Si las cosas iban bien, podría ser el mejor día de su vida.
Le pasó un brazo alrededor del hombro de Hazel y otro alrededor del de Frank.
—Vamos—dijo—, permitidme presentaros a mi otra familia.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 11:36 am

gracias por subirlo Charlie

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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 06:33 pm

muchas gracias por subir tantos capitulos charly


como rick no se de prisa en escribir o en publicar la marca de atenea, voy hasta texas y le pongo pilas duracel pa que ponga el turbo XD y bueno si charly tarda en subir de helmut haré mas o menos lo mismo XD
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dark_angel96
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/01/12, 07:04 pm

yo te apoyo Wink

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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    20/02/12, 04:18 pm

TODOS queremos que saquen el libro YA, y que lo empiezen a traducir al dia siguiente xD
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    20/02/12, 06:51 pm

Sibi, te has conectado O.o
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    20/02/12, 06:56 pm

Hasta yo me e quedado pasmado xD

Pero lo que dice es razón, todos queremos eso Razz pero más que nada que SI se traduzca >.< que esta saga es jodia su traducción >.<
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/02/12, 07:23 am

lo que habría que hacer es conectarnos con alguna editorial o con la original y joderlos a mensajes hasta que lo traduzcan xD
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/02/12, 09:58 am

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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    

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[52/52] Traducción de The Son Of Neptune
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