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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 [52/52] Traducción de The Son Of Neptune

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Siba Grace
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    26/12/11, 07:25 am

Capitulo 25

PERCY YA SE SENTÍA el semidiós más patético de la historia de lo patético. El bolsito era la gota que colmaba el vaso.

Habían dejado el COVEA a toda prisa, por lo que Iris no había querido supuesto el bolso como una crítica. Lo había llenado a toda prisa con pasteles enriquecidos con vitaminas, pieles de frutas secas, cecina de ternera macrobiótica y unos pocos cristales de buena suerte. Entonces se la había colgado a Percy y había dicho.

—Aquí, necesitaréis esto. Oh, qué bien te queda.

El bolso, perdón, el accesorio masculino tenía los colores del arco-iris y un símbolo de la paz pegado con cuentas de madera y el eslogan “Abraza a todo el mundo”. Percy quiso que pusiera “Abraza al inodoro”. Lo habría tomado como un comentario a su masiva e increíble inutilidad. Mientras navegaban hacia el norte, puso el bolso masculino tan lejos de él como pudo, pero el bote era pequeño.

No podía creerse cómo se había venido abajo cuando sus amigos más le necesitaban. Primero, había sido lo suficientemente inútil como para dejarles solos cuando había vuelto al barco y entonces Hazel había acabado secuestrada. Entonces había visto el ejército yendo al sur y había tenido algún tipo de ataque nervioso. ¿Vergonzoso? Sí. Pero no pudo evitarlo. Cuando había visto aquellos centauros malvados y los cíclopes, le había parecido tan mal, tan incómodo, que había creído que su cabeza explotaría. Y el gigante Polibotes… aquél gigante le había causado una sensación contraria a cuando estaba en el océano. La energía de Percy había sido sustraída, dejándole débil y febril, como si su interior estuviera mermando.

El té medicinal de Iris le había ayudado a sentirse mejor, pero su mente seguía dañada. Había oído historias de amputaciones que tenían dolores fantasmas cuando perdían las piernas y los brazos. Así es como se sentía su mente, como si los recuerdos perdidos siguieran ahí.

Lo peor de todo, cuanto más lejos fuera Percy, esos recuerdos más perdían intensidad. Había comenzado a sentirse bien en el Campamento Júpiter, recordando nombres aleatorios y caras. Pero incluso ahora la cara de Annabeth parecía difusa. En el COVEA, cuando había intentado enviar el mensaje Iris a Annabeth, Fleecy había negado con la cabeza, triste.

“Es como si estuvieras marcando el número de alguien” había dicho “pero has olvidado el número. O alguien está interfiriendo en la señal. Lo siento, cielo. No puedo conectarte.

Percy tenía miedo de dejar de recordar la cara de Annabeth por completo cuando llegara a Alaska. Quizá se levantara un día y ni siquiera recordase su nombre.

Aún así, tenía que concentrarse en la misión. El ver al ejército enemigo le había mostrado a lo que se enfrentaban. Era temprano en la mañana del 21 de junio. Tenían que llegar a Alaska, encontrar a Tánatos, localizar el estandarte de la legión y tenían que llegar al Campamento Júpiter en el atardecer del 24. Cuatro días. Mientras tanto, el ejército enemigo estaba a unas pocas millas de distancia del campamento.

Percy guió el barco a través de fuertes corrientes en la costa norte de California. El viento era frío, pero iba bien, aclarando algunas confusiones en su mente. Doblegó su voluntad para hacer que el barco fuera lo más rápido posible. El casco vibraba mientras el Pax seguía adelante hacia el norte.

Mientras tanto, Hazel y Frank habían intercambiado historias sobre lo acontecido en la tienda de Iris. Frank les había hablado sobre el profeta ciego Fineo en Portland, y cómo Iris le había dicho que sería capaz de decirles dónde estaba Tánatos. Frank no había dicho cómo se las había arreglado para deshacerse de los basiliscos, pero Percy tenía la sensación de que tenía algo que ver con la punta rota de su lanza. Fuera lo que fuera lo que había sucedido, Frank sonaba más asustado de la lanza que de los basiliscos.

Cuando hubo terminado, Hazel le contó a Frank lo que había pasado estando con Fleecy.

—¿Entonces funcionó el mensaje Iris? —preguntó Frank.

Hazel le lanzó a Percy una mirada de simpatía. No mencionó el hecho de que no habían podido contactar con Annabeth.

—Me puse en contacto con Reyna—dijo—. Tienes que lanzar una moneda a un arcoíris y decir un encantamiento como: Oh, Iris, diosa del arcoíris, acepta mi ofrenda. Aunque Fleecy lo ha cambiado un poco. Nos ha dado algo así como su teléfono directo. Así que hay que decir: Oh, Fleecy, hazme un favor. Muéstrame a Reyna en el Campamento Júpiter. Me sentí un poco estúpida, pero funcionó. La imagen de Reyna apareció en el arcoíris, como en una videoconferencia. Estaba en el lavabo. Se asustó muchísimo.

—Habría pagado por verlo—dijo Frank—. Me refiero… su cara. No, ya sabes, a ella en el lavabo.

—¡Frank! —Hazel hizo una cara como si necesitara aire. Era un gesto anticuado, pero mono, de alguna manera—. Bueno, le dijimos a Reyna lo del ejército, pero como dijo Percy, lo sabía más o menos. No cambia nada. Va a hacer lo que pueda para mantener las defensas. A menos de que desatemos la Muerte, y devolvamos el águila…

—El Campmaneto no podrá contener un ejército—acabó Frank—. No, sin ayuda.

Después de aquello, navegaron en silencio.

Percy seguía pensando en los cíclopes y los centauros. Pensó en Annabeth, el sátiro Grover y su sueño de un gigantesco barco de guerra en construcción.

“Vienes de algún lugar” le había dicho Reyna.

Percy deseó poder recordar. Podría pedir ayuda. El campamento Júpiter no podría luchar solo contra los gigantes. Debían de haber aliados en algún lugar.

Toqueteó su colgante, sintiendo las cuentas, la tabla de probatio y el anillo de plata que le había dado Reyna. Quizá en Seattle pudieran hablar con su hermana Hylla. Podría enviar ayuda, si no es que mataba a Percy nada más verlo.

Después de unas horas de navegar, Percy comenzó a cabecear. Tenía miedo de caerse exhausto. Entonces encontró algo en lo que concentrarse. Una orca pasó cerca del barco y Percy mantuvo una conversación mental con él. No fue como hablar, fue algo así:

“¿Puedes llevarnos al norte, lo más cerca de Portland?” preguntó Percy.

“Como focas. ¿Sois focas?” preguntó la orca.

“No. Tengo un bolso masculino lleno de cecina de ternera macrobiótica, si quieres”. Admitió Percy.

La orca se estremeció. “Promete no darme de comer eso y os llevaré al norte”.

“Trato hecho”

En poco tiempo, Percy hizo un arnés de cuerdas y lo puso alrededor de la orca. Fueron mucho más rápido hacia el norte bajo el poder de la orca, y bajo la insistencia de Frank y Hazel, Percy se acomodó para una pequeña siesta.

Sus sueños fueron disociados y de miedo como siempre.

Se imaginó a sí mismo en el Monte Tamalpais, al norte de San Francisco, luchando en la antigua fortaleza de los titanes. No tenía ningún sentido. No había estado con los romanos cuando atacaron, pero lo vio con claridad: un titán con una armadura. Annabeth y otras dos chicas luchando al lado de Percy. Una de las chicas murió en la batalla, Percy se arrodilló ante ella mientras la veía disolverse en estrellas.

Entonces vio el barco de guerra gigante en un embarcadero seco. La cabeza del dragón de bronce brillaba con la luz de la mañana. Las jarcias y el armamento ya estaban listos, pero algo estaba mal. Una trampilla en cubierta estaba abierta, y un humo salía de algo parecido a un motor. Un chico con el pelo rizado negro estaba maldiciendo mientras toqueteaba el motor con una llave inglesa. Otros dos semidioses estaban agachados detrás de él, mirándole, preocupados. Él era un adolescente con el pelo rubio y corto. Ella era una chica con el pelo largo y oscuro, con trenzas.

—¿Sabes que hoy es el solsticio? —dijo la chica—. Se supone que debemos ir hoy.

—¡Lo sé! —el mecánico del pelo rizado aporreó el motor unas pocas veces más—. Podrían ser los motores de propulsión, podrían ser las tuercas del motor, podría ser Gea liándola otra vez. ¡No estoy seguro!

—¿Cuánto tiempo te llevará? —preguntó el chico rubio.

—¿Dos, tres días?

—Puede que no tengan tanto tiempo—les advirtió la chica.

Algo le decía a Percy que se refería al Campamento Júpiter. Entonces la escena cambió.

Vio un chico y su perro corriendo por las colinas amarillas de California. Pero mientras la imagen se enfocaba, Percy se dio cuenta de que no era un chico. Era un cíclope en unos andrajosos tejanos y una camiseta de franela. El perro era una montaña desgarbada de pelaje negro, que bien podría haber sido igual de grande que un rinoceronte. El cíclope llevaba un gigantesco garrote por encima de su hombro, pero Percy no lo vio como un enemigo. Llamó el nombre de Percy… ¿le llamaba hermano?

—Huele aún más lejos—le dijo el cíclope al perro—. ¿Por qué huele aún más lejos?

—¡GUAU! —ladró el perro, y el sueño de Percy cambió.

Vio una cadena de montañas nevadas, tan altas que rompían el cielo. La cara durmiente de Gea apareció en las sombras de las montañas.

“Mi peón valioso”, dijo suavemente, “no temas, Percy Jackson. ¡Ven al norte! Tus amigos morirán, sí. Pero yo te preservaré por ahora. Tengo grandes planes para ti”

En el valle entre las montañas se extendía un gigantesco campo de hielo. El borde del valle caía al mar, con pedazos de hielo constantemente cayendo al agua. En lo alto del campo de hielo se erguía un campamento legionario: murallas, fosos, torres, barracones, como el Campamento Júpiter pero tres veces más grande. En los caminos fuera del principia, una figura vestida con ropas oscuras estaba encadenada en el hielo. La visión de Percy le llevó por detrás de él, al cuartel general del campamento. Allí, en la penumbra, estaba sentado un gigante incluso más grande que Polibotes. Su piel era dorada. Detrás de él estaban expuestos los destrozados y congelados estandartes romanos de una legión, incluyendo una gigantesca y dorada águila con las alas extendidas.

“Te esperamos”, dijo la voz del gigante, “mientras buscáis a tientas en el norte, intentando encontrarme, mis ejércitos destrozarán vuestros preciados campamentos, primero el romano y luego el otro. No podéis ganar, pequeño semidiós.

Percy se despertó dando bandazos a la luz de una mañana gris, con la lluvia cayendo por su cara.

—Y yo creía que dormía profundamente—dijo Hazel—. Bienvenido a Portland.

Percy se incorporó y parpadeó. El escenario a su alrededor era muy distinto al de su sueño, no estaba seguro de si era real. El Pax flotaba en un río oscuro a través de una ciudad. Unas nubes oscuras cruzaban el cielo por encima de ellos. La lluvia fría era tan fina, que parecía estar suspendida en el aire. A la izquierda de Percy se alzaban distintos almacenes industriales y una vía de tren. A su derecha había un pequeño barrio: un grupo de acogedoras chimeneas por la orilla del río y una línea de colinas pobladas de bosque con niebla. Percy se restregó los ojos para despertarse del todo.

—¿Cómo hemos llegado aquí?

Frank le echó una mirada como diciendo: “no te lo vas a creer”:

—La orca nos llevo hasta el río Columbia. Entonces pasó el arnés a una pareja de esturiones de dos metros.

Percy creyó que Frank había dicho centuriones. Se había imaginado a unos soldados romanos con sus cascos y su armadura llevándoles el barco por el agua a nado. Entonces se dio cuenta de que Frank se refería a los esturiones, los peces. Se alegró de no haber dicho nada. Habría sido embarazoso, por que era el hijo del dios del mar y esas cosas.

—De todas formas—siguió Frank—, los esturiones nos llevaron durante un tiempo. Hazel y yo nos turnamos para dormir. Entonces entramos en este río…

—El Willamette—dijo Hazel.

—Correcto—dijo Frank—. Después de eso, el barco comenzó a moverse por sí mismo hasta aquí. ¿Has dormido bien?

Mientras el Pax iba hacia el sur, Percy les habló sobre sus sueños. Intentó concentrarse en lo positivo: el barco de guerra podría llegar para ayudar al Campamento Júpiter. Un cíclope simpático y un perro gigante le estaban buscando. No mencionó lo que dijo Gea de: “Tus amigos morirán”.

Cuando Percy describió el campamento romano en el hielo. Hazel parecía preocupada.

—Entonces Alcioneo está en un glaciar—dijo—. Eso no nos deja las cosas más claras. Alaska tiene cientos de glaciares.

Percy asintió.

—Quizá el tal profeta Fineo nos pueda decir cuál…

El barco se atracó solo en un muelle. Los tres semidioses observaron los edificios del centro de Portland.

Frank se sacudió la lluvia del pelo.

—Así que ahora tenemos que encontrar a un hombre ciego bajo la lluvia—dijo Frank—. Yuju.
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Siba Grace
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    26/12/11, 07:26 am

Capitulo XXVI

NO FUE TAN DURO COMO CREÍAN. El griterío y el látigo de algas ayudaron.

Llevaban chaquetas polares ligeras con sus provisiones, por lo que se adentraron en la fría lluvia y caminaron delante de unos pocos bloques a través de unas calles casi desérticas. Aquella vez Percy fue listo y se había llevado la mayoría de las provisiones del barco. Incluso llevaba la cecina macrobiótica en el bolsillo de su abrigo, en caso de que si necesitaba tratar con alguna que otra orca más.

Vieron algún que otro ciclista y unos cuantos vagabundos apostados en los portales, pero la mayoría de los habitantes de aquella ciudad parecían estar en el interior de sus casas.

Mientras bajaban por Glisan Street, Percy miró con nostalgia a los tipos de un café disfrutando de una bebida caliente y unas pastas. Estaba a punto de sugerir que se pararan para desayunar cuando oyó una voz calle abajo gritando:

—¡JA! ¡CHÚPAOS ESA, ESTÚPIDOS POLLOS! —seguido del ruido de un látigo y muchos graznidos.

Percy miró a sus amigos:

—¿Creéis que…?

—Probablemente. —coincidió Frank.

Corrieron hacia el ruido. En el siguiente bloque, encontraron un aparcamiento abierto con tres aceras y filas de camiones-restaurante llenando las calles por los cuatro costados. Percy había visto camiones-restaurante antes, pero nunca había visto tantos en el mismo lugar. Algunos eran simples cajas blancas metálicas sobre ruedas, con toldos y cajas registradoras. Otros estaban pintados de azul o de morado o a lunares, con grandes carteles y coloridos menús y mesas como si fueran unos restaurantes self-service. Uno anunciaba tacos coreanos y brasileños, lo que sonaba algo como una cocina altamente secreta y radioactiva. Otro ofrecía sushi en un palo. Un tercero vendía bocadillos de helado frito. El olor era increíble, docenas de cocinas distintas cocinando al mismo tiempo.

El estómago de Percy rugió. La mayoría de los camiones estaban abiertos al público, pero no había casi nadie por allí. ¡Podrían coger lo que quisieran! ¿Bocadillos de helado frito? Oh, tío, eso sonaba mejor que la ternera macrobiótica.

Por desgracia, había más cosas que cocinas abiertas. En el centro del aparcamiento, detrás de todos los camiones-restaurante, un anciano en un albornoz corría con un látigo de algas, gritándole a un grupo de mujeres-pájaro que intentaban robar comida de una mesa de picnic.

—Harpías—dijo Hazel—. Eso significa…

—Ese es Fineo—supuso Frank.

Corrieron por la calle y se escondieron entre el camión coreano-brasileño y otro que vendía burritos de huevo chino.

La parte trasera de los camiones no era tan apetecible como la parte frontal. Estaba poblada con envoltorios de plástico, containers de basura de los que sobresalía la basura, y un tendedero de ropa casero en el que colgaban delantales y toallas húmedas.

El tío del albornoz era viejo y gordo, estaba casi del todo calvo y tenía cicatrices por su frente y una mata de un grasiento pelo blanco. Su albornoz estaba manchado de kétchup y estaba correteando por ahí con unas suaves zapatillas de conejitos rosas, agitando su látigo de algas a la media docena de harpías que estaban planeando por encima de su mesa de picnic. Era del todo ciego. Sus ojos eran del color de la leche, y fallaba la mitad de las veces dándoles a las harpías, pero aún así lo hacía bastante bien.

—¡Atrás, pollos sucios! —gritó.

Percy no estuvo seguro del porqué, pero tenía una vaga sensación de que las harpías deberían estar regordetas. Estas parecían hambrientas. Sus caras humanas tenían ojos hundidos y tenían huecos en las mejillas. Sus cuerpos estaban mudando las plumas, porque tenían huecos sin ellas y sus alas eran dotadas de unas pequeñas y secas manos. Vestían sacos de estopa por vestidos. Mientras atacaban por comida, parecían más desesperadas que furiosas. Percy lo lamentó por ellas.

¡CHAAAAAS! El anciano zarandeó su látigo otra vez. Le dio a una de las alas de una harpía. Ésta gritó de dolor y se alejó aleteando, dejando caer plumas amarillas mientras volaba.

Otra harpía daba círculos más alta que los demás. Parecía más joven y más pequeñas que las otras, con plumas de un rojo brillante.

Miraba con cuidado buscando una apertura, y cuando el anciano se giró, hizo una caída rápida hacia la mesa. Agarró un burrito con las garras del pie, pero antes de que pudiera escapar, el hombre ciego movió su látigo de algas y la azotó en la espalda tan fuerte que Percy tembló. La harpía gritó, dejando caer el burrito y salió volando.

—¡Eh, basta! —gritó Percy.

Las harpías lo entendieron mal y al ver a los tres semidioses, salieron volando. Muchas de ellas aletearon hasta unos árboles cercanos, mirando con nostalgia la mesa de picnic. La de las plumas rojas con la espalda dolida voló sin descanso por Glisan Street y se perdió de vista.

—¡Ja! —el hombre ciego gritó triunfal y dejó caer su látigo de algas. Sonrió en la dirección de Percy—. ¡Gracias, extraños! ¡Vuestra ayuda es apreciada!

Percy tuvo que contener su furia. No había querido ayudar al anciano, pero recordó que necesitaban información de él.

—Eh, bueno—se acercó al anciano, manteniendo un ojo en su látigo de algas—. Soy Percy Jackson, y estos son…

—¡Semidioses! —dijo el anciano—. Siempre puedo oler a los semidioses.

Hazel frunció el ceño.

—¿De verdad que olemos tan mal?

El anciano rió.

—Por supuesto que no, cielo. Pero te sorprendería saber lo agudos que son mis otros sentidos cuando me volví ciego. Soy Fineo. Y vosotros… esperad, no me lo digáis…

Alcanzó la cara de Percy y le tocó los ojos.

—¡Au! —se quejó Percy.

—¡Hijo de Neptuno! —exclamó Fineo—. Creía haber olido el océano en ti, Percy Jackson. También soy hijo de Neptuno, ya sabes.

—Eh, sí. De acuerdo—Percy se rascó los ojos. Como si suerte estuviera relacionada con aquél tipo regordete. Primero, comienzas llevando un bolso masculino. Y antes de que te des cuenta, comienzas a correr en albornoz con unas zapatillas de conejitos rosas agitando un látigo de algas…

Fineo se giró a Hazel.

—Y aquí… ¡Oh, dioses! El olor del oro y de la tierra profunda. Hazel Levesque, hija de Plutón. Y a tu lado… el hijo de Marte. Pero hay mucho más en tu historia, Frank Zhang…

—Sangre ancestral—murmuró Frank—. El príncipe de Pilos, bla, bla, bla.

—¡Periclimeno, exacto! Fue un tipo muy majo. ¡Me encantaban los argonautas!

Frank se quedó boquiabierto.

—Espera, Peri… ¿qué?

Fineo sonrió.

—No te preocupes. Sé todo sobre tu familia. ¿Esa historia sobre tu tatarabuelo? No destrozó tu campamento. Eso sí, qué grupo más interesante formáis. ¿Tenéis hambre?

Frank parecía que hubiera sido atropellado por un camión, pero Fineo pasó a otros asuntos. Señaló con la mano su mesa de picnic. En los árboles cercanos, las harpías graznaban, miserablemente. Con lo hambriento que estaba Percy, no pudo evitar pensar en aquellas pobres mujeres-pájaro mirándole.

—Mira, estoy confuso—dijo Percy—. Necesitamos información. Nos dijeron que…

—… que esas harpías me quitaban la comida. —acabó Fineo—, y que si me ayudáis, os ayudaría.

—Algo así—admitió Percy.

Fineo rió.

—Eso son noticias viejas. ¿Parezco saltarme alguna comida?

Se tocó la barriga, que era del tamaño de una pelota de baloncesto hinchada más de lo normal.

—Eh… no—dijo Percy.

Fineo sacudió su látigo de algas con un gesto amplio. Los tres chicos pegaron un bote.

—¡Las cosas han cambiado, amigos míos! —dijo—. Cuando conseguí el don de la profecía, eones atrás, es cierto que Júpiter me maldijo. Me envió las harpías para que me robaran la comida. Ya veis, tuve la boca un poco grande. Relaté demasiados secretos que los dioses querían mantener—se giró a Hazel—. Por ejemplo, tú deberías estar muerta. Y tú…—se giró a Frank—… tu vida depende de un leño ardiendo.

Percy frunció el ceño.

—¿De qué estás hablando?

Hazel parpadeó como si la hubieran abofeteado. Frank parecía que le hubiera acabado de atropellar un camión, otra vez.

—Y tú—Fineo se giró a Percy—, bueno, por ahora, ni siquiera sabes quién eres. Te lo podría decir, por supuesto, pero… ¡ja! ¿Qué tendría de divertido? Y que Brigid O’Shaughnessy disparó a Miles Archer en El Halcón maltés de 1941. Y que Darth Vader es el padre de Luke. Y que el ganador de la próxima Super Bowl será…

—¡Lo hemos pillado! —dijo Frank.

Hazel agarró su espada como si tuviera la tentación de partir en dos al anciano.

—Entonces, hablaste demasiado y los dioses te maldijeron. ¿Por qué han parado?

—¡Oh, no lo han hecho! —el anciano arqueó las cejas como diciendo “¿Os lo podéis creer?” —. Hice un trato con los argonautas. También querían información, ya veis. Les dije de matar a las harpías y cooperaron. Bueno, se deshicieron de esas estúpidas criaturas, pero Iris no les dejó matarlas. ¡Un insulto! Así que esta vez, cuando mi patrona me trajo a la vida…

—¿Tu patrona? —preguntó Frank.

Fineo le lanzó una sonrisa brillante.

—Gea, por supuesto. ¿Quién crees que ha abierto las Puertas de la Muerte? Tu chica aquí al lado, lo sabe. ¿No es Gea tu patrona también?

Hazel alzó su espada.

—¡Ya no soy… no soy su… Gea no es mi patrona!

Fineo parecía sorprendido. Si había oído la espada siendo desenfundada, hizo como si no lo hubiera oído.

—Bueno, si quieres ser noble y leal al bando perdedor, tú misma. Pero Gea está despertando y ya reescrito las reglas de la vida y la muerte. Estoy vivo de nuevo, y a cambio de mi ayuda, una profecía aquí, otra allí, puedo conseguir mi deseo más preciado. Se han girado los turnos, digamos. Ahora puedo comer todo lo que quiera, durante todo el día, y las harpías tienen que pasar hambre y mirarme.

Hizo un chasquido con el látigo y las harpías se estremecieron en los árboles.

—¡Están malditas! —dijo el anciano—. Solo pueden comer de mi mesa, y no pueden abandonar Portland. Desde que las Puertas de la Muerte han sido abiertas, ni siquiera pueden morir. ¿No es magnífico?

—¿Magnífico? —protestó Frank—. Son criaturas vivientes. ¿Por qué eres tan malo con ellas?

—¡Son monstruos! —dijo Fineo—. ¿Y “malo”? ¡Esos demonios emplumados me han atormentado durante años!

—Pero era su deber—dijo Percy, intentando controlarse—. Júpiter se lo ordenó.

—Oh, no me importa Júpiter—dijo Fineo—. A su debido tiempo, Gea hará que los dioses sean condescendientemente castigados. Han hecho un trabajo terrible controlando el mundo. Pero por ahora, disfruto de Portland. Los mortales no se dan cuenta de mí. Creen que soy un anciano loco espantando palomas.

Hazel se adelantó hacia el profeta.

—¡Eres horrible! —le dijo a Fineo—. ¡Perteneces a los Campos de Castigo!

Fineo rió.

—¿Y me lo dice una muerta, niña? No deberías decir nada. ¡Tú comenzaste todo! ¡Gracias a ti, Alcioneo está vivo!

Hazel dio un paso atrás.

—¿Hazel? —los ojos de Frank se habían abierto como platos—. ¿De qué está hablando?

—¡Ja! —dijo Fineo—. Lo descubrirás pronto, Frank Zhang. Entonces veremos si sigues siendo igual de dulce con tu amiguita. Pero no es por eso por lo que estáis aquí, ¿verdad? Queréis encontrar a Tánatos. Está siendo cautivo por Alcioneo en su morada. Puedo deciros dónde es. Por supuesto que puedo. Pero tendréis que hacerme un favor.

—¡Olvídalo! —le espetó Hazel—. ¡Trabajas para el enemigo! Deberíamos enviarte nosotros mismos al Inframundo!

—Intentadlo—sonrió Fineo—. Pero dudo que permanezca muerto mucho tiempo. Ya veis, Gea me ha enseñado la forma rápida de volver. Y con Tánatos encadenado, no hay nadie quién me mantenga allí abajo. Además, si me matáis no tendréis mis secretos.

Percy estuvo tentado de dejar a Hazel usar su espada. De hecho quería matar al anciano él mismo.

“Campamento Júpiter” se dijo a sí mismo. “Salvar el campamento es lo más importante”. Recordó a Alcioneo riendo en sus sueños. Si gastaban su tiempo buscando por Alaska, buscando la morada del gigante, los ejércitos de Gea destrozarían a los romanos y a los otros amigos de Percy, dondequiera que estuvieran.

Hizo sonar sus dientes.

—¿Qué favor?

Fineo se humedeció los labios, emocionado.

—Hay una harpía más rápida que el resto.

—La roja—supuso Percy.

—¡Estoy ciego! ¡No distingo los colores! —gritó el anciano—. De todas formas, es la única con la que tengo problemas. Es astuta, la maldita. Siempre va a la suya, nunca hace caso de las demás. Ella me hizo esto.

Señaló sus cicatrices en la frente.

—Capturad esa harpía—dijo—. Traédmela. La quiero atada delante de mí para que pueda echarle un ojo y para… eh… hablar con ella. Las harpías odian ser atadas, les causa un extremo dolor. Sí, disfrutaré mucho. Quizá incluso pueda alimentarla para que dure más.

Percy miró a sus amigos. Llegaron a un acuerdo silencioso: nunca ayudarían a aquel viejo loco. Por otra parte, necesitaban aquella información. Necesitaban un plan B.

—Oh, de acuerdo. Id y hablad entre vosotros—dijo Fineo, suavemente—. No me importa. Solo recordad que sin mi ayuda, vuestra misión fracasará. Y todo el mundo al que queréis en este mundo morirá. Ahora, ¡largaos! ¡Traedme esa harpía!
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    29/12/11, 05:26 pm

muchas gracias por traducirlos (y además bastante bien)

subid otro pronto
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    30/12/11, 12:23 pm

Hay caps nuevos, quién se ofrece a ponerlos?? xD
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:40 pm

pongo 10 caps debajo
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:40 pm

Capítulo 27
Percy
—NECESITAREMOS UN POCO DE TU COMIDA—Percy cogió un poco de la mesa de picnic: un bol cubierto de fideos thai con macarrones con queso y una pasta con forma de tubo que parecía una mezcla de burrito con canela.
Antes de que perdiera el control y le estampara el burrito en la cara a Fineo, Percy dijo:
—Vámonos, chicos— y salieron del aparcamiento.
Se detuvieron a mitad de calle. Percy respiró hondo, intentando calmarse. La lluvia había amainado a una ligera cortinilla de agua. La niebla fría se agradecía.
—Ese hombre…—Hazel dio un golpe a una parada de autobús—. Tiene que morir. Otra vez.
Era difícil de decir con la lluvia, pero parecía que había estado llorando. Su largo pelo rizado estaba pegado a los lados de su cara. Y con la luz gris, sus ojos parecían más pequeños. Percy recordó lo segura que había estado cuando se encontraron por primera vez: tomando el control de la situación con las gorgonas y llevándolo a un lugar seguro. Le había apoyado en el altar de Neptuno y le había hecho sentirse bienvenido al campamento.
Ahora quería devolverle el favor, pero no sabía cómo. Parecía perdida, desaliñada y deprimida. Percy no se sorprendió al oír que había vuelto del Inframundo. Lo había estado sospechando: la forma en la que evitaba hablar de su pasado, la forma en la que Nico di Angelo había sido tan secreto y cauto…
Pero eso no cambiaba la forma en la que la veía. Parecía… bueno, viva, como una chica normal con un buen corazón que se merecía crecer y tener un futuro. No era un loco como Fineo.
—Se la devolveremos—le prometió Percy—. No es como tú, Hazel. No me importa lo que diga.
Negó con la cabeza.
—No sabes la historia entera. Debería haber sido enviada a los Campos de Castigo. Soy igual de…
—¡NO! —Frank apretó los puños. Parecía que estuviera buscando a alguien que no estuviera de acuerdo con él: enemigos que pudieran atacar el honor de Hazel—. ¡Eres una buena persona! —gritó por la calle. Unas cuantas harpías salieron volando en los árboles cercanos, pero nadie les prestó atención.
Hazel miró a Frank. Se acercó con calma, como si estuviera tentada de darle la mano pero como si tuviera miedo de que fuera a evaporarse.
—Frank…—parpadeó—. Yo no…
Por desgracia, Frank parecía estar enfrascado en sus propios pensamientos.
—Podría intimidar al viejo—se ofreció—, quizá si le asuste…
—Frank, está bien—dijo Percy—. Sigamos con nuestro plan, pero no creo que Fineo pueda cooperar si le hacemos eso. Además, solo puedes usar dos veces más esa lanza, ¿no es cierto?
Frank miró el diente de dragón en la lanza, que había crecido del todo la noche anterior.
—Sí, supongo…
Percy no estaba seguro de lo que había dicho el profeta sobre la historia de la familia de Frank: su tatarabuelo destrozando el campamento, su ancestro argonauta, y no sé qué sobre un palo quemado controlando la vida de Frank. Pero aquello había dejado destrozado a Frank. Percy decidió no preguntar, no quería que el grandullón comenzara a llorar, y mucho menos delante de Hazel.
—Tengo una idea—Percy señaló hacia la calle—. La harpía de las plumas rojas se ha ido por ahí. Veamos si podemos hacer que hable con nosotros.
Hazel miró la comida en sus manos.
—¿Vas a usar eso como cebo?
—Más bien como un ofrecimiento de paz—dijo Percy—. Vamos. Sólo debemos intentar evitar que las harpías nos roben esto, ¿de acuerdo?
Percy destapó los fideos thai y abrió el burrito de canela. Un humo que olía realmente bien salió de ambos envoltorios. Caminaron por la calle, Hazel y Frank con sus armas desenfundadas. Las harpías les seguían de cerca, yendo de árbol en árbol, escondiéndose tras buzones y estaciones de autobús, siguiendo el olor de la comida.
Percy se preguntó qué verían los mortales a través de la Niebla. Quizá creían que las harpías eran palomas y que las armas eran palos de golf o algo. Quizá creían que los fideos thai con macarrones y queso estaban tan buenos que necesitaban escolta.
Percy no dejó de mirar la comida. Había visto lo rápidas que eran las harpías y no quería perder su ofrecimiento de paz antes de que encontraran la harpía roja.
Finalmente, la avistaron, dando vueltas encima de un aparcamiento entre varios edificios antiguos. El camino se estrechó a través de un parque bajo unos enormes olmos y arces, pasando por esculturas y parques infantiles con bancos de madera. El lugar le recordaba a Percy a… algún otro parque. ¿Su hogar? No podía recordarlo, pero le hizo añorar su hogar.
Cruzaron la calle y encontraron un banco en el que sentarse, cerca de una gigantesca escultura de bronce de un elefante.
—Parece Aníbal, el del campamento—dijo Hazel.
—Pero este es chino—dijo Frank—. Mi abuela tiene uno de estos—parpadeó—. Me refiero, el suyo no es tan grande. Pero importa objetos de… bueno, de China. Somos chinos. —miró a Percy y a Hazel que intentaban no reírse—. ¿Me puedo morir de vergüenza ya, por favor? —preguntó.
—No te preocupes, tío—dijo Percy—. Veamos si nos podemos hacer amigos de esa harpía.
Levantó los fideos thai y ondeó el olor: especias picantes y queso recién fundido. La harpía roja voló más bajo.
—No te haremos daño—le llamó Percy—. Solo queremos hablar. Los fideos thai a cambio de una charla, ¿de acuerdo?
La harpía aterrizó en un destello rojo y se posó en la estatua del elefante.
Era terriblemente delgada. Sus piernas emplumadas eran como palos. Su cara podría haber sido bella si no fuera por las mejillas hundidas. Se movía con movimientos rápidos, como los de un pájaro, y sus ojos del color del café no dejaban de moverse, con sus dedos tocándose el plumaje, las orejas y su enmarañado pelo rojo.
—Queso—murmuró, mirando a todas partes—. A Ella no le gusta el queso.
Percy vaciló:
—¿Te llamas Ella?
—Ella en inglés, pronunciado “ela”. Aella, en latín “harpía”. A Ella no le gusta el queso. —lo dijo todo sin respirar o establecer contacto visual. Sus manos tocaron el aire, su vestido de estopa, las gotas de lluvia, todo lo que se moviera.
Más rápida que un parpadeo de Percy, bajó, agarró el burrito de canela y apareció en la espalda del elefante de nuevo.
—¡Dioses, es rápida! —dijo Hazel.
—Y sobrecargada de cafeína—dijo Frank.
Ella olió el burrito. Apretó por el borde y lo olisqueó mejor. Comenzó a graznar como si se muriera.
—¡La canela es buena! —pronunció—. ¡Buena para harpías! Ñam.
Comenzó a comer, pero unas harpías más grandes aparecieron. Antes de que Percy pudiera reaccionar, comenzaron a zarandear a Ella con sus alas, agarrando el burrito.
—¡NOOOOOOOOO! —Ella intentó esconderse con sus alas mientras sus hermanas la golpeaban, arañándola con sus garras—. ¡NO! —gritó—. ¡NOOO!
—¡BASTA! —gritó Percy. Él y sus amigos corrieron en su ayuda, pero llegaron demasiado tarde. Una harpía más grande y amarilla cogió el burrito y se fue volando, dejando a Ella graznando y temblando en la espalda del elefante.
Hazel tocó el pie de la harpía.
—Lo siento mucho. ¿Estás bien?
Ella sacó su cabeza por entre las alas. Seguía temblando. Con sus hombros arqueados, Percy pudo ver la herida que le había dejado el látigo de Fineo. Se sacudió las plumas, sacándose las plumas amarillas.
—Pe…pequeña Ella—tartamudeó con furia—. Dé…débil Ella. No hay canela para Ella. Sólo queso.
Frank miró por la calle, allí donde las otras harpías estaban sentadas en un olmo, repartiéndose el burrito:
—Te traeremos otra cosa—le prometió.
Percy sacó los fideos thai. Se dio cuenta de que Ella era distinta, incluso para ser una harpía. Pero después de verla siendo atacada, estaba seguro de algo: fuera lo que fuera lo que había pasado, iba a ayudarla.
—Ella—dijo—, queremos ser tus amigos. Podemos traerte más comida, pero…
—Amigos. Friends, en inglés. Diez temporadas. Del 1994 al 2004—miró a los lados de Percy, entonces miró al cielo y comenzó a recitarle a las nubes—. “Un hijo de los Tres Grandes tendrá el poder de destruir o salvar el Olimpo para siempre”. Olimpo, Monte Olimpo, Grecia. Altura 2917. Diecisiete. Página diecisiete. “Aprendiendo a cocinar a la francesa”. Ingredientes. Bacón, mantequilla…
Las orejas de Percy pitaron. Se sintió mareado, como si le acabara de pasar una tonelada de agua por encima una y otra vez.
—Ella, ¿qué acabas de decir?
—Bacón—atrapó una gota de lluvia—. Mantequilla.
—No, antes de eso. Esos versos. Los conozco.
A su lado, Hazel tembló.
—Suenan familiares, también… No sé, es como una profecía. Quizá sea algo que ha oído de Fineo, ¿no?
Al oír “Fineo”, Ella tembló de terror y salió volando.
—¡Espera! —la llamó Hazel—. No quería decir… ¡Oh, dioses, soy estúpida!
—Está bien—señaló Frank—. Mirad.
Ella no se movía tan rápido como antes. Se hizo camino a través de la lluvia hacia un edificio de tres pisos con un tejado rojo y se metió por una trampilla hacia el interior. Una pluma roja descendió del tejado.
—¿Creéis que ese es su nido? —Frank leyó el cartel del edificio—. Biblioteca del Condado de Multnomah.
Percy asintió.
—Veamos si está abierta.
Corrieron por la calle y llegaron al vestíbulo del edificio.
Una biblioteca no habría sido la primera opción de Percy para visitar en una ciudad. Con su dislexia, ya tenía bastantes problemas leyendo carteles. ¿Un edificio lleno de libros? Eso sonaba tan divertido como una tortura china o que le sacaran los dientes.
Mientras paseaban por el vestíbulo, Percy supuso que a Annabeth le encantaría aquel lugar. Era espacioso y con mucha luz, con grandes ventanas abovedadas. Libros y arquitectura, eso era definitivamente su…
Sus pensamientos se detuvieron.
—¿Percy? —preguntó Frank—. ¿Pasa algo?
Percy intentó concentrarse desesperadamente. ¿De dónde habían venido aquellos pensamientos? Arquitectura, libros… Annabeth le había llevado a una librería una vez, en su casa… allí en… en… La memoria le falló. Percy pegó un puñetazo a una estantería.
—¿Percy? — preguntó Hazel con amabilidad.
Estaba tan enfadado, tan frustrado con sus recuerdos perdidos que quería golpear a otra estantería, pero las caras preocupadas de sus amigos le trajeron de vuelta al presente.
—Estoy… estoy bien—mintió—. Sólo me he mareado por un segundo. Encontremos un camino al tejado.
Les llevó un momento, pero finalmente encontraron una escalera al tejado. En lo alto había una puerta con una alarma, pero alguien la había dejado abierta con una copia de Guerra y Paz.
A fuera, la harpía Ella estaba acurrucada en un montón de libros bajo una estructura de estanterías.
Percy y sus amigos avanzaron lentamente, intentando no asustarla. Ella no les prestó atención. Recogía sus plumas y murmuraba mientras respiraba fuertemente, como si estuviera ensayando un guión para una obra de teatro. Percy se puso a dos metros y se arrodilló.
—Hola. Sentimos haberte asustado. Mira, no tengo comida, pero…
Sacó un poco de la ternera macrobiótica de su bolsillo. Ella la olfateó y la atrapó inmediatamente. Se acurrucó de nuevo en su guarida, olisqueando la ternera, pero suspiró y la tiró a un lado.
—No… no… es de su mesa. Ella no puede comérselo. Vaya. La ternera iría bien para las harpías.
—No de su… ah, sí. Ya. —dijo Percy—. Es parte de la maldición. Sólo puedes comer su comida.
—Tiene que haber una forma—dijo Hazel.
—Fotosíntesis—murmuró Ella—. Sustantivo. Biología. La síntesis de los materiales orgánicos complejos. “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría y también de la locura, la época de las creencias y de la incredulidad…”
—¿Qué está diciendo? —susurró Frank.
Percy miró el montón de libros a su alrededor. Todos parecían viejos y humedecidos. Algunos tenían los precios escritos en sus cubiertas, como si la biblioteca los hubiera encontrado en un mercadillo.
—Está citando libros—supuso Percy.
—Almanaque del granjero de 1965—dijo Ella—. “Hay que comenzar por dar de comer a los animales”. Veintiséis de enero.
—Ella—dijo Percy—, ¿te los has leído todos?
Ella parpadeó.
—Más. Muchos más abajo. Palabras. Las palabras calman a Ella. Palabras, palabras, palabras, palabras.
Percy recogió un libro al azar, una demacrada copia de “Historia de los caballos de carreras”.
—Ella… ¿recuerdas el tercer párrafo de la página sesenta y dos?
—“Secretariado” —dijo ella al instante—. “favorecidas tres a dos en el derbi de Kentucky de 1973, finalizada con el record de uno cincuenta y nueve y dos quintos”.
Percy cerró el libro. Sus manos temblaban.
—Palabra a palabra.
—Es increíble—dijo Hazel.
—Es un pollo inteligente—coincidió Frank.
Percy se sintió incómodo. Comenzaba a tener una terrible idea de por qué Fineo la quería capturada, y no era porque le molestara. Percy recordó el verso que había recitado: “Un hijo de los Tres Grandes”. Estaba seguro que se refería a él.
—Ella—dijo—, vamos a encontrar la manera de romper la maldición. ¿Te gustaría eso?
—Imposible—dijo—, canción grabada por Melocos en 2011.
—Nada es imposible—dijo Percy—. Ahora, mira, vamos a decir su nombre. No tienes que correr. Vamos a salvarte de la maldición. Solo tenemos que saber cómo vencer a… Fineo.
Esperó a que saliera corriendo, pero negó con la cabeza.
—¡NO! Fineo no. Ella es rápida. Demasiado rápida para él. Pero él quiere encadenarme. Él hiere a Ella.
La harpía intentó alcanzar la herida en su espalda.
—Frank—dijo Percy—, ¿tienes primeros auxilios?
—Claro—Frank sacó un termo lleno de néctar y le explicó sus propiedades curativas por Ella. Cuando se acercó, ella retrocedió y comenzó a tiritar. Entonces Hazel lo intentó y Ella le dejó poner un poco de néctar en su espalda. La herida comenzó a cerrarse.
Hazel sonrió.
—¿Ves? Está mejor.
—Fineo es malo—insistió Ella—. Y los látigos de algas. Y el queso.
—Por supuesto—coincidió Percy—. No dejaremos que te hiera otra vez. Tenemos que saber cómo vencerle. Las harpías debéis saber cómo mejor que nadie. ¿Hay alguna manera de cómo engañarle?
—No…—dijo Ella—. Los trucos son para niños. “50 trucos para enseñar a tu perro” por Sophie Collins, llamar al 636…
—De acuerdo, Ella—Hazel le habló en una extraña voz, como si intentara calmar un caballo—. ¿Pero tiene Fineo alguna debilidad?
—Ciego. Está ciego.
Frank puso los ojos en blanco, pero Hazel continuó con paciencia.
—De acuerdo. ¿Además de eso?
—Azar—dijo—, los juegos de azar. Dos a uno. Cara o cruz.
El ánimo de Percy comenzó a subir.
—¿Te refieres a que es un jugador?
—Fineo ve cosas grandes. Profecías. Destino. Cosas buenas. No cosas pequeñas. Azar. Cosas emocionantes. Y es ciego.
Frank se rascó la barbilla.
—¿Alguien tiene idea de lo que habla?
Percy vio a la harpía agarrar su vestido de esparto. Lo sintió increíblemente mucho por ella, pero comenzaba a darse cuenta de lo lista que era.
—Creo que lo entiendo—dijo—. Fineo ve el futuro. Sabe muchísimas cosas importantes, pero no puede ver cosas pequeñas como casualidades o juegos de azar espontáneos. Eso hace que las apuestas sean emocionantes para él. Si le podemos tentar a hacer una apuesta…
Hazel asintió lentamente.
—Te refieres a que si pierde, nos contaría dónde está Tánatos. ¿Pero qué tenemos que apostar? ¿A qué juego podemos jugar?
—Algo simple, con altas apuestas—dijo Percy—. Como dos opciones. Una ganas, otra mueres. Y el precio es algo que Fineo quiera… a parte de Ella.
—La vista—murmuró Ella—. La vista es buena para los ciegos. La curación… no, no. Gea no quiere eso para Fineo. Gea mantiene a Fineo ciego, dependiente de Gea. Sí.
Frank y Percy intercambiaron una mirada.
—La sangre de gorgona—dijeron al mismo tiempo.
—¿Qué? —preguntó Hazel.
Frank sacó uno de los dos frascos de cristal que había sacado del Pequeño Tíber.
—Ella es un genio—dijo—. A no ser que muramos.
—No te preocupes por eso—dijo Percy—. Tengo un plan.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:41 pm

Capítulo 28
Percy
EL ANCIANO ESTABA JUSTO dónde lo habían dejado, en el centro del aparcamiento de restaurantes sobre ruedas. Estaba sentado en su mesa de picnic con sus zapatillas de conejos rosas puestas, comiendo un plato de un grasiento kebab. Su látigo de algas estaba a su lado. Su albornoz estaba manchado de salsa barbacoa.
—¡Bienvenidos de vuelta! —les llamó con alegría—. Oigo el aleteo nervioso de un par de alas. ¿Habéis traído a mi harpía?
—Está aquí—dijo Percy—. Pero no es tuya.
Fineo se chupó la grasa de los dedos. Sus ojos lechosos se fijaron en un punto por encima de la cabeza de Percy.
—Ya veo… bueno, de hecho, soy ciego, así que no lo veo. ¿Habéis venido a matarme, entonces? Si es así, buena suerte completando vuestra misión.
—Hemos venido a apostar.
La boca del anciano se cerró. Dejó el kebab en el plato y se giró a Percy.
—Una apuesta… interesante. Información interesante a cambio de una harpía. ¿El ganador se lo lleva todo?
—No—dijo Percy—. La harpía no entra en el trato.
Fineo rió.
—¿De verdad? Quizá no entendáis su valor.
—Es una persona—dijo Percy—. No está en venta.
—¡Por favor! Sois del campamento romano, ¿no? Roma fue construida en el esclavismo. No me echéis todas las culpas a mí. Además, ella ni siquiera es humana. Es un monstruo, un espíritu del viento, una subalterna de Júpiter.
Ella puso mala cara. Haberla metido en el aparcamiento ya había sido bastante difícil, pero ahora comenzaba a retroceder, temblando.
—“Júpiter. Hidrógeno y helio. Sesenta y tres satélites.” No tiene subalternos, no.
Hazel rodeó a Ella con uno de sus brazos. Parecía ser la única que podía tocar a la harpía sin causar griterío y aleteo. Frank estaba al lado de Percy, sujetando la lanza, preparado, como si el anciano fuera a atacar. Percy sacó los frascos de cristal.
—Tenemos una apuesta distinta. Tenemos dos frascos de sangre de gorgona. Uno mata, el otro sana. Son exactamente iguales. No sabemos cuál es cuál. Si escoges el correcto, podrías curarte la ceguera.
Fineo extendió las manos con avidez.
—Déjame sentirlos. Déjame olerlos.
—No tan rápido—dijo Percy—. Primero acepta el trato.
—Trato—Fineo respiraba con dificultad. Percy diría que estaba deseoso de aceptar la oferta—. Con el don de la profecía y la vista… sería imparable. Podría controlar la ciudad. Me construiría el palacio aquí, rodeado de restaurantes sobre ruedas. Podría capturar la harpía yo mismo…
—No…—dijo Ella nerviosa—. No, no y no.
Una risa malévola es difícil de hacer vestido con unas zapatillas de conejitos rosas, pero Fineo hizo lo que pudo.
—Muy buena esa, semidiós. ¿Cuál es tu trato?
—Tú eliges el frasco—dijo Percy—. Sin abrirlos, sin olerlos antes de decidir.
—¡Eso no es justo! Soy ciego.
—Y no tengo tu sentido del olfato. —dijo Percy—. Puedes agarrar los frascos. Juro sobre el río Estigio que son idénticos. Son exactamente lo que te hemos dicho: sangre de gorgona, un frasco del lado izquierdo del monstruo y uno del derecho. Y juro que ninguno de nosotros sabe cuál es cuál.
Percy miró a Hazel.
—Eh… tú eres una experta en el Inframundo. ¿Con todo este jaleo con la Muerte, jurar sobre el río Estigio sigue valiendo lo mismo que antes?
—Sí—dijo, sin vacilar—. Romper un voto como ese… bueno, no lo hagas. Hay cosas peores que la muerte.
Fineo se rascó la barba.
—Así que elijo el frasco que beber. Tú bebes el otro. Juramos beber al mismo tiempo.
—Correcto—dijo Percy.
—El perdedor muere, por supuesto—dijo Fineo—. Ese tipo de veneno me mantendría encerrado mucho tiempo en el Inframundo, al menos. Mi esencia sería destrozada y degradada. Así que estoy arriesgando mucho.
—Pero si ganas, lo tienes todo—dijo Percy—. Si yo muero, mis amigos juran dejarte en paz y no vengarse. Tendrás tu vista de vuelta, algo que Gea ni siquiera puede darte.
La expresión del anciano se puso más seria. Percy diría que se mantuvo tenso. Fineo quería ver. Por mucho que Gea le diera, él lo que quería era tener su vista de vuelta.
—Si yo pierdo—dijo el anciano—, estaría muerto, y sería incapaz de darte información. ¿Cómo os ayuda eso?
Percy se alegró de que le preguntara aquello que habían estado hablando de camino con sus amigos. Frank sugirió la solución.
—Anotas la localización de la morada de Alcioneo ahora—dijo Percy—. Guárdatelo, pero jura sobre el río Estigio que es ajustada y precisa. También tienes que jurar que si pierdes y mueres, las harpías serán liberadas de su maldición.
—Eso son palabras mayores—gruñó Fineo—. Te enfrentas a la muerte, Percy Jackson. ¿No sería más fácil entregarme a la harpía?
—Eso no es una opción.
Fineo sonrió con calma.
—Así que comienzas a darte cuenta de lo valiosa que es la harpía. Una vez tenga mi vista de vuelta, la capturaré yo mismo. Aquel que la controle… bueno, fui rey tiempo atrás. Esta apuesta podría hacerme rey de nuevo.
—Te estás saliendo del tema—dijo Percy—. ¿Tenemos trato?
Fineo se tocó la nariz, dubitativo.
—No puedo prever el resultado. Es preocupante cómo funciona todo. Un completo e inesperado juego de azar… hace que el futuro se nuble. Pero puedo decirte algo, Percy Jackson, un pequeño consejo. Si sobrevives hoy, no te va a gustar tu futuro. Un gran sacrificio se acerca, y no tendrás el valor de hacerlo. Te costará muchísimo. Le costará al mundo muchísimo. Sería más fácil que elijas el veneno.
La boca de Percy sabía como el agrio té verde de Iris. Quería pensar que el anciano quería volverle loco, pero algo le decía que la predicción era cierta. Recordó la advertencia de Juno cuando llegaron al Campamento Júpiter: sentirás dolor, miseria y pérdida más allá de todo lo que has sentido nunca. Pero tendrás una oportunidad de salvar a tus amigos y a tu familia.
En los árboles del aparcamiento, las harpías se reunían para observar como si pudieran sentir el precio de la apuesta. Frank y Hazel estudiaban la cara de Percy con preocupación. Les había asegurado que las apuestas no eran cincuenta por ciento del todo. Tenía un plan. Por supuesto, el plan podía fracasar. Su oportunidad de sobrevivir debería ser o un cien por cien o un zero… No lo había mencionado.
—¿Hay trato? —preguntó de nuevo.
Fineo sonrió.
—Juro sobre el Río Estigio que acepto el acuerdo, tal y como los habéis descrito. Frank Zhang, tú eres descendiente de un argonauta. Confío en tu palabra. Si gano, tú y tu amiga Hazel jurad que iréis en paz y no buscareis venganza.
Las manos de Frank se cerraron tan fuertemente que Percy creyó que rompería su lanza dorada, pero se las arregló para murmurar:
—Lo juro sobre el Río Estigio.
—Lo juro también—dijo Hazel.
—Te juro—murmuró Ella—, “te juro que no, que nunca me volverá a pasar…”
Fineo rió.
—En ese caso, encontradme algo para escribir. Comencemos.
Frank sacó una servilleta y un bolígrafo y Fineo escribió algo en la servilleta y la puso en el bolsillo de su albornoz.
—Juro que esta es la localización de la morada de Alcioneo. Pero no creo que vivas lo suficiente como para leerlo.
Percy alzó su espada y quitó toda la comida de la mesa. Fineo se sentó a un lado y Percy en el otro. Fineo alzó las manos.
—Déjame sentir los frascos.
Percy miró las colinas en la distancia. Se imaginó la cara de la mujer durmiente. Concentró los pensamientos hacia el suelo y esperó que la diosa le escuchara.
“De acuerdo, Gea” pensó, “te estoy llamando. Dijiste que era tu peón valioso. Dijiste que tenías planes para mí, y que ibas a mantener hasta llegar al norte. ¿Quién es más valioso para ti, yo o este anciano? Porque uno de nosotros va a morir”
Fineo cerró sus dedos en un movimiento exasperante.
—¿Perdiendo tu valor, Percy Jackson? Déjame tenerlos.
Percy le pasó los frascos.
El anciano comparó su peso. Correteó sus dedos por la superficie de cristal. Entonces los puso en la mesa y luego cogió uno con cada mano. Un rumor pasó por el suelo, un pequeño terremoto, lo suficientemente fuerte como para que los dientes de Percy temblaran. Ella se movió, inquieta.
El frasco de la izquierda parecía más ligero que el derecho.
Fineo sonrió, malévolamente. Cerró sus dedos alrededor del frasco de la izquierda.
—Eres tonto, Percy Jackson. Escojo este. Ahora bebamos.
Percy cogió el frasco de la derecha. Sus dientes temblaban. El anciano alzó el frasco.
—Un brindis por los hijos de Neptuno.
Destaponaron los frascos y bebieron.
De inmediato, Percy se doblegó, su garganta le ardía. Su boca sabía a gasolina.
—Oh, dioses—dijo Hazel detrás de él.
—¡NO! —dijo Ella—. No, no y no.
La visión de Percy se nubló. Podía ver a Fineo sonriendo triunfal, sentando erguido, parpadeando.
—¡Sí! —gritó—. ¡En cualquier momento, me volverá la memoria!
Percy había escogido el equivocado. Había sido estúpido de tomar tal riesgo. Sintió como si tuviera cristal roto en el estómago, yendo a sus intestinos.
—¡Percy! —Frank le agarró por los hombros—. ¡Percy, no puedes morir!
Tosió para respirar… y de repente su visión se ajustó.
En el mismo momento, Fineo se doblegó como si hubiera sido golpeado.
—¡No! No puedes…—el anciano se encorvó—. ¡Gea! ¡Tú! ¡Tú…!
Se puso a cuclillas y se alejó de la mesa, temblando.
—¡Soy demasiado valioso!
Le salía humo de la boca. Un ligero vapor amarillo salía de sus orejas, de su barba y de sus ojos ciegos.
—¡Es injusto! —gritó—¡Me habéis engañado!
Intentó agarrarse al trozo de papel de su albornoz, pero sus manos temblaron, y sus dedos se convirtieron en arena.
Percy se levantó. No se sentía curado ni nada en particular. Su memoria no había sido devuelta mágicamente. Pero el dolor se había detenido.
—Nadie te ha engañado—dijo Percy—. Has escogido libremente, y te has mantenido en tu juramento— el rey ciego se sacudió agónicamente. Se convirtió en una masa desintegrándose y humeando hasta que no quedó nada de él. Sólo un viejo albornoz y un par de zapatillas rosas.
—Eso—dijo Frank—, son los peores botines de guerra de la historia.
La voz de una mujer sonó en la mente de Percy.
“Una apuesta, Percy Jackson” era un susurro durmiente, con un ligero tono de admiración. “Me has forzado a escoger, y tú eres más importante para mis planes que el viejo profeta. Pero no fuerces tu suerte. Cuando la muerte se acerca, prometo ser más dolorosa que la sangre de las gorgonas”
Hazel tocó el albornoz con la espada. No había nada debajo: ninguna señal de que Fineo intentara re-formarse. Miró a Percy, sorprendida.
—Ha sido lo más valiente que he visto nunca, o lo más estúpido.
Frank negó con la cabeza, incrédulo.
—Percy, ¿cómo lo has sabido? Confiabas demasiado que él escogería el veneno.
—Gea—dijo Percy—. Ella quiere que llegue a Alaska. Cree… no lo estoy seguro. Cree que puede usarme como parte de su plan. Ha influido a Fineo de que escogiera el frasco equivocado.
Frank miró con horror los restos del anciano.
—¿Gea mataría a su propio sirviente antes que a ti? ¿Es eso lo que has apostado?
—Planes—murmuró Ella—. Planes y tramas. Grandes planes para Percy. Ternera macrobiótica para Ella.
Percy le pasó la bolsa de ternera y ella lo agarró con alegría.
—No, no y no—murmuró, medio cantando—. Fineo, no. Comida y palabras para Ella, sí.
Percy rebuscó por el albornoz y sacó la nota del bolsillo. Ponía “Glaciar Hubbard”.
Todo aquello por dos palabras. Se la pasó a Hazel.
—Sé dónde es. —dijo—. Es muy famoso. Hay mucho, mucho camino por delante.
En los árboles del aparcamiento, las otras harpías salieron de su shock. Graznaron emocionadas y volaron a los restaurantes sobre ruedas más cercanos, entrando por las ventanas de servicio a las cocinas. Los cocineros gritaban en distintos idiomas. Los camiones se removieron hacia los lados. Plumas y comida volaron por todas partes.
—Será mejor que volvamos al barco—dijo Percy—. No tenemos tiempo que perder.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:41 pm

Capítulo 29
Hazel
INCLUSO ANTES DE SUBIRSE EN EL BARCO, Hazel se sintió mareada.
Seguía pensando en Fineo y cómo el humo le salía de los ojos, con sus manos convirtiéndose en polvo. Percy le había asegurado que ella no era igual que Fineo. Pero sí que lo era. Había hecho algo peor que atormentar a unas pobres harpías.
“¡Tú comenzaste todo esto!” había dicho Fineo, “Si no fuera por ti, Alcioneo no estaría vivo”
Mientras el barco iba por el río Columbia, Hazel intentó olvidarlo. Había ayudado a Ella a hacer un montón de libros viejos y revistas que habían liberado de la papelera de reciclaje de la biblioteca. No lo habían planeado del todo, el llevarse la harpía con ellos, pero Ella actuó como si lo hubieran acordado.
—“Amigos para siempre” —murmuraba—. Canción interpretada por José Carreras y Sarah Brightman escrita para los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992. Amigos derritieron a Fineo y le dieron a Ella ternera. Ella irá con sus amigos.
Ahora estaba acomodada en el barco, mordiendo pedacitos de ternera y recitando citas de Charles Dickens y “50 Trucos para Enseñar a tu perro”.
Percy se arrodilló en proa, guiándoles por el océano con sus raros poderes que controlan el agua. Hazel se sentó al lado de Frank en el banco central, con sus hombros tocándose, lo que le hacía sentirse más nerviosa que una harpía con sobredosis de cafeína. Recordó cómo había estado Frank en Portland, gritando:
—¡ES UNA BUENA PERSONA! —, como si estuviera listo para desafiar a cualquiera que lo negara.
Recordó lo apuesto que parecía en la colina de Mendocino, solo en el claro de hierba envenenada con su lanza en la mano, con hogueras ardiendo a su alrededor y las cenizas de tres basiliscos a sus pies.
Una semana atrás, si alguien le habría dicho que Frank era hijo de Marte, Hazel se habría reído. Frank era demasiado dulce y amable para eso, siempre había sentido un espíritu protector por él por su manía de meterse en líos. Pero desde que habían dejado el campamento, le veía de una forma distinta. Era más valiente de lo que parecía, ahora era él el que cuidaba de ella. Tenía que admitir que el cambio no estaba nada mal. El río se abrió en el océano. El Pax giró hacia el norte. Mientras navegaban, Frank les animó contándoles chistes como “¿Por qué el minotauro cruzó la carretera?” o “¿Cuántos faunos hacen falta para cambiar una bombilla?”. Señalaba los edificios de la costa que le recordaban lugares en Vancouver. El cielo comenzaba a oscurecerse, y el mar se puso del mismo color que las alas de Ella. El 21 de junio estaba terminando. El Festival de Fortuna tendría lugar al atardecer, exactamente en setenta y dos horas desde entonces.
Finalmente Frank sacó un poco de comida de su mochila, refrescos y magdalenas que había cogido de la mesa de Fineo. Los pasó a todo el mundo.
—Está bien, Hazel—dijo con calma—. Mi madre decía que no debes de cargar con un problema tú solo. Pero si no quieres hablar de ellos, está bien.
Hazel respiró hondo. Tenía miedo de hablar, no solo porque estuviera avergonzada, sino porque no quería desmayarse y volver al pasado.
—Tenías razón—dijo—, cuando supiste que había vuelto del Inframundo. Soy… una fugada. No debería estar viva.
Sintió como un nudo se rompía. La historia salió sola. Explicó cómo su madre había convocado a Plutón y se había enamorado del dios. Explicó el deseo de su madre de tener todas las riquezas del mundo, y cómo se había convertido en la maldición de Hazel. Describió su vida en Nueva Orleans, omitiendo a su novio Sammy. Mirando a Frank, no podría describir qué sentía él.
Describió la Voz, y cómo Gea había barrido la mente de su madre poco a poco. Explicó cómo se habían mudado a Alaska, cómo Hazel había ayudado a alzarse al gigante Alcioneo, y cómo ella había muerto, hundiéndose en la isla de la Bahía de la Resurrección.
Sabía que Percy y Ella estaban escuchando, pero se lo dijo directamente a Frank. Cuando hubo terminado, tenía miedo de mirarle. Esperó a que se moviera hacia ella, quizá le dijera finalmente que era un monstruo.
En vez de eso, le cogió la mano.
—Te sacrificaste a ti misma para detener al gigante de su despertar. Yo nunca podría haber sido así de valiente.
Sintió su pulso golpeándole las sienes.
—No fue valor. Dejé a mi madre morir, cooperé con Gea demasiado y ella casi ganó.
—Hazel—dijo Percy—, has detenido a una diosa por ti misma. Hiciste lo correcto…—su voz se quebró, como si hubiera tenido un pensamiento incómodo—. ¿Qué te paso en el Inframundo? Quiero decir, ¿después de que murieras? ¿No deberías haber ido al Eliseo? Pero si Nico te trajo de vuelta…
—No fui al Eliseo—notó la boca seca—. Por favor no preguntes…
Pero fue demasiado tarde. Recordó su descenso a la oscuridad, su llegada a la orilla del Río Estigio y su consciencia comenzó a descender.
—¿Hazel? —preguntó Frank.
—Deslizándose colina abajo—murmuró Ella—. Número cinco de los éxitos en Estados Unidos. Paul Simon. Frank, ve con ella. Simon dice: Frank, ve con ella.
Hazel no tenía ni idea de lo que estaba hablando Ella, pero su visión se oscureció mientras agarraba la mano de Frank. Se encontró a sí misma de nuevo en el Inframundo, y esta vez Frank estaba a su lado.
Estaban de pie en el barco de Caronte, cruzando el Estigio. Los escombros surcaban las oscuras aguas, un deshinchado globo de cumpleaños, un sonajero de bebé, unos pequeños muñecos de novio y novia de un pastel de boda, los restos de los deseos de los seres humanos.
—¿Dónde estamos? —Frank estaba de pie a su lado, parpadeando con una luz morada fantasmagórica, como si se hubiera convertido en un lar.
—Es mi pasado—Hazel se sintió increíblemente tranquila—. Es solo un eco, no te preocupes.
El barquero se giró y sonrió. En un instante era un apuesto hombre africano con un traje de seda caro, al otro un esqueleto con una túnica negra.
—Por supuesto que no te debes preocupar—dijo con un acento británico. Se dirigió a Hazel, como si no pudiera ver a Frank—. Te dije que te llevaría al otro lado, ¿verdad? Vale que no tengas una moneda, pero siendo la hija de Plutón, no estaría bien dejarte al otro lado.
El barco atracó en una playa oscura. Hazel llevó a Frank por las puertas oscuras del Erebo. Los espíritus se apartaban a su camino, sintiendo que era una hija de Plutón. El gigantesco perro de tres cabezas Cerbero gruñó en la oscuridad, pero les dejó pasar. En las puertas, caminaron por el largo pabellón y se situaron delante de la mesa de los jueces. Tres siluetas con túnicas negras y máscaras doradas miraban a Hazel.
Frank gimoteó.
—¿Quién…?
—Ellos decidirán mi destino—dijo—. Mira.
Igual que la otra vez, los jueces no le preguntaron nada. Simplemente miraron en el interior de su mente, sacando recuerdos de su cabeza y examinándolos como una colección de fotos antiguas.
—Frustró a Gea—dijo el primer juez—. Previno a Alcioneo de despertarse.
—Pero alzó al gigante en primer lugar—discutió el segundo juez—. Culpable de cobardía y debilidad.
—Ella es joven—dijo el tercer juez—. La vida de su madre cuelga en la balanza.
—Mi madre—Hazel encontró el valor para hablar—. ¿Dónde está ella? ¿Cuál ha sido su destino?
Los jueces la miraron, con sus máscaras doradas congeladas en unas sonrisas espeluznantes.
—Tu madre…
La imagen de Marie Levesque parpadeó por encima de los jueces. Estaba congelada en el tiempo, abrazando a Hazel mientras la cueva se destruía, con sus ojos cerrados fuertemente.
—Una pregunta interesante—dijo el segundo juez—. La división de la culpa.
—Sí—dijo el primer juez—. La hija murió por una causa noble. Previno muchas muertes por retrasar el alzamiento del gigante. Tuvo el valor de enfrentarse a la voluntad de Gea.
—Pero actuó demasiado tarde—el tercer juez dijo con tristeza—. Es culpable de instigar y asistir a la enemiga de los dioses.
—Su madre la influyó—dijo el primer juez—. La hija puede tener el Eliseo. Pero Marie Levesque tendrá un castigo eterno.
—¡No! —gritó Hazel—. ¡No, por favor! Eso no es justo.
Los jueces ladearon la cabeza al unísono. “Máscaras doradas” pensó Hazel, “el oro siempre ha estado maldito para mí”. Se pregunto si el oro envenenaría sus pensamientos de alguna manera, por lo que nunca podría darle un juicio justo.
—Cuidado, Hazel Levesque—le advirtió el primer juez—. ¿Tomarás toda la responsabilidad? Podrías recaer tu culpa en el alma de tu madre. Eso sería razonable. Estabas destinada a grandes cosas. Tu madre separó tu camino. Mira lo que podrías haber sido…
Otra imagen apareció por encima de los jueces. Hazel se vio a sí misma como una niña pequeña, sonriendo con sus manos cubiertas de pintura. La imagen creció. Hazel se vio a si misma más mayor, cómo su pelo se hacía más largo y sus ojos más tristes. Se vio a sí misma en su decimo tercer cumpleaños, cabalgando por los campos con su caballo alquilado. Sammy reía mientras corría detrás de ella: “¿De qué huyes? No soy tan feo, ¿verdad?”. Se vio a sí misma en Alaska, bajando por la Tercera Calle en la nieve y en la oscuridad de camino a casa viniendo del colegio.
Entonces la imagen se volvió más vieja. Hazel se vio a sí misma con veinte años. Se parecía mucho a su madre, con su pelo peinado en trenzas, y sus ojos dorados brillando con asombro. Vestía un vestido blanco… ¿un vestido de bodas? Su sonrisa era tan afectuosa que Hazel supo instintivamente que debía estar mirando a alguien especial, alguien a quien amaba. Aquella visión no la hizo sentir mejor. Ni siqiuiera se preguntó con quién se habría casado. En vez de eso pensó: “Mi madre habría sido así si no hubiera sido manipulada por Gea”.
—Tú has perdido esta vida—dijo el primer juez—. Por circunstancias especiales el Eliseo es para ti y el castigo para tu madre.
—No—dijo Hazel—. No fue todo su culpa. Fue manipulada. Ella me quería. Al final, intentó protegerme.
—Hazel—susurró Frank—. ¿Qué estás haciendo?
Ella apretó su mano, haciéndole callar. Los jueces no le prestaron atención.
Finalmente el segundo juez suspiró.
—No hay solución. Sin ser lo suficientemente buena, ni lo suficientemente malvada.
—El castigo debe ser divido—decidió el primer juez—. Ambas almas serán confinadas a los campos de Asfódelo. Lo siento, Hazel Levesque. Podrías haber sido una heroína.
Pasó por el pabellón, hacia los campos amarillos que no acababan nunca. Llevó a Frank por entre una multitud de espíritus a un huerto de unos álamos negros.
—Has dejado el Eliseo—dijo Frank, asombrado—, para que tu madre no sufra.
—No se merece un castigo eterno—dijo Hazel.
—¿Pero… qué pasa ahora?
—Nada—dijo Hazel—. Nada… para toda la eternidad.
Fueron a la deriva sin rumbo. Los espíritus a su alrededor se movían como murciélagos, perdidos y confundidos, sin recordar su pasado o ni siquiera sus nombres. Hazel recordaba todo. Quizá porque era hija de Plutón, pero nunca olvidó quién era, o por qué estaba allí.
—Recordar hizo mi vida después de la muerte más dura—le dijo Frank, que seguía a su lado como un lar morado—. Y por muchas veces que intentara llegar al palacio de mi padre…—señaló al grandioso castillo negro que se alzaba en la distancia—. Nunca pude alcanzarlo. No podía dejar los Campos de Asfódelo.
—¿Viste a tu madre otra vez?
Hazel negó con la cabeza.
—No habría sabido quién soy. Estos espíritus… es como un sueño eterno para ellos, un trance infinito. Esto es lo mejor que pude hacer para ella.
El tiempo perdió su sentido, pero después de una eternidad, ella y Frank se sentaron juntos bajo un álamo negro, escuchando los gritos de los Campos de Castigo. En la distancia, bajo la luz artificial del Eliseo, las Islas de los Bienaventurados brillaban como esmeraldas en un refulgente lago azul. Barcos blancos cortaban el agua y las almas de los grandes héroes disfrutaban de la luz en las playas en una perpetua dicha.
—No te mereces los Campos de Asfódelo—protestó Frank—. Deberías estar con los héroes.
—Esto es sólo un eco—dijo Hazel—. Nos levantaremos, Frank. Solo parece que sea para siempre.
—Eso no importa—protestó—. Te han quitado todo en la vida, ibas a crecer convirtiéndote en una mujer hermosa y…—su cara se volvió de un morado oscuro—… te ibas a casar con alguien—dijo con calma—, podrías haber tenido una buena vida. Lo has perdido todo.
Hazel tragó saliva. No había sido tan duro en los Asfódelos la primera vez, cuando había estado sola. Teniendo a Frank con ella la hacía sentir mucho más triste. Se había fijado no enfadarse por su destino. Hazel recordó la imagen de ella siendo adulta, sonriendo y enamorada. Sabía que no necesitaría demasiada amargura estropear su expresión y hacerla parecer igual que la Reina Marie. “Me merezco algo mejor” decía siempre su madre. Hazel no podía permitirse a sí misma sentir aquello.
—Lo siento, Frank—dijo—. Creo que tu madre se equivocaba. Hay veces que compartir un problema no hace sobrellevarlo mejor.
—De hecho sí que lo hace—Frank deslizo su mano hacia el bolsillo de su abrigo—. Creo que tenemos toda una eternidad para hablar, por lo que tengo algo que decirte.
Sacó un objeto envuelto en una tela, del mismo tamaño que un par de gafas. Cuando lo desenvolvió, Hazel vio un pedazo de leño medio quemado, brillando con una luz morada. Hazel frunció el ceño.
—¿Qué es…?—entonces la verdad la atravesó, fría y dura como un soplo de aire frío—. Fineo dijo que tu vida dependía de un leño quemado.
—Es cierto—dijo Frank—. Esta es mi línea de la vida, literalmente.
Le explicó cómo la diosa Juno había aparecido cuando era un bebé, cómo su abuela había cogido la madera de la hoguera.
—La Abuela dijo que tenía dones, algunos talentos que tenemos nuestro ancestro, el argonauta. Eso y que mi padre es Marte…—se encogió de hombros—. Se supone que tengo que ser poderoso o algo. Eso es por lo que mi vida puede arder tan fácilmente. Iris dijo que moriría sujetando esto, viéndolo arder.
Frank giró el pedazo de leño en sus dedos. Incluso en su forma fantasmagórica, parecía grande y robusto. Hazel adivinó que sería enorme cuando creciera, tan fuerte y sano como un buey. No podía creer que su vida dependiera de algo tan pequeño como un palo.
—Fran, ¿cómo puedes llevarlo tan tranquilo? —preguntó—. ¿No tienes miedo de lo que le pueda pasar?
—Eso es por lo que te lo estoy contando—le ofreció el leño—. Sé que es demasiado pedir, ¿pero podrías guardármelo tú?
A Hazel le dio vueltas la cabeza. Hasta entonces, había aceptado la presencia de Frank en su desmayo. Le había dejado acompañarla en su pasado, porque parecía justo enseñarle la verdad. Pero se preguntaba si Frank estaba experimentando aquello de verdad, o si solo se estaba imaginando su presencia. ¿Por qué le confiaría a ella su vida?
—Frank—dijo—, sabes quién soy. Soy la hija de Plutón. Todo lo que toco se destroza. ¿Por qué confiarías en mí?
—Eres mi mejor amiga—puso el leño en sus manos—. Confío en ti más que en nadie.
Quería decirle que era un error, quería devolvérselo, pero antes de que pudiera decir nada más una sombra se cernió sobre ellos.
—Nuestro tren está aquí—supuso Frank.
Hazel casi había olvidado que estaba reviviendo su pasado. Nico di Angelo estaba de pie detrás de ella en su abrigo negro, con su espada de acero estigio a su lado. No vio a Frank, pero miró a Hazel y pareció poder ver su vida entera.
—Eres distinta—dijo—. Eres una hija de Plutón, recuerdas tu pasado.
—Sí—dijo Hazel—. Y tú estás vivo.
Nico la estudió como si estuviera leyendo un menú, decidiendo si pedir o no.
—Soy Nico di Angelo—dijo—. Estoy buscando a mi hermana. La muerte se ha ido, así que creo… creo… que podría devolverla a la vida y nadie se daría cuenta.
—¿De vuelta a la vida? —preguntó Hazel—. ¿Eso es posible?
—Debería serlo—suspiró Nico—. Pero ella se ha ido. Ha elegido renacer en una nueva vida. Llego tarde.
—Lo siento.
Él sujetó su mano.
—Tú también eres mi hermana. Te mereces otra oportunidad, ven conmigo.
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:42 pm

Capítulo 30
Hazel
—HAZEL— PERCY LE ESTABA SACUDIENDO EL HOMBRO—. Despertad, estamos llegando a Seattle.
Se incorporó mareada, mientras la cegaba la luz de la mañana.
—¿Frank?
Frank gruñó, fregándose los ojos.
—¿Acabamos de… acabamos de…?
—Os habéis desmayados los dos—dijo Percy—. No sé por qué, pero Ella me dijo que no me preocupara. Me dijo que estabais… ¿compartiendo?
—Compartiendo—repitió Ella. Se agachó en popa, arreglándose las plumas de las alas con los dientes, algo que no parecía una forma muy efectiva de higiene personal. Escupió un par de plumas rojas—. Compartir es bueno. No más desmayos. Hazel ha compartido. No más desmayos.
Percy se rascó la cabeza.
—Sí… hemos estado teniendo conversaciones de ese tipo toda la noche. Sigo sin saber de qué está hablando.
Hazel puso la mano en su bolsillo, pudo sentir el pedazo de leño envuelto en una tela. Miró a Frank.
—Estabas allí.
Asintió. No dijo nada, pero su expresión era clara: sabía a lo que se refería. Quería que ella mantuviera el pedazo de leño seguro. No estaba segura de sentirse honrada o asustada. Nadie le había confiado algo tan importante.
—Esperad—dijo Percy—, ¿queréis decir que habéis compartido un desmayo? ¿Vais a desmayaros juntos a partir de ahora?
—No—dijo Ella—. No, no y no. no hay más desmayos. Más libros para Ella. Libros en Seattle.
Hazel miró por el agua. Estaban navegando por una gran bahía, haciéndose camino por una cosa vadeada de edificios bajos. Vecindarios poblaban unas colinas. De las más alta se alzaba una torre blanca con un platillo en lo más alto, como una nave espacial de las viejas películas de Flash Gordon a las que Sammy le encantaba ver. “¿No habrán más desmayos?” pensó Hazel. Después de sufrirlos tanto, la idea parecía buena. ¿Cómo podía estar tan segura Ella? Aún así, Hazel se sentía distinta… más arraigada, como si no intentara vivir entre dos mundos nunca más. Cada músculo de su cuerpo comenzó a relajarse. Se sintió como si finalmente se hubiera deshecho de una chaqueta que llevaba meses vistiendo. De alguna manera, teniendo a Frank con ella durante los desmayos había ayudado. Había revivido todo su pasado hasta donde comenzaba el presente. Ahora tenía que centrarse en el futuro, suponiendo que tuviera alguno. Percy guió el barco hacia los muelles de la ciudad. Mientras se acercaba, Ella rascaba nerviosa el montón de libros.
Hazel también comenzó a sentirse nerviosa. No estaba segura del por qué. Era un claro y soleado día en Seattle y éste parecía un bonito lugar, con sus calles y sus puentes, sus manzanas de edificios brillando en la bahía, y sus montañas coronadas con nieve alzándose en la distancia. Aún así, se sintió observada.
—Eh… ¿por qué nos paramos aquí? —preguntó.
Percy les mostró el anillo plateado en su colgante.
—Reyna tiene una hermana aquí. Me pidió que la encontrara y le enseñara esto.
—¿Reyna tiene una hermana? —preguntó Frank, como si la idea le aterrorizara.
Percy asintió.
—Aparentemente Reyna cree que su hermana podría enviar ayuda al campamento.
—Amazonas—murmuró Ella—. Territorio de Amazonas. Hmm. Ella encontrará bibliotecas. No me gustan amazonas. Fieras. Escudos. Espadas. Puntiagudas. Au.
Frank alzó su lanza.
—¿Amazonas? Como… ¿chicas guerreras?
—Eso tendría sentido—dijo Hazel—. Si la hermana de Reyna también es hija de Belona, ya veo por qué se ha unido a las amazonas. Pero… ¿es seguro para nosotros estar aquí?
—No, no y no—dijo Ella—. Conseguir libros en vez de eso. No amazonas.
—Tenemos que intentarlo—dijo Percy—. Se lo prometí a Reyna. Además, el Pax no lo llevaba bien. Le he estado empujando durante mucho tiempo.
Hazel miró sus pies. Había agua por entre las tablas del suelo.
—Oh.
—Sí—coincidió Percy—. O bien podemos arreglarlo o encontrar uno nuevo. Ya me he esforzado demasiado trayéndolo aquí con mi fuerza de voluntad. Ella, ¿tienes alguna idea de dónde podemos encontrar a las amazonas?
—Y… eh…—dijo Frank, nervioso—, ¿no matan a los hombres al verlos o algo así?
Ella miró los muelles de la ciudad, a unos cuantos metros.
—Ella verá a sus amigos luego. Ella se irá volando ahora.
Y así lo hizo.
—Bueno…—Frank recogió una pluma que volaba en el aire—. Eso es alentador.
Atracaron en el muelle. Tuvieron el tiempo justo para descargar las provisiones antes de que el Pax se rompiera en mil pedazos. Se hundió, dejando una única tabla con un ojo pintado y otro con la letra P flotando entre las olas.
—Creo que no se puede arreglar—dijo Hazel—. ¿Y ahora qué?
Percy miró las colinas empinadas del centro de Seattle.
—Esperemos que las amazonas ayuden.
Estuvieron explorando durante horas. Encontraron unos caramelos de chocolate en una tienda de dulces. También compraron un par de cafés tan fuertes que a Hazel le dio vueltas la cabeza. Se detuvieron en una cafetería al aire libre y comieron unos bocadillos de salmón delicioso.
En una ocasión vieron a Ella sobrevolando entre unas altas torres, con un libro en cada pata. Pero no encontraron a las amazonas. Durante todo el tiempo, Hazel estuvo alerta del tiempo. Ahora era 22 de junio, y Alaska seguía muy lejos. Finalmente vagaron por el sur de la ciudad y entraron en una plaza rodeada por unos pequeños edificios de ladrillos y cristal. Los nervios de Hazel comenzaron a hormiguearle. Miró a su alrededor, segura de ser observada.
—Allí—dijo.
Unas oficinas a su izquierda tenían una sola palabra grabada en las puertas de cristal: AMAZON.
—Oh—dijo Frank—. Eh… no, Hazel. Eso es algo moderno. Aunque Amazon sea una compañía con el nombre de las amazonas en inglés, no tienen nada que ver. Ellos venden cosas en Internet, no son amazonas…
—A no ser que…—Percy entró por las puertas. Hazel tenía una extraña sensación, pero ella y Frank le siguieron.
El vestíbulo era como una pecera: paredes de cristal, un brillante suelo negro, unas cuantas plantas de plástico y casi nada más. Contra la pared de detrás, unas escaleras de piedra negras iban arriba y abajo. En el medio de la habitación estaba una mujer joven vestida con un traje negro, tenía el pelo de un color castaño rojizo y con un auricular de vigilante de seguridad. Su tarjeta identificadora decía “Kinzie”. Su sonrisa era amistosa, pero sus ojos le recordaban a Hazel a un policía en Nueva Orleans que patrullaba su barrio de noche. Siempre parecía que podía verte el alma, como si estuviera pensando cómo poder matarte lo más rápido posible.
Kinzie asintió a Hazel, ignorando a los chicos.
—¿Puedo ayudarte?
—Eh… eso espero—dijo Hazel—. Estamos buscando a las amazonas.
Kinzie miró la espada de Hazel y entonces la lanza de Frank aunque nunca habrían podido ser visible a través de la Niebla.
—Esta es la central de Amazon—dijo con cautela—, ¿tienes alguna cita o…?
—Hylla— le interrumpió Percy—. Estamos buscando a una chica llamada…
Kinzie se movió tan rápido que los ojos de Hazel a penas la pudieron seguir. Le pegó una patada en el pecho a Frank y le envió volando hacia atrás por el vestíbulo. Sacó una espada del aire, y golpeó a Percy con el mango de su espada, y le pegó un puñetazo bajo su barbilla.
Hazel alcanzó su espada demasiado tarde. Una docena de chicas de negro bajaron de las escaleras, con las espadas en la mano y la rodearon.
Kinzie miró a Percy.
—Primera regla: los hombres no hablan sin permiso. Segunda regla: traspasar nuestro territorio es castigado con la muerte. Os encontraréis con la Reina Hylla, está bien. Será la que decida vuestro destino.
Las amazonas confiscaron las armas del trío y les hicieron bajar tantas escaleras que Hazel perdió la cuenta.
Finalmente aparecieron en una caverna tan grande que se podrían haber acomodado diez colegios con sus canchas de deportes y todo. Unas luces fluorescentes brillaban por todo el techo de roca. Unas cintas transportadoras recorrían la sala como ríos de agua, cargando cajas en todas las direcciones. Estantes de metal se extendían hasta el infinito, llenos de cajas de objetos. Las grúas zumbaban y unos brazos robóticos runruneaban, cargando cajas de cartón, empacando envíos y llevando y trayendo cosas de las cintas transportadoras. Algunos de los estantes eran tan altos que solo eran accesibles con escaleras o pasarelas, que se extendían por el techo como los andamios de un teatro.
Hazel recordó los noticiarios que había visto cuando era niña. Siempre se había impresionado por las escenas de las fábricas construyendo aviones y armas para la guerra: cientos y cientos de armas construyéndose en cadena cada día. Pero no era nada comparado con aquello, y casi todo el trabajo era hecho por ordenadores y robots. Los únicos humanos que podía ver Hazel eran unas vigilantes de seguridad vestidas de negro patrullando las pasarelas, y algunos hombres vestidos en monos naranjas, como uniformes de prisión, conduciendo unas carretillas elevadoras, repartiendo paletas de cajas. Los hombres vestían collares de hierro alrededor de sus cuellos.
—¿Tenéis esclavos? —Hazel supo que podría ser peligroso hablar, pero estaba tan furiosa que no pudo detenerse.
—¿Los hombres? —Kinzie soltó una risotada—. No son esclavos. Están en su lugar. Ahora, moveos.
Caminaron tanto que los pies de Hazel comenzaron a doler. Pensó que habían llegado al final del almacén cuando Kinzie abrió unas puestas dobles y les llevó a otra caverna, igual de grande que la anterior.
—Ni el Inframundo es así de grande—Hazel se quejó, lo que probablemente no era verdad, pero así lo sentían sus pies.
Kinzie sonrió con aire de suficiencia.
—¿Admiras nuestra base de operaciones? Sí, nuestro sistema de distribución se extiende por todo el mundo. Nos ha llevado muchos años y la mayor parte de nuestra fortuna construirlo. Ahora, finalmente, estamos obteniendo nuestro provecho. Los mortales no se dan cuenta de que están fundando el reino de las amazonas. Pronto, seremos más ricos que cualquier nación mortal. Entonces, cuando los débiles mortales dependan en nosotras para todo, la revolución habrá comenzado.
—¿Qué vais a hacer? —se quejó Frank—. ¿Cancelar las embarcaciones gratuitas?
Una guarda dio un porrazo con el mango de su espada en su barriga. Percy intentó ayudarle, pero dos guardas más le empujaron con los mangos de sus espadas.
—Aprenderéis respeto—dijo Kinzie—. Hombres como vosotros habéis destruido el mundo mortal. La única sociedad en harmonía está controlada por mujeres. Somos más fuertes, más listas…
—… más humildes…—dijo Percy. Unas guardas intentaron golpearle, pero Percy se agachó.
—¡Basta! —dijo Hazel. Sorprendentemente, las guardas escucharon.
—Hylla va a juzgarnos, ¿no es cierto? —preguntó Hazel—. Pues llévanos ante ella. Estamos gastando el tiempo.
Kinzie asintió.
—Quizá tengas razón. Tenemos problemas más importantes. Y tiempo… el tiempo es definitivamente un problema.
—¿A qué te refieres? —preguntó Hazel.
Una guarda resopló:
—Podríamos llevarlos ante Otrera. Quizá consigamos ganarnos su favor así.
—¡No! —le espetó Kinzie—. Preferiría vestir un collar de hierro y conducir una carretilla elevadora. Hylla es la reina.
—Hasta esta noche—murmuró otra guarda. Kinzie alzó su espada. Por un segundo Hazel pensó que las amazonas iban a comenzar a luchar entre ellas, pero Kinzie parecía tener el enfado bajo control.
—Suficiente—dijo—. Vámonos.
Cruzaron un pasillo de tráfico de carterillas, deambularon por un laberinto de cintas transportadoras y se agacharon bajo un montón de brazos mecánicos que estaban empacando cajas.
La mayor parte de los productos parecía alucinantemente ordinaria: libros, aparatos electrónicos, pañales de bebé, etc. Pero contra una pared había un carro de guerra con un gran código de barras a un lado. Colgando de un yugo había un cartel que se leía: SOLO UNO EN STOCK. ¡PEDIR MÁS! (MÁS EN CAMINO).
Finalmente entraron en una caverna más pequeña que parecía una combinación de una zona de carga y una sala del trono. Las paredes estaban alineadas con seis pisos de estanterías metálicas decorados con estandartes de guerra, escudos pintados y decapitadas cabezas de dragones, hidras, leones gigantes y osos salvajes. En guardia a cada lado había docenas de carretillas modificadas para la guerra. Un hombre con collar de hierro conducía cada máquina, pero una guerrera amazona estaba de pie en una plataforma detrás, tripulando una ballesta gigantesca. Los dientes de cada carretilla habían estado afilados y convertidos en hojas de espada gigantescas.
Las estanterías de la habitación de aquella habitación tenían amontonados jaulas que contenían animales vivos. Hazel no podía creer lo que estaba viendo: mastines negros, águilas gigantes, un híbrido entre un águila y un león que podría ser un grifo, y una hormiga roja del tamaño de un coche.
Vio con horror una carretilla entrando en la habitación, cargando una jaula con un hermoso pegaso blanco, y se alejó mientras el caballo relinchaba en protesta.
—¿Qué le estáis haciendo al pobre animal? —pidió Hazel.
Kinzie frunció el ceño.
—¿El pegaso? Estará bien. Alguien debe de haber pedido uno. El transporte y el manejo son bruscos, pero…
—¿Se puede comprar un pegaso on-line? —preguntó Percy.
Kinzie le miró.
—Es obvio que no, hombre. Pero las amazonas sí podemos. Tenemos seguidores por todo el mundo. Necesitan suministros de esta manera.
Al final del almacén había una tarima construida con paletas de libros: pilas de novelas vampíricas, paredes de novelas de suspense de James Patterson, y un trono hecho de cientos de copias de algo llamado “Cinco costumbres de las mujeres altamente agresivas”.
En la base de las escaleras, había unas amazonas vestidas de camuflaje que estaban teniendo una fuerte discusión con una mujer joven, la reina Hylla, supuso Hazel, que observaba y escuchaba desde su trono.
Hylla tenía unos veinte años, ágil y delgada como un tigre. Vestía un jersey de cuero negro y unas botas negras. No tenía corona, pero alrededor de su cintura había un extraño cinturón hecho de cables dorados que se entrelazaban, como el diseño de un laberinto. Hazel no podía creerse lo mucho que se parecía a Reyna: un poco más mayor, quizá, pero con el mismo pelo largo y negro, los mismos ojos oscuros y la misma expresión dura, como si intentara decidir cuál de las amazonas que estaban delante de ella merecía más la muerte.
Kinzie echó una mirada a la discusión y gruñó de disgusto:
—Agentes de Otrera, expandiendo sus mentiras.
—¿Qué? —preguntó Frank.
Entonces Hazel se detuvo tan en seco, que las guardas detrás de ella se tropezaron. A unos metros del trono de la reina, dos amazonas custodiaban una jaula. Dentro había un caballo hermoso, no uno alado, sino un majestuoso y poderoso semental con una piel del color de la miel y una crin negra. Sus fieros ojos marrones miraban a Hazel, y ell habría jurado que parecía impaciente, como si pensara: Por fin, después de tanto tiempo, has venido.
—Es él—murmuró Hazel.
—Él, ¿quién? —preguntó Percy.
Kinzie frunció el ceño con preocupación, pero cuando vio a lo que Hazel estaba mirando, su expresión de suavizó:
—Ah, sí. Hermoso, ¿verdad?
Hazel parpadeó para asegurarse de que no estaba alucinando. Era el mismo caballo que había perseguido en Alaska. Estaba segura de ello, pero era imposible. Ningún caballo podía vivir tanto.
—Está…—Hazel apenas podía controlar su voz—…. ¿Está en venta?
Las guardas rieron.
—Es Arión—dijo Kinzie, paciente, como si entendiera la fascinación de Hazel—. Es un tesoro real de las amazonas, debe de ser reclamado por la más valerosa de nuestras guerreras, si haces caso de la profecía.
—¿Profecía? —preguntó Hazel.
La expresión de Kinzie se volvió dolorosa, casi avergonzada.
—No importa. Pero no, no está en venta.
—¿Entonces por qué está en una jaula?
Kinzie hizo una mueca.
—Porque… es difícil.
Como para escenificarlo, el caballo pegó un golpe con su cabeza contra la puerta de la jaula. Las barras de metal temblaron, y las guardas retrocedieron, nerviosas.
Hazel quería liberar aquel caballo. Lo quería más que cualquier cosa que hubiera querido antes. Pero Percy, Frank y una docena de guardas amazonas la estaban mirando, por lo que intentó esconder sus emociones.
—Sólo preguntaba—se las ingenió—, vayamos a ver a la reina.
La discusión en la habitación se hizo más fuerte. Finalmente la reina se dio cuenta del grupo de Hazel aproximándose y espetó:
—Suficiente.
Las amazonas que discutían callaron de inmediato. La reina las apartó con un ademán e hizo una seña para que Kinzie se adelantara.
Kinzie guió a Hazel y a sus amigos hacia el trono.
—Mi reina, estos semidioses…
La reina se puso en pie.
—¡TÚ!
Miró a Percy Jackson con una furia desmesurada.
Percy murmuró algo en griego antiguo que las monjas que Hazel tenía de profesoras en Santa Agnes habrían encontrado insultante, de eso Hazel estaba segura.
—Sujetapapeles—dijo—. Spa. Piratas.
Aquello no tenía sentido para Hazel, pero la reina asintió. Bajó de su trono de best-sellers y sacó una daga de su cinturón.
—Has sido increíblemente estúpido al venir aquí—dijo—. Destruiste mi hogar. Nos hiciste a mí y a mi hermana exiliadas y prisioneras.
—Percy—dijo Frank, incómodo—, ¿de qué está hablando la mujer aterrorizante?
—La Isla de Circe—dijo Percy—. Lo acabo de recordar. La sangre de gorgona, quizá esté comenzando a curar mi mente. El Mar de los Monstruos… Hylla… nos dios la bienvenida en los muelles, y nos llevo a ver a su jefa. Hylla trabajaba para la hechicera.
Hyla sonrió con sus perfectos dientes blancos.
—¿Me estás diciendo que tienes amnesia? Ya sabes, casi te creo. ¿Qué otra cosa podría traerte a cometer tal estupidez?
—Venimos en son de paz—insistió Hazel—. ¿Qué te hizo Percy?
—¿Paz? —la reina alzó sus cejas mirando a Hazel—. ¿Que qué me hizo? ¡Este hombre destruyó la escuela de magia de Circe!
—¡Circe me convirtió en un conejillo de indias! —protestó Percy.
—¡No hay excusas! —dijo Hylla—. Circe era una mujer sabia y generosa. Tenía una habitación y una mesa, un buen plan de salud, leopardos de mascotas, pociones gratis, ¡todo! Y este semidios con su amiga, la rubia…
—Annabeth—Percy se golpeó la frente como si intentara que sus recuerdos volvieran más rápido—. Eso es. Estuve ahí con Annabeth.
—Tú liberaste a nuestros captivos: Barbanegra y sus piratas—se giró hacia Hazel—. ¿Has sido secuestrada alguna vez por piratas? No es divertido. Redujeron nuestro spa a cenizas. Mi hermana y yo fuimos prisioneras durante meses. Afortunadamente somos hijas de Belona. Aprendemos a luchar rápidamente. Si no hubiéramos…—se estremeció—. Bueno, los piratas aprendieron a respetarnos. Poco a poco llegamos a California dónde…—vaciló como si los recuerdos fueran dolorosos—, dónde mi hermana y yo partimos hacia caminos distintos.
Caminó hacia Percy hasta que estuvieron nariz con nariz. Puso su daga bajo su barbilla.
—Por supuesto, sobreviví y prosperé. He llegado a ser reina de las amazonas y quizá deba agradecértelo.
—Las gracias son bienvenidas—dijo Percy.
La reina clavó su cuchillo un poco más.
—No importa. Creo que te mataré.
—¡Espera! —gritó Hazel—. ¡Reyna nos ha enviado! ¡Tu hermana! ¡Mira el anillo de su colgante!
Hylla frunció el ceño. Bajó el cuchillo hasta el colgante de Percy hasta que señalaba el anillo plateado. Su cara empalideció.
—Explica esto—miró a Hazel—. Rápido.
Hazel lo intentó. Describió el Campamento Júpiter. Les habló a las amazonas sobre que Reyna era pretor y el ejército de monstruos que marchaba hacia el sur. Les habló de su misión de liberar a Tánatos en Alaska.
Mientras Hazel hablaba, otro grupo de amazonas entraron en la habitación. Una era más alta que la resta, con un pelo plateado trenzado y vestida con unas finas ropas de seda como una matrona romana. Las otras amazonas la seguían, tratándola con tanto respeto que Hazel se preguntó si era la madre de Hylla, hasta que se dio cuenta de cómo Hylla y la anciana miraban las dagas de la otra.
—Así que necesitamos vuestra ayuda—Hazel acabó la historia—. Reyna necesita tu ayuda.
Hylla agarró el colgante de cuero de Percy y se lo arrancó, tirándolo al suelo con las cuentas, el anillo y la tableta de probatio.
—Reyna, esa chica tonta…
—¡Bueno! —la anciana la interrumpió—. ¿Los romanos necesitan nuestra ayuda? —rió, y las amazonas a su alrededor se le unieron.
—¿Cuántas veces luchamos contra los romanos en mis tiempos? —preguntó la mujer—. ¿Cuántas veces han matado a nuestras hermanas en la batalla? Cuando yo era la reina…
—Otrera, — la interrumpió Hylla—, eres nuestra huésped. Ya no eres la reina nunca más.
La anciana alzó sus manos e hizo un gesto de mofa.
—Cómo tú has dicho, al menos hasta esta noche. Pero yo digo la verdad, Reina Hylla—dijo “reina” como si se burlara—. ¡Me ha traído la Madre Tierra en persona! Traigo noticias de una nueva guerra. ¿Por qué deberíamos las amazonas seguir a Júpiter, ese estúpido rey del Olimpo, cuando podemos seguir a una reina? Cuando tome el mando…
—Si tomas el mando—dijo Hylla—, pero por ahora, soy la reina. Mi palabra es la ley.
—Ya veo—Otrera miró a las amazonas reunidas, que estaban de pie muy rectas, como si se encontraran en una batalla entre dos tigres—. ¿Nos hemos vuelto tan débiles como para escuchar a unos semidioses hombres? ¿Le perdonarás la vida a este hijo de Neptuno, aunque destrozó tu hogar? ¡Quizá le dejes destrozar tu nuevo hogar, también!
Hazel aguantó la respiración. Las amazonas miraron entre Hylla y Otrera mirando cualquier signo de debilidad.
—Pasaré el juicio—dijo Hylla en un tono helado—, una vez tenga todos los hechos. Es así como mando, por la razón, no por el miedo. Primero, hablaré con esta—estiró un dedo hacia Hazel—. Es mi deber de oir a una guerrera antes de sentenciarla a ella o a sus aliados. Es mi forma de amazona. ¿O el Inframundo ha taponado tus oídos, Otrera?
La anciana adoptó un aire despectivo, pero no intento discutir.
Hylla se giró hacia Kinzie.
—Lleva a estos hombres a los calabozos. Las demás, dejadnos.
Otrera alzó una mano hacia la multitud.
—Como su reina ordene. ¡Pero cualquiera que quiera oír más sobre Gea, y nuestro glorioso futuro con ella, venid conmigo!
La mitad de las amazonas la siguió fuera de la habitación. Kinzie gruñó con indignación, entonces ella y las otras guardas arrastraron a Percy y a Frank.
En poco tiempo, Hylla y Hazel estaban solas excepto las guardas personales de la reina. A una señal de Hylla, se moverían sin que lo percibieran sus oídos.
La reina se giró hacia Hazel. Su furia se disolvió y Hazel vio la desesperación en sus ojos. La reina parecía uno de sus animales atrapados abatida en una cinta transportadora.
—Debemos hablar—dijo Hylla—. No tenemos mucho tiempo. A medianoche, seguramente esté muerta.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:42 pm

Capítulo 31
Hazel
HAZEL SE PLANTEÓ HUIR. No confiaba en la reina Hylla, y mucho menos en la otra señora, Otrera. Solo tres guardas quedaban en la habitación. Todas se mantenían en la distancia. Hylla estaba armada con una sola daga. A tanta profundidad, Hazel podría ser capaz de crear un terremoto en la sala del trono, o convocar un gran montón de esquisto u oro. Si pudiera causar una gran distracción, podría ser capaz de escapar y encontrar a sus amigos.
Desafortunadamente, había visto a las amazonas combatir. Aunque la reina solo tuviera una daga, Hazel sospechaba que podría usarlo muy bien. Y Hazel estaba desarmada. No la habían cacheado, lo que significaba gracias a los dioses, que no se habían llevado el leño de Frank de su bolsillo del abrigo, pero se habían llevado su spatha.
La reina parecía leer sus pensamientos.
—Olvídate de escapar. Por supuesto, ya hemos supuesto que lo intentarías, pero te habríamos matado.
—Gracias por la advertencia.
Hylla se encogió de hombros.
—Es lo menos que puedo hacer. Me creo que habéis venido en son de paz, me creo que Reyna os ha enviado.
—¿Pero no vas a ayudar?
La reina estudió el colgante que había cogido de Percy.
—Es complicado—dijo—. Las amazonas siempre han tenido una relación inestable con los demás semidioses, especialmente con los hombres semidioses. Combatimos para el Rey Príamo en la Guerra de troya, pero Aquiles mató a nuestra reina, Pentesilea. Años después de eso, Hércules robó el cinturón de la reina Hipólita, este cinturón que estoy vistiendo. Nos llevó siglos recobrarlo. Mucho antes de eso, en el inicio de la nación amazona, un héroe llamado Belerofonte mató a nuestra primera reina, Otrera.
—¿Te refieres a la mujer…?
—… que se acaba de ir, sí. Otrera, nuestra primera hija, reina de Ares.
—¿Marte?
Hylla puso mala cara.
—No, definitivamente Ares. Otrera vivió mucho antes de Roma, en un tiempo en el que todos los semidioses eran griegos. Desafortunadamente, muchas de nuestras guerreras prefieren las antiguas formas. Hijos de Aires… siempre son las peores.
—Las antiguas formas…—Hazel había oído rumores sobre semidioses griegos Octavian creían que existían y que estaban tramando en contra de Roma en secreto. Pero nunca lo había creído del todo, incluso cuando Percy llegó al campamento. Él simplemente no la había golpeado como un malvado y maquinador griego—. ¿Te refieres a que las amazonas son una mezcla entre griegas y romanas?
Hylla siguió examinando el colgante: las cuentas de barro, la tableta de probatio… Deslizó el anillo de plata de Reyna de la cuerda y lo puso en su propio dedo.
—Supongo que no os lo enseñan en el Campamento Júpiter. Los dioses tienen muchos aspectos: Marte y Ares, Plutón y Hades. Cuando se es inmortal, tienden a acumular personalidades. Son griegos, romanos, americanos… una combinación de todas las culturas que les han influenciado a través de los eones. ¿Lo entiendes?
—No estoy segura. ¿Son todas las amazonas semidiosas?
La reina se encogió de hombros.
—Todas tenemos algo de sangre inmortal, pero muchas de nuestras guerreras descienden de otros semidioses. Algunas han sido amazonas durante generaciones incontables. Otras son hijas de deidades menores. Kinzie, la que os ha guiado hasta aquí, es la hija de una ninfa. Y… aquí está ella.
La chica con el pelo castaño rojizo se acercó a la reina y se inclinó.
—Los prisioneros están seguros encerrados—informó Kinzie—. Pero…
—¿Sí? —preguntó la reina.
Kinzie tragó saliva como si tuviera un mal sabor en la boca.
—Otrera se ha asegurado de que sus seguidoras guarden las celdas. Lo siento, mi reina.
Hylla apretó sus labios.
—No importa. Quédate con nosotras, Kinzie. Estábamos hablando de tu situación.
—Otrera—supuso Hazel—, Gea la ha traído de vuelta de la muerte para organizar una guerra civil entre las amazonas.
La reina suspiró.
—Si ese es su plan, está funcionando. Otrera es una leyenda entre nuestra gente. Planea volver a conseguir el trono y guiarnos a una guerra contra los romanos. Muchas de mis hermanas la seguirán.
—No todas—gruñó Kinzie.
—¡Pero Otrera es un espíritu! —dijo Hazel—. ¡Ella ni siquiera…!
—¿…es real? —la reina estudió a Hazel con cuidado—. Trabajé con la hechicera Circe durante muchos años. Reconozco un alma que ha vuelto a la vida cuando la veo. Cuando moriste, ¿Hazel? ¿En 1920? ¿1930?
—1942—dijo Hazel—. Pero… no me ha enviado Gea. He vuelto para detenerla. Es mi segunda oportunidad.
—Tu segunda oportunidad…—Hylla observó las filas de caretillas armadas, ahora vacías—. Sé lo que son las segundas oportunidades. Ese chico, Percy Jackson, destruyó mi antigua vida. No me reconocerías si me hubieras visto. Vestía vestidos y me maquillaba. Era una glorificada secretaria, una muñeca Barbie maldita.
Kinzie hizo un gesto de una garra con tres dedos encima de su corazón, como los gestos de vudú que hacía la madre de Hazel para protegerse del mal.
—La isla de Circe era un lugar seguro para Reyna y para mí—prosiguió la reina—. Éramos hijas de la diosa de la guerra, Belona. Quería proteger a Reyna de toda violencia. Entonces Percy Jackson liberó a los piratas. Nos secuestraron y Reyna yo aprendimos a luchar. Descubrimos que éramos buenas con las armas. Durante los cuatro años pasados, quise matar a Percy Jackson por hacer endurecernos.
—Pero Reyna es la pretor del Campamento Júpiter—dijo Hazel—. Tú eres reina de las amazonas. Quizá fuera vuestro destino.
Hylla jugueteó con el collar en su mano.
—Quizá no sea reina mucho tiempo más.
—¡Prevalecerás! —insistió Kinzie.
—Si el destino lo decide así—dijo Hylla sin entusiasmo.
—Ya ves, Hazel, Otrera me ha desafiado a un duelo. Cada amazona tiene ese derecho. Hoy a medianoche, lucharemos por el trono.
—Pero… tú eres buena, ¿no es cierto? —preguntó Hazel.
Hylla intentó sonreír.
—Buena, sí… pero Otrera es la fundadora de las amazonas.
—Es mucho más mayor. Quizá esté fuera de práctica, estando muerta tanto tiempo.
—Espero que tengas razón, Hazel. Ya ves, es una batalla a muerte.
Esperó que lo comprendiera. Hazel recordó lo que Fineo le había dicho en Portland: cómo había conseguido una forma rápida de volver de la muerte, gracias a Gea. Recordó cómo las gorgonas habían intentado re-convertirse en el Tíber.
—Incluso aunque la mataras—dijo Hazel—, ella volvería. Mientras Tánatos esté encadenado, no seguirá muerta durante mucho tiempo.
—Exacto—dijo Hylla—. Otrera ya nos ha dicho que ella no puede morir. Así que aunque la venza esta noche, volverá y me desafiará de nuevo al día siguiente. No hay ninguna ley contra el desafiar a la reina tantas veces cuantas se quiera. Puede insistir en luchar contra mí cada noche, hasta que finalmente me venza. No puedo ganar.
Hazel miró el trono. Se imaginó a Otrera sentada allí con sus finas ropas y su pelo plateado, ordenando a sus guerreras que atacaran Roma. Se imaginó la voz de Gea resonando aquella caverna.
—Tiene que haber una manera—dijo—. ¿No tienen las amazonas… poderes especiales o algo?
—No más que los demás semidioses—dijo Hylla—. Podemos morir, como cualquier otro mortal. Hay un grupo de arqueras que siguen a la diosa Artemisa. Hay veces que son confundidas con las amazonas, pero las Cazadoras renuncian la compañía de los hombres a cambio de una vida casi infinita. Nosotras las amazonas, preferimos una vida entera al máximo. Amamos, luchamos y morimos.
—Creía que odiabais a los hombres.
Hylla y Kinzie rieron al mismo tiempo.
—¿Odiar a los hombres? —dijo la reina—. No, no, nos gustan los hombres. Solo queremos mostrarles quién está al mando. Pero está fuera de contexto. Si pudiera, congregaría mis tropas e iría en ayuda de mi hermana. Por desgracia, mi poder es tenue. Cuando sea asesinada en combate, lo que es cuestión de tiempo, Otrera será la reina. Irá hacia el Campamento Júpiter con nuestras fuerzas, pero no irá en ayuda de mi hermana. Se unirá al ejército del gigante.
—Hay que detenerla—dijo Hazel—. Mis amigos y yo matamos a Fineo, uno de los otros sirvientes de Gea en Portland. ¡Quizá podamos ayudarte!
La reina negó con la cabeza.
—No podemos interferir. Como reina, debo luchar mis propias batallas. Además, tus amigos están encarcelados. Si les dejo marchar, pareceré débil. O bien os ejecuto a los tres por intrusos o Otrera lo hará cuando sea reina.
El corazón de Hazel dio un vuelco.
—Así que supongo que estamos las dos muertas. Yo por segunda vez.
En la esquina, desde su jaula, el caballo Arión relinchó con furia, pegó coces y estampó sus pezuñas contra las barras.
—El caballo parece sentir tu desdicha—dijo la reina—. Interesante. Es inmortal, ya sabes, el hijo de Neptuno y Ceres.
Hazel parpadeó.
—¿Dos dioses tuvieron a un caballo por hijo?
—Es una historia muy larga.
—Oh—la cara de Hazel se volvió roja, avergonzada.
—Es el caballo más rápido del mundo—dijo Hylla—. Pegaso es más famoso, con sus alas, pero Arión corre como el viento sobre el mar o sobre la tierra. No hay criatura más rápida. Nos llevó años capturarle, uno de nuestros grandes premios. Pero no nos hace bien. Este caballo no permite a nadie que le monte. Creo que odia a las amazonas. Y es demasiado caro de mantener. Se come cualquier cosa, pero prefiere el oro.
A Hazel le recorrió un escalofrío.
—¿Come oro?
Recordó al caballo siguiéndola por Alaska años atrás. Había creído verle comiendo pedazos de oro que aparecían tras sus huellas. Se arrodilló y presionó su mano contra el suelo. De inmediato, la piedra apareció. Un pedazo de oro del tamaño de un puño salió de la tierra. Hazel se levantó, examinando su valor.
Hylla y Kinzie la miraron.
—¿Cómo has…?— la reina tomó aliento—. Hazel, ¡cuidado!
Hazel se acercó a la caja del semental. Puso su mano entre las barras y Arión comió el pedazo de oro de la palma de su mano.
—Increíble—dijo Kinzie—. La última chica que intentó eso…
—Ahora tiene un brazo metálico—finalizó la reina. Estudió a Hazel con un nuevo interés, como si estuviera decidiendo si decirlo o no—. Hazel… hemos pasado años cazando este caballo. Nos dijeron que la más valerosa guerrera algún día domaría a Arión y lo cabalgaría hacia la victoria, dándonos una nueva era de prosperidad para las amazonas. Aún ninguna amazona ha podido tocarle, mucho menos controlarle. Incluso Otrera lo ha intentado y fracasó. Otras dos murieron intentando cabalgarle.
Eso probablemente habría preocupado a Hazel, pero no podía imaginarse a aquél hermoso caballo hiriéndola. Puso su mano a través de las barras de nuevo y acarició el hocico de Arión. Olisqueó su brazo, esnifando con curiosidad, como si estuviera preguntando “¿Más oro? Ñam.”
—Te daría más, Arión—Hazel señaló a la reina con la cabeza—. Pero creo que estoy citada para una ejecución.
La reina Hylla miraba a Hazel y al caballo una y otra vez.
—Increíble.
—La profecía—dijo Kinzie—. ¿Es posible…?
Hazel podía ver las ideas de la reina, formándose en su cabeza, urdiendo un plan.
—Tienes valor, Hazel Levesque. Y parece que Arión te ha escogido. ¿Kinzie?
—¿Sí, mi reina?
—¿Has dicho que las guardas de Otrera están custodiando las celdas?
Kinzie asintió.
—Debería de haber previsto eso. Lo siento…
—No, está bien.
Los ojos de la reina brillaron, igual que Aníbal, el elefante lo hacía cada vez que era liberado para destruir un fuerte—. Debería ser embarazoso para Otrera si sus seguidoras fallasen en sus tareas, si, por ejemplo, son vencidas por una extraña y sucede un escape en una prisión.
Kinzie comenzó a sonreír.
—Sí, mi reina. Muy vergonzoso.
—Por supuesto—continuó Hylla—, ninguna de mis guardas sabrá nada de esto. Kinzie no dirá nada de haber permitido un escape.
—Por supuesto que no—coincidió Kinzie.
—Y no te podríamos ayudar—la reina alzó sus cejas mirando a Hazel—. Pero si tú, de alguna manera, vencieras a las guardas y liberaras a tus amigos… si, por ejemplo, cogieras una de las tarjetas de las guardas amazonas…
—Y con un pequeño movimiento abrieras—dijo Kinzie—, las jaulas que están cerradas.
—Si… ¡los dioses no lo quieran!, algo así pasara—siguió la reina—, encontrarías las armas de tus amigos y vuestros suministros en la estación de guardas al lado de las celdas. Y, ¿quién sabe? Si pudieras volver a la sala del trono mientras yo esté fuera preparándome para el duelo, bueno, como he mencionado, Arión es un caballo muy rápido. Sería una lástima si alguien lo robara y lo usara para escapar…
Hazel se sintió como si hubiera sido enchufada en un enchufe. Le recorrió un calambre por todo el cuerpo. Arión… Arión podría ser suyo. Todo lo que tenía que hacer era rescatar a sus amigos y hacerse camino por entre una nación entera de guerreras altamente entrenadas.
—Reina Hylla—dijo—, no soy una guerrera…
—Oh, hay muchas formas de luchar, Hazel. Tengo la sensación de que eres emprendedora. Y si la profecía es correcta, ayudarás a la nación amazona a conseguir la prosperidad. Si tenéis éxito en esta misión y liberáis a Tánatos, por ejemplo…
—…entonces Otrera no podría volver si fuera matada—dijo Hazel—. Solo tendrías que vencerla… eh… cada noche hasta que tengamos éxito.
La reina asintió, forzadamente.
—Parece que tenemos tareas imposibles pendientes.
—Pero estás confiando en mí—dijo Hazel—. Y confío en ti. Ganarás todas las veces que tengas que luchar.
Hylla le dio el collar de Percy a Hazel.
—Espero que tengas razón—dijo la reina—. Pero date prisa en tener éxito, ¿vale?
Hazel se puso el colgante en el bolsillo. Le dio la mano a la reina, preguntándose si era posible entablar una amistad tan rápido con alguien, especialmente con alguien que ha estado a punto de mandarte a la cárcel.
—Esta conversación no ha tenido lugar—le dijo Hylla a Kinzie—. Lleva a nuestra prisionera a las celdas y déjala en manos de las guardas de Otrera. Y, Kinzie, asegúrate de que te vas antes de que algo desafortunado suceda. No quiero que mis leales seguidoras sean inculpadas de una fuga en la prisión.
La reina sonrió con picardía, y por primera vez, Hazel se sintió celosa de Reyna. Deseó tener una hermana como aquella.
—Adiós, Hazel Levesque—dijo la reina—. Si ambas morimos esta noche… bueno, me alegro de haberte conocido.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:42 pm

Capítulo 32
Hazel
LA CÁRCEL AMAZONA ESTABA EN LO ALTO de una estantería de almacenaje, a veinte metros en el aire.
Kinzie la guió por tres escaleras de mano hasta una pasarela metálica, entonces ató las manos de Hazel sin mucho cuidado a su espalda y la empujó pasando por unas cajas de joyas.
A unos treinta metros por encima de ellas, bajo el brillo chillón de los fluorescentes, una hilera de jaulas colgaban suspendidas por unos cables. Percy y Frank estaban en una de esas jaulas hablando el uno al otro en murmullos. A su lado, en la pasarela, había tres guardas amazonas que parecían aburridas se apoyaban en sus lanzas y miraban a unas tabletas negras que tenían en las manos como si las estuvieran leyendo.
Hazel pensó que las tabletas eran demasiado finas para ser libros. Entonces se le ocurrió que quizá fueran esas cosas… ¿cómo las llamaban las personas modernas? Tabletas electrónicas. Quizá fueran parte de la tecnología secreta de las amazonas. Hazel encontró la idea igual de perturbadora que los montacargas preparados para la guerra de abajo.
—Muévete, chica. —le ordenó Kinzie, lo suficientemente alto como para que las guardas la oyeran. Le dio un golpecito con el mango de la espada a Hazel en la espalda.
Hazel caminó todo lo lento que pudo, pero su mente iba mucho más rápida. Necesitaba ingeniarse un brillante plan de rescate, pero no tenía nada. Kinzie se había asegurado de que pudiera romper las cuerdas fácilmente, pero aún así estaría maniatada contra tres guerreras entrenadas, y tenía que actuar antes de ser metida en una jaula.
Pasó una paleta de cajas con carteles que ponía: “Anillos de topacio azul de 24 quilates”, entonces otra etiquetada “Brazaletes plateados de la amistad”. Un expositor electrónico al lado de los brazaletes de amistad ponía: “Gente que ha comprado este producto también ha comprado: luz de jardín para gnomos y lanza llameante de la muerte. ¡Compra los tres y ahorra un 12%!”.
Hazel se quedó helada. Dioses del Olimpo, era estúpida.
Plata, topacio. Envió sus sentidos, buscando metales preciosos, y su cerebro casi explota de la respuesta. Estaba de pie frente a una montaña de seis pisos de joyas. Pero delante de ella, de allí a los guardas, no había nada excepto las jaulas de prisioneros.
—¿Qué pasa? —le susurró Kinzie—. ¡Muévete! Sospecharán.
—Hazlas venir. —murmuró Hazel por encima de su hombro.
—¿Por qué…?
—Por favor.
Las guardas fruncieron el ceño en su dirección.
—¿Qué estáis mirando? —les gritó Kinzie—. Aquí está la tercera prisionera. Venid a por ella.
La guarda más cerca dejó de leer su tableta electrónica.
—¿Por qué no puedes dar otros treinta pasos, Kinzie?
—Eh… por qué…
—¡Uf! —Hazel se arrodilló e intentó poner su cara más enfermiza—. ¡Me dan nauseas! ¡No puedo… caminar…! ¡Las… amazonas… me dan mucho… miedo!
—Aquí la tenéis—les dijo Kinzie a las guardas—. Ahora, ¿vais a venir a por la prisionera o le debería decir a la Reina Hylla que no estáis haciendo vuestras tareas?
La guarda más cercana puso los ojos en blanco y caminó con dificultad. Hazel esperaba que las otras dos guardas se acercaran, pero tenía que preocuparse por ellas luego.
La primera guarda agarró el brazo de Hazel.
—Vale. Yo custodiaré la prisionera, pero si yo fuera tú no me preocuparía por Hylla. No será la reina por mucho más.
—Ya veremos, Doris—. Kinzie se giró para irse. Hazel esperó hasta que sus pasos resonaron por debajo de la pasarela.
La guarda Doris arrastró a Hazel del brazo.
—¿Y bien? ¿Vamos?
Hazel se concentró en la pared de joyas que tenía a su lado: cuarenta cajas gigantescas de brazaletes de plata.
—No… me encuentro bien…
—No me eches la pota encima de mí—gruñó Doris. Intentó tirar de Hazel y ponerla de pie, pero Hazel se cayó en redondo, como un niño teniendo convulsiones en una tienda. A su lado, las cajas comenzaron a temblar.
—¡Lulu! —gritó Doris a una de sus compañeras—. Ayúdame con esta pobre niña.
“¿Doris y Lulu son nombres de amazonas? Vaaaale…” pensó Hazel.
La segunda guarda se acercó. Hazel supuso que era su mejor opción. Antes de que pudiera ponerla de pie, gritó:
—¡OOOOOOOOOH! —y se pegó bien a la pasarela.
Doris comenzó a decir:
—Oh, por los dioses, no me…
La paleta entera de joyas explotó con un sonido como cientos de máquinas de juego sacando el premio gordo. Un maremoto de brazaletes de plata de la amistad recorrió la pasarela, sobrepasando a Doris y a Lulu por encima de la verja.
Habrían caído de la pasarela, pero Hazel no era así de mezquina. Convocó unos pocos cientos más de brazaletes, que saltaron hacia las guardas y arremetieron contra los tobillos de las guardas, dejándolas colgando boca abajo por la pasarela, gritando como unas pobres niñas.
Hazel se giró hacia la tercera guarda. Rompió sus cuerdas, que eran igual de resistentes que el papel del váter. Cogió una de las lanzas de las guardas que se habían caído. Era terrible con las lanzas, pero esperó que la tercera amazona no lo supiera.
—¿Te mato desde aquí? —le espetó Hazel—. ¿O me vas a hacer ir ahí?
La guarda se giró y salió corriendo.
Hazel gritó a Doris y a Lulu.
—¡Las tarjetas de amazona! ¡Pasádmelas a no ser que queráis que esos brazaletes de la amistad os vuelvan a visitar!
Pasados cuatro segundos y medio, Hazel tenía ya las dos tarjetas. Corrió hacia las jaulas y pasó la tarjeta. Las puertas se abrieron.
Frank la miraba, asombrado.
—Hazel… eso ha sido… asombroso.
Percy asintió.
—Nunca volverá a vestir joyas.
—Excepto esto—Hazel le pasó su colgante—. Nuestras armas y nuestros suministros están al final de la pasarela. Deberíamos darnos prisa. Seguro que las alarmas…
Las alarmas comenzaron a sonar por toda la caverna.
—Sí—dijo—, gracias por escenificar lo que iba a decir. ¡Vámonos!
La primera parte del escape fue fácil. Consiguieron sus cosas sin ningún problema y comenzaron a bajar por las escaleras. Cada vez que un enjambre de amazonas aparecían detrás de ellos, exigiendo su rendición, Hazel hacía una caja de joyerías explotar, enterrando a sus enemigas bajo una cascada de oro y plata. Cuando llegaron al final de la escalera, encontraron una escena que parecía un macro-Mardi Gras: amazonas enterradas hasta el cuello en colgantes de cuentas, muchas de ellas boca abajo en una montaña de pendientes de amatista y una carretilla de guerra enterrada en unas pulseras plateadas de hechizos.
—Tú, Hazel Levesque—dijo Frank—, eres completa e increíblemente increíble.
Quería besarle allí mismo, pero no tenían tiempo. Corrieron hacia la sala del trono.
Se cruzaron con una amazona que debía de ser leal a Hylla. En cuanto les vio escaparse, se giró y dio la vuelta como si fueran invisibles.
Percy comenzó a preguntar:
—¿Pero qué…?
—Algunas de ellas quieren que nos escapemos—dijo Hazel—. Os lo explicaré luego.
La segunda amazona que se encontraron no fue tan simpática. Estaba vestida con la armadura completa, bloqueando la entrada de la sala del trono. Hizo girar su lanza a la velocidad de la luz, pero esta vez Percy estaba listo. Desenfundó Contracorriente y comenzó a batalla. Mientras la amazona le asestaba un golpe, él retrocedió, cortó su lanza por la mitad y le golpeó el yelmo con el mango de su espada.
La guarda cayó al suelo, inconsciente.
—Marte Todopoderoso—dijo Frank—. ¿Cómo has…? ¡Eso no ha sido una técnica romana!
Percy sonrió.
—El graecus tiene algunas técnicas propias, amigo mío. Después de ti.
Corrieron hacia la sala del trono. Tal y cómo prometió, Hylla y sus guardas no estaban. Hazel corrió hacia la jaula de Arión y pasó la tarjeta de amazona por la cerradura. Al instante, el semental salió de la jaula, relinchando triunfante.
Percy y Frank tropezaron hacia atrás.
—Eh… ¿esa cosa está domesticada? —preguntó Frank.
El caballo relinchó, furioso.
—No lo creo—supuso Percy—. Acaba de decir: “Te pisotearé hasta la muerte, estúpido hombre bebé chino canadiense.
—¿Hablas caballo? —preguntó Hazel.
—¿Hombre bebé? —resopló Frank.
—Hablar con caballos es un don de los hijos de Poseidón—dijo Percy—. Eh… quiero decir, Neptuno.
—Entonces tú y Arión os llevaréis bien—dijo Percy—. También es hijo de Neptuno.
Percy empalideció.
—¿Perdón?
Si no hubieran estado en una situación tan mala, la expresión de Percy le habría hecho gracia.
—El caso es… que es rápido. Nos puede sacar de aquí.
Frank no parecía ilusionado con la idea.
—El caballo no puede llevarnos a nosotros tres, ¿o sí? Nos caeríamos, o iríamos muy lentos o…
Arión relinchó de nuevo.
—Au—dijo Percy—. Frank, el caballo dice que tú eres un… bueno, vale. No pienso traducir eso. De todas formas, dice que hay un carro en el almacén y puede llevarnos con él.
—¡Ahí! —gritó alguien detrás de ellos en la sala del trono. Una docena de amazonas irrumpieron en la sala, seguidas de unos hombres con monos naranjas. Cuando vieron a Arión, retrocedieron rápidamente y fueron hacia los montacargas de batalla.
Hazel se montó en la espalda de Arión.
Sonrió a sus amigos desde arriba.
—Recuerdo haber visto el carro. ¡Seguidme, chicos!
Galopó por la caverna y dispersó una multitud de hombres. Percy dejó sin conocimiento a una amazona. Frank barrió a otras dos con su lanza. Hazel podía sentir a Arión deseoso de correr. Quería ir a toda velocidad, pero necesitaba más espacio. Tenían que hacerlo en el exterior.
Hazel tiró al suelo una patrulla de amazonas, que cayeron al suelo de terror al ver el caballo. Por primera vez, la spatha de Hazel era del tamaño preciso. La usó para todo aquel que se acercara. Ninguna amazona osó desafiarla.
Percy y Frank corrían detrás de ella. Finalmente alcanzaron el carruaje. Arión se paró ante el yugo, y Percy colocó las riendas y los arneses.
—¿Has hecho esto antes? —le preguntó Frank.
Percy no necesitó responder. Sus manos volaron. En poco tiempo el carruaje estaba preparado. Saltó a bordo y gritó:
—¡Frank, vamos! ¡Venga, Hazel!
Se oyó un grito de guerra detrás de ellas. Un ejército entero de amazonas irrumpió en el almacén. Otrera misma estaba al mando de una carretilla de batalla, con su pelo plateado flotando mientras dirigía su ballesta hacia el carruaje.
—¡Detenedlos! —gritó.
Hazel espoleó a Arión. Corrieron por la caverna, pasando paletas y carretillas. Una flecha silbó cerca de la cabeza de Hazel. Algo epxlotó detrás de ella, pero no miró atrás.
—¡Las escaleras! —gritó Frank—. ¡Es imposible que este caballo pueda subir tantos pisos de… ¡POR LOS DIOSES!!
Afortunadamente las escaleras eran lo bastante amplias como para el carruaje, porque Arión ni siquiera frenó. Subió por los escalones con el carruaje traqueteando y gruñendo. Hazel miró un par de veces a Frank y a Hazel para asegurarse de que no se habían caído. Sus nudillos estaban blancos apretados a los lados del carro y sus dientes castañeteaban como unas calaveras de Halloween.
Finalmente alcanzaron el vestíbulo. Arión atravesó las puertas principales y llegó a la plaza y tiró al suelo a unos hombres de negocios.
Hazel sintió la presión de las costillas de Arión: el aire fresco le hacía volverse loco y le entraban ganas de correr, pero Hazel apretó las riendas.
—¡Ella! —gritó Hazel hacia el cielo—. ¿Dónde estás? ¡Tenemos que marcharnos!
Durante un terrible segundo, tuvo miedo de que la harpía estuviera demasiado lejos para oírla. Estaría perdida o habría sido capturada por las amazonas. Detrás de ellas una carretilla de batalla traqueteó por las escaleras y rugió al llegar al vestíbulo, con un montón de amazonas siguiéndola.
—¡Rendíos! —gritó Otrera.
La carretilla alzó sus cuchillas afiladas.
—¡Ella! —gritó Hazel, desesperada.
En un brillo de plumas rojas, Ella aterrizó en el carro.
—Ella está aquí. Las amazonas pinchan. Vámonos.
—¡Agarraos! —les advirtió Hazel. Se inclinó hacia delante y dijo—. ¡Arión, corre!
El mundo pareció alargarse. La luz del sol se fundió a su alrededor. Arión se alejó de las amazonas y corrió por el centro de Seattle. Hazel miró hacia atrás y vio una línea de acera humeante por dónde las pezuñas de Arión habían tocado el suelo. Tronó hacia los muelles, pasando coches, ignorando intersecciones. Hazel gritó hasta que le fallaron los pulmones, pero era un grito de placer. Por primera vez en su vida, en sus dos vidas, se sintió absolutamente imparable. Arión alcanzó el agua y pasó directamente los muelles.
Se le taponaron las orejas a Hazel. Oyó un rugido que luego se dio cuenta que era un sonido sónico, y Arión rompió la barrera del sonido, con el agua del mar convirtiéndose en vapor a su paso mientras Seattle se convertía en una línea difusa detrás de ellos.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:42 pm

Capítulo 33
Frank
FRANK LO AGRADECIÓ CUANDO FRENARON.
Ya había vomitado dos veces desde el carro, algo que no era divertido a la velocidad del sonido. El caballo parecía doblar el tiempo y el espacio mientras corría, fundiendo el paisaje y haciendo a Frank sentirse como si acabara de beber una taza de leche sin su medicina para la intolerancia a la lactosa. Ella no ayudaba. No dejaba de murmurar:
—1200 km por hora. 1300. 1312. Rápido. Muy rápido.
El caballo siguió hacia el norte rompiendo la barrera del sonido, pasando por islas y barcos de pesca y unas ballenas muy sorprendidas. El paisaje comenzó a parecer familiar: Crescent Beach, Boundary Bay, etc. Frank había ido a navegar por allí una vez en una excursión. Habían cruzado a Canadá.
El caballo galopó en tierra seca. Siguió la Highway 99 al norte, corriendo tan deprisa, que los coches parecían no moverse.
Finalmente, cuando llegaron a Vancouver, las ruedas del carro comenzaron a arder.
—¡Hazel! —gritó Frank—. ¡Nos rompemos!
Ella lo entendió y agarró las riendas. El caballo no pareció alegrarse por ello, pero él ralentizó a una velocidad por debajo de la velocidad del sonido y se adentraron en las calles de la ciudad. Cruzaron el puente Ironworker hacia el Vancouver norte, y el carro comenzó a sacudirse peligrosamente. Al fin, Arión se detuvo en la cima de una colina arbolada. El caballo resopló con satisfacción, como si dijera: “Así es como corro, tíos”. El carruaje humeante se desmontó, dejando a Percy, Frank y Ella en el terreno húmedo y musgoso.
Frank se incorporó. Intentó quitarse las manchas amarillas de sus pupilas. Percy se removió y comenzó a desatar a Arión del carro en ruinas. Ella revoloteó en círculos difusos, golpeando los árboles y murmurando:
—Árbol, árbol, árbol.
Sólo Hazel parecía no estar afectara por el viaje. Sonriendo de placer, se bajó del aballo y exclamó:
—¡Qué divertido!
—Sí—Frank se tragó la náusea—. Mucho.
Arión relinchó.
—Dice que necesita comer—tradujo Percy—. No me extraña, probablemente ha quemado unas seis millones de calorías.
Hazel estudió el suelo a sus pies y frunció el ceño.
—No noto oro cerca… No te preocupes, Arión. Te encontraré un poco. Mientras tanto, ¿por qué no pastas un poco? Nos encontraremos…
El caballo desapareció, dejando una estela de vapor a su paso.
Hazel frunció el ceño.
—¿Creéis que volverá?
—No lo sé—dijo Percy—. Parece… un espíritu libre.
Frank casi deseó que el caballo se mantuviera alejado. No lo dijo, por supuesto. Podría decir que Hazel estaba distraída por la idea de perder a su nuevo amigo. Pero Arión le asustaba, y Frank estaba seguro que el caballo lo sabía.
Hazel y Percy comenzaron a rescatar los suministros de los restos del carro. Había unas pocas cajas de material aleatorio de productos de las amazonas entre los suministros, y Ella dio un gritito histérico al ver que era un pedido de libros. Agarró una copia de “Pájaros de Norte América”, voló hacia la rama más cercana, y comenzó a mirar las páginas tan rápido, que Frank no estaba seguro de si leía o lo destrozaba.
Frank se apoyó contra un árbol, intentando controlar su vértigo. Aún no se había recuperado de su encierro con las amazonas, siendo pateado en el vestíbulo, desarmado, enjaulado e insultado como un hombre bebé por un caballo egomaníaco. Aquello no había ayudado precisamente con su falta de autoestima.
Incluso aún antes de eso, la visión que había compartido con Hazel le había dejado sacudido mentalmente. Se sentía mucho más cercano a ella entonces. Sabía que había hecho lo correcto dándole el pedazo de leño. Se había quitado un gran peso de encima.
Por otra parte, había visto el Inframundo de primera mano. Había sentido cómo era estar sentado sin hacer nada para siempre, arrepintiéndose de tus errores. Había visto aquellas terroríficas máscaras doradas de los jueces de la muerte y se había dado cuenta de que algún día estaría allí de pie, puede que muy pronto.
Frank siempre había soñado con ver a su madre después de muerta. Pero quizá no fuera posible para los semidioses. Hazel había estado en los Asfódelos durante unos setenta años y nunca encontró a su madre. Frank esperó que él y su madre pudieran acabar ambos en el Elíseo. Pero si Hazel no había ido allí, sacrificando su vida para detener a Gea, tomando la responsabilidad de sus acciones para que su madre no terminara en el Castigo Eterno, ¿qué oportunidad tenía Frank? Nunca había hecho nada tan heroico.
Se incorporó y miró a su alrededor, intentando orientarse.
Al sur, a través del puerto de Vancouver, el horizonte de la ciudad brillaba con la luz roja del atardecer. Al norte, las colinas y los bosques lluviosos del parque Lynn Canyon serpenteaban entre las parcelas del norte de Vancouver hasta que iban hacia los bosques salvajes.
Frank había explorado aquél parque durante años. Vio un punto del río que le era familiar. Reconoció un pino muerto que había sido tumbado por un rayo en un claro cercano. Frank conocía aquella colina.
—Estoy prácticamente en casa—dijo—. La casa de mi abuela está aquí al lado.
Hazel entrecerró los ojos:
—¿A cuánto?
—Justo al pasar el río y al pasar los árboles.
Percy alzó una ceja.
—¿En serio? ¿Vamos a casa de tu abuela?
Frank se aclaró la garganta.
—Bueno, sí.
Hazel juntó sus manos como si estuviera haciendo una plegaria.
—Frank, por favor dime que nos dejará pasar la noche con ella. Sé que estamos con el tiempo al cuello, pero tenemos que descansar. Y Arión nos ha ahorrado un poco de tiempo. ¿Quizá podamos tener una comida cocinada?
—¿Y una ducha caliente? —añadió Percy—. ¿Y una cama con sábanas y almohadas?
Frank intentó imaginarse la cara de su abuela cuando llegara con dos amigos armados y una harpía. Todo había cambiado desde el funeral de su madre, desde la mañana en la que los lobos se lo habían llevado al sur. Había estado tan enfadado por irse… Ahora, no podía imaginarse el volver.
Aún así, él y sus amigos estaban exhaustos. Habían estado viajando durante más de dos días sin una comida o una cama decentes. La abuela podría darles más suministros. Y quizá pudiera responderle las preguntas que le rondaban por la cabeza a Frank, una creciente sospecha sobre el don de la familia.
—Vamos a intentarlo—decidió Frank—. Vamos a casa de mi abuela.
Frank estaba tan distraído que habría podido irrumpir directamente en el campamento de los ogros. Afortunadamente Percy le empujó hacia abajo. Se agacharon al lado de Hazel y Ella detrás de un tronco caído y curiosearon el claro.
—Malo—murmuró Ella—. Esto es malo para las harpías.
Era completamente oscuro entonces. Alrededor de una hoguera se sentaban media docena de siluetas humanoides con el pelo enmarañado. De pie, podrían haber medido unos dos metros y medio, pequeños comparados con el gigante Polibotes o incluso con los cíclopes que habían visto en California, pero eso no les hacía mucho menos terroríficos. Vestían unos pantalones de surfista. Su piel era de un rojo quemado por el sol, cubierta por tatuajes de dragones, corazones y mujeres en bikini. Colgando de un asador había un animal sin piel, quizá un oso, y los ogros estaban arrancando pedazos de carne con sus uñas afiladas como garras, riendo y hablando mientras comían, enseñando unos dientes afilados. Al lado de los ogros había unas bolsas de malla llenas de esferas de bronce como si fueran balas de cañón. Las esperas debían de estar ardiendo, porque humeaban con el frío aire del atardecer.
A unos doscientos metros más allá del claro, las luces de la mansión Zhang brillaban por entre los árboles. “Tan cerca” pensó Frank. Se preguntó si podrían rodear el campamento, pero al mirar a derecha e izquierda vio otros campamentos de ogros, como si hubieran rodeado la propiedad. Los dedos de Frank se hundieron en las raíces del árbol cercano. Su abuela debía de estar sola en su casa, atrapada.
—¿Qué son estos tipos? —susurró.
—Canadienses—dijo Percy.
Frank se apartó de él.
—¿Perdón?
—Eh, no te ofendas—dijo Percy—. Es así como los llamó Annabeth cuando luchamos contra ellos antes. Dijo que viven en el norte, en Canadá.
—Sí, bueno—gruñó Frank—. Estamos en Canadá. Soy canadiense. Pero nunca había visto estas cosas antes.
Ella de arrancó unas plumas de sus alas y las hizo girar en sus dedos.
—Lestrigones—dijo—. Caníbales. Gigantes del norte. Leyenda del Sasquatch. Sí, sí. No son pájaros. No son pájaros de Norte América.
—Así es como se llaman—coincidió Percy—. Lestri… no sé qué, lo que ha dicho Ella.
Frank miró los tipos del claro:
—Podrían ser tomados por Bigfoot. Quizá es de ahí de dónde viene la leyenda. Ella, eres muy lista.
—Ella es lista—coincidió la harpía. Le ofreció, tímida, una de sus alas a Frank.
—Oh… gracias. —se guardó la pluma en el bolsillo, y se dio cuenta de que Hazel le estaba mirando—. ¿Qué? —preguntó Frank.
—Nada—se giró hacia Percy—. ¿Tu memoria está volviendo? ¿Recuerdas cómo vencer a estos tipos?
—Algo así—dijo Percy—. Sigue borroso. Creo que ayudé. Les maté con bronce celestial, pero fue antes de que… ya sabes.
—Antes de que Tánatos fuera secuestrado—dijo Hazel—. Así que por ahora, no morirán del todo.
Percy asintió.
—Esas balas de cañón de bronce… son malas noticias. Creo que usamos unas contra los gigantes. Pueden atrapar el fuego y usarlo.
La mano de Frank se fue hacia el bolsillo de su abrigo. Entonces recordó que era Hazel quien tenía el pedazo de madera.
—Es una trampa—Hazel miró a Frank, preocupada—. ¿Y entonces, tu abuela? Tenemos que ayudarla.
Frank sintió un nudo en su garganta. Nunca en un millón de años hubiera creído que su abuela pudiera necesitar ser rescatada, pero ahora comenzó a imaginarse algunas escenas de batallas que había vivido, como los juegos bélicos.
—Necesitamos una distracción—decidió—. Si podemos sacar a este grupo de los bosques, podríamos pasar por entre ellos sin alertar a los demás.
—Ojalá Arión estuviera aquí—dijo Hazel—. Podría hacer que estos ogros me persiguieran.
Frank agarró la lanza de su espalda.
—Tengo otra idea.
Frank no quería hacer aquello. La idea de convocar a Gris le asustaba incluso más que el caballo de Hazel. Pero no veía ninguna otra manera.
—¡Frank, no puedes atacar ahí! —dijo Hazel—. ¡Es un suicidio!
—No voy a atacar—dijo Frank—. Tengo un amigo… Que nadie grite, ¿vale?
Clavó la lanza al suelo, y la punta se rompió.
—Ups—dijo Ella—. No hay punta de lanza. No, no.
El suelo tembló. La mano esquelética de Gris salió a la superficie. Percy buscó a tientas su espada, y Hazel hizo un sonido como si hubiera un gato haciendo explotar un globo. Ella desapareció y se materializó en la cima del árbol más cercano.
—Está bien—prometió Frank—. ¡Está bajo control!
Gris salió del suelo. No mostraba ninguna señal de daño del encuentro anterior con los basiliscos. Estaba otra vez vestido con su ropa de camuflaje y sus botas de combate, y la translucida carne gris cubriendo sus cuerpos como una gelatina brillante. Giró sus fantasmagóricos ojos hacia Frank, esperando órdenes.
—Frank, eso es un spartus—dijo Percy—. Un guerrero esqueleto. Son malvados, son asesinos, son…
—Lo sé—dijo Frank amargamente—. Pero es un regalo de Marte. De momento es todo lo que tenemos. Vale, Gris, tus órdenes: ataca ese grupo de ogros. Llévales hacia el oeste, causándoles una distracción para que podamos…
Por desgracia, Gris perdió interés en sus palabras después de la palabra “ogros”. Quizá solo entendía una sola frase. Atacó hacia el campamento de ogros.
—¡Espera! —dijo Frank, pero era demasiado tarde. Gris sacó dos de sus propias costillas de su camisa y corrió hacia la hoguera, atacando a los ogros por la espalda con una velocidad tan cegadora que ni siquiera les dio tiempo a gritar. Seis extremamente sorprendidos lestrigones cayeron hacia los lados como un círculo de fichas de dominó y se redujeron a polvo.
Gris dio vueltas, dándole patadas a los montoncitos de cenizas que intentaban volver a formarse. Cuando pareció satisfecho al ver que no intentaban volver, Gris se irguió, saludo educadamente a Frank y se hundió en el suelo del bosque.
Percy miró a Frank.
—¿Cómo…?
—No hay lestrigones—Ella voló hacia abajo y aterrizó a su lado—. Seis menos seis es cero. Las lanzas son buenas para restar. Sí.
Hazel miró a Frank como si se hubiera convertido en un esqueleto zombi él mismo. Frank pensó que creyó que su corazón se habría roto en pedazos, pero él no podía culparla. Los hijos de Marte eran todo violencia. El símbolo de Marte era una lanza sangrienta por una buena razón. ¿Por qué no estaría Hazel aterrorizada?
Miró había la punta rota de su lanza. Deseó haber tenido cualquier otro padre excepto Marte.
—Vamos—dijo—. Mi abuela podría estar en problemas.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:43 pm

Capítulo 34
Frank
SE DETUVIERON EN EL PORCHO DE DELANTE. Como Frank había temido, las hogueras formaban un anillo en los bosques, rodeando completamente la propiedad, pero la casa parecía estar intacta.
Las campanillas de viento de la abuela tintineaban con las brisas de la noche. Su mecedora estaba vacía, mirando hacia la carretera. Las luces brillaban desde las ventanas de la planta de abajo, pero Frank decidió no hacer sonar el timbre. No sabía lo tarde que era, o si la abuela estaba dormida o en casa. En vez de eso miró la estatua del elefante de piedra en la esquina, una pequeña replica del que había en Portland. La llave de repuesto seguía debajo de su pie. Vació en la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó Percy.
Frank recordó la mañana en la que abrió la puerta y fuera le esperaba el oficial militar que le habló de su madre. Recordó haber bajado los escalones hacia su funeral, sujetando el pedazo de leño en su abrigo por primera vez. Recordó estar allí de pie y ver a los lobos salir de entre los árboles, los subalternos de Lupa, que le habían llevado hasta el Campamento Júpiter. Eso parecía mucho tiempo atrás, pero solo habían pasado seis semanas.
Ahora estaba de vuelta. ¿Le abrazaría la abuela? ¿O diría: “¡Frank, gracias a los dioses! ¡Estoy rodeada de monstruos!”
Seguramente le regañaría, o los tomaría por intrusos y les perseguiría con una sartén.
—¿Frank? —preguntó Hazel.
—Ella está nerviosa—murmuró la harpía desde la barandilla en el porche—. El elefante… mira a Ella.
—Estaremos bien—la mano de Frank temblaba tanto que apenas podía meter la llave en el cerrojo—. Mantengámonos unidos.
En el interior, la casa olía a cerrado y a mustio. Normalmente el aire olía a incienso de jazmín, pero los quemadores están vacíos.
Examinaron la sala de estar, el comedor, la cocina. Habían platos sucios en el fregadero, lo que no era normal. La criada de la abuela venía cada día, a no ser que hubiera sido asustada por los gigantes. O comida de desayuno, pensó Frank. Ella había dicho que los lestrigones eran caníbales.
En la sala de estar, unas estatuas de Buda y unas estatuillas taoístas les sonreían como unos payasos psicóticos. Frank pensó en la diosa del arcoíris, Iris, que les había estado hablando del budismo y el taoísmo. Frank supuso que si la diosa viniera a aquella casa, se le quitarían las ganas a la diosa.
Los gigantescos jarrones de porcelana de la abuela estaban llenos de telarañas. Aquello tampoco no era normal. La abuela, normalmente insistía en que la colección debía de ser desempolvada regularmente. Mirando la porcelana, Frank se sintió culpable de haber destrozado tantas piezas el día del funeral. Entonces le parecía tan estúpido todo, el haberse enfadado con la abuela cuando tenía tantas otras personas con las que enfadarse: Juno, Gea, los gigantes, su padre Marte… Sobre todo con su padre Marte.
La hoguera estaba fría y oscura.
Hazel se abrazó el pecho, como si intentara retener al leño que custodiaba de volver al lugar del que salió:
—¿Es eso…?
—Sí—dijo Frank—. Ese es.
—¿Es qué? —preguntó Percy.
La expresión de Hazel era de comprensión, lo que le hizo sentir a Frank mucho peor. Recordó lo aterrorizada que parecía y la repulsión que parecía sentir cuando había convocado a Gris.
—Es la chimenea—le dijo a Percy, lo que sonaba estúpidamente obvio—. Vamos, miremos en el piso de arriba.
Los escalones crujieron bajo sus pies. La antigua habitación de Frank estaba igual. Nada había sido tocado: su arco y carcaj extra (los cuales tenía que coger luego), sus premios de ortografía del colegio (sí, probablemente sería el único semidiós no disléxico campeón de ortografía del mundo, como si no fuera ya lo suficientemente raro), y las fotos de su madre: una con su chaqueta ignífuga y su casco y sentada en un Humve en la provincia Kandahar, otra con el chándal de entradora de futbol cuando entrenó al equipo de Frank, otra con su uniforme militar con sus manos apoyadas en los hombros de Frank, cuando visitó su colegio el día de los padres.
—¿Es tu madre? —preguntó Hazel amablemente—. Es guapa.
Frank no pudo responder. Se sintió un poco avergonzado, un chico de dieciséis años con un montón de fotografías de su madre.
¿Cuán triste era aquello? Igualmente, se sintió muy triste. Habían pasado seis semanas desde que había estado allí. En parte, aquello parecía haber sido hace mucho tiempo. Pero cuando miraba la cara sonriente de su madre en algunas fotos, el dolor de su pérdida volvió como si acabara de suceder.
Comprobó las otras habitaciones. Las dos del medio estaban vacías. Una tenue luz parpadeaba en la última puerta: la habitación de su abuela.
Frank llamó en silencio. Nadie respondió. Empujó la puerta y ésta se abrió. La abuela descansaba en la cama, parecía demacrada y frágil, su pelo blanco peinado como la corona de un basilisco. Una sola vela ardía en la mesita de noche. Al lado de la cama estaba sentado un hombre vestido con el uniforme beige de las Fuerzas Canadienses. A pesar de la penumbra, vestía unas gafas de sol oscuras y había un brillo rojo sangre detrás de las lentes.
—Marte—dijo Frank.
El dios alzó la vista, sin inmutarse.
—Ey, chico. Entra. Diles a tus amigos que se vayan a dar una siesta.
—¿Frank? —le susurró Hazel—. ¿A qué te refieres con Marte? Tu abuela… ¿está bien?
Frank miró a sus amigos.
—¿No le véis?
—¿Ver a quién?—Percy agarró su espada—. ¿Marte? ¿Dónde?
El dios bélico hizo chasquear la lengua.
—Nah, no me pueden ver. Supuse que así sería mejor esta vez. Una conversación privada, padre e hijo, ¿eh?
Frank apretó los puños. Contó hasta diez antes de hablar.
—Chicos… no es nada. Escuchad, ¿por qué no vais a las habitaciones restantes?
—Techo—dijo Ella—. El techo es bueno para las harpías.
—De acuerdo—dijo Frank, aturdido—. Probablemente haya comida en la cocina. ¿Me daréis unos pocos minutos a solas con mi abuela? Creo que ella…
Su voz se quebró. No estaba seguro de si llorar, gritar o golpear a Marte en las gafas. Quizá las tres cosas.
Hazel puso su mano en su brazo.
—Por supuesto, Frank. Vamos, Ella, Percy.
Frank esperó hasta que las pisadas de sus amigos se alejaron. Entonces pasó a la habitación y cerró la puerta.
—¿Eres realmente tú? —preguntó a Marte—. ¿No es un truco o una ilusión o algo?
El dios negó con la cabeza:
—¿Preferirías que no fuera yo?
—Sí—confesó Frank.
Marte se encogió de hombros.
—No te culpo. Nadie dar la bienvenida a la guerra, no si son listos. Pero la guerra siempre encuentra a todo el mundo tarde o temprano. Es inevitable.
—Eso es estúpido—dijo Frank—. La guerra no es inevitable. Mata a la gente y…
—…se llevó a tu madre—acabó Marte.
Frak quería quitarle a golpes la mirada de tranquilidad de su cara, pero quizá era solo el aura de Marte que le hacía sentirse agresivo. Miró a su abuela, durmiendo con tranquilidad. Deseó que se levantara. Si alguien pudiera enfrentarse a un dios de la guerra, era su abuela.
—Está lista para morir—dijo Marte—. Lo ha estado desde hace semanas, pero te espera a ti.
—¿A mí? —Frank estaba tan aturdido que casi se olvidó de su enfado—. ¿Por qué? ¿Cómo ha podido saber que volvería? ¡Ni siquiera yo lo sabía!
—Los lestrigones del exterior sí—dijo Marte—. Imagino que cierta diosa se lo dijo.
Frank parpadeó.
—¿Juno?
El dios de la guerra rió tan fuerte que las ventanas temblaron, pero la abuela ni se inmutó.
—¿Juno? ¡Por los bigotes del jabalí, chico! ¡No Juno! Tú eres el arma secreta de Juno. No podría venderte tan fácilmente. No, hablo de Gea. Obviamente ha estado siguiéndote la pista. Creo que se preocupa más de ti que de Percy o Jason o cualquiera de los siete.
Frank se sintió como si el techo estuviera temblando. Deseó que hubiera otra silla en la que sentarse.
—Los siete… ¿te refieres a la profecía de las Puertas de la Muerte? ¿Soy uno de los siete? ¿Y Jason y…?
—Sí, sí—Marte movió la mano, impaciente—. Vamos, chico. Se supone que tú eres el táctico. ¡Piénsalo! Obviamente tus amigos también están siendo preparados para esa misión, asumiendo que volváis de Alaska vivos. Juno quiere unir a los griegos y a los romanos y enviarles contra los gigantes. Cree que es la única manera de detener a Gea.
Marte se encogió de hombros, claramente no le convencía el plan.
—De todas formas, Gea no quiere que tú seas uno de los siete. Percy Jackson… ella cree que lo puede controlar. Y los otros tienen debilidades que puede utilizar. Pero tú… tú la preocupas. Ella prefiere matarte. Es por eso por lo que ha convocado a los lestrigones. Han estado ahí durante días, esperando.
Frank negó con la cabeza. ¿Estaba Marte engañándole? De ninguna manera él le pudiera preocupar a una diosa, especialmente cuando alguien como Percy Jackson estuviera implicado.
—¿Que no tengo debilidades? —preguntó—. ¡Si no tengo más que debilidades! ¡Mi vida depende de un pedazo de madera!
Marte sonrió.
—Te subestimas. De todas formas, Gea tiene a esos lestrigones convencidos de que si pueden comerse hasta el último miembro de tu familia, incluyéndote a ti, heredarán el don familiar. Si eso es verdad o no, lo desconozco. Pero esos lestrigones están hambrientos para intentarlo.
El estómago de Frank se hizo un nudo. Gris había matado a seis ogros, pero juzgando por las hogueras alrededor de la propiedad, había docenas de ellos, todos esperando para cocinar a Frank de desayuno.
—Creo que voy a vomitar—dijo.
—No lo creo—Marte hizo chasquear los dedos, y los mareos de Frank desaparecieron—. Las batallas ponen nervioso a cualquiera.
—Pero mi abuela…
—Sí, te ha estado esperando para hablar contigo. Los ogros la han dejado sola. Ella es el cebo, ¿no lo ves? Ahora que estás aquí, imagino que ya habrán olido tu presencia. Atacarán por la mañana.
—¡Entonces, sácanos de aquí! —pidió Frank—. Haz sonar tus dedos y barre a los caníbales.
—¡Ja! Eso sería divertido. Pero no lucho las batallas de mis hijos por ellos. El destino ha dejado claro los trabajos que nos tocan llevar a cabo a los dioses, y los que tienen que ser hechos por los mortales. Esta es tu misión, hijo. Ah, y… en caso de que no lo hayas descubierto, tu lanza no puede ser usada de nuevo en veinticuatro horas, así que espero que hayas aprendido a usar el don de la familia. De otra manera, vas a ser el desayuno de los caníbales.
El don de la familia. Frank había querido hablar con la abuela sobre eso, pero ahora no tenía a nadie con quién consultar excepto a Marte. Miró al dios de la guerra, que sonreía sin ninguna simpatía.
—Periclímeno—Frank pronunció la palabra con cuidado, como en un concurso de deletrear—. Era mi ancestro, un príncipe griego, un argonauta. Murió luchando contra Hércules.
Marte movió la mano instándole a continuar.
—Tenía una habilidad que le ayudaba en combate—dijo Frank—. Algún tipo de don de los dioses. Mi madre dijo que combatía como un enjambre de abejas.
Marte rió.
—Muy cierto. ¿Qué más?
—De alguna manera, nuestra familia llegó a China. Creo, que en los días del Imperio Romano, uno de los descendientes de Periclímeno sirvió en la legión. Mi madre decía que ese tipo se llamaba Seneca Gracchus, pero también tenía un nombre chino, Sung Guo. Creo… que esta parte es la que no sé, pero Reyna siempre dijo que hubo muchas legiones perdidas. La Duodécima fundó el Campamento Júpiter. Quizá haya otra legión que desapareció en el este.
Marte aplaudió en silencio.
—No está mal, chico. ¿Has oído hablar alguna vez de la Batalla de Carras? Un gran desastre para los romanos. Lucharon contra aquellos tipos llamados partos en el borde oriental del imperio. Quince mil romanos murieron. Diez mil fueron prisioneros.
—¿Y uno de los prisioneros fue mi ancestro Seneca Gracchus?
—Exacto—coincidió Marte—. Los partos pusieron a los legendarios capturados a trabajar, porque eran unos luchadores muy buenos. Pero entonces Partia fue invadida por el otro lado…
—Por los chinos—supuso Frank—. Y los prisioneros romanos fueron capturados de nuevo.
—Sí. Algo muy vergonzoso. De todas formas, así es como la legión romana entró en China. Los romanos echaron raíces allí y construyeron una ciudad llamada…
—Li-Jien—dijo Frank—. Mi madre decía que fue nuestro hogar ancestral: Li-Jien… Legión…
Marte parecía satisfecho.
—Ya lo estás pillando. Y el viejo Seneca Gracchus, tuvo el don de tu familia.
—Mi madre dijo que luchó contra dragones—recordó Frank—. Dijo que era… era el dragón más poderoso de todos.
—Era bueno—admitió Marte—. No lo suficiente como para evitar la mala suerte de su legión, pero bueno. Se instaló en China, y pasó el don de la familia a sus hijos y así. Poco a poco su familia emigró a Norte América y se vio envuelta en el Campamento Júpiter.
—El círculo completo—finalizó Frank—. Juno dijo que yo traería el círculo completo a la familia.
—Veamos—Marte señaló a la abuela de Frank—. Quería decírtelo ella misma, pero supuse que tenía que adelantar trabajo desde que el viejo pájaro no tiene demasiada fuerza. ¿Entiendes tu don?
Frank vaciló. Tenía una idea, pero parecía loca, incluso más loca que una familia mudándose a Grecia, de ahí a Roma, luego a China y por último a Canadá. No quería decirlo en alto. No quería equivocarse y que Marte se riera de él.
—Lo… lo creo. Pero contra un ejército de esos ogros…
—Sí, será duro—Marte se puso en pie y se rascó—. Cuando tu abuela se despierte por la mañana, te ofrecerá ayuda. Entonces imagino que morirá.
—¿Qué? ¡Pero tengo que salvarla! No me puede abandonar.
—Ha vivido una vida plena—dijo Marte—. Está lista para seguir. No seas egoísta.
—¿¡Egoísta!?
—La anciana se ha mantenido así hasta ahora por su sentido del deber. Tu madre era igual. Es por eso por lo que la amé. Siempre antepuso su deber primero, por encima de todo. Incluso de su vida.
—Y por encima de mí.
Marte se quitó las gafas de sol. Allí dónde deberían estar sus ojos, habían unas pequeñas esferas en miniatura de fuego como explosiones nucleares.
—Auto-compadecerse no sirve para nada, niño. No vale la pena. Incluso sin el don de la familia, tu madre te habría dado en herencia otros valores: valor, lealtad, inteligencia…. Ahora tienes que decidir cómo usarlos. Por la mañana, escucha a tu abuela. Sigue su consejo. Aún puedes liberar a Tánatos y salvar al campamento.
—Y dejar a mi abuela morir.
—La vida solo es valiosa porque termina, niño. Te lo dice un dios, vosotros los mortales no sabéis la suerte que tenéis.
—Sí—murmuró Frank—. Mucha suerte.
Marte rió, un sonido algo metálico.
—Tu madre me decía un proverbio chino: Come agrio…
—Come agrio, sabe dulce—dijo Frank—. Odio ese proverbio.
—Pero es cierto. ¿Cómo lo dicen hoy en día? ¿Sin dolor, no hay ganancias? Es lo mismo. Tú vas por lo fácil, lo atractivo, lo pacífico, que termina convirtiéndose en malo al fin y al cabo. Pero si tomas el camino difícil… es así cómo recibes los premios dulces. Deber y sacrificio, significan algo.
Frank estaba tan indignado que apenas podía hablar. ¿Aquél era su padre?
Frank entendía por qué su madre había sido una heroína, entendía que había salvado vidas y que había sido muy valiente. Pero le había dejado solo. Aquello no era justo, no estaba bien.
—Me voy—dijo Marte—. Pero primero, has dicho que eres débil. Eso no es cierto. Quieres saber por qué Juno te ha escogido, ¿verdad? ¿Por qué ese pedazo de madera aún no ha ardido del todo? Es porque tienes un papel que jugar. Crees que no eres igual de bueno que los otros romanos. Crees que Percy Jackson es mejor que tú.
—Lo es—gruñó Frank—. Luchó contra ti y ganó.
Marte se encogió de hombros.
—Quizá, quizá sí. Pero cada héroe tiene un punto débil. ¿Percy Jackson? Es demasiado leal a sus amigos. No puede abandonarles. Eso se lo dijeron, hace años. Y algún día, va a tener que enfrentarse a un sacrifico que le sobrepasará. Sin ti, Frank, sin tu sentido del deber, caerá. La guerra entera fracasará, y Gea destruirá nuestro mundo.
Frank negó con la cabeza. No podía escuchar aquello.
—La guerra es un deber—continuó Marte—. La única elección verdadera es si lo aceptas o no y si luchas por ello. El legado de Roma está en la cuerda floja, cinco mil años de ley, orden, civilización… Los dioses, las tradiciones, las culturas que han dado forma al mundo en el que vives: todo va a caer, Frank, a no ser que ganéis esto. Creo que eso es algo que merece la pena por lo que luchar. Piénsalo un poco.
—¿Cuál es el mío? —preguntó Frank.
Marte alzó una ceja.
—¿Tú qué?
—Mi punto débil. Has dicho que todos lo héroes tenemos uno.
El dios sonrió fríamente:
—Vas a tener que responder eso por ti mismo, Frank. Pero finalmente estás preguntando lo correcto. Ahora, duerme un poco. Necesitas descansar.
El dios ondeó su mano. Los ojos de Frank pesaron. Se desplomó y todo se volvió negro.

—Fai—dijo una voz familiar, severa e impaciente.
Frank parpadeó. La luz del sol entraba en la habitación.
—Fai, levántate. Por mucho que me gustase quitarte esa cara ridícula que tienes, no estoy en condiciones de salir de la cama.
—¿Abuela?
Su visión se enfocó, y la vio mirándole desde la cama. Él estaba espatarrado en el suelo. Alguien le había puesto una sábana por encima de él durante la noche y una almohada bajo la cabeza, pero no tenía ni idea de qué había pasado.
—Sí, mi tonto buey— la abuela seguía pareciendo horriblemente débil y pálida, pero su voz era mucho más dura que nunca—. Ahora, levántate. Los ogros han rodeado la casa. Tenemos mucho que discutir si tú y tus amigos queréis escapar de aquí vivos.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:43 pm

Capítulo 35
Frank
UNA MIRADA FUERA DE LA VENTANA, y Frank sabía que estaban en problemas.
Al borde del césped, los lestrigones comenzaban a cargar las balas de cañón de bronce. Su piel relucía con un color rojo. Su pelo era desenmarañado, sus tatuajes y sus garras no parecían mucho más bonitos que la luz de la mañana.
Algunos cargaban varas y lanzas. Y otros confusos ogros cargaban tablas de surf, como si se hubieran metido en la fiesta equivocada. Todos de ellos tenían un humor festivo, chocándose las manos a los otros, atándose baberos de plástico por sus cuellos, rompiendo cuchillos y tenedores. Un ogro había encendido una barbacoa portátil y estaba bailando con un delantal que decía “BESA AL COCINERO”.
La escena habría sido casi divertía, excepto que Frank sabía que él mismo era el plato principal.
—He visto a tus amigos en el ático—dijo la abuela—. Puedes unírteles cuando estés listo.
—¿El ático? —se giró Frank—. Siempre me decías que nunca subiera allá.
—Eso es porque ahí guardamos las armas, chico tonto. ¿Crees que es la primera vez que los monstruos atacan a nuestra familia?
—Armas—gruñó Frank—. Como si nunca hubiera lidiado con armas antes.
Las aletas de la nariz de la abuela se abrieron.
—Fai Zhang, ¿eso ha sido sarcasmo?
—Sí, abuela.
—Bueno. Aún hay esperanza para ti. Ahora, siéntate. Debes comer.
Señaló con la mano su mesita de noche, donde alguien había dejado un vaso de zumo de naranja y un plato de huevos revueltos y una tostada con bacón, el desayuno favorito de Frank.
A pesar de sus problemas, Frank se sintió hambriento. Miró a su abuela, asombrado.
—¿Has…?
—¿…hecho yo tu desayuno? ¡Por el mono de Buda, por supuesto que no! Y no ha sido la criada, es demasiado peligroso entrar aquí para ella. No, tu novia Hazel lo ha hecho para ti. Y te trajo una sábana y una almohada anoche. Y te cogió unas pocas ropas limpias para ti en tu habitación. De todas formas, deberías darte una ducha. Hueles a pelo de caballo quemado.
Frank abrió y cerró su boca como un pescado. No podía articular un sonido. ¿Hazel había hecho todo aquello por él? Frank estaba seguro de que había destruido cualquier oportunidad con ella la noche anterior cuando convocó a Gris.
—Ella… eh… no es…
—¿No es tu novia? —supuso la abuela—. Bueno, ¡pues lo debería! No la dejes escapar. Necesitas una mujer fuerte en tu vida, por si no lo has notado. Ahora, vamos al trabajo.
Frank comió mientras la abuela le daba algo parecido a una sesión informativa militar. A la luz del día, su piel era tan translúcida, sus venas parecían brillar. Su respiración sonaba como una crujiente bolsa de papel hinchándose y deshinchándose, pero hablaba con firmeza y claridad. Le explicó que los ogros habían rodeado la casa durante tres días, esperando a Frank.
—Quieren cocinarte y comerte—dijo, sin ganas—, lo que es ridículo. Sabrías terriblemente.
—Gracias, abuela.
Asintió.
—Admito, que estuve satisfecha de alguna manera cuando me dijeron que ibas a volver. Me alegro de verte de nuevo por última vez, aunque tus ropas estén sucias y necesites un corte de pelo. ¿Es así como representas a tu familia?
—He estado un poco liado, abuela.
—No hay excusas para la dejadez. De todas formas, tus amigos han dormido y han comido. Están recargando municiones de armas en el ático. Les he dicho que te unirías con ellos en breve, pero hay demasiados ogros para enfrentarte a ellos tú solo. Debemos hablar de tu plan de escape. Mira en mi mesita de noche.
Frank abrió el cajón y sacó un sobre sellado.
—¿Sabes el campo de aviación al final del parque? —le preguntó su abuela—. ¿Podrías encontrarlo otra vez?
Frank asintió en silencio. Estaba a unos cuatro kilómetros al norte, bajando por la carretera principal a través del cañón. La abuela le había llevado allí varias veces cuando fletaba aviones para traer equipamiento especial de China.
—Hay un piloto esperándote para partir en cuanto llegues—dijo la abuela—. Es un viejo amigo. Tengo una carta para él en el sobre, pidiéndole que os lleve al norte.
—Pero…
—No discutas, chico—murmuró—. Marte ha estado visitándome estos últimos días, haciéndome compañía. Me ha hablado de tu misión. Encuentra a la Muerte en Alaska y libéralo. Cumple tu deber.
—Pero si tengo éxito, morirás. Nunca te volverá a ver.
—Eso es cierto—admitió la abuela—. Pero moriré de todas formas. Soy vieja, creo que eso está claro. Pero, ¿tu pretor te ha dado letras de recomendación?
—Eh, sí, pero…
—Bueno. Muéstraselas al piloto también. Es un veterano de la legión. En caso de que tenga alguna duda, esas credenciales le obligarán a ayudarte de todas las maneras posibles. Todo lo que tenéis que hacer es llegar al campo de aviación.
La casa tembló. Fuera una bola de fuego explotó en medio del aire, haciendo brillar toda la sala.
—Los ogros comienzan a cansarse—dijo la abuela—. Debemos darnos prisa. Ahora, tú y tus poderes, espero que ya los hayas descubierto.
—Eh…
La abuela maldijo por lo bajo en un mandarín muy rápido.
—¡Dioses ancestrales! ¿Es que no has aprendido nada, chico?
—¡Sí! —habló de los detalles de su discusión con Marte la noche anterior, pero se sintió que le costaba mucho más hablar delante de su abuela—. El don de Periclímeno… creo… Creo que era hijo de Poseidón, o Neptuno, bueno ya me entiendes…—Frank se encogió de hombros—. El dios del mar.
La abuela asintió de mala gana.
—Era nieto de Poseidón, pero me vale. ¿Cómo has llegado a tal brillante iluminación?
—Un profeta en Portland… dijo algo sobre mi tatara-abuelo, Shen Lun. El profeta dijo que fue culpado por el terremoto de 1906 que destruyó San Francisco en la antigua localización del Campamento Júpiter.
—¿Y qué más?
—En el campamento, decían que un descendiente de Neptuno había causado el desastre. Neptuno es el dios de los terremotos, pero… no creo que el tatara-abuelo lo hiciera. Nuestro don no es causar terremotos.
—No—admitió la abuela—. Pero sí, fue culpado. Fue impopular como descendiente de Neptuno. Fue impopular porque su don real era mucho más extraño que causar terremotos. Y fue impopular por ser chino. Un chico chino nunca había reclamado tener sangre romana. Una verdad incómoda, pero nadie lo negó. Fue acusado falsamente, fue expulsado por vergüenza.
—Así que… si no hizo nada malo, ¿por qué dijiste que me disculpara por él?
Las mejillas de la abuela se enrojecieron.
—Porque disculparse por algo que no has hecho es mejor que morir por ello. No estaba segura si el campamento podría soportar tu vergüenza. No sabía que el prejuicio de los romanos había mejorado.
Frank se tragó el desayuno. Se habían burlado de él en el colegio y en las calles a veces, pero nunca en el Campamento Júpiter. Nadie en el campamento, ni una sola vez, se habían reído de él por ser asiático. A nadie le preocupaba aquello. Solo se reían de él porque era torpe y lento. No podía imaginarse qué habría sido para tu tatarabuelo, acusado de destruir el campamento entero, expulsado de la legión por algo que no hizo.
—¿Y nuestro don verdadero? —preguntó la abuela—. ¿Al menos tienes alguna idea del que es?
Las historias de su madre se arremolinaron en la cabeza de Frank. “Luchando como un enjambre de abejas”, “Era el mejor dragón de todos”. Recordó a su madre apareciéndose a su lado en el patio, como si acabara de volar desde el ático. Recordó verla saliendo de los bosques, diciendo que le había dado a la mamá osa direcciones.
—Puedes ser cualquier cosa—dijo Frank—. Eso es lo que siempre me decía.
La abuela resopló.
—Finalmente, una tenue luz ha entrado en tu cabeza. Sí, Fai Zhang. Tu madre no estaba inflando tu auto-estima. Te estaba diciendo la verdad literal.
—Pero…—otra explosión sacudió la casa. Del tejado cayó un poco de nieve. Frank estaba tan desconcertado que apenas lo notó.
—¿Cualquier cosa?
—Dentro de la razón—dijo la abuela—. Seres vivos. Ayuda que conozcas la criatura bien. También ayuda que estés en una situación de vida o muerte, como un combate. ¿Por qué estás tan sorprendido, Fai? Siempre has dicho que no estás cómodo con tu propio cuerpo. Todos nos sentimos así, todos los que tenemos la sangre de Pilos. Este don ha sido solo dado una vez a una familia mortal. Somos únicos entre los semidioses. Poseidón se sintió especialmente generoso cuando bendijo nuestro ancestro… o especialmente rencoroso. El don ha sido a veces una maldición. No salvó a tu madre…
En el exterior, los ogros comenzaron un clamor. Uno gritó:
—¡Zhang! ¡Zhang!
—Debes irte, chico tonto—dijo la abuela—. Se ha acabado el tiempo.
—Pero… no sé cómo usar mi poder. Nunca he… no puedo.
—Puedes—dijo la abuela—. O no sobrevivirás para darte cuenta de tu destino. No me gusta esta Profecía de los Siete de la que me ha hablado Marte. Siete es un número de mala suerte entre los chinos, un número fantasma. Pero no hay nada que podamos hacer. ¡Ahora, vete! Mañana al atardecer es el Festival de Fortuna. No hay tiempo que perder. No te preocupes por mí. Moriré cuándo y cómo quiera. No tengo intención de ser devorada por esos ridículos ogros. ¡Vete!
Frank se giró hacia la puerta. Sintió como si su corazón hubiera pasado por un exprimidor, pero hizo una reverencia formal:
—Gracias, abuela—dijo—. Haré que te sientas orgullosa.
Murmuró algo bajo su respiración. Frank creyó que había dicho: “Ya lo has hecho”.
Se la quedó mirando, dubitativo, pero su expresión se endureció rápidamente:
—Deja de mirarme boquiabierto, chico. ¡Dúchate y vístete! ¡Péinate el pelo! ¿O acaso quieres que mi última imagen de ti sea con el pelo despeinado?
Se arregló el pelo y volvió a hacer una reverencia.
La última imagen de su abuela fue de ella mirando por la ventana, como si estuviera pensando la terrible reprimenda que le daría a los ogros cuando invadieran su casa.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    04/01/12, 04:44 pm

Capítulo 36
Frank
FRANK SE DIO LA DUCHA MÁS RAPIDA de su vida, se puso la ropa que Hazel le había escogido, una camiseta verde oliva con unos pantalones beige (¿en serio?), entonces agarró su arco y su carcaj de más y subió por las escaleras del ático.
El ático estaba lleno de armas. Su familia había coleccionado bastantes armas antiguas como para armar un ejército. Escudos, lanzas, arcos y flechas por toda una pared, casi tantas como en la armería del Campamento Júpiter. En la ventana posterior, una ballesta de escorpión estaba montada y cargada, preparada para la acción. En la ventana frontal había algo que parecía una pistola que disparaba granadas de racimo.
—¿Lanzamisiles? —preguntó en voz alta.
—No, no—dijo una voz en la esquina—. Patatas. A Ella no le gustan las patatas.
La harpía se había hecho un nido para ella entre dos baúles. Estaba sentada en un montón de pergaminos chinos, leyendo siete u ocho al mismo tiempo.
—Ella—dijo Frank—, ¿dónde están los demás?
—Tejado—miró hacia arriba, entonces volvió a su lectura, recogiendo plumas y pasando páginas—. Tejado. Mirando a los ogros. A Ella no le gustan los ogros. Patatas.
—¿Patatas? —Frank no lo entendió hasta que giró la máquina. Sus ocho lanzaderas estaban cargadas con patatas. En la base del arma, había una cesta llena con más munición comestible.
Miró por la ventana, la misma ventana en la que su madre le miraba cuando se encontró con el oso. Bajo, en el patio, los ogros estaban patrullando, dándose golpes entre ellos y ocasionalmente gritaban hacia la casa, lanzaban bolas de cañón de bronce que explotaban en medio del aire.
—Tienen bolas de cañón—dijo Frank—. Y nosotros una pistola de patata.
—La fécula—dijo Ella, pensativa—. La fécula es mala para los ogros.
La casa tembló con otra explosión. Frank necesitaba llegar al tejado y ver lo que estaban haciendo Percy y Hazel, pero se sintió mal dejando sola a Ella.
Se arrodilló a su lado, con cuidado de no acercarse.
—Ella, no es seguro estar aquí con los ogros. Nos iremos a Alaska muy pronto. ¿Vendrás con nosotros?
Ella se movió incómoda.
—Alaska. Un millón ocho mil ciento treinta y tres kilómetros cuadrados. Mamífero estatal: el alce.
De pronto cambió al latín, algo que Frank pudo seguir a duras penas gracias a sus clases en el Campamento:
—Al norte, más allá de los dioses, descansa la corona de la legión. Cayendo del hielo, el hijo de Neptuno se ahogará—se detuvo y se rascó su despeinado pelo rojo—. Quemado. El resto está quemado.
Frank podía a penas respirar.
—Ella, eso… ¿ha sido una profecía? ¿Dónde lo has leído?
—El alce—dijo Ella, saboreando la palabra—. El alce, el alce, el alce.
La casa volvió a temblar. Cayó polvo de las vigas. En el exterior, un ogro gritó:
—¡Frank Zhang! ¡Muéstrate!
—No—dijo Ella—. Mejor que Frank no lo haga. No.
—Vale… quédate aquí, ¿vale? —dijo Frank—. Tengo que ir a ayudar a Percy y a Hazel.
Bajó la escalera para subir al tejado.
—Buenos días—dijo Percy, sonriente—. Bonito día, ¿verdad? —vestía lo mismo que el día anterior, tejanos, camiseta morada y su chaqueta polar, pero la ropa había sido lavda. Tenía la espada en una mano y una manguera de jardín en la otra. ¿Por qué había una manguera en el tejado? Ni idea, Frank no estaba seguro, pero cada vez que los gigantes enviaban una bala de cañón, Percy convocaba un gigantesco chorro de agua y detonaba la esfera en el medio del aire. Entonces Frank recordó: su familia también descendía de Poseidón. La abuela le había dicho que la casa había sido atacada con anterioridad. Quizá también habían puesto una manguera allí arriba por aquella razón.
Hazel patrullaba el mirador entre los dos gabletes del ático. Estaba tan guapa que a Frank le dolió el pecho. Vestía unos tejanos, una chaqueta color crema, una camiseta blanca que hacía que su piel pareciera del color del chocolate. Su pelo rizado caía alrededor de sus hombros. Cuando se acercó, Frank pudo oler champú de jazmín.
Alzó su espada. Cuando miró a Frank, sus ojos brillaron con preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó—.¿Por qué sonríes?
—Oh, ah, nada—se las arregló para decir—. Gracias por el desayuno. Y por las ropas. Y por… no odiarme.
Hazel parecía perpleja.
—¿Por qué te debería odiar?
La cara de Frank le ardió. Deseaba que mantuviera su boca cerrada, pero era demasiado tarde. “No la dejes escapar” le había dicho su abuela, “Necesitas una mujer fuerte”.
—Es que… anoche…—tartamudeó—. Cuando convoqué al esqueleto. Creía que… creía que creías que era repulsivo o algo…
Hazel alzó las cejas. Negó con la cabeza con consternación.
—Frank, quizá estuviera sorprendida. Quizá me asustara aquella cosa. ¿Pero repulsivo? La forma en la que le ordenaste, tan confiado y todo, como diciendo: “Oh, sí, chicos, tengo este spartus todo-poderoso que podemos hacer servir”. No podía creérmelo. No te encontré repulsivo, Frank. Estaba sorprendida.
Frank no estaba seguro de haberlo oído bien.
—Tú estabas… ¿impresionada? ¿Por mí?
Percy rió.
—Tío, fue increíble.
—¿En serio? —preguntó Frank.
—En serio—prometió Hazel—. Pero ahora mismo, tenemos otros problemas de los que preocuparnos. ¿Vale?
Señaló al ejército de ogros, que se estaban convirtiendo más atrevidos poco a poco, acercándose más y más a la casa.
Percy preparó la manguera de jardín:
—Tengo un truco más planeado. Tu césped tiene un sistema de aspersores. Puedo hacerlo explotar y causar confusión ahí abajo, pero eso destrozará la bomba de agua. Sin bomba, no habrá presión y sin presión, no habrá manguera, por lo tanto esas bolas de cañón entrarán en la casa.
Los elogios de Hazel seguían pitando en los oídos de Frank, dificultándole el pensamiento. Docenas de ogras estaban acampados en el césped, esperando para destrozarles, y Frank apenas podía controlar su necesidad de sonreír.
Hazel no le odiaba. Estaba impresionada. Se obligó a concentrarse. Recordó lo que su abuela le había dicho sobre la naturaleza de su don, y cómo tenía que dejarla allí para morir.
“Tienes un papel que jugar” le había dicho Marte.
Frank no podía creerse que fuera el arma secreta de Juno, o que aquella gran Profecía de los Siete dependiera de él. Pero Hazel y Percy contaban con él. Tenía que dar lo mejor de sí.
Pensó en aquella extraña profecía parcial que Ella le había recitado en el ático, sobre el hijo de Neptuno hundiéndose.
“No entendéis su verdadero valor”, les había dicho Fineo en Portland. El ciego anciano había pensado que controlar a Ella le convertiría en un rey.
Todas las piezas del puzle se esparcieron por la mente de Frank. Tenía la sensación de que cuando finalmente se conectaron, crearían una imagen que no le gustaría.
—Chicos, tengo un plan de escape—les habló a sus amigos del avión esperándoles en el campo de aviación, y la carta de su abuela para el piloto—. Es un veterano de la legión. Nos ayudará.
—Pero Arión no volverá—dijo Hazel—. ¿Y tu abuela? No la podemos dejar aquí.
Frank contuvo un sollozo.
—Quizá… quizá Arión nos encuentre. Y en cuanto a mi abuela… fue clara. Dijo que estaría bien.
No era exactamente la verdad, pero fue lo primero que pudo decir Frank.
—Hay otro problema—dijo Percy—. No soy bueno volando. Es peligroso para un hijo de Neptuno.
—Tendrás que arriesgarte… y yo también lo haré—dijo Frank—. De todas formas, estamos emparentados.
Percy casi se cayó del tejado:
— ¿Qué?
Frank le hizo un resumen rápido.
—Periclímeno. Ancestro por parte de madre. Argonauta. Nieto de Poseidón.
Hazel se quedó boquiabierta.
—¿Eres descendiente de Neptuno? Frank eso es…
—¿Una locura? Sí. Y también hay una habilidad que tiene mi familia, o se supone. Pero no sé cómo usarlo. Ni siquiera puedo imaginarme cómo…
Otro masivo clamor se alzó de entre los lestrigones. Frank se dio cuenta de que estaban mirándole, señalándole, saludándole y riéndose. Habían avistado su desayuno.
—¡Zhang! —gritaron—. ¡Zhang!
Hazel se acercó a él.
—Llevan diciéndolo todo el rato. ¿Por qué te llaman?
—No importa—dijo Frank—. Escucha, tenemos que proteger a Ella, llevarla con nosotros.
—Por supuesto—dijo Hazel—. La pobre necesita nuestra ayuda.
—No—dijo Frank—. Quiero decir, sí. Pero no es solo eso. Recitó una profecía abajo. creo… creo que era sobre esta misión.
No quería contarle a Percy las malas noticias, sobre un hijo de Neptuno ahogándose, pero repitió los versos.
La mandíbula de Percy se endureció.
—No sé cómo un hijo de Neptuno puede ser ahogado. Puedo respirar bajo el agua. Pero la corona de la legión…
—Eso tiene que ser el águila—dijo Hazel.
Percy asintió.
—Y Ella recitó algo así antes, en Portland, una línea de la antigua Gran Profecía.
—¿La qué?
—Te lo contaré luego. —Percy giró la manguera y disparó a otra bola de cañón en el cielo. Explotó en una bola de fuego naranja. Los aplaudieron con admiración y gritaron:
—¡Bonito! ¡Bonito!
—La cosa es—dijo Frank—, Ella recuerda todo lo que lee. Ha dicho algo sobre una página quemada, como si hubiera leído un texto de profecías dañado o algo.
Los ojos de Hazel se abrieron.
—¿Libros de profecía quemados? No creerás que… ¡pero eso es imposible!
—¿Los libros que quería Octavian, en el campamento? —supuso Percy.
Hazel silbó bajo su respiración.
—Los libros perdidos de la Sibila que describían el entero destino de Roma. Si Ella leyó una copia de alguna manera y la memorizó…
—Entonces es la harpía más valiosa del mundo—dijo Frank—. No me extraña que Fineo la quisiera capturar.
—¡Frank Zhang! —un ogro gritó desde abajo. Era más alto que el resto, vistiendo una capa de león como un estandarte romano y un peto de plástico con una langosta en él.
—¡Baja, hijo de Marte! Te estamos esperando. ¡Ven, y sé nuestro huésped honrado!
Hazel agarró el brazo de Frank.
—¿Por qué tengo la sensación de que ‘huésped honrado’ significa ‘cena’?
Frank deseó que Marte siguiera allí. Podría hacer que alguien hiciera chasquear sus dedos y hacer que los nervios de la batalla desaparecieran.
“Hazel cree en mí” pensó, “Puedo hacerlo”.
Miró a Percy.
—¿Puedes conducir?
—Claro, ¿por qué?
—El coche de la abuela está en el garaje. Es un viejo Cadillac, es como un tanque. Si puedes arrancarlo…
—Aun así tendríamos una barrera de ogros a la que enfrentarnos…—dijo Hazel.
—El sistema de aspersores—dijo Percy—. ¿Podríamos usarlo como distracción?
—Exacto—dijo Frank—. Yo ganaré el mayor tiempo posible. Coged a Ella, coged el coche. Intentaré encontrarme con vosotros en el garaje, pero no me esperéis.
Percy frunció el ceño.
—Frank…
—¡Danos una respuesta, Frank Zhang! —gritó el ogro—. ¡Baja y dejaremos ir a los demás, tus amigos y a tu pobre vieja abuela. ¡Sólo te queremos a ti!
—Mienten—murmuró Percy.
—Sí, lo sé—admitió Frank—. ¡Iros!
Sus amigos corrieron por la escalerilla.
Frank intentó controlar el pulso de su corazón. Sonrió y gritó:
—¡Eh, ahí abajo! ¿Quién tiene hambre?
Los ogros gritaron mientras Frank se paseó por el mirador y saludó como una estrella de rock. Frank intentó convocar el poder de su familia. Se imaginó a sí mismo como un dragón escupe-fuego. Apretó con todas sus fuerzas sus puños y pensó tanto en los dragones que gotas de sudor cayeron por su frente. Pero nada pasó. No tenía ninguna pista de cómo cambiar. Nunca había visto un dragón real. Por un momento de pánico, se preguntó si la abuela le había gastado una broma cruel. Quizá habría malentendido el don. Quizá Frank era el único miembro de la familia que no lo había heredado. Entonces estaría a solas con su suerte. Los ogros comenzaron a cansarse de esperar. La alegría pasó a ser un abucheo. Unos lestrigones levantaron las balas de cañón.
—¡Esperad! —gritó Frank—. ¡No querréis carbonizar, ¿verdad?! No sabré tan bien de esa manera.
—¡Baja! —gritaron—. ¡Estamos hambrientos!
Hora del plan B. Frank deseó tener uno.
—¿Prometéis dejar en paz a mis amigos? —preguntó Frank—. ¿Lo juráis sobre el río Estigio?
Los ogros rieron. Uno intentó lanzarle una bola de cañón, pero pasó por encima de Frank y entró en la chimenea. Por algún tipo de milagro, Frank no fue golpeado por una metralla.
—Me tomaré eso como un no—murmuró. Entonces gritó hacia abajo:
—¡De acuerdo, vale! ¡Vosotros ganáis! Voy para abajo. ¡Esperadme ahí!
Los ogros lo aclamaron, pero su líder con la capa de piel de león miraba con el ceño fruncido. Frank no tenía mucho tiempo. Bajó por la escalerilla hasta el ático. Ella se había ido. Esperó que aquello fuera una buena señal. Quizá se la habían llevado al Cadillac. Cogió un carcaj extra de flechas que estaba etiquetado como una de las variedades en el baúl ordenado de su madre. Entonces corrió hacia el lanzamisiles.
Giró el disparador, apuntó hacia el ogro líder y presionó el gatillo. Cuatro patatas se estamparon contra el pecho del gigante, dándole con tanta fuerza que se tropezó y cayó en un montón de bolas de cañón de bronce, que explotaron, dejando un cráter humeante en el césped.
Aparentemente la fécula era mala para los ogros. Mientras el resto de los monstruos corrían en confusión, Frank sacó su arco y disparó unas flechas. Algunos de los misiles detonaron al impacto. Otras se astillaron como los casquillos de una escopeta y dejaron a los gigantes con algunos nuevos tatuajes más dolorosos. Una dio a un ogro e instantáneamente se convirtió en un tiesto con su rosal.
Por desgracia, los ogros se recuperaron rápidamente. Comenzaron a lanzar bolas de cañón, docenas al mismo tiempo. La casa entera comenzó a crujir bajo su impacto. Frank corrió hacia las escaleras. El ático se desintegró detrás de él. Humo y fuego salían del rellano del segundo piso.
—¡Abuela! —gritó, pero el calor era tan fuerte, que no pudo llegar a su habitación. Corrió hacia la planta baja, estando aferrado al pasamanos mientras la casa se derrumbaba y grandes pedazos del techo comenzaban a caer.
La base de la escalera era un cráter humeante. Llegó a la planta baja e irrumpió en la cocina. Tosiendo por la ceniza y el humo, entró en el garaje. Las luces del Cadillac estaban encendidas. El motor sonaba y la puerta del garaje estaba abierta.
—¡Entra! —gritó Percy.
Frank se sentó en el asiento de al lado de Hazel. Ella estaba en el delantero, con su cabeza metida bajo sus alas, murmurando:
—Uff. Uff. Uff.
Percy arrancó el motor. Salieron del garaje antes de que estuviera del todo destrozado, dejando un agujero del tamaño del Cadillac de astillas de madera.
Los ogros corrieron para interceptarles, pero Percy gritó hasta dejarse los pulmones, y el sistema de aspersores explotó. Cientos de geiseres se dispararon por el aire por todas partes, pedazos de tuberías y unos aspersores muy pesados.
El Cadillac iba a unos cuarenta cuando golpearon el primer ogro, que se desintegró al impacto. Cuando los otros monstruos salieron de su confusión, el Cadillac estaba a dos kilómetros por la carretera. Unas bolas de cañón ardiendo llegaron por detrás de ella.
Frank miró hacia atrás y vio la mansión de la familia en llamas, las paredes cayéndose hacia dentro y el humo subiendo hasta el cielo. Vio una gran mancha negra, quizá un águila ratonera, dando vueltas desde el fuego. Podría haber sido la imaginación de Frank, pero creyó que había salido volando de la ventana del segundo piso.
—¿Abuela? —murmuró.
Parecía imposible, pero le había prometido que moriría de la forma en la que ella quería, y no a manos de los ogros. Frank esperó que hiciera lo correcto.
Condujeron a través de los bosques y fueron hacia el norte.
—¡A cinco kilómetros! —dijo Frank—. ¡No tiene pérdida!
Detrás de ellos, hubieron más explosiones por el bosque. El humo ascendió por el cielo.
—¿A qué velocidad pueden correr los lestrigones? —preguntó Hazel.
—Será mejor que no lo descubramos—dijo Percy.
Las puertas del campo de aviación aparecieron delante de ellos, a unos metros. Un jet privado estaba aparcado en la pista de despegue. Sus escaleras estaban bajadas.
El Cadillac golpeó un bache y pegó un salto. La cabeza de Frank golpeó el techo del coche. Cuando las ruedas tocaron el suelo, Percy apretó los frenos, y entonces viró bruscamente para frenar justo dentro de las puertas.
Frank salió y sacó su arco.
—¡Id hacia el avión! ¡Se acercan!
Los lestrigones se acercaban con una velocidad alarmante. La primera línea de ogros salieron de los bosques y se acercaron al campo de aviación, a quinientos metros, cuatrocientos…
Percy y Hazel se las arreglaron para sacar a Ella fuera del Cadillac, pero en cuanto la harpía vio el avión, comenzó a temblar.
—¡NO! —gritó—. ¡Volar con alas! ¡No aviones!
—Está bien—le prometió Hazel—. Te protegeremos.
Ella hizo un gesto de dolor como si la estuvieran quemando. Percy alzó las manos, exasperado.
—¿Qué podemos hacer? No la podemos obligar.
—No—admitió Frank. Los ogros estaban a trescientos metros y acercándose.
—Es demasiado valiosa para dejarla atrás—dijo Hazel. Entonces corrigió sus propias palabras—. Dioses, lo siento, Ella. He hablado como Fineo. Eres un ser vivo, no un tesoro.
—No aviones, no aviones—Ella estaba hiperventilándose.
Los ogros estaban a una distancia dónde les podían disprar.
Percy se incorporó, rápidamente.
—Tengo una idea. Ella, ¿puedes esconderte en los bosques? ¿Estarás segura de los ogros?
—Esconderse—aceptó—. Segura. Esconderse es bueno para las harpías. Ella es rápida. Y pequeña. Y veloz.
—De acuerdo—dijo Percy—. Quédate por aquí. Enviaré un amigo a buscarte y te llevará al Campamento Júpiter.
Frank se desató el arco y lanzó una flecha.
—¿Un amigo?
Percy movió la mano como si dijera “Os lo explicaré luego”.
—Ella, ¿te gustaría eso? ¿Querrás que mi amigo te lleve al Campamento Júpiter y te enseñe nuestra casa?
—Campamento—murmuró Ella, entonces dijo en latín—. La hija de la sabiduría camina sola, la Marca de Atenea arde a través de Roma.
—Eh, de acuerdo—dijo Percy—. Eso suena importante, pero podemos hablar de eso luego. Estarás segura en el campamento. Y tendrás todos los libros y comida que quieras.
—Sin aviones—insistió Ella.
—Sin aviones—admitió Percy.
—Ella se esconderá ahora—y después de eso, se fue: una mancha roja desapareciendo entre los bosques.
—La echaré de menos—dijo Hazel, con tristeza.
—La veremos luego—le prometió Percy, pero frunció el ceño, incómodo, como si estuviera preocupado por el último trozo de la profecía, la parte sobre Atenea.
Una explosión envió las puertas del campó de aviación volando por el aire.
Frank sacó la carta de su abuela y se la dio a Percy.
—¡Enséñale esto al piloto! ¡Enséñale la carta de Reyna! ¡Tenemos que despegar! ¡YA!
Percy asintió. Él y Hazel corrieron hacia el avión.
Frank se escondió detrás del Cadillac y comenzó a disparar a los ogros. Apuntó hacia el mayor número de enemigos y disparó una flecha con forma de tulipán. Como había esperado, era una flecha hidra.
Unas cuerdas salieron de ella, como los tentáculos de un calamar, y la hilera frontal de los ogros se deshizo en una masa de barro.
Frank oyó el motor del avión encenderse. Disparó otras tres flechas lo más rápido que pudo, dejando unos enormes cráteres en las filas de los ogros. Los supervivientes estaban a unos cientos de metros de distancia y algunos de los más listos comenzaron a detenerse, darse cuenta de que estaban en la línea de tiro.
—¡Frank! —gritó Hazel, desesperada—. ¡Vamos!
Una bala de cañón le sobrevoló lentamente. Frank supo al instante que iba a golpear el avión. Golpeó una flecha. “Puedo hacer esto” pensó. Disparó una flecha. Interceptó la bala, creando una gran explosión. Otras dos balas de cañón volaron por encima de él. Frank corrió. Detrás de él, el metal rugió mientras el Cadillac explotaba. Se metió en el avión mientras las escaleras comenzaban a ascender.
El piloto debió entender la situación bien. No hubo ningún anuncio de cinturones, ninguna bebida antes del vuelo, y ninguna espera para explicaciones. Empujó el acelerador, y el avión corrió por la pista. Otro misil pasó por la pista detrás de ellos, pero entonces estaban en el aire.
Frank miró atrás y vio la pista con cráteres como un pedazo de queso suizo ardiendo. Había franjas del parque Lynn Canyon en llamas. A unos metros al sur, una pira de llamas y humo negro que giraba velozmente era todo lo que quedaba de la mansión de la familia Zhang.
Era demasiado como para que Frank no se emocionara. Había fallado intentando salvar a su abuela. Había fallado usando sus poderes. Ni siquiera había salvado a su amiga harpía. Cuando Vancouver desapareció por las nubes de debajo, Frank enterró su cabeza en sus manos y comenzó a llorar.
El avión viró a la izquierda.
Desde la cabina, la voz del piloto dijo:
—Senatus Populusque Romanus, amigos míos. Bienvenidos a bordo. Próxima parada: Anchorage, Alaska.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    06/01/12, 05:30 pm

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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    06/01/12, 05:31 pm

Capítulo 37
Percy
¿AVIONES O CANÍBALES? NI PUNTO DE COMPARACIÓN.
Percy habría preferido conducir el Cadillac de la abuela Zhang hasta Alaska con ogros lanzando bolas de fuego persiguiéndoles antes que estar sentado en un Gulfstream.
Había volado antes. Los detalles eran confusos, pero recordaba un pegaso llamado Blackjack. Había estado en un avión una o dos veces. Pero un hijo de Neptuno (o Poseidón, lo que fuera) no pertenecía al aire. Cada vez que un avión golpeaba una turbulencia, el corazón de Percy se aceleraba, y estaba seguro de que Júpiter les estaría mirando.
Intentó concentrarse en la conversación de Frank y Hazel. Hazel le aseguraba a Frank que había hecho todo lo posible por su abuela. Frank les había salvado de los lestrigones y les había sacado de Vancouver. Había sido increíblemente valiente.
Frank mantuvo su cabeza baja como si estuviera avergonzado de llorar, pero Percy no le culpaba. El pobre chico acababa de perder a su abuela y había visto su casa reducida a cenizas. Según Percy, derramando unas pocas lágrimas no era algo que te hiciera menos hombre, especialmente cuando acabas de enfrentarte a un ejército de ogros que querían comerte de desayuno.
Percy seguía sin creer que Frank era un pariente distante. Frank podría ser su… ¿qué? ¿Tátara mil veces sobrino? Demasiado raro como para decirlo.
Frank evitó decir cuál era exactamente su don familiar, pero mientras volaban hacia el norte, Frank les habló de su conversación con Marte la noche anterior. Les explicó la profecía que Juno le había dicho cuando era niño, sobre su vida siento atada a un pedazo de leño y cómo le había pedido a Hazel que se lo guardara.
Parte de eso, se lo había supuesto Percy. Hazel y Frank habían obviamente compartido algunas experiencias alocadas cuando se desmayaron juntos, y habían hecho algún tipo de trato. También explicaba por qué entonces, fuera de lo normal, Frank seguía comprobando su bolsillo y por qué se ponía tan nervioso con el fuego. Aún así, Percy no se podía imaginar por qué tipo Frank se había embarcado en aquella misión, sabiendo que una pequeña llama podría matarle.
—Frank—dijo—, me enorgullece estar emparentado contigo.
Las orejas de Frank se volvieron rojas. Con su cabeza bajada, su corte militar le hacía parecer una flecha negra señalando hacia abajo.
—Juno tiene algún tipo de plan para nosotros, sobre la Profecía de los Siete.
—Sí—gruñó Percy—. No me gustaba como Hera, mucho menos como Juno.
Hazel puso sus pies debajo de ella. Estudió a Percy con unos dorados ojos brillantes, y él se preguntó cómo podría estar tan tranquila. Era la más joven de la misión, pero ella siempre estaba manteniéndoles unidos y tranquilizándoles. Ahora volaban hacia Alaska, allí donde ella había muerto. Entonces intentarían liberar a Tánatos, que quizá intentaría llevársela al Inframundo. Aún así no mostraba miedo. Le hacía sentir a Percy tonto por estar asustado de una turbulencia.
—Eres hijo de Poseidón, ¿verdad? —preguntó Hazel—. Eres un semidiós griego.
Percy agarró su colgante de cuero.
—Comencé a recordar en Portland, después de beber la sangre de gorgona. Ha estado volviendo a mí lentamente desde entonces. Hay otro campamento, el Campamento Mestizo.
El mismo nombre le hizo sentirse cálido a Percy. Buenos recuerdos le vinieron: el olor a los campos de fresas bajo el cálido sol del verano, unos fuegos artificiales iluminando la playa el cuatro de julio, sátiros tocando flautas de Pan en una hoguera durante la noche, y un beso en lo más hondo de un lago de canoas.
Hazel y Frank le miraron como si hubiera hablado en otro idioma.
—Otro campamento—repitió Hazel—. ¿Un campamento griego? Dioses, si Octavian se enterase…
—Les declararía la guerra—dijo Frank—. Siempre ha estado seguro de que los griegos están ahí fuera, planeando contra nosotros. Pensaba que Percy era un espía.
—Es por eso por lo que Juno me envió aquí—dijo Percy—. Quiero decir, no soy un espía. Creo que soy algún tipo de intercambio. Tu amigo Jason, creo que fue enviado a mi campamento. En mis sueños, vio a un semidiós que podría haber sido él. Estaba trabajando con otros semidioses en un barco volador. Creo que van a venir al Campamento Júpiter para ayudar.
Frank dio golpecitos nerviosos a su asiento.
—Marte dijo que Juno quería unir a los griegos y a los romanos para combatir a Gea. Pero, ¡caray! ¡Los griegos y los romanos tienen juntos una historia muy sangrienta!
Hazel respiró hondo.
—Eso es probablemente el porqué por lo que los dioses nos han mantenido separados hasta ahora. Si un barco de guerra griego apareciera en el cielo por encima del Campamento Júpiter, y Reyna no supiera que vienen en son de paz…
—Sí—admitió Percy—. Tenemos que ir con cuidado en cómo explicamos eso cuando volvamos.
—Si volvemos—dijo Frank.
Percy asintió a regañadientes.
—Me refiero, confío en vosotros, chicos. Espero que confiéis en mí. Me siento… bueno, me siento muy apegado a vosotros igual que a cualquiera de mis amigos en el Campamento Mestizo. Pero con los otros semidioses, en ambos campamentos, va a haber mucha desconfianza.
Hazel hizo algo que no se esperó. Se inclinó y le besó en la mejilla. Fue un beso fraternal, pero sonrió con tanto afecto, que hizo sentir cómoda Percy desde la cabeza a los pies.
—Por supuesto que confío en ti—dijo—. Somos familia. No es cierto, ¿Frank?
—Claro—dijo—. ¿Yo no tengo beso?
Hazel rió, pero hubo una tensión nerviosa.
—De todas formas, ¿qué vamos a hacer ahora?
Percy respiró hondo. Hora de irse. Seguían estando a mitad de camino el 23 de junio, y mañana sería el Festival de Fortuna.
—Tengo que contactar con un amigo, para cumplir mi promesa con Ella.
—¿Cómo? —dijo Frank—. ¿Otro de esos mensajes Iris?
—Siguen sin funcionar—dijo Percy, con tristeza—. Lo intenté anoche en casa de tu abuela. No hubo suerte. Quizá sea porque mis recuerdos siguen mezclados. O que los dioses no permiten la conexión. Espero que pueda contactar con mi amigo en mis sueños.
Otra turbulencia le hizo agarrarse al sitio. Debajo de ellos, unas montañas nevadas se alzaban por entre un banco de nubes.
—No estoy seguro de que pueda dormir—dijo Percy—. Pero necesito intentarlo. No podemos dejar a Ella sola con esos ogros rondando por ahí.
—Sí—dijo Frank—. Tenemos aún unas horas por volar aún. Tómate un respiro, tío.
Percy asintió. Se sintió con suerte de tener a Hazel y a Frank velando por él. Lo que les había dicho era cierto, confiaba en ellos. En la extrañísima, aterrorizante y horrible experiencia de perder su memoria e ir recuperándola lentamente, Hazel y Frank eran las luces que le guiaban.
Se acomodó, cerró sus ojos, y soñó que cayendo de una montaña de hielo al lado de un mar frío.
El sueño cambió de forma. Estaba de vuelta en Vancouver, delante de las ruinas de la mansión Zhang. Los lestrigones se habían ido. La mansión era un montoncito de ruinas. Un equipo de bomberos estaba recogiendo sus cosas, listos para irse. El césped parecía haber sido el escenario de una guerra, con cráteres humeantes y trincheras por la explosión de las tuberías de los aspersores.
Al borde del bosque, un gigantesco perro greñudo estaba dando vueltas, olisqueando los árboles. Los bomberos le ignoraban por completo.
Encima de uno de los cráteres se arrodillaba un cíclope con unos tejanos extra-grandes, botas, y una camiseta gigantesca de franela. Su despeinado pelo marrón estaba manchado de lluvia y barro. Cuando alzó la cabeza, su gran ojo marrón estaba rojo de llorar.
—¡Cerca! —gimió—. ¡Demasiado cerca, pero se ha ido!
Le rompió el corazón a Percy oír el dolor y la preocupación de la voz del grandullón, pero sabía que tenía unos segundos para hablar. Los bordes de la visión comenzaban a disolverse. Si Alaska era la tierra más allá de los dioses, Percy supuso que cuanto más al norte se fueran, más difícil sería comunicarse con sus amigos, incluso en sueños.
—¡Tyson! —le llamó.
El cíclope miró alrededor, frenéticamente.
—¡¿Percy?! ¡¿Hermano?!
—Tyson, estoy bien. Estoy aquí, bueno, en parte.
Tyson agarró el aire como si intentara atrapar mariposas.
—¡No puedo verte! ¿Dónde estás, hermano?
—Tyson, estoy volando hacia Alaska. Estoy bien. Volveré. Encuentra a Ella. Es una harpía con plumas rojas. Está escondida en los bosques alrededor de la casa.
—¿Encontrar a una harpía? ¿Una harpía roja?
—¡Sí! Protégela, ¿vale? Es mi amiga. Vuelve a California. Hay un campamento de semidioses en las Colinas Oakland, el Campamento Júpiter. Nos veremos en el Túnel Caldecott.
—Colinas Oakland… California… Túnel Caldecott— llamó al perro—. ¡Señorita O’Leary! ¡Debemos encontrar a una harpía!
—¡ROF! —dijo la perra.
La cara de Percy comenzó a disolverse.
—¿Está mi hermano bien? ¿Vas a volver, hermano? ¡Te echo de menos!
—¡Yo también te echo de menos! —Percy intentó mantener su voz seria, intentó no llorar—. Te veré pronto. ¡Ten cuidado! ¡Hay un ejército del gigante yendo al sur! ¡Dile a Annabeth que…!
El sueño cambió.
Percy se encontró a sí mismo en las colinas al norte del Campamento Júpiter, mirando hacia los Campos de Marte y Nueva Roma. En el área de la legión, sonaron unos cuernos. Los campistas comenzaron a formar.
El ejército del gigante estaba puesto a derecha e izquierda de Percy, centauros con cuernos de toro, los seis Nacidos de la Tierra armados, y unos cíclopes malvados vestidos con armaduras metálicas. La torre de asedio de los cíclopes hacía una sombra por el pie del gigante Polibotes, que sonreía hacia el campamento romano. Paseaba con impaciencia por la colina, y le caían serpientes de sus trenzas verdes, con sus piernas de dragón derribando unos árboles pequeños. En su armadura azul y verde, las caras decorativas de monstruos hambrientos parecían parpadear en las sombras.
—Sí—se rio, plantando su tridente en el suelo—. Soplad vuestros cuernos, romanos. ¡He venido a destruiros! ¡Esteno!
La gorgona salió de entre los arbustos. Su pelo viperino del color verde lima y su delantal del Mercadillo contrastaba terriblemente con los colores del gigante.
—¡Sí, maestro! —dijo—. ¿Le gustaría un cruasán salado?
Le enseñó la bandeja de muestras gratuitas.
—Hmmm—dijo Polibotes—. ¿Qué tipo de cruasanes?
—Ah, llevan unas salchichas cocinadas en el interior, pero están de rebajas esta semana…
—¡Bah! No me importan, entonces. ¿Están nuestras fuerzas preparadas para atacar?
—Oh— Esteno retrocedió rápidamente para evitar ser aplastada por el pie del gigante—. Casi, casi, señor. Mamá Tuerca y la mitad de sus cíclopes se detuvieron en Napa. ¿Algo así sobre un tour vinícola? Prometieron que estarían aquí para mañana por la mañana.
—¿Qué? —el gigante miró a su alrededor, como si se diera cuenta de la porción de ejército que faltaba—. ¡Bah! La cíclope me provocaba una úlcera. ¿Tour vinícola?
—Creo que también había unos Cheese n’ Wieners—dijo Esteno, amablemente—. Aunque el mercadillo tenía muchas más ofertas.
Polibotes arrancó un roble del suelo y lo lanzo al valle.
—¡Cíclopes! Te digo yo, Esteno, cuando destruya a Neptuno y controle los océanos, renegociaremos el contrato laboral de los cíclopes. ¡Mamá Tuerca aprenderá cuál es su lugar! Ahora, ¿qué noticias hay del norte?
—Los semidioses han partido a Alaska—dijo Esteno—. Vuelan directos a su muerte. Ah, pero la M minúscula, me refiero. No nuestro prisionero Muerte. Aunque, supongo que también vuelan hacia él.
Polibotes gruñó.
—Alcioneo se encargará del hijo de Neptuno como prometió. Quiero a ese atado a mi pie, para que pueda matarle cuando el tiempo sea adecuado. Su sangre bañará las piedras del Monte Olimpo y hará despertar la Madre Tierra. ¿Qué hay de las amazonas?
—Sólo silencio—dijo Esteno—. Aún no sabemos la ganadora del duelo de anoche, pero es solo cuestión de tiempo que Otrera prevalezca y venga en nuestra ayuda.
—Mm…—Polibotes se quitó unas serpientes de su pelo sin darse cuenta—. Quizá será mejor que esperemos. Mañana en la puesta de sol, será el Festival de Fortuna. Entonces, deberemos invadirlos, con amazonas o no. Mientras tanto, ¡excavad! ¡Instalaremos el campamento aquí, en las alturas!
—¡Sí! ¡Uno grande! —Esteno anunció a las tropas—. ¡Cruasanes salados para todos!
Los monstruos la aclamaron.
Polibotes extendió sus manos delante de él, señalando al valle como una fotografía panorámica.
—Sí, soplad vuestros cuernos, semidioses. ¡Pronto, el legado de Roma será destruido por última vez!
El sueño se desvaneció.
Percy se levantó con un relámpago como si el avión comenzara a descender. Hazel puso su mano en su hombro.
—¿Has dormido bien?
Percy se incorporó, mareado.
—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo?
Frank estaba en el pasillo, agarrando su lanza y su nuevo arco con su bolsa de esquís.
—Unas horas—dijo—. Estamos llegando.
Percy miró por la ventana. Una centelleante ensenada en el mar serpenteaba entre unas montañas nevadas. En la distancia, una ciudad estaba forjada entre lo salvaje, rodeado de unos suntuosos bosques verdes a un lado y unas playas negras heladas al otro.
—Bienvenidos a Alaska—dijo Hazel—. Estamos más allá de la ayuda de los dioses.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    06/01/12, 05:31 pm

Capítulo 38
Percy
EL PILOTO DIJO QUE EL AVIÓN NO PODÍA ESPERARLES, pero eso estaba bien para Percy. Si sobrevivían hasta el día siguiente, esperaba poder encontrar una forma distinta de volver, todo menos un avión.
Debería haberse deprimido. Estaba atrapado en Alaska, el territorio natal del gigante, fuera del contacto de sus viejos amigos mientras sus recuerdos volvían. Había visto la imagen del ejército de Polibotes a punto de invadir el Campamento Júpiter. Se había enterado de que los gigantes planeaban usar algún tipo de sacrificio con sangre para despertar a Gea. Además, mañana al anochecer era el Festival de Fortuna. Él, Frank y Hazel tenían una tarea imposible para completar antes de entonces. Y entonces, desatarían la Muerte, que se llevaría a dos de los amigos de Percy al Inframundo. No era nada halagador.
Aún así, Percy se sintió extrañamente vigorizado. Su sueño con Tyson le había subido los ánimos. Recordaba a Tyson, su hermano. Habían luchado juntos, celebrado victorias, compartido buenos tiempos en el Campamento Mestizo. Recordaba su casa, y lo que le daba una nueva meta por la que luchar. Luchaba por dos campamentos, dos familias.
Juno le había robado sus recuerdos y le había enviado al Campamento Júpiter por una razón. Entonces lo entendía. Quería seguir golpeándole su divina cara, pero al menos entendía su razonamiento. Si los dos campamentos trabajaban juntos, tenían una oportunidad de detener sus enemigos mutuos. Separados, ambos campamentos estaban destinados a desaparecer.
Había otras razones por las que Percy quería salvar el Campamento Júpiter. Razones que no se atrevía a decir, aún no, de cualquier manera. De repente había visto un futuro para él y para Annabeth que nunca había imaginado antes.
Mientras cogían un taxi hacia el centro de Anchorage, Percy les habló a Frank y a Hazel sobre sus sueños. Parecían ansiosos pero no sorprendidos cuando les habló del ejército del gigante acercándose al campamento.
Frank contuvo el aliento cuando oyó hablar de Tyson.
—¿Tienes un hermanastro que es un cíclope?
—Claro—dijo Percy—. Lo que le hace tu tátara, tátara, tátara…
—Por favor—Frank se tapó los oídos—. Basta.
—Espero que pueda llevar a Ella al campamento—dijo Hazel—. Me preocupa.
Percy asintió. Seguía pensando en los versos de la profecía que había recitado la harpía, sobre un hijo de Neptuno ahogándose, y la marca de Atenea ardiendo a través de Roma.
No estaba seguro de lo que significaba la primera parte, pero comenzaba a tener una idea de lo segundo. Intentó apartar la pregunta. Tenía que sobrevivir a aquella misión primero.
El taxi giró por la autopista, que se parecía más a una calle pequeña, según Percy y les llevó al norte hacia el centro de la ciudad. Era tarde por la tarde, pero el sol seguía en el cielo.
—No puedo creerme lo mucho que ha crecido este lugar—murmuró Hazel.
El conductor del taxi sonrió por el retrovisor.
—¿Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos visitó, señorita?
—Unos setenta años—dijo Hazel.
El conductor cerró la partición de vidrio y condujo en silencio.
Según Hazel, casi ninguno de los edificios eran los mismos, pero señaló a algunos detalles del paisaje: los vastos bosques rodeando la ciudad, las frías y grises aguas de la Ensenada Cook yendo hacia el norte por el borde de la ciudad, y las montañas Chugach alzándose grises y azules en la distancia, nevadas incluso en junio. Percy nunca había olido un aire tan fresco y puro. La ciudad misma tenía una apariencia curtida, con tiendas cerradas, coches oxidados, y complejos de apartamentos desgastados rodeando la carretera, pero aún así era bello. Los lagos y las grandes zonas de bosques se entrometían por la ciudad. El cielo ártico era una increíble combinación de turquesa y oro.
Y también estaban los gigantes. Docenas de hombres de un azul brillante, cada uno de unos diez metros de alto con un pelo gris helado, estaban caminando por los bosques, pescando en la bahía, y haciendo zancadas por las montañas. Los mortales no parecían verlos. El taxi pasó a unos pocos metros de uno que estaba sentado en el borde de un lago lavándose los pies, pero el conductor no se dejó llevar por el pánico.
—Eh…—Frank señaló al tipo de azul.
—Hiperbóreos—dijo Percy. Se sorprendió recordando el nombre—. Gigantes del norte. Luché contra unos cuando Cronos invadió Manthattan.
—Espera—dijo Frank—. ¿Cuándo quién hizo qué?
—Una historia muy larga. Pero estos tipos…parecen… no sé, pacíficos.
—Lo son—admitió Hazel—. Me acuerdo de ellos. Están por todas partes en Alaska, como los osos.
—¿Osos? —dijo Frank, nervioso.
—Son invisibles a los mortales—dijo Hazel—. Nunca me han molestado, aunque uno casi me pisó por error.
Sonaba bastante molesto para Percy, pero el taxi siguió conduciendo. Ninguno de los gigantes les prestó atención. Había uno de pie en la intersección de la carretera Northern Lights, extendiéndose por la autopista, y entonces pasaron por debajo de sus piernas. El hiperbóreo estaba agarrando un tótem de los nativos americanos y estaba envuelto en pieles, moviéndolo como un bebé. Si el tipo no hubiera sido del tamaño de un edifico, habría sido incluso mono.
El taxi condujo por el centro de la ciudad, pasó un grupo de tiendas turísticas anunciando pieles, arte de los nativos americanos y oro. Percy esperó que Hazel no se pusiera nerviosa y entonces las joyerías explotaran.
Mientras el conductor giraba e iba hacia la playa, Hazel golpeó el cristal que dividía el taxi en dos, llamando al conductor.
—Aquí está bien. ¿Nos puede dejar aquí?
Pagaron al conductor y se detuvo en la calle Fourth. Comparado con Vancouver, el centro de Anchorage era minúsculo, como el campus de una universidad más que una ciudad, pero Hazel parecía alucinada.
—Es enorme—dijo—. Aquí es donde… el Hostal Glitchell estaba. Mi madre y yo estuvimos ahí la primera semana que pasamos en Alaska. Y ellos se han ido dónde estaba el ayuntamiento.
Les llevó por un laberinto de bloques. Ni siquiera tenían un plan para encontrar la forma más rápida de llegar al glaciar Hubbard, pero Percy olía algo cocinándose cerca, ¿una salchicha, quizás? Se dio cuenta de que no había comido desde aquella mañana en la casa de la abuela Zhang.
—¿Comemos algo?—dijo—. Vamos.
Encontraron una cafetería al pie de la playa. Estaba lleno de gente, pero encontraron una mesa cerca de la ventana y miraron los menús.
Frank sopló con deleite.
—¡Desayuno las veinticuatro horas!
—Pero si… estamos en la hora de la cena—dijo Percy, aunque no pudo decirlo bien mirando en el exterior. El sol estaba tan alto, que podría haber sido el mediodía.
—Me encanta desayunar—dijo Frank—. Me comería un desayuno tras otro, tras otro si pudiera. Aunque… estoy seguro de que la comida no es tan buena como la de Hazel.
Hazel le dio un golpe con el codo, pero su sonrisa era juguetona.
Viéndoles, le hacía sentirse feliz a Percy. Aquellos dos se necesitaban el uno al otro. Pero también le hacían sentirse triste. Pensó en Annabeth, y se preguntó si viviría lo suficiente como para volverla a ver.
“Piensa en positivo”, se dijo a sí mismo.
—Ya sabéis—dijo—, el desayuno suena genial.
Todos ordenaron unos platos gigantescos de huevos, panqueques y salchichas de reno, a pesar de que Frank parecía un poco preocupado por el reno.
—¿Crees que está bien que nos comamos a Rudolph?
—Tío—dijo Percy—. Me podría a comer también a Saltarín y a Relámpago. Estoy hambriento.
La comida era excelente. Percy nunca había visto a nadie comer tan deprisa como lo hacía Frank. El reno con la luz roja no habría tenido oportunidad.
Entre mordiscos de tarta de arándanos, Hazel dibujo un garabato curvo y una equis en su servilleta.
—Esto es lo que estoy pensando. Estamos aquí—señaló la equis—. Anchorage.
—Parece la cara de una gaviota—dijo Percy—. Y somos el ojo.
Hazel le miró.
—Es un mapa, Percy. Anchorage está encima de esta tajada de mar, la ensenada Cook. Hay una gran península de tierra por delante, y mi antigua ciudad, Seward, está al final de la península. Aquí—dibujó otra equis en la base de la garganta de la gaviota—. Es la ciudad más cercana al glaciar Hubbard. Podríamos llegar por mar, supongo, pero nos llevaría años. No tenemos tanto tiempo.
Frank se acabó el último trozo de Rudolph.
—Pero ir por tierra es peligroso—dijo—. La tierra es Gea.
Hazel asintió.
—No veo que tengamos mucha más elección. Podríamos haberle pedido al piloto que nos llevara hasta allí, pero no sé… el avión sería demasiado grande para el pequeño aeropuerto Seward. Y si alquiláramos otro avión…
—No más aviones—dijo Percy—. Por favor.
Hazel alzó la mano en un gesto apaciguado.
—Está bien. Hay un tren que va de aquí hasta Seward. Quizá seamos capaces de coger uno esta noche. Solo nos lleva un par de horas.
Dibujo una línea de puntos entre las dos equis.
—Acabas de cortar la cabeza de la gaviota—comentó Percy.
Hazel suspiró.
—Es la vía del tren. Mirad, desde Seward, el glaciar Hubbard está en algún punto aquí abajo— señaló la esquina inferior izquierda de su servilleta—. Ahí es dónde está Alcioneo.
—¿Pero no sabes a cuánto? —preguntó Frank.
Hazel frunció el ceño y negó con la cabeza.
—Estoy segura de que es solo accesible en barco o en avión.
—Barco—dijo Percy de inmediato.
—Vale—dijo Hazel—. No debería estar muy lejos de Seward. Si podemos llegar a Seward a salvo.
Percy miró por la ventana. Había mucho que hacer y sólo tenían veinticuatro horas. A aquellas horas durante el día siguiente, el Festival de Fortuna estaría comenzando. A no ser que desataran la Muerte y volvieran al campamento, el ejército del gigante se hundiría en el valle. Los romanos serían el plato principal para la cena de los monstruos.
Por la calle, una negra playa de arena helada guiaba hacia el mar, que estaba tan liso como el acero. El océano allí era distinto… poderoso, pero helado, lento y primitivo. Ningún dios controlaba el agua, al menos no ningún dios que Percy conociera. Neptuno no sería capaz de protegerle. Percy se preguntó si podría manipular el agua allí, o respirar bajo el agua.
Un gigante hiperbóreo se paseó por la calle. Nadie en la cafetería se dio cuenta. El gigante se adentró en la bahía, haciendo crujir el hielo bajo sus sandalias, y metió las manos en el agua. Sacó una orca con su mano. Aparentemente no era lo que quería, porque dejó la orca en el agua y siguió rebuscando.
—Un desayuno muy nutritivo—dijo Frank—. ¿Quién está listo para un viaje en tren?
La estación no estaba lejos. Llegaron a tiempo justo para comprar los billetes para el último tren al sur. Mientras sus amigos subieron a bordo, Percy dijo:
—Estoy con vosotros en un momento—y corrió por la estación.
Consiguió cambio en la tienda de regalos y se colocó delante de la cabina telefónica. Nunca había usado una antes. Eran como antiguallas para él, como el tocadiscos de su madre o los radiocasetes de Frank Sinatra de su profesor Quirón. No estaba seguro de que cuántas monedas necesitaría, o siquiera si podría hacer una llamada, asumiendo que recordase el número correcto.
Pensó: Sally Jackson.
Aquél era el nombre de su madre. Y tenía un padrastro: Paul.
¿Qué creerían que le había pasado a Percy? Quizá hubieran hasta celebrado un funeral. Al menos, por lo que sabía, se había perdido siete meses de su vida. Claro, la mayor parte de ellos durante el curso escolar, pero aún así… qué mal rollo.
Cogió el aparato y marcó el número de Nueva York, el del apartamento de su madre. Le saltó el buzón de voz. Percy debería de habérselo esperado. Sería, como la medianoche en Nueva York. No reconocerían el número.
Escuchar la voz de Paul en la grabación de voz le golpeó a Percy tan fuerte en la barriga, que apenas pudo hablar.
—Mamá—dijo—. Eh, estoy vivo. Hera me durmió durante un tiempo y entonces se llevó mis recuerdos, y…—su voz titubeó. ¿Cómo podría explicar aquello? —. De todas formas, estoy bien. Lo siento. Estoy en una misión—parpadeó. No debería de haber dicho aquello. Su madre sabía lo de las misiones, y ahora estaría preocupada—. Volverá a casa. Lo prometo. Te quiero.
Colgó el teléfono. Miró la máquina, esperando que sonara. El pitido del tren sonó. El conductor gritó:
—¡Todos abordo!
Percy corrió. Se las arregló para subir los escalones, y entonces subió al vagón de doble composición y se sentó en el asiento.
Hazel frunció el ceño.
—¿Estás bien?
—Sí—dijo con voz ronca—. Solo… he hecho una llamada.
Ella y Frank parecieron entenderlo. No preguntaron detalles. El tren se encaminó hacia el sur por la costa, y observaron el paisaje que pasaba. Percy intentó pensar en la misión, pero para un chico con TDAH como él, el tren no era el lugar más tranquilo para concentrarse.
Pasaban cosas geniales en el exterior. Unas águilas calvas sobrevolaban el cielo. El tren recorrió puentes y acantilados donde había cascadas glaciales que caían unos cientos de metros hacia el mar. Pasaron por bosques enterrados en la nieve, unos grandes lanzamisiles (para detener pequeñas avalanchas y prevenir las incontroladas, explicó Hazel) y unos lagos tan claros, que reflejaban las montañas como espejos, por lo que el mundo parecía estar boca abajo.
Unos osos marrones se paseaban por las ciénagas. Los gigantes hiperbóreos seguían apareciendo por los lugares más extraños. Uno estaba repantingado en un lago como si fuera una bañera de agua caliente. Otro usaba un pino como un mondadientes. Un tercero estaba sentado en un montón de nieve, jugando con dos alces vivos como si fueran figuras de acción. El tren estaba lleno de turistas soltando grititos de asombro y haciendo fotografías, pero Percy lamentó que no pudieran ver a los hiperbóreos. Se estaban perdiendo unas fotografías geniales.
Mientras tanto, Frank estudiaba un mapa de Alaska que había encontrado en el bolsillo del asiento. Localizó el glaciar Hubbard, que parecía desalentadoramente lejos de Seward. Siguió pasando el dedo por la costa, frunciendo el ceño, concentrado.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Percy.
—Solo… posibilidades—dijo Frank.
Percy no sabía qué quería decir, pero se dejó ir.
Una hora después, Percy comenzó a relajarse. Compraron chocolate caliente del vagón restaurante. Los asientos eran calientes y cómodos, y pensó en tomar una siesta.
Entonces una sombra pasó por encima. Los turistas murmuraron, emocionados y comenzaron a hacer fotografías.
—¡Águila! —gritó uno.
—¿Águila? —dijo otro.
—¡Un águila gigante! —dijo un tercero.
—Eso no es un águila—dijo Frank.
Percy miró a tiempo para ver una criatura pasando por segunda vez. Era definitivamente mucho más grande que un águila, con cuerpo negro lacio y brillante de un perro labrador. La envergadura del ala era de unos diez metros.
—¡Hay otro! —señaló Frank—. ¡Mira ese! Tres, cuatro. Vale, estamos en problemas.
Las criaturas dieron vueltas al tren como buitres, haciendo disfrutar a los turistas. Percy no estaba disfrutando. Los monstruos tenían unos ojos rojos brillantes, unos picos afilados y unas garras atroces.
Percy buscó el bolígrafo en su bolsillo.
—Esas cosas me son familiares…
—Seattle—dijo Hazel—. Las amazonas tenían uno en una jaula. Son…
Entonces muchas cosas pasaron al mismo tiempo. El freno de emergencia chirrió, lanzándoles hacia delante. Los turistas gritaron y se amontonaron en el pasillo central. Los monstruos descendieron, haciendo añicos el techo de cristal del vagón, y el tren entero salió del raíl.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    06/01/12, 05:32 pm

Capítulo 39
Percy
PERCY SE VOLVIÓ INGRÁVIDO.
Su visión se desenfocó. Unas garras le agarraron los brazos y le llevaron hacia el aire. Por debajo de él, las ruedas del tren chirriaron y el metal crujió. El cristal se rompió en mil pedazos. Los pasajeros gritaron.
Cuando su vista se aclaró, vio una bestia que le llevaba en el aire. Tenía el cuerpo de una pantera, lacio y brillante, negro y felino, con las alas y la cabeza de un águila. Sus ojos brillaban con un color rojo sangre.
Percy se retorció. Las garras frontales del monstruo rodeaban sus brazos como unas ligaduras metálicas. No podía liberarse por sí mismo ni alzar su espada. Se alzó más alto y más y más en el frío viento. Percy no tenía ni idea de a dónde le estaba llevando el monstruo, pero estaba seguro de que no le gustaría cuando llegasen.
Gritó, casi con frustración. Entonces algo silbó en su oído. Una flecha se clavó en el cuello del monstruo. La criatura soltó un alarido y le dejó caer.
Percy cayó, chocándose por unas ramas de unos árboles hasta que se estampó contra un banco de nieve. Él gimió, mirando al gigantesco pino que acababa de atravesar.
Se las arregló para levantarse. Nada parecía estar roto. Frank estaba a su izquierda, disparando las criaturas lo más rápido que podía. Hazel estaba a su espalda, zarandeando su espada a cualquier monstruo que se acercara, pero había demasiado de ellos volando a su alrededor, al menos una docena.
Percy alzó Contracorriente. Le pegó un tajo a una ala de un monstro y le envió haciendo espirales hacia un árbol, entonces le pegó un tajo a otro que se redujo a polvo. Pero los vencidos comenzaron a re-materializarse de inmediato.
—¿Qué son esas cosas? —gritó.
—¡Grifos! —dijo Hazel—. ¡Tenemos que alejarlos del tren!
Percy vio a lo que se referían. Los vagones habían caído, y los tejados estaban hechos añicos. Los turistas estaban boquiabiertos, en shock. Percy no veía ningún turista herido gravemente, pero los grifos bajaban en picado a todo lo que se moviera. Lo único que los alejaba de los mortales era un brillante guerrero gris vestido de camuflaje, la mascota de Frank, el spartus.
Percy comprobó lo que pensaba y se dio cuenta de que Frank no tenía la espada.
—¿Has usado tú última carga?
—Sí—Frank disparó a otro grifo en el cielo—. Tenía que ayudar a los mortales. La lanza se ha disuelto.
Percy asintió. Parte de él, se sintió aliviado. No le gustaba el guerrero esqueleto. Parte de él estaba decepcionado, porque era un arma menos de la que disponer. Pero no culpaba a Frank, él había hecho lo correcto.
—¡Movamos la lucha! —dijo Percy—. ¡Lejos de los vagones! —corrieron por la nieve, golpeando y pegándole tajos a los grifos que se rematerializaban cada vez que eran destruidos.
Percy no tenía ninguna experiencia con los grifos. Siempre se los había imaginado como unos gigantescos animales nobles, como leones con alas, pero esas cosas le recordaban más a una camada de animales sanguinarios, como unas hienas voladoras.
A unos ciento cincuenta metros de los vagones, los árboles dieron paso a una marisma. El suelo era esponjoso y estaba helado. Percy se sintió como si estuviera corriendo a través de un papel de burbujas. Frank se estaba quedando sin flechas. Hazel respiraba a duras penas. Los mandobles de la propia espada de Percy se iban haciendo más lentos. Se dio cuenta de que estaban vivos porque los grifos aún no intentaban matarles. Los grifos querían cogerlos y llevarlos a algún lugar. Quizá a sus nidos, pensó Percy.
Entonces caminó por encima de algo parecido a hierba alta, un círculo de metal del tamaño de una rueda de tractor. Era un gigantesco nido de un pájaro, el nido del grifo, el fondo brillaba con antiguas piezas de joyería, una daga de oro imperial, una medalla de centurión rota y dos huevos del tamaño de una calabaza que parecía de oro verdadero. Percy saló al nido, apuntó la espada hacia los huevos.
—¡Alejaos o los rompo!
Los grifos graznaron, enfadados. Pasaron zumbando por encima del nido y abrieron los picos, pero no atacaron. Hazel y Frank se pusieron espalda con espalda con Percy, con las armas preparada.
—Los grifos coleccionan oro—dijo Hazel—. Se vuelven locos por ellos. Mirad, hay más nidos por ahí.
Frank colocó su última flecha.
—Así que si estos son los nidos, ¿es aquí dónde intentaban llevarse a Percy? Esa cosa se fue volando con él.
Los brazos de Percy seguían doloridos por donde le habían agarrado las garras del grifo.
—Alcioneo—supuso—. Quizá trabajen para él. ¿Esas cosas son lo suficientemente listas como para aceptar órdenes?
—No lo sé—dijo Hazel—. Nunca he luchado contra ellos cuando vivía aquí. Sólo leí sobre ellos en el campamento.
—¿Debilidades? —preguntó Frank—. Por favor, dime que tienen debilidades.
Hazel frunció el ceño.
—Caballos. Odian a los caballos: son sus enemigos naturales, o algo. ¡Ojalá Arión estuviera aquí!
Los grifos graznaron. Giraron por el nido con sus ojos rojos brillando.
—Chicos—dijo Frank, nervioso—. Creo que he visto reliquias de la legión en el nido.
—Lo sé—dijo Percy.
—Eso significa que otros semidioses han muerto aquí, o…
—Frank, todo irá bien—le prometió Percy.
Uno de los grifos se acercó. Percy alzó su espada, preparado para destrozar el huevo. El monstruo viró, pero los otros grifos perdían la paciencia. Percy no podría mantener aquello mucho más.
Miró por los campos, intentando desesperadamente formulando un plan. A unos cien metros, un gigante hiperbóreo estaba sentado en un tronco, recogiendo barro pacíficamente de entre los dedos de sus pies con el tronco de un árbol roto.
—Tengo una idea—dijo Percy—. Hazel, todo el oro en los nidos… ¿Crees que puedes usarlo para distraerles?
—Su…supongo.
—Sólo es para darnos tiempo para escapar. Cuando diga “Ya”, corred hacia el gigante.
Frank se le quedó mirando.
—¿Quieres que corramos hacia un gigantes?
—Confiad en mí—dijo Percy—. ¿Preparados? ¡Ya!
Hazel alzó su mano. De una docena de nidos por la marisma, unos objetos dorados salieron hacia el aire: joyería, armas, monedas, pedazos de oro y lo más importante, huevos de grifos. Los monstruos pegaron risotadas y volaron detrás de sus huevos, desesperados por recuperarlos.
Percy y sus amigos corrieron. Sus pies chapotearon y crujían a través de la marisma helada. Percy dio lo mejor de él, corriendo, pero podía oír los grifos acercándose, y ahora los monstruos estaban enfadados de verdad.
El gigante ni siquiera había aún notado la conmoción. Estaba inspeccionando los dedos de sus pies en busca de lodo, con su cara de sueño y pacífico, con sus colmillos blancos refulgían con cristales de hielo. Alrededor del cuello había un collar de objetos: cubos de basura, puertas de coches, astas de alces, material de acampada, incluso un lavabo. Aparentemente se había estado limpiando en el bosque.
Percy odiaba molestarle, especialmente desde eso significaba meterse bajo los muslos del gigante, pero no tenían demasiada elección.
—¡Debajo! —les dijo a sus amigos—. ¡Arrastraos por detrás!
Se metieron debajo de sus gigantescas piernas azules y se arrastraron por el barro, gateando tan cerca del gigante, que podían sentir su taparrabos. Percy intentó respirar por la boca, porque no era, precisamente, el mejor lugar en el que respirar.
—¿Cuál es el plan? —susurró Frank—. ¿Pegarnos a un trasero azul?
—Bajad más—dijo Percy—. Sólo moveos si es necesario.
Los grifos llegaron en una ola de picos, garras y alas furiosos, volando alrededor del gigante, intentando llegar a la parte inferior de sus piernas.
El gigante hizo un ruido sordo, sorprendido. Se los intentó quitar de encima. Percy tuvo que rodar encima de sí mismo intentando evitar ser aplastado por un gran trasero peludo. El hiperbóreo resopló, un poco más irritado. Intentó darle a los grifos, pero pegaban chillidos de rabia y comenzaron a picotearle las piernas y las manos.
—¿ROH? —gritó el gigante—. ¡ROH!
Respiró hondo y sopló una fuerte ola de aire frío. Incluso bajo la protección de las piernas del gigante. Percy pudo sentir la temperatura bajar. El griterío de los grifos se detuvieron de golpe, reemplazados por un “plas, plas plas” de objetos pesados golpeando el barro.
—Vamos—les dijo Percy a sus amigos—. Con cuidado.
Se retorcieron bajo el gigante. Por toda la marisma, unos árboles estaban glaseados con hielo. Una franja de la marisma estaba cubierta con nieve fresca. Unos grifos congelados estaban clavados en el suelo como unos carámbanos emplumados, con sus alas extendidas, los picos abiertos y los ojos abiertos con sorpresa.
Percy y sus amigos se pusieron en pie, intentando alejarse del campo de visión del gigante, pero el grandullón estaba demasiado atareado como para darse cuenta. Intentaba averiguar cómo añadir un grifo congelado a su colgante.
—Percy…—Hazel se quitó el hielo y el barro de la cara—. ¿Cómo has sabido que el gigante haría eso?
—Una vez casi me enfrenté a la respiración de un hiperbóreo—dijo—. Será mejor que nos movamos. Los grifos no se quedan congelados para siempre.


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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    06/01/12, 05:32 pm

Capítulo 40
Percy
ANDUVIERON DURANTE una hora, siguiendo la vía del tren pero siguiendo cubiertos por los árboles. Una vez oyeron a un helicóptero volando en la dirección de la vía del tren. Dos veces escucharon el graznido de los grifos, pero sonaban muy lejos.
Percy adivinó que debían ser media noche cuando el sol se puso finalmente. Los bosques se volvieron fríos. Las estrellas eran tan brillantes que Percy estuvo tentado de detenerse y quedarse embobado. Entonces apareció la aurora boreal que le recordaba a Percy la estufa de gas de su madre en casa, cuando tenía la llama encendida: ondas de llamas azules fantasmales yendo de un lado a otro.
—Eso es increíble—dijo Frank.
—Osos—señaló Hazel. Sí, eran una pareja de osos marrones avanzaban pesadamente por la ciénaga a unos metros, con sus pieles brillando a la luz de las estrellas—. No nos molestarán—prometió Hazel—. Dejémosles pasar.
Percy y Frank no discutieron. Mientras caminaban por delante de ellos, Percy pensó en todos lugares locos en los que había estado. Ninguno de ellos le había enmudecido como aquél. Podía saber por qué aquél lugar era la tierra más allá de los dioses. Todo allí era duro y sin domar: no habían reglas, ni profecías, ni destinos, solo el áspero páramo con un puñado de animales y monstruos. Los mortales y los semidioses iban allí bajo su propia responsabilidad.
Percy se preguntó si era aquello lo que quería Gea, que el mundo entero fuera así. Se preguntó si sería algo tan malo. Se quitó el pensamiento de la cabeza. Gea no era una diosa amable. Percy había oído lo que tenía planeado hacer. No era como la Madre Tierra que puedes haber leído en los cuentos infantiles. Era vengativa y violenta. Si alguna vez despertaba del todo, destruiría la civilización humana. Tras otro par de horas, llegaron a un pequeño pueblo entre las vías del tren y una carretera de dos vías. El cartel del pueblo decía: Paso de Alces. De pie frente al cartel había un alce real. Durante un segundo, Percy pensó que podría ser algún tipo de estatua publicitaria. Entonces el animal se metió en los bosques.
Pasaron un par de casas, una oficina de correos y unos camiones. Todo estaba oscuro y cerrado. Al otro lado de la ciudad había una tienda y una mesa de picnic y una vieja gasolinera oxidada.
La tienda tenía un cartel pintado a mano que leía: “Gasolinera de Paso de Alces”.
—Eso tiene que estar mal—dijo Frank.
En un acuerdo silencioso se desplomaron alrededor de la mesa de picnic. Los pies de Percy parecían bloques de hielo. Hazel apoyó su cabeza en sus manos, cerró los ojos y comenzó a roncar. Frank sacó sus últimos refrescos y algunas barritas de cereales del viaje en tren y las compartió con Percy. Comieron en silencio, mirando las estrellas, hasta que Frank dijo:
—¿Qué querías decir con lo que dijiste antes?
Percy miró el paisaje.
—¿Sobre qué?
A la luz de las estrellas, la cara de Frank podría haber sido de alabastro, como una antigua estatua romana.
—Sobre… lo de estar orgulloso de estar emparentados.
Percy dejó su barrita de cereales en la mesa.
—Bueno, veamos. Tú sólo dejaste fuera de combate a tres basiliscos mientras estaba bebiendo té verde y germen de trigo. Te enfrentaste a un ejército de lestrigones para que nuestro avión pudiera despegar de Vancouver. Salvaste mi vida de ser comido por unos grifos. Y sacrificaste tu última carga de tu lanza mágica para ayudar a unos mortales indefensos. Tú eres, sinceramente, el hijo del dios de la guerra más simpático que he conocido nunca, quizá el único simpático. ¿Qué me dices?
Frank miraba el aurora boreal.
—Es solo que… se supone que debía liderar esta misión, siendo centurión y eso. Me siento como que vosotros habéis arrastrado de mí.
—No es cierto—dijo Percy.
—Se supone que tengo poderes que ni siquiera sé cómo usarlos—dijo Frank con amargura—. Ahora que no tengo lanza y estoy a punto de acabar las flechas… tengo miedo.
—Yo me preocuparía si no tuvieras miedo—dijo Percy—. Todos lo estamos.
—Pero el Festival de Fortuna es…—Frank pensó en ello.
—¿Es después de la medianoche, no? Eso significa que estamos a veinticuatro de junio. El festival comienza esta noche durante la puesta de sol. Tenemos que llegar al glaciar Hubbard, vencer a un gigante que es invencible en su tierra natal y volver al Campamento Júpiter antes de que sean destruidos, y todo eso en menos de dieciocho horas.
—Y entonces liberaremos a Tánatos—dijo Percy—, quizá reclame tu vida. Y la de Hazel. Créeme, he estado pensando en eso.
Frank miró a Hazel, que seguía roncando suavemente. Su cara estaba enterrada bajo una masa de pelo marrón rizado.
—Es mi mejor amiga—dijo Frank—. He perdido a mi madre, a mi abuela…no la puedo perder a ella también.
Percy pensó en su vida anterior, su madre en Nueva York, el Campamento Mestizo, Annabeth, etc. Lo había perdido todo durante ocho meses. Incluso entonces, con sus recuerdos de vuelta… nunca había estado tan lejos de casa. Había estado en el Inframundo y había vuelto. Se había enfrentado a la muerte docenas de veces. Pero estar sentado en aquella mesa de picnic, a cientos de kilómetros de casa, más allá del poder del Olimpo, nunca había estado tan solo, excepto de Hazel y Frank.
—No os voy a perder a ninguno de vosotros—prometió—. No voy a dejar que pase. Y, Frank, tú eres un líder. Hazel diría lo mismo. Te necesitamos.
Frank bajó su cabeza. Parecía perdido en su pensamiento. Finalmente su cabeza perdió el peso, comenzó a roncar en harmonía con Hazel. Percy suspiró.
—Y otra charla inspiradora de Jackson—se dijo a sí mismo—. Descansa, Frank. Nos espera un gran día.
***
Al amanecer, la tienda se abrió. El dueño estuvo un poco sorprendido de encontrar a tres adolescentes acampados en su mesa de picnic, pero cuando Percy le explicó que habían llegado allí después del accidente del tren la noche anterior, el tipo sintió lástima por ellos y les invitó a un desayuno. Llamó a un amigo suyo, un esquimal que tenía una cabaña cerca de Seward. Al poco tiempo, estaban subidos a un Ford que hacía ruidos sordos que debía de ser de cuando Hazel nació.
Hazel y Frank estaban sentados en la parte posterior, Percy en la delantera con un anciano curtido, que olía a salmón ahumado. Les contó historias sobre Lobo y Cuervo, los dioses esquimales, y todo lo que Percy pudo pensar era que esperaba no encontrárselos porque ya tenía bastantes enemigos.
La furgoneta se estropeó a unos kilómetros de distancia de Seward. El conductor no parecía sorprendido, porque le pasaba muchas veces cada día. Dijo que podrían esperar hasta que arreglara el motor, pero ya que Seward estaba a unos pocos kilómetros, decidieron ir andando.
A media mañana, anduvieron por una subida durante la carretera y cuando llegaron a lo más alto, vieron una pequeña bahía rodeada de montañas. La ciudad era una media luna al lado izquierdo de la playa, con embarcaderos extendiéndose por el agua y un crucero en el puerto.
Percy se estremeció. Había tenido malas experiencias con algún crucero.
—Seward—dijo Hazel. No sonaba alegre de volver a su viejo hogar.
Ya habían perdido mucho tiempo, y a Percy no le gustaba lo rápido que subía el sol. La carretera giraba por la falda de la colina, pero parecía como si pudieran llegar antes al pueblo justo por entre la ciénaga. Percy dio un paso fuera de la carretera.
—Vamos.
El suelo era fangoso, pero no pensó demasiado en ello cuando Hazel gritó:
—¡Percy, no!
Su próximo paso fue justo dentro de la tierra. Se hundió como una piedra hasta que la tierra se cerró encima de su cabeza, y la tierra se lo tragó.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    09/01/12, 12:09 pm

Por lo visto ya nadie comenta aqui Razz

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"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción." Samuel Johnson.
“Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno.” Oscar Wilde.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    09/01/12, 01:02 pm

Dédalo no les da tiempo xD
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    09/01/12, 03:25 pm

Con razon xD

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"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción." Samuel Johnson.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/01/12, 03:40 pm

debajo pongo 4 caps más, los 4 son de Hazel...
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/01/12, 03:41 pm

Capítulo 41
Hazel
—¡TU ARCO! —GRITÓ HAZEL.
Frank no hizo preguntas. Dejó caer su mochila y se quitó el arco de su hombro. El corazón de Hazel se aceleró. No había pensado en la tierra cenagosa desde que había muerto. Ahora, cuando era demasiado tarde, recordó las alertas graves que le habían dado los locales. El cieno pantanoso y las plantas descompuestas hacían una superficie que parecía completamente sólida, pero que era incluso peor que las arenas movedizas. Habría unos veinte metros de profundidad o más, y era imposible de escapar.
Intentó no pensar en lo que pasaría si había más profundidad que lo que medía el arco.
—¡Agarra un lado! —dijo Frank—. No lo sueltes.
Ella agarró el otro lado, respiró hondo y saltó al barro. La tierra se cerró encima de su cabeza.
Al instante, se congeló en un recuerdo.
“Ahora no” quiso gritar, “Ella dijo que ya no habrían más desmayos”.
“Oh, pero cielo” dijo la voz de Gea, “esto no es uno de tus desmayos. Esto es un regalo de mi parte”.
Hazel estaba de vuelta en Nueva Orleans. Ella y su madre estaban sentadas en un parque cerca de su apartamento, desayunando un picnic. Recordaba aquel día. Tenía siete años. Su madre acababa de vender la primera piedra preciosa de Hazel: un pequeño diamante. Aún no se habían dado cuenta de la maldición de Hazel.
La Reina Marie estaba de muy buen humor. Había comprado zumo de naranja para Hazel y champán para ella, unas pastitas de chocolate y azúcar glas. Incluso le había comprado a Hazel una caja nueva de ceras y un bloc de papel. Estaban sentadas juntas, la Reina Marie tarareando con alegría mientras Hazel dibujaba.
El barrio francés se alzaba a su alrededor, preparado para el Mardi Gras. Las bandas de jazz practicaban, las carrozas estaban siendo decoradas con flores recién cortadas, los niños reían y se perseguían entre ellos, vestidos con colgantes de tantos colores que apenas podían caminar. La puesta de sol convertía el cielo de un color del rojo dorado, y la brisa olía a magnolias y a rosas. Había sido la mañana más feliz de la vida de Hazel.
—Podrías quedarte aquí—sonrió su madre, pero sus ojos eran completamente blancos. La voz era de Gea.
—Esto no es real—dijo Hazel.
Intentó levantarse, pero el césped sobre el que estaba sentada la hizo sentirse adormecida y cansada. El olor a pan recién horneado y a chocolate fundido era embriagador. Era la mañana del Mardi Gras y el mundo parecía lleno de posibilidades. Hazel podría creerse que tenía un futuro brillante.
—¿Qué es real? —preguntó Gea, hablando a través de la cara de su madre—. ¿Es tu segunda vida real, Hazel? Se supone que estás muerta. ¿Es real que te estés ahogando en un lodazal?
—¡Déjame ayudar a mi amigo! —Hazel se intentó forzar volver a la realidad. Podía imaginarse su mano cerrada al final del arco, pero incluso eso comenzaba a sentirse mareado. Su apretón se estaba aflojando. El olor a las magnolias y a rosas era sobrecogedor. Su madre le ofreció una pastita.
“No”, pensó Hazel. “Esta no es mi madre. Es Gea engañándome”.
—Quieres tu antigua vida de vuelta—dijo Gea—. Te lo puedo dar. Este momento puede durar durante años. Puedes crecer en Nueva Orleans, y tu madre te adorará. Nunca tendrás que cargar con tu maldición. Podrás estar con Sammy…
—¡Es una ilusión! —dijo Hazel, asfixiada con el olor a flores.
—Tú eres una ilusión, Hazel Levesque. Tú has vuelto a la vida porque los dioses te han encargado una tarea que hacer. Puede que te haya usado, pero Nico te usó y te mintió. Debes de sentirte agradecida por que yo le haya capturado.
—¿Capturado? —un sentimiento de pánico creció en el pecho de Hazel—. ¿Qué quieres decir?
Gea sonrió, sorbiendo su champán.
—El chico podría haber sabido mejor el lugar en el que buscar las Puertas. Pero no importa, no te incumbe. Una vez liberes a Tánatos, serás devuelta al Inframundo donde permanecerás para siempre. Frank y Percy no lo podrán detener. ¿Podrían unos amigos de verdad decirte que abandonaras tu vida? Dime quién miente y quién te dice la verdad.
Hazel comenzó a llorar. Un sentimiento de amargura creció en su interior. Había perdido una vez su vida, pero no quería morir de nuevo.
—Eso es —susurró Gea—. Estabas destinada a casarte con Sammy. ¿Sabes qué le pasó después de que murieras en Alaska? Creció y se mudó a Tejas. Se casó y tuvo una familia. Pero nunca se olvidó de ti. Siempre se preguntó por qué desapareciste. Ahora está muerto, un ataque de corazón en los sesenta. La vida que pudisteis tener siempre le rondó por la cabeza.
—¡Basta! —gritó Hazel—. ¡Tú me lo arrebataste!
—Y puedes tenerlo de nuevo—dijo Gea—. Te tengo a mi alcance, Hazel. Morirás de todas maneras. Si te rindes, al menos podré hacerlo placentero para ti. Olvídate de salvar a Percy Jackson. Él me pertenece. Le mantendré seguro en la tierra hasta que esté listo para usarlo. Tú puedes tener una vida plena aquí, puedes crecer, casarte con Sammy… todo lo que tienes que hacer es dejarte ir.
Hazel tensó su mano apretada en el arco. Por debajo de ella, algo le agarró el tobillo, pero no tuvo miedo. Sabía que era Percy, ahogándose, desesperadamente buscando una oportunidad de vivir.
Hazel miró a la diosa.
—¡Nunca cooperaré contigo! ¡DÉ-JA-NOS-IR!
La cara de su madre se disolvió. La mañana de Nueva Orleans se fundió en la oscuridad. Hazel estaba hundida en el barro, con una mano en el arco, y las manos de Percy agarradas a su tobillo, hundidos en la oscuridad. Hazel estiró del arco frenéticamente. Frank la sacó con tanta fuerza que casi le arranca el brazo.
Cuando abrió los ojos, estaba tumbada en la hierba, cubierta de barro. Percy estaba tumbado a sus pies, tosiendo y escupiendo barro.
Frank se cernía sobre ellos, gritando:
—¡Oh, dioses! ¡Oh, dioses! ¡Oh, dioses!
Sacó ropa extra de su mochila y comenzó a secar la cara de Hazel, pero no hizo demasiado. Sacó a Percy más aún del lodo.
—¡Habéis estado ahí tanto tiempo! —gritó Frank—. Creía que… oh, dioses, ¡no me volváis a hacer algo así, NUNCA!
Encerró a Hazel en un abrazo de oso.
—No puedo… respirar—dijo, con un hilo de voz.
—¡Lo siento! —Frank volvió a limpiarles y a dar vueltas. Finalmente les puso a un lado de la carretera, donde se sentaron y se secaron y cambiaron las ropas con barro.
Hazel no podía sentir las manos. No estaba segura de si tenía frío o miedo, pero se las arregló para explicarles lo del lodo y la visión que había tenido mientras estaba hundida. Sin hablar de la parte de Sammy, que era demasiado doloroso como para decirla en alto, pero les habló de la oferta de gea de una vida falsa y el aviso de la diosa que había capturado a Nico. Hazel no quería guardárselo para ella. Tenía miedo de que la desesperación la sobrecogiera.
Percy agarró sus hombros. Sus labios eran azules.
—Tú… tú me has salvado, Hazel. Averiguaremos qué le ha pasado a Nico, te lo prometo.
Hazel se puso de cara al sol, que ahora estaba en lo alto del cielo. El calor la hizo sentir bien, pero no la hizo dejar de temblar.
—¿Creéis que Gea nos dejará marchar tan fácilmente?
Percy se sacó el fango del pelo.
—Quizá siga queriéndonos como peones. Quizá quiera liarte.
—Sabía qué decir—admitió Hazel—. Sabía por dónde cogerme.
Frank puso su chaqueta alrededor de sus hombros.
—Esto es la vida real. Lo sabes, ¿verdad? No te vamos a dejar morir de nuevo.
Sonaba tan decidido. Hazel no quiso discutir, pero no veía cómo Frank podría detener a la Muerte. Presionó el bolsillo de su abrigo, dónde el leño quemado de Frank estaba envuelto, seguro. Se preguntó qué habría pasado si se hubiera hundido en el barro para siempre. Quizá eso le habría salvado. El fuego no lo habría atrapado allí abajo. Habría hecho cualquier cosa para mantener a Frank seguro. Quizá no lo hubiera sentido aquello siempre, pero Frank le había confiado la vida. Él creía en ella. No podía imaginarse que le pasara cualquier cosa.
Miró al sol saliendo. Se acababa el tiempo. Pensó en Hylla, la reina amazona en Seattle. Hylla se habría enfrentado a Otrera dos noches seguidas entonces, suponiendo que hubieran sobrevivido. Contaba con que Hazel liberara la Muerte.
Se las arregló para levantarse. El viento que venía de Bahía Resurrección era tan frío como recordaba.
—Deberíamos ir yendo. Estamos perdiendo el tiempo.
Percy miró carretera abajo. Sus labios volvían a su color normal.
—¿Hay algún hotel o algo dónde nos podamos limpiar? Me refiero… hoteles que acepten a gente con barro.
—No creo—admitió Hazel.
Miró hacia la ciudad a sus pies y no pudo creer lo mucho que había crecido desde 1942. El puerto principal se había movido al este y la ciudad se había expandido. La mayoría de los edificios eran nuevos para ella, pero la estructura del centro de la ciudad parecía familiar. Pensó que reconocería algunos almacenes en la costa.
—Quizá conozca algún lugar donde nos podamos limpiar.
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[52/52] Traducción de The Son Of Neptune
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