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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 [52/52] Traducción de The Son Of Neptune

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quieres que se espere a la traduccion en www.beingravenclaw.tumblr.com o lo traducimos aqui?
Que salga en el link mencionado. Traducen muy bien.
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Que traduzca el staff.
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AutorMensaje
Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/11/11, 12:48 pm

Gracias kuroneko Very Happy pues me lo lei en ingles xD la ansia era muy grande xD
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kuroneko
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/11/11, 01:45 pm

yo ya lo termine desde hace tiempo, (desde que salio en internet) se me hizo interesante la idea de traducir, si lo leíste en ingles, encontraras algunas frases cambiadas, eso es para darle sentido a la oración, pues hay muchas frases coloquiales en el libro. lo ajuste lo mejor que se pueda a un español neutral ya que aquí leen de diversos pises XD, yo por ejemplo soy de mexico
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Siba Grace
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/11/11, 03:10 pm

Dios el annnnsia
bueno, si yo tuviera un buen nivel en ingles ya me lo habría leído xD pero no es mi fuere u.u
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/11/11, 03:22 pm

Yo cada vez q terminaba de leer en el dia, pensaba en ingles y hablaba en ingles sin darme cuenta x horas hasta q volvia a la normalidad xD
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Vashet
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/11/11, 03:53 pm

Yo tambien intente leermelo en ingles, entendia lo esencial pero claro, como que no es lo mismo xD
Gracias por los capitulos, a ver cuando subis mas!!
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juanjo_04
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    22/11/11, 05:51 am

que paso que no siguen traduciendo mas?

me dejaron con todas las ganas, jaja

Las traducciones por acá venían siendo buenas.

En cambio las que pasaron en otros lados, fueron traducciones del google y son molestas para leer
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Vashet
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    22/11/11, 08:07 am

Se han debido de cansar, o estaran ocupados. Yo al final acabe leyendomelo de una traduccion de Google, era una mierda pero se entendia xD
Por cierto crea un tema y presentate en el Anfiteatro para que te conozcamos mejor
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Nathalia di Angelo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    22/11/11, 08:16 pm

Pero yo tengo una pagina donde esta todo el libro (o eso parece) en español!!
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Vashet
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    23/11/11, 04:33 am

Pero esta bien la traduccion?
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Nathalia di Angelo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    23/11/11, 04:36 am

Me confundi esta bien la traduccion pero no esta completo
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Siba Grace
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    23/11/11, 10:24 am

y hasta que capitulo esta mas o meno? para ir avanzando y todo eso... xD
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Vashet
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    23/11/11, 10:55 am

No sera esta pagina?
http://beingravenclaw.tumblr.com/post/9422424273/el-hijo-de-neptuno-rick-riordan

Porque esa traduce muy bien pero esta un poco atrasada xD
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Nathalia di Angelo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    23/11/11, 11:05 am

si ya me di cuenra pero tienen ya dis capitulos para el 27
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Aquiles
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    02/12/11, 03:02 pm

Capítulo 18: Hazel (español xD)

—¡Hazel! — Frank la cogió por los brazos, aterrorizado—. ¡Vamos, por favor! ¡Levántate!

Abrió los ojos. El cielo nocturno brillaba con las estrellas. El zarandeo del barco había desaparecido. Estaba descansando en tierra sólida, con su espada enfundada y su mochila tras ela.

Se incorporó con dificultad mientras su cabeza daba vueltas. Estaban en un acantilado por encima de una playa. A unos cincuenta metros por debajo el océano brillaba con la luz de la luna. Las olas golpeaban contra el casco de su barco en la playa. A su derecha, pegado al borde del precipicio, había un edificio parecido a una pequeña iglesia con una luz de búsqueda en el tejado. Un faro, supuso Hazel. Detrás de ellos, unos campos de hierba alta ondeaban con el viento.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

Frank suspiró.

—¡Gracias a los dioses que te has despertado! Estamos en Mendocino, alrededor de unas ciento cincuenta millas al norte del Golden Gate.

—¿Unas ciento cincuenta millas? —gimió Hazel—. ¿He estado así tanto rato?

Percy se arrodilló detrás de ella, con el aire marino haciendo ondear su pelo. Puso su mano en su frente como si estuviera comprobando su temperatura.

—No podíamos despertarte. Finalmente decidimos traerte a la costa. Creímos que estarías mareada…

—No estaba mareada—respiró hondo. No podía esconder la verdad mucho más. Recordó lo que le había dicho Nico: si un flashback como ese sucede cuando estás en combate…

—No he sido sincera con vosotros—dijo—. Lo que me ha pasado ha sido un desvanecimiento. Tengo uno cada equis tiempo.

—¿Un desvanecimiento? —Frank cogió la mano de Hazel, lo que ella agradeció demasiado—. ¿Es médico? ¿Porqué no lo he notado hasta ahora?

—He intentado esconderlo—confesó—. He tenido mucha suerte, pero se está poniendo peor. No es médico… no del todo. Nico dice que es un efecto secundario de mi pasado, del lugar en el que me encontró.

Los ojos verdes intensos de Percy eran difíciles de leer. No pudo saber si estaba preocupado o precavido.

—¿Dónde te encontró exactamente Nico? —preguntó.

La lengua de Hazel estaba completamente seca. Tenía miedo de que cuando comenzara a hablar, se deslizaría hasta el pasado, pero merecían saberlo. Si les fallaba en aquella misión, se quedara fuera de combate justo cuando más la necesitaban… no podía imaginárselo.

—Os lo explicaré—les prometió. Arañó su mochila. Estúpidamente, se había olvidado de traer una botella de agua—. ¿Hay algo de beber aquí?

—Sí—. Percy murmuró una maldición en griego—. Dioses, qué tonto he sido. Me he dejado las cosas en el barco.

Hazel se sintió mal al pedir que se encargara de ella, pero se había levantado seca y exhausta, como si hubiera estado viviendo las últimas horas entre el pasado y el presente. Se puso la mochila y la espada en los hombros.

—No importa. Puedo andar…

—No digas nada más—dijo Frank—. No hasta que tengamos agua y comida. Te traeré agua.

—No, ya voy yo—Percy miró la mano de Frank sobre la de Hazel. Entonces escaneó el horizonte como si percibiera problemas, pero no había nada que ver: sólo el faro y el campo de hierba extendiéndose hacia el interior—. Vosotros dos os quedáis aquí. Vuelvo enseguida.

—¿Estás seguro? —dijo Hazel débilmente—. No quiero que…

—Está bien—dijo Percy—. Frank, abre los ojos. Hay algo sobre esta paz… no sé.

—La mantendré segura—le prometió Frank.

Percy salió corriendo. Una vez estuvieron solos, Frank pareció darse cuenta de que seguía sujetando la mano de Hazel. Se aclaró la garganta y la soltó.

—Eh… yo… creo que entiendo tus desvanecimientos—dijo—. Y de dónde vienen.

Se le disparó el pulso.

—¿Ah, sí?

—Eres tan distinta de las demás chicas que he conocido—parpadeó, y siguió—. No de una forma extraña, sino que por la forma con la que hablas. Las cosas que te sorprenden, como las canciones o los programas de televisión, o la forma en la que la gente habla. Hablas sobre tu vida como si hubiera sucedido mucho tiempo atrás. Naciste en una época distinta, ¿no es cierto? Vienes del Inframundo.

Hazel quería llorar, no porque estuviera triste, sino porque era un gran descanso oír un poco de verdad. Frank no actuó como si fuera a defenderse o como si estuviera asustado. No parecía mirarla como si fuera un fantasma o un horrible zombie no-muerto.

—Frank, yo…

—Ya nos haremos a la idea—le prometió—. Estás viva. Vamos a mantenerte así.

La hierba a su alrededor crujió. Los ojos de Hazel se volvieron llorosos con el aire frío.

—No me merezco un amigo como tú—dijo—. No sabes lo que… lo que he hecho.

—Para—dijo Frank—. ¡Eres genial! Además, no eres la única que tienes secretos.

Hazel le miró.

—¿Cómo?

Frank iba a decir algo cuando se detuvo.

—¿Qué? —preguntó Hazel.

—El viento se ha parado.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de que era cierto. El aire se había quedado estático.

—¿Y? —preguntó.

Frank tragó saliva.

-¿Entonces… porqué la hierba se sigue moviendo?-

Por el rabillo del ojo, Hazel vio formas oscuras tensándose en el campo.

-¡Hazel!- Frank intentó agarrarla por los brazos, pero era demasiado tarde.

Algo chocó contra él por detrás. Entonces una fuerza parecida a un huracán de hierba envolvió a Hazel y la llevó por los aires arrastrándola por el campo.
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Aquiles
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    03/12/11, 06:04 pm

Capítulo 19: Hazel

Hazel era una experta en cosas raras. Había visto a su madre poseída por la diosa de la tierra. Había creado un gigante con oro. Había destruido una isla, había muerto y había vuelto del Inframundo. Pero ser secuestrada por un campo de hierba… Eso era nuevo.

Se sintió como si estuviera atrapada en una densa nube de plantas. Había oído hablar sobre los cantantes actuales lanzándose a multitudes de fans y siendo ondeados por centenares de manos. Se imaginaba que aquello era familiar, sólo que se movía cien veces más rápido, y las briznas de hierba no eran fans adoradores.

No podía incorporarse. No podía tocar el suelo. Su espada seguía en su saco de dormir, agarrado en su mochila, pero no podía alcanzarla. Las plantas no dejaban que se equilibrara, haciéndola rodar, agarrándola por la cara y los brazos. A duras penas podía ver las estrellas a través de una maraña de verde, amarillo y negro.

El ahogado grito de Frank sonó en la distancia.

Era difícil pensar con claridad, pero Hazel sabía algo: se estaba moviendo muy rápido. Dónde fuera que estaba siendo llevada, muy pronto dejaría de estar en un lugar en el que sus amigos pudieran encontrarla.

Cerró los ojos e intentó ignorar el movimiento que la rodeaba. Concentró sus pensamientos a la tierra por debajo de ella. Oro, plata, escaneaba el subsuelo en busca de cualquier mineral que interrumpiera a sus secuestradores.

No notaba nada. Cero riquezas bajo el suelo. Estaba a punto de abandonar cuando sintió un grandioso punto por debajo de ella. Fijó sus pensamientos en aquél punto con toda su concentración, creando un ancla mental. De repente el suelo rugió. La maleza de plantas la soltó y fue lanzaba hacia arriba como el proyectil de una catapulta.

Momentáneamente ingrávida, abrió sus ojos. Giró su cuerpo en medio del aire. El suelo estaba a unos diez metros bajo ella. Entonces comenzó a caer y su entrenamiento de combate entró en acción: había practicado cientos de veces caídas desde las águilas gigantes. Se encogió y al llegar al suelo rodó convirtiendo la caída en una voltereta de la que se levantó rápidamente.

Se quitó la mochila y agarró su espada por el mango. A unos metros a su izquierda, una roca del tamaño de un garaje sobresalía del mar de hierba. Hazel se dio cuenta de que aquella había sido su ancla. Había hecho que la roca apareciera.

La hierba se agitaba a su alrededor. Voces furiosas siseaban consternados desde el terrón que había interrumpido su camino. Antes de que pudieran reagruparse, Hazel corrió hacia la roca y se subió a ella. La hierba se mecía y susurraba a su alrededor como si fueran los tentáculos de una gigantesca anémona submarina. Hazel pudo notar la frustración de sus secuestradores.

—No podéis crecer aquí, ¿verdad? —gritó—. ¡Largaos, puñado de semillas! ¡Dejadme en paz!

—Esquisto—dijo una voz enfadada desde la hierba.

Hazel alzó las cejas.

—¿Perdón?

—¡Esquisto! ¡Grandioso montón de esquisto!

Una monja en la Academia Santa Agnes le había lavado una vez la boca a Hazel con jabón por decir algo muy parecido, así que no estaba muy segura de qué responder. Entonces, alrededor de su isla de roca, los secuestradores se materializaron desde la hierba. A primera vista parecían angelitos de san Valentín, una docena de unos pequeños cupidos regordetes. Mientras se acercaban, Hazel se dio cuenta de que ni eran monos ni angelicales.

Eran del tamaño de niños pequeños, con trazos de bebé gordo, pero su piel tenía un extraño tono verdoso como si la clorofila corriera por sus venas. Tenían unas secas y pequeñas alas como mazorcas de maíz, y matas de pelo blanco iguales que la seda del maíz. Sus caras estaban demacradas, picadas con granos de maíz. Sus ojos eran de un verde sólido, y sus dientes eran colmillos puntiagudos.

La criatura más grande se adelantó. Vestía un taparrabos amarillo, y su pelo estaba de punta, como las briznas de un tallo de trigo. Sisó a Hazel y caminó balanceándose tan deprisa que ésta tuvo miedo de que se le cayera el taparrabos.

—¡Odiar este esquisto! —se quejó la criatura—. ¡Trigo no puede crecer!

—¡Sorgo no puede crecer! —se quejó otro.

—¡Cebada! —gritó un tercero—. Cebada no puede crecer. ¡Maldito esquisto!

Las rodillas de Hazel se tambalearon. Las pequeñas criaturas habrían sido divertidas de no ser porque la estaban rodeando, mirándola fijamente con aquellos dientes puntiagudos y aquellos hambrientos ojos verdes. Eran como pirañas con forma de cupidos.

—¿Habláis de la roca? —se las arregló para decir—. ¿Esta roca se llama esquisto?

—¡Sí, piedra verde! ¡Esquisto! —gritó la primera criatura—. Piedra traviesa.

Hazel comenzó a entender porqué la había podido convocar.

—Es una piedra preciosa. ¿Es valiosa?

—¡Bah! —dijo el del taparrabos amarillo—. Los nativos estúpidos hacen joyas de esto, sí. ¿Valiosa? Quizá. No igual de buena que el trigo.

—¡O el sorgo!

—¡O la cebada!

Los otros dijeron lo mismo, pero diciendo distintos tipos de cereales. Rodearon la roca, sin hacer ningún esfuerzo en escalarla, al menos no aún. Si habían decidido arremolinarse a su alrededor, no había manera de poderse defender de todos ellos.

—Servís a Gea—supuso, sólo para seguir hablando. Quizá Percy y Frank no estuvieran demasiado lejos. Quizá fueran capaces de verla, tan alta como estaba. Deseó que su espada brillara como la de Percy.

El Cupido del taparrabos amarillo gruñó.

—Somos los karpoi, espíritus del grano. ¡Hijos de la madre Tierra, sí! Hemos sido sus sirvientes desde siempre. Antes de que los humanos traviesos nos cultivaran, éramos salvajes. Y lo seremos de nuevo. ¡Trigo os destruirá!

—No, ¡sorgo os mandará!

—¡Cebada os dominará!

Los otros se unieron, cada karpos gritando por su propia variedad.

—Correcto—Hazel tragó su repulsión—. Entonces tú eres Trigo, tú… con los eh… ropajes amarillos.

—Mmmmm—dijo Trigo—. Baja de tu esquisto, semidiosa. ¡Te llevaremos con el ejército de nuestra señora! Nos recompensarán. ¡Te matarán lentamente!

—Tentador—dijo Hazel—, pero no, gracias.

—¡Te daré trigo! —dijo Trigo, como si fuera una oferta mucho mejor a cambio de su vida—. ¡Muchísimo trigo!

Hazel intentó pensar. ¿Cuánto tiempo había sido llevada a rastras? ¿Cuándo tiempo tardarían sus amigos en aparecer? Los karpoi se iban acercando poco a poco, acercándose a la roca de dos en dos y de tres en tres, rascando el esquisto para ver si les hacía daño.

—Antes de que baje…—alzó la voz, esperando que llegara más allá de los campos—. Eh… explicadme algo, ¿me haréis el favor? Si sois espíritus del grano, ¿no deberíais estar de parte de los dioses? ¿No es Ceres diosa de la agricultura…?

—¡Nombre malvado! —gritó Cebada.

—¡Nos cultivó! —espetó Sorgo—. Nos hizo crecer de formas desagradables. Dejó que los humanos nos cultivaron. ¡Bah! Cuando la señora Gea sea la dueña del mundo, creceremos libremente, ¡oh sí!

—Bueno, naturalmente—dijo Hazel—. Así que su ejército, dónde me llevaréis a cambio de trigo…

—O cebada—ofreció Cebada.

—Sí—coincidió Hazel—. ¿Dónde está este ejército ahora?

—¡Justo al pasar esas colinas! —Sorgo aplaudió emocionado—. La madre Tierra, oh sí, nos dijo: “Buscad la hija de Plutón que vive de nuevo. ¡Encontradla! ¡Traedla con vida! Tengo muchas torturas planeadas para ella.” El gigante Polibotes nos recompensará por tu vida. Entonces podremos ir al sur a destruir a los romanos. No podemos ser matados, ya sabes. Pero tú, sí.

—Eso es maravilloso—Hazel intentó sonar entusiasmada. No era fácil, sabiendo que Gea tenía una venganza especial para ella—. Así que… no podéis ser matados porque Alcioneo ha capturado la Muerte, ¿verdad?

—¡Exacto! —dijo Cebada.

—Y le tiene encadenado en Alaska—dijo Hazel— en… veamos, ¿cómo se llamaba el sitio?

Sorgo comenzó a responder, pero Trigo voló hasta él y le golpeó. Los karpoi comenzaron a luchar, disolviéndose en densas nubes de cereal. Hazel consideró una huida, pero entonces Trigo se materializó de nuevo, agarrando a Sorgo con una llave de karate.

—¡Basta! —gritó a los otros—. ¡La lucha multicereal no está permitida!

Los karpoi se solidificaron en las pirañas con forma de Cupido de nuevo.

Trigo empujó a Sorgo.

—Oh, lista semidiosa—dijo—. Intentando engañarnos para contarte secretos. No, nunca encontrarás la morada de Alcioneo.

—Ya sé dónde está—dijo con una falsa confianza—. Está en la isla de Bahía Resurrección.

—¡Ja! —rió Trigo—. Ese lugar se hundió bajo las olas del mar tiempo atrás. ¡Deberías saberlo! ¡Gea te odia por ello! Cuando torciste sus planes tiempo atrás, fue forzada a dormir de nuevo. ¡Décadas y décadas! Alcioneo no fue capaz de alzarse hasta tiempos oscuros.

—Entre los noventa y los ochenta—dijo Cebada—. ¡Terrible! ¡Terrible!

—Sí—dijo Trigo—. Y nuestra señora sigue durmiendo. Alcioneo fue forzado a aguardar mucho tiempo en el norte, planeando, esperando. Ahora Gea comienza a despertar. Oh, pero te recuerda, y su hijo también.

Sorgo sonrió socarronamente.

—Nunca encontrarás la prisión de Tánatos. Toda Alaska es el hogar del gigante. ¡Podría estar guardando la Muerte en cualquier lugar! ¡Años llevaría encontrarle, y tu patético campamento sólo tiene unos pocos días! Mejor que te rindas. Te daremos cereales, muchos cereales.

La espada de Hazel comenzó a pesarle demasiado. Estaba recelosa de volver a Alaska, pero al menos tenía una idea de dónde comenzar a buscar a Tánatos. Había asumido que aquella isla dónde había muerto no había sido completamente destruida, o posiblemente había sido devuelta a su sitio tras el despertar de Alcioneo. Había esperado que aquella fuera su base. Pero si la isla había desaparecido, no tenía ni idea de dónde buscar al gigante. Alaska era enorme, podrían estar buscando durante décadas y nunca le encontrarían.

—Sí—dijo Trigo, sintiendo su ansiedad—. Ríndete.

Hazel agarró su spatha.

—¡Nunca! —alzó la voz de nuevo, esperando que de alguna manera les llegara a sus amigos—. Si os tengo que destruir a todos, lo haré. ¡Soy la hija de Plutón!

Los karpoi avanzaron. Agarraron la roca, sisando como si fuera acero ardiendo, pero comenzaron a subir.

—Ahora morirás—le prometió Trigo, mostrando sus dientes—. ¡Sentirás la ira de los cereales!

Entonces hubo un sonido silbante. La sonrisa de Trigo se congeló. Miró abajo hacia la flecha dorada que había aparecido en su pecho. Entonces se disolvió en Kellog’s.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    05/12/11, 06:42 pm

Recien me lo termine en ingles que quiero leer el siguiente libro What a Face
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    06/12/11, 06:08 pm

Igual que todos...
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Lyra
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/12/11, 07:28 pm

no saben que lindo terminar de estudiar, entrar a la pagina y ver el capitulo Smile
me alegro el dia..
una traduccion exelente como siempre...
muchas gracias!!
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Aquiles
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/12/11, 06:46 pm

Capítulo XX

DURANTE UN LATIDO DE CORAZÓN, HAZEL ESTABA tan anonadada como el karpos. Entonces Frank y Percy irrumpieron en el claro y comenzaron a masacrar cada karpos que encontraron en su camino. Frank disparó una flecha a Cebada que se convirtió en semillas. Percy clavó a Contracorriente a través de Sorgo que se convirtió en un montón de semillas de mijo. Hazel saltó y se unió a la batalla. En unos minutos, los karpoi habían sido reducidos a montones de semillas y distintos cereales de desayuno. Trigo comenzó a reagruparse, pero Percy sacó un mechero de su mochila y encendió una llama.

—¡Intentadlo! —les advirtió—, y reduciré este campo a cenizas. Quedaos muertos. ¡Alejaos de nosotros, o la hierba cargará con la culpa!

Frank miró la llama como si le aterrorizara. Hazel no entendía por qué, pero de todas maneras gritó a los montones de cereales.

—¡Hacedlo! ¡Está muy loco!

Los restos de los karpoi se fueron con el viento. Frank subió a la roca y les vio marcharse. Percy extinguió el mechero y sonrió a Hazel.

—Gracias por gritar. No podríamos haberte encontrado si no lo hubieras hecho. ¿Cómo has podido mantenerlos a raya tanto tiempo?

Señaló la roca.

—Un grandioso montón de esquisto*.

—¿Perdón?

—Chicos—les llamó Frank desde la roca—. Tenéis que ver esto.

Percy y Hazel subieron para reunirse con él. En cuanto Hazel vio lo que estaba viendo su amigo, contuvo el aliento.

—Percy, sin luz. ¡Baja tu espada!

—¡Esquisto*! —tocó la punta de su espada, y Contracorriente se convirtió en un bolígrafo.

Por debajo de ellos, un ejército se movía. El campo acababa en un barranco poco profundo, dónde una carretera comarcal iba de norte a sur. En el lado opuesto a la carretera, unas colinas llenas de hierba decoraban el horizonte, vacías de civilización excepto por una pequeña tienda en la cima de la colina más cercana.

El barranco entero estaba lleno de monstruos, columna tras columna marchando hacia el sur, tantos y tan cerca, que Hazel se asombró de que no la hubieran oído gritar.

Ella, Frank y Percy se agacharon contra la roca. Vieron expectantes como una docena de gigantescos y peludos humanoides pasaban, vestidos con partes de despedazadas armaduras y piel animal. Las criaturas tenían seis brazos cada uno, tres sobresaliendo de cada lado, por lo que parecían hombres de las cavernas evolucionados de insectos.

—Gegenes—susurró Hazel—. Nacidos de la Tierra.

—¿Habéis luchado contra ellos antes? —preguntó Percy.

Hazel negó con la cabeza.

—Sólo he oído hablar de ellos en las clases de monstruos en el campamento—nunca le había gustado la clase de monstruos, leyendo a Plinio el Viejo y todos aquellos amargados autores describiendo monstruos legendarios de los bordes del Imperio Romano. Hazel creía en los monstruos, pero las descripciones eran tan bárbaras, que había creído que eran rumores ridículos. Sólo que entonces, un ejército entero de ellos estaba pasando por debajo de ella.

—Los nacidos de la Tierra lucharon contra los argonautas—murmuró—. Y esas cosas detrás de ellos…

—Centauros—dijo Percy—. Pero esto no está bien. Los centauros son buenos tipos.

Frank hizo un sonido asfixiante.

—Eso no es lo que nos han enseñado en el campamento. Los centauros están locos y siempre se emborrachan y matan héroes.

Hazel vio a los hombres equinos cabalgar. Eran humanos de cintura para arriba, pero de cintura para abajo tenían cuerpo de caballo. Estaban vestidos con armaduras bárbaras de cuero y bronce, armados con lanzas y hondas. A primera vista, Hazel creyó que llevaban cascos vikingos, pero entonces se dio cuenta de que tenían cuernos saliendo de sus cabezas peludas.

—¿Se supone que deben tener cuernos? —preguntó.

—Quizá sea una raza especial—dijo Frank—. No vamos a preguntarles.

Percy miró más allá de la carretera y su cara se volvió aún más blanca.

—Dioses… cíclopes.

Efectivamente, avanzando pesadamente detrás de los centauros había un batallón de ogros uni-ojos, ambos machos y hembras de unos cinco metros de alto, vistiendo armaduras improvisadas con metales de una chatarrería. Seis de los monstruos eran tan grandes como unos bueyes, arrastrando una torre de abordaje con una gigantesca ballesta de escorpión.

Percy se agarró los lados de la cabeza.

—Cíclopes y centauros. Esto está mal, muy mal.

El ejército de monstruos era demasiado grande para hacer que cualquiera perdiera las esperanzas, pero Hazel se dio cuenta de que algo más pasaba con Percy. Estaba pálido y parecía mareado a la luz de la luna, como si sus recuerdos intentaran volver, escalando con dificultad por su mente.

Hazel miró a Frank.

—Necesitamos devolverle al barco. El mar le hará sentirse mejor.

—Por supuesto—dijo Frank—. Hay demasiados de ellos. El campamento… tenemos que advertirles.

—Lo saben—gimió Percy—. Reyna lo sabe.

A Hazel se le formó un nudo en la garganta. No había ninguna manera por la que la legión pudiera luchar contra tantos. Si estaban a tan solo cien millas al norte del campamento Júpiter, su misión ya estaba finiquitada. Nunca podrían llegar hasta Alaska y volver a tiempo.

—Vamos—les urgió—. Vamos a…

Entonces vio al gigante.

Cuando apareció por el barranco, Hazel no pudo creer lo que sus ojos veían. Era más alto que la torre de asedio, veinte metros por lo menos, con unas verdes piernas escamosas como un dragón de Komodo de cintura para abajo y una armadura de un azul verdoso de cintura para arriba. Su coraza tenía la forma de distintas caras monstruosas hambrientas, con las bocas abiertas como si pidieran comida. Su cara era humana, pero su pelo era salvaje y verde, como un puñado de algas. Cuando giraba la cabeza de lado a lado, unas serpientes caían de sus trenzas. Caspa viperina, asqueroso. Iba armado con un tridente gigantesco y una red pesada. Solo con ver las armas hacía que Hazel tuviera dolor de estómago. Se había enfrentado a aquél tipo de lucha en el entrenamiento para gladiador muchas veces. Era el más difícil, furtivo y cruel tipo de combate que conocía. El gigante era un retiarius de tamaño extragrande.

—¿Quién es él? —la voz de Frank sonaba resquebrajada—. Ese no será…

—No es Alcioneo—dijo Hazel débilmenet—. Uno de sus hermanos, creo. El que mencionó Término y los espíritus del grano. Es Polibotes.

No estaba segura de cómo lo sabía, pero pudo sentir el aura de poder del gigante incluso desde allí. Recordó el sentimiento en el Corazón de la Tierra mientras hacía a Alcioneo, como si estuviera cerca de un imán poderoso, y todo el hierro en su sangre fuera atraído a él. Aquél gigante era otro hijo de Gea, una criatura de la tierra tan malvada y poderosa que irradiaba su propio campo gravitacional.

Hazel sabía que debían salir de allí. Su escondite en lo alto de la roca hubiera sido descubierto cuando el gigante pasara si decidiera mirar en aquella dirección. Pero notaba que algo más importante estaba a punto de pasar. Ella y sus amigos bajaron un poco más abajo por el esquisto y siguieron observando.

Mientras el gigante se acercaba, una cíclope rompió filas y fue a hablar con él. Era enorme, gorda y horriblemente fea, vistiendo un vestido de cadenas como un delantal, pero junto al gigante parecía una niña.

Señaló a la tienda en lo alto de la colina más cercana y murmuró algo sobre comida. El gigante le espetó una respuesta, como si estuviera preocupado. La cíclope ladró una orden a sus compañeros de especie, y tres de ellos la siguieron a lo alto de la colina. Cuando estaban a medio camino de la tienda, una luz cegadora convirtió la noche en día. Hazel quedó cegada. Por debajo de ella, el ejército enemigo se dispersó en caos, con los monstruos gritando de dolor y furia. Hazel miró con los ojos entrecerrados. Parecía que hubiera salido de un teatro oscuro en una tarde soleada.

—¡Demasiado bonito! —aullaron los cíclopes—. ¡Nos quema los ojos!

La tienda en la colina estaba recubierta de un arcoíris, el más cercano y brillante que Hazel había visto jamás. La luz estaba anclada en la tienda, saliendo disparado hacia los cielos, bañando el campo con un extraño brillo caleidoscópico.

La señora Cíclope alzó su vara y cargó contra la tienda. Cuando golpeó el arcoíris, su cuerpo entero comenzó a humear. Se sacudió agónicamente y dejó caer su vara, retrocediendo con heridas multicolores por su cuerpo y su cara.

—¡Diosa horrible! —rugió a la tienda—¡Danos comida!

Los otros monstruos enloquecieron, cargando contra la tienda y huyendo por que la luz del arcoíris les quemaba. Algunos lanzaban rocas, lanzas, espadas e incluso partes de sus armaduras, y todo ardía en llamas de múltiples colores.

Finalmente el líder gigante pareció darse cuenta de que sus tropas estaban derrochando materiales en perfecto estado.

—¡BASTA! —rugió.

Con dificultad, se las arregló para gritar sus tropas y conseguir que se sometiesen a su voluntad. Cuando se hubieron calmado, se acerco a la tienda con el escudo arcoíris él mismo y observó los bordes de la luz.

—¡Diosa! —gritó—. ¡Ven y ríndete!

No hubo respuesta de la tienda. El arcoíris siguió brillando.

El gigante alzó su tridente y su red.

—¡Soy Polibotes! ¡Arrodíllate ante mí y quizá te destruya rápidamente!

Aparentemente, nadie en la tienda se quiso rendir. Un pequeño objeto oscuro salió de una ventana y aterrizo en los pies del gigante. Polibotes gritó:

—¡Granada!

Se cubrió la cara con las manos. Sus tropas se agacharon al suelo. Cuando la cosa no explotó, Polibotes se agachó con cuidado y lo sujeto. Rugió furioso.

—¿Un Phoskitos? ¿Osas insultarme con un Phoskitos?

Lanzó el bizcocho a la tienda, y se vaporizó con la luz.

Los monstruos se incorporaron. Varios gritaron hambrientos:

—¿Phoskitos? ¿Dónde hay Phoskitos?

—¡Ataquemos! —dijo la cíclope—. ¡Estoy hambrienta! ¡Mis chicos quieren aperitivos!

—¡No! —dijo Polibotes—. Llegamos tarde. Alcioneo quiere que ataquemos el campamento en cuatro días. Vosotros los cíclopes os movéis inexcusablemente lentos. ¡No tenemos tiempo para diosas menores!

Lanzó aquél último comentario hacia la tienda, pero no hubo respuesta.

La cíclope aulló.

—¡El campamento, sí! ¡Venganza! ¡Los naranjas y el morado destruyeron mi hogar! ¡Ahora Mamá Tuercas destruirá la suya! ¡¿Me oís Leo, Jason y Piper?! ¡Venimos a aniquilaros!

Los otros cíclopes bramaron en aprobación. Los otros monstruos se les unieron.

A Hazel le recorrió un escalofrío. Miró a sus amigos.

—Jason—susurró—. Ha luchado contra Jason. Está vivo.

Frank asintió.

—¿Y esos otros nombres significan algo para vosotros?

Hazel negó con la cabeza. No conocía ningún Leo o Piper en el campamento. Percy seguía pareciendo mareado y atontado. Si los nombres significaban algo para él, no lo dijo. Hazel pensó en lo que había dicho la Cíclope: los naranja y el morado. Morado, obviamente el color del Campamento Júpiter. Pero naranja… Percy había traído una camiseta naranja deshilachada. No podía ser coincidencia.

Por debajo de ellos, el ejército comenzó a marchar al sur de nuevo, pero el gigante Polibotes se detuvo a un lado, frunciendo el ceño y olisqueando el aire.

—Dios del mar—murmuró. Para el horror de Hazel, se giró en su dirección—. Huelo al dios del mar.

Percy temblaba. Hazel puso sus manos en sus hombros y le intentó apretar contra la roca.

La cíclope Mamá Tuerca gruñó.

—¡Por supuesto que hueles al dios del mar! ¡El mar está aquí al lado!

—Más que eso—insistió Polibotes—. Fui nacido para destruir a Neptuno. Puedo notar…—frunció el ceño, girando su cabeza mientras dejaba caer más serpientes.

—¿Seguimos o nos detenemos a olisquear el aire? —le reprendió Mamá Tuerca—. ¡Si yo no tengo Phoskitos, tú no tienes al dios del mar!

Polibotes gruñó.

—Muy bien. ¡Marchad! ¡Marchad! —dio una última mirada a la tienda protegida por el arcoíris, y se pasó los dedos por entre el pelo. Sacó tres serpientes que parecían más grandes que el resto con marcas blancas alrededor del cuello.

—¡Un regalo, diosa! Mi nombre, Polibotes, significa ‘Demasiados a los que alimentar’! Aquí tienes unas cuantas bocas hambrientas para ti. ¡Veamos si tu tienda consigue muchos clientes con esos tres centinelas en la puerta!



*= El juego es que en inglés esquisto se dice schist, palabra que es muy parecida a shit, es decir, mierda.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    15/12/11, 02:54 pm

genial, como siempre!!!
gracias por la traduccion!
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/12/11, 10:13 am

Pongo 3 caps a continuación
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/12/11, 10:14 am

CAPÍTULO XXI - FRANK

FRANK ODIABA LOS PHOSKITOS. Odiaba las serpientes. Y odiaba su vida. No necesariamente en ese orden.

Mientras subían por la colina, deseó que pudiera desmayarse como Hazel, entrar en trance y experimentar cualquier otro tiempo, como antes de que se metiera en aquella alocada misión, antes de que supiera que su padre era un Sargento Taladro divino con un problema de ego.

Su arco y su lanza iban atados a su mochila. También odiaba la lanza. En el momento en el que la consiguió, juró en silencio que nunca la iba a usar. “El arma de un hombre verdadero”, Marte era un imbécil. Quizá hubiera habido un error. ¿No había ningún tipo de test de ADN para los hijos de los dioses? Quizá la niñera divina había cambiado accidentalmente a Frank por uno de los atontados hijos de Marte. No había explicación para que la madre de Frank hubiera tenido algo que ver con aquél egocéntrico dios de la guerra.

“Era una guerrera por naturaleza” le discutió la voz de la abuela. “No me llevé ninguna sorpresa al saber que un dios pudiera enamorarse de ella, dado nuestra familia. Sangre ancestral, la sangre de los príncipes y los héroes”.

Frank se sacó el pensamiento de la cabeza. No era ni un príncipe ni un héroe. Era un torpe con intolerancia a la lactosa, que ni siquiera podía proteger a sus amigos de ser secuestrados por el trigo.

Sus nuevas medallas estaban frías contra su pecho: la media luna de centurión y la Corona Mural. Habría estado orgulloso de ellas, pero sentía que sólo las había conseguido por que su padre había obligado a Reyna a otorgárselas.

Frank no sabía cómo sus amigos podían seguir soportándole. Percy había dejado claro que odiaba a Marte y Frank no podía culparle. Hazel seguía mirando a Frank por el rabillo del ojos, como si tuviera miedo de que se convirtiera en un bicho raro musculado.

Frank miró a su cuerpo y suspiró. Corrección: a un tipo aún más musculado. Si Alaska era realmente la tierra más allá de los dioses, Frank podría quedarse allí. No estaba seguro de tener un lugar al que volver.

“No lloriquees”, le habría dicho su abuela, “Los Zhang no lloriquean”.

Tenía razón. Frank tenía un trabajo que hacer. Tenía que completar aquella misión imposible, lo que significa, por el momento, llegar a aquella tienda con vida.

Mientras se acercaban, Frank se preocupó de que la tienda pudiera evaporarse con la luz arcoíris pero al aproximarse la tienda seguía intacta. Las serpientes que Polibotes había lanzado parecían haber desaparecido. Estaban a unos veinte metros del porcho de entrada cuando algo siseó detrás de ellos.

—¡Largaos! —gritó Frank.

Percy dio un traspié y mientras Hazel le ayudaba a levantarse, Frank se giró y lanzó una flecha. Disparó a ciegas, creyendo que había lanzado una flecha explosiva, pero sólo era una señal de fuego. Pasó por entre la hierba, convirtiéndose en una llama naranja silbante.

Al menos iluminó al monstruo. Sentado en una mata de hierba amarilla estaba una serpiente de color verde lima gorda y larga como el brazo de Frank. Su cabeza estaba anillada con una crin de aletas blancas punzantes. La criatura miraba la flecha que se deslizaba como si estuviera asombrada diciendo: “¿Qué demonios es esto?”. Entonces fijó sus grandiosos y amarillos ojos hacia Frank. Avanzó como un gusano de tierra, arrastrándose con el centro del cuerpo. Allí dónde tocará, la hierba moría. Frank escuchaba los pasos de sus amigos escalando la colina. No tuvo el valor de girarse y correr. Él y la serpiente se estudiaron el uno al otro. La serpiente siseó, con unas llamas sobresaliendo de sus mandíbulas.

—Buen reptil—dijo Frank, atento a la madera en el bolsillo de su abrigo—. Buen réptil venenoso escupefuegos.

—¡Frank! —gritó Hazel detrás de él—¡Vamos!

La serpiente se lanzó hacia él. Fue tan rápida por el aire, que no le dio tiempo a preparar una flecha. Frank la golpeó con su arco y lanzó al monstruo colina abajo. Salió de su alcance visual haciendo un sonoro: “¡Sssssssssss!”

Frank se sintió orgulloso de sí mismo y miró a su arco, que estaba humeando allí dónde había tocado la serpiente. Miró incrédulo como la madera se convertía en polvo. Escuchó un furioso siseó, respondido por otros dos siseos colina abajo. Dejó su arco desintegrándose en el suelo y corrió al porcho. Percy y Hazel le ayudaron a subir los escalones. Cuando Frank se giró, vio los tres monstruos haciendo círculos en la hierba, respirando fuego y haciendo que toda la colina se muriera con su toque venenoso. No parecían ser capaces ni querían acercarse a la tienda, pero no hizo que Frank se relajara demasiado. Acababa de perder a su arco.

—Nunca saldremos de aquí—dijo miserablemente.

—Entonces será mejor que entremos—Hazel señaló al cartel hecho a mano de la puerta: COMIDA ORGÁNICA Y VIDA ECOLÓGICA DEL ARCOÍRIS.

Frank no tenía ni idea de lo que significaba aquello, pero sonaba mejor que unas serpientes venenosas llameantes. Siguió a sus amigos al interior.

Cuando entraron por la puerta, las luces se encendieron. Una música de flauta comenzó a sonar como si estuvieran entrando en escena. Las amplias estanterías estaban alineadas con cuencos de nueces y fruta seca, cestas de manzanas y perchas con ropa con camisetas teñidas en círculos y mallas de purpurina. El tejado estaba cubierto con campanillas de viento. Por las paredes, unas cajas de cristal mostraban bolas de cristal, geodas, cazadores de sueños y montones de otros materiales extraños. Debía de haber incienso ardiendo en algún lugar. Olía como si un ramo de flores estuviera ardiendo.

—¿Una tienda de esoterismo? —supuso Frank.

—Espero que no—murmuró Hazel.

Percy se apoyó en ella. No tenía buena pinta, como si hubiera sido atacado de una repentina gripe. Su cara brillaba de sudor.

—Sentarme…—murmuró—. Quizá un poco de agua…

—Sí—dijo Frank—. Vamos a encontrarte un lugar para descansar.

Las tablas del suelo crujían bajo sus pies. Frank pasó por entre dos fuentes con estatuas de Neptuno.

Una chica salió de detrás de dos potes de muesli.

—¿Puedo ayudaros?

Frank retrocedió asustado, golpeando una de las fuentes. Un Neptuno de piedra cayó contra el suelo. La cabeza del dios del mar salió disparada mientras un chorro de agua salía por su cuello, mojando unas camisetas teñidas a su paso.

—¡Lo siento! —Frank se agachó para limpiar el embrollo. Casi atravesó a la chica con su lanza.

—¡Eh! —dijo ella—¡Tranquilo! ¡Está bien!

Frank se levantó lentamente, intentando no causar ningún otro estropicio. Hazel parecía avergonzada. Percy pasó a tener un extraño tono verdoso en la piel mientras miraba la decapitada estatua de su padre.

La chica aplaudió dos veces. La estatua se disolvió en niebla. El agua se evaporó. Se giró hacia Frank:

—En serio, no hay ningún problema. Esas fuentes de Neptuno eran muy pesadas, me sacaban de quicio constantemente.

Aquella chica le recordaba a Frank a las colegialas que a veces veía en el Parque Lynn Canyon detrás de la casa de su abuela. Era bajita y musculada, con botas acordonadas, unos shorts militares y una brillante camiseta amarilla que leía: COVEA: Comida Orgánica y Vida Ecológica del Arcoíris. Parecía joven, pero su pelo era blanco, cayendo a cada lado de su cabeza como la clara de un gigantesco huevo frito.

Frak intentó recordar cómo hablar. Los ojos de la chica eran realmente molestos. Los iris cambiaban de color del gris al negro y del negro al blanco.

—Eh… lo siento por la fuente—llegó a decir—. Solo estábamos…

—¡Oh, lo sé! —dijo la chica—¡Estabais echando un vistazo! Está todo bien. Los semidioses son bienvenidos. Tomaos vuestro tiempo. No sois como esos horribles monstruos. ¡Solo quieren usar nuestra sala de descanso sin comprar nada!

Soltó un bufido. Sus ojos brillaron con un relámpago. Frank miró a Hazel para ver si se lo había imaginado, pero Hazel estaba igual de sorprendida que él.

Desde dentro de la tienda, la voz de una mujer habló:

—¿Fleecy? No asustes a los clientes. Tráelos aquí, ¿quieres?

—¿Te llamas Fleecy? —preguntó Hazel.

Fleecy soltó una risita.

—Bueno en la lengua de las nebulae es…—hizo una serie de sonidos retumbantes y suaves que recordaban a una tormenta pasando por un frente frío—. Pero me podéis llamar Fleecy.

—Nebulae…—murmuró Percy en trance…—. Ninfas de las nubes….

Fleecy sonrió.

—¡Oh, me gusta este chico! Normalmente nadie sabe nada sobre las ninfas de las nubes. Pero, oh dioses, no parece encontrarse bien. Ven aquí. Mi jefa quiere conoceros. Curaremos a vuestro amigo.

Fleecy les llevó a través de estanterías de productos, entre cajas de berenjenas, kiwis, fruta de loto y granadas. Al final de la tienda, tras de un mostrador con una anticuada caja registradora había una mujer de mediana edad con la piel olivácea, un largo pelo negro, unas gafas sin montura, y una camiseta que leía: “¡La diosa está viva!”. Llevaba unas pulseras de ámbar y unos anillos de turquesas. Olía a pétalos de rosa.

Parecía muy simpática, pero había algo en ella que hacía a Frank temblar y que le daban ganas de llorar. Le llevó un segundo en darse cuenta, entonces se dio cuenta de lo que era: la forma en la que sonreía, con sólo un lado de la boca, el color marrón de sus ojos, la posa de su cabeza, como si estuviera considerando una pregunta. Le recordaba a su madre.

—¡Hola! —salió fuera del mostrador, el cual estaba poblado con docenas de estatuas: gatos chinos que saludaban, budas que meditaban, cabezones que asentían y esas figuritas de pájaros que no dejaban de subir y bajar—. Me alegro de que estéis aquí. ¡Soy Iris!

Los ojos de Hazel se abrieron.

—¿Iris? ¿La diosa del arcoíris?

Iris puso mala cara.

—Bueno, sí, ese es mi trabajo oficial. Pero no me defino a mi misma por mi identidad corporativa. ¡En mi tiempo libre llevo esto! —hizo un ademán de señalar toda la tienda, con orgullo—. La cooperativa C.O.V.E.A. Una cooperativa de trabajadores que promovemos las alternativas de vivir una vida ecológica comiendo comida orgánica.

Frank la miró.

—Pero si le lanzaste Phoskitos a los monstruos.

Iris puso una cara de horror.

—Oh, no son Phoskitos—rebuscó por entre el mirador y sacó un paquete de unos bizcochitos de chocolate que parecían exactamente a los Phoskitos—. Son sin gluten, ni azúcares añadidos, enriquecidos con vitaminas, sin soja y simulaciones de bizcochitos hechos con leche de cabra y algas.

—¡Todo natural! —sonrió Fleecy.

—Admito mi error—Frank se sintió tan mareado como Percy.

Iris sonrió:

—Deberías probar uno, Frank. Eres intolerante a la lactosa, ¿no es cierto?

—¿Cómo lo has…?

—Sé esas cosas. Siendo la mensajera de los dioses… bueno, aprendo muchas cosas, oyendo todas las comunicaciones de los dioses y esas cosas—guardó los pasteles tras el mostrador—. Además, todos esos monstruos deberían aprender a comer estos bizcochos saludables. Siempre comiendo comida rápida y héroes. Eso es tan in-progresista. No podía tenerlos por mi tienda dando golpes, rompiendo cosas y molestando nuestro feng shui.

Percy se apoyó contra el mostrador. Parecía que iba a echar toda la comida por encima del feng shui de la diosa.

—Los monstruos van hacia el sud—dijo con dificultad—. Van a destruir nuestro campamento. ¿No puedes detenerles?

—Oh, soy estrictamente no-violenta—dijo Iris—. Puedo actuar en defensa propia, pero no seré llevada en ninguna otra acción violenta olímpica, muchas gracias. He estado leyendo acerca del budismo y el taoísmo. No me decido entre ellos.

—Pero…—dijo Hazel asombrada—. ¿No eres una diosa griega?
Iris cruzó los brazos.

—¡No intentes encasillarme, semidiosa! Mi pasado no me define.

—Ah, vale—dijo Hazel—. ¿Podrías al menos ayudar a nuestro amigo? Creo que está mareado.

Percy rodeó el mostrador. Durante un segundo, Frank tuvo miedo de que quisiera los bizcochos.

—¿Mensajes Iris? —dijo—. ¿No podrías enviar uno?

Frank no estaba seguro de haber oído bien.

—¿Mensajes Iris?

—Es…—dudó Percy—. ¿No es algo que tú puedes hacer?

Iris estudió a Percy más de cerca.

—Interesante. Eres del Campamento Júpiter y aún así… Ah, ya veo. Juno está haciendo de las suyas.

—¿Qué? —preguntó Hazel.

Iris miró a su asistenta, Fleecy. Parecían tener una conversación silenciosa. Entonces la diosa sacó un frasco de detrás del mostrador y extendió un aceite con olor a miel de eucalipto por la cara de Percy.

—Esto, debería equilibrarte el chakra. Y en cuanto a los mensajes Iris… es una forma de comunicación muy antigua. Los griegos lo usaban. Los romanos nunca lo hicieron, siempre confiando en sus carreteras y sus águilas gigantes y yo qué sé. Pero sí, me imagino… Fleecy, ¿puedes intentarlo?

—Claro, jefa.

Iris le guiñó el ojo a Frank.

—No se lo digáis a los otros dioses, pero Fleecy lleva la mayor parte de los mensajes hoy en día. Es genial haciéndolo, en serio, porque es que no tengo tiempo de responder a todas esas cosas personalmente. Me revuelve el wa.

—¿Tu wa? —preguntó Frank.

—Mmm… Fleecy, ¿por qué no te llevas a Percy y a Hazel al cuarto trastero? Puedes darles algo de comer mientras haces el mensaje. Y en cuanto a Percy, sí… pérdida de memoria. Imagino que ese viejo Polibotes… bueno, encontrarle en ese estado no debe de ser bueno para un hijo de Po…digo… Neptuno. Fleecy, dale una taza de té verde con miel orgánica y gérmenes de trigo con un poco de mi ungüento médico número cinco. Eso debería ayudarle.

Hazel frunció el ceño.

—¿Y Frank?

Iris se giró hacia él. Giró su cabeza, juguetona, igual que la madre de Frank solía hacer, como si Frank fuera la mayor pregunta en toda la habitación.

—Oh, no te preocupes—dijo Iris—. Frank y yo tenemos mucho de lo que hablar.
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/12/11, 10:14 am

CAPÍTULO XXII - FRANK

FRANK HUBIERA PREFERIDO ir con sus amigos, aunque eso significara tener que tragar una taza de té verde con gérmenes de trigo. Pero Iris le cogió por el brazo y le llevó a una mesa de café junto a una ventana abierta. Frank dejó su lanza en el suelo. Se sentó junto a Iris. Fuera, en la oscuridad, las monstruosas serpientes patrullaban sin descanso la colina, soltando fuego y envenenando la hierba.

—Frank, sé cómo te sientes—dijo Iris—. Me imagino que ese pedazo de madera ardiendo en tu bolsillo pesa cada día más.

Frank no podía respirar. Su mano fue instintivamente a su bolsillo.

—¿Cómo has…?

—Te lo he dicho. Sé cosas. Fui la mensajera de Juno durante siglos. Sé por qué te dio un indulto.

—¿Un indulto? —Frank sacó el pedazo de madera y lo desenvolvió del pedazo de tela. Tan pesada y difícil de manejar como era la lanza de Marte, el pedazo de madera era peor. Iris tenía razón. Pesaba más que antes.

—Juno te salvó por una razón—dijo la diosa—. Quería que sirvieras para su plan. Si no hubiera aparecido aquél día cuando eras un bebé y advertido a tu madre sobre la madera, habrías muerto. Naciste con demasiados dones. Ese tipo de poderes tiende a hacer arder una vida mortal.

—¿Demasiados dones? —Frank notó como sus orejas se enrojecían de furia—. ¡No tengo ningún don!

—Eso no es cierto, Frank—Iris sacudió su mano delante de ella como si estuviera limpiando un escudo invisible. Un arcoíris en miniatura apareció—. Piensa un poco.

Una imagen parpadeó en el arcoíris. Frank se vio a sí mismo cuando tenía cuatro años, corriendo por el patio trasero de la Abuela. Su madre le llamaba desde la ventana en el ático reclamando su atención. Se suponía que Frank no debía estar solo por el patio. No sabía por qué su madre estaba arriba en el ático, pero le había dicho que se quedara en la casa, que no fuera demasiado lejos. Frank hizo exactamente lo contrario. Sonreía con deleite mientras corría por el borde de los bosques cuando se encontró cara a cara con un oso pardo.

Hasta que Frank no vio la escena en el arcoíris, el recuerdo había estado difuso, a pesar de que había soñado con aquella escena. Ahora podía apreciar lo irreal que había sido la experiencia. El oso contemplaba el niño pequeño y era difícil saber cuál de los dos estaba más asustado. Entonces la madre de Frank apareció a su lado. No había forma posible de ser capaz de haber bajado tan rápido del ático. Se puso entre Frank y el oso y le dijo a éste que corriera a la casa. Esta vez, Frank obedeció. Cuando se giró una vez en el porcho, vio a su madre salir del bosque. El oso se había ido. Frank preguntó qué había pasado. Su madre sonrió. “Mamá Oso sólo necesitaba saber una dirección”, le dijo.

La escena en el arcoíris cambió. Frank se vio a sí mismo con seis años, arropado en el regazo de su madre aunque fuera demasiado grande para ello. El negro cabello largo de su madre estaba echado para atrás, sus brazos a su alrededor. Vestía unas gafas sin montura que Frank siempre quería robar, y su jersey de suave lana gris que olía a canela. Le contaba historias sobre héroes, diciendo que todos estaban emparentados con Frank: uno era Xu Fu, que había navegado en busca del elixir de la vida. La imagen en el arcoíris no tenía sonido, pero Frank recordaba las palabras de su madre: él fue tu tatara-tatara-tatara… Le daba un golpecito a Frank en la barriga cada vez que decía “tatara”, y hubo docenas de golpecitos, hasta que éste se reía incontrolablemente.

También estaba Sung Guo, también llamado Seneca Gracchus, que había luchado contra doce dragones romanos y dieciséis dragones chinos en los desiertos occidentales de China. “Él fue el dragón más fuerte de todos, ya ves” dijo su madre, “¡Así es cómo él pudo luchar contra ellos!” Frank no sabía qué quería decir, pero sonaba emocionante.

Entonces golpeó dulcemente su barriga con tantos ‘tatara’s que Frank rodó por el suelo huyendo de las cosquillas: “¡Y tu más antiguo ancestro del que se tiene consciencia fue el Príncipe de Pilos! Hércules luchó una vez contra él. ¡Fue una lucha muy encarnizada!”

“¿Ganó?” preguntó Frank.

Su madre rió, pero no hubo tristeza en su voz: “No, nuestro ancestro perdió. Pero no fue fácil para Hércules. Imagínate intentare luchar contra un enjambre de abejas. Así es cómo fue. ¡Incluso Hércules tuvo problemas!”

Aquél comentario no tuvo sentido para Frank, ni entonces ni aquél momento. ¿Su ancestro había sido apicultor?

Frank no había pensado en aquellas historias, pero ahora que las veía las recordaba tan claramente como la cara de su madre. Era duro volverla a ver. Frank quería volver a aquél tiempo. Quería ser otra vez un niño pequeño y enroscarse en su regazo.

En la imagen del arcoíris, el pequeño Frank preguntaba de dónde venía su familia. ¡Demasiados héroes! ¿Venían de Pilos, Roma, China o Canadá?

Su madre sonrió, moviendo su cabeza a los lados como pensándose la pregunta.

“Li-Jien”, dijo finalmente. “Nuestra familia es de muchos lugares, pero nuestro hogar es Li-Jien. Siempre recuérdalo, Frank, tienes un don especial. Puedes ser cualquier cosa”

El arcoíris se disolvió, volviendo de nuevo a Iris y a Frank.

—No lo entiendo—su voz sonó entrecortada.

—Tu madre de lo explicó—dijo Iris—. Puedes ser cualquier cosa.

Sonaba como una de esas estúpidas cosas que decían los padres para animar a sus hijos, o un eslogan barato que podría estar imprimido en una de las camisetas de Iris, junto a las camisetas de “¡La diosa está viva” o “¡Mi otro coche es una alfombra mágica!”. Pero con el tono en el que lo dijo, sonaba como un desafío.

Frank apretó la mano contra el bolsillo de su pantalón, dónde guardaba la medalla de sacrificio de su madre. El medallón de plata era tan frío como el hielo.

—Yo no puedo ser cualquier cosa—insistió Frank—. No tengo ninguna habilidad.

—¿Lo has intentado? —preguntó Iris—. Quisiste ser un arquero. Te las arreglaste bastante bien. Aunque solo has descubierto la superficie. Tus amigos Hazel y Percy ambos conviven entre dos mundos: griego y romano, el pasado y el presente. Pero tú estás conviviendo en muchos más. Tú familia es antigua: la sangre de Pilos que viene del lado de tu madre, y tu padre siendo Marte. No me extraña que Juno quiera que seas uno de los siete héroes. Quiere que luches contra los gigantes y contra Gea. Pero piensa esto: ¿Qué quieres?

—No tengo elección—dijo Frank—. Soy el hijo de un estúpido dios de la guerra. Tengo que ir en esta misión y…

—Tengo que—dijo Iris—. No quiero. Yo pensaba igual que tú. Entonces me cansé de ser la sirviente de todo el mundo. Repartir cálices de vino para Júpiter. Repartir cartas para Juno. Enviar mensajes de un lado de para el otro del arcoíris con un dracma de oro.

—¿Un qué de oro?

—Nada importante. Pero aprendí a liberarme. Fundé el COVEA, y ahora soy libre de tanta cosa. Tú también puedes liberarte. Quizá no puedas huir del destino. Algún día ese pedazo de madera arderá. Preveo que lo tendrás tú cuando eso suceda, y tu vida terminará…

—Gracias—murmuró Frank.

—…lo que hace tu vida más preciada. No tienes que ser tus padres ni lo que espere tu abuela. No tienes que seguir ni las órdenes del dios de la guerra, ni las de Juno. Controla tu vida. ¡Frank, encuentra tu camino!

Frank reflexionó sobre aquello. La idea era tentadora: desafiar los dioses, huir de su destino, de su padre. No quería ser el hijo del dios bélico. Su madre había muerto en la guerra. Frank había perdido todo lo que quería por una guerra. Estaba claro que Marte no sabía lo primero sobre él, Frank no quería ser un héroe.

—¿Por qué me estás contando esto? —preguntó—. ¿Quieres que abandone esta misión? ¿Qué deje que el Campamento Júpiter sea destruido? Mis amigos cuentan conmigo.

Iris extendió las manos.

—No puedo decirte qué hacer, Frank. Pero haz lo que quieres, no lo que debes. ¿Pero quién me iba a hacer caso a mí? Me he pasado cinco milenios sirviendo a todo el mundo, pero nunca me descubrí a mí misma. ¿Cuál es mi animal sagrado? Nadie se ha molestado a darme uno. ¿Dónde están mis templos? Nunca nadie ha hecho uno. Bueno, da igual. He encontrado paz aquí en la cooperativa. Podrías quedarte aquí, si quieres. Ser un COVEAdor.

—¿Un qué?

—El hecho es que tienes opciones. Si continuas esta misión… ¿qué pasará cuando liberes a Tánatos? ¿Será bueno para tus amigos? ¿Para tu familia?

Frank recordó lo que su abuela le había dicho: tenía un encuentro con la Muerte. La abuela le enfurecía muchas veces, pero aún así, era su única familia viva, la única persona viva que le había querido. Si Tánatos seguía encadenado, Frank no la perdería. Y Hazel, de alguna manera tendría que volver al Inframundo. SI la Muerte se la llevaba de nuevo, Frank no podría soportarlo. No hacía falta mencionar el propio problema de Frank: según Iris, podría haber muerto cuando fue un bebé. Todo lo que le quedaba entre Muerte y él era un pedazo de leño. ¿Se lo llevaría a él también?

Frank intentó imaginarse si se quedara con Iris, llevando una camiseta del COVEA, vendiendo cristales y cazadores de sueños a semidioses viajeros y lanzando simulaciones de pasteles libres de gluten a los monstruos que pasaran. Mientras tanto, un ejército increíble destruiría el Campamento Júpiter.

Puedes ser cualquier cosa, le había dicho su madre.

No, pensó, no puedo ser tan egoísta.

—Tengo que ir—dijo—. Es mi trabajo.

Iris suspiró.

—Me lo esperaba, pero tenía que intentarlo. La tarea que te espera… Bueno, no se la desearía a nadie, especialmente a un chico tan majo como tú. Si debes irte, te puedo ofrecer algún consejo. Necesitas ayuda para encontrar a Tánatos.

—¿Sabías que los gigantes le perseguían? —preguntó Frank.

Iris miró pensativa a las campanillas de viento tintineando en el techo.

—No, Alaska está más allá de la esfera de control de los dioses. Buscar al vidente Fineo. Está ciego, pero puede ver el pasado, el presente y el futuro. Sabe muchas cosas. Puede decirte dónde está atrapado Tánatos.

—Fineo…—dijo Frank—. ¿No había una historia sobre él?

Iris asintió, reacia.

—En los viejos tiempos, cometió crímenes horribles. Usó su don de vista para el mal. Júpiter le envió las harpías para perseguirle. Los argonautas, incluyendo a tu ancestro, por supuesto…

—¿El príncipe de Pilos?

Iris vaciló.

—Sí, Frank. Aunque su don, su historia… eso lo debes descubrir por ti mismo. Es suficiente decir, que los argonautas se deshicieron de las harpías para obtener la ayuda de Fineo. Eso fue hace eones, pero entiendo porqué Fineo ha vuelto al mundo de los vivos. Le encontraréis en Portland, Oregón, que está hacia el norte. Pero me debes prometer una cosa. Aunque esté perseguido por las harpías, no las matéis, no importa lo que Fineo os prometa. Ganaos su ayuda de otra forma. Las harpías no son malvadas. Son mis hermanas.

—¿Tus hermanas?

—Lo sé. No parezco demasiado a hermana de las harpías, pero es cierto. Y Frank… hay otro problema. Si vas a salir, tendrás que librarte de los basiliscos de la colina.

—¿Hablas de las serpientes?

—Sí—dijo Iris—. Basilisco, significa “pequeña corona”, lo que es un nombre bastante mono para algo que no es mono. No me gusta tener que matarlos. Son criaturas vivas, después de todo. Pero no seréis capaces de iros de aquí, hasta que se hayan ido. Si tus amigos intentan luchar contra ellos, bueno, preveo que ocurrirán cosas terribles. Solo tú tienes la habilidad de matar a los monstruos.

—¿Pero cómo?

Miró al suelo. Frank se dio cuenta de que estaba mirando su lanza.

—Ojalá hubiera otra forma—dijo—. Si tuvieras unas comadrejas, por ejemplo. Las comadrejas son mortales para los basiliscos.

—No llevo comadrejas encima—admitió Frank.

—Entonces tendrás que hacer servir el regalo de tu padre. ¿Estás seguro de que no quieres vivir aquí? Hacemos un arroz con leche libre de lactosa excelente.

Frank se levantó.

—¿Cómo puedo hacer servir la lanza?

—Eso tienes que averiguarlo tú. No puedo involucrarme en la violencia. Mientras luches, me encargaré de tus amigos. Espero que Fleecy haya encontrado las medicinas herbales adecuadas. La última vez, mezcló cosas sin querer… Bueno, no creo que aquellos héroes quisieran ser margaritas.

La diosa se levantó. Sus gafas brillaron, y Frank vio su propio reflejo en las lentes. Parecía serio y sombrío, nada que ver con el niño pequeño que había visto en el arcoíris.

—Un último consejo, Frank—dijo—. Estás destinado a morir sujetando ese pedazo de madera, viéndole arder. Pero quizá si no lo mantuvieras tú mismo. Quizá si se lo confiaras a alguien lo suficiente apegado a ti…

Los dedos de Frank se cerraron alrededor de la madera.

—¿Te estás ofreciendo?

Iris rió, con gracia.

—Oh, cielo, no. Lo perdería entre la colección. Lo mezclaría con los cristales o lo vendería como un pisapapeles por accidente. No, me refiero a un amigo semidiós. Alguno cercano a tu corazón.

Hazel, pensó Frank de inmediato. No había nadie en quien confiara más. ¿Pero podría confesarle su secreto? Si le admitía lo débil que era, que su vida entera dependía de un palo medio quemado… Hazel nunca le volvería a ver como un héroe. Nunca había sido su caballero andante. ¿Cómo esperar que ella pudiera soportar aquella responsabilidad?

Envolvió el pedazo de madera y lo guardó de nuevo en su bolsillo.

—Gracias… gracias, Iris.

Le dio un apretón de manos.

—No pierdas la esperanza, Frank. El arcoíris siempre tiene sitio para la esperanza.

Volvió hacia el interior de la tienda, dejando a Frank solo.

—Esperanza—refunfuñó Frank—. Ojalá tuviera unas pocas comadrejas.

Agarró la lanza de su padre y salió para enfrentarse a los basiliscos.
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Dédalo
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    21/12/11, 10:15 am

CAPÍTULO XXIII - FRANK

FRANK ECHABA DE MENOS SU ARCO. Se puso donde el porche y disparó una flecha a los basiliscos desde lejos. Unas pocas flechas explosivas bien colocadas, unos pocos cráteres en la colina… problema resuelto.

Desafortunadamente, un carcaj lleno de flechas no ayudaría demasiado a Frank si no las pudiera disparar. Además, no tenía ni idea de dónde estaban los basiliscos. Deberían haber dejado de escupir fuego tan pronto como salió al exterior.

Salió por el porche y alzó su lanza dorada. No le gustaba luchar de cerca. Era demasiado lento y demasiado corpulento. Lo había hecho bien en los juegos bélicos, pero aquello era real. No había águilas gigantes preparadas para atraparle y llevarle ante los médicos si cometía un error.

“Puedes ser cualquier cosa”. La voz de su madre resonó en su mente.

De acuerdo, pensó. Quiero ser bueno con la lanza. E inmune al veneno, y al fuego.

Algo que le decía a Frank que su deseo no estaba concedido. La lanza parecía inestable en sus manos.

Había marcas de fuego aún moldeadas en el lado de la colina. El acre ardía en las fosas nasales de Frank. La hierba seca crujía bajo los pies de Frank,

Pensó en todas las historias que su madre acostumbraba a contarle: generaciones de héroes que habían luchado contra Hércules, contra dragones y mares infestados de monstruos. Frank no entendía cómo podría haber nacido en aquella familia, o cómo su familia había emigrado de Grecia por el Imperio Romano a China, pero algunas ideas inquietantes comenzaban a venírsele a la cabeza. Por primera vez, comenzó a preguntarse sobre aquél Príncipe Pilos, y sobre la desgracia de su tatarabuelo Shen Lun en el Campamento Júpiter, y sobre qué podrían ser aquellos poderes familiares.

“El don nunca ha mantenido a nuestra familia a salvo” le había advertido la abuela.

Un pensamiento alentador mientras Frank estaba de caza de unas serpientes malignas que escupían fuego y eran venenosas.

La noche era tranquila excepto por el chisporroteo de las llamas. Cada vez que una brisa hacia moverse las hojas, Frank pensó en los espíritus del grano que habían capturado a Hazel. Con suerte, se habrían ido al sur con el gigante Polibotes. Frank no necesitaba más problemas.

Bajó colina abajo, con ardor de ojos por el humo. Entonces, a unos diez metros, vio una llama encenderse.

Se planteó lanzar la lanza, algo estúpido por supuesto. Entonces se quedaría sin arma. En vez de eso avanzó hacia el fuego. Deseó que tuviera los frascos de sangre de gorgona, pero se habían quedado en el barco. Se preguntó si la sangre de gorgona podría curar el veneno de basilisco… Pero aún con los frascos y eligiendo el correcto dudaba que hubiera tenido tiempo para tomarlo antes de convertirse en polvo como su arco. Llegó a un claro de hierba quemada y se encontró a sí mismo cara a cara frente a un basilisco.

La serpiente se irguió en su cola. Siseó, y expandió su collar de púas blancas alrededor de su cuello. Pequeña corona, recordó Frank. Es lo que significa “basilisco”. Había pensado que los basiliscos eran dragones enormes como monstruos que podían petrificar con la mirada. De alguna manera los basiliscos reales eran aún más horribles. Tan finos como eran y el añadido de que escupían fuego, veneno y maldad haría que fueran más difíciles de matar que un gran y voluminoso lagarto. Frank había visto lo rápido que podían moverse.

El monstruo fijó sus pálidos ojos amarillos en Frank. ¿Por qué no atacaba?

La lanza dorada de Frank estaba fría y pesaba. Los dientes de punta señalaban hacia el suelo, como el anzuelo de una caña de pescar.

—Para ya—le reprendió Frank a su lanza. Ya tenía bastantes problemas enfrentándose al monstruo como para que tuviera que luchar contra su lanza. Entonces escuchó ruido de movimiento a cada uno de sus lados. Los otros dos basiliscos se deslizaron hasta el claro.

Frank había ido directo a una emboscada.
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Siba Grace
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    26/12/11, 07:24 am

Capitulo XXIV

FRANK SACUDIÓ SU LANZA A TODOS LADOS.

—¡Alejáos! —su voz sonaba temblorosa—. Tengo… eh… ¡poderes increíbles y esas cosas!

Los basiliscos hicieron un trío de siseos. Quizá se estuvieran riendo. La punta de la lanza pesaba demasiado como para alzarla, como si el afilado triangulo blanco hecho de hueso estuviera intentando tocar la tierra. Entonces algo encajó en la mente de Frank: Marte había dicho que la punta era el diente de un dragón. ¿No había oído alguna historia acerca de dientes de dragón plantados en el suelo? ¿Algo que había leído en la clase de Monstruos en el campamento?…

Los basiliscos le rodearon, tomandose su tiempo. Quizá estaban vacilando por la lanza. Quizá no podían creerse lo estúpido que era Frank.

Parecía una locura, pero Frank dejó que la lanza tocara el suelo con la monta. Lo plantó en el suelo. Crac.

Cuando la sacó, la punta había desaparecido, se había roto en el suelo. Maravilloso. Ahora tenía un palo dorado.

Una parte alocada de su interior quería sacar el pedazo de leño. Si iba a morir de todas formas, quizá pudiera crear una gigantesca llamarada, incinerar a los basiliscos y dar una oportunidad a sus amigos de escapar.

Antes de que pudiera armarse de valor, el suelo comenzó a temblar a sus pies. Comenzó a crearse un pequeño agujero en el suelo, y una mano esquelética salió del suelo. Los basiliscos sisearon y retrocedieron.

Frank no podía culparles. Miró con horror como un esqueleto humano emergía del suelo. Fue poco a poco formándose como si alguien estuviera juntándolo hueso a hueso, cubriéndolos con una piel gris brillante y transparente. Todo lo de la criatura era gris: ropas grises sobre carne gris en huesos grises.

Se giró hacia Frank. Su calavera sonrió bajo su inexpresiva cara gris. Frank gimoteó como un cachorrito. Sus piernas le temblaban tanto que tuvo que ayudarse de la lanza para mantenerse de pie. El guerrero esquelético aguardaba. Aguardaba órdenes, se dio cuenta Frank.

—¡Mata a los basiliscos! —gritó—. ¡Pero a mí no!

El guerrero esqueleto entró en acción. Agarró la serpiente más cercana, y a pesar de que su carne gris comenzó a humear al contacto, estranguló al basilisco con una mano y lanzó su cuerpo inerte a un lado. Los otros dos basiliscos sisearon, furiosos. Uno se dirigió a Frank, pero lo apartó a un lado con la punta de su lanza.

La otra serpiente escupió fuego directamente a la cara del guerrero. El esqueleto avanzó y aplastó la cabeza del basilisco bajo su bota.

Frank se giró al último basilisco, que estaba enroscado al borde del claro estudiándoles. La lanza de oro imperial de Frank estaba humeando pero, a diferencia de su arco, no parecía estar deshaciéndose al tacto del basilisco. La mano y el pie derechos del guerrero esqueleto se estaban disolviendo lentamente por el veneno. Su cabeza estaba en llamas, pero aún así parecía estar bien. El basilisco hizo algo inteligente: entró en retirada. En un borrón de movimiento, el esqueleto agarró algo de su camiseta y esto voló a través del claro, empalando al basilisco en el suelo. Frank creyó que era un cuchillo, y entonces se dio cuenta de que era una de las costillas del esqueleto. Frank agradeció que su estómago estuviera vacío.

—Eso… eso ha sido increíble.

El esqueleto se arrodilló ante el basilisco. Le arrancó la costilla y la usó para cortar la cabeza de la criatura. El basilisco se disolvió en cenizas. Entonces el esqueleto decapitó los otros dos animales y pateó las cenizas hasta que se disolvieron. Frank recordó las dos gorgonas en el Pequeño Tíber: la forma en la que las que el río las había diseminado para contenerlas de rematerializarse.

—Te estás asegurando de que no puedan volver—se dio cuenta Frank—. O al menos, intentando retrasarles.

El guerrero esqueleto se puso delante de Frank. Su pie y su mano envenenadas habían casi desaparecido del todo. Su cabeza seguía ardiendo.

—¿Qué…? ¿Qué eres…?—preguntó Frank. Quiso añadir: por favor, no me mates.

El esqueleto saludó con el muñón de la mano al estilo militar. Entonces comenzó a derrumbarse, hundiéndose de nuevo en el suelo.

—¡Espera! —dijo Frank—. Ni siquiera sé cómo llamarte… ¿Hombre del diente? ¿Huesos? ¿Gris?

Mientras su cara desaparecía entre el suelo, el guerrero pareció haber sonreído al oír el último nombre, o quizá era que solo enseñaba sus esqueléticos dientes. Y se hubo ido, dejando a Frank solo con su lanza sin punta.

—Gris—murmuró—. De acuerdo, pero…

Examinó la punta de su lanza. Lentamente, se iba formando un nuevo diente de dragón encima de la vara dorada.

“Tienes tres oportunidades”, le había dicho Marte, “úsalo bien”.

Frank oyó pisadas detrás de él, Percy y Hazel corrieron hacia el claro. Percy parecía estar mejor, a pesar de que llevaba un bolso teñido de muchos colores del COVEA, que definitivamente no era su estilo. Contracorriente estaba en su mano. Hazel había sacado su spatha.

—¿Estás bien? —preguntó.

Percy giró en círculo, buscando enemigos.

—Iris nos ha dicho que estabas aquí fuera luchando contra los enemigos tú solo y nos hemos quedado un poco como “¿Qué?”. Hemos salido lo más rápido que hemos podido. ¿Qué ha pasado?

—No estoy seguro—murmuró Frank.

Hazel tocó el punto en el suelo dónde había desaparecido Gris.

—Puedo sentir muerte. O mi hermano ha estado aquí o… ¿los basiliscos están muertos?

Percy le miró, sorprendido.

—¿Los has matado a todos?

Frank tragó saliva. Ya se había sentido bastante bicho raro sin tener que explicar su nuevo subalterno no-muerto.

“Tres oportunidades”. Frank podría llamar a Gris dos veces más. Pero había sentido malevolencia en aquél esqueleto. No era una mascota. Era una sanguinaria y no muerta fuerza de matar, controlada con dificultad por el poder de Marte. Frank tenía el sentimiento que haría lo que le pidiese, pero si sus amigos estaban en la línea de fuego… oh, bueno… Y si Frank era un poco lento dándole órdenes, podría comenzar a matar todo lo que encontrara en su camino, incluyendo a su jefe.

Marte le había dicho que la lanza le ayudaría a seguir con vida hasta que aprendiera a usar el talento de su madre. Lo que significaba que Frank tenía que aprender a usar aquél talento, lo más rápido posible.

—Muchas gracias, papá—murmuró.

—¿Qué? —preguntó Hazel—. Frank, ¿te encuentras bien?

—Os lo explicaré después—dijo—. Ahora mismo, tenemos a un ciego al que visitar en Portland.
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