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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 [52/52] Traducción de The Son Of Neptune

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quieres que se espere a la traduccion en www.beingravenclaw.tumblr.com o lo traducimos aqui?
Que salga en el link mencionado. Traducen muy bien.
55%
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Que traduzca el staff.
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AutorMensaje
dark_angel96
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    10/10/11, 06:01 pm

MiliSanchez escribió:
Rick nos da cosas Percabeth a cuentagotas TT__TT
Si Sad Sad Sad Sad

_________________________________________________
El diario de Anna Frank:
 

"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción." Samuel Johnson.
“Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno.” Oscar Wilde.
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Annabeth Chase Perceus
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/10/11, 07:40 pm

wtf !!!! jajajajajajaj yo parecia igual !! lei qe era Nico y empeze a gritar como una locaa !! Razz jajaja no lo podia creeeer !! y me muero AHORA MISMO si Annabeth aparece en este libro !! Diganme qe sii porqe muero acaa !! no paroo de leer !! y subieron mas caps traducidos !! 3 de Hazel gente !! creo qe voy a empezar a abrir un tema nuevo para sacarme las dudas ! y la primera es sobre la vida de Hazel .... Smile
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Cronos
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/10/11, 07:42 pm

mi hermana se llama ariadna!
bienvenidaa!
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dark_angel96
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    11/10/11, 09:02 pm

Annabeth Chase Perceus escribió:
wtf !!!! jajajajajajaj yo parecia igual !! lei qe era Nico y empeze a gritar como una locaa !! Razz jajaja no lo podia creeeer !! y me muero AHORA MISMO si Annabeth aparece en este libro !! Diganme qe sii porqe muero acaa !! no paroo de leer !! y subieron mas caps traducidos !! 3 de Hazel gente !! creo qe voy a empezar a abrir un tema nuevo para sacarme las dudas ! y la primera es sobre la vida de Hazel .... Smile
Dudo que annabeth aparezca Sad de milagro la nombraran pero dudo que aparezca Sad

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El diario de Anna Frank:
 

"Es necesario esperar, aunque la esperanza haya de verse siempre frustrada, pues la esperanza misma constituye una dicha, y sus fracasos, por frecuentes que sean, son menos horribles que su extinción." Samuel Johnson.
“Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno.” Oscar Wilde.
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lizzie
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    12/10/11, 02:41 pm

chicos lo lamento pero no voy a poder traducir el libro porque estoy a full con el colegio y estoy llena de examenes. Pero cuando terminen voy a intentar traducir:(
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Ariadna Kafieri
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    12/10/11, 03:31 pm

porfin pude comenzar a leerlo ayer en la noche!!!!!!!!!!!! Very Happy

voy por el cap 40 y el libro no tiene desperdicio ( ni modo iba a esperar a la traduccion asi que oficialmente es el primer libro que leo en ingles y para mi sorpresa es muy poco lo que no entiendo)


solo 2 cosas dire, la historia de Hazek es la mas sorprendete pero la de Frank es simplemente demasiado interesante, mas que la de Piper o Leo *-* (no quiero que se me acabe el libro)

ahi cosas si que dejaron muy inquieta :S
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maia15
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    12/10/11, 03:48 pm

Yo e empezado hoy a leerlo en inles y esta super intereante aunque a veces necesite el diccionario Very Happy
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pluton56
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 02:47 am

Pues yo estoy intentando leer en ingles y en el traductor y voy bastante bien

Spoiler:
 

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Annabeth Chase Perceus
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 10:08 am

yo intente leerlo, y tambien se me hizo facil !! pero igual prefiero la traduccion porqe se me hace mejor jajajaja y para no buscar en el diccionario xD
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Mayco
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 03:36 pm

huu yo lo leo en ingles y depues me fijo en la traduccion por las dudas...Este libro va a dar mucho que hablar me encanta...
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 05:43 pm

Lizzie, no problem Razz ya creo q no sera necesario traducir Smile y x cierto, yo tambn me lo ando leyendo y woow O.o prefiero a los Hazel, Frank y Reyna que a Piper y Leo, sinceramente :S
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Cronos
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 08:25 pm

me pasan el link en el q se vota?
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 08:56 pm

ee?
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 09:08 pm

HAZEL
HAZEL SINTIÓ COMO SI ACABARA DE PRESENTAR a dos bombas nucleares. Ahora estaba esperando ver cuál de las dos explotaba primero.

Hasta aquella mañana, su hermano Nico había sido el semidiós más poderoso que había visto jamás. Los demás en el Campamento Júpiter le vieron como un excéntrico viajante, igual de inofensivo que los faunos. Hazel le conocía mejor. No había crecido con Nico, ni le conocía desde hace mucho. Pero sabía que Nico era más peligroso que Reyna, u Octavian o incluso más que Jason.

Entonces conoció a Percy.

A primera vista, cuando le vio dando tumbos cargando con una anciana. Hazel creyó que podría ser un dios disfrazado. Incluso aunque estaba andrajoso, sucio y se detenía exhausto, tenía un aura de poder. Tenía la pose de un dios romano, con unos ojos verdes del océano y un pelo negro que volaba con el viento.

Le había ordenado a Frank no dispararle. Creía que quizá los dioses les estuvieran poniendo a prueba. Había oído mitos sobre aquello: un chico con una anciana pidiendo cobijo, y que cuando los mortales les negaban la entrada, ¡BUM! Acababan convertidos en pieles de plátano.

Un hijo del dios del mar…

Tiempo atrás, a Hazel le dijeron que un descendiente de Neptuno la salvaría. ¿Pero cómo podría Percy quitarle la maldición? No parecía demasiada esperanza para ella.

Percy y Nico se dieron las manos. Se estudiaron el uno al otro cuidadosamente, y Hazel se aguantó la necesidad de salir corriendo. Si ambos sacaran las espadas, las cosas se pondrían feas.

Nico no parecía asustado. Era delgado y pálido con sus ropas amplias y negras. Su pelo, como siempre, parecía como si se acabara de levantar de la cama.

Hazel recordó cuando le hubo conocido. La primera vez que le vio empuñar aquella espada negra suya, casi se echó a reír. La forma en la que lo llamaba: “Acero estigio”, y lo serio que se ponía, estaba ridículo. Aquel blanco escuálido no era un luchador. Jamás habría dicho que estaban relacionados.

Había cambiado de opinión muy pronto.

Percy se encogió de hombros.

—Te… te conozco.

Nico alzó las cejas.

—¿Sí? —miró a Hazel buscando una explicación.

Hazel vaciló. Algo en la reacción de su hermano no estaba bien. Intentaba actuar normal, pero cuando había visto por primera vez a Percy, Hazel se dio cuenta de que mirada de pánico. Nico ya conocía a Percy. Estaba seguro de ello. ¿Por qué intentaba haciendo eso si no?

Hazel tuvo que hablar.

—Eh… Percy ha perdido su memoria.

Le contó a su hermano lo que había pasado desde que le vio en las puertas.

—Entonces… Nico—continuó con cuidado—. Creía… que… como has viajado por todas partes… quizá hubieras conocido otros semidioses como Percy antes o…

La expresión de Nico se volvió igual de oscura que el Tártaro. Hazel no entendió por qué, pero entendió el mensaje: déjalo.

—La historia sobre el ejército de Gea—dijo Nico—. ¿Has alertado a Reyna?

Percy asintió.

—¿Quién es Gea?

Se le secó la boca a Hazel. Oír ese nombre… Era todo lo que podía hacer para dejar que sus rodillas dejaran de temblar. Recordaba la voz suave de una mujer durmiente, una cueva brillante, y un sentimiento en su estómago llenado con aceite.

—Es la diosa de la tierra—Nico miró hacia el suelo como si pudiera estar escuchando—. La diosa de todo. Está en un sueño profundo durante la mayor parte del tiempo, pero odia a los dioses y a sus hijos.

—¿La madre Tierra…es malvada? —preguntó Percy.

—Mucho, —dijo Nico con la voz grave—. Convenció a su hijo, el titán Cronos, eh… quiero decir, Saturno, para matar a su padre, Urano, y conquistar el mundo. Los titanes reinaron durante un tiempo. Entonces los hijos de los titanes, los dioses olímpicos, les quitaron de en medio.

—Esa historia me suena—Percy sonó sorprendido, como si un viejo recuerdo subiera a la superficie—. Pero no creo que haya oído esa parte sobre Gea.

Nico se encogió de hombros.

—Se volvió loca cuando los dioses ganaron. Buscó un nuevo marido, Tártaro, el espíritu del abismo, y dio a luz a una raza de gigantes. Intentaron destruir el Monte Olimpo, pero los dioses acabaron ganándoles. Al menos… la primera vez.

—¿La primera vez? —repitió Percy.

Nico miró a Hazel. Probablemente no quería hacerla sentir culpable, pero no pudo ayudar con ello. Si Percy supiera la verdad sobre ella, y todas las cosas horribles que había hecho…

—El último verano—continuó Nico—. Saturno intentó volver. Hubo una segunda Titanomaquia, es decir una segunda guerra contra los titanes. Los romanos del Campamento Júpiter tormentaron el cuartel general en el Monte Othrys, al otro lado de la bahía, y destruyeron su trono. Saturno desapareció…—vaciló, mirando la cara de Percy. Hazel tenía la sensación de que su hermano estaba nervioso por si la memoria de Percy pudiera volver.

—Eh… de cualquier manera—continuó Nico—. Saturno volvió al abismo. Todos creímos que la guerra había terminado. Ahora es como si la victoria contra los titanes haya despertado a Gea. Está despertando. He oído noticias de gigantes siendo renacidos. Si osan desafiar a los dioses de nuevo, probablemente comenzarán destruyendo a todos los semidioses…

—¿Le has contado esto a Reyna? —preguntó Percy.

—Por supuesto—la mandíbula de Nico se tensó—. Los romanos no confían en mí. Es por eso por lo que esperaba que te escuchara a ti. Los hijos de Plutón… bueno, no te ofendas, pero creen que somos peores incluso que los hijos de Neptuno. Traemos mala suerte.

—Pero han dejado que Hazel se quede—comentó Percy.

—Eso es distinto—dijo Nico.

—¿Por qué?

—Percy—le cortó Hazel—, mira, los gigantes no son nuestro peor problema. Incluso… incluso Gea no es nuestro mayor problema. La cosa es que cómo ya has visto en las gorgonas, no se mueren, esa es nuestra mayor preocupación.

Miró a Nico. Se estaba acercando demasiado a su propio secreto, pero por alguna razón Hazel confiaba en Percy. Quizá porque también era un extraño, quizá porque hubiera salvado a Frank en el río. Se merecía saber a lo que se enfrentaban.

—Nico y yo…—dijo con cuidado—, creemos que es porque la Muerte no…

Antes de que pudiera terminar, un grito vino colina desde debajo de la colina.

Frank corrió hacia ellos, con sus tejanos, su camiseta morada del campamento, y su chaqueta de cuero. Sus manos estaban cubiertas de grasa de limpiar armas.

Igual que cada vez que veía a Frank, el corazón de Hazel comenzó a latir con fuerza, algo que le molestaba. Claro, era un buen amigo, la única persona en el campamento que no la trataba como si tuviera una enfermedad contagiosa. Pero no le gustaba de aquella manera…

Él tenía tres años más que ella, no era precisamente un príncipe encantador, con esa extraña combinación de cara de bebé y cuerpo de musculado boxeador. Parecía un koala mimado con músculos. El hecho que todo el mundo siempre intentara emparejarlos (¡Los dos mayores perdedores de todo el campamento! o Sois perfectos el uno para el otro) hacía que Hazel no le quisiera más.

Pero su corazón no estaba programado, se volvía loco cada vez que Frank estaba cerca. No se había sentido así desde… bueno, desde Sammy.

Para, pensó. Estás aquí por una sola razón, y no es conseguir un novio nuevo.

Además, Frank no sabía su secreto. Si lo supiera, no sería tan simpático con ella. Alcanzó el santuario.

—Hola, Nico…

—Frank—sonrió Nico. Parecía encontrar increíble a Frank, porque quizá fuera que Frank era el único que no excluía a los hijos de Plutón.

—Reyna me ha enviado aquí a por Percy—dijo Frank—. ¿Te ha aceptado Octavian?

—Sí—dijo Percy—. Descuartizó a mi panda.

—Él… Ah. El augur. Sí, los osos de peluche suelen tener pesadillas con ese chico. ¡Pero estás dentro! Te necesitamos limpio antes de la asamblea de esta noche.

Hazel se dio cuenta de que el sol se estaba poniendo por entre las colinas. ¿Cómo había pasado tan rápido el día?

—Tienes razón—dijo—. Es mejor que…

—Frank—le interrumpió Nico—, ¿por qué no acompañas a Percy abajo? Hazel y yo nos reuniremos con vosotros en breve.

Oh-oh, pensó Hazel. Intentó no parecer ansioso.

—Eso… eso es buena idea—se las arregló—. Seguid adelante, chicos. Ya os alcanzaremos.

Percy miró a Nico una vez más, como si estuviera intentando situarle en su memoria.

—Me gustaría charlar contigo en alguna otra ocasión. No puedo dejar de pensar que…

—Claro—coincidió Nico—. Más tarde. Estaré levantado hasta pronto.

—¿Ah, sí? —le echó en cara Hazel. A los campistas les iba a encantar aquello, el hijo de Neptuno y el hijo de Plutón llegando el mismo día. Ahora lo que les faltaba eran gatos negros y espejos rotos.

—Vamos, Percy—dijo Nico—. Os alcanzaremos— Miró hacia Hazel, y ésta tuvo la sensación de que la peor parte del día estaba aún por llegar—. Mi hermana y yo necesitamos hablar.

—Le conoces, ¿no es cierto? —dijo Hazel.

Se sentaron en el techo del santuario de Plutón, que estaba cubierto con huesos y diamantes. En cuanto Hazel sabía, los huesos siempre habían estado allí. Los diamantes eran culpa suya. Si se sentaba en algún lugar durante mucho tiempo, o simplemente se sentía nerviosa, comenzaban a aparecer como si fueran seta durante la lluvia. Varios millones de dólares valorados en piedras brillantes en el tejado, pero afortunadamente los demás campistas no los tocaban. Sabía mejor que nadie que robar en un templo, sobre todo en los de Plutón, estaba prohibido y era castigado y los faunos nunca se acercaban.

Hazel se estremeció, recordando su encuentro con Don aquella tarde. Si no hubiera actuado con rapidez y le hubiera quitado el diamante… no quería ni pensarlo. No quería otra muerte a sus espaldas.

Nico hacia bailar sus pies como si fuera un niño pequeño. Su espada de acero estigio descansaba a su lado, cerca de la spatha de Hazel. Miró por el valle, donde los obreros trabajaban en los Campos de Marte, construyendo fortificaciones para los juegos de aquella noche.

—Percy Jackson—pronunció el nombre como si fuera un hechizo—. Hazel, tengo que ir con cuidado con lo que digo. Hay cosas importantes en trabajo. Algunos secretos deben seguir siendo secretos. Tu entre toda la gente, deberías comprenderlo.

Hazel se enrojeció.

—Pero él no es como… ¿es como yo?

—No—dijo Nico—. Siento no poder decirte nada más. No puedo interferir. Percy tiene que encontrar su camino en este campamento.

—¿Es peligroso? —preguntó.

Nico consiguió hacer una sonrisa áspera.

—Mucho. Para sus enemigos. Pero no es una amenaza para el Campamento Júpiter. Puedes confiar en él.

—Como confío en ti—dijo Hazel, fríamente.

Nico le daba vueltas a su anillo de calavera. A su alrededor, los huesos comenzaron a mezclarse como si estuvieran formando un nuevo esqueleto. Cada vez que estaba de mal humor, Nico tenía ese efecto en los muertos, algo parecido a la maldición de Hazel. Ambos representaban las dos esferas de poder de Plutón: los muertos y los ricos. A veces Hazel pensaba que Nico se había llevado la mejo parte del trato.

—Mira, sé que es difícil—dijo Nico—. Pero tienes una segunda oportunidad. Puedes hacer las cosas bien.

—Nada está bien—dijo Hazel—. Si saben la verdad sobre mí…

—No lo harán—le prometió Nico—. Organizarán pronto una misión. Tendrán que hacerlo. Harás sentirme orgulloso. Confía en mí, Bi…

Se detuvo, pero Hazel supo que estuvo a punto de llamarla Bianca. La hermana de verdad de Nico, con la que había crecido. Nico podría preocuparse por Hazel, pero nunca sería Bianca. Simplemente Hazel era la mejor cosa que podía encontrar Nico… como un premio de consuelo del Inframundo.

—Lo siento—dijo.

La boca de Hazel le supo a metal, como si todos las piedrecitas de oro que estaban saliendo de entre el suelo estuvieran bajo su lengua.

—¿Entonces es cierto lo de la Muerte? ¿Hay que culpar a Alcioneo?

—Eso creo—dijo Nico—. Las cosas se están poniendo feas en el Inframundo. Papá se está volviendo loco intentando controlar las cosas. Sobre lo que Percy dijo de las gorgonas… al parecer las cosas también se están poniendo feas aquí arriba. Pero es por eso por lo que estás tú aquí. Todo eso sobre tu pasado… puedes hacer cosas buenas para arreglarlo. Perteneces al Campamento Júpiter.

Eso sonaba ridículo, Hazel contuvo una risa. No pertenecía a aquel lugar. Ni siquiera pertenecía a aquel siglo.

Debería aprender a no pensar en el pasado, pero recordaba perfectamente el día en el que su antigua vida había sido destrozada. El desmayo la golpeó de repente, ni siquiera le dio tiempo a decir: Oh-oh. Volvió atrás en el tiempo. Ni un sueño ni una visión. El recuerdo la barrió con tanta fuerza que sintió como si tuviera allí mismo.

Su último cumpleaños. Acababa de cumplir trece. Pero no fue el pasado diciembre. Fue el 17 de diciembre de 1941, el último día que vivió en Nueva Orleans.
HAZEL
HAZEL ESTABA ANDANDO HACIA CASA SOLA, venía de los establos. A pesar de que la tarde era fría, estaba sobrecogida por el calor. Sammy le acababa de besar en la mejilla.

El día había estado lleno de altibajos. Los chicos del colegio se habían burlado de ella por su madre, llamándola bruja y otros muchos nombres. Eso había sido durante un buen rato, por supuesto, pero las cosas se pusieron más feas todavía. Había rumores por todas partes sobre la maldición de Hazel. El colegio se llamaba Academia Santa Anges para Chicos de Color e indios, un nombre que no había cambiado durante muchos años. Como su nombre indicaba, el lugar enmascaraba un lugar repleto de crueldad bajo un disfraz de amabilidad.

Hazel no entendía cómo los demás chicos negros podían ser tan malos con ella. Ellos deberían ser los que mejor conocían lo que era tener que convivir con insultos día a día. Pero la gritaban y le robaban el almuerzo, siempre preguntándole por aquellas famosas joyas: “¿Dónde están esos diamantes malditos, chica? ¡Dame unos pocos o te pegaré!” La empujaban hacia la fuente y le lanzaban rocas si intentaba acercarse a ellos durante el recreo.

A pesar de lo horribles que eran, Hazel nunca les dio ni diamantes ni oro. No odiaba tanto a nadie de esa manera. Además, tenía un amigo, Sammy, y eso era suficiente.

A Sammy le gustaba bromear con que era el estudiante perfecto del Santa Agnes. Era americano-mexicano, por lo que se consideraba a sí mismo de color e indio.

—Deberían darme una doble escolaridad—decía.

No era grande ni fuerte, pero tenía una sonrisa loca que le hacía reír a Hazel.

Aquella tarde la había llevado a los establos donde trabajaba como mozo. Era un club de hípica ‘sólo para blancos’, por supuesto, pero estaba cerrado los días laborables y, durante la guerra, se dijo que el club debería tener que echar el cierre hasta que los japoneses hubieran sido vencidos y los soldados volvieran a casa. Sammy podía colar a hurtadillas a Hazel para ayudarle a cuidar de los caballos. Una vez cada cierto tiempo montaban a caballo.

Hazel amaba a los caballos. Parecían ser las únicas criaturas vivientes que no estaban asustadas de ella. La gente la odiaba. Los gatos la bufaban. Los perros la ladraban. Incluso el estúpido hámster de la clase de la señorita Finley chillaba de terror cuando le daba una zanahoria. Pero los caballos no. Cuando estaba sobre la silla, podía ir tan rápido que las gemas preciosas no tenían oportunidad de salir a la superficie. Se sentía casi completamente libre de su maldición.

Aquella tarde, se había escogido a un semental roano moreno con una preciosa crin negra. Galopó por los campos tan rápidamente que dejó a Sammy atrás. Cuando la alcanzó, él y su caballo estaban sin aliento.

—¿De qué huyes? —se rió—. Soy feo, pero no es para tanto, ¿no crees?

Hacía demasiado frío para un picnic, pero de todas formas, estaban haciendo uno, bajo un gran magnolio con los caballos atados en una valla de madera cercana. Sammy había comprado una magdalena con una vela de cumpleaños, que había sido aplastada durante el recorrido pero seguía siendo la cosa más dulce que Hazel jamás había visto. La partieron en dos y la compartieron.

Sammy habló de la guerra. Quería ser lo suficientemente mayor como para poder ir. Preguntó a Hazel si le escribiría cartas si fuera un soldado yendo a ultramar.

—Por supuesto, tonto—dijo.

Sonrió. Entonces, como si se moviera con un impulso repentino, se tambaleó y la besó en la mejilla.

—Feliz cumpleaños, Hazel.

No era demasiado. Sólo un beso, ni siquiera en los labios. Pero Hazel sintió como si estuviera flotando. A duras penas recordaba el recorrida de vuelta a los establos, ni siquiera se acordó de despedirse de Sammy. Él dijo: “Nos vemos mañana”, como siempre hacía. Pero ella nunca le volvería a ver.

Cuando hubo vuelto al Barrio Francés, ya oscurecía. Cuanto más se aproximaba a su casa, el sentimiento de calor desaparecía, y era reemplazado por terror.

Hazel y su madre, la Reina Marie, como le gustaba ser llamada, vivía en un viejo apartamento encima de un club de jazz. A pesar de que la guerra acababa de comenzar, había un aire festivo en el aire. Nuevos reclutas no tardarían en deambular por las calles, riendo y hablando sobre combatir japoneses. Se harían tatuajes en los salones o propondrían matrimonio a sus amados corazones en el bulevard. Algunos subirían a casa de la madre de Hazel para que les leyeran la fortuna o comprar encantamientos de Marie Levesque, la famosa reina del grisgrís.

—¿Lo has oído? —dirá uno—. Dos centavos por este encantamiento de buena suerte. Se lo di a un chico que conozco, y dice que es un verdadero pedazo de plata. ¡Vale por lo menos unos veinte dólares! ¡Esta bruja está loca!

Por un momento, esa conversación daba a la reina Marie mucho trabajo. La maldición de Hazel comenzó a aparecer lentamente. Primero parecía una bendición. Las piedras preciosas y el oro solo aparecían de tanto en cuanto, nunca en grandes cantidades. La reina Marie pagaba las facturas, y ellas comían filete para cenar una vez a la semana. Incluso Hazel se compró un vestido nuevo. Pero los rumores comenzaron a extenderse. Los locales comenzaron a darse cuenta de las cosas horribles que les pasaban a las personas que compraban esos encantamientos de buena suerte o eran pagados con los tesoros de la reina Marie. Charlie Gasceaux perdió su brazo en una cosechadora cuando vestía un brazalete de oro. El señor Henry sufrió un ataque al corazón en su tienda después de que la reina Marie hubo pagado su pedido con un rubí.

La gente comenzó a susurrar sobre Hazel y a preguntarse cómo podía encontrar esas joyas malditas sólo con andar por la calle. Aquellos días sólo los que no eran de la ciudad solían visitar a su madre, y tampoco no eran demasiados. La madre de Hazel solía estar casi siempre de mal genio. Acostumbraba a lanzarle miradas de resentimiento a su hija.

Hazel subió por las escaleras lo más callada que pudo, por si su madre tenía un cliente. En el club del piso de abajo, la banda estaba tocando sus instrumentos. La panadería de la puerta de al lado había comenzado a hacer beignets para el día siguiente, llenando la escalera del olor de la mantequilla horneada.

Cuando llegó a su casa, Hazel creyó haber oído dos voces dentro de su apartamento. Pero cuando hubo entrado en el salón, su madre estaba sola en la mesa de sesiones, con los ojos cerrados, como si estuviera en trance.

Hazel la había visto de esa manera muchas veces, haciendo que hablaba con los espíritus para sus clientes, pero nunca cuando estaba ella sola. La reina Marie siempre le había dicho a Hazel que su grisgrís eran palabrerías. Ni siquiera creía de verdad en sus encantamientos, ni en sus adivinaciones, ni en fantasmas. Ella sólo era una intérprete, como una cantante o una actriz, haciendo un espectáculo por dinero.

Pero Hazel sabía que su madre sí que creía en alguna magia. La maldición de Hazel no eran palabrerías. La reina Marie simplemente no quería creer que era su culpa, como si de alguna manera ella hubiera hecho así a Hazel.

—Fue tu maldito padre—le gruñiría la reina Marie cuando estaba de muy mal humor—. Viniendo aquí con su maravilloso traje plateado y negro. Para una vez que convoco de verdad a un espíritu y, ¿qué obtengo? Complace mi deseo y arruina mi vida. Podría haber sido una reina de verdad. Es por su culpa que te volvieras así.

Nunca le había explicado qué quería decir, y Hazel había aprendido a no preguntar sobre su padre. Lo único que conseguía era enfadar a su madre.

Mientras Hazel la miraba, la reina Marie murmuraba algo para sí misma. Su cara estaba calmada y relajada. Hazel estaba impresionada de lo bonita que parecía, sin el ceño fruncido ni los pliegues en su frente. Tenía una larga melena de un marrón dorado igual que Hazel, y la misma complexión oscura, de tez marrón como los granos de café tostado. No vestía aquellas graciosas ropas de color azafrán o aquellos colgantes dorados que llevaba para impresionar a los clientes si no que llevaba puesto un sencillo vestido blanco liso. Aún así, seguía teniendo ese aire real, sentada recta y con toda su dignidad en su silla dorada como si fuera una reina de verdad.

—Estarás segura aquí—murmuró—. Lejos de los dioses.

Hazel ahogó un grito. La voz que salió de su madre no era la suya. Era la de una mujer más mayor. El tono era dulce y suave, pero también inquisitivo, como un hipnotista dando órdenes.

La reina Marie se tensó. Se convulsionó en su trance, entonces habló con su voz normal:

—Está muy lejos. Muy frío. Muy peligroso. Me dijo que no…

La otra voz respondió:

—¿Qué ha hecho por ti? ¡Te dio una hija envenenada! Pero podemos usar su don para bien. Podemos devolvérsela a los dioses. Estarás bajo mi protección en el norte, lejos del dominio de los dioses. Haré de mi hijo tu protector. Por fin vivirás como una verdadera reina.

La reina Marie se estremeció:

—¿Pero a Hazel qué le…?

Su cara se contorsionó en un gesto desdeñoso. Ambas voces sonaron al unísono, como si estuvieran de acuerdo en algo.

—Hija envenenada.

Hazel retrocedió escaleras abajo, con el pulso acelerado.

En la planta baja, chocó contra un hombre que vestía un traje oscuro. La agarró por los hombros con unos dedos fuertes y fríos.

—Ya está, niña—dijo el hombre.

Hazel vio su anillo plateado en forma de calavera en su dedo y la extraña tela de su traje. En las sombras, el negro sólido parecía convertirse y transformarse, creando imágenes de caras agónicas, como si las almas perdidas intentaran escapar de los pliegues de sus ropas.

Su corbata era negra con rayas plateadas. Su camisa era de un gris color sombra. su cara… el corazón casi se le sale a Hazel por la boca. Su piel era tan blanca que parecía casi azul, como la leche fría. Tenía una mata desdeñosa de pelo negro. Su sonrisa era amable, pero sus ojos eran fieros y furiosos, llenos de locura. Hazel había visto esa mirada en los noticiarios en el cine. Aquel hombre parecía como aquel horrible tipo llamado Adolf Hitler. No tenía bigote, pero de todas formas podía haber sido el gemelo de Hitler, o incluso su padre.

Hazel intentó deshacerse de ese pensamiento. Incluso cuando el hombre la soltó, no pudo moverse. Sus ojos la congelaron en el sitio.

—Hazel Levesque—dijo con voz melancólica—. Has crecido.

Hazel comenzó a temblar. En el rellano de las escaleras, el suelo de cemento crujió bajo los pies del hombre. Una piedra brillante salió del rellano como si la tierra hubiera escupido una semilla de sandía. El hombre la miró, sin estar sorprendido. Se agachó.

—¡No! —gritó Hazel—. ¡Está maldita!

Recogió la piedra, una esmeralda perfecta.

—Sí, lo es. Pero no para mí. Es tan bonita… vale más que este edificio, supongo— dejó caer la esmeralda en su bolsillo—. Siento tu destino, niña. Imagino que me odiarás.

Hazel no entendía nada. El hombre sonaba triste, como si fuera él mismo el responsable de su vida. Entonces la verdad le vino de golpe: un espíritu gris y negro, que había complacido los deseos de su madre y arruinado su vida.

Sus ojos se abrieron.

—¿Tú? Tú eres mi…

Le puso la mano bajo su barbilla.

—Soy Plutón. La vida nunca es fácil para mis hijos, pero tú tienes una carga especial. Ahora que tienes trece, debemos hacer previsiones…

Ella apartó su mano.

—¿Tú me has hecho eso? —le pidió—. ¿Tú me has maldecido a mí y a mi madre? ¿Nos has dejado solas?

Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Aquél hombre blanco con su fino traje era su padre? Ahora que tenía trece, ¿se mostraba por primera vez y pedía perdón?

—¡Eres malvado! —le gritó—. ¡Has arruinado nuestras vidas!

Los ojos de Plutón se entrecerraron.

—¿Qué te ha contado tu madre, Hazel? ¿Nunca te ha explicado su deseo? ¿O te contó por qué naciste bajo una maldición?

Hazel estaba demasiado enfadad para hablar, pero Plutón parecía leer las preguntas en su cara.

—No…—suspiró él—. Supongo que sería mucho más fácil echarme la culpa a mí.

—¿Qué quieres decir?

Plutón suspiró.

—Pobre niña. Naciste demasiado pronto. No puedo ver tu futuro con claridad, pero algún día encontrarás tu lugar. Un descendiente de Neptuno te quitará tu maldición y te dará paz. Me temo que eso no sucederá de aquí a muchos años…

Hazel no entendió nada de aquello. Antes de que pudiera responder, Plutón le alargó la mano. Un cuaderno de dibujo y una caja de lápices de color aparecieron en la palma de su mano.

—Tengo entendido que te gusta el arte y montar a caballo—dijo—. Esto es para tu arte. Y en cuanto al caballo…—sus ojos brillaron—. Eso, lo tendrás que averiguar por tú misma. Ahora debo hablar con tu madre. Feliz cumpleaños, Hazel.

Se giró y se dirigió a las escaleras, como si Hazel fuera una tarea que hacer en su lista de deberes. Fue como si hubiera dicho: Feliz cumpleaños. Ve y haz un dibujo. Nos vemos en otros trece años.

Estaba aturdida, enfadada y confundida que se quedó paralizada en el rellano. Quería tirar los lápices de colores y pisotearlos. Quería tirarse encima de Plutón y pegarle patadas. Quería huir, encontrar a Sammy, robar un caballo, dejar la ciudad y no volver nunca. Pero no hizo ninguna de esas cosas.

Por encima de ella, la puerta del apartamento se abrió y Plutón entró.

Hazel seguía tiritando por su frío tacto, pero subió las escaleras para ver que haría él. ¿Qué le diría a la reina Marie? ¿Quién le respondería? ¿La madre de Hazel o aquella voz horrible?

Cuando llegó a la puerta, Hazel escuchó una discusión. Intentó escuchar algo. Su madre parecía haber vuelto a la normalidad, gritaba enfadada, lanzando cosas por los aires por todo el salón mientras Plutón intentaba razonar con ella.

—Marie, es una locura—dijo—. Estarás demasiado lejos para que te pueda proteger.

—¿Protegerme? —gritó la reina Marie—. ¿Cuándo me has protegido a mí?

El traje oscuro de Plutón brilló, como si las almas atrapadas en la tela se estuvieran agitando.

—No tienes ni idea—dijo—. Te he mantenido con vida, a ti y a tu hija. Mis enemigos están en todas partes contra los dioses y los hombres. Ahora con la guerra, sólo se pondrá peor. Debes permanecer dónde yo pueda…

—¡La policía cree que soy una delincuente! —gritó la reina Marie—. ¡Mis clientes me tratan como si fuera una bruja! Y Hazel… su maldición está empeorando. Tu protección nos está matando.

Plutón extendió sus manos en un gesto de suplica.

—Marie, por favor…

—¡No! —la reina Marie se giró hacia el armario, sacando su maleta de cuero, y la lanzó sobre la mesa—. Nos vamos—anunció—. Puedes mantener tu protección. Nos vamos al norte.

—Marie, es una trampa—le advirtió Plutón—. Quienquiera que te susurre al oído, quienquiera que te esté poniendo en mi contra…

—¡Tú mismo me has puesto en tu contra! —cogió un florero de cerámica y se lo lanzó. Se rompió en el suelo, y unas piedras preciosas se extendieron por todas partes: esmeraldas, rubíes, diamantes…La colección entera de Hazel.

—No sobreviviréis —dijo Plutón—. Si vais al norte, ambas moriréis. Eso lo puedo preveer.

—¡Largo! —dijo.

Hazel deseó que Plutón se quedara y discutiera. Fuera lo que fuera de lo que su madre estuviera hablando, a Hazel no le gustaba. Pero su adre extendió sus manos en el aire y se disolvió entre sombras… como si fuera un espíritu de verdad.

La reina Marie cerró sus ojos. Respiró hondo. Hazel tuvo miedo de que aquella extraña voz pudiera poseerla de nuevo. Pero cuando habló, lo hizo con su voz normal.

—Hazel—le espetó—, sal de detrás de la puerta.

Temblando, Hazel obedeció. Se pegó el bloc de dibujo y los lápices de colores al pecho.

Su madre la estudió como si fuera una desagradable decepción. Una hija envenenada, habían dicho las voces.

—Haz una maleta—le ordenó—. Nos vamos.

—¿A dónde? —preguntó Hazel.

—A Alaska—le respondió la reina Marie—. Vamos a hacerte útil. Vamos a comenzar una nueva vida.

La forma en la que su madre dijo aquello, sonó como si fueran a crear una nueva vida para otro alguien o para otro algo.

—¿Qué quiso decir Plutón? —preguntó Hazel—. ¿Es mi padre de verdad? Dijo que habías pedido un deseo…

—¡Ve a tu habitación! —le gritó su madre—. ¡Maleta!

Hazel huyó, y de repente fue expulsada del pasado.

Nico le estaba sacudiendo los hombros.

—Lo has hecho de nuevo.

Hazel parpadeó. Estaban ambos sentados en el techo del santuario de Plutón. El sol estaba más bajo en el cielo. Había más diamantes a su alrededor, y sus ojos estaban secos de llorar.

—P…perdón—murmuró.

—No pasa nada—dijo Nico—. ¿Dónde estabas?

—En el apartamento de mi madre. El día que nos mudamos.

Nico asintió. Entendía aquella historia mejor que la mayoría de la gente. También él era un niño de los años 1940. Había nacido un par de años después que Hazel, y había sido atrapado en un hotel mágico durante décadas. Pero el pasado de Hazel era mucho peor que el de Nico. Había causado tanto daño y tanto misterio…

—Tienes que trabajar para controlar esos recuerdos—le advirtió Nico—. Si un flashback como ese te sacude en un combate…

—Lo sé—dijo—. Lo intento.

Nico le cogió la mano.

—Está bien. Creo que es un efecto secundario de… ya sabes, tu estancia en el Inframundo. Con suerte se reducirá el efecto.

Hazel no estaba segura de aquello. Después de ocho meses, los desmayos parecían empeorar, como si su alma se estuviera enfrentando a vivir en dos períodos de tiempo distintos al mismo tiempo. Nadie había vuelto antes de la muerte, al menos no de la forma en la que ella lo había hecho. Nico intentaba tranquilizarla, pero ninguno de ellos sabía qué pasaría.

—No puedo volver al norte de nuevo—dijo Hazel—. Nico, si vuelvo al lugar dónde pasó…

—Estarás bien—le prometió—. Esta vez tienes amigos. Percy Jackson… tiene un papel que interpretar en todo esto. Puedes notarlo, ¿verdad? Es una buena persona para tener a tu lado.

Hazel recordó lo que Plutón le dijo tiempo atrás: Un descendiente de Neptuno te quitará la maldición y te dará paz.

¿Sería Percy? Quizás, pero Hazel sintió que no sería fácil. No era seguro que sobreviviera siquiera a lo que les esperaba en el norte.

—¿De dónde viene? —preguntó ella—. ¿Por qué los fantasmas le llaman griego?

Antes de que Nico pudiera responder, los cuernos sonaron por el río. Los legionarios se reunían para la asamblea de aquella noche.

—Será mejor que bajemos—dijo Nico—. Tengo la sensación de que los juegos bélicos de esta noche van a ser interesantes.
HAZEL
DURANTE EL CAMINO DE VUELTA, HAZEL DIO UN TRASPIÉ CON UNA BARRA DE ORO.

No debería haber corrido tan rápido, pero tenía miedo de que llegara tarde a la asamblea. La Quinta Cohorte tenía los centuriones más simpáticos del campamento. aún así, incluso ellos les tendrían que castigar si llegaba tarde. Los castigos romanos eran duros: limpiar las calles con un cepillo de dientes, lavar los rediles de los toros del anfiteatro, ser cosido a un saco lleno de comadrejas furiosas y ser lanzado al Pequeño Tíber… las opciones no eran demasiado buenas.

La barra de oro salió del suelo justo a tiempo para que su pie la golpeara. Nico intentó cogerla, pero ella se cayó y se rascó las manos.

—¿Estás bien?

Nico se arrodilló a su lado y alcanzó la barra de oro.

—¡No! —le advirtió Hazel.

Nico se quedó congelado.

—Cierto. Lo siento. Es que es… ¡santos dioses! Esto es enorme.

Sacó una botella de néctar de su chaqueta de aviador y vertió un poco en las manos de Hazel. Inmediatamente los cortes comenzaron a sanar.

—¿Puedes levantarte?

La ayudó a levantarse. Ambos miraron el oro. Era del tamaño de una barra de pan, con varios números estampados y las palabras ‘Tesoro de los Estados Unidos’.

Nico ladeó la cabeza.

—¿Cómo en el Tártaro ha…?

—No lo sé—dijo Hazel, miserablemente—. Puede haber estado enterrado aquí por ladrones o dejado aquí por un vagón cientos de años atrás. Quizá haya venido aquí desde el banco más cercano. Lo que haya en el suelo, si está cerca de mí, acaba saliendo. Y cuanto más valor tiene…

—Más peligroso es—Nico frunció el ceño—. ¿No deberíamos esconderlo? Si lo encuentran los faunos…

Hazel se imaginó una nube hongo saliendo de la carretera, con faunos al horno volando por los aires en todas direcciones. Era demasiado horrible para imaginarlo.

—Debería hundirse en el suelo después de dejarlo, pero solo para estar seguros…

Había estado practicando aquél truco, pero nunca con lgo tan pesado y denso. Se centró en la barra e intentó concentrarse.

El oro levitó. Concentró su ira, algo que no era fácil, odiaba aquél oro, odiaba aquella maldición, odiaba recordar su pasado y aquellos días en los que fallaba. Sus dedos temblaron. La barra dorada brilló de calor.

Nico tragó saliva.

—¿Hazel? ¿Estás segura?

Cerró el puño. El oro se derritió en masilla. Hazel forzó el oro a que se convirtiera en un gigante y brillante anillo. Entonces apuntó la mano hacia el suelo. Su donut de dos millones de dólares se estalló contra el suelo. Se hundió, detrás de él sólo quedó una cicatriz en la tierra fresca.

Los ojos de Nico se abrieron.

—Eso ha sido… terrorífico.

Hazel no creyó que fuera tan impresionante comparado con los poderes de un chico que podía reanimar esqueletos y traer a la gente de la muerte, pero sintió bien sorprenderle a él, para variar.

En el campamento, los cuernos sonaron de nuevo. Las cohortes estarían reuniéndose a la llamada, y Hazel no desesaba ser cosida a un saco de comadrejas.

—¡Vamos! —le dijo a Nico, y corrieron a las puertas.

La primera vez que Hazel vio a la legión reunirse, se había sentido intimidada, casi había sentigo ganas de salir corriendo a los barracones para esconderse. Incluso después de estar en el campamento durante nueve meses, lo seguía encontrando impresionante.

Las primeras cuatro cohortes, de cada una de cuarenta fuertes niños, se mantenían en columna delante de sus barracas a cada lado de la Via Praetoria. La Quinta Cohorte se reunió al final, delante del principia, ya que sus barracas estaban situadas en la esquina trasera del campamento junto a los establos y a las letrinas. Hazel tuvo que correr por entre toda la legión para alcanzar a su lugar.

Los campistas estaban vestidos para la guerra. Sus impolutas cotas de malla y corazas brillaban por encima de las camisetas moradas y los tejanos. Sus cascos estaban decorados con diseños de espadas y calaveras.

Incluso sus botas de combate de cuero parecían fieras con sus puntas de hierro, perfectas para la marcha a través del barro o para patear culos.

Delante de los legionarios, como una fila de fichas gigantes de dominó, se alzaban sus escudos rojos y dorados, cada uno del tamaño de la puerta de una nevera. Cada legionario cargaba con una lanza en forma de arpón llamada pilum, una gladius, una daga y otras cien libras de armamento. Si no estás en forma cuando llegas a la legión, no estarás así mucho tiempo más. Sólo con caminar con tu armadura era un trabajo físico de desgaste.

Hazel y Nico corrieron por la calle mientras todo el mundo se giraba para mirarlos, por lo que su entrada llamó bastante la atención. Sus pisadas resonaron por las piedras. Hazel intentó evitar el contacto visual, pero pilló a Octavian en cabeza de la Primera Cohorte sonriéndole, con pinta de engreído enfundado en su casco de centurión emplumado con una docena de medallas enganchadas a su pecho.

Hazel seguía estando furiosa por su chantaje de antes. El augur estúpido y su don de la profecía, de todo el mundo en el campamento, ¿por qué tenía que ser él el que descubriera secretos? Estaba segura de que se lo habría dicho semanas antes si no hubiera sabido que sus secretos merecían la pena para usar como chantaje. Deseó poder seguir teniendo la barra de oro para lanzársela en la cara.

Pasaron a Reyna, que estaba yendo a medio galope de un lado para otro montada en su Pegaso, Escipión, apodado Skippy porque era del color de la mantequilla de cacahuete. Los perros metálicos Aurum y Argentum trotaban a cada lado. Su capa morada de oficial ondeaba detrás de ella.

—Hazel Levesque—la llamó—, todo un honor que te reúnas con nosotros.

Hazel sabía que no debía responder. No llevaba la mayor parte de su equipo, pero corrió a su lugar en la columna al lado de Frank y se irguió, atenta. Su centurión líder, un chico de diecisiete años llamado Dakota, estaba llamándola justo entonces, la última de la lista.

—¡Presente! —chilló ella.

Gracias a los dioses. Técnicamente, no había llegado tarde.

Nico se unió a Percy Jackson, que estaba de pie junto a un par de guardias. El pelo de Percy estaba húmedo de los baños. Se había puesto ropas frescas, pero parecía seguir estando incómodo. Hazel no le podía culpar. Estaba a punto de ser presentado a dos cientos niños altamente armados.

Los lares eran los últimos de presentarse. Sus formas moradas parpadeaban mientras se colocaban en sus sitios. Tenían la molesta costumbre de estar de pie mitad del cmaino entre los vivos, por lo que las filas parecían una fotografía borrosa, pero finalmente los centuriones los consiguieron ordenar.

Octavian gritó:

—¡Colores!

Los portadores de los estandartes se adelantaron. Vestían pieles de león y sujetaban postes decorados con los emblemas de cada cohorte. El último en presentarse fue Jacob, el portador del águila de la legión. Sujetaba un largo estandarte con absolutamente nada al final. El trabajo se suponía que era todo un honor, pero Jacob, obviamente, lo odiaba. Incluso aunque Reyna insistiera en seguir con la tradición, cada vez que el poste sin águila era alzado, Hazel pudo sentir el bochorno expandiéndose por toda la legión.

Reyna hizo que su pegaso se detuviera.

—¡Romanos! —anunció—. Probablemente habréis oído la incursión de hoy. Dos gorgonas fueron lanzadas al río por un recién llegado, Percy Jackson. Juno misma le guió hasta aquí, y le proclamó como hijo de Neptuno.

Los chicos en las filas del final estiraron sus cuellos para poder ver a Percy. Alzaron su mano para saludar a Percy.

—Desea unirse a la legión—continuó Reyna—. ¿Qué dicen los augurios?

—¡He leído las entrañas! —anunció Octavian, como si acabara de matar un león con sus manos desnudas más que haber destrozado un panda de peluche—. Los augurios dicen que será favorable. ¡Está cualificado para servir!

Los campistas pegaron un grito:

—¡AVE! ¡AVE!

Frank llegó un poco tarde con su ‘ave’, por lo que resonó a destiempo. Algunos legionarios rieron.

Reyna hizo una seña a los oficiales veteranos para que se adelantaran, uno por cada cohorte. Octavian, el centurión más veterano, se giró a Percy.

—Recluta—preguntó—, ¿tienes credenciales? ¿Alguna carta de referencia?

Hazel recordó el día de su llegada. Un montón de chicos traían cartas de semidioses mayores del mundo exterior, adultos que han sido veteranos en el campamento. Algunos reclutas tienen patrocinadores ricos y famosos. Algunos eran la tercera o cuarta generación de campistas. Una buena carta podía darte una buena posición en las mejores cohortes, algunas veces incluso trabajos especiales como el mensajero de la legión, que te dejaba exento del trabajo sucio como excavar zanjas o conjugar los verbos latinos.

Percy cambió el peso de pie.

—¿Cartas? Eh… no.

Octavian se rascó la nariz.

¡Injusto! Quiso gritar Hazel. Percy había cargado a una diosa al campamento. ¿Qué mejor recomendación que aquella?
Pero la familia de Octavian habían sido chicos en el campamento durante una centuria. Le encantaba recordar a los demás campistas que eran menos importantes que él.

—Sin cartas—Octavian dijo con pesar—. ¿Algun legionario apuesta por él?

—¡Yo lo haré! —Frank se adelantó—. ¡Me salvó la vida!

Inmediatamente hubieron gritos de protesta de otras cohortes. Reyna alzó su mano para pedir silencio y miró a Frank.

—Frank Zhang—dijo—, por segunda vez este día, te recuerdo que estás en probatio. Tu pariente divino no te ha reclamado aún. No estás en condiciones de apostar por ningún otro campistas hasta que no te hayas ganado tu primera línea.

Frank parecía a punto de morirse de vergüenza.

Hazel no podía dejarle colgado. Salió de la fila y dijo:

—Lo que Frank quiere decir es que Percy salvó nuestras vidas. Soy una miembro de la legión en pleno derecho. Yo apostaré por Percy Jackson.

Frank la miró, agradecido, pero los otros campistas comenzaron a murmurar. Hazel reunía los requisitos necesarios. Había conseguido una línea unas semanas antes, y el ‘acto de valor’ que había conseguido había sido casi por accidente. Además, ella era hija de Plutón, y una miembro de la desgraciada Quinta Cohorte. No le hacía mucho favor a Percy apoyándole.

Reyna torció la nariz, pero se giró a Octavian. El augur sonrió y se encogió de hombros, como si la idea le impresionara. ¿Por qué no? pensó Hazel. Poniendo a Percy en la Quinta le haría algo mucho menos que una amenaza, y a Octavian le gustaba mantener a todos sus enemigos en un mismo lugar.

—Muy bien—anunció Reyna—. Hazel Levesque, deberás responder por el recluta. ¿Tu cohorte le acepta?

Frank golpeó su escudo contra el suelo. Los otros miembros de la Quina le siguieron, a pesar de que no parecían demasiado emocionados. Sus centuriones, Dakota y Gwen, intercambiaron miradas de pánico, como si dijeran: Allá vamos de nuevo.

—Mi cohorte ha hablado—dijo Dakota—. Aceptamos al recluta.

Reyna miró a Percy con lástima.

—Felicidades, Percy Jackson. Estás de probatio. Te darán una tableta con tu nombre y cohorte. En un año, o tan pronto como completes un acto de valor, te convertirás en un miembro completo de la Duodécima Legión Fulminata. Sirve a Roma, obedece las reglas de la legión, y defiende el campamento con honor. ¡Senatus Populusque Romanus!

El resto de la legión coreó el grito.

Reyna condujo a su pegaso lejos de Percy, como si estuviera orgullosa de terminar con él. Skippy extendió sus preciosas alas. Hazel no ayudó sintiendo un ataque de envidia. Daría cualquier cosa por un caballo como ese, pero eso nunca sucedería. Los caballos eran solo para oficiales, o caballería bárbara, no para los legionarios romanos.

—Centuriones—dijo Reyna—, vosotros y vuestras tropas tenéis una hora para la cena. Entonces nos encontraremos en los Campos de Marte. La Primera y la Segunda Cohorte defenderán. La Tercera, la Cuarta y la Quinta atacarán. ¡Que Fortuna os acompañe!

Una gran ovación se extendió por el campamento a causa de la cena y de los juegos bélicos. Las cohortes rompieron formación y corrieron hacia el comedor.

Hazel llamó a Percy, que se había abierto camino a través de la multitud con Nico a su lado. Para sorpresa de Hazel, Nico le sonreía.

—Buen trabajo, hermanita—dijo—. Has tenido mucho valor apostando por él.

Nunca la había llamado “hermanita” antes. Se preguntó si había llamado así a Bianca.

Uno de los guardias le había dado a Percy la placa con el nombre de los probatio. Percy la puso en su colgante de cuero con las extrañas cuentas.

—Gracias, Hazel—dijo—. Eh… ¿qué significa exactamente eso de apostar por mí?

—Garantizo tu buen comportamiento—le explicó Hazel—. Te enseño las normas, respondo tus preguntas, me aseguro de que no hagas caer en desgracia a la legión.

—Y… ¿si hago algo mal?

—Entonces nos matan a los dos—dijo Hazel—. ¿Hambriento? Vayamos a comer.
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    13/10/11, 09:08 pm

HAZEL
AL MENOS LA COMIDA DEL CAMPAMENTO ERA BUENA. Espíritus invisibles del viento, las aurae, servían a los campistas y parecían saber exactamente qué querían. Soplaban los platos y copas tan rápido que el comedor parecía un huracán de delicias. Si te levantabas demasiado rápido podías chocar contra un plato de judías o golpeado por un pollo asado.

Hazel pidió un quingombó de langostino, su comida cómoda preferida. La hacía recordar aquella época de niña pequeña en Nueva Orleans, antes de que tuviera la maldición y su madre se volviera tan ácida. Percy pidió una hamburguesa con queso y un refresco extraño que era de un azul brillante. Hazel no entendió aquello, pero Percy lo probó y sonrió.

—Esto me hace feliz—dijo—, no sé por qué pero… me hace feliz.

Sólo por un momento, una de las aurae se volvió visible, una chica élfica en un vestido de seda blanca. Se rió tontamente mientras servía el vaso de Percy, y desapareció con una risa.

El comedor parecía especialmente ruidoso aquella noche. La risa resonaba por entre las paredes. Estandartes bélicos crujían de las vigas de cedro del tejado se ondeaban mientas las aurae soplaban de un lado a otro, manteniendo los platos de todo el mundo llenos. Los campistas cenaban al estilo romano, sentados en sillones alrededor de mesas bajas. Los chicos estaban constantemente levantándose e intercambiando lugares, extendiendo rumores sobre quién le gustaba a quién y todo tipo de cotilleos.

Como siempre, la Quinta Cohorte tenía el lugar de menos honor. Sus mesas estaban al final del comedor cerca de la cocina. La mesa de Hazel siempre estaba atestada. Aquella noche eran ella, Frank (como siempre) con Percy y Nico y su centurión, Dakota, que se sentaba allí porque, supuso Hazel, se sentía obligado a dar la bienvenida al nuevo recluta.

Dakota se reclinó con tristeza en su sillón, mezclando azúcar en su bebida y engulléndola. Era un chico robusto con el pelo negro rizado y unos ojos que no estaban del todo rectos por lo que Hazel sentía como si el mundo diera vueltas cada vez que le miraba. No era buena señal que estuviera bebiendo tanto a esas horas de la noche.

—Entonces…—eructó, moviendo su cáliz—. Bienvenido a la Percy, fiesta—frunció el ceño—. Fiesta, Percy. Lo que sea.

—Eh…gracias—dijo Percy, pero su atención estaba centrada en Nico—. Me preguntaba si pudiéramos hablar, ya sabes… sobre donde nos habríamos haber visto antes.

—Claro—dijo Nico un poco demasiado rápido—. La cosa es que me paso la mayor parte del tiempo en el Inframundo. Así que a no ser que nos hayamos encontrado de alguna manera allí…

Dakota soltó un eructo.

—Le llaman embajador de Plutón. Reyna nunca sabe qué hacer con este tipo cuando viene de visita. Deberías haber visto su cara cuando se presentó con Hazel, preguntándole a Reyna si la podría admitir. No os ofendáis.

—Tranquilo—Nico parecía aliviado de haber cambiado de tema—. Dakota fue muy amable al apostar por Hazel.

Dakota se sonrojó.

—Sí, bueno… Parecía una buena chica. Y parece ser que tenía razón. El último mes, cuando me salvó de… ya sabéis.

— ¡Oh, tío! —Frank levantó la vista de sus patatas—. Percy, ¡deberías haberla visto! Así es como Hazel consiguió su línea. Los unicornios decidieron hacer una estampida…

—No fue nada—dijo Hazel.

— ¿Nada? —protestó Frank—. ¡Dakota podría haber muerto pisoteado! Te pusiste delante de ellos, les ahuyentaste y le salvaste la vida. Nunca había visto a nadie hacer nada parecido.

Hazel se mordió el labio. No le gustaba hablar sobre ello, y se sentía incómoda con la forma en la que Frank la trataba como una heroína. En verdad, estaba más asustada de que los unicornios pudieran herirse entre ellos. Sus cuernos eran de un metal precioso, entre oro y plata, así que se las arregló para controlarlos concentrándose, llevando a los animales por los cuernos y guiándoles hasta los establos. Hubo obtenido su sitió en la legión, pero también hubo comenzado a provocar rumores sobre extraños poderes, rumores que le hacían recordar los malos días del pasado.

Percy la estudió. Sus ojos de un verde mar la hacían sentirse inquieta.

— ¿Os criasteis tú y Nico juntos? —preguntó.

—No— Nico respondió por ella—. Supe que Hazel era mi hermana hace poco. Es de Nueva Orleans.

Eso era verdad, por supuesto, pero no toda la verdad. Nico dejaba a la gente creer que la había encontrado por la actual Nueva Orleans y la había traído al campamento. Era más fácil que contar la verdadera historia.

Hazel intentó hacerse pasar por una chica actual. No era fácil. Afortunadamente, los semidioses no usaban demasiada tecnología en el campamento. Sus poderes tenían a enloquecer a los aparatos electrónicos. Pero la primera vez que había visto Berkeley, casi se desmayó del susto. Televisiones, ordenadores, iPods, Internet… La aliviaba volver a un mundo de fantasmas, unicornios y dioses. Todo aquello era menos fantasioso que el mismo siglo XXI.

Nico seguía hablando de los hijos de Plutón.

—No hay demasiados de nosotros—dijo—, por lo que tenemos que permanecer unidos. Cuando encontré a Hazel…

— ¿Tienes otras hermanas? —preguntó Percy, como si supiera la respuesta. Hazel se pregunto cuándo se habían conocido él y Nico, y lo que su hermano escondía.

—Una—admitió Nico—. Pero murió. Vi su espíritu un par de veces en el Inframundo, excepto la última vez que bajé…

Para devolverla a la vida, pensó Hazel, pero Nico no dijo eso.

—Se ha ido—la voz de Nico se volvió ronca—. Estaba en los Elíseos, que es el paraíso del Inframundo, pero ha elegido renacer en una nueva vida. Ahora nunca la volveré a ver. Fue solo suerte que encontrara a Hazel… en Nueva Orleans, me refiero.

Dakota resopló.

—A no ser que creas los rumores que no esté diciendo que lo haga.

— ¿Rumores? —preguntó Percy.

Desde el otro lado de la habitación, el fauno Don gritó:

— ¡Hazel!

Hazel nunca se había alegrado tanto de ver al fauno. No estaba permitido que entrara en el campamento, pero siempre se las arreglaba para entrar. Mientras iba hacia la mesa, sonreía a todo el mundo, picoteaba la comida de los platos y señalaba a los campistas: ¡Eh, llámame! Una pizza voladora chocó contra su cabeza, y desapareció detrás de un sofá. Cuando llegó, aún sonriendo, puso su brazo alrededor.

— ¡Mi chica favorita! —olía como una cabra mojada atrapada en un queso. Miró los otros sofás y probó sus comidas—. Chico nuevo, ¿te vas a comer eso?

Percy frunció el ceño.

— ¿Los faunos no son vegetarianos?

— ¡Pero no con la hamburguesa con queso! ¡El plato! —olió el pelo de Percy—. Eh, ¿qué es ese olor?

— ¡Don! —dijo Hazel—. No seas maleducado.

—No, hombre, y solo…

El lar Vitellius apareció parpadeando, haciéndose visible en medio del sofá de Frank.

— ¡Faunos en el comedor! ¿A dónde vamos a llegar? Centurión Dakota, haz tu deber.

— ¡Dime! —Dakota refunfuñó con su copa—. ¡Estoy cenando!

Don seguía oliendo el pelo de Percy.

—Tío, tienes un enlace empático con un fauno.

Percy se inclinó apartándose de él.

— ¿Un qué?

— ¡Un enlace empático! Está muy difuso, como si alguien lo hubiera suprimido, pero…

— ¡Ya sé qué podríamos hacer! —dijo Nico de repente—. Hazel, ¿qué tal si orientáis a Percy entre tú y Frank? Dakota y yo podemos ir a la mesa del pretor. Don y Vitellius, podéis venir también. Podremos discutir sobre estrategias durante los juegos bélicos.

— ¿Estrategias para perder? —murmuró Dakota.

— ¡El chico de la muerte tiene razón! —dijo Vitellius—. La legión lucha peor de lo que lo hacía en Judea, y esa fue la primera vez que perdimos el águila. Porque… si yo fuera el encargado…

— ¿No puedo comer un poco de la vajilla, primero? —preguntó Don.

— ¡Vamos! —Nico se levantó y agarró a Don y a Vitellius por las orejas.

Nadie excepto Nico podía tocar a los lares. Vitellius resopló furioso mientras era arrastrado hacia la mesa del pretor.

— ¡Oh! —protestó Don—. ¡Chico, vigila con el pelo!

— ¡Vamos, Dakota! —le llamó Nico por encima del hombro.

El centurión se levantó a regañadientes. Se lavó la boca, inútilmente, porque estaba permanentemente manchado de rojo.

—Nos vemos— se removió, como si fuera un perro intentando secarse. Entonces se alejó, bebiendo de su copa.

— ¿De qué iba todo eso? —preguntó Percy—. ¿Y qué le pasa a Dakota?

Frank suspiró.

—Está bien. Es hijo de Baco, el dios del vino. Tiene un problema con la bebida.

Percy abrió los ojos.

— ¿Le dejáis beber vino?

—Por los dioses, ¡no! —dijo Hazel—. Eso podría ser un desastre. Es un adicto al Kool-Aid rojo. Se lo bebe con tres veces más de azúcar del que ya lleva de por sí y además tiene TDAH, ya sabes, trastorno por déficit de atención con hiperactividad. Uno de estos días, su cabeza va a explotar.

Percy miró hacia la mesa del pretor. La mayor parte de los oficiales veteranos estaban entablados en una conversación con Reyna. Nico y sus dos cautivos, Don y Vitellius, estaban levantados detrás de Nico. Dakota iba y venía entre una línea de escudos, chocando su copa contra ellos como si fuera un xilófono.

—TDAH—dijo Percy—. No me digas.

Hazel intentó no reírse.

—Bueno, muchos semidioses lo son. O disléxicos. Solo por ser un semidiós significa que tu nuestros cerebros están hechos distintos. Como tú, dijiste que tenías problemas para leer.

— ¿Vosotros también sois así? —preguntó Percy.

—No lo sé—admitió Hazel—. Quizás. En mis tiempos, nos llamaban chicos vagos.

Percy frunció el ceño.

— ¿En tus tiempos?

Hazel se maldijo a sí misma.

Por suerte para ella, Frank dijo:

—Ojalá tuviera TDAH o dislexia. Todo lo que tengo es intolerancia a la lactosa.

Percy sonrió.

— ¿En serio?

Frank podría haber sido el semidiós más tonto de todos los tiempos, pero Hazel creía que era muy mono cuando hacía un mohín. Sus hombros se desplomaron.

—Y también me gusta el helado.

Percy rio. Hazel no pudo evitar unirse. Era agradable cenarse a cenar y sentirse como si estuviera entre amigos.

—Vale, ahora decidme—dijo Percy—, ¿qué hay de malo con la Quinta Cohorte? Vosotros sois geniales.

El cumplido le hizo sentir un cosquilleo en los pies.

—Es… complicado. A parte de ser un hijo de Plutón, me gusta montar caballos.

— ¿Es por eso por lo que usas una espada de caballería?

Asintió.

—Es estúpido, supongo. No debería hacerme ilusiones. Solo hay un Pegaso en este campamento, el de Reyna. Los unicornios solo se usan para la medicina, porque el quitarles el cuerno cura el veneno y eso. De todas formas, los romanos siempre han luchado a pie. La caballería… la menosprecian un poco. Es por eso por lo que me menosprecian.

—Ellos se lo pierden—dijo Percy—. ¿Y tú, Frank?

—Tiro al arco—murmuró—. Tampoco les gusta, a no ser que seas hijo de Apolo. Entonces tienes una excusa. Espero que mi padre sea Apolo, pero no lo sé. No se me da muy bien la poesía. No estoy seguro de querer estar relacionado con Octavian.

—No te culpo—dijo Percy—. Pero eres genial con el arco. ¿Recuerdas la forma con la que abatiste a aquellas gorgonas? Olvida lo que la gente piense.

La cara de Frank se volvió igual de roja que el Kool-Aid de Dakota.

—Ojalá pudiera. Todos piensan que podría ser un buen espadachín porque soy grande y fuerte — agachó la mirada hacia su cuerpo, como si no pudiera creerse lo que veía—. Dicen que soy demasiado grandullón para ser un arquero. Quizá si mi padre pudiera reclamarme…

Comieron en silencio durante un par de minutos. Un padre que no te reclamaba… Hazel conocía aquella sensación. Notaba que Percy también podía sentirlo.

—Has preguntado sobre la Quinta—dijo ella, al fin—. Que por qué es la peor cohorte. Eso comenzó antes de nosotros.

Señaló a la pared negra, donde los estandartes de la legión estaban colgados.

— ¿Ves el hueco vacío en el centro?

—El águila—dijo Percy.

Hazel se quedó patidifuso.

Percy se encogió de hombros.

—Vitellius estaba hablando sobre cómo la legión perdió su águila tiempo atrás. La primera vez, ha dicho. Actuó como si fuera una gran desgracia. Supongo que es lo que falta. Y por la forma con la que hablabais tú y Reyna antes… supongo que es porque el águila se perdió una segunda vez, más recientemente, y tiene algo que ver con la Quinta Cohorte.

Hazel anotó mentalmente no subestimar a Percy de nuevo. Cuando acababa de llegar, creía que sería un poco tontorrón por las preguntas que hacía, sobre el Festival de la Tuna y todo eso, pero era claramente más inteligente de lo que parecía.

—Tienes razón—dijo—. Eso es exactamente lo que ha pasado.

—Pero, ¿qué es el águila? ¿Por qué es un gran problema?

Frank miró a su alrededor para asegurarse de que nadie estuviera escuchándoles.

—Es el símbolo del campamento entero, una gran águila hecha de oro. Se supone que nos protege en la batalla y hace que nuestros enemigos tengan miedo. Cada águila de legión otorgaba todo tipo de poderes, y la nuestra venía del mismo Júpiter. Se supone que Julio César nombró nuestra legión, Fulminata, armada con relámpago, por lo que podía hacer el águila.

—No me gustan los relámpagos—dijo Percy.

—Ya, sí—dijo Hazel—, no nos hacía invencibles. La Duodécima perdió su águila la primera vez en tiempos antiguos, durante la Rebelión Judía.

—Creo que he visto una película sobre eso—dijo Percy.

Hazel se encogió de hombros.

—Podría ser. Hay cientos de libros y películas sobre las legiones que pierden sus águilas. Por desgracia ha pasado unas pocas veces. El águila era tan importante… bueno, los arqueólogos nunca han recuperado una sola águila de la antigua Roma. Cada legión guarda la suya siendo protegida por el último legionario, porque está dotada de poderes de los dioses. Prefieren esconderla o derretirla que rendirse ante los enemigos. La duodécima tuvo suerte la primera vez. Recuperamos nuestra águila. Pero la segunda vez…

— ¿Estabais aquí cuando pasó? —preguntó Percy.

Ambos negaron con la cabeza.

—Soy casi tan novato como tú—Frank le enseñó su placa de probatio—. Llegué el mes pasado. Pero todo el mundo ha oído la historia. Da mala suerte incluso hablar de esto. Hubo una gran expedición a Alaska durante los años ochenta…

—La profecía que viste en el templo—continuó Hazel—, ¿la que hablaba sobre los siete semidioses a las puertas de la Muerte? Nuestro pretor veterano en aquel tiempo era Michael Varus, de la Quinta Cohorte. En aquél tiempo la Quinta era la mejor del campamento. creyó que podría traer gloria a la legión si pudieran averiguar la profecía y hacerla realidad: salvar el mundo de tormentas y fuegos y todo eso. Habló con el augur, y el augur le dijo que la respuesta estaba en Alaska. Pero advirtió a Michael que aún era pronto. La profecía no era para él.

—Pero él fue de todas maneras—supuso Percy—. ¿Qué pasó?

Frank bajó la voz.

—Es una historia muy larga. Casi toda la Quinta Cohorte fue vencida. La mayoría de las armas de oro imperial fueron destruidas, junto con el águila. Los supervivientes se volvieron locos o se negaban a hablar sobre ello cuando les preguntaban qué les había atacado.

Lo sé, pensó Hazel solemnemente. Pero se mantuvo en silencio.

—Desde que se perdió el águila—continuó Frank—, el campamento se fue debilitando. Las misiones fueron más peligrosas. Los monstruos acataban las fronteras más a menudo. La moral bajó. Durante el último mes o así, las cosas se han vuelto mucho más feas más rápido.

—Y la Quinta Cohorte se llevó la culpa—supuso Percy—. Es por eso por lo que todo el mundo cree que estoy maldito.

Hazel se dio cuenta de que su quingombó estaba frío. Bebió un sorbo, pero la comida cómoda no sabía muy confortante.

—Hemos sido la vergüenza de la legión desde… bueno desde el desastre de Alaska. Nuestra reputación mejoró cuando Jason se hizo pretor…

— ¿El que falta? —preguntó Percy.

—Sí—dijo Frank—. Nunca le he conocido. Desapareció antes de que le conociera. Pero he oído que era un buen líder. Prácticamente creció con la Quinta Cohorte. No le importaba lo que la gente pudiera pensar sobre nosotros. Comenzó a reconstruir nuestra reputación. Entonces desapareció.

—Lo que nos puso otra vez en el punto de mira—dijo Hazel, fríamente—. Nos volvió a todos malditos otra vez. Lo siento, Percy. Ahora sabes dónde te has metido.

Percy sorbió su refresco azul y observó pensativo por el comedor.

—Ni siquiera sé dónde vengo… pero tengo la sensación de que no es la primera vez que soy el novato—miró a Hazel y sonrió—. Además, unirme a la legión es mejor que ser perseguido por el mundo por monstruos. Y he encontrado amigos nuevos. Quizá podamos cambiar las cosas para la Quinta Cohorte, ¿eh?

Un cuerno resonó por el comedor. Los oficiales de la mesa del pretor se levantaron, incluso Dakota, con su boca llena de un rojo vampírico por el Kool-Aid.

— ¡Comienzan los juegos! —anunció Reyna. Los campistas exclamaron en ovaciones y corrieron a ponerse el equipo de las estanterías en las paredes.

— ¿Entonces somos el equipo atacante? —preguntó Percy por encima del ruido—. ¿Eso es bueno?

Hazel se encogió de hombros.

—Buenas noticias, tenemos al elefante. Malas noticias…

—Déjame adivinar—dijo Percy—. La Quinta Cohorte siempre pierde.

Frank agarró a Percy por el hombro.

—Me encanta este chico. Vamos, nuevo amigo. ¡Vayamos a mi decimotercera derrota consecutiva!
FRANK
MIENTRAS IBAN HACIA LOS JUEGOS BÉLICOS, Frank revivió el día en su mente. No podía creerse lo cerca que había estado de la muerte.

Aquella mañana durante el turno de centinelas, antes de que Percy apareciera, Frank estuvo a punto de contarle a Hazel su secreto. Ambos habían estado de pie durante muchas horas expuestos ante la fría niebla, viendo el tráfico yendo y viniendo en la autopista 24. Hazel había estado quejándose sobre el frío.

—Lo daría todo por calentarme un poco—dijo ella, con los dientes castañeteando—. Ojalá tuviéramos una fogata.

Incluso con la armadura puesta, estaba genial. A Frank le gustaba la forma en la que su pelo del color de la canela tostada se rizaba alrededor de los bordes del casco, y la forma en la que su barbilla hacía un hoyuelo cuando fruncía el ceño. Era pequeña comparada con Frank, lo que le hacía sentirse como un buey torpe. Quería poner sus brazos alrededor de ella para darle calor, pero nunca lo haría. Quizás le pegaría, y perdería la única amiga que tenía en el campamento.

Podría hacer una hoguera realmente impresionante, pensó. Por supuesto, ardería durante unos minutos y entonces moriría…

Era aterrador incluso que lo considerara. Hazel tenía ese efecto en él. En cualquier momento que ella quería cualquier cosa, tenía una necesidad irracional de proporcionárselo. Quería ser el típico caballero de la edad media que cabalgaba para rescatarle, algo que era estúpido, ya que era ella más hábil en cualquier cosa que él fuera.

Se imaginó que su abuela diría: “¿Frank Zhang cabalgando al rescate? ¡Ja! Se caería del caballo y le rompería el cuello.”

Era difícil creer que hacían solo seis semanas desde que había dejado la casa de su abuela, seis semanas desde el funeral de su madre.

Todo lo que había pasado desde entonces: los lobos llegando a la puerta de su abuela, el viaje hasta el Campamento Júpiter, las semanas que había pasando en la Quinta Cohorte intentando no ser un completo error. A pesar de todo, había mantenido el leño medio quemado envuelto en una tela en el bolsillo de su abrigo.

“Mantenlo cerca”, le había advertido su abuela. “Si está seguro, tú lo estarás”.

El problema era que ardía demasiado fácilmente. Recordaba el viaje hacia el sud desde Vancouver. Cuando la temperatura cayó en picado cerca del Monte Hood, Frank había sacado el trozo de madera y lo sujeto en sus manos, imaginando lo bonito que sería tener un fuego. Inmediatamente, el lado chamuscado ardió emitiendo una pequeña llamada amarilla. Se encendió en la noche y calentó a Frank hasta los huesos, pero podía notar su vida escapándosele entre las manos, como si él fuera el que se consumía en vez del leño. Lanzó una llama a un banco de nieve. Por un momento terrorífico ardió. Cuando se extinguió, Frank mantuvo su pánico bajo control. Agarró el trozo de madera y lo puso de nuevo en el bolsillo de su abrigo, se prometió no sacarlo de nuevo. Pero no podría olvidarlo.

Era como alguien le había dicho: “¡Lo que quiera que hagas, no te preocupes por ese palo ardiendo!”

Por supuesto, aquello era todo lo que había pensado él mismo.

En el turno de centinela con Hazel, debería de habérselo quitado de la cabeza. Le encantaba pasar el tiempo con ella. Preguntó por su infancia en Nueva Orleans, pero se mostró esquiva a responder, por lo que conversaron de otros temas. Solo por diversión intentaron hablar en francés entre ellos. Hazel tenía parte de sangre criolla por parte de madre. Frank había aprendido francés en su colegio. No hablaban francés muy fluidamente, y el francés de Luisiana era muy distinto del francés canadiense por lo que era casi imposible conversar. Cuando Frank le preguntó a Hazel cómo se encontraba su cordero aquél día y le respondió que su zapato era verde, decidieron dejarlo.

Entonces Percy Jackson llegó. Frank había visto chicos luchando contra monstruos y había combatido contra muchos él mismo en su camino desde Vancouver. Pero nunca había visto gorgonas. Nunca había visto a una diosa en persona. Y de camino Percy había controlado al río Tíber. ¡Guau! Frank deseó que tuviera poderes como aquellos.

Podía seguir sintiendo las garras de las gorgonas presionándole los brazos y seguía oliendo su serpentino aliento, algo parecido entre ratón muerto y veneno. Si no hubiera sido por Percy, aquellas grotescas harpías se lo habrían llevado lejos. Sería un montón de huesos en un mercadillo de ofertas en aquel momento.

Después del incidente en el río, Reyna le había mandado a la armería, lo que le había dado mucho tiempo para pensar.

Mientras pulía las espadas, recordó a Juno, advirtiéndoles que desatarían la muerte.

Desgraciadamente Frank tenía una grata idea de lo que a la diosa se refería. Había intentado ocultar su asombro cuando Juno apareció, pero era exactamente cómo su abuela la había descrito, con la misma capa de piel de cabra.

“Ella escogió tu camino años atrás”, le había dicho la abuela. “Y no será fácil.”

Frank miró a su arco en la esquina de la armería. Se sentiría mejor si Apolo le reclamara como hijo. Frank había estado seguro de que su padre divino habría aparecido en su decimosexto cumpleaños, hacía dos semanas.

Los dieciséis eran un hito para los romanos. Había sido el primer cumpleaños de Frank en el campamento. Pero no había pasado nada. Ahora Frank esperaba que fuera reclamado en el Festival de Fortuna, a pesar de lo que Juno había dicho, que entrarían en batalla por sus vidas aquel día.

Su padre tenía que ser Apolo. El arco era lo único con lo que Frank era bueno. Años atrás, su madre le había dicho que su apellido, Zhang, significaba ‘maestro del arco’ en chino. Eso debía ser una pista sobre su padre.

Frank dejó su trapo de limpieza. Miró al techo:

—Por favor, Apolo, si eres mi padre, dímelo. Quiero ser un arquero como tú.

—No, no lo serás. —resonó una voz.

Frank pegó un bote. Vitellius, el lar de la Quinta Cohorte, estaba parpadeando detrás de él. Su nombre completo era Gaius Vitellius Reticulus, pero las otras cohortes le llamaban Vitellius el Ridículo.

—Hazel Levesque me envía para echarte una mano— dijo Vitellius, alzando su espada—. Qué buen ejemplar. ¡Mira el estado de esta armadura!

Vitellius no era el mejor para hablar. Su toga era ancha, su túnica le bailaba entre los hombros, y su vaina caía de su cinturón cada tres segundos, pero a Frank no le molestaba señalar aquello.

—Y en cuanto a los arqueros…—dijo el fantasma— ¡son unos peleles! En mis tiempos, el tiro al arco era trabajo de bárbaros. ¡Un buen romano debe estar en la refriega, destripando a sus enemigos con su lanza y su espada como un hombre civilizado! ¡Es así como lo hicimos en las Guerras Púnicas (significado en el glosario, mira en el índice de capítulos)! ¡Arriba Roma, chico!

Frank suspiró.

—Creía que estuviste en el ejército del César.

— ¡Lo estuve!

—Vitellius, el César fue cientos de años después de las Guerras Púnicas. No pudiste vivir tanto tiempo.

— ¿Cuestionando mi honor? —Vitellius parecía enloquecido, con su aura morada brillando. Alzó su fantasmagórica gladius y gritó—. ¡Toma esa!

Le clavó su espada, que era igual de mortal que un puntero láser, a través del pecho de Frank un par de veces.

—Au—dijo Frank, solo para ser amable.

Vitellius parecía satisfecho y bajó su espada.

— ¡Quizá lo pienses dos veces antes de poner en duda a tus mayores la próxima vez! ¿Tu decimosexto cumpleaños fue hace poco?

Frank asintió. No estaba seguro de cómo Vitellius lo sabía, porque Frank no le había contado nada a nadie excepto a Hazel, pero los fantasmas siempre tenían maneras de averiguar secretos. Cotillear siendo invisibles era probablemente una de ellas.

—Entonces es por eso por lo que eres un malhumorado gladiador—dijo el lar—. Comprensible. ¡El decimosexto cumpleaños es tu día de llegada la madurez! Tu padre divino debería haberte reclamado, no hay duda, aunque solo fuera con un pequeño augurio. Quizá creas que eres más joven. Pareces joven, ya sabes, con esa rechoncha cara de bebé.

—Gracias por recordármelo—murmuró Frank.

—Ah, sí… Recuerdo mi decimosexto cumpleaños—dijo Vitellius con alegría—. ¡Un augurio maravilloso! ¡Un pollo en mis calzoncillos!

— ¿Perdona?

Vitellius se hinchó de orgullo.

— ¡Lo que has oído! Yo estaba en mi río cambiándome las ropas para mi Liberalia. El ritual de paso a la madurez, ya sabes. En aquellos tiempos sí que hacíamos las cosas bien. Me había quitado mi toga infantil y me estaba lavándome para ponerme la adulta. De repente, un pollo completamente blanco salió de la nada, saltó en mis ropas interiores y salió corriendo con ellas. No las llevaba puestas, por supuesto.

—Esto está bien—dijo Frank—. Sólo puedo decir: ¿demasiada información?

—Mm…—Vitellius no estaba escuchando—. Eso era símbolo de que descendía de Esculapio, el dios de la medicina. Escogí mi cognomen, mi tercer nombre, Reticulus porque significaba ropa interior, para recordarme el bendito día en el que un pollo me robó la ropa interior.

—Entonces… ¿tu nombre significaba señor Calzones?

—¡Benditos dioses! Me convertí en el cirujano de la legión, y el resto es historia—abrió los brazos amablemente—. No te rindas, chico. Quizá tu padre llega tarde. Muchos augurios no son tan dramáticos como un pollo, por supuesto. Conocí un compañero que encontró un escarabajo pelotero en…

—Gracias, Vitellius—dijo Frank—. Pero tengo que acabar de pulir esta armadura…

—¿Y la sangre de gorgona?

Frank se quedó congelado. No se lo había dicho a nadie. Que él supiera, sólo Percy le había visto guardarse los frascos en el río, y no habían tenido oportunidad de hablar sobre ello.

—Vamos—le reprendió Vitellius—. Soy un curandero. Conozco las leyendas de la sangre de gorgona. Enséñame los frascos.

A regañadientes, Frank sacó dos frascos de cerámica que había rescatado del Pequeño Tíber. Los botines de guerra eran dejados muy a menudo cuando el monstruo desaparecía… algunas veces un diente, un arma, o incluso la cabeza entera del monstruo. Frank había sabido de inmediato qué eran los dos frascos. Por tradición le pertenecían a Percy, que había matado a las gorgonas, pero Frank no pudo evitar pensar qué pasaría si los usaba.

—Sí—Vitellius estudió los frascos con aprobación—. Sangre cogida del lado derecho del cuerpo de una gorgona puede curar cualquier enfermedad, incluso traer a los muertos de la vida. La diosa Minerva una vez le dio un frasco a uno de mis ancestros divinos, Esculapio. Pero la sangre de la parte izquierda de una gorgona, es fatal instantáneamente. Pero… ¿Cuál es cual?

Frank miró a los frascos.

—No lo sé. Son idénticos.

—¡Ja! Así que esperas que el frasco correcto puede arreglar tu problema con el palo ardiente, ¿eh? ¿Quizá romper tu maldición?

Frank estaba tan sorprendido que no podía hablar.

—Oh, no te preocupes, chico—el fantasma se rió—. No se lo diré a nadie. ¡Soy un lar, protector de la cohorte! No haría nada que te pusiera en peligro.

—Me has apuñalado el pecho con tu espada.

—¡Confia en mí, chico! Siento simpatía por ti, cargando con la maldición del argonauta.

—La… ¿qué?

Vitellius apartó la pregunta de la conversación.

—No seas modesto. Tienes raíces ancestrales. Griegas y romanas. No hay que preguntarse porque Juno…—inclinó la cabeza, como si estuviera escuchando una voz de arriba. Su cara se tensó. Toda su aura se volvió verde—. He dicho suficiente. De todas formas, te dejo descubrir por ti mismo quién tiene la sangre de gorgona. Supongo que el recién llegado Percy podría usarlo también, con su problema de memoria.

Frank se preguntó por qué Vitellius había estado a punto de decir y qué le había asustado tanto, pero tenía la sensación de que por una vez Vitellius iba a cerrar el pico.

Miró hacia los dos frascos. No había pensado siquiera que Percy pudiera necesitarlos. Se sintió culpable de haber intentado usar la sangre para beneficio propio.

—Sí. Por supuesto, podría usarlo él.

—Ah y si quieres mi consejo…—Vitellius miró hacia arriba, nervioso—. Deberíais esperar a usar esa sangre de gorgona. Si mis fuentes soncorrectas, las vais a necesitar en vuestra misión.

—¿Misión?

Las puertas de la armería se abrieron.

Reyna entró con sus perros metálicos. Vitellius se desvaneció. Podrían gustarle los pollos, pero no le gustaban los perros de la pretor.

—Frank—Reyna parecía preocupada—. Ya está bien con la armería. Ves y encuentra a Hazel. Trae a Percy Jackson. Ha estado allí demasiado tiempo. No quiero que Octavian…—vaciló—. Trae a Percy aquí.

Y Frank corrió hacia la Colina del Templo.

De vuelta, Percy preguntó miles de cuestiones sobre el hermano de Hazel, Nico, pero Frank no sabía mucho sobre él.

—Es majo—dijo Frank—, pero no es como Hazel…

—¿A qué te refieres? —preguntó Percy.

—Oh… eh…—Frank tosió. Quería decir que Hazel era más guapa y más simpática, pero decidió no decirlo—. Nico es misterioso, hace que todo el mundo se ponga nervioso, como es hijo de Plutón y todo eso…

—¿Y a ti no te pone nervioso?

Frank se encogió de hombros.

—Plutón mola. No es su culpa que controle el Inframundo. Solo tuvo mala suerte cuando los dioses dividieron el mundo, ¿sabes? Júpiter se quedó con el cielo, Neptuno el mar y Plutón lo de debajo.

—¿No te asusta la muerte?

Frank tuvo ganas de reír: “¡No demasiado! ¿Tienes una cerilla?

En vez de eso dijo:

—Tiempo atrás, como en la era de los griegos, cuando Plutón se llamaba Hades, era como un dios más de los muertos. Pero cuando se volvió romano, se volvió más… no sé, más respetable. También se convirtió en el dios de la riqueza. Todo lo que hay bajo tierra le pertenece. Por lo que no creo que sea demasiado terrorífico.

Percy se rascó la cabeza.

—¿Cómo se convierte un dios en romano? Si es griego, ¿no debería permanecer griego?

Frank dio un par de pasos pensando sobre ello. Vitellius le habría dado a Percy una clase de una hora sobre eso, probablemente ayudado de una presentación con PowerPoint, pero Frank intentó resumirlo:

—Con la forma en la que los ven los romanos, lo adoptan de los griegos y lo perfeccionan.

Percy puso una cara agria.

—¿Perfeccionarlo? ¿Cómo si hubiera algo mal?

Frank recordó lo que Vitellius había dicho: tienes raíces tanto griegas como romanas. Su abuela había dicho algo parecido.

—No lo sé—admitió—. Roma tuvo más éxito que Grecia. Hicieron este gigantesco imperio. Los dioses se convirtieron en algo más grande en tiempos romanos, más poderosos y más conocidos. Es por eso por lo que siguen hoy en día. Por eso muchas civilizaciones se basan en Roma. Los dioses cambiaron a romanos porque es donde estaba el centro del poder. Júpiter era… bueno, más responsable como dios romano que lo que había sido durante su etapa de Zeus. Marte se volvió más importante y disciplinado.

—Y Juno se convirtió en una hippie vestida con bolsas de plástico—comentó Percy—. Entonces me estás diciendo que los antiguos dioses griegos, ¿se han cambiado permanentemente a romanos? ¿No queda nada de los griegos?

—Eh…—Frank miró a su alrededor para asegurarse de que no hubieran campistas o lares cerca, pero las puertas del campamento estaban a muchos quilómetros de ellos—. Eso es un tema sensible. Algunos dicen que la influencia griega sigue en pie hoy en día, como si siguiera siendo parte de los dioses. Apoyan el entrenamiento romano e intentan seguir el antiguo estilo griego, siendo héroes solitarios en vez de trabajar en equipo igual que hace la legión. Y en tiempos antiguos, cuando Roma cayó, la mitad oriental del imperio sobrevivió, la mitad griega.

Percy le miró seriamente.

—No sabía eso.

—Se llamaba Bizancio— a Frank le gustaba decir aquella palabra, sonaba guay—. El imperio de Occidente duró al menos otros cien años, pero siempre fue más griego que romano. Para aquellos de nosotros que seguimos el estilo romano, es algo parecido a un tema difícil. Eso es por lo que, sea el país que sea donde nos asentamos, el Campamento Júpiter está en el oeste, la parte romana del territorio. El este se considera mala suerte.

—Ah—Percy frunció el ceño.

Frank no podía culparle por sentirse confuso. Todo el tema griego/romano también le daba dolores de cabeza.

Alcanzaron las puertas.

—Te llevaré a las termas para que te laves—dijo Frank—. Pero primero… sobre aquellos frascos del río…

—Sangre de gorgona—dijo Percy—. Un frasco cura, el otro es veneno mortal.

Los ojos de Frank se abrieron.

—¿Lo sabías? Escucha, no me los iba a quedar, solo que…

—Sé por qué lo hiciste, Frank.

—¿Lo sabes?

—Sí—Percy sonrió—. Si hubiera llegado al campamento cargando un frasco de veneno, habría quedado muy mal. Intentabas protegerme.

—Ah, sí, cierto. —Frank se limpió el sudor de las palmas de las manos—. Pero si pudiéramos saber qué frasco es cuál, podría curarte la memoria.

La sonrisa de Percy desapareció. Miró por las colinas.

—Quizá… supongo. Pero deberías guardar esos frascos por el momento. Se acerca una batalla. Quizá los necesitemos para salvar vidas.

Frank le miró, un poco cohibido. Percy tenía de recuperar su memoria, y prefería esperar en caso de que alguien más pudiera necesitar el frasco. Los romanos se suponía que eran solidarios y ayudar a sus camaradas, pero Frank no estaba seguro de si alguien el campamento habría escogido aquello.

—¿Entonces no recuerdas nada? —preguntó Frank—. ¿Familia, amigos?

Percy toqueteó las cuentas de cerámica del colgante.

—Sólo fragmentos. Cosas difusas. Una novia… creía que estaría en este campamento—miró a Frank, con cuidado, como si estuviera decidiendo algo—. Se llamaba Annabeth. ¿No sabes quién es, verdad?

Frank negó con la cabeza.

—Conozco a todo el mundo en el campamento, pero a ninguna Annabeth. ¿Y tú familia? ¿Tu madre es mortal?

—Supongo… estará preocupada por mí. ¿Ves a tu madre a menudo?

Frank se detuvo en la entrada de las termas. Agarró un par de toallas de la estantería de objetos.

—Murió.

Percy alzó una ceja.

—¿Cómo?
Normalmente Frank habría mentido. Habría dicho un accidente o habría acabado la conversación. Pero sus emociones estaban fuera de control. No podía llorar en el Campamento Júpiter, no podía mostrar debilidad. Pero con Percy, Frank encontraba más fácil charlar.

—Murió en la guerra de Afganistán—dijo.

—¿Estaba en el ejército?

—En el canadiense.

—¿Canadá? No sabía…

—Muchos americanos no lo saben—suspiró Frank—. Pero sí, Canadá tiene tropas allí. Mi madre era capitana. Fue una de las primeras mujeres en morir en el combate. Salvó algunos soldados que estaban bajo las líneas enemigas. No… no pudo salir de allí. El funeral fue justo antes de que viniera aquí.

Percy asintió. No quería preguntar más detalles, algo que Frank apreció. No dijo que lo sentía, o hizo ningún comentario para animar, comentarios que Frank odiaba: Oh, pobrecito. Tiene que haber sido duro. Tienes mis más sinceras condolencias.

Era como si Percy se hubiera enfrentado a la muerte antes, como si supiera lo que era el dolor. Lo que importaba era escuchar, no decir que lo sentías. La única cosa que podía ayudar era seguir, seguir hacia delante.

—¿Qué tal si me enseñas las termas? —sugirió Percy—. Estoy hecho una porquería.

Frank sonrió.

—Sí, vaya si lo estás.

Y entraron en la sala humeante. Frank recordó a su abuela, su madre y su infancia maldita, gracias a Juno y a aquel trozo de leño encendido. Deseó poder olvidar su pasado igual que Percy lo había hecho.
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Annabeth?Estefany
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    14/10/11, 12:52 am

ok, en beigravenclaw ya van en el capitulo 9 verdad?
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    14/10/11, 02:21 am

apenas voy en el cap 5, que opinan de Nico?
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    14/10/11, 04:24 pm

No tengo ni la menor idea Annabeth creo que lo sabremos solo leyendo What a Face
Creo que son 52 capitulos
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    15/10/11, 03:59 pm

Mili yo tambien prefiero a Hazel y a Frank Razz ojala suban pronto el capitulo X Very Happy

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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/10/11, 06:06 pm

YO A NICO ME LO CARGO YO A NICO ME LO CARGO COMO SE ATREVE A NO DECIRLE NADA A PERCY . PERO EL NO ERA UNO DE LOS QUE SE ENCARGABA DE BUSCARLO YO A NICO ME LO CARGO Twisted Evil Mad Mad Mad Mad
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/10/11, 06:08 pm

xq pueden matar a percy x ser griego >.<
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Mayco
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/10/11, 06:24 pm

yo voy por el capi XX muy bueno el libro
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/10/11, 06:27 pm

X - FRANK
FRANK NO RECORDABA MUCHO del funeral en sí.

Pero recordaba las horas anteriores a él, con su abuela entrando y saliendo del patio trasero para buscarle flechas de su colección de porcelana.

La casa de su abuela era una mansión de piedra grisácea con plantas trepadoras por las paredes de doce hectáreas en el norte de Vancouver. Por el jardín trasero se accedía al Lynn Canyon Park.

La mañana era fría y lloviznaba, pero Frank no notaba el frío. Vestía un traje de lana negro y un abrigo oscuro que había pertenecido a su abuelo. Frank había comenzado a preocuparse porque comenzaba a valerle su ropa. El abrigo olía a bolas de naftalina y jazmín. La tela era picajosa pero calentita. Con su arco y su carcaj, probablemente parecía un mayordomo muy peligroso.

Había colocado algunos jarrones de porcelana de su abuela en una caja y las había bajado al jardín, donde los colocaba en una verja al final de la propiedad. Estuvo disparándoles durante mucho rato, tanto que comenzó a dejar de notar los dedos. Con cada flecha que lanzaba notaba que los problemas desaparecían.

Francotiradores de Afganistán. ¡ZAS! Una tetera explotó con una flecha en el centro.

La medalla de sacrificio, un disco de plata con un lazo rojo y negro, que se suele dar cuando un soldado fallece, se la dieron a Frank como si fuera algo importante, algo que lo convertiría todo en correcto. ¡ZAS! Una taza explotó entre los árboles.

El oficial que vino a decirle:

—Tu madre es una heroína. La capitana Emily Zhang murió intentando salvar a sus camaradas.

¡ZAS! Un plato azul y blanco se hizo pedazos.

La reprimenda de su abuela:

—Los hombres no lloran. Y mucho menos los de la familia Zhang. Sé fuerte, Fai.

Nadie le llamaba Fai excepto su abuela.

—¿Qué tipo de nombre es Frank? —decía—. Eso no es un nombre chino.

“No soy chino” —pensaba Frank, pero no se atrevía a decir nada. Su madre le había dicho años antes: “Mejor que no intentes discutir con tu abuela. Sólo hará que sufras más.” Tenía razón. Y ahora Frank no tenía a nadie excepto a su abuela.

¡ZAS! Una cuarta flecha se clavó en la verja y se quedó allí, vibrando.

—Fai—dijo su abuela.

Frank se giró.

Tenía firmemente agarrado un cofre de caoba del tamaño de una caja de zapatos que Frank no había visto antes. Con su vestido negro de cuello alto y su mata de pelo gris, parecía una profesora del siglo XIX.

Ella vio aterrada la carnicería: la porcelana en la caja, fragmentos de sus juegos de té preferidos esparcidos por el terreno, las flechas de Frank clavadas por el suelo, los árboles y la verja y una en la cabeza de un gnomo de jardín sonriente.

Frank creía que iba a gritar o pegarle con la caja. Él nunca había hecho algo tan terrible como aquello jamás. Nunca se había sentido tan furioso.

La cara de su abuela demostraba resentimiento y desaprobación. No se parecía en nada a la madre de Frank. Se preguntaba cómo podría haberse convertido su madre tan simpática, siempre riendo, siempre siendo amable. Frank no podía imaginársela creciendo con su abuela, igual que tampoco podía imaginársela en el campo de batalla, situaciones que, tampoco no eran tan distintas.

Esperó a que su abuela explotara. Quizá le castigaría y así no tendría que ir al funeral. Quería hacerle daño por ser tan arisca todo aquel tiempo, por haber dejado a su madre ir a la guerra, por estar siempre reprendiéndole para que fuera duro. Lo único que le importaba en el mundo era su estúpida colección de porcelana.

—Detén este comportamiento estúpido—dijo su abuela. No sonaba demasiado molesta—. No te hace bien.

Para sorpresa de Frank, apartó de una patada una de sus tazas de té preferidas.

—El coche estará aquí en breve—dijo—. Debemos hablar.

Frank estaba estupefacto. Miró de cerca a la caja de caoba. Por un terrible segundo, se preguntó si contenía las cenizas de su madre, pero aquello era imposible. La abuela le había dicho que sería un entierro militar. ¿Entonces porqué la abuela sujetaba tan firmemente aquella caja, como si el contenido fuera de delicada importancia?

—Ven adentro—dijo. Sin esperar a comprobar que le seguía, se giró y entró en la casa.

En el salón, Frank se sentó en un sofá de terciopelo, rodeado de fotos de familia, jarrones de porcelana que eran demasiado grandes para su caja y cuadros con caligrafías chinas. Frank no entendía lo que ponía en ninguna. Nunca se había sentido interesado en aprender chino. Tampoco no conocía a mucha de la gente que salía en las fotos.

Siempre que su abuela comenzaba a soltarle la charla sobre sus ancestros (cómo habían venido de China y habían prosperado en el negocio de las importaciones y exportaciones, convirtiéndose en una de las familias chinas más ricas de Vancouver) se aburría. Frank era la cuarta generación canadiense. No le importaba ni China ni todas aquellas antigüedades. Las únicas letras chinas que reconocía eran el nombre de su familia: Zhang. Maestro arquero. Aquello era guay.

Su abuela se sentó a su lado, inclinada, con las manos bien firmes encima de la caja.

—Tu madre quería que tú tuvieras esto—dijo a regañadientes—. Lo guardó desde que eras un bebé. Cuando se fue a la guerra, me lo confió a mí. Pero ahora no está. Y pronto tú tendrás que partir.

El estómago de Frank le dio un vuelco.

—¿Irme? ¿Dónde?

—Soy vieja—dijo la abuela, como si fuera algo nuevo—. Tengo mi propia cita con la muerte pronto. No puedo enseñarte aquello que necesitas saber, y no puedo mantener esta carga. Si algo le pasara, no podría perdonármelo nunca. Podrías morir.

Frank no estaba seguro de haberlo oído bien. Sonaba como si hubiera dicho que su vida dependía de lo que había en aquella caja. Se preguntó si la habría visto antes. Debía de haberla guardado en el ático, la única habitación prohibida para Frank. Siempre había dicho que allí guardaba sus tesoros más valiosos.

Le pasó la caja. La abrió con dedos temblorosos. Dentro, en un cojín de terciopelo y lino, había un terrorífico, importantísimo y cambia-vidas…pedazo de madera.

Parecía una tabla que viajaba a la deriva por el mar: dura y lisa, esculpida de una forma ondeada. Tenía el tamaño de un mando de televisión. Un extremo estaba calcinado. Frank tocó el punto quemado. Seguía estando caliente. Las cenizas mancharon el dedo de Frank.

—Es un palo—dijo. No podía adivinar porqué la abuela se comportaba de aquella manera tan tensa y seria con aquello.

Los ojos de la abuela brillaron.

—Fai, ¿conoces las profecías? ¿Conoces a los dioses?

Las preguntas le hacían sentir incómodo. Pensaba en las estúpidas estatuas doradas de la abuela que mostraban chinos inmortales, aquellas tontas supersticiones sobre la colocación de los muebles y evitando números que traían mala suerte. Las profecías le hacían pensar en las galletas de la fortuna, que ni siquiera eran chinas, no del todo, pero que los matones del colegio le molestaban diciéndole cosas como: Confucio dice… y así. Frank nunca había estado en China. No quería saber nada sobre ella. Pero por supuesto, la abuela no querría oír aquello.

—Algo, abuela—dijo—. No demasiado.

—Muchos se habrían mofado de la historia de tu madre—dijo—. Pero yo no. Conozco a las profecías y a los dioses. Griegos, romanos, chinos… ellos intervinieron en nuestra familia. No cuestioné lo que me dijo de tu padre.

—Espera… ¿qué?

—Tu padre era un dios—dijo, simplemente.

Si la abuela tuviera sentido del humor, Frank habría pensado que estaba bromeando. Pero la abuela no era así. ¿Estaría volviéndose senil?

—¡Deja de mirarme así de boquiabierto! —le espetó—. No me estoy volviendo loca. ¿Nunca te has preguntado por qué tu padre no ha vuelto nunca?

—Era…—dijo Frank. Perder a su madre ya era bastante doloroso, no quería pensar además en su padre—. Estaba en el ejército, como mamá. Desapareció en una misión. En Irak.

—¡Bah! Era un dios. Se enamoró de tu madre porque era una guerrera natural. Era como yo… fuerte, valiente, buena, hermosa.

Fuerte y valiente, Frank podía creérselo. Pero imaginar a su abuela siendo buena y hermosa… eso era más difícil.

Seguía sospechando que ella comenzaba a perder la cabeza, pero preguntó:

—¿Qué tipo de dios?

—Romano—dijo—. A parte de eso, no lo sé. Tu madre no me lo dijo, o quizá ni siquiera lo sabía. No es extraño que un dios se enamorara de tu madre, siendo de la familia que es. Debió saber quién era por su sangre ancestral.

—Espera…somos chinos. ¿Por qué un romano querría enrollarse con una china canadiense?

Las aletas de la nariz de la abuela se abrieron.

—Si te molestaras en aprender la historia de la familia, Fai, sabrías esto. China y Roma no se diferencian tanto, no están tan separadas como crees. Nuestra familia es de la provincia Gansu, una ciudad una vez llamada Li-Jien. Y antes de eso… como he dicho, sangre ancestral. La sangre de los príncipes y los héroes.

Frank la observó, expectante.

Ella suspiró, exasperada.

—¡Hablar contigo es gastar palabras! Sabrás la verdad cuando vayas al campamento. Quizá tu padre te reclame. Pero por ahora, tengo que explicarte lo de la madera ardiente.

Señaló al fuego de la chimenea.

—Poco después de que nacieras, una visitante apareció allí. Tu madre y yo estábamos sentadas en este sofá, justo donde tú y yo estamos sentados. Tú eras una cosa diminuta envuelta en una sábana azul, y tu madre te mecía en sus brazos.

Parecía un recuerdo agradable, pero la abuela lo contaba en un tono tan seco, que parecía estar hablando con un zopenco.

—Una mujer apareció en la hoguera—continuó—. Era una mujer blanca, una gwai ph, vestida en seda azul, con una extraña capa, como si fuera una piel de cabra.

—Una cabra—dijo Frank, estúpidamente.

La abuela frunció el ceño:

—Sí, ¡lávate las orejas, Fai Zhang! Soy demasiado vieja para repetir la misma historia dos veces. La mujer con la piel de cabra era una diosa. Siempre puedo saber esas cosas. Sonrió al bebé, a ti, y le dijo a tu madre en perfecto mandarín, no menos: “Cerrará el círculo. Devolverá a tu familia a sus raíces y te traerá gran honor” —la abuela soltó una risotada—. No suelo discutir con diosas, pero quizá ésta no viera el futuro con claridad. Fuera lo que fuera, dijo: “Irá al campamento y te devolverá tu reputación. Liberará a Tánatos de sus cadenas heladas…

—Espera, ¿quién?

—Tánatos—dijo su abuela, impacientemente—, en griego significa Muerte. ¿Puedo continuar sin interrupciones? La diosa dijo: “La sangre de Pilos es fuerte en este niño por su parte materna. Tendrá el don de la familia Zhang, pero también tendrá los poderes de su padre.

De repente la historia de la familia de Frank no parecía tan aburrida. Quería preguntar desesperadamente qué significaba todo aquello: poderes, dones, la sangre de Pilos. ¿Qué era aquél campamento o quién era su padre? Pero no quería interrumpir de nuevo a su abuela. Quería que siguiera hablando.

—Todo poder tiene su precio, Fai—dijo—. Antes de que la diosa desapareciera, señaló al fuego y dijo: “Será el más poderoso de tu clan, pero el destino ha decidido que también sea el más vulnerable. Su vida arderá brillante y cortamente. En cuanto esta rama sea consumida, tu hijo está destinado a morir”.

Frank apenas podía respirar. Miró la caja en su regazo, y el pedazo de ceniza en su dedo. La historia sonaba ridícula, pero de repente, el pedazo de madera parecía más siniestro, frío y pesado.

—Esto… esto…

—Sí, mi buey cabezota—dijo la abuela—. Ese es el Palo. La diosa desapareció, y saqué la madera del fuego de inmediato. Lo hemos guardado desde entonces.

—¿Y si arde del todo, moriré?

—No me extrañarí—dijo la abuela—. Chinos, romanos… el destino de los hombres puede ser previsto, y a veces cambiado, al menos una vez. El leño está en tu posesión. Mantenlo cerca. Cuanto más seguro esté, tú estarás seguro.

Frank negó con la cabeza. Quería protestar diciendo que aquello no tenía ningún sentido. Quizá su abuela intentaba asustarle vengándose por su porcelana rota. Pero sus ojos eran desafiantes. Parecía estar retándole: Si no lo crees, haz que arda.

Frank cerró la caja.

—Si es tan peligroso, ¿por qué no lo cubrimos de algo que no arda, como plástico o acero? ¿Por qué no lo ponemos en una caja fuerte?

—¿Qué pasaría si—se preguntó la abuela—, forráramos el palo con otra substancia? ¿Te asfixiarías? No lo sé. Tu madre no quiso arriesgarse. No se atrevía a partirlo, por miedo a que algo fuera mal. Los bancos pueden ser robados. Los edificios pueden ser quemados. Cosas extrañas conspiran cuando uno intenta engañar al destino. Tu madre pensó que el palo sólo estaría seguro bajo su protección, hasta que fue a la guerra. Entonces me lo dio a mí.

La abuela exhaló aire, amargamente.

—Emily era una tonta, yendo a la guerra, aunque supuse que era su destino. Esperaba reencontrarse con tu padre.

—¿Creía… creía que estaría en Afganistán?

La abuela se encogió de hombros, como si estuviera más allá de su conocimiento.

—Fue. Murió valientemente. Creyó que el don de la familia la protegería. No hay duda que es así cómo salvó a esos soldados. Pero el don nunca ha mantenido a nuestra familia segura. Ni ayudó a mi padre, ni al suyo. No me ayudó a mí. Y ahora tienes que convertirte en un hombre. Seguirás tu camino.

—Pero… ¿qué camino? ¿Cuál es nuestro don? ¿El tiro al arco?

—¡Tú y tus flechas! Chico estúpido. Pronto lo sabrás. Esta noche, tras el funeral, irás al sur. Tu madre dijo que si no volvía del combate, Lupa enviaría mensajeros. Te escoltarán hasta el lugar donde los hijos de los dioses son entrenados para su destino.

Frank sintió como si hubiera sido disparado con flechas, con su corazón siendo hecho añicos. No entendía parte de lo que decía la abuela, pero una cosa estaba clara: le estaba echando.

—¿Me vas a dejar ir? —preguntó—. ¿A tú única familia?

La boca de la abuela se cerró. Sus ojos parecían angustiados. Frank se sorprendió al darse cuenta de que estaba a punto de llorar. Había perdido a su marido años atrás, entonces a su madre, y ahora estaba enviando lejos a su único nieto. Pero entonces se levantó del sofá, con la postura recta y correcta igual que siempre.

—Cuando llegues al campamento—le instruyó—, deberás hablar con la pretor en privado. Le dirás que tu bisabuelo era Shen Lun. Han pasado muchos años desde el incidente en San Francisco. Con suerte no te matarán por lo que hizo, pero quizá tengas que rogar clemencia por sus acciones.

—Cada vez suena mejor. —murmuró Frank.

—La diosa dijo que cerrarías el círculo de la familia—la voz de la abuela no tenía ningún rastro de simpatía—. Ella escogió tu camino años atrás, y no será fácil. Pero ahora es hora del funeral. Tenemos obligaciones. Ven. El coche espera.

La ceremonia estaba difusa: caras solemnes, el sonido de la lluvia en el tejado del panteón, el sonido de los rifles de la guardia de honor, el ataúd hundiéndose en la tierra…

Por la noche, los lobos vinieron. Aullaron en el porche de entrada. Frank salió a su encuentro. Llevaba su mochila de viaje, sus ropas más calientes, su arco y su carcaj. La medalla de sacrificio de su madre estaba atada a su mochila. El palo ardiente estaba envuelto con cuidado bajo tres capas de ropa en el abrigo de su bolsillo, cerca de su corazón.

Su viaje al sud comenzó: en la Casa del Lobo en Sonoma, y luego al Campamento Júpiter dónde habló con Reyna en privado tal y como la abuela le había dicho. Pidió clemencia por el bisabuelo del que no sabía nada y Reyna le dejó unirse a la legión. Nunca le dijo lo que había hecho su abuelo, pero era obvio que lo sabía. Frank podía decir que era algo malo, seguro.

—Juzgo a la gente por sus propios méritos—le había dicho Reyna—. Pero no menciones el nombre de Shen Lun a nadie más. Debe mantenerse en secreto, o serás tratado mal.

Por desgracia, Frank no tenía méritos propios. Su primer mes en el campamento se lo pasó dándose golpes con todas las armas, rompiendo carros y haciendo tropezar a cohortes enteras mientras marchaban. Su trabajo preferido era cuidar de Aníbal, el elefante, pero se las arreglaba para liarlo todo, también allí. Le provocaba indigestiones a Aníbal dándole de comer cacahuetes. ¿Quién habría dicho que los elefantes podían ser intolerantes a los cacahuetes? Frank se preguntaba su Reyna se habría arrepentido de su decisión de haberle permitido unirse.

Cada día, se levantaba preguntándose si el palo podría arder, y dejaría de existir.

Todo aquello pasó por la mente de Frank mientras caminaba con Hazel y Percy hacia los juegos bélicos. Pensaba en el palo envuelto en el bolsillo de su abrigo y lo que había querido decir Juno cuando apareció en el campamento. ¿Estaría a punto de morir? Esperaba que no. Aún no había traído honor a su familia, aún no. Quizá Apolo le reclamaría aquella noche y le explicaría sus poderes y sus dones.

Una vez hubieron salido del campamento, la Quinta Cohorte formó en dos filas detrás de sus centuriones: Dakota y Gwen. Marcharon al norte, bordeando la ciudad, hacia los Campos de Marte, la parte más larga y lisa del valle. La hierba era muy corta porque era el lugar dónde todos los unicornios, toros y faunos vagabundos pastaban. La tierra estaba poblada de cráteres de explosiones y deformada con trincheras de juegos pasados. En el norte del campo se levantaba una diana. Los ingenieros habían construido una fortaleza de piedra con rastrillos de hierro, torres de vigilancia, ballestas de escorpión, cañones de agua y no había duda de que había otras sorpresas para que los defensores las usaran.

—Hoy han hecho un buen trabajo—notó Hazel—. Eso es malo para nosotros.

—Esperad—dijo Percy—, ¿me estáis diciendo que esa fortaleza la han construido hoy?

Hazel sonrió.

—Los legionarios estamos entrenados para construir. Si es necesario, podemos desmontar el campamento entero y reconstruirlo de nuevo en cualquier otro lugar. Nos llevaría quizá tres o cuatro días, pero podríamos hacerlo.

—Mejor que no—dijo Percy—. ¿Entonces atacáis un fuerte distinto cada día?

—No cada noche—dijo Frank—. Tenemos distintos ejercicios de entrenamiento. Algunas veces death-ball, eh… que es algo parecido al paint-ball, excepto porque… utilizamos, veneno, ácido y bolas de fuego. Algunas veces hacemos carreras de cuadrigas o luchas de gladiadores, y otras veces juegos bélicos.

Hazel señaló el fuerte.

—En algún lugar dentro de allí, la Primera y la Segunda Cohorte guardan sus estandartes. Nuestro trabajo es adentrarnos y capturarlos sin ser descuartizados. Si lo hacemos, ganamos.

Los ojos de Percy se encendieron.

—Como… capturar la bandera. Creo que prefiero el capturar la bandera.

Frank rió.

—Sí, bueno… es más duro de lo que suena. Tenemos que atravesar esos escorpiones y esos cañones de agua en las paredes, luchar contra soldados en la fortaleza, encontrar los estandartes, y vencer a los guardas, todo eso mientas protegemos nuestros estandartes de ser capturados. Y nuestra cohorte está rivalizada con las otras dos cohortes atacantes. No trabajamos del todo en equipo, ya que la cohorte que capture los estandartes se lleva toda la gloria.

Percy dio un traspié, intentando mantener el ritmo con el que marchaban. Frank se sintió identificado. Se había pasado sus dos primeras semanas tropezando.

—¿Entonces porqué practicamos todo esto? —preguntó Percy—. ¿Os pasáis mucho tiempo asaltando ciudades fortificadas?

—Trabajo en equipo—dijo Hazel—. Velocidad de pensamiento. Tácticas. Técnicas de batalla. Te sorprendería lo que puedes aprender en unos juegos bélicos.

—Como por ejemplo, quién te puede clavar un puñal por la espalda—dijo Frank.

—Sobre todo eso—coincidió Hazel.

Marcharon hacia el centro de los Campos de Marte y formaron grupos. La Tercera y la Cuarta Cohorte se juntaron lo más lejos posible de la Quinta. Los centuriones del lado atacante se reunieron para una conferencia. En el cielo, por encima de ellos, Reyna daba vueltas en su pegaso, Escipión, preparados para ser los árbitros del juego.

Media docena de águilas gigantes volaban en formación detrás de ellas, preparadas para una necesidad de ambulancia de emergencia si era necesario. La única persona que no participaba en el juego era Nico di Angelo, el embajador de Plutón, que había subido a una torre de observación a unos diez kilómetros del campo de batalla y estaría observando con unos binoculares.

Frank puso su pilum contra su escudo y comprobó la armadura de Percy. Todo estaba correcto. Todas las piezas de la armadura estaban ajustadas correctamente.

—Lo has hecho bien—dijo, sorprendido—. Percy, tú has tenido que participar en unos juegos bélicos antes.

—No lo sé. Puede ser.

La única cosa que no estaba bien era la espada de bronce brillante de Percy, no era de oro imperial ni era una gladius. La hoja tenía la forma de una hoja y la escritura en el costado era griega. Mirar la espada le hacía sentir incómodo a Frank. Percy frunció el ceño.

—¿Podemos usar armas de verdad?

—Sí—dijo Frank—. Claro. Nunca había visto una espada como esa.

—¿Qué pasa si hiero a alguien?

—Les curamos—dijo Frank—. O lo intentamos. Las legiones de curadores son muy buenas con la ambrosía y el néctar, y sobre todo con el polvo de cuerno de unicornio.

—Nadie muere—dijo Hazel—. Bueno, no siempre. Y si lo hacen…

Frank imitó la voz de Vitellius:

—¡Son unos debiluchos! ¡En mis tiempos, nos moríamos todo el rato y nos gustaba!

Hazel rió.

—Mantente cerca, Percy. Con la mejor de las suertes, nos eliminan en seguida. Nos colocaran en los muros para ablandar las defensas. Entonces la Tercera y la Cuarta Cohorte marcharán y se llevarán los honores, si pueden llegar a asaltar el fuerte.

Los cuernos sonaron. Dakota y Gwen llegaron de la conferencia de oficiales, parecían desalentados.

—¡Muy bien! ¡Este es el plan! —Dakota le dio un sorbo rápido a un Kool-Aid de su mochila de viaje—. Nos colocaremos en los muros para ablandar las defensas.

La cohorte entera se quejó.

—Lo sé, lo sé—dijo Gwen—. ¡Pero quizá esta vez tengamos un poco de suerte!

Si querías a alguien optimista, esa era Gwen. A todo el mundo le gustaba Gwen porque cuidaba de todos e intentaba mantenerles alegres siempre. Incluso podía controlar a Dakota en sus ataques de hiperactividad con zumo. Aún así, los campistas se quejaron y se removieron. Nadie creyó que la Quinta pudiera tener suerte.

—Primera línea con Dakota—dijo Gwen—. Bloquead los escudos y avanzad en formación tortuga hasta las puertas principales. Intentad manteneros de una pieza. Atraed el fuego. La segunda línea—Gwen se giró hacia la fila de Frank sin mucho entusiasmo—. Vosotros diecisiete, hasta Bobby, encargaos del elefante y de las escaleras de asalto. Intentad abrir un flanco de ataque en la pared oeste. Quizá podamos reducir sus defensas. Frank, Hazel, Percy… bueno, haced lo que queráis. Enseñadle a Percy las cuerdas. Intentad mantenerle con vida—se giró hacia la entera cohorte—. Si alguien pasa la primera pared, me aseguraré de que consigáis la Corona Mural. ¡Victoria para la Quinta!

La cohorte aclamó medio desanimada y apagada.

Percy frunció el ceño.

—¿Haced lo que queráis?

—Sí—suspiró Hazel—. Un gran voto de confianza…

—¿Qué es la Corona Mural? —preguntó.

—Una medalla militar—dijo Frank. Había sido obligado a memorizar todas las condecoraciones posibles—. Un gran honor para el primer soldado en irrumpir en el fuerte enemigo. Notarás que nadie en la Quinta la tiene. Normalmente ni siquiera llegamos al fuerte porque estamos en llamas o nos ahogamos o…— se detuvo, miró a Percy y dijo—. Cañones de agua.

—¿Qué? —preguntó Percy.

—Los cañones en las paredes—dijo Frank—, traen agua del acueducto. Hay un sistema de bombas. ¡Caramba! No sé cómo funciona, pero están bajo mucha presión. Si pudieras controlarlos, igual que controlaste el río…

—¡Frank! —sonrió Hazel—.¡Eso es brillante!

Percy no estaba tan seguro.

—No sé cómo hice lo del río. No estoy seguro de poder controlar los cañones de tan lejos.

—Nos acercaremos—Frank señaló a la pared occidental del fuerte, dónde la Quinta Cohorte no atacaría—. Ahí es donde la defensa será más débil. Nunca se tomarán en serio a tres chavales solos. Creo que podremos acercarnos bastante antes de que nos vean.

—¿Acercarnos cómo? —preguntó Percy.

Frank se giró a Hazel.

—¿Podrás hacer aquello de nuevo?

Le dio un codazo en el pecho.

—¡Dijiste que no se lo contarías a nadie!

Frank se sintió mal de inmediato. Se había emocionado tanto con el plan…

Hazel murmuró muy flojito:

—No importa. Está bien… Percy, está hablando sobre las trincheras. Los Campos de Marte están plagados de túneles construidos a través de los años. Algunos están colapsados, otros enterrados, pero muchos aún son transitables. Soy muy buena encontrando esos últimos y usándolos. Incluso puedo hacerlos intransitables si es necesario.

—Como hiciste con las gorgonas—dijo Percy—¸para ralentizarlas.

Frank asintió en aprobación.

—Te dije que Plutón molaba. Es el dios de todo lo que hay bajo tierra. Hazel fuede encontrar cuevas, túneles, trampillas…

—Y ése era nuestro secreto—gruñó.

Frank se sonrojó.

—Sí, lo siento. Pero si podemos acercarnos…

—Y si puedo abrir los cañones de agua…—asintió Percy, como si comenzara a gustarle la idea—. ¿Qué haremos después?

Frank comprobó su arco. Siempre tenía flechas especiales. Nunca las había usado antes, pero quizá aquella noche era la noche. Quizá pudiera hacer algo lo suficientemente bueno como para llamar la atención de Apolo.

—Lo demás cae en mi cuenta—dijo—. Vamos.


Última edición por MiliSanchez el 17/10/11, 07:21 pm, editado 1 vez
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Mayco
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/10/11, 06:34 pm

mili lo traduces tu o lo copias de un blog?
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    16/10/11, 06:35 pm

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MensajeTema: Re: [52/52] Traducción de The Son Of Neptune    

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[52/52] Traducción de The Son Of Neptune
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