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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]

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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   22/09/11, 01:01 pm

pues a mi me gusta tal y como lo escribes jejeje:D

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   23/09/11, 09:22 am

Es que lo veia forzado a crear algo impresionante, como si quisieras que todo estubiera perfecto xD pero no sabia que era una mania xD solo te lo digo para que no te estreses, yo con mis libros me estreso muchisimo tengo como 5 y los empiezo llego a un determinado capitulo, los abandono, años despues veo que no me gusta el principio y vuelvo a empezar... y asi toda la vida! por eso prefiero escribir fics, asi me libero de ese estres xD

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   25/09/11, 02:38 pm

Os dejo el capítulo 3 entero;D


CAPÍTULO III


Una brisa acarició la cara de Martha y ella abrió los ojos para ver de lleno el alba a través de la ventana abierta, cuyas cortinas se ondeaban como fantasmas anclados a un punto que, como perros encadenados, trataban de acercarse sin conseguirlo.
Al principio la chica se sintió fuera de lugar, después recordó todos los datos del día anterior, había parecido tan fantástico que no parecía real. Sintió un aliento en el cogote y giró la cabeza algo alarmada. La cabeza de David reposaba sobre la almohada derramando su largo pelo negro como un charco de tinta que no corría por las sabanas, sino que se mantenía estática. Su respiración producía un ligero sonido, como si se estuviera aclarando la garganta muy silenciosamente. Sus ojos seguían cerrados, Martha pensó que debía de ser muy temprano.
Recordó el fin del día anterior y decidió que lo mejor era volver a su dormitorio. Quizás a la Profesora Lovegood no le gustara que hubieran dormido en la misma habitación, a fin de cuentas había reservado una para cada uno. Con todo el cuidado del que fue capaz, retiró el brazo derecho del chico, el cuál reposaba muerto a la altura de los riñones de ella y lo depositó en el colchón. David siguió durmiendo plácidamente y ella se levantó.
Caminó hasta su habitación agitándose el pelo con la mano abierta, pues la noche siempre lo convertía en una selva de enredo. Atravesó el silencioso pasillo y entró en su habitación. Aquella calma la invitaba a volverse a dormir, y se decidió a volver a intentarlo en su propia cama. Pese a que ya se había despertado se sentía aletargada.
No obstante, en su habitación una voz la asustó.
—No disfrutarás de tu vida metida en una caja. Tienes tanto miedo a correr el riesgo, que así nunca vas a triunfar —canturreó una voz chillona en el cuarto de baño.
Martha se aproximó con cautela, intentando no hacer ruido al caminar. Quien quiera que estuviera en el baño estaba raspando dos cosas la una contra la otra. Cuando la adolescente llegó al umbral de la puerta y abrió mucho los ojos mientras se llevaba una mano a la boca.
Un extraño ser tan alto como dos tercios de una mesita de noche revolvía en el baño. Llevaba a modo de ropa un uniforme azulado y no muy lejos tenía un carrito de limpieza, con fregonas y resto de utensilios con el tamaño adecuado para sus pequeñas manos. Su piel era entre marrón y gris. La cabeza era completamente calva con unas grandes orejas puntiagudas y caídas que a Martha le recordaban a los pétalos de una de esas flores enormes extranjeras medio secas.
El ser levaba con un paño el lavabo, subido a un taburete sin el cuál el resultaría imposible llegar mientras cantaba su cancioncilla.
—Las normas y la gente... ¡Aaaah! —exclamó a ver a Martha reflejada en el espejo. La sorpresa fue tan grande que el taburete empezó a tambalearse peligrosamente y la criatura casi pierde el equilibrio.
—¿¡Pero qué diantres...!? —exclamó la chica.
—No se preocupe, Su Señoría. Ya me voy. Me estoy yendo —comenzó a decir repetidamente mientras cogía su carro y se encabezaba a la puerta—. Me estoy yendo, me estoy yendo, me estoy yendo, me estoy yendo.
—Eh, eh... ¿Pero qué pasa?... ¿Tú qué... Quién eres?
—Soy Nyana, la elfina domestica encargada de su habitación, Su Señoría.
—No tienes por qué llamarme así. Me llamo Martha.
—Muy bien, Su Señoría Martha. Ya mismo em voy y la dejo descansar.
—No, no, tranquila. Puedes acabar de trabajar... ¿Quieres que te ayude?
La elfina ladeó la cabeza.
—Ay —suspiró—, novatos.
Nyana salió a toda prisa de la habitación. Martha tuvo que apartarse porque estuvo cerca de atropellarla con el mini-carrito de limpieza, y antes de que pudiera decir que se detuviera escuchó cómo se cerraba la puerta.
Suspirando, volvió a su cama y se dejó caer sobre ella. Estaba cansada, pero no tenía sueño. Dedicó su tiempo a reflexionar y asimilar todo lo acontecido en el último periodo de tiempo.

* * *

Después de que pasaran unas cuantas horas, la Profesora Lovegood fuera a recoger a los chicos para desayunar.
—Mirad, chicos —dijo en la comida—, tenemos un pequeño problema. Para entrar en Hogwarts hay que cursar la escuela primaria muggle, y vosotros por variadas circunstancias no habéis podido cumplir con ese requisito. Es por eso que este verano tendréis que aplicaros y esforzaros para aprender todo lo necesario antes de septiembre.
—¡¿Pero cómo nos vamos a aprender seis años de materia en tres meses?! —exclamó David, olvidándose de cerrar su boca llena de tortilla.
—Con magia —respondió Luna, sonriente.
Los dos chicos se miraron, parecía que la magia iba a ser de pronto la explicación para muchas cosas.

* * *

El tiempo había transcurrido de forma lenta, pero al echar la vista atrás todo parecía haber sucedido rápido, sin descanso.
David sacó la cabeza del agua. Con el pelo chorreando, trato de secarse la zona ocular para poder ver. Cogió la toalla que había dejado sobre la cama y se secó la cabeza. Respirando hondo.
Habían pasado ya varios meses, los cuales habían sido muy provechosos. La Profesora Lovegood había provisto a David y a Martha de unas extrañas vasijas hondas que llamaba «pensaderos». Lovegood vertía en ellas sus recuerdos con la ayuda de la varita, los recuerdos de las clases de su escuela primaria. En apenas todo el verano los chicos habían aprendido mucho sin esforzarse o pasarlo mal. Sólo había dos desventajas. Por un lado, el tiempo transcurría mucho más lento en los recuerdos, así que los días se hacían de alguna manera mucho más largos y eso sí que era agotador. Por el otro, Lovegood consideraba que Martha y David podrían molestarse estudiando, distraerse, así que tenían que aprender cada uno por su cuenta en sus habitaciones.
Los chicos seguían quedando después de aprender con los pensaderos. A menudo solían estar en una habitación, hablando sobre como se imaginaban que sería Hogwarts y lo que harían. También solían bajar al Callejón Diagon a ver todos los artículos que se exhibían en las tiendas y los escaparates. Los chicos no disponían dinero mágico propio aún. La profesora Lovegood les había informado de que mensualmente el Ministerio de Magia les proporcionaría una pequeña paga, para gastarla en su bienestar. El resto de gastos corrían a cuenta de las arcas federales y de Hogwarts. Martha y David sabían que no iban a ser los mejor vestidos, ni los que mejor material tuvieran, pero no les importaba.
Aquel día en especial estaba cargado de emoción. En dos días partirían a la escuela de magia y dirían adiós al mundo muggle, a tener miedo. Los chicos habían tenido miedo al ver cómo todos los magos vestían con túnicas, al igual que sus perseguidores, y aunque no había indicios de que anda malo fuera a ocurrir no estaban tranquilos. Fue por eso que cuando Lovegood informó que ningun lugar del mundo era más seguro excepto Hogwarts se alegraran tanto.
Hoy les tocaba a los chicos bajar a Flourish y Blott solos. Lovegood había encomendado la tarea de que fueran ellos mismos quienes recogieran los libros. Últimamente, con la inminente llegada del mes de septiembre, a la directora se la veía cada vez menos. Tenía que ocuparse de los asuntos de Hogwarts, decía, para que todo estuviera listo en cuanto llegaran los alumnos.
David se dirigió a su armario. Había mucha ropa que la directora Lovegood había insistido en pagar con su propio dinero en lugar de con el de los fondos destinados para ellos, para que así pudieran adquirir un mejor material. Martha y David se sentían tremendamente agradecidos a ella por todo lo que había dedicado a ellos.
El chico se vistió con unos cómodos vaqueros oscuros y una camiseta azul de manga larga. Abrió después la puerta de la habitación para salir cuando alguien la atravesó antes que él.
Procedente del pasillo, entró en la habitación un gatito de pelaje blanco y ojos azules, campante. Se puso a los pies de David y colocó las patas delanteras lo más arriba que pudo de sus piernas, emitiendo un maullido lastimero. El chico se arrodilló y cogió al gato.
—Eres una quejica, Moni —le regañó el dueño mientras ella ronroneaba en sus brazos—. Siempre estás maullando.
El chico salió al pasillo y llamó a la puerta que tenía delante. Con la cabeza algo mojada, Martha la entreabrió.
—Ya estoy. ¿Te vas a llevar a Moni?
—No tengo otro remedio.
Martha abandonó su dormitorio vestida con unos vaqueros claros y una blusa de tonos verdosos.
—Me gusta más el tono de tus vaqueros —dijo, refiriéndose a los oscuros.
—A mí me gustan más los claros —mencionó David, sonriendo.
—Talvez deberíamos cambiarlos —sugirió ella, sin ninguna seriedad.
—No es buena idea. Me sobraría mucha cintura de los tuyos, estás demasiado gorda —rió él.
Fingiendo estar ofendida y haciendo que fuera elocuente, la chica le palmeó con fuerza el brazo mientras descendían las escaleras de madera del Caldero Chorreante. Moni miró a Martha a los ojos como advirtiéndola antes de bufar, tras esto refugió su cabeza del tamaño de una pelota de béisbol en las mangas de David.
—Tu gato me odia —comentó Martha por enésima vez desde que Lovegood se lo había comprado. Ambos habían pensado que se trataba de un regalo, pero en realidad se trataba de un requisito material para entrar en Hogwarts: un gato, sapo, rata o lechuza. Martha tenía un espécimen del último grupo, una majestuosa ave de tonos grises y ojos amarillos a la que llamaba «Rachel».
—Y yo sin galletas para recompensarle.
—¿Sabes que te digo? Que voy a domesticar a Rachel para que te coma los ojos.
—¿Sabes quienes comen pájaros, Martha? Los gatos.
Llegaron a la planta baja, atravesaron el desfile de mesas y salieron a un callejón pequeño y con pestilentes cubos de basura en las esquinas. Martha tocó con el dedo índice en cierto orden los ladrillos de la pared del fondo, la Profesora Lovegood les había enseñado la combinación correcta para que el muro se abriera.
Y este así lo hizo. Los ladrillos empezaron a desplazarse y hasta formar un hueco que desemboca en una larga y repleta calle. La gente caminaba de aquí para allá sin prestarles atención. Era obvio de la prisa de sus actos que el tiempo para adquirir lo que necesitaban se agotaba. La mayoría de componentes del gentío eran menores de edad, de once a diecisiete años, que parecían entre expectantes, alegres y estresados.

Los chicos atravesaron el camino empedrado tratando de chocar con el menor número de personas posible. Moni empezó a agobiarse con el ruido y decidió saltar de los brazos de David e ir por libre.
—¿No te preocupa que se pierda?
—Lovegood dijo que están perfectamente amaestrados, no le ocurrirá nada.
Llegaron a la librería a la que Lovegood los había mandado. Con desanimo, se unieron a una interminable cola de gente que avanzaba con mucha tardanza. Pasaron media hora hasta que Martha y David se vieron a punto para ser atendidos, justo detrás de una señora de ropa holgada que recogía del escaparate la bolsa con una doble B pintada en color dorado que el asistente de la tienda le tendía. La mujer se marchó caminando, y Martha y David dieron un paso al frente, aferrando los recibos que Lovegood les había entregado para recoger los libros.
Fue entonces cuando aquel chico se les coló. Salido de ninguna parte, separo a Martha y David que se encontraban el uno al lado de otro, y se interpuso hasta llegar a la cola. El hombre que estaba extremadamente exhausto no se percató de que se había colado.
El pecho de Martha se hinchó. Odiaba con toda su alma los enfrentamientos y decidió no hacer nada, suspirando. David en cambio no tenía nada en contra de reclamar.
—Disculpa, pero es nuestro turno —dijo el chico despacio.
El que se había entrometido se volvió. Vestía todo de negro, como si hubiera venido de un funeral. Llevaba una túnica reluciente la cual le quedaba hecha a medida. Martha exhaló. Su pelo rubio estaba engominado hacia atrás, sus ojos verdes se clavaban en los de David, como advirtiéndole de lo mucho que lo detestaba. Y pese a todo, Martha sentía una extraña sensación con respecto a él. De alguna forma era como si lo poco que conociera sobre él no importara, había algo muy importante relacionado con ese chico que tenía que saber. Tenía la misma edad que ellos y era muy guapo. Martha se dijo que era como ver una obra de arte que representase algo desastroso. Por muy malo que resultase el tema, el contemplarla era una delicia para los sentidos.
—Nadie te ha preguntado —le espetó el rubio con voz glaciar—. Tú y tu novia podréis esperar para coger vuestros libros de trigiontesima mano un rato más.
—Lo dudo mucho —añadió David acercándose un paso más a él, sosteniendo su mirada. Lo odiaba, se dijo el chico a sí mismo. Lo odiaba, lo odiaba, lo odiaba, lo odiaba con toda su alma. Sin ninguna explicación. Sin excusa. Simplemente disfrutaría de mandarlo fuera de la tienda de una patada.
—¡Scorpius!
Una mujer se abrió paso a través de la gente para reunirse con ellos.
—¡Siempre haces lo mismo! —le grito al c hico—. ¿No eres capaz de portarte bien ni un minuto?
—¡Cállate, mamá! No pienso esperar a que toda esta gente pase por delante de mí.
—Pues has de hacerlo —dijo una nueva y fría voz. Un hombre trajeado, de pelo rubio corto avanzó hasta ellos—. Asteria, ¿por qué no vas mientras a comprar el caldero? Jino me reservó uno de primera la semana pasada, más valdría de que no se le olvidará a quién a de dárselo. Yo me ocupare de esto.
—Como quieras —dijo la mujer—, Draco.
Ella se perdió de vista, y el tal Draco agarró al pequeño Scorpius con firmeza de la muñeca.
—¡Aprenderás a comportarte o no irás a Hogwarts este año, ¿entendido?!
—¡No me digas lo que he de hacer!
—Trata de impedírmelo.
Scorpius parecía pasarlo mal y Martha sintió la necesidad de hacer algo, aunque no sabía muy bien qué. Draco reparó entonces en David y Martha, observó al primero de arriba a abajo y después añadió:
—Scorpius, devuélveles las gafas al chico.
—¿Qué?
—¡Ya me has oído! Te avisé de qué no debías de ser amable.
—Papá, no le he quitado ningunas gafas...
Draco volvió a examinar a David con la mirada, él chico se sintió un tanto expuesto e indefenso pero intentó sacar pecho y sostener su mirada con la mezcla justa de educación y fiereza interior.
—¿No eres Albus? —preguntó el hombre.
—¿Albus? No yo me llamó David.
—Yo soy Martha —añadió atropelladamente la chica y después contemplo la reacción de Scorpius, que desviaba la cabeza como si todo lo que viera a su alrededor fuera patetico. Martha bajó un poco la vista y empezó a pasarse la mano nerviosamente por el pelo.
—Lo siento mucho, os confundí con otras personas. Vámonos, Scorpius.
Padre e hijo, el segundo sin elección se alejaron.
—¡Por las barbas de Merlín! —exclamó el dependiente de la tienda—, ¡Qué venga alguien y compre algo ya!
Azorados, Martha y David le entregaron los recibos de los libros que tenían reservados.

* * *

Cuando salieron de la tienda y aspiraron el aire fresco de la calle se sintieron mucho mejor. Ambos estaban deseando llegar al Caldero Chorreante y ver qué tipo de contenidos escondían las páginas de sus libros de texto. Fue entonces cuando apareció la profesora Lovegood de entre la gente.
—Oh, chicos, os estaba buscando. Vaya, e interrumpido vuestros pensamientos. Lo siento. Venid, aún queda algo por hacer.
—Pensé que todo el material ya estaba comprado —mencionó Martha.
—Aún falta una cosa —sonrió Luna.
Los guió por la calle hasta una tienda oscura y algo sucia. Era la única a la que Martha y David se habían acercado jamás porque su aspecto no les atraía en absoluto. Era muy vieja y daba la impresión de ser la guarida de un puñado de criminales. No obstante, los chicos entraron, pese a temer que el gran cartel en el que estaba escrito «Ollivanders» cayera sobre sus cabezas al abrir la puerta.
El interior estaba mucho mejor presentado que la estructura. Una fina capa de polvo recubría un extenso mostrador, tras el cuál había filas de estanterías llenas de cajas pequeñas. Los chicos dejaron sus bolsas de libros cerca al mostrador.
—¿Quién quiere ir primero?
Ninguno de los dos chicos contestó. David estuvo a punto de dar un paso al frente, pero medio segundo antes Martha corrió hacia el mostrador y apretó un timbre. David se quedó un tanto sorprendido, por lo general su amiga no era tan predispuesta a hacer algo si no sabía de lo que se trataba.
Un hombre joven emergió de las estanterías. Vestía con una larga túnica morada. Su pelo era castaño y corto y sonreía.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo...? ¡Oh, Profesora Lovegood, qué alegría verla!
—Buenas tardes, Rolf —contestó ella—. Veníamos a buscar las varitas para estos dos muchachos.
El hombre se inclinó acercándose a Martha.
—¿Y cómo se llama esta chica tan guapa? —le sonrió. Por un lado, Martha se sintió agradecida, y por el otro parecía que el hombre la hablaba como si tuviera cuatro años.
—Martha —repitió el tal Rolf—. Buscamos una varita para Martha. Dime... ¿cuál es tu comida favorita?
—Eh... —Martha se sintió un tanto confusa— ¿Pasta?
—Ajá... Interesante. ¿A qué edad dejaste de hacerte pis en la cama?
Martha abrió mucho los ojos, los dirigió hacia Lovegood que le sonreía ampliamente.
—Em... A los tres.
—Bien. Si tuvieras un pony, ¿lo llamarías Claudio o Ramiro?
—Ramiro..., supongo.
Rolf continuó haciendo extrañas preguntas mientras David contenía a duras penas su risa. El cuestionario abarcaba desde «¿Qué flor te gustaría que supiese a melón?» hasta «¿Dé dónde te gustaría que salieran conejos, de un enchufe o de tus ojos?», pasando por «¿Prefieres el Jazz o el Soul?»
Después de tanta pregunta, el hombre salió en busca de algo por las estanterías. Escogió tres cajas procedentes de diferentes lugares y las llevó hasta el mostrador.
—Prueba esta —dijo, abriendo una caja y sacando una varita morada algo torcida—. Es de abedul y corazón de dragón, muy flexible.
Martha agarró la varita sin estar convencida de que hacer. Rolf le indicó que la agitase y así lo hizo ella. El hombre salió disparado hacia atrás y aterrizó con estrépito en el suelo.
—¡Oh, Dios mío! ¿Se encuentra bien? —exclamó Martha mientras Lovegood se acercaba.
—S-Sí, tranquila, no te preocupes. Prueba otra varita, anda —masculló el hombre al levantarse.
Sin estar muy convencida, ella abrió otra de las cajas y empuñó la varita que contenía, la cual era negra, recta y puntiaguda. La agitó, esta vez en otra dirección. Un cosquilleó se extendió desde su mano hasta el resto de su cuerpo, cerró los ojos dejándose llevar por esa agradable sensación. Era como si una suave brisa recorriese su alma.
—Ajá. Espino, pluma de cola de fénix, rígida —explicó el hombre—. Al parecer, es tu varita ideal.
—¿Con esto podré realizar conjuros?
—Siempre y cuando estés en Hogwarts —explicó Lovegood.
—Ahora te toca a ti —dijo el hombre, refiriéndose a David—. ¿Cómo te llamas?
—David.
—Oh, David, ven acércate —añadió el hombre, pronunciando el nombre en inglés.
—Es David —remarcó el chico.
—Muy bien, David —comenzó Rolf pronunciando el nombre igual que antes—. ¿Te gustaría más que te quemasen o que te ahogasen?
El chico realizó el cuestionario mientras Lovegood ojeaba un folleto que había conseguido del mostrador con atención «La manutención de su varita: ¿Le da usted la importancia que se merece?». Finalmente, cuando el chico terminó de responder, Rolf realizó lo mismo que con Martha, traer consigo varias cajas con varitas y ordenad a David que las probase.
David trató de usar una gruesa, negra, larga y puntiaguda. Fue la primera que probó y el resultado fue magnifico. La misma sensación que Martha había experimentado invadió su cuerpo.
—Vaya. Sauce, pluma de cola de fénix, muy flexible. Qué curioso...
—¿Qué es curioso? —pregunto el chico.
—El elemento fundamental de una varita es el mágico, es el más distintivo. Y tu y tu amiga habéis coincidido en al pluma de cola de fénix, algo muy curioso puesto que es un elemento poco usual... Por cierto, ¿dónde está?
—¿Quién?
—Tu amiga.
David se volvió y descubrió con espanto que Martha ya no estaba en la tienda. La Profesora Lovegood soltó un grito ahogado. Los libros de Martha seguían intactos en su bolsa.

* * *

Fuera, ya había comenzado a oscurecerse el cielo. Los tenderos comenzaban a cerrar sus negocios y el flujo de gente en la calle había descendido de forma considerable. Martha avanzaba con algo de nerviosismo. No debería haberse escapado, pero tenía tantas ganas de ver que podía hacer con su nueva varita... ¿Qué podría suceder que fuera tan malo?
La chica agitaba la varita sin que nada sucediera. Estuvo así unos minutos y después se hartó de probar a zarandearla. Buscó a alguien que la pudiera ayudar un poco, pero todo estaba desierto. Recorrió toda la calle en busca de alguien, pero parecía que repentinamente la gente se había desvanecido. Fue entonces cuando vio una figura meterse en un pequeño callejón.
—¡Eh, espere!
Martha trató de seguirla. Llegó hasta el callejón, el cuál era muy estrecho, y lo atravesó de perfil. Desembocaba en unas escaleras descendentes. La figura se había esfumado, no había nadie en ningun sitio. La chica se fijó en el cartel que colgaba de la pared empedrada «Callejón Knoctuck», ese nombre no le decía nada. Escuchó una especie de sonido sordo detrás de ella, como si alguien se golpeara la barriga con la palma de la mano, se volvió y se le heló la sangre de las venas. Una figura encapuchada y vestida en negro descendía las escaleras. La había visto antes. Era como los que la habían perseguido a David y a ella incontables veces. Retrocedió sin dejar de mirarle, preparada para cualquier cosa. La figura se mantenía quieta. Quieta. Quieta. Quieta. Y sin ningun tipo de aviso previo corrió hacia ella. Martha gritó y salió corriendo por el callejón, escuchando como los pasos del encapuchado se acercaban cada vez más y más a ella. Volvió a gritar y torció en una esquina, mientras aullaba la palabra «¡Socorro!» lo más claramente que pudo su garganta emitir. Con horror comprobó que el callejón no tenía salida, se hallaba acorralada. Respiró con dificultad, hiperventilándose y se volvió para ver como el encapuchado llegaba hasta ella. Este sacó su varita y la apuntó directamente. Siendo por primera vez consciente de lo que hacía, la chica susurró:
—No. De eso nada.
—¡Imperio! —gritó el otro.
Como en un espasmo, Martha levantó la mano con la que sostenía la varita. Un rayo de luz verde salió de ella y fue a parar a un farolillo cercano, el cual estaba apagado. El objeto se salió de los goznes que lo anclaban a una pared para empezar a propinarle golpes al encapuchado. A duras penas, él trató de huir, pero le resultaba demasiado difícil. Trató de girar sobre sí mismo una vez. Dos veces. Tres. Finalmente, a la cuarta logró describir un círculo completo y desapareció como por arte de magia. Martha se hallaba estupefacta.
Justo entonces irrumpieron en el callejón Rolf, Lovegood y David, los ters varita en mano.
—¿¡Qué ha ocurrido!? ¡Te escuchamos gritar! —exclamó David entre jadeos, aproximándose a ella.
Martha lo miró un solo segundo con la varita en la mano. David ccasi creyó que iba a atacarle con ella. En lugar de eso, Martha avanzó hasta él y lo abrazó, sollozando.
—Ha estado aquí, ha estado aquí.
—¿Quién, Martha? ¿Quién ha estado aquí? —preguntó David preocupado mientras le pasaba las manos por la espalda para reconfortarla.
Ella exhaló:
—Mi padre.
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   25/09/11, 04:26 pm

Que chuloooooo!menudo final!me encantaaaaa!!!
Oye lo de las varitas es importate no?jajaja
aaan y mas te vale ponerme en Slytherin eee?o si no....Evil or Very Mad

pd:porfin te has puesto avatar!!jajajjaa

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   25/09/11, 10:14 pm

O.O esta genial O.O al lado tuyo, escribo como la mierda xD me tendras q enseñar xD
y el final me dejo en shock xD puedo salir en slytherin con martha? porfiiis Question
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   26/09/11, 01:29 pm

No prometo nada para manteneros intrigados wahahaha;) ya lo descubrireis^^!! y gracias por opinar:D
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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   26/09/11, 01:37 pm

¬¬ mas te vale..............................................

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   27/09/11, 03:13 pm

oue dedalo puedo salir en tu fic???
mi descripcion seria:
nombre: mehi benitz
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   27/09/11, 04:55 pm

tu mira como soy en el fic de Martiita xD
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   28/09/11, 03:25 pm

Okey, haré lo que pueda=). Os dejo el principio del capítulo 4;)


CAPÍTULO IV


Martha sentía que se ahogaba. Corría por un camino infinito y oscuro, huyendo de algo que no conocía. Una figura le cerraba el paso y ella gritaba. Él rodeaba su cuello con ambas manos y la levantaba del suelo. El aire escapaba de su cuerpo para no volver a entrar en él. Cuando la vida de la chica se extinguió por completo, la figura abrió las manos, dejándola caer como un objeto cualquiera, inerte, sobre el suelo. Después, lentamente, empezó a bajarse la capucha...
Martha gritó, y lo hizo tan fuerte que se despertó. Arqueó su cuerpo como si recibiera una descarga eléctrica y después se impulsó hacia delante, sentándose en la cama, empapada de sudor y sin ver absolutamente nada por no haber acabado de acostumbrarse a la oscuridad.
El miedo había pasado, o eso creyó hasta que una mano le rozó la espalda...
Volvió a gritar, y esas manos se cerraron en torno a ella a la altura de la cintura, sintió un peso en el hombro y permaneció totalmente inmóvil unos segundos, tratando de normalizar su respiración. No había nada que temer, sabía quien estaba en la cama con ella.
—¿Un mal sueño?
—Esa es una definición demasiado suave.
La chica se sentó en el bordillo de la cama, David se puso en la misma posición para estar a su lado. A lo largo de toda su vida les habían ocurrido cosas horribles, pero nunca había visto a Martha tan pálida y ojerosa, era como si repentinamente su amiga se hubiese convertido en una momia.
—Si me dijeras el problema podría ayudarte.
—Ya os lo he dicho a todos. No sé nada más. No sé porque sabía que era mi padre, lo sabía y punto.
—Sabes que eso no es cierto.
Martha giró al cabeza. A veces odiaba que el la conociese tan bien. Gracias al tiempo que había pasado el conseguía leer sus pensamientos con facilidad, aunque alguna que otra vez le salía el tiro por la culata, pero generalmente sabía bien lo que le rondaba a Martha por la cabeza, aunque no siempre lo ponía en conocimiento de ella. ¿Ocurriría lo mismo a la inversa?, se preguntaba. Martha nunca acaba una frase por él ni hacía una pregunta con ciertos datos añadidos por adivinación, ¿lo conocía tanto como él a ella o no?
Martha sabía que este era uno de sus casos en los que David tenía razón. Lo miró.
—No me conoces también como crees. No sé cómo lo sabía.
—Eso no es cierto.
—Pues mira, ¿sabes qué? —exclamó la chica, levantándose de la cama—. Puesto que me conoces tan bien, adivino, a ver si deduces lo que voy a hacer ahora.
Se levantó de la cama y se dispuso a salir de la habitación, él no hizo nada por impedírselo, pero la puerta sí.
Justo cuando ella iba a usar el pomo, esta se abrió sola, y de ella salió Nyana la elfina doméstica.
—Les hemos oído chillar abajo, ¿ocurre algo?
—David lo sabe todo. Pregúntale a él.
La chica abandonó el cuarto para entrar en el suyo. Cerró la puerta tras de sí y después dio un portazo. Se sentía furiosa, furiosa, muy furiosa... Y de pronto tonta. Se quedó justo detrás de la puerta, quieta. Ninguna noche había conseguido dormir sin la compañía de su amigo, y ahora no pensaba volver con el rabo entre las piernas. ¿Qué podía hacer?
Enfurruñada, tomó una decisión. A la vez que andaba se agachó para agarrar la falda de su camisón con ambas manos y la levantó, arrojando la ropa a donde quiera que cayese sin ningun reparo. Se despojó del resto de vestimentas, entró en el cuarto de baño y se duchó. Eso le vendría bien para el sudor que su cuerpo había producido. Escuchó desde la ducha como se abría la puerta.
«Maldita sea —pensó—. He olvidado cerrar la puerta, ahora David está en la habitación y voy a tener que hablar con él»
Decidió entonces que aquella ducha iba a alargarse unos cuántos minutos más.
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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   28/09/11, 04:11 pm


Weee al final has subido!menudo sueñooo Sad jajajaja me gusta el capitulo siguelo prontooooc

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Nunca me acostumbraré a que se vaya alguien a quien quiero. Creo que nunca estamos preparados. Nunca.(Roc, Pulseras Rojas)
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   05/10/11, 01:43 pm

Capítulo 4 casi entero

CAPÍTULO IV


Martha sentía que se ahogaba. Corría por un camino infinito y oscuro, huyendo de algo que no conocía. Una figura le cerraba el paso y ella gritaba. Él rodeaba su cuello con ambas manos y la levantaba del suelo. El aire escapaba de su cuerpo para no volver a entrar en él. Cuando la vida de la chica se extinguió por completo, la figura abrió las manos, dejándola caer como un objeto cualquiera, inerte, sobre el suelo. Después, lentamente, empezó a bajarse la capucha...
Martha gritó, y lo hizo tan fuerte que se despertó. Arqueó su cuerpo como si recibiera una descarga eléctrica y después se impulsó hacia delante, sentándose en la cama, empapada de sudor y sin ver absolutamente nada por no haber acabado de acostumbrarse a la oscuridad.
El miedo había pasado, o eso creyó hasta que una mano le rozó la espalda...
Volvió a gritar, y esas manos se cerraron en torno a ella a la altura de la cintura, sintió un peso en el hombro y permaneció totalmente inmóvil unos segundos, tratando de normalizar su respiración. No había nada que temer, sabía quien estaba en la cama con ella.
—¿Un mal sueño?
—Esa es una definición demasiado suave. ¿Qué hora es?
—La cuatro, aún es de noche.
La chica se sentó en el bordillo de la cama, David se puso en la misma posición para estar a su lado. A lo largo de toda su vida les habían ocurrido cosas horribles, pero nunca había visto a Martha tan pálida y ojerosa, era como si repentinamente su amiga se hubiese convertido en una momia.
—Si me dijeras el problema podría ayudarte.
—Ya os lo he dicho a todos. No sé nada más. No sé porque sabía que era mi padre, lo sabía y punto.
—Sabes que eso no es cierto.
Martha giró al cabeza. A veces odiaba que el la conociese tan bien. Gracias al tiempo que había pasado el conseguía leer sus pensamientos con facilidad, aunque alguna que otra vez le salía el tiro por la culata, pero generalmente sabía bien lo que le rondaba a Martha por la cabeza, aunque no siempre lo ponía en conocimiento de ella. ¿Ocurriría lo mismo a la inversa?, se preguntaba. Martha nunca acaba una frase por él ni hacía una pregunta con ciertos datos añadidos por adivinación, ¿lo conocía tanto como él a ella o no?
Martha sabía que este era uno de sus casos en los que David tenía razón. Lo miró.
—No me conoces también como crees. No sé cómo lo sabía.
—Eso no es cierto.
—Pues mira, ¿sabes qué? —exclamó la chica, levantándose de la cama—. Puesto que me conoces tan bien, adivino, a ver si deduces lo que voy a hacer ahora.
Se levantó de la cama y se dispuso a salir de la habitación, él no hizo nada por impedírselo, pero la puerta sí.
Justo cuando ella iba a usar el pomo, esta se abrió sola, y de ella salió Nyana la elfina doméstica.
—Les hemos oído chillar abajo, ¿ocurre algo?
—David lo sabe todo. Pregúntale a él.
La chica abandonó el cuarto para entrar en el suyo. Cerró la puerta tras de sí y después dio un portazo. Se sentía furiosa, furiosa, muy furiosa... Y de pronto tonta. Se quedó justo detrás de la puerta, quieta. Ninguna noche había conseguido dormir sin la compañía de su amigo, y ahora no pensaba volver con el rabo entre las piernas. ¿Qué podía hacer?
Enfurruñada, tomó una decisión. A la vez que andaba se agachó para agarrar la falda de su camisón con ambas manos y la levantó, arrojando la ropa a donde quiera que cayese sin ningun reparo. Se despojó del resto de vestimentas, entró en el cuarto de baño y se duchó. Eso le vendría bien para el sudor que su cuerpo había producido. Escuchó desde la ducha como se abría la puerta.
«Maldita sea —pensó—. He olvidado cerrar la puerta, ahora David está en la habitación y voy a tener que hablar con él»
Decidió entonces que aquella ducha iba a alargarse unos cuántos minutos más.
Terminó de asearse y salió envuelta por una toalla, poniendo la mayor cara de circunstancias que fue capaz. Pero no vio a nadie en la habitación.
Su pechó se deshinchó, exhalando. Por una parte no quería ver a David, enfrentarse a él. Después de haber empeorado la situación, aunque en el fondo quería arreglarlo todo, le incomodaba hacerlo, con que, por el otro lado, quién más quería que hubiese traspasado la puerta era su amigo.
Cerró los ojos, irritada. ¿Por qué no venía a consolarla, a preguntarle que le pasaba y si necesitaba algo? Si sabía lo mal que ella estaba, ¿cómo era que no se preocupaba por ella? ¿Estaría harto de que se enfadará con él? De vez en cuando el uno y el otro tenían sus riñas, y esta era una más, pero por primera vez la solución no había sido automática. Abrió los ojos y gritó. Alguien sí había entrado a la habitación. La elfina, Nyana.
—¡Me has dado un susto de muerte! —exclamo Martha, que en toda a su estancia rara ves había visto a la elfina.
—Oh, lo-lo lo siento... —la elfina sacó de su ropa la libreta más pequeña que Martha vería en su vida, y con un boli en el que estaba inscrito «POTY POTIONS, Ven al Callejón Diagon a consultar nuestros fabulosas rebajas en toda clase de pociones y filtros.» anotó algo en ella—. Ya está, graparme los dedos a las nueve y media.
—¿Qué? No... ¡No quiero que hagas eso!
—Los elfos domésticos nos herimos cuando no hacemos bien nuestro trabajo, es la norma...
—¿Ah, sí? Pues me he equivocado. No me has dado un susto sino... una sorpresa —añadió la chica con poca credibilidad.
—Oh, eso ya es otra cosa —dijo la elfina algo más contenta. A Martha le calmó ver que la trola había colado—. Qué bien, he hecho feliz a la Señorita Martha... —adjuntó, jubilosa.
—¿Querías algo, Nyana? —preguntó Martha, deseando librarse de su compañía. No le caía mal ni nada parecido, pero no le apetecía hablar con nadie y mucho menos permanecer húmeda y con una toalla, mientras se helaba cada vez más y más.
—Oí que se duchaba y le traje unas toallas limpias —Martha reparó en la ropa que había sobre la cama—, y ya de paso aproveché para recoger.
—De acuerdo, ¿puedes ir...?
—Y también escuché la pelea que mantuvo con el Señorito David.
Martha suspiró.
—Mira, ya sé que no ha estado bien. Pero hay cosas que me agobian y él lo tiene que entender, ¿vale? Además tengo derecho a enfadarme, he dormido poco y muy mal y...
—Sólo venía a decirle que puede contratar la Tarifa de Silencio en recepción. Es un servicio barato mediante el cuál su habitación se aísla sonoramente de el resto, nadie podrá oír nada de lo que ocurra y asó usted podrá estar tranquila y hacer cualquier cosa.
—No, gracias. No me interesa.
—Muy bien. Y por cierto, el Señorito David tampoco.
—¿A qué te refieres?
—Usted acaba de decirlo. Ha dormido fatal esta noche (todos los del servicio nos hemos enterado, si hubiera contratado la Tarifa Silencio...)
—¡Nyana!
—... Pueeeees eso que ha estado toda la noche revolviéndose y gritando. Él ha estado con usted porque usted fue a su cama y usted no paró de estar inquieta, por lo tanto usted tampoco le dejo dormir a él, y si ese es el motivo por el cuál usted está enfadada, él puede estar enfadado al igual que usted.
Martha necesitó leer la frase en su mente varias veces porque tantos «ustedes» juntos terminaron por marearla.
—¿Quieres decir que él está pasando lo mismo que yo?
—Básicamente. Todos en el bar hablan de lo ocurrido en el Callejón Knoctuck.
—¿Sí? ¿Y qué tiene que sentir David al respecto?
—Usted desapareció, ¿no son amigos?
Martha desvió la mirada, no se había parado a pensar en eso. Y no quería hacerlo, por algún motivo su mente se cerró en banda al escuchar esas palabras.
—Quiero vestirme. ¿Puedes salir?
—De acuerdo. Recuerde que la tarifa...
—¡Ahora!
La elfina bajó sus grandes orejas y salió despedida al pasillo, como si por cada milisegundo que avanzará lo más mínimo asegurase su supervivencia. La puerta de la habitación se cerró suavemente y Martha se quedó sola. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no le hacía falta seguir conteniendo sus lágrimas. Se abalanzó en la cama, dejando que las toallas y su ropa se mojaran todo cuanto quisieron, y ocultando la cabeza entre las manos empezó a sollozar.
Pasó así un rato, hasta que descargó todas las lágrimas y sentimientos de su ser en la almohada, y después se quedó allí tirada, con la toalla que recorría su cuerpo medio retirada. La elfina había abierto la ventana y por ella entraba una ligera brisa que la helaba como aun témpano de hielo, pero no el importaba. Sacó la cabeza de los brazos y se quedó con la mirada fija en la pared. Sólo salió del estupor cuando escuchó el maullido.

Un gato maullaba por la fachada del edificio. Lo oçía através de la ventana, y cómo se acercaba. Parecía alarmado, o pidiendo comida. Por cada dos segundos maullaba una vez. Entró a través de la ventana abierta de un salto a la habitación y miró a Martha fijamente a los ojos, deteniéndose y sin dejar de maullar. Ella reparó en que se trataba de Moni, la gatita de David. Por lo general el animal maullaba, quejándose de todo, pero había algo en la naturaleza de su tono que a Martha le ponía los pelos de punta. Se irguió en la cama, no muy segura de que hacer o de lo que ocurría.
—Moni, ¿qué ocurre?
El gato empezó a arañar el suelo con desesperación, como tratando de desenterrar un trozo de arne del parquet. Martha se levantó y trat de detenerlo. Cogió al gato que no paraba de intentar zafarse y arañarla. En su forcejeo con el animal desvió su mirada un momento a los arañados. Se quedó estupefacta.
La gata aprovechó el instante de debilidad para saltar al suelo y continuar arañándolo. Así terminó de producir las extrañas marcas que no eran el producto de una conducta animal normal, eran palabras formadas a través de los trazos, como una pedida de auxilio desesperada. Martha se estremeció leyendo las tres palabras.

«DAVID EN PELIGRO»
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   06/10/11, 08:29 pm

muy bueno el capitulo. una pregunta me vas a poder meter en tu fic??

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   07/10/11, 09:55 am

Tengo entendido que sí, a todos a los que me lo han pedido e intentado ahcerles "hueco". A parir de ahora todos los que queais aparecer madame un MP con los datos de vuestro personaje e intentare integrarlo de la mejor manera;D. No lo pongais aqui y ais los demas tienen la incertidumbre de quien aparecera... Buahahhaa
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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   07/10/11, 10:03 am

muy buen capituloooo a ver si subes printoo jajaja

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   07/10/11, 02:20 pm

esta genial el capitulo Very Happy
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Siba Grace
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   25/10/11, 05:52 am

Me encantan todos los capítulos!! es impresionante lo bien que escribes, y la gente ya esta esperando el siguiente ^^
Animo y sigue asi, que lo haces muy bien !!!
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dedalo15
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   31/10/11, 08:55 am

Gracias, aqui os dejo el capitulo completo y terminado con algunos cambios minimos;)

CAPÍTULO IV

Martha sentía que se ahogaba. Corría por un camino infinito y oscuro, huyendo de algo que no conocía. Una figura le cerraba el paso y ella gritaba. Él rodeaba su cuello con ambas manos y la levantaba del suelo. El aire escapaba de su cuerpo para no volver a entrar en él. Cuando la vida de la chica se extinguió por completo, la figura abrió las manos, dejándola caer como un objeto cualquiera, inerte, sobre el suelo. Después, lentamente, empezó a bajarse la capucha...
Martha gritó, y lo hizo tan fuerte que se despertó. Arqueó su cuerpo como si recibiera una descarga eléctrica y después se impulsó hacia delante, sentándose en la cama, empapada de sudor y sin ver absolutamente nada por no haber acabado de acostumbrarse a la oscuridad.
El miedo había pasado, o eso creyó hasta que una mano le rozó la espalda...
Volvió a gritar, y esas manos se cerraron en torno a ella a la altura de la cintura, sintió un peso en el hombro y permaneció totalmente inmóvil unos segundos, tratando de normalizar su respiración. No había nada que temer, sabía quien estaba en la cama con ella.
—¿Un mal sueño?
—Esa es una definición demasiado suave. ¿Qué hora es?
—La cuatro, aún es de noche.
La chica se sentó en el bordillo de la cama, David se puso en la misma posición para estar a su lado. A lo largo de toda su vida les habían ocurrido cosas horribles, pero nunca había visto a Martha tan pálida y ojerosa, era como si repentinamente su amiga se hubiese convertido en una momia.
—Si me dijeras el problema podría ayudarte.
—Ya os lo he dicho a todos. No sé nada más. No sé porque sabía que era mi padre, lo sabía y punto.
—Sabes que eso no es cierto.
Martha giró al cabeza. A veces odiaba que el la conociese tan bien. Gracias al tiempo que había pasado el conseguía leer sus pensamientos con facilidad, aunque alguna que otra vez le salía el tiro por la culata, pero generalmente sabía bien lo que le rondaba a Martha por la cabeza, aunque no siempre lo ponía en conocimiento de ella. ¿Ocurriría lo mismo a la inversa?, se preguntaba. Martha nunca acaba una frase por él ni hacía una pregunta con ciertos datos añadidos por adivinación, ¿lo conocía tanto como él a ella o no?
Martha sabía que este era uno de sus casos en los que David tenía razón. Lo miró.
—No me conoces también como crees. No sé cómo lo sabía.
—Eso no es cierto.
—Pues mira, ¿sabes qué? —exclamó la chica, levantándose de la cama—. Puesto que me conoces tan bien, adivino, a ver si deduces lo que voy a hacer ahora.
Se levantó de la cama y se dispuso a salir de la habitación, él no hizo nada por impedírselo, pero la puerta sí.
Justo cuando ella iba a usar el pomo, esta se abrió sola, y de ella salió Nyana la elfina doméstica.
—Les hemos oído chillar abajo, ¿ocurre algo?
—David lo sabe todo. Pregúntale a él.
La chica abandonó el cuarto para entrar en el suyo. Cerró la puerta tras de sí y después dio un portazo. Se sentía furiosa, furiosa, muy furiosa... Y de pronto tonta. Se quedó justo detrás de la puerta, quieta. Ninguna noche había conseguido dormir sin la compañía de su amigo, y ahora no pensaba volver con el rabo entre las piernas. ¿Qué podía hacer?
Enfurruñada, tomó una decisión. A la vez que andaba se agachó para agarrar la falda de su camisón con ambas manos y la levantó, arrojando la ropa a donde quiera que cayese sin ningun reparo. Se despojó del resto de vestimentas, entró en el cuarto de baño y se duchó. Eso le vendría bien para el sudor que su cuerpo había producido. Escuchó desde la ducha como se abría la puerta.
«Maldita sea —pensó—. He olvidado cerrar la puerta, ahora David está en la habitación y voy a tener que hablar con él»
Decidió entonces que aquella ducha iba a alargarse unos cuántos minutos más.
Terminó de asearse y salió envuelta por una toalla, poniendo la mayor cara de circunstancias que fue capaz. Pero no vio a nadie en la habitación.
Su pechó se deshinchó, exhalando. Por una parte no quería ver a David, enfrentarse a él. Después de haber empeorado la situación, aunque en el fondo quería arreglarlo todo, le incomodaba hacerlo, con que, por el otro lado, quién más quería que hubiese traspasado la puerta era su amigo.
Cerró los ojos, irritada. ¿Por qué no venía a consolarla, a preguntarle que le pasaba y si necesitaba algo? Si sabía lo mal que ella estaba, ¿cómo era que no se preocupaba por ella? ¿Estaría harto de que se enfadará con él? De vez en cuando el uno y el otro tenían sus riñas, y esta era una más, pero por primera vez la solución no había sido automática. Abrió los ojos y gritó. Alguien sí había entrado a la habitación. La elfina, Nyana.
—¡Me has dado un susto de muerte! —exclamo Martha, que en toda a su estancia rara ves había visto a la elfina.
—Oh, lo-lo lo siento... —la elfina sacó de su ropa la libreta más pequeña que Martha vería en su vida, y con un boli en el que estaba inscrito «POTY POTIONS, Ven al Callejón Diagon a consultar nuestros fabulosas rebajas en toda clase de pociones y filtros.» anotó algo en ella—. Ya está, graparme los dedos a las nueve y media.
—¿Qué? No... ¡No quiero que hagas eso!
—Los elfos domésticos nos herimos cuando no hacemos bien nuestro trabajo, es la norma...
—¿Ah, sí? Pues me he equivocado. No me has dado un susto sino... una sorpresa —añadió la chica con poca credibilidad.
—Oh, eso ya es otra cosa —dijo la elfina algo más contenta. A Martha le calmó ver que la trola había colado—. Qué bien, he hecho feliz a la Señorita Martha... —adjuntó, jubilosa.
—¿Querías algo, Nyana? —preguntó Martha, deseando librarse de su compañía. No le caía mal ni nada parecido, pero no le apetecía hablar con nadie y mucho menos permanecer húmeda y con una toalla, mientras se helaba cada vez más y más.
—Oí que se duchaba y le traje unas toallas limpias —Martha reparó en la ropa que había sobre la cama—, y ya de paso aproveché para recoger.
—De acuerdo, ¿puedes ir...?
—Y también escuché la pelea que mantuvo con el Señorito David.
Martha suspiró.
—Mira, ya sé que no ha estado bien. Pero hay cosas que me agobian y él lo tiene que entender, ¿vale? Además tengo derecho a enfadarme, he dormido poco y muy mal y...
—Sólo venía a decirle que puede contratar la Tarifa de Silencio en recepción. Es un servicio barato mediante el cuál su habitación se aísla sonoramente de el resto, nadie podrá oír nada de lo que ocurra y asó usted podrá estar tranquila y hacer cualquier cosa.
—No, gracias. No me interesa.
—Muy bien. Y por cierto, el Señorito David tampoco.
—¿A qué te refieres?
—Usted acaba de decirlo. Ha dormido fatal esta noche (todos los del servicio nos hemos enterado, si hubiera contratado la Tarifa Silencio...)
—¡Nyana!
—... Pueeeees eso que ha estado toda la noche revolviéndose y gritando. Él ha estado con usted porque usted fue a su cama y usted no paró de estar inquieta, por lo tanto usted tampoco le dejo dormir a él, y si ese es el motivo por el cuál usted está enfadada, él puede estar enfadado al igual que usted.
Martha necesitó leer la frase en su mente varias veces porque tantos «ustedes» juntos terminaron por marearla.
—¿Quieres decir que él está pasando lo mismo que yo?
—Básicamente. Todos en el bar hablan de lo ocurrido en el Callejón Knoctuck.
—¿Sí? ¿Y qué tiene que sentir David al respecto?
—Usted desapareció, ¿no son amigos?
Martha desvió la mirada, no se había parado a pensar en eso. Y no quería hacerlo, por algún motivo su mente se cerró en banda al escuchar esas palabras.
—Quiero vestirme. ¿Puedes salir?
—De acuerdo. Recuerde que la tarifa...
—¡Ahora!
La elfina bajó sus grandes orejas y salió despedida al pasillo, como si por cada milisegundo que avanzará lo más mínimo asegurase su supervivencia. La puerta de la habitación se cerró suavemente y Martha se quedó sola. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no le hacía falta seguir conteniendo sus lágrimas. Se abalanzó en la cama, dejando que las toallas y su ropa se mojaran todo cuanto quisieron, y ocultando la cabeza entre las manos empezó a sollozar.
Pasó así un rato, hasta que descargó todas las lágrimas y sentimientos de su ser en la almohada, y después se quedó allí tirada, con la toalla que recorría su cuerpo medio retirada. La elfina había abierto la ventana y por ella entraba una ligera brisa que la helaba como aun témpano de hielo, pero no el importaba. Sacó la cabeza de los brazos y se quedó con la mirada fija en la pared. Sólo salió del estupor cuando escuchó el maullido.

Un gato maullaba por la fachada del edificio. Lo oía a través de la ventana, y cómo se acercaba. Parecía alarmado, o pidiendo comida. Por cada dos segundos maullaba una vez. Entró a través de la ventana abierta de un salto a la habitación y miró a Martha fijamente a los ojos, deteniéndose y sin dejar de maullar. Ella reparó en que se trataba de Moni, la gatita de David. Por lo general el animal maullaba, quejándose de todo, pero había algo en la naturaleza de su tono que a Martha le ponía los pelos de punta. Se irguió en la cama, no muy segura de que hacer o de lo que ocurría.
—Moni, ¿qué ocurre?
El gato empezó a arañar el suelo con desesperación, como tratando de desenterrar un trozo de carne del parquet. Martha se levantó y trató de detenerlo. Cogió al gato que no paraba de intentar zafarse y arañarla. En su forcejeo con el animal desvió su mirada un momento a los arañados. Se quedó estupefacta.
La gata aprovechó el instante de debilidad para saltar al suelo y continuar arañándolo. Así terminó de producir las extrañas marcas que no eran el producto de una conducta animal normal, eran palabras formadas a través de los trazos, como una pedida de auxilio desesperada. Martha se estremeció leyendo las tres palabras.

«DAVID EN PELIGRO»

La felina siguió maullando como loca mientras Martha procesaba todo lo que eso significaba. La chica miró al gato preguntándose hasta que punto estaban adiestrados los animales como él, y después decidió probar si podía ser aún más de ayuda.
—¿Dónde está, Moni?
La gata se dirigió a la puerta y empezó a arañarla, subida sobre sus dos patas traseras. Martha comprendió que tendría que salir, se vistió rápidamente y tras dudar unos segundos agarró su varita. Abrió la puerta y el gato se precipitó por el pasillo. La chica lo siguió.
Humana y felina recorrieron el local y salieron al Callejón Diagon. La gata escalo a través de unos barriles el muro en cuestión de segundos y saltó al otro lado, Martha se apresuró a apretar los ladrillos en la correcta combinación para seguirla. No se sentía muy segura en aquel lugar a aquellas horas después de lo ocurrido en la tarde anterior, pero se dijo que tenía que seguir.
Divisó al gato corriendo y recorrió el mismo camino. El corazón se le aceleró, no a causa del ejercicio. Había entrado en el Callejón Knoctuck. Se lo pensó dos veces antes de entrar.
Y entró.
La gata avanzaba entre el estrecho hueco que formaban las paredes sin ningun problema, moviendo gracilmente sus patitas y siendo iluminada muy de vez en cuando por la luna o una farola. Martha llegó al final del callejón, a dónde por poco...
Cerró los ojos. No podía pensar en eso, tenía que olvidarlo.
La gata estaba quieta, sentada en el suelo, mirándola. Martha se sintió confusa, y estuvo a punto de replicar cuando vio emerger una sombra detrás de un rincón.
En medio segundo, desenvainó su varita, sin tener ni idea de qué hacer con ella.
—Martha, mira esto.
—¿Se puede saber que haces aquí?
David apareció, aún con la camiseta del pijama puesta bajo unos vaqueros.
—Tenía que ayudarte de alguna forma, aunque tú no me lo pones fácil.
Martha tartamudeó un poco, intentando decir siete cosas a la vez y pronunciando la primera silaba de cada argumento de forma desordenada, antes de que terminara de ordenar todas las palabras de su mente David levantó la mano.
Sostenía un brillante colgante. Una finisima cadena de oro que sostenía una piedrecilla verde.
—¿Qué es eso? —preguntó Martha.
—Nada, pero seguro que se le debió caer a tu... a él.
—Eso es absurdo, podría ser cualquier cosa.
—Tiene pinta de valioso, Martha. Y mira a tu alrededor, ¿te parece que si alguien dejara aquí una cadena de oro la dejarían tirada en el suelo como si no valiera nada?
Ese argumento era más que lo que Martha tenía que decir respecto al colgante, pero aún no había acabado.
—Eso no nos sirve de nada, aún así. Me tenías preocupada, hasta Moni se ha preocupado por ti... ¿Cómo se te ocurre venir aquí a estas horas?
—Tenía que hacer algo, ¿vale? No soy como tú, no me quedo sentado mientras las cosas pasan.
Martha retrocedió.
—¿Qué quieres decir con eso? —repuso ofendida.
—Mira, déjalo. He encontrado esto y tal vez sea importante, volvamos al Caldero Chorreante antes de que acabemos congelados aquí.
—Por mí vete a dónde quieras.
Martha se vino por donde había venido con paso firme, David se quedó pensativo examinando el colgante.
—Si yo fuera tú —dijo una voz al cabo de un minuto— tiraría eso a una hoguera.
David alzó la cabeza.
Asomada a la venta y con un camisón demasiado fino para la época le observaba una chica desde una ventana, debía de ser la de una vivienda.
El chico apenas pudo fijarse en su aspecto.
—¿Quién...?
La chica bajó la media ventana, terminando de cerrarla y desapareció.
—¿... eres?
David se quedó reflexionando y emprendió el camino de vuelta al Caldero Chorreante, seguido por Moni y por dos pares de ojos desde la oscuridad.
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   31/10/11, 04:12 pm

Esta muy bien =DDD sigue asi! ^^
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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   01/11/11, 02:36 pm

Que chulo^^ sigue prontoo Smile

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   01/11/11, 03:19 pm

o.o esta genial Very Happy
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   02/11/11, 05:48 pm

esta muy bueno tengo una gran intriga por saber quien era esa chica

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   28/11/11, 03:07 pm

me too xD otro dedalin, cuando publicas? xD
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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   28/11/11, 05:02 pm

esq ahora esta muy liado con los examenes,asi q no creo que publique hasta dentro de un tiempo

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   04/12/11, 07:54 am

Ea, haber cuando puedo subir algo!!
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   

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Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]
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