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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]

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dedalo15
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MensajeTema: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   18/09/11, 11:25 am

Muchos habréis leído el Fic de martita que es un crossover entre Percy y HP, ¿verdad? pues martita y yo hemos creado otra historia semejante. Alternativa y acoplada a la historia de Hogwarts tal y como sería después de la caída de Voldemort. ¡Esperamos que os guste!

Título:
Martha, David, Hogwarts, y otros peligros [TÍTULO PROVISIONAL]
Autores: dedalo15 (escritura, concepto). martita (concepto)
Resumen: Una historia alternativa sobre dos chicos sin techo que descubren que su verdadero hogar esta en Hogwarts....... de momento.
Etiquetas: Aventura, Misterio, Amistad, Harry Potter, Secuela, Amor.
Curiosidades: Parecido en el principio al fic de martita, pero el resto completamente nuevo:D
Capítulos: Número desconocido. Publicados, 3.
Estado: Empezado.



CAPÍTULO I


Todo lo que era capaz de oírse eran las bocinas de los coches en pleno atasco a las nueve de la mañana. Las repletas calles de Londres habrían el día con la misma parsimonia invernal de siempre, con malas caras ante el cielo encapotado e inminentemente lluvioso que lo envolvía todo. Una niebla inusual había envuelto la capital británica desde hacia un tiempo, y los londinenses creían de vez en cuando que vivían en una nube.
En la acera, formando parte de un gentío de hombres con maletines y mujeres con bolso de mirada pérdida que no iban más allá de la hora siguiente, se encontraba ella. Caminaba entre ellos como un fantasma, como una criatura imperceptible en la que nadie se molestaba en reparar. Su ropa estaba echa jirones, remendada y sucia. Unos pantalones, una camiseta de manga larga que le estaba chica y una chaqueta. Nada más. Cualquiera que hubiera visto sus vestimentas sabría enseguida que se trataba de una sin-techo, de otra alma perdida en medio del frenesí, pero el que el mirase a su cara dudaría.
Una expresión firme, serena y decidida. Ni un ápice de emociones, sólo una cara de póquer. Podría estar rebosante de júbilo o hundida en la tristeza, pero ella no dejaba que nadie lo descubriese. Sus ojos eran otro mundo. Brillantes, como si la luz incidiera sobre ellos, como si fueran los guijarros de un río. De color chocolate (a juego con su liso pelo, largo hasta los hombros), y con la pertenencia de un elemento desconocido imposible de identificar. Nadie podía mirarla y pensar que era sólo una chiquilla.
Su caminata se detuvo cuando un olor la invadió. Puso los ojos en blanco, intentando resistirse, pero no pudo evitar entrar en la tienda. Hacia cuatro días que no comía y el olor a barras de pan recién hecho eran demasiado intenso como para resistirse.
La tienda era pequeña, con una vitrina con dulces, pasteles, tartas tras la cual había estanterías llenas de barras de cualquier tipo. No había nadie a la vista, aunque en la trastienda se oía al menos a una persona. Cantaba acorde con la radio que había debido de encender, la cuál tenía el volumen tan alto que había eclipsado a la campana que había en la puerta.
La chica intentó resolver su dilema. ¿Qué había de malo en coger una barra, una sola? Seguro que aquel hombre no notaría la diferencia y ella podría tener al fin algo que llevarse a la boca. Pero sabía que estaba mal, que era injusto.
«¿¡Y qué pasa!? —exclamó una voz en su cabeza—, ¿¡acaso es justo lo que te ha pasado a ti!?»
Siendo plenamente consciente del mal que hacía y odiándose por ello, la chica rodeo el mostrador y agarró la primera barra que pudo. Se quemó al tocarla pero no el importaba. Dio media vuelta para salir corriendo cuando el hombre, aún cantando, atravesó la puerta abierta y la pilló, nunca mejor dicho con las manos en la masa.
—¡Pequeña, idiota! —exclamó—. ¡Dame eso, dámelo!
La chica retrocedió, acorralada hasta una esquina, aferrándose al pan como la única esperanza de vida que era. Se sentía intimidada por el hombre que le cortaba terreno, demasiados malos recuerdos.
Él le dio un manotazo y el pan aterrizo en el suelo, rodando.
—¡Estúpida!
La agarró de un brazo y se la acercó con fiereza. Ella gritó, viendo como él alzaba la mano. Y entonces ocurrió.
La luz se apagó, y la música quedó silenciada al no tener corriente.
—¿Pero qué demonios...?
—No. No, no... No, no, no, no, no —murmuró ella.
Los objetos comenzaron a temblar, como víctimas de un seísmo. Ella consiguió apartarse de él. En otros tiempos habría huido, pero sabía que eso era peor. Tenía que intentar pararlo.
Una caja registradora salió disparada de su sitio, aterrizando sobre el pecho del hombre y haciéndolo caer con un doloroso gemido a los píes de una de las estanterías. Esta se tambaleó para caer finalmente sobre él, dejándole inconsciente.
—¡No, no, ya basta! ¡Basta! —gritaba ella. Los objetos seguían temblando.
Pese a que la campana no había parado de sonoras con el terremoto, esta vez lo hizo más fuerte. Ella miró hacia atrás y vio como un chico se había adentrado en la tienda. Era muy semejante a ella. De pelo negro, como el carbón y de ojos marrones. Su ropa y la suciedad de su piel indicaban que, como ella, era un indigente. No se habían visto en la vida.
—¡Tú no deberías estar aquí! —le gritó ella.
—Oye, ¿pero qué...? —preguntó él.
Sus palabras se las comió un extraño sonido, como el de una succión. La niña se puso pálida. Corrió hacia la puerta pero esta se cerró, un chasquido indicó que lo había hecho con llave.
—¿Qué demonios...?
—¡Vamos! —susurró ella, presa de la urgencia, acercándose a él y cogiéndolo de una mano—. ¡Tenemos que salir de aquí ahora!
—¿O si no?
—Nos matará a todos.
Él no puso impedimentos y la siguió, algo asustado. Juntos atravesaron la trastienda en la oscuridad. Ella miró alrededor, buscando. Se le olvidó hacerlo justo a su lado, a medio metro.
—¡Repulso!
Los dos empezaron a volverse. Pero una ráfaga de luz roja los cegó por unos segundos. Ella, empujada por una fuerza aparecida de ninguna parte, salió despedida por el aire unos metros, cayendo en una mesa llena de harina, rodando y acabando en el suelo.
El chico pudo examinar a la tercera persona de la sala. Un hombre, a juzgar por la voz, alto y encapuchado, con una mascara en la cara. Llevaba una túnica cuyos pliegues casi rozaban el suelo. Toda su ropa era negra, y en la mano, tapada plenamente por un guante sujetaba un extraño y fino palo de madera.
—Un problema —susurró el desconocido—. En fin. ¡Avada Kedavra!
—¡No! —exclamó al chica, arrastrándose de el suelo a la maesa e intentando levantarse.
Hubo un destello verde, y después otro azulado.
Una especie de campo de energía rodeaba al chico, absorbiendo la luz verdosa del aire. El chico alzó las manos y toda esa energía fue despedida hacia el encapuchado, que acabó tirado en el suelo inmóvil.
—¿Lo has matado? —exclamó la niña, estupefacta.
Él se dio la vuelta lentamente hasta poder mirarle la cara, su mirada estaba perdida.
—¿Qué acaba de pasar?
Ella se tomó un sólo segundo para pensar.
—¡Tenemos que salir de aquí ya, antes de que vengan más!
Sin comprender demasiado lo que ocurría, él la siguió hasta la puerta que había en la trastienda. Ella trató de abrirla pero estaba bloqueada con llave.
—Vamos ábrete —susurró—, vamos, vamos.
—¡Ábrete! —la imitó el chico—. Esto no sirve de nada.
Ella giró la cabeza hacia él. El chico habría jurado que los ojos de la chica eran marrones, pero ahora, entre la oscuridad, relucía un verde esmeralda.
—Dame la mano —dijo ella arrastrando las palabras con una rara entonación, él obedeció.
—Á... bre... te —añadió ella, con calma y parsimonia. Pasó un sólo segundo después de que ella pronunciase la palabra, y entonces la puerta explotó. Ambos se agacharon con la lluvia de astillas. Algo confusa ella pestañeó varias veces y miró al chico—. ¡¿Cómo has conseguido abrirla?! —exclamó, estupefacta.
—¡Pero si has sido...!
—Es lo mismo. ¿Cómo te llamas?
—¿Cómo te llamas tú?
—Yo, Martha.
—Yo, David.
—Bien, David. Me parece que tienes que contarme un par de cosas.


===

¿Qué os parece =)?


Última edición por dedalo15 el 05/10/11, 01:44 pm, editado 6 veces
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   18/09/11, 12:19 pm

me encantaaaaaa!!!!jujujuju

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   19/09/11, 01:17 pm

Os dejo con la primera parte del capítulo dos!!Very Happy

CAPÍTULO II


Habían pasado ya cuatro años desde que aquel grupo dúo de chica y chico de seis años huyera de la panadería. Estaba claro que tenían algo en común, algo sin identificar. En extrañas situaciones les ocurrían fenómenos inexplicables de los que rara vez eran conscientes. Y estaba también claro que si se trataba de lo mismo ellos tenían algún tipo de relación.
—Será mejor que me vaya —había dicho David la noche del día que se conocieron tras una larga conversación—, debería buscar comida...
—¡Espera, no puedes irte! —le gritó ella agarrándolo de la estropeada cazadora vaquera azul—. Ellos siguen ahí fuera, los hombres de las túnicas...
—¿Quiénes son?
—No lo sé. Pero matan a la gente.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—Pues explícamelo.
—No voy a hacerlo. Tendrás que creerme.
—Ja. Pues hay te quedas...
El chico continuó su camino y ella volvió a intentarlo una vez más.
—¿No lo entiendes, verdad? Los dos somos iguales, a los dos nos ocurre lo mismo. No sabemos lo que es, pero si continuamos juntos tal vez lo averigüemos. Nos ayudaremos mutuamente a protegernos de ellos.
—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?
La chica buscó algún argumento convincente, sin encontrarlo. Así que buscó otro cosa.
De entre su ropa consiguió sacar una navaja manual, vieja y oxidada.
El chico se apartó, pero la lentitud de los movimientos de ella la tranquilizo. Tímidamente agarró su mano, una mano algo áspera para tratarse de la de un niño de seis años. Colocó en ella la navaja e hizo que cerrase el puño en torno a ella. Después sacó la cuchilla y aún agarrándole la mano la dirigió hasta su cuello, a sólo unos centímetros de las cuchilla. Un leve movimiento y ella dejaría de existir.
—Así has de saberlo.
Le soltó la mano, y él se quedó con al mano alzado, apuntando a su cuello y observando sus ojos marrones.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Martha.
Hundió la hoja en su cuello.
No fue doloroso, ni siquiera profundo, meramente superficial. Un leve hilo de sangre circulo hombro abajo perdiéndose en el pecho de ella, la cuál con la respiración agitada mantenía la compostura.
—Te creo.
Aquella fue la conversación más profunda que tuvieron hasta llegar a cumplir los diez años. Su vida entera se dedicaba a la vagancia por calles de la capital británica, de aquí a allá buscando comida en contenedores de basura de restaurantes y cobijo en fuertes hechos con cajas en callejones inhóspitos y oscuros. Ninguno de los dos sabía los motivos del otro, pero no querían dejarse atrapar. Nada de hospedajes, de hogares para gente desfavorecida, querían desaparecer de la vida, sin dejar de formar parte de ella del todo.
Casi lo consiguieron.
No fueron pocas las veces que tuvieron que huir de agentes de la ley, y de incluso algunos hombres encapuchados y con túnica que se les aparecían. Siempre se las lograban escapar. Cuando ella se sentía amenaza los objetos que hubiese cerca se precipitaban contra su agresor y lo hundían. Si se trataba de él, siempre lograba la forma de escapar, podía pasar por delante de un agresor y por más que este lo intentara salir sin un rasguño de su camino, y el atacante siempre salía herido.
Era extraño, y a ninguno de ellos le gustaba, pero no dependía de ellos.

Aunque el mes de mayo era caluroso, las noches eran tremendamente frías en Londres. Martha y David pasaban la noche bajo una pila de cajas en un callejón comunicante con la trastienda de un restaurante chino, intentando pasar desapercibidos entre cartones con extraños símbolos rotulados. Ambos estaban abrazados, sin más objetivo que el de mantener lejos el frío, y semi dormidos. La experiencia les había enseñado a no permitirse nunca creerse a salvo.
Por eso escucharon los pasos.
Retumbaban por el callejón como una sórdida presencia. Cualquier persona normal que transitase esa zona a aquellas horas no estaría haciendo nada bueno, y por tanto se molestaría en guardar un poco de discreción. En cambio, aquellos pasos parecían una señal, un aviso. «Estoy aquí, y cada vez más cerca. Más cerca. Más cerca...»
—David —susurró Martha—. Hay alguien.
—Mmm... ¿Qué? —dijo el chico, algo aletargado.
—¡Shh! Silencio. Huyamos.
—¿Estás segura?
—Sí. Venga.
Los chicos esperaron el momento propicio para salir descabullidos. Los lentos avanzares se aproximaron y después se detuvieron. Ambos retuvieron sus alientos con el fin de ser lo más silencioso posible.
—Podéis salir de ahí, chicos —dijo una suave voz—. No os haré daño.
Aquellas palabras eran nuevas. Ni los policías, ni los inspectores sociales, ni los hombres encapuchados habían usado nunca ninguna de ellas.
—Sé quienes sois, Martha y David —prosiguió la femenina voz—. Sé lo que podéis hacer. Yo soy como vosotros.
Martha se encogió todavía más en el rincón, presa del miedo y de la incertidumbre. David, para sorpresa de ella salió de entre las cajas. Supuso que estaba ocurriendo otra vez, se estaba autoprotegiendo como hacia siempre inconscientemente. Más esta vez habló.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Luna Lovegood. Soy igual que tú y que tu amiga, aunque os cueste creerlo.
—Demuéstrelo.
La mujer era alta y delgada. De pelo rubio, pero casi blanco, sus facciones eran finas y sus ojos unos profundos pozos grisáceos. De la túnica malva que vestía sacó un palo de madera de unos veinte centímetros. David retrocedió fijándose en lo similar que era a los de aquellos hombres que habían intentado apresarles. Pese a todo, la mujer lo alzó y de su extremo empezó a crecer un extraño fideo verde, o al menos eso fue lo que en un principio creyó David.
Un tallo germinó de la punta de la barita, produciendo hojas y un rosado capullo. Como si de una mariposa se tratase, se soltó del extremo de la madera y gracilmente levito hasta las manos del muchacho. Se desvaneció en una nube de estrellitas.
—Qué pena —comentó la mujer—. Esos nargels no se llevan demasiado bien con los de aquí. Espero que acaben compartiendo sus juguetes.


CONTINUARÁ...
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   19/09/11, 01:27 pm

como molaaaa!!!!!!me ha encantadooo:) a ver si la gente se anima y lo lee que merece la penaaaa

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   19/09/11, 01:28 pm

graciaaas=D. el cpaitulo 2 aun no esta acabdo pero es que no se cuanto ams me va a dar tiempo a escribir, y como el uno era muy corto pueees... jajaj
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martiita
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   19/09/11, 01:31 pm

okeeei jajajaj tu tomate tu tiempo........xD

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 08:58 am

me a encantado si no esistiera lo de harry potter lo podriais publicar perfectamente
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 09:42 am

gracias:)
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 11:21 am

Sta super *0* Amo como escribes (;
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 11:33 am

compi!!!!!te lo has leido jajajaj a que molaaa???

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 12:01 pm

siiii ^^
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 12:58 pm

Cuando martita recomienda algo es que esta muy bien asi que te he hecho caso y lo lei y tenias razon esta genial esperamos todos el tercero
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Mili Sanchez
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 01:07 pm

bounce
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dedalo15
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 01:16 pm

Gracias a todos. Es por vuestro apoyo por el que sigo. Aquí os dejo el segundo completo. Es un poco largo, pero así tiene más gracia, ¿no?Smile Un saludo!!

CAPÍTULO II


Habían pasado ya cuatro años desde que aquel grupo dúo de chica y chico de seis años huyera de la panadería. Estaba claro que tenían algo en común, algo sin identificar. En extrañas situaciones les ocurrían fenómenos inexplicables de los que rara vez eran conscientes. Y estaba también claro que si se trataba de lo mismo ellos tenían algún tipo de relación.
—Será mejor que me vaya —había dicho David la noche del día que se conocieron tras una larga conversación—, debería buscar comida...
—¡Espera, no puedes irte! —le gritó ella agarrándolo de la estropeada cazadora vaquera azul—. Ellos siguen ahí fuera, los hombres de las túnicas...
—¿Quiénes son?
—No lo sé. Pero matan a la gente.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—Pues explícamelo.
—No voy a hacerlo. Tendrás que creerme.
—Ja. Pues hay te quedas...
El chico continuó su camino y ella volvió a intentarlo una vez más.
—¿No lo entiendes, verdad? Los dos somos iguales, a los dos nos ocurre lo mismo. No sabemos lo que es, pero si continuamos juntos tal vez lo averigüemos. Nos ayudaremos mutuamente a protegernos de ellos.
—¿Cómo sé que puedo fiarme de ti?
La chica buscó algún argumento convincente, sin encontrarlo. Así que buscó otro cosa.
De entre su ropa consiguió sacar una navaja manual, vieja y oxidada.
El chico se apartó, pero la lentitud de los movimientos de ella la tranquilizo. Tímidamente agarró su mano, una mano algo áspera para tratarse de la de un niño de seis años. Colocó en ella la navaja e hizo que cerrase el puño en torno a ella. Después sacó la cuchilla y aún agarrándole la mano la dirigió hasta su cuello, a sólo unos centímetros de las cuchilla. Un leve movimiento y ella dejaría de existir.
—Así has de saberlo.
Le soltó la mano, y él se quedó con al mano alzado, apuntando a su cuello y observando sus ojos marrones.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Martha.
Hundió la hoja en su cuello.
No fue doloroso, ni siquiera profundo, meramente superficial. Un leve hilo de sangre circulo hombro abajo perdiéndose en el pecho de ella, la cuál con la respiración agitada mantenía la compostura.
—Te creo.
Aquella fue la conversación más profunda que tuvieron hasta llegar a cumplir los diez años. Su vida entera se dedicaba a la vagancia por calles de la capital británica, de aquí a allá buscando comida en contenedores de basura de restaurantes y cobijo en fuertes hechos con cajas en callejones inhóspitos y oscuros. Ninguno de los dos sabía los motivos del otro, pero no querían dejarse atrapar. Nada de hospedajes, de hogares para gente desfavorecida, querían desaparecer de la vida, sin dejar de formar parte de ella del todo.
Casi lo consiguieron.
No fueron pocas las veces que tuvieron que huir de agentes de la ley, y de incluso algunos hombres encapuchados y con túnica que se les aparecían. Siempre se las lograban escapar. Cuando ella se sentía amenaza los objetos que hubiese cerca se precipitaban contra su agresor y lo hundían. Si se trataba de él, siempre lograba la forma de escapar, podía pasar por delante de un agresor y por más que este lo intentara salir sin un rasguño de su camino, y el atacante siempre salía herido.
Era extraño, y a ninguno de ellos le gustaba, pero no dependía de ellos.

Aunque el mes de mayo era caluroso, las noches eran tremendamente frías en Londres. Martha y David pasaban la noche bajo una pila de cajas en un callejón comunicante con la trastienda de un restaurante chino, intentando pasar desapercibidos entre cartones con extraños símbolos rotulados. Ambos estaban abrazados, sin más objetivo que el de mantener lejos el frío, y semi dormidos. La experiencia les había enseñado a no permitirse nunca creerse a salvo.
Por eso escucharon los pasos.
Retumbaban por el callejón como una sórdida presencia. Cualquier persona normal que transitase esa zona a aquellas horas no estaría haciendo nada bueno, y por tanto se molestaría en guardar un poco de discreción. En cambio, aquellos pasos parecían una señal, un aviso. «Estoy aquí, y cada vez más cerca. Más cerca. Más cerca...»
—David —susurró Martha—. Hay alguien.
—Mmm... ¿Qué? —dijo el chico, algo aletargado.
—¡Shh! Silencio. Huyamos.
—¿Estás segura?
—Sí. Venga.
Los chicos esperaron el momento propicio para salir descabullidos. Los lentos avanzares se aproximaron y después se detuvieron. Ambos retuvieron sus alientos con el fin de ser lo más silencioso posible.
—Podéis salir de ahí, chicos —dijo una suave voz—. No os haré daño.
Aquellas palabras eran nuevas. Ni los policías, ni los inspectores sociales, ni los hombres encapuchados habían usado nunca ninguna de ellas.
—Sé quienes sois, Martha y David —prosiguió la femenina voz—. Sé lo que podéis hacer. Yo soy como vosotros.
Martha se encogió todavía más en el rincón, presa del miedo y de la incertidumbre. David, para sorpresa de ella salió de entre las cajas. Supuso que estaba ocurriendo otra vez, se estaba autoprotegiendo como hacia siempre inconscientemente. Más esta vez habló.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Luna Lovegood. Soy igual que tú y que tu amiga, aunque os cueste creerlo.
—Demuéstrelo.
La mujer era alta y delgada. De pelo rubio, pero casi blanco, sus facciones eran finas y sus ojos unos profundos pozos grisáceos. De la túnica malva que vestía sacó un palo de madera de unos veinte centímetros. David retrocedió fijándose en lo similar que era a los de aquellos hombres que habían intentado apresarles. Pese a todo, la mujer lo alzó y de su extremo empezó a crecer un extraño fideo verde, o al menos eso fue lo que en un principio creyó David.
Un tallo germinó de la punta de la barita, produciendo hojas y un rosado capullo. Como si de una mariposa se tratase, se soltó del extremo de la madera y gracilmente levito hasta las manos del muchacho. Se desvaneció en una nube de estrellitas.
—Qué pena —comentó la mujer—. Esos nargels no se llevan demasiado bien con los de aquí. Espero que acaben compartiendo sus juguetes.
David no supo que decir. Martha decidió salir de su escondrijo para saber lo que estaba ocurriendo, no parecía que se produjera ningún tipo de amenaza. Miró a la mujer de arriba a abajo y esta hizo lo mismo sonriendo.
—Sé que estáis confusos y perdidos... En el fondo sois como todo el mundo. Si me acompañáis puedo enseñaros quienes sois, lo que podemos hacer.
Martha retrocedió.
—Ya sé lo que puedo hacer. Es horrible.
—No te confundas, eso depende de ti. Si quieres puedes hacer cosas buenas.
—¿Cómo? —dijo la niña, deteniéndose. No se sentía amenaza, al menos no por la mujer. Pero pasar de su vida anónima llena de misterio a conocer todo lo que siempre supo en apenas unos segundos no parecía algo posible.
—¿Adónde nos va a llevar?
—Lo primero, al Caldero Chorreante. Pasaréis la noche allí en una cama, y podréis cenar y descansar.
—¿Qué somos? —preguntó David.
—Magos —respondió ella. Lo dijo de forma natural, daba la impresión de que simplemente les estaba diciendo que hora era.
—Eso no puede ser cierto —dijo la chica con frialdad.
—Puede que sí... —la mujer alzó la varita y la movió grácil pero firmemente, como si quisiera dibujar algo detalladamente en el aire. Una extraña liebre de un color azulado casi traslucido apareció en el aire. Dio unos cuantos saltitos sobre sus cabezas, dibujando un círculo, como si siguiera un camino determinado y después se desvaneció dejando tras de si una estela cuya luminosidad se iba convirtiendo poco a poco en inexistente—. O puede que no.
Martha caminó hacia ella.
—Llévenos con usted.
—¡Martha! —David la miró con los ojos muy abierto. Expresándose sin necesidad de palabras.
—¡Estoy cansada de huir! Si ella puede ayudarnos yo estoy dispuesto a acompañarla.
—Martha...
—Iré con o sin ti. Y me gustaría que mi mejor amigo me acompañase.
David vaciló. Ella le tendió la mano, él siguió dudando. Rememoró todo el tiempo que habían pasado juntos. Todas las noches soportando el frío, todos los días buscando comida. Conviviendo el uno con el otro en un entorno hostil. No podría seguir como siempre sin saber nada de ella. ¿O sí?
Se aferró a su mano y ella lo atrajo a su lado.
—Estamos listos —anunció Martha.
La mujer sonrío.
—Vaya. Hasta los nargels han dejado de pelearse. Dadme la mano.
La chica le tendió el miembro que le quedaba libre. Sin previo aviso, los tres desaparecieron.

La sensación de vértigo que les invadió había sido suficiente intensa como para que ambos pensaran que se habían ido con la persona inadecuada. Chico, chica y mujer aparecieron en una de las empedradas ceras de Londres. Mientras que la mujer seguía de pié y erguida, los dos adolescentes luchaban por levantarse del suelo. Ella los ayudó.
—Vomitar es normal al principio —fue lo único que dijo. Y esas palabras no le proporcionaron suficiente fuerza.
Atravesaron al puerta de un extraño establecimiento algo mugroso. Daba la sensación de que al propietario no le importaba demasiado la impresión exterior que un cliente en potencia pudiera tener de su taberna desde la calle. Por fortuna, la higiene era más presente en el interior.
Era un lugar amplio, y no por ello espacioso. Se hallaba abarrotado de mesas y de sillas, todas ocupadas por personas de toda clase sin ningún tipo de similar, salvo sus extrañas ropas. Todos llevaban túnicas. David y Martha se pegaron más el uno al otro, y él se llevó la mano a la navaja que su amiga le había regalado hacia muchos años.
Unos borrachos coreaban, sin ninguna clase de armonía, en una esquina una canción que para los chicos carecía de todo sentido. Hablaba de calderos, de ojos de rana, patas de lagarto y el cerebro de algo llamado «clabbert». Daba la sensación de que intentaban hacer una lista de cosas que sonaran repugnantes en verso y con melodía.
Unas escaleras de madera maltratada por el tiempo ascendían a un primer y único piso. En el pasillo de este se leía claramente una placa dorada en la que estaba grabado. «Habitaciones, derecha. Uso privado para el servicio, izquierda.»
—Hola, Tommy —dijo la mujer al acercarse a una barra rodeada de taburetes ocupados por hombres silenciosos de mirada perdida que sorbían automáticamente de sus jarras y pelaban con parsimonia pistachos. Martha creyó ver como uno de los frutos secos se desplazó, a modo de saltos, hasta el suelo, y se perdió bajo las patas de los muebles. Otra explicación era imposible, pero ella estaba segura de que al hombre no se le había escurrido el fruto—. ¿Cómo va el negocio?
—Se lo ruego, Profesora Lovegood, no me llame así. Soy Tom.
—Es que no me acostumbro a llamarte igual que tu padre, en clase siempre te llamábamos Tommy. Dejaré de hacerlo pero tú no vuelvas a llamarme sólo por mi apellido.
—¡Pero es mi trabajo, Luna!
—«El cliente siempre tiene razón», Tom —dijo ella sonriendo, dando amablemente por zanjada la conversación. Él sonrió mirando al suelo, secando con un trapo misteriosamente impoluto una jarra tan grande como una cartera. ¿Quién podría necesitar un recipiente tan pequeño?
—Veo que traes compañía, ¿quiénes son estos chicos?
David esperó a que fuera Luna quien los presentara, pero Martha era demasiado independiente para eso.
—Martha —anunció. David la imitó y dijo su nombre.
—David —repitió Tom el tabernero, usando el homónimo inglés, pronunciando a letra A como “Ei”
—David —corrigió el chico, irritado.
—Son del programa de becas a niños pobres —explicó Luna—. Debo de ocuparme de ellos antes de que empiecen el colegio.
—¿¡Colegio!? —exclamó Martha—. ¡Yo no voy a ir a un sitio tan público!
—Tranquila —dijo el camarero, sonriente—. Hogwarts no tiene nada de pública. No te encontrarás ningún muggle allí.
—¿«Muggle»?
—Ya os lo explicaré más tarde —intervino la señora—. ¿Qué tal si cenamos? Me muero por algo de pudín.
—Eh... Profesora Lovegood —dijo David, imitando la forma en la que Tom la había llamado—, el pudín es un postre.
—Ya... Pero está rico.

* * *

Los chicos comían como si no lo hubieran hecho hacia mucho tiempo, y es que así era. Mientras tanto, Luna Lovegood vaciaba el cuenco del sexto pudín que se tomaba.
—¿Qué son los muggles? —preguntó David, entre dentelladas a los espaguetis, una comida nada típica de una taberna inglesa.
—Gente no-mágica. Vosotros podéis hacer cualquier cosa. Ellos no. No son magos como nosotros.
—¿Y Hogwarts?
—Será la escuela dónde aprendáis a usar vuestros poderes. Aprenderéis mucho, ya lo veréis. Y soy la directora.
David paró repentinamente de comer, pese a que se moría por terminar de vaciar su segundo plato. A Martha le extrañó el gesto, pero no se detuvo. Si la chica decía que tenía hambre, es que tenía hambre de verdad.
—L-Lo siento, Profesora Lovegood pero me temo que no vamos a poder acompañarla. Nosotros no tenemos dinero. No podemos permitirnos ir a una escuela ni tampoco la cena... Debería haberla avisado antes.
—Oh, ya lo sé, no te preocupes. A la cena invito yo, hijo. Además, no vais a tener que pagar nada. El Ministerio de Magia sabe que hay muchos chicos como vosotros que no pueden recibir toda la ayuda que necesitan y por eso destinan becas para que todos los alumnos que sea posible sean capaces de asistir al colegio. Obviamente no será como ser un estudiante más. Los libros que uséis serán de segunda mano y puede que también vuestro equipamiento, pero el Ministerio se preocupará de que completéis vuestros siete años formándoos como los magos que debéis llegar a ser.
—¿¡Siete años!? —Martha dejó de comer. A David el sorprendió hasta que se percató de que en su plato no quedaba ni rastro de los filetes que había pedido. La chica no tardó en atacar el vaso de líquido amarillo que la Profesora había pedido para cada uno.
—Sí. Hogwarts es una escuela interna. Podéis pasar en ella todo el curso y volver después del verano. Durante ese tiempo os quedaréis en una casa de acogida proporcionada por el Ministerio. Todo está cubierto.
—Así que... ¿Nos van a regalar todo eso sin más?
—Sí. Bueno... no sin más. Tenéis que aprovechar la oportunidad que se os ofrece y aprobar todas vuestras asignaturas. De no hacerlo, el Ministerio sólo os ofrecerá casa y no pondrá ni un solo sickle en vuestra educación. Dinero de magos —se apresuró a explicar al ver como David abría la boca.

* * *

Martha se dejó llevar por la placentera sensación del agua bañando su cuerpo cuando se dio su primera ducha en mucho tiempo. Redescubriendo su autentico color de piel dio vueltas y vueltas en el cuarto de baño que la Profesora Lovegood le había reservado. Por un lado pensaba que iba a despertarse en cualquier momento, por otro que en los sueños no se sentía algo tan maravilloso como aquello, como mucho se contemplaba y se reconocía su grandeza, pero jamás le invadía a uno. Eso tenía que ser autentico.
Salió de la ducha cuando terminó de lavarse, sin dejar de mover la cabeza al sentir su pelo liso y suelto. Envolvió su húmedo cuerpo con una toalla blanca planchada que había estado depositada sobre el lavabo. Se aproximó al espejo y pasó las mano por el cristal para retirar el agua condensada. Contempló su cara, llevándose las manos a la boca con algo de incertidumbre. Hacía tanto tiempo que no sonreía que durante un momento se asustó de ver su boca dibujando esa línea curva que se extendía hasta debajo de los pómulos.
Salió del dormitorio. A los pies de la única cama de colcha amarilla que había en la habitación de suelo de madera deteriorado, encontró a la Profesora Lovegood.
—Hola. Te he traído esto —saludó, refiriéndose a un montón de prendas dobladas que reposaban encima de la cama, en un montón perfectamente cuadrado—. Es ropa de tu talla, o eso espero. Un camisón y algo de vestimentas informales, mañana ya nos ocuparemos de comprar más. La que llevabas puesta te estaba pequeña, aún así la he mandado a lavar. Os despertaré a ti y a David por la mañana. Tenemos mucho que hacer, y el verano hay que aprovecharlo —la mujer caminó hasta la puerta de la habitación—. Buenas noches, Martha.
—Mmm... Buenas noches —se apresuró a decir ella, sintiéndose frágil.
La puerta se cerró tras la mujer y los pasos se alejaron por el pasillo.
Martha dejó caer la toalla húmeda sobre la colcha de la cama y se vistió con el camisón que le habían regalado. Era blanco, pero opaco. Tenía dibujado por todas partes unos lacitos rosas. La falda le llegaba hasta las rodillas. No tenía mangas, sino tirantes. Parecía ropa demasiado fresca, pero con el ambiente cálido del local se estaba perfectamente con él.
Retiró la toalla de la cama y la echó a un canasto de mimbre con un cartel de papel pegado con celo que rezaba «Échame ropa sucia». Nada más dejar caer la tela en su interior, la obertura del canasto se movió como una boca, eructó.
—Gracias, guapa. ¿Me vas a dar algo más o me llevo esto?
Martha reunió fuerza para hablar, recuperándose del susto.
—N-No. Puedes llevártelo.
—Muy bien, maja. Que duermas bien.
El canasto empezó a arrastrarse por el suelo, como un caracol, pero con una velocidad asombrosa. La puerta se abrió para hacerle paso y desapareció de la vista de la estupefacta chica.
La chica guardó el resto de la ropa —unos vaqueros, deportivas y una camiseta femenina con una estrella que ponía «U ‘R a Firework!» en el armario. Apagó la luz y se refugió debajo de la colcha.
Pasaron veinte minutos. La cama era perfecta, la temperatura era agradable, tenía el estómago lleno y todas sus necesidades cubiertas. Y aún así no podía dormir.
Dio vueltas y vueltas en la cama, pensando que un cambio de postura la ayudaría a conciliar el sueño, pero no fue un procedimiento nada efectivo. Finalmente decidió salir de la cama.
Descalza y sin encender la luz, recogió la llave de su habitación. Después salió al pasillo. No estaba iluminado, pero del extremo entraba algo de luz que se filtraba de la zona del bar, que aún permanecía abierta. Mientras se dirigía a la puerta de en frente escuchó como los borrachos cantores discutían.
—¡Te digo que la baba de gorro rojo va antes que el cuerno de streleer!
—¡Pues entremedias va la pata de monncalf, para que te enteres!
La chica trató de abrir la puerta, esperando que no estuviera cerrada. Tuvo suerte y entró en la habitación. Sabía que esa era la que buscaba porque había visto como la Profesora Lovegood la reservaba.
—¿David? —preguntó a la oscuridad.
—Martha —dijo este desde su cama—. Pasa.
La chica cerró la puerta y se aproximó a la cama. Él se incorporó y ella se sentó en el colchón.
—No podía dormir.
—Yo tampoco —admitió el chico.
—Es muy extraño que todo haya cambiado de repente. No parece real.
—Te comprendo, cuesta asimilarlo.
Ambos guardaron silencio unos segundos.
—Creo que no merezco esto —dijo al fin la chica, cabizbaja.
—¡Ey! Lo que nos está ocurriendo es bueno, Martha.
—Lo sé —respondió con voz débil. El chico le dio un nuevo sentido a la frase.
—No lo entiendo —le dijo, sin saber porque la adolescente no se creía merecedora de lo que le estaba sucediendo.
—¿Nunca te he contado por qué vivía en la calle? —el chico no respondió. Ambos conocían la respuesta—. Mi padre —comenzó ella, con la voz algo quebrada— se dedicaba al contrabando de especies exóticas. Ganaba mucho dinero, los despilfarraba y no importaba, seguía teniendo más. Lo que vendía sobretodo eran perlas de Snoopie. Es una variedad poco conocida y muy valiosa. Cuando tuve la edad suficiente como para entenderlo me enfurecí con él, le grité y le dije que si no dejaba de hacer eso me iría de casa... Eligió —David observó como sus ojos resplandecían en la oscuridad, no era el brillo que solían tener, era otro añadido, uno que se separó de sus ojos y bajó tímidamente por las mejillas. El chico se acercó aún más a ella y le colocó una mano en cada hombro, apretándoselos cariñosamente para confortarla. Ella continuó hablando—. Mi madre nunca lo supo. Estaba enferma desde que yo era pequeña. Me gustaría tanto verla... Pero si mi padre me encontrara me obligaría a quedarme en mi antigua casa. No puedo permitir eso. Iba mucho más que los negocios, mataba gente... Y al querer escaparme yo sin querer maté a dos de sus guardias de seguridad, y casi a él. No merezco oportunidades.
Continuó llorando. David trasladó los brazos más abajo para abrazarla. Aunque la chica no se separó de su lado tampoco se acercó más a él.
—No es culpa tuya, Martha. No fue adrede —la chica sollozó, y sacudió la cabeza como si quisiera no creerle, pero David estaba convencido de sus palabras—. Ahora podrás aprender a controlar eso que te pasa, conmigo. Yo estaré a tu lado. Los dos nos libraremos de eso y podremos tener una vida mejor.
Marta dejó de llorar, dejándose llevar por sus palabras y por fin asintiendo.
—Sí. Sí. Tienes razón —dijo aclarándose la garganta pasado ya el berrinche—. Todo va bien.
Durante unos minutos permanecieron así. Ella calmándose, respirando hondo mientras él le infundía su apoyo. Por un momento Martha pensó que David iba a contarle su historia también pero el chico no dijo una palabra. Aunque ella no lo supiera faltaba muchísimo tiempo para que lograse conocer el pasado del chico. Lo que ninguno de los dos sabía era que, por importante que fuese su pasado, de ahora en adelante no podían imaginarse lo importante que iba a ser su futuro.


Contunuará...
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 01:29 pm

como molaaaaaaaaaa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!me doi penica a mi misma........xDDDD me encantaaa jajajjaaja sigue escribiendoooo!!!
y que sepas que todavia tengo hambre¬¬

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 01:29 pm

jajajajjaaja, cuidado que lo importante no es que tire rayos: es que os coma!! xD
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 02:06 pm

jajajajajajj pero primro les lanzo un rayo pa tostarlos que estemas ricos........
anda sube prontoooo!!!!!!!!!

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 02:20 pm

Mañana como muy temprano
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   20/09/11, 03:55 pm


Okeeei Smile

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   21/09/11, 03:11 pm

Os dejo un trozito del capitulo 3, es lo unico que me ha dado tiepo a escribir. Cuando peuda, cuelgo más:)


CAPÍTULO III


Una brisa acarició la cara de Martha y ella abrió los ojos para ver de lleno el alba a través de la ventana abierta, cuyas cortinas se ondeaban como fantasmas anclados a un punto que, como perros encadenados, trataban de acercarse sin conseguirlo.
Al principio la chica se sintió fuera de lugar, después recordó todos los datos del día anterior, había parecido tan fantástico que no parecía real. Sintió un aliento en el cogote y giró la cabeza algo alarmada. La cabeza de David reposaba sobre la almohada derramando su largo pelo negro como un charco de tinta que no corría por las sabanas, sino que se mantenía estática. Su respiración producía un ligero sonido, como si se estuviera aclarando la garganta muy silenciosamente. Sus ojos seguían cerrados, Martha pensó que debía de ser muy temprano.
Recordó el fin del día anterior y decidió que lo mejor era volver a su dormitorio. Quizás a la Profesora Lovegood no le gustara que hubieran dormido en la misma habitación, a fin de cuentas había reservado una para cada uno. Con todo el cuidado del que fue capaz, retiró el brazo derecho del chico, el cuál reposaba muerto a la altura de los riñones de ella y lo depositó en el colchón. David siguió durmiendo plácidamente y ella se levantó.
Caminó hasta su habitación agitándose el pelo con la mano abierta, pues la noche siempre lo convertía en una selva de enredo. Atravesó el silencioso pasillo y entró en su habitación. Aquella calma la invitaba a volverse a dormir, y se decidió a volver a intentarlo en su propia cama. Pese a que ya se había despertado se sentía aletargada.
No obstante, en su habitación una voz la asustó.
—No disfrutarás de tu vida metida en una caja. Tienes tanto miedo a correr el riesgo, que así nunca vas a triunfar —canturreó una voz chillona en el cuarto de baño.
Martha se aproximó con cautela, intentando no hacer ruido al caminar. Quien quiera que estuviera en el baño estaba raspando dos cosas la una contra la otra. Cuando la adolescente llegó al umbral de la puerta y abrió mucho los ojos mientras se llevaba una mano a la boca.
Un extraño ser tan alto como dos tercios de una mesita de noche revolvía en el baño. Llevaba a modo de ropa un uniforme azulado y no muy lejos tenía un carrito de limpieza, con fregonas y resto de utensilios con el tamaño adecuado para sus pequeñas manos. Su piel era entre marrón y gris. La cabeza era completamente calva con unas grandes orejas puntiagudas y caídas que a Martha le recordaban a los pétalos de una de esas flores enormes extranjeras medio secas.
El ser levaba con un paño el lavabo, subido a un taburete sin el cuál el resultaría imposible llegar mientras cantaba su cancioncilla.
—Las normas y la gente... ¡Aaaah! —exclamó a ver a Martha reflejada en el espejo. La sorpresa fue tan grande que el taburete empezó a tambalearse peligrosamente y la criatura casi pierde el equilibrio.
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   21/09/11, 04:08 pm


Jajjaajaa muy bueno!quiero saber como sigue!
Has puesto la letra de waiting outside the lines!!xD

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   21/09/11, 04:18 pm

xD esta geniaaaal Very Happy a ver como sigue n.n
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   21/09/11, 04:22 pm


Sube prontoo!o si no en el recreo no te dejo en paz muahahahahaha!

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   21/09/11, 06:17 pm

Por ahora me he leido el primer capitulo y he quedado impresionada de tu tecnica para escribir que sobresale muchisimo. Tienes bastante talento y espero que de mayor pueda leer algun libro tuyo -si es que tienes pensado dedicarte a ello- te doy un consejo si quieres dedicarte a la escritura: en los fan fics, no te esfuerzes tanto, liberate y hazlos mas a tu rollo, pues asi es diferente a la escritura y un solo hobbie diferenciable.

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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   22/09/11, 12:52 pm

Gracias^^. De todos modos he intentado muchas vecer ir mas al grano pero es que me cuesta mucho abreviar:S Por alguna razon para mi es importante hasta el ultimo detalle y no se resumirlo más, aún así lo intentaré. Muchisimas gracias:D
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MensajeTema: Re: Fanfic: "Martha, David, Hogwarts, y otros peligros" [+4.5/?!]   

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