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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 La Casa de Hades

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Orfeo23
Asclepio
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MensajeTema: La Casa de Hades    07/10/13, 10:05 pm


Contenido:

I: Hazel
II: Hazel
III: Hazel
IV: Hazel
V: Annabeth
VI: Annabeth
VII: Annabeth
VIII: Annabeth
IX: Leo
X: Leo
XI: Leo
XII: Leo
XIII: Percy
XIV: Percy
XV: Percy
XVI: Percy
XVII: Frank
XVIII: Frank
XIX: Frank
XX: Frank
XXI: Annabeth
XXII: Annabeth
XXIII: Annabeth
XXIV: Annabeth
XXV: Hazel
XXVI: Hazel
XXVII: Hazel
XXVIII: Hazel
XXIX: Percy
XXX: Percy
XXXI: Percy
XXXII: Percy
XXXIII: Jason
XXXIV: Jason
XXXV: Jason
XXXVI: Jason
XXXVII: Annabeth
XXXVIII: Annabeth
XXXIX: Annabeth
XL: Annabeth
XLI: Piper
XLII: Piper
XLIII: Piper
XLIV: Piper
XLV: Percy
XLVI: Percy
XLVII: Percy
XLVIII: Percy
XLIX: Leo
L: Leo
LI: Leo
LII: Leo
LIII: Annabeth
LIV: Annabeth
LV: Annabeth
LVI: Annabeth
LVII: Jason
LVIII: Jason
LIX: Jason
LX: Jason
LXI: Percy
LXII: Percy
LXIII: Percy
LXIV: Percy
LXV: Frank
LXVI: Frank
LXVII: Frank
LXVIII: Frank
LXIX: Annabeth
LXX: Annabeth
LXXI: Annabeth
LXXII: Annabeth
LXXIII: Hazel
LXXIV: Hazel
LXXV: Hazel
LXXVI: Hazel
LXXVII: Percy
LXXVIII: Percy

Libros de Rick Riordan

Saga de Percy Jackson
Percy Jackson y el Ladrón del Rayo
Percy Jackson y el Mar de los Monstruos
Percy Jackson y la Maldición del Titán
Percy Jackson y la Batalla del Laberinto
Percy Jackson y el Último Héroe del Olimpo
Para más Percy Jackson, lee:
Percy Jackson: La Guía Esencial
Saga de los Héroes del Olimpo
El Héroe Perdido
El Hijo de Neptuno
La Marca de Atenea
La Casa de Hades
Héroes del Olimpo: Los Diarios del Semidiós
Saga de las Crónicas de Kane
La Pirámide Roja
El Trono de Fuego
La Sombra de la Serpiente
Para más de las Crónicas de Kane, lee:
Las Crónicas de Kane: Guía de Supervivencia
E-book de Aventura de Percy Jackson y Carter Kane:
El Hijo de Sobek

www.rickriordan.com

Dedicatoria:

Para mis maravillosos lectores:
Siento el último final.
Bien, en realidad no. JAJAJAJAJAJA.
Pero en serio, los amo chicos.


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Soy tu tamalero de ensueño.


Última edición por Orfeo23 el 31/10/13, 10:00 pm, editado 6 veces
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Orfeo23
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    07/10/13, 10:06 pm

I
Hazel
Durante el tercer ataque, Hazel casi se tragó una piedra. Ella miraba entre la niebla, preguntándose cómo podía ser tan difícil volar a través de una estúpida cadena montañosa, cuando las alarmas del barco sonaron.
— ¡Es difícil ponerlo a babor! —gritó Nico desde el trinquete del barco volador.
Ya en el timón, Leo tiró de la rueda. El Argo II viró hacia la izquierda, sus remos aéreos cortaban las nubes como filas de cuchillos. 
Hazel cometió el error de ver sobre la barandilla. Una oscura esférica forma se lanzó sobre ella. Ella pensó: ¿Por qué la luna viene hacia nosotros? Después ella aulló y golpeó la cubierta. Una roca enorme pasó muy cerca de su cabeza, voló el cabello fuera de su cara.
¡CRACK!
El trinquete colapsó-la vela, el mástil y Nico-, todos estrellándose en la cubierta. La piedra, de apenas el tamaño de una  “Pick Up”, cayó hacia la niebla como si tuviera un asunto importante en algún lugar.

— ¡Nico! —Hazel corrió hacia él mientras Leo nivelaba el barco.
—Estoy bien—murmuró Nico, sacándose a patadas los pliegues de sus piernas.
Ella lo ayudó y se tropezaron hacia la proa. Hazel miró más cautelosamente esta vez. Las nubes se separaron lo suficiente esta vez para revelar la cima de la montaña debajo de ellos: una negra punta de lanza que sobresalía de las pendientes verdes musgosas. Parado en la cumbre estaba un dios de la montaña- uno de los “numina montanum”, como Jason los llamó. U “ourae”  en griego. Como sea que los llamases, eran asquerosos.
Como los otros a los que se habían enfrentado,  este vestía una simple túnica blanca encima de la piel, rugosa y oscura como el basalto. Él era de unos veinte pies de altura y extremadamente fornido, con una común barba blanca, cabello ralo y una mirada salvaje en sus ojos, como un loco ermitaño. Él bramó algo que Hazel no entendió, pero obviamente no estaba dando la bienvenida. Con sus manos desnudas, tomó un pedazo de piedra de su montaña y comenzó a moldearla para hacerla una bola.
La escena desapareció en la niebla, pero cuando el dios de la montaña bramó de nuevo, otro “numina”  contestó en la distancia, sus voces resonaban en los valles.
— ¡Estúpidos dioses roca!— Leo gritó desde el timón —.Esta es la tercera vez que tengo que reemplazar el mástil. ¿Crees que crecen en los árboles?
Nico frunció el ceño.
—Los mástiles son de los árboles.
—¡Ese no es el punto! —Leo tomó uno de sus controles, un improvisado control de Nintendo Wii y lo hizo girar en círculos. A unos pies de distancia, una trampilla se abrió en la cubierta. Un cañón de bronce celestial se alzó. Hazel apenas tuvo tiempo de cubrir sus oídos antes de que se disparara en el cielo, regando una docena de esferas metálicas que llevaban fuego verde. A las esferas le crecieron espinas en el aire, como las cuchillas de un helicóptero, y desaparecieron en la niebla.
Un momento después, una serie de explosiones crepitaron en las montañas, seguidas de  indignados rugidos de los dioses de la montaña.
— ¡Ja! —gritó Leo—.
Desafortunadamente, Hazel adivinó, juzgando sus dos previos encuentros, la nueva arma de Leo sólo había molestado a los “numina”.
Otra roca silbó a través del aire hacia el estribor.
Nico gritó.
— ¡Sácanos de aquí!
Leo murmuró unos comentarios incómodos  acerca de los “numina”, pero giró el timón. Los motores zumbaron. Un aparejo mágico se apretó a sí mismo y el barco viró hacia babor. El Argo II aceleró, retirándose hacia el noroeste, como lo habían estado haciendo los pasados dos días.
Hazel no se relajó hasta que salieron de las montañas. La niebla se aclaró. Debajo de ellos, la luz del día iluminaba el lado italiano-continuas colinas verdes y campos dorados no tan diferentes a los que hay en el norte de California. Hazel casi se imaginó que ella estaba navegando hacia el Campamento Júpiter
El pensamiento pesaba en su pecho. El Campamento Júpiter había sido su hogar solamente por nueve meses, desde que Nico la trajo de vuelta del Inframundo. Pero ella lo extrañaba más que su lugar de nacimiento de Nueva Orleans,  y definitivamente más que a Alaska, donde murió en 1942.
Extrañaba su litera en el cuartel de la Quinto Cohorte. Ella extrañaba las cenas en el comedor, con los espíritus del viento llevando los platos a través del aire y los legionarios bromeando acerca de los juegos de guerra. Ella quería deambular por las calles de Nueva Roma, tomada de las manos con Frank Zhang. Ella quería experimentar lo que era ser una chica normal de una vez, con un dulce e interesado novio.
Más que nada, ella quería sentirse segura. Ella estaba harta de sentirse preocupada y asustada todo el tiempo.
Ella estaba parada en el alcázar mientras Nico se sacaba las astillas del mástil del brazo y Leo apretaba botones en la consola del barco.
—Bien, eso estuvo del asco—dijo Leo—. ¿Debería despertar a los otros?
Hazel se tentó a decir sí, pero los otros tripulantes  habían tomado el turno nocturno y merecían su descanso.  Estaban exhaustos de defender el barco. Cada unas pocas horas, parecía que algún monstruo romano había decidido que el Argo II parecía un delicioso  deleite.
Hace unas pocas semanas, Hazel no creía que nadie podría dormir en un ataque de “numinas”, pero ahora ella se imaginaba que sus amigos seguían roncando debajo de la cubierta. Cuando fuese que ella tuviera un rato para descansar, ella dormía como un paciente en coma.
—Necesitan descanso— ella dijo—. Tendremos que descubrir otro camino por nosotros mismos.
—Hum—. Leo frunció el ceño en dirección al monitor. En su andrajosa camisa de trabajo y jeans llenos de grasa, parecía como si acabase de perder una lucha con una locomotora.
Desde que sus amigos Percy y Annabeth cayeron hacia el Tártaro, Leo trabajó sin descanso. Había estado actuando más enojado e impulsivo de lo usual.
Hazel se preocupaba por él. Pero parte de Hazel se sentía aliviada por el cambio. Cada vez que Leo sonreía y bromeaba, se parecía mucho a Sammy, su bisabuelo… El primer novio de Hazel, en 1942.
Ugh, ¿por qué su vida tenía que ser tan complicada?
—Otro camino…—Leo murmuró—. ¿Ven alguno?
En su monitor brillaba un mapa de Italia. Los Apeninos recorrían el centro del mapa del país con forma de bota. Un punto verde del Argo II parpadeaba en el lado oeste de la cadena montañosa, a unas pocas millas al norte de Roma. Su camino debió de haber sido sencillo. Ellos necesitaban llegar a un lugar llamado Épiro en Grecia y encontrar un templo antiguo llamado la Casa de Hades (O Plutón, como los romanos lo habían llamado; o como a Hazel le gustaba pensar de él: El Padre Más Ausente del Mundo).
Para llegar al Epiro, todo lo que tenían que hacer era ir derecho hacia el Este— encima de los Apeninos y por el mar Adriático—. Pero no funcionó de esa forma. Cada vez que intentaban cruzar la punta de Italia, los dioses de la montaña atacaban.
Los dos últimos días ellos habían estado virando al norte, esperando encontrar una vía segura, sin suerte. Los “numina montanum” eran hijos de Gea, la diosa menos favorita de Hazel. Eso lo hacía enemigos muy determinados. El Argo II no podía volar lo suficientemente alto para evitar sus ataques; y aún con todas sus defensas, el barco no podía cruzar la cadena montañosa sin ser deshecho a pedazos.
—Es nuestra culpa—dijo Hazel—. La de Nico y mía. Los “numina”  nos pueden sentir.
Ella miró a su medio hermano. Desde que lo habían rescatado de los gigantes, él había comenzado a recuperar su fuerza, pero aún lucía  dolorosamente delgado. Su camisa negra y sus jeans colgaban de su cuerpo esquelético. Su largo cabello negro cubría sus hundidos ojos. Su complexión color oliva se había transformado a una enferma complexión verdosa-blanca, como el color de una savia de un árbol.
En años humanos, él tenía apenas catorce, sólo un año mayor que Hazel; pero esa no era toda la historia. Como Hazel, Nico di Angelo era un semidiós de otra era. Él irradiaba una especie de energía vieja-una melancolía que vino del saber que él no pertenecía al mundo moderno-.
Hazel no lo conocía de hace mucho, pero ella entendía, hasta compartía su tristeza. Los niños de Hades (Plutón, o lo que sea) muy rara vez tenían una vida feliz. Y a juzgar de lo que Nico le había dicho la noche anterior, su más grande reto estaba por venir cuando llegaran a la Casa de Hades- un reto que había implorado mantener en secreto a los otros-.
Nico agarró la empuñadura de su espada de hierro Estigio.
—Los espíritus de la tierra no quieren a los hijos de Hades. Eso es verdad. Entramos a través de su piel—literalmente—. Pero creo que los “numina” pueden sentir el barco de todas maneras. Cargamos la Atenea Partenos. Esa cosa es un faro mágico.
Hazel se estremeció pensando en la estatua masiva que llenaba la mayor parte de la bodega. Habían sacrificado mucho para salvarla de la caverna en Roma; pero no tenían idea de qué hacer con ella. Hasta aquí, para la única cosa que parecía servir era para alertar a los monstruos de su presencia.
Leo trazó su dedo a través del mapa de Italia.
—Así que cruzar las montañas está descartado. La cosa es que hay un largo camino en todas direcciones.
—Podemos ir a través del mar—sugirió Hazel—. Navegar a través de la punta del sur de Italia.
—Ese es un camino largo—dijo Nico—. Además, no tenemos…— su voz se quebró—. Ustedes saben… A nuestro experto en el mar, Percy.
El nombre colgó en el aire como una próxima tormenta.
Percy Jackson, hijo de Poseidón… Probablemente el semidiós al que Hazel admiraba más. Él había salvado su vida tantas veces en su viaje a Alaska; pero cuando él había necesitado la ayuda de Hazel en Roma, ella le había fallado. Ella miraba, inútil,  mientras él y Annabeth se precipitaron en el abismo.
Hazel tomó un respiro profundo. Percy y Annabeth seguían vivos. Ella sabía eso en su corazón. Ella podía todavía ayudarles si podía llegar a la Casa de Hades, si podía sobrevivir el reto del que Nico le había advertido…
— ¿Qué tal continuar hacia el norte? — ella preguntó—. Tiene que haber un espacio entre las montañas o algo.
Leo jugueteó con la esfera de bronce de Arquímedes que él había instalado en su consola—su más nuevo y peligroso juguete—. Cada vez que Hazel veía esa cosa, su boca se ponía seca. Ella se preocupaba de que Leo pusiera mal la combinación en la esfera y accidentalmente los hiciera volar a todos de la cubierta, o volar el barco, o convertir al Argo II en una tostadora gigante.
Afortunadamente, ellos fueron suertudos. La esfera hizo crecer un lente de cámara y proyectó una imagen en 3D  de los Apeninos sobre la consola.
 
—No sé—Leo examinó el holograma—. No veo buenos caminos por el norte,  pero me gusta más esa idea que regresar hacia el Sur. Ya tengo suficiente con Roma.
Nadie discutió eso. Roma no fue una buena experiencia.
—Lo que sea que hagamos—dijo Nico—. Tenemos que apurarnos. Cada día que Percy y Annabeth están en el Tártaro…
No necesitó terminar. Tenían que esperar que Percy y Annabeth pudieran sobrevivir lo suficiente al Tártaro para encontrar el lado de las Puertas de la Muerte. Después, asumiendo que el Argo II pudiera alcanzar la Casa de Hades, ellos podrían ser capaces de abrir las Puertas en el lado mortal, salvar a sus amigos, y sellar la entrada, deteniendo a las fuerzas de Gea de reencarnar una y otra vez.
Sí… Nada podía ir mal con ese plan.
Nico frunció el ceño al territorio italiano debajo de ellos.
—Quizá debemos despertar a los otros. Esta decisión nos afecta a todos.
—No—dijo Hazel—. Podemos encontrar una solución.
No estaba segura del por qué ella se sintió tan segura de ello, pero desde que dejó Roma, la tripulación había comenzado a perder su cohesión. Habían empezado a aprender a trabajar en equipo. Después… ¡BAM!...Sus dos miembros más importantes caen al Tártaro. Percy había sido su espina dorsal. Él les había dado confianza al cruzar el Atlántico y adentrarse en el Mediterráneo. Mientras que Annabeth había sido la líder de la misión. Ella había recuperado sola la Atenea Partenos. Ella era la más inteligente de lo Siete, la que tenía las respuestas.
Si Hazel despertara al resto de la tripulación cada vez que tuvieran un problema, ellos empezarían a discutir de nuevo, sintiéndose más y más desesperados.
Ella tenía que hacer sentir a Percy y a Annabeth orgullosos. Ella tenía que tomar la iniciativa. Ella no creía que su único rol en esta misión  sería lo que Nico le había advertido— remover el obstáculo  que los esperaba en la Casa de Hades. Ella alejó el pensamiento.
—Necesitamos pensar creativamente—ella dijo—. Otra forma de cruzar las montañas, o una forma de escondernos de los “numina”.
Nico suspiró.
—Si estuviera solo, viajaría por las sombras. Pero eso no funciona para un barco entero. Y honestamente, no estoy seguro de tener la fuerza de poder siquiera transportarme a mí mismo alguna vez.
—Yo quizá podría hacer algún tipo de camuflaje—dijo Leo—. Como una cortina de humo para escondernos en las nubes— No sonó muy entusiasmado—.
Hazel miró hacia abajo a las pasantes tierras de cultivo, pensando en lo que está debajo de ellas— el reino de su padre, señor del Inframundo. Ella sólo había estado con Plutón una sola vez y no se había dado cuenta de quién era. Ella ciertamente nunca había esperado ayuda de él—no cuando estaba viva por primera vez,  no en su tiempo como espíritu en el Inframundo, no desde que Nico la había traído de vuelta al mundo de los vivos.
El sirviente de su padre, Tánatos, dios de la muerte, había dicho que Plutón estaría haciéndole un favor a Hazel al ignorarla. Después de todo, ella no se suponía que estuviera viva. Si Plutón se diera cuenta de ella, él tendría que regresarla de nuevo a la tierra de los muertos.
Lo que significa que llamar a Plutón sería una mala idea. Y aún así…
Por favor, papá— se vio rezando—. Tengo que encontrar un camino hacia tu templo en Grecia — la Casa de Hades—. Si estás ahí abajo, enséñame qué hacer.”
Al borde del horizonte,  un parpadeo en movimiento llamó su atención— algo pequeño y beige corriendo a través de los campos a una increíble velocidad, dejando un camino de humo como el de un avión.
Hazel no lo podía creer. No quería tener una falsa esperanza, pero tenía que ser…
—Arión.
— ¿Qué? —Nico preguntó—.
Leo soltó un alarido de alegría mientras la nube de polvo se acercaba.
— ¡Es su caballo, hombre! Te has perdido la mayor parte. ¡No lo veíamos desde Kansas!
Hazel rió— la primera vez que se reía en días. Se sintió tan bien ver a su viejo amigo.
A una milla en el norte, el pequeño punto beige rodeó una colina y se detuvo en la cumbre. Era difícil distinguirlo, pero cuando el caballo se puso en dos patas y relinchó, el sonido se dirigió todo el camino hacia el Argo II. Hazel no tenía duda— era Arión.
—Tenemos que ir con él —dijo Hazel—, él está aquí para ayudar.
—Sí, está bien—Leo rascó su cabeza—. Uh, pero, ¿habíamos hablado de no aterrizar el barco en el suelo jamás, recuerdan? Ya saben, con Gea queriéndonos destruir y eso.

—Sólo acércame y usaré la escalera de cuerdas—El corazón de Hazel estaba latiendo fuertemente—. Creo que Arión quiere decirme algo.

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    07/10/13, 10:09 pm

II
Hazel
Hazel nunca se sintió tan feliz. Bien, excepto en la noche de la victoria en el Campamento Júpiter, cuando Frank la besó por primera vez… Este era su segundo momento más feliz.
Una vez que pisó el suelo, corrió hacia Arión y abrazó su cuello.
— ¡Te extrañé! — Ella apretó su rostro contra la espalda del animal, que olía a sal marina y a manzanas—. ¿Dónde has estado?
Arión relinchó. Hazel desearía poder hablar con caballos como Percy lo hacía, pero entendió la idea general. Arión sonaba impaciente, como si estuviese diciendo: “¡No tengo tiempos para sentimentalismos, chica!, ¡Vamos!”.
— ¿Quieres que vaya contigo? —Hazel aventuró.
Arión asintió con la cabeza, trotando sin ir a ningún lugar. Sus ojos castaños oscuros brillaban apresurados.
Hazel no podía creer que él estuviese realmente ahí. Arión era capaz de correr en cualquier superficie, incluso sobre el mar, pero ella temía que no los siguiese hacia las tierras antiguas. El Mediterráneo era demasiado peligroso para los semidioses y sus aliados.
Él no habría venido de no ser que Hazel lo estuviese realmente necesitando. Y parecía tan agitado… Cualquier cosa que hacía a un caballo valiente preocuparse debería atemorizarla.
En vez de eso, ella se sentía feliz. Estaba tan cansada de viajar por tierra y mar… A bordo del Argo II, se sentía tan útil como las cajas de lastre. Estaba tan feliz de pisar tierra de nuevo, a pesar de ser territorio de Gea. Estaba lista para montar.
—Hazel—gritó Nico de la nave—. ¿Qué pasa?
—¡Está todo bien!
Ella se agachó y extrajo una pepita de oro de la tierra. Tenía cada vez más control sobre su poder. Ya no brotaban piedras preciosas accidentalmente a su alrededor y era más fácil extraer oro del suelo.
Le dio a Arión una pepita, su almuerzo favorito. Luego, sonrió hacia Leo y Nico, que la observaban en la parte superior de la escalera, unos treinta metros arriba.
—Arión me quiere llevar a algún lado.
Los chicos intercambiaron miradas nerviosas.
—Hum…—Leo apuntó hacia el norte—.  No me digas que te quiere llevar para allá.
Hazel estaba tan concentrada en Arión que no había notado el disturbio.
A kilómetros de distancia, sobre la cima de la colina siguiente, una tormenta se alzaba sobre unas viejas ruinas de piedra, tal vez eran los restos de una antigua fortaleza o de un templo romano.
Un conjunto de nubes serpenteaba en dirección a la colina como si fuese un trazo de pincel con color negro.
Hazel sintió un sabor a sangre en la boca. Vio a Arión.
— ¿Tú quieres ir para allá?
Arión relinchó, como si dijese: “Claro, dah”.
Bien…Hazel pidió ayuda. ¿Podría ser esta la respuesta de su padre? Ella esperaba que sí, sin embargo, se sentía algo más que la influencia de Hades en la tormenta… Algo sombrío, poderoso y no precisamente amigable.
Aún así, era su oportunidad de ayudar a sus amigos—de liberar en vez de seguir.
Apretó las correas de su espada de oro imperial y montó a Arión.
—Estaré bien—gritó a Nico y a Leo—. Espérenme aquí.
— ¿Esperarte por cuánto tiempo? —preguntó Nico—. ¿Y si no vuelves?
—No se preocupen. Volveré—prometió ella, esperando que fuese verdad.
Ella espoleó a Arión y salieron disparados por el campo, yendo hacia el ciclón que cada vez se tornaba mayor.

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    07/10/13, 10:13 pm

III
Hazel
La tormenta engulló la colina con un negro rodante.
Arión salió disparado hacia aquella dirección.
Hazel vio la cuesta de la colina, pero se sentía como si estuviese en otra dimensión. El mundo perdió sus colores. Las paredes del tornado, de un negro tenebroso, rodeaban la colina. El cielo estaba gris. Las ruinas estaban tan blancas que casi brillaban. Incluso Arión cambió del color marrón caramelo a un gris oscuro.
En el ojo del tornado, el aire estaba estancado. Hazel sintió un escalofrío en su piel, como si hubiese sido frotada con alcohol. Por delante, había un portal en forma de arco con paredes cubiertas de musgo, que daba acceso a una especie de recinto.
Hazel no podía ver mucho en medio de la oscuridad, pero sentía una presencia allí, como si fuera una pieza metálica atraída por un imán gigante. El magnetismo era irresistible, la forzaba a avanzar.
Aún así, dudó. Ella tiró de las riendas de Arión, y él golpeó el suelo con impaciencia, haciendo el suelo crepitar el suelo bajo sus cascos. Dondequiera que pisase, la hierba, la tierra y las piedras eran blancas como el hielo. Hazel recordó el Glaciar Hubbard, en Alaska— por como la superficie se partía bajo sus pies— . Recordó aquella cueva horrible en Roma, que se deshizo en polvo, lanzando a Percy y Annabeth al Tártaro.
Esperaba que aquella colina en blanco y negro se disolviese debajo de ella, pero decidió que era mejor seguir caminando.
—Entonces, vamos, chico— su voz sonó un poco apagada, como si estuviese hablando con la cara hundida en la almohada.
Arión pasó el arco de piedra. Las paredes en ruinas rodeaban un patio cuadrado del tamaño de una cancha de tenis. Había otros tres portales, uno en medio de cada pared, en los sentidos norte, este y oeste. En el centro del patio se cruzaban dos caminos con guijarros, formando una cruz. La niebla flotaba en el aire—franjas blancas que se retorcían como si tuviesen vida—.
No era una niebla cualquiera, percibió Hazel. Era la Niebla.
Durante toda su vida ella había escuchado hablar sobre la Niebla—un velo sobrenatural que ocultaba el mundo mitológico de los mortales—. Podía engañar a los seres humanos, incluso a los semidioses, haciéndolos ver monstruos como animales inofensivos o dioses como personas normales.
Hazel nunca pensó en ella como un humo de verdad; pero al observarla, esta cerraba y envolvía las patas de Arión, flotando entre los arcos rotos del patio en ruinas. Los vellos de su brazo se erizaron. De alguna manera, ella sabía que aquella cosa blanca era pura magia.
A lo lejos, un perro aulló. Arión solía no temerle a nada, pero se echó hacia atrás, bufando nerviosamente.
—Está todo bien—dijo Hazel acariciando su cuello—. Estamos juntos en esto. Me voy a desmontar, ¿ok?
Ella se desmontó. Al mismo tiempo, el caballo viró y salió.
—Arión, espe…— pero él regresó de donde se había ido corriendo.
Eso era porque estaban juntos en esto…
Otro grito desgarró el aire, pero esta vez más cerca.
Hazel dio un paso en dirección hacia el centro del patio. La Niebla se aferraba a ella como la neblina del refrigerador.
—Hola—llamó.
—Hola—respondió una voz.
Una figura pálida de una mujer apareció en el portal norte. No, esperen… En el portal este. No, oeste. Tres imágenes de humo de la misma mujer se movían sincronizadas hacia el centro de las ruinas. Su forma era borrosa, hecha de Niebla, y dos pequeñas nubes la seguían de cerca, moviéndose rápidamente a sus pies como si fuesen seres vivos. ¿Algún tipo de mascota?
Ella llegó al centro de patio y sus tres formas se fundieron en una. Se materializó en una joven que usaba un vestido oscuro sin mangas. Su cabello dorado estaba atrapado en una coleta alta,  al estilo griego clásico. Su vestido era tan sedoso que parecía ondular, como si la tela del vestido fuese tinta derramándose de sus hombros. No parecía tener más de veinte años, pero Hazel sabía que eso no quería decir nada.
—Hazel Levesque—dijo la mujer.
Ella era linda, aunque muy pálida. Cierta vez, en Nueva Orleáns, Hazel fue obligada a asistir a un funeral de una compañera suya. Le recordó el cuerpo sin vida en aquél ataúd abierto. Su rostro estaba tan maquillado que parecía que estuviese durmiendo, lo que Hazel encontró aterrador.
La mujer hacía a Hazel recordar a esa chica, sus ojos estaban abiertos y eran completamente negros. Cuando inclinó la cabeza, pareció volver a transformarse en tres personas diferentes… Imágenes brumosas y fueras de enfoque se juntaban, como el retrato de una persona en movimiento.
— ¿Quién eres tú? —los dedos de Hazel agarraron la empuñadura de su espada—. Quiero decir… ¿Qué diosa?
Por lo menos Hazel estaba segura. La mujer irradiaba poder. Todo alrededor de suyo— la Niebla en vórtice, la tormenta monocromática y el brillo fantasmagórico de las ruinas — eran por causa de su presencia.
—Ah—la mujer asintió con la cabeza—. Te voy a dar un poco de luz.
Ella levantó las manos. Súbitamente, aparecieron dos anticuadas antorchas de junco encendidas. La Niebla se retiró a los bordes del patio. Junto a las sandalias de la mujer, dos animales tomaron formas sólidas. Uno era un labrador negro. El otro era un roedor largo, gris y peludo, con una máscara blanca alrededor de su rostro. ¿Un hurón, tal vez?
La mujer dio una sonrisa serena.
—Soy Hécate, diosa de la magia. Tenemos mucho que conversar si quieres sobrevivir esta noche.

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 03:15 pm

Muchisimas gracias por todo tu trabajo!!! espero leerlo pronto Very Happy

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 04:19 pm

Entonces Orfeo, ¿los dos capítulos que había puesto hace unos días atrás eran verdaderos? Porque son iguales o al menos los recuerdo. En fin.
Gracias.

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 04:24 pm

IV
Hazel
Hazel quería correr, pero sus pies parecían estar atascados en el suelo blanco-cristalino.
En ambos lados del cruce de caminos, dos antorchas metálicas y oscuras sobresalían del suelo como si fuesen tallos de plantas.
Hécate fijó sus antorchas en ellos, luego caminó en un círculo alrededor de Hazel, como si fueran compañeras en una especie de baile misterioso.
El perro negro y la comadreja siguieron su trayecto.
—Eres como tu madre — decidió Hécate.
La garganta de Hazel se contrajo.
—¿La conocías?
—Claro. Marie predecía la fortuna. Ella estaba metida en encantamientos, maldiciones y gris-gris. Y yo soy la diosa de la magia.
Esos ojos puramente negros parecían jalar a Hazel, como si estuviesen extrayendo su alma. Durante su primera vida en Nueva Orleans, Hazel había sido atormentada por los niños en la Escuela St. Agnes debido a su madre. Ellos llamaban a Marie Levesque una bruja. Las monjas murmuraban que la madre de Hazel tenía pactos con el Demonio.
Si las monjas se asustaban de mi mamá, Hazel se preguntó, ¿qué habría pasado con esta diosa?
–Muchos me temen–dijo Hécate, como si leyera sus pensamientos–. Pero la magia no es ni buena ni mala. Es una herramienta, como un cuchillo. ¿Es un cuchillo malvado? Sólo si el que lo empuña es malvado.
–Mi… Mi mamá… –Hazel balbuceó–. Ella no creía en la magia. No realmente. Sólo la fingía por el dinero.
La comadreja chilló y mostró sus dientes. Después hizo un sonido chirriante desde su extremo posterior. Bajo otras circunstancias, una comadreja echándose gases habría sido gracioso, pero Hazel no se rió. Los ojos rojos del roedor estaban mirándola, torvamente, como pequeños carbones.
–Relájate, Gale–dijo Hécate. Ella le dio a Hazel un abrazo apologético–. A Gale no le gusta escuchar a los escépticos y a los estafadores. Ella fue alguna vez una bruja, ya ves.
–¿Tu comadreja fue una bruja?
–De hecho, ella es un hurón–dijo Hécate–. Pero sí, Gale fue alguna vez una desagradable bruja humana. Ella tenía una terrible higiene personal, además de extremos…ah, problemas digestivos– Hécate agitó su mano en frente de su nariz–. Eso dio a mis otros seguidores un mal nombre.
–Okey–Hazel trató de no mirar a la comadreja. Ella realmente no quería saber de los problemas intestinales del roedor.
–De todos modos–Hécate dijo–. La convertí en un hurón. Ella es mucho mejor como un hurón.
Hazel se pasó su saliva. Ella miró al perro negro, que cariñosamente se acariciaba con la mano de Hécate.
–¿Y tu labrador…?
–Oh, ella es Hécuba, la ex reina de Troya–dijo Hécate, como si fuese obvio.
El perro gruñó.
–Tienes razón, Hécuba–dijo la diosa–. No tenemos tiempo para largas presentaciones. El punto es que, Hazel Levesque, tu madre habrá elegido no creerlo, pero ella tenía magia verdadera. Eventualmente, se dio cuenta de esto. Cuando ella buscó un hechizo para invocar al dios Plutón, yo la ayudé a encontrarlo.
–¿Tú…?
–Sí– Hécate continuó dando círculos alrededor de Hazel–. Vi potencial en tu madre. Ahora veo hasta más potencial en ti.
La cabeza de Hazel comenzó a dar vueltas. Ella recordó la confesión de su madre justo antes de que ella muriera: cómo había invocado a Plutón, cómo el dios de había enamorado de ella y cómo, por culpa de su deseo egoísta, su hija Hazel había nacido con una maldición. Hazel podía invocar riquezas desde la tierra, pero quien sea que las usaba, sufriría y moriría.
Ahora esta diosa estaba diciendo que ella hizo que todo esto pasara.
–Mi madre sufrió por culpa de esa magia. Mi vida entera…
–Tu vida no habría sucedido de no ser por mí–Hécate dijo categóricamente–. No tengo tiempo para tu ira. Tampoco tú. Sin mi ayuda, morirás.
El perro negro gruñó. La comadreja apretó sus dientes y se echó un gas.
Hazel sintió como si sus pulmones se estuvieran llenando con arena caliente.
– ¿Qué clase de ayuda? –dijo ella.
Hécate alzó sus pálidos brazos. Las tres puertas de las que había venido –norte, este y oeste– comenzaron a arremolinarse con niebla. Una ráfaga de imágenes en blanco y negro brillaron y parpadearon, como las viejas películas mudas que aún se exhibían en los cines cuando Hazel era pequeña.
En la puerta del Oeste, semidioses romanos y griegos vestidos con armadura completa peleaban el uno al otro en una colina bajo un largo pino. El pasto estaba derramado con los heridos y los moribundos. Hazel se vio a sí misma montando a Arión, pasando a través del combate y gritando –tratando de detener la violencia.
En la puerta del Este, Hazel vio el Argo II navegando por el cielo encima de los Apeninos.  Su jarcia estaba en llamas. Una piedra había golpeado el alcázar. Otra perforó el casco. El barco reventó como una calabaza podrida y el motor explotó.
Las imágenes en la puerta del norte eran aún peores. Hazel vio a Leo, inconsciente –o muerto– cayendo a través de las nubes. Ella vio a Frank recorriendo solo un túnel oscuro, tomándose del brazo con la camisa empapada en sangre. Y Hazel se vio a sí misma en una gran caverna llena de cuerdas de luz, como una red luminosa. Ella luchaba para abrirse paso mientras, en la distancia, Percy y Annabeth yacían tirados y sin moverse bajo  los pies de dos puertas negras con plata.
–Opciones–dijo Hécate–. Párate en la encrucijada, Hazel Levesque. Soy la dioa de las encrucijadas.
El suelo retumbó a los pies de Hazel. Ella miró hacia abajo y vio el brillo de monedas de plata… miles de denarios romanos rompiendo el suelo y haciéndose paso hacia ella, como si toda la colina se estuviese evaporando. Ella había estado tan cansada por las visiones en los portales que ella había invocado cada pedazo de plata en el territorio circundante.
–El pasado está cercano a la superficie de este lugar–dijo Hécate–. En tiempos antiguos, dos grandes caminos romanos se encontraban aquí. Las noticias eran intercambiadas. Los mercados eran sostenidos. Los amigos se conocían y los enemigos peleaban. Las armadas enteras tenían que elegir una dirección. Las encrucijadas son siempre lugares de decisión.
–Como…Como Jano–Hazel recordó el Santuario de Jano en la Colina de los Templos, de vuelta en el Campamento Júpiter. Los semidioses van ahí para tomar decisiones. Ellos lanzan una moneda, águila o sello, y esperan a que el dios de las dos cabezas los guíe adecuadamente. Hazel siempre había odiado ese lugar. Ella nunca había entendido por qué sus amigos estuviesen tan dispuestos a dejar que un dios se llevase su responsabilidad de elegir. Después de todo lo que Haxel había pasado, ella creía en la sabiduría de los dioses casi como ella creía en una máquina tragamonedas.
La diosa de la magia hizo un siseo disgustado.
–Jano y sus caminos. Él siempre te hace creer que todas las opciones son: negro o blanco, sí o no, adentro o afuera. De hecho, no es así de simple. Cuando sea que cruces las encrucijadas, siempre hay al menos tres caminos que seguir… Cuatro, si cuentas el camino hacia atrás. Tú estás en una encrucijada ahora, Hazel.
Hazel miró de nuevo cada uno de los remolinantes portales: una guerra de semidioses, la destrucción del Argo II, desastre para ella y sus amigos.
–Todas las opciones son malas.
–Todas las opciones tienen riesgos–la diosa corrigió–. Pero, ¿cuál es tu objetivo?
–¿Mi objetivo? –Hazel miró hacia las puertas sin poder hacer nada–. Ninguno de estos.
La perra Hécuba gruñó. Gale, la hurón se deslió sobre los pies de la diosa, tirándose gases y crujiendo sus dientes.
–Podrías ir hacia atrás–Hécate sugirió– trazar tu camino a Roma… Pero las fuerzas de Gea esperan eso. Ninguno de ustedes sobrevivirá.
–Bien… ¿Y qué quieres decir?
Hécate se paró cerca de la antorcha más cercana. Ella recogió un puñado de fuego y esculpió las flamas hasta que ella estaba sosteniendo un mapa en miniatura del relieve de Italia.
–Podrías ir hacia el Oeste–. Hécate apartó su dedo de su ardiente mapa–. Regresa a América con tu regalo, la Atenea Partenos. Tus camaradas en casa, Griegos y Romanos, están al borde de la guerra. Vete ahora y vas a salvar muchas vidas.
–Vas a–repitió Hazel–. Pero Gea se supone que se levantará en Grecia. Ahí es donde están los gigantes reunidos.
–Es verdad. Gea ha escogido el día de agosto primero, el Festín de Spes, diosa de la esperanza, para poderse alzar. Al despertarse en el Día de la Esperanza, ella intenta destruir toda la esperanza para siempre. Aún si alcanzan Grecia para entonces, ¿podrían detenerla? No lo sé–Hécate colocó su dedo en la cimas de los Apeninos–. Podrían ir al Este, a través de las montañas, pero Gea hará lo que sea para lograr que no crucen Italia. Ella ha puesto a los dioses de las montañas en su contra.
–Ya lo hemos notado–Hazel dijo–-
–Cualquier intento de cruzar los Apeninos significará la destrucción de su barco. Irónicamente, esta será la opción más segura para su tripulación. Puedo prever que todos de ustedes podrían sobrevivir a la explosión. Es posible, pero es improbable que ustedes puedan llegar a Epiro y cerrar las Puertas de la Muerte. Deben encontrar a Gea y prevenir su alza. Pero para ese entonces, ambos campamentos de semidioses serán destruidos. No tendrán a donde volver–Hécate sonrió–. Más bien, la destrucción de su barco los hará quedar varados en las montañas. Eso significaría el final de su misión, pero provocaría a ti a tus amigos mucho dolor y sufrimiento en los días por venir. La guerra con los gigantes tendría que ser ganada o perdida sin ustedes.
Ganada o perdida sin nosotros.
Una pequeña parte de culpa de Hazel se sintió conmovida. Ella había estado deseando una oportunidad para ser una chica normal. Ella ya no quería más dolor o sufrimiento para ella y para sus amigos. Ellos ya habían pasado por mucho.
Ella miró hacia atrás de Hécate en el portal del medio. Ella vio a Percy y a Annabeth tirados, sin poder ser ayudados, antes de esas puertas color negro y plateado. Una oscura forma masiva, vagamente humanoide, se cernía sobre ellos, con los pies levantados como si fuese a aplastar a Perct.
–¿Y qué hay acerca de ellos? –Hazel preguntó, con su voz rota–. ¿Percy y Annabeth?
Hécate se encogió de hombros
–Al Oeste, Este o Sur… Ellos morirán.
–No es una opción–dijo Hazel.
–Entonces ustedes tienen sólo un camino, aunque es el más peligroso
El dedo de Hécate cruzó sus Apeninos miniatura, dejando una línea blanca brillante entre las flamas rojas.
–Hay un paso secreto aquí en el norte, un lugar donde tengo influencia, donde Aníbal una vez cruzó cuando marchaba hacia Roma.
La diosa hizo un trazo amplio… Hacia el norte de Italia, después hacia el Este hacia el mar, después al sur en la costa oeste de Grecia.
–Una vez que pasen, podrán viajar al norte a Boloña y después a Venecia. Desde ahí, podrían navegar por el Adriático hasta su meta, aquí: Epiro en Grecia.
Hazel no sabía mucho de geografía. Ella no tenía idea de cómo lucía el Mar Adriático. Ella nunca había escuchado de Boloña y todo lo que sabía de Venecia eran vagas historias de canales y góndolas. Pero una cosa era obvia.
–Eso está demasiado lejos del camino.
–Por eso es que Gea no espera que tomen esta ruta–Hécate dijo–. Puedo esconder su progreso de alguna manera, pero el éxito de su viaje dependerá en ti, Hazel Levesque. Tú debes aprender a usar la Niebla.
– ¿Yo? – El corazón de Hazel se sentía como si fuese a salir de su caja torácica–. ¿Usar la Niebla, cómo?
Hécate desapareció su mapa de Italia. Ella le dio una palmada a la perra negra Hécuba.  La Niebla se juntó alrededor del Labrador hasta que lo escondió completamente dentro de un tipo coco de color blanco. La niebla se aclaró con el sonido de un “¡poof!”. Donde había estado parado el perro, ahora estaba una gatita con mirada malhumorada y con ojos dorados.
–Miau–se quejó.
–Soy la diosa de la Niebla–explicó Hécate–. Soy la responsable de mantener el velo que separa el mundo de los dioses del mundo de los mortales. Mis hijos aprenden a usar la Niebla para su beneficio, para crear ilusiones o influenciar las mentes de los mortales. Otros semidioses pueden hacer esto también, por supuesto. Y tú también, Hazel, si quieres ayudar a tus amigos.
–Pero…–Hazel miró a la gata–. Ella supo que era realmente Hécuba, la labradora negra, pero no se pudo convencer del todo. El gata se veía tan real–. No puedo hacerlo.
–Tu madre tenía el talento–dijo Hécate–. Tú lo tienes aún más. Como hija de Plutón que ha regresado de la muerte, entiendes el velo entre ambos mundos mejor que la mayoría. Tú puedes controlar la Niebla. Si no… Bien, tu hermano Nico te lo ha advertido. Los espíritus le han susurrado, le han susurrado tu futuro. Cuando llegues a la Casa de Hades, conocerás un enemigo formidable. Ella no puede ser vencida por la fuerza o por una espada. Tú sola puedes vencerla, y necesitarás magia.
Las piernas de Hazel tambaleaban. Ella recordó la siniestra expresión de Nico, con sus dedos enterrándose en su brazo.
“No le puedes decir a los demás. No aún. Su valor está siendo estirado al máximo.”
– ¿Quién? –Hazel graznó–. ¿Quién es este enemigo?
–No diré su nombre–dijo Hécate–. Eso le alertaría tu presencia antes de que estés lista para enfrentarla. Ve al Norte, Hazel. Mientras viajas, practica invocando la Niebla. Cuando llegues a Boloña, busca a los dos enanos. Ellos te llevarán a un tesoro que los ayudará a sobrevivir en la Casa de Hades.
–No entiendo.
–Miau–el gato se quejó.
–Sí, sí, Hécuba–la diosa movió su mano de nuevo y la gatita desapareció. La labradora negra estaba de nuevo en su lugar.
–Entenderás, Hazel–prometió la diosa–. De vez en cuando, enviaré a Gale para revisar tu progreso.
La hurón siseó, con sus pequeños y brillantes ojos repletos de malicia.
–Genial–murmuró Hazel.
–Antes de que llegues a Epiro, tienes que estar preparada–dijo Hécate–. Si tienes éxito, entonces nos veremos de nuevo… Para la batalla final.
Una batalla final, pensó Hazel. Oh, qué alegría.
Hazel se preguntó si ella podría prevenir las revelaciones que había visto a través de la Niebla– Leo cayéndose del cielo; Frank tropezándose en la oscuridad, solo y gravemente herido; Percy y Annabeth a merced de un gigante oscuro.
Ella odiaba los acertijos y sus avisos inciertos. Ella comenzaba a despreciar las encrucijadas.
–¿Por qué me estás ayudando? –Hazel preguntó–.  En el Campamento Júpiter, decían que estabas aliada con los Titanes en la guerra pasada.
Los ojos negros de Hécate brillaron.
–Porque yo soy una titánide– hija de Perses y Asteria. Mucho antes de que los Olímpicos llegaran al poder, yo controlaba la Niebla. A pesar de esto, en la Primera Titanomaquia, hace milenios, me alié con Zeus en contra de Cronos. No estaba ciega para ver la maldad de Cronos. Esperaba que Zeus fuese un mejor rey.
Ella dio una pequeña risa amarga.
–Cuando Deméter perdió a su hija Perséfone, raptada por tu padre, guié a Deméter por las noches más oscuras con mis antorchas, ayudando en su búsqueda. Y cuando se alzaron los gigantes por primera vez, me alié con los dioses. Peleé contra mi archi-enemigo Clitio, hecho por Gea para absorber y vencer mi magia.
–Clitio–Hazel nunca había oído ese nombre– Cli-tio– pero el decirlo hacía a sus articulaciones sentirse más pesadas. Ella miró las imágenes en el portal del norte–la forma masiva acercándose a Percy y a Annabeth–. ¿Es él el problema en la Casa de Hades?
–Oh, él los espera allá–dijo Hécate–. Pero primero deben derrotar a la bruja. A menos que quieras que…
Ella chasqueó sus dedos y todos los portales se oscurecieron. La Niebla se disolvió, las imágenes se fueron.
–Todos nos enfrentamos a encrucijadas –dijo la diosa–. Cuando Cronos se alzó por segunda vez, cometí un error. Lo apoyé. Crecí siendo ignorada por los llamados dioses “grandes”. A pesar de mis años de servicio leal, ellos me negaron un trono en su sala…
La hurón chilló enojadamente.
–Pero ya no importa–la diosa suspiró–. Ahora estoy en paz de nuevo con el Olimpo. Aún ahora, cuando están en caída –sus ejércitos Griego y Romano peleando uno contra el otro– Los ayudaré. Griego o Romano, yo siempre he sido Hécate. Les ayudaré en contra de los gigantes, si prueban que valen la pena. Así que, ahora es tu elección, Hazel Levesque. ¿Confiarás en mí… o huirás de mí, como tan seguido hacen los dioses del Olimpo?
La sangre rugía en los oídos de Hazel. ¿Podía ella creer en esta oscura diosa, quien le había dado a su madre a magia que arruinó su vida? Perdón, pero no. A ella no le gustaban mucho  la labradora de Hécate ni tampoco su gaseosa hurón. Pero ella sabía que no podía dejar morir a Percy y a Annabeth.
–Iré hacia el Norte–ella dijo–. Tomaremos tu secreto tras las montañas.
Hécate asintió, sin la menor pinta de satisfacción en su cara.
–Has escogido bien, aunque el camino no será sencillo. Muchos monstruos se revelarán ante ustedes. Inclusive algunos de mis propios sirvientes se han aliado con Gea, esperando destruir el mundo mortal.
La diosa tomó el doble de antorchas de sus estantes.
–Prepárate, hija de Plutón. Si tienes éxito en contra de la bruja, nos veremos de nuevo.
–Tendré éxito–prometió Hazel–. Y Hécate, no estoy escogiendo ninguno de tus caminos, lo hago por mi cuenta.
La diosa arqueó sus cejas. Su hurón se retorció y su perro gruñó.
–Encontraremos alguna forma de detener a Gea–dijo Hazel–. Vamos a rescatar a nuestros amigos del Tártaro. Vamos a mantener juntos a la tripulación y al barco y vamos a detener al Campamento Júpiter y al Campamento Mestizo de entrar en una guerra. Vamos a hacerlo todo.
La tormenta aulló, las paredes negras del remolino comenzó a girar más fuerte.
–Interesante–dijo Hécate, como si Hazel fuese un resultado inesperado de un experimento científico–. Eso valdría mágicamente la pena.
Una ola de oscuridad cubrió el mundo. Cuando la vista de Hazel regresó, la tormenta, la diosa y sus sirvientes se habían ido. Hazel se paró a un lado de la colina, bajo el sol de la mañana, sola en las ruinas, excepto por Arión, quien corría al lado de ella, relinchando impacientemente.
–Estoy de acuerdo–Hazel le dijo al caballo–. Vámonos de aquí.

– ¿Qué pasó? –Leo preguntó mientras Hazel trepaba a bordo del Argo II.
Las manos de Hazel aún temblaban por su plática con la diosa. Ella miró sobre la barandilla y vio el rastro de Arión expandiéndose a través de las colinas de Italia. Ella esperó que su amigo se alejara, pero no podía culparlo por quererse alejar lo más pronto posible.
El campo relucía por el sol veraniego que reflejaba el rocío mañanero. En la colina, las viejas ruinas se mantenían blancas y silenciosas–sin rastro alguno de caminos antiguos, o diosas, o hurones gaseosos.
–¿Hazel? –Nico preguntó.
Sus piernas se torcían. Nico y Leo tomaron sus brazos y la ayudaron a subir los escalones de la cubierta. Ella se sintió avergonzada, cayéndose como una damisela de cuento de hadas, pero su energía se había ido. El recordar las escenas brillantes en aquél cruce de caminos la llenó de terror.
–Conocí a Hécate–ella dijo.
No les dijo todo. Ella recordó lo que Nico había dicho: “su valor está sido estirado al máximo”. Pero ella les dijo acerca del paso del norte, a través de las montañas y del desvío que Hécate había descrito que los podría llevar a Epiro.
Cuando acabó, Nico tomó su mano. Sus ojos estaban llenos de preocupación.
–Hazel, conociste a Hécate en un cruce de caminos.  Eso es… Eso es algo a lo que muchos semidioses no sobreviven. Y los que sobreviven nunca son los mismos. ¿Estás segura que tú…?
–Estoy bien–ella insistió–.
Pero ella sabía que no era así. Ella recordó cuán intrépida y enojada ella se sintió, diciéndole a la diosa que ella había encontrado su propio camino y que tendría éxito en todo. Ahora, su alarde parecía ridículo. Su valor la había abandonado.
– ¿Y qué hay si Hécate intenta engañarnos? –Preguntó Leo–. Esta ruta podría ser una trampa.
Hazel negó con la cabeza.
–Si fuese una trampa, creo que Hécate habría hecho que la ruta del sur sonase tentadora. Y créeme, no lo hizo.
Leo sacó una calculadora de su cinturón de herramientas y presionó algunos números. Eso es… Algo como trescientas millas fuera de nuestro camino hacia Venecia. Después, tenemos que regresar al Adriático. Y… ¿Dijiste algo de unos camellos enanos?
–Enanos en Boloña–Hazel dijo–. Supongo que Boloña es una ciudad. Pero el por qué debemos encontrar enanos ahí… No tengo ni idea. Quizá algún tesoro que nos ayude en la misión.
–Huh–Leo dijo–. Quiero decir, me interesa lo del tesoro, pero…
–Es nuestra mejor opción–Nico ayudó a Hazel a ponerse de pie–. Tenemos que recuperar el tiempo perdido y viajar tan rápido como podamos. Las vidas de Percy y Annabeth dependen en ello.
– ¿Rápido? –Sonrió Leo–. Puedo hacerlo rápido.
Él corrió hacia la consola y comenzó a mover interruptores. Nico tomó el brazo de Hazel y la guió hacia afuera del alcance del oído de Leo.
–¿Qué más dijo Hécate? ¿Dijo algo de…?
–No puedo– Hazel lo interrumpió. Las imágenes que ella había visto casi la abrumaron: Percy y Annabeth sin ayuda bajo los pies de aquellas puertas de metal negro, el gigante oscuro acercándose a ellos, Hazel atrapada en un brillante mazo de luz, sin poder ayudar.
“Debes vencer a la bruja”, Hécate había dicho. “Tú sola puedes vencerla. A no ser que…”
El fin, pensó Hazel. Todos los portales cerrados. Toda la esperanza extinta. Nico le había advertido. Él se había comunicado con los muertos, los había oído susurrando pistas acerca de su futuro. Dos hijos del Inframundo deben entrar en la Casa de Hades. Ellos se enfrentarán a un enemigo imposible de vencer. Sólo uno de ellos pasará a las Puertas de la Muerte.
Hazel no pudo mirar a los ojos de su hermano.
–Te lo diré más tarde–ella prometió, intentando que su voz no temblara–. Ahora, deberíamos descansar lo más que podamos. Esta noche, cruzaremos los Apeninos.

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Última edición por Orfeo23 el 08/10/13, 05:51 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 05:23 pm

V
Annabeth
Nueve días
Mientras caía, Annabeth pensó en Hesíodo, el viejo poeta griego que especulaba que se tardarían 9 días en caer de la tierra al Tártaro.
Ella esperaba que Hesíodo estuviese mal. Ella perdió la cuenta de cuánto tiempo ella y Percy habían estado cayendo… ¿Horas? ¿Un día? Se sintió como una eternidad. Ellos habían estado agarrándose las manos todo el tiempo desde que cayeron al abismo. Ahora Percy la atrajo hacia sí, abrazándola mientras caían hacia la absoluta oscuridad.
El viento silbaba en los oídos de Annabeth. El aire se hizo más caliente y más apagado, como si estuviesen cayendo dentro de la garganta de un dragón gigante. Su recientemente tobillo roto palpitaba, pero ella no sabría decir si todavía estaba enredado en telarañas.
Ese monstruo maldito, Aracne. A pesar de haber sido atrapada en su propia telaraña, aplastada por un auto y aventada hacia el Tártaro, la mujer araña tuvo su revancha. De alguna manera su hilo se había enredado en la pierna de Annabeth y la había tirado hacia el abismo, con Percy incluido.
Annabeth no quería imaginar que Aracne siguiese viva, en algún lugar debajo de ellos en la oscuridad. Ella no quería ver a ese monstruo otra vez cuando llegasen al fondo. Viendo el lado positivo, asumiendo que hubiese un fondo, Annabeth y Percy probablemente serían aplastados en el impacto, así que las arañas gigantes eran la menor de sus preocupaciones.
Ella envolvió sus brazos alrededor de Percy e intentó no sollozar. Ella nunca esperó que su vida fuese fácil. La mayoría de los semidioses murieron jóvenes en las manos de terribles monstruos. Así era como pasaba desde los tiempos antiguos. Los griegos inventaron la tragedia. Ellos sabían que los héroes más grandes no tenían finales felices.
Aún así, esto era injusto. Ella había pasado por tantas cosas para conseguir esa estatua de Atenea. Y justo cuando lo logró, cuando las cosas se comenzaron a ver bien y ella se había reunido con Percy, ellos cayeron hacia su muerte.
Ni siquiera los dioses no pueden idear un destino tan retorcido.
Pero Gea no era como los otros dioses. La Madre Tierra era más vieja, más cruel, más sangrienta. Annabeth podía imaginarla riéndose mientras ellos caían a las profundidades.
Annabeth apretó sus labios contra la oreja de Percy.

–Te amo.
Ella no estaba segura de que él pudo oírla;pero si ellos iban a morir, ella quería que esas fuesen sus últimas palabras.
Ella intentó desesperadamente idear un plan que los salvara. Ella es una hija de Atenea. Ella se lo había demostrado a sí misma en los túneles debajo de Roma, venciendo una serie de desafíos con sólo su inteligencia. Pero ella no pudo pensar en otra forma para poder meter reversa o retardar su caída.
Ninguno de ellos tenía el poder de volar —no cómo Jason, que podía controlar el viento; o Frank, quien podía transformarse en un animal alado—. Si llegaban al fondo a una velocidad terminal… Bien, ella sabía con certeza qué significaba terminal.
Ella se preguntaba seriamente si ellos podrían hacer un paracaídas con sus camisetas–así de desesperada estaba– cuando algo a sus alrededores cambió. La oscuridad se tintó en un color rojo grisáceo. Ella se dio cuenta de que podía ver el cabello de Percy mientras ella lo abrazaba. El silbido en sus oídos se transformó en algo así como un rugido. El aire se hizo intolerablemente caliente, permeado con un olor a huevos podridos.
De repente, el tobogán por el que habían estado cayendo se abrió a una basta caverna. A media milla debajo de ellos, quizá, Annabeth vio el fondo. Por un momento, ella se asombró tanto que no pudo pensar bien. Toda la isla de Manhattan pudo haber cabido en esa caverna– y eso que ella no pudo ver  su total extensión—. Nubes rojas colgaban del aire como sangre vaporizada. El terreno–al menos lo que ella pudo ver– era rocoso con planicies negras, rodeado de montañas ásperas y ardientes grietas. A la izquierda de Annabeth, el suelo se abría en una serie de acantilados, como escaleras colosales guiando lo más profundo del abismo.
El hedor a azufre hizo difícil que ella se concentrara, pero se concentró en el suelo directamente debajo de ellos y vio una línea de líquido negro brillante– un río.
–¡Percy! –ella gritó en su oído–. ¡Agua!
Ella hizo gestos frenéticamente. La cara de Percy era difícil de leer en la tenue luz roja. Él parecía encerrado en una concha de mar y atemorizado, pero asintió como si lo entendiera.
Percy podía controlar el agua–asumiendo que había agua debajo de ellos–. Él podría ser capaz de suavizar su caída de alguna forma. Por supuesto, Annabeth había oído terribles historias acerca de los ríos del Inframundo. Ellos podían llevarse tus memorias, o quemar tu cuerpo y tu alma en cenizas. Pero decidió no pensar en ello. Esta era su única oportunidad.
El río se lanzó hacia ellos. En el último segundo, Percy gritó desafiante. El agua salió disparada en un géiser masivo y lo tragó completamente.

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 07:54 pm

Awwwwwwwwwwwwwww gracias por los capitulossss,, estoy agonisando en la esperaa ..buu

Gracias , espero el siguiente capitulo Very Happy
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 07:58 pm

Gracias por traducirlo cheers 
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 08:04 pm

Gracias por la traducción Orfeo. Y sobre los dos capítulos, más le vale al tío Rick que no haga ningún final que le mostró Hécate a Hazel,porque no sé si lo perdonaría; vamos, que cualquiera de las imágenes son horribles.
Ahora a esperar a otro capítulo de Annabeth, se me hizo muy corto.

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 09:14 pm

Muero muero muero
Te amo, te lo había dicho?
Los capítulos parecen muy cortos
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 09:49 pm

Yo también estoy en lo de la traducción así que aquí va el sexto.

VI


Annabeth

EL IMPACTO no la mató, pero el frío casi lo hizo.
El agua congelada sacudió el aire fuera de sus pulmones. Sus miembros se volvieron rígidos, y ella perdió el agarre sobre Percy. Ella comenzó a hundirse. Un extraño llanto llenó sus oídos - millones de voces afligidas, como si el río estuviera hecho de tristeza destilada–. Las voces eran peor que el frío. Estas la ponían decaída y la hacían adormecerse.

“¿Cuál es el sentido de la lucha?” le dijeron. “Estás muerta de todos modos.” “Nunca vas a dejar este lugar.”

Ella podría hundirse hasta el fondo y ahogarse, dejar que el río se llevara su cuerpo de inmediato. Eso sería más fácil.

Ella sólo debía cerrar sus ojos...

Percy agarró su mano y la sacudió de vuelta a la realidad. Ella no podía verlo en el agua turbia, pero repentinamente ya no quería morir. Se impulsaron hacia arriba juntos y salieron a la superficie.

Annabeth se quedó sin aliento, agradecida por el aire, sin importar lo sulfuroso que estuviera. El agua se arremolinaba a su alrededor y se dio cuenta de que Percy estaba creando un remolino que los impulsaba hacia arriba.

Aunque ella no asimilaba su entorno, sabía que era un río. Los ríos tenían orillas.

— Tierra— dijo con voz ronca—. Ve al costado.

Percy parecía casi muerto de cansancio. Por lo general, el agua lo revitalizaba, pero no esta agua.
Controlarla debe haber tomado cada pedacito de su fuerza. El remolino comenzó a disiparse. Annabeth enganchó un brazo alrededor de su cintura y se esforzó en cruzar la corriente. El río iba en contra de ella: miles de voces llorosas susurrando en sus oídos, llegando dentro de su cerebro.
“La vida es la desesperación”, dijeron. “Todo es inútil, y luego te mueres.”

—No tiene sentido—murmuró Percy. Sus dientes castañeteaban de frío. Él dejó de nadar y comenzó a hundirse.
— ¡Percy! —bramó ella—.El río está jugando con tu mente. Es El Cocito “El Río de la lamentación.” ¡Está hecho de pura miseria!
—Miseria —acordó él.
—¡Luchar contra él!
Ella pateó y forcejeó, intentando mantener ambos a flote. Otra broma cósmica para disfrute de Gea: Annabeth muriendo tratando de salvar a su novio, el hijo de Poseidón, de ahogarse.

“No va a suceder, bruja,” pensó Annabeth.
Abrazó a Percy fuertemente y lo besó.
—Háblame de Nueva Roma— le exigió —, ¿Cuáles eran tus planes para nosotros?
—Nueva Roma... Para nosotros...
—Sí, sesos de alga. ¡Dijiste que podríamos tener un futuro allí! ¡Dímelo!
Annabeth nunca había querido dejar el Campamento Mestizo. Fue el único hogar verdadero que jamás había conocido.
Pero hace días, en el Argo II, Percy le había dicho que él se imaginaba un futuro para ambos entre los semidioses romanos. En la ciudad de Nueva Roma, los veteranos de la legión podrían establecerse con seguridad, ir a la universidad, casarse, incluso tener hijos.
—Arquitectura —murmuró Percy. La niebla comenzó a despejarse de sus ojos —.Pensé que te gustarían las casas, los parques. Hay una calle con todas esas fuentes frescas.
Annabeth comenzó avanzar contra la corriente. Sus miembros se sentían como sacos de arena mojada, pero Percy la estaba ayudando. Podía ver la oscura línea de la costa como a un tiro de piedra de distancia.
—Universidad—susurró ella —, ¿Podríamos ir juntos?
—S-sí —asintió él, un poco más confiado.
—¿Qué vas a estudiar, Percy?
— No sé —admitió.
—¿Ciencia marina?— sugirió ella—,¿ Oceanografía?
— ¿Surfear? —preguntó él.
Ella se echó a reír y el sonido envió una onda de choque a través del agua. El llanto se desvaneció como un ruido de fondo. Annabeth se preguntó si alguien había reído en el Tártaro antes, “sólo una pura, simple carcajada de placer”. Lo dudaba.
Ella usó sus últimas fuerzas para llegar a la orilla del río. Sus pies se hundieron en el fondo arenoso. Ella y Percy se arrastraron a tierra. Temblando y jadeando, se desplomaron sobre la arena oscura.
Annabeth quería acurrucarse junto a Percy e irse a dormir. Quería cerrar los ojos, con la esperanza de que todo esto fuera sólo un mal sueño y despertar,  para encontrarse de nuevo en el Argo II, a salvo con sus amigos (bueno... tan seguro como un semidiós puede estarlo).
Pero, no. Estaban realmente en el Tártaro. A sus pies, el río Cocito pasó rugiendo una avalancha de miserias líquidas. El aire sulfuroso picó los pulmones de Annabeth y le erizó la piel. Cuando ella miró sus brazos, vio que ya estaban cubiertos con un furioso sarpullido. Ella trató de incorporarse y jadeó de dolor.
La playa no era de arena. Estaban sentados en un campo de astillas de vidrio negro áspero, algunos de los cuales estaban ahora incrustados en las palmas de Annabeth.
Así que el aire era ácido. El agua era  miseria. El suelo era de vidrio roto. Aquí todo había sido diseñado para herir y matar. Annabeth tomó un respiro agitado y se preguntó si las voces en el Cocito tenían razón. Tal vez la lucha por la supervivencia era inútil. Estarían muertos en una hora.
A su lado, Percy tosió. —Este lugar huele como mi ex padrastro.
Annabeth esbozó una sonrisa débil. Nunca había conocido a Gabe maloliente, pero  había oído suficientes historias.
Amaba que Percy tratara de levantarle el ánimo.
Si hubiera caído en el Tártaro ella sola, Annabeth pensó, habría estado condenada. Después de todo lo que había pasado bajo Roma, la búsqueda de la Atenea Partenos, esto era simplemente demasiado. Ella se hubiera acurrucado y llorado hasta que se convirtiera en otro fantasma, fundiéndose con el Cocito.
Pero ella no estaba sola. Tenía a Percy. Y eso significaba que no podía darse por vencida.
Se obligó a hacer un balance. Su pie estaba todavía envuelto en su yeso de tabla y plástico de burbujas, todavía enredado en las telarañas. Pero cuando ella se movió, no sintió daño. La ambrosía que había comido en los túneles debajo de Roma debió finalmente haber arreglado los huesos.
Su mochila se había ido -perdida en la caída, o tal vez arrastrada en el río -. Odiaba perder el portátil de Dédalo, con todos sus programas fantásticos y datos, pero tenía problemas peores. Su daga de bronce Celestial no estaba -el arma que había llevado desde que tenía siete años de edad -.
Caer en cuenta de eso casi la rompió, pero no podía permitirse pensar en ello. Habría tiempo para llorar después. ¿Qué más tenían?
Sin comida, ni agua... básicamente sin suministros en lo absoluto.
Sip. Todo a un comienzo prometedor.
Annabeth miró a Percy. Se veía bastante mal. Su pelo oscuro estaba pegado a su frente, su camiseta hecha trizas. Sus dedos estaban en carne viva por aferrarse a esa cornisa antes de caer. Lo más preocupante de todo, él estaba temblando y sus labios estaban azules.
—Debemos seguir avanzando o vamos a tener hipotermia— dijo Annabeth —. ¿Puedes levantarte?
Él asintió con la cabeza. Ambos se esforzaron en ponerse de pie.
Annabeth puso su brazo alrededor de su cintura, aunque no estaba segura de quién se estaba apoyando en quién. Escaneó los alrededores. Por encima, ella no vio ni rastro del túnel por el cual habían caído. Ni siquiera podía ver el techo de la caverna, sólo nubes de color sangre flotando en el aire gris brumoso. Era como mirar a través de una mezcla fina de tomate y de cemento.
La playa de arena negra se extendía hacia el interior a unos cincuenta metros, y luego caía por el borde de un acantilado. Desde donde estaba, Annabeth no podía ver lo que había debajo, pero el borde brillaba con luz roja, como si estuviese iluminado por grandes incendios.
Un recuerdo lejano vino a ella, algo sobre el Tártaro y el fuego. Antes de que pudiera pensar demasiado en ello, Percy respiró hondo.
—Mira.—señaló río abajo.
A unos treinta metros de distancia, un coche italiano azul celeste de aspecto familiar se estrelló de cabeza en la arena. Se veía como el Fiat que se había estrellado en Aracne y la había enviado en caída al abismo.
Annabeth esperaba estar equivocada pero , ¿cuántos coches deportivos italianos podría haber en el Tártaro? Una parte de ella no quería ir a ninguna parte cercana, pero tenía que averiguarlo. Agarró la mano de Percy, y tropezó hacia los restos. Uno de los neumáticos del vehículo había salido y estaba flotando en un remolino en el agua del Cocito. Las ventanas de la Fiat estaban destrozadas, enviando cristal brillante como el glaseado en la playa oscura. Bajo el capó triturado yacían los restos andrajosos, relucientes de un capullo de seda gigante, la trampa con que Annabeth había engañado a Aracne para tejerlo. Estaba sin lugar a dudas vacío. Marcas de garras en la arena se hacían camino río abajo... como si algo pesado, con múltiples piernas, se hubiera hundido en la oscuridad.
—Ella está viva. —Annabeth estaba tan horrorizada, tan indignada por la injusticia de todo, tuvo que reprimir las ganas de vomitar.
—Es el Tártaro—dijo Percy —.Territorio de los monstruos. Aquí abajo, a lo mejor no pueden ser asesinados.
Dio a Annabeth una mirada avergonzada, como si se diera cuenta de que no estaba ayudando a la moral del equipo. O tal vez ella está gravemente herida, y se arrastró para morir.
—Quedémonos con eso —asintió Annabeth.
Percy aún estaba temblando. Annabeth no se sentía más cálida tampoco, a pesar de que el aire era caliente y pegajoso.
Los cortes de cristal en sus manos aún estaban sangrando, lo cual era inusual para ella. Normalmente, ella sanaba rápido.
Su respiración se hizo más y más trabajosa.
—Este lugar nos está matando— dijo—. Lo quiero decir, es, que literalmente, nos va a matar, a menos que...
Tártaro. Fuego. Ese recuerdo lejano se iluminó. Ella miró hacia el interior del acantilado, iluminado por las llamas de abajo.
Era una idea completamente loca. Pero podría ser su única oportunidad.
— ¿A menos que— sugirió Percy— tengas un plan brillante?, ¿lo tienes?
— Es un plan —murmuró Annabeth —.No sé si tenga algo de brillante. Tenemos que encontrar El Río de Fuego.
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Yuli Cullen
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 11:29 pm

omg!!!!! ya muero x leer mas!!! muchisimas gracias!!!! Smile
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    08/10/13, 11:36 pm

VII


Annabeth

Cuando llegaron a la cornisa, Annabeth estaba segura de que había firmado su sentencia de muerte.
El acantilado caía a más de veinticinco metros. En la parte inferior se extendía una versión de pesadilla del Gran Cañón: un río de fuego abriéndose paso a través de una áspera grieta obsidiana, el rojo brillante proyectaba sombras horribles en todas las caras del acantilado.
Incluso desde la parte superior del cañón, el calor era intenso. El frío del río Cocito no había salido de los huesos de Annabeth, pero ahora su rostro se sentía crudo y quemado por el sol. Cada respiración requería mayor esfuerzo, como si su pecho se llenara de cacahuates de espuma de poliestireno. Los cortes en sus manos sangraban más en lugar de menos.
El tobillo de Annabeth, que casi se había curado, ahora parecía que estaba roto de nuevo. Se había quitado el yeso improvisado, pero ahora se arrepentía. Cada paso le hacía poner una mueca de dolor.
Suponiendo que podían lograrlo hasta el río de fuego, lo cual dudaba, su plan parecía oficialmente loco.
- Uh... -Percy examinó el acantilado. Señaló una pequeña fisura en diagonal desde el borde hasta el fondo-. Podemos tratar por esa rinconera de allí. Podría ser adecuada para bajar.
Él no dijo que estarían locos para intentarlo. Se las arregló para sonar optimista. Annabeth estaba agradecida por ello, pero también preocupada de que ella los estuviera llevando a su perdición.
Por supuesto, si se quedaban allí morirían de todos modos. Las ampollas se habían comenzado a formar en los brazos por la exposición al aire del Tártaro. Todo el ambiente era tan saludable como una zona de explosión nuclear.
Percy fue primero. La cornisa era apenas lo suficientemente ancha como para permitir un punto de apoyo. Sus manos se agarraron por cualquier grieta en la roca vidriosa. Cada vez que Annabeth ponía presión sobre su pie malo, quería gritar. Había arrancado las mangas de su camiseta y utilizó la tela para envolver sus manos ensangrentadas, pero sus dedos seguían resbaladizos y débiles.
A pocos pasos debajo de ella, Percy gruñó mientras tomaba otro asidero. - Así que... ¿qué es este llamado río de fuego?
- El Flegetonte -dijo- . Deberías concentrarte en bajar.
- ¿El Flegetonte? .Él trepó por la cornisa. Habían hecho cerca de un tercio del camino por el acantilado, todavía lo suficientemente alto como para morir si caían-.  Suena como un maratón para venta ambulante de bolitas de papel.
- Por favor, no me hagas reír –ella dijo- .
- Sólo trato de mantener las cosas animadas.
-Gracias- le gruñó, casi perdiendo la repisa con su mal pie-. Voy a tener una sonrisa en mi cara mientras me desplomo a mi muerte.
Siguieron adelante, un paso a la vez. Los ojos de Annabeth se llenaron de sudor. Sus brazos temblaban. Pero, para su asombro, finalmente llegaron a la parte inferior del acantilado.
Cuando llegaron al suelo, ella tropezó. Percy la agarró. Ella estaba alarmada por la forma febril en que su piel se sentía. Forúnculos rojos habían estallado en su cara, por lo que parecía ser una víctima de la viruela.
Su propia visión era borrosa. Sentía ampollas en su garganta, y su estómago se apretó más fuerte que un puño. Tenemos que apresurarnos, pensó.
-Sólo hasta el río -le dijo Percy, tratando de mantener el pánico lejos de su voz- . Podemos hacer esto.
Se tambalearon sobre las cornisas de vidrio pulido, rodeando enormes rocas, evitando estalagmitas que podrían clavarse con cualquier deslizamiento del pie. Sus ropas andrajosas vaporaban por el calor del río, pero siguieron adelante hasta que se desplomaron en sus rodillas en la ribera del Flegetonte.
- Tenemos que beber -dijo Annabeth-.
Percy se tambaleó, con los ojos medio cerrados . Le tomó tres cargos para responder. - Uh ... ¿beber fuego?
- El Flegetonte fluye desde el reino de Hades hacia abajo en el Tártaro. -Annabeth apenas podía hablar. Su garganta se cerraba por el calor y el aire ácido-. El río se utiliza para castigar a los malvados. Pero también... algunas leyendas lo llaman el Río de la cura.
- ¿Algunas leyendas?
Annabeth tragó saliva, tratando de mantenerse consciente. - El Flegetonte mantiene los malvados en una sola pieza, para que puedan soportar los tormentos de los campos de castigo. Creo... que podría ser el equivalente inframundo de la ambrosía y el néctar.
Percy se estremeció como cenizas pulverizadas del río, enroscándose alrededor de su cara. - Pero es fuego. ¿Cómo podemos nosotros-
- Así. -Annabeth metió las manos en el río-.
¿Estúpido? Sí, pero ella estaba convencida de que no tenían otra opción. Si esperaban más, podrían morir. Es mejor probar algo absurdo y esperar que funcione.
En el primer contacto, el fuego se sintió doloroso. Se sentía frío, lo que probablemente significaba que estaba tan caliente que estaba sobrecargando los nervios de Annabeth. Antes de que pudiera cambiar de opinión, ella tomó el líquido ardiente en sus manos y se la llevó a la boca.
Ella esperaba un sabor como la gasolina. Era mucho peor. Una vez, en un restaurante nuevo en San Francisco, había cometido el error de probar un chile picante que había venido con un plato de comida india. Después de apenas picarlo, ella pensó que su sistema respiratorio iba explotar. Beber de la Flegetonte era como tragar una malteada de chile picante. Su pecho lleno de fuego líquido. Su boca se sentía como si estuviera siendo frita. Sus ojos derraman lágrimas de ebullición, y cada poro en su rostro se abrió. Se desplomó, con náuseas y arcadas, todo su cuerpo temblaba violentamente.
- ¡Annabeth! -Percy la agarró por los brazos y apenas logró que dejara de rodar hacia el río-.
Las convulsiones pasaron. Tomó aliento y logró sentarse. Se sentía terriblemente débil y con náuseas, pero su siguiente respiración se hizo más fácil. Las ampollas en sus brazos estaban empezando a desvanecerse.
- Funcionó, -dijo con voz ronca- .  Percy, tienes que beber.
-Yo...- Retorció sus ojos y se dejó caer hacia ella.
Desesperada, ella tomó más fuego en la palma. Ignorando el dolor, ella goteó el líquido en la boca de Percy. Él no respondió.
Lo intentó de nuevo, echando un puñado entero por su garganta. Esta vez farfulló y tosió.
Annabeth lo sostenía mientras él temblaba, el fuego mágico cruzaba a través de su sistema. La fiebre desapareció. Sus heridas se desvanecieron. Se las arregló para sentarse y saborear con sus labios.
- Uf, -dijo él -. Picante y desagradable.
Annabeth se rió débilmente. Estaba tan aliviada que se sentía mareada. -Sí. Eso prácticamente lo resume todo.
- Nos has salvado.
- Por ahora –dijo ella- . El problema es que aún estamos en el Tártaro.
Percy parpadeó. Miró a su alrededor como si acabara de caer en cuenta del lugar donde estaban. - Santa Hera. Nunca pensé... bueno, no estoy seguro de lo que pensaba. Tal vez que el Tártaro era un espacio vacío, un pozo sin fondo. Pero este es un lugar real.
Annabeth recordó el paisaje que había visto mientras caían, una serie de mesetas que conducían siempre hacia abajo en la oscuridad.
- No hemos visto todo, -le advirtió-. Esto podría ser sólo la primera parte minúscula del abismo, como los escalones de la entrada.
- La alfombra de bienvenida -masculló Percy.
Ambos miraron hacia las nubes de color sangre se arremolinaban en la bruma gris. De ninguna manera iban a tener la fuerza para volver a subir el acantilado, incluso si quisieran. Ahora sólo había dos opciones: o río abajo, río arriba, bordeando las orillas del Flegetonte.
- Vamos a encontrar una manera de salir, -dijo Percy-. Las puertas de la muerte.
Annabeth se estremeció. Recordó lo que Percy había dicho justo antes de caer en el Tártaro. Había hecho prometer a Nico di Angelo que lideraría el Argo II a Epiro, en el lado mortal de las puertas de la muerte.
Nos vemos ahí, Percy había dicho.
Esa idea parecía aún más loca que el fuego potable. ¿Cómo podrían los dos pasear por el Tártaro y encontrar las puertas de la muerte? Apenas habían sido capaces de tropezar a unos cien metros de este lugar venenoso sin morir.
- Tenemos que hacerlo, -dijo Percy-. No sólo por nosotros. Por todos los que amamos. Las puertas tienen que ser cerradas por ambos lados, o los monstruos sólo seguirán llegando. Las Fuerzas de Gea invadirán el mundo.
Annabeth sabía que tenía razón. Sin embargo... cuando ella trató de imaginar un plan que podría tener éxito, la lógica la abrumaba. No tenían forma de localizar Las Puertas. No sabían cuánto tiempo tomaría, o incluso si el tiempo corría a la misma velocidad en el Tártaro. ¿Cómo era posible sincronizar una reunión con sus amigos? Y Nico había mencionado una legión de los monstruos más fuertes de Gea que custodiaban las puertas del lado Tártaro. Annabeth y Percy no podía lanzar precisamente un asalto frontal.
Ella decidió no hablar de nada de eso. Ambos sabían que las probabilidades estaban en contra. Además, después de nadar en el río Cocito, Annabeth había oído suficiente quejido y gemido para toda la vida.
Se prometió a sí misma no volver a quejarse de nuevo.
- Bueno. -Ella tomó una respiración profunda, agradecida, al menos, de que sus pulmones no dolieran-. Si nos quedamos cerca del río, vamos a tener una forma de sanarnos a nosotros mismos. Si vamos abajo-
Sucedió tan rápido que Annabeth habría muerto si hubiera estado sola.
Percy fijó sus ojos en algo detrás de ella. Annabeth giró y vio como una forma oscura enorme se precipitó hacia ella - un gruñido, una monstruosa mancha con piernas flacas con púas y los ojos brillando.
Ella tenía tiempo para pensar: Aracne. Pero se congeló de terror, sus sentidos asfixiados por el enfermizo olor dulce.
Entonces oyó el “Shink” familiar de bolígrafo de Percy transformando en una espada. Su espada se precipitó sobre su cabeza en un arco de bronce brillante. Un grito terrible resonó a través del cañón.
Annabeth se quedó allí, aturdida, mientras el polvo de color amarillo -los restos de Aracne- llovieron alrededor como polen de árboles.
- ¿Estás bien? -Percy escaneó los acantilados y rocas, alerta por si hubieran más monstruos, pero nada más apareció. El polvo de oro de la araña se instaló en las rocas de obsidiana.
Annabeth se quedó mirando a su novio con asombro. La hoja de bronce celestial de Riptide brillaba aún más en la oscuridad del Tártaro. A su paso por el aire caliente de de la atmosfera, hacía un silbido desafiantes como una serpiente irritada.
- Ella... ella me hubiera matado, -tartamudeó Annabeth .
Percy pateó el polvo en las rocas, con una expresión sombría e insatisfecha. - Murió con demasiada facilidad, teniendo en cuenta la cantidad de torturas que te hizo pasar. Ella se merecía algo peor.
Annabeth no podía discutir con eso, pero la dureza en la voz de Percy fue inquietante. Nunca había visto a alguien tan enfadado o vengativo a su favor. Casi la hizo sentir alegre de que Aracne muriera rápidamente. -¿Cómo pudiste moverte tan rápido?
Percy se encogió de hombros. - Tengo que cuidar la espalda del otro, ¿verdad? Ahora, estabas diciendo... ¿abajo?
Annabeth asintió, todavía en un sueño. El polvo amarillo se disipó en la costa rocosa, volviéndose a vapor. Al menos ahora sabía que los monstruos podrían morir en el Tártaro... aunque no tenía ni idea de cuánto tiempo
Si Aracne permanecería muerta. Annabeth no pensaba quedarse el tiempo suficiente para averiguarlo.
- Sí, aguas abajo, -se las arregló-  Si el río proviene de los niveles superiores de los infiernos, debe fluir más hacia el Tártaro-
- Por lo que conduce a un territorio más peligroso, -finalizó Percy-. Lo que es probablemente el lugar donde están las puertas. Con suerte.
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AngelitoAzul
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 07:39 am

Es genial!Very Happy Very Happy 
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Kenryux
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 07:55 am

MUCHÍSIMAS GRACIAS POR EMPEZAR A TRADUCIRLO!
ESPERARE A LEERLO CUANDO ESTE COMPLETO Very Happy
(Es que me volvería loco por las ansias Razz)
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Orfeo23
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 03:22 pm

VIII
Annabeth
Sólo habían recorrido unas cuantas yardas cuando Annabeth escuchó unas voces.
Annabeth caminaba trabajosamente, media entumecida, intentando formar un plan. Desde que ella era una hija de Atenea, los planes se suponían que eran su especialidad, pero era difícil hacer estrategias con tu estómago gruñendo y tu garganta ardiendo. La brava agua del Flegelonte la curó y le dio fuerzas, pero no hizo nada con el hambre o la sed. El río no era para hacerte sentir bien, Annabeth adivinó. Sólo te hace proseguir para que puedas experimentar un dolor cada vez más insoportable.
Su cabeza comenzó a caer con cansancio. Después, ella las oyó –voces femeninas teniendo un tipo de discusión– y se puso inmediatamente alerta.
Ella susurró.
–Percy, ¡abajo!
Ella lo empujó hacia la piedra más cercana, empujándolo tan fuerte contra la orilla del río que los zapatos de Annabeth casi tocaban el fuego del río. En el otro lado, por un camino estrecho entre el río y los acantilados, unas voces gruñían, cada vez más fuerte conforme se acercaban desde río arriba.
Annabeth trató de detener su respiración. Las voces eran vagamente humanas, pero eso no significaba nada. Ella asumió que lo que sea que estuviese en el Tártaro era su enemigo. Ella no sabía cómo era que los monstruos no los habían detectado todavía. Además, los monstruos podían oler semidioses–especialmente a los más poderosos como Percy, hijo de Poseidón. Annabeth dudó que el esconderse detrás de una roca les haría algún bien cuando los monstruos detectaran su olor.
Aún así, conforme los monstruos se fueron acercando, sus voces no cambiaron en tono. Sus pisadas desiguales– scrap, clump, scrap, clump– no se aceleraron.
–¿Pronto? –uno de ellos preguntó en una voz rasposa, como si hubiese estado haciendo gárgaras en el Flegelonte.
–¡Oh, por los dioses! –dijo otra voz. Esta sonaba más joven y mucho más humana, como una chica mortal adolescente hecha enojar por uno de sus amigos en el centro comercial. Por alguna razón, ella le pareció familiar a Annabeth–. ¡Ustedes, son realmente molestos! Les dije, es como en tres días desde hoy.
Percy tomó la muñeca de Annabeth. Él miró hacia ella con un tono alarmado, como si reconociese la voz de la chica del mal.
Hubo un coro de gruñidos y quejas. Las criaturas–quizá media docena, Annabeth estimó– habían parado justo en el otro lado de la piedra, pero aún no habían dado ninguna señal de detectar su olor a semidioses. Annabeth se preguntó si los semidioses no huelen igual en el Tártaro, o si otros olores allí eran tan poderosos que escondían el aura de un semidiós.
–Me pregunto–dijo la tercera voz, grave y vieja, como la primera–. Si acaso tú no conoces el camino, jovenzuelo.
–Oh, cierra los colmillos, Seréfone–dijo la chica de centro comercial–. ¿Cuándo fue la última vez que escapaste hacia el mundo mortal? Yo estuve ahí hace un par de años. ¡Conozco el camino! Además, entiendo a lo que nos enfrentaremos ahí. ¡Ustedes no tienen idea!
–¡La Madre Tierra no te hizo la jefa! – chilló una cuarta voz.
Surgieron más siseos, forcejeos y gemidos salvajes– como gatos callejeros gigantes peleándose. Al final, uno al que habían llamado Seréfone gritó:
–¡Basta!
Los forcejeos pararon.
–La seguiremos por ahora–dijo Seréfone–. Pero si no nos guías bien, si descubrimos que tú nos mentiste acerca de la llamada de Gea…
–¡Yo no miento! –gritó la chica de centro comercial–. Creánme me, tengo una muy buena razón para entrar en esta batalla. Tengo algunos enemigos qué devorar, y ustedes beberán de la sangre de los héroes. Sólo déjenme un bocado especial– a Percy Jackson.
Annabeth calló un pequeño gruñido suyo. Ella se olvidó de sus miedos. Ella quiso saltar encima de la roca, rebanar a los monstruos y convertirlos en polvo con su cuchillo… Excepto por el hecho de que ella ya no lo tenía.
–Créeme–dijo la chica de centro comercial–. Gea nos llamó, y tendremos mucha diversión. Antes de que la guerra termine, los mortales y los semidioses temblarán al oír mi nombre – ¡Kelli!
Annabeth casi soltó un gañido. Ella miró a Percy. Aún sobre la luz roja del Flegelonte, su cara parecía de cera.
–Empusas–ella murmuró. Vampiras–.
Percy asintió sombríamente.
Ella recordaba a Kelli. Hace dos años, en la orientación de novato de Percy, él y su amiga Rachel Dare habían sido atacados por empusas disfrazadas como animadoras. Una de ellas se llamaba Kelli. Después, la misma empusa los atacó en el taller de Dédalo. Annabeth la había apuñalado en la espalda y la envío aqu… aquí. Al Tártaro.
Las criaturas arrastraban sus pies, con sus voces haciéndose cada vez más débiles. Annabeth trepó a la cima de la piedra y echó un peligroso vistazo. Efectivamente, cinco mujeres se tambaleaban en piernas desiguales – bronce mecánico en la izquierda y en la derecha una pierna lanuda con pezuñas.
Su cabello estaba hecho de fuego, su piel era blanca como los huesos. Las mayoría de ellos llevaban vestidos andrajosos de la Antigua Grecia, excepto por su líder, Kelli, quien vestía una blusa quemada y desgarrada con una falda plisada… Su vestido de animadora.
Annabeth hizo rechinar sus dientes. Ella había enfrentado a muchos monstruos malvados en años anteriores, pero ella odiaba a las empusas más que a la mayoría.
Además de sus asquerosas garras y colmillos, tenían una poderosa abilidad para manipular la Niebla. Podían cambiar de forma y convencer mágicamente con sus palabras, engañando a los mortales, haciéndolos bajar la guardia. Los hombres eran especialmente susceptibles. La táctica favorita de las empusas era hacer a un hombre enamorarse de ellas, después beber su sangre y devorar su carne. Lo cual, no es una gran primera cita.
Kelli casi mató a Percy. Ella había manipulado al más viejo amigo de Annabeth, Luke, haciéndolo cometer obras cada vez más y más oscuras en el nombre de Cronos.
Annabeth realmente deseaba el poder tener su daga.
Percy se alzó.
–Se dirigen a las Puertas de la Muerte–él murmuró–. ¿Sabes lo que significa?
Annabeth no quería pensar en ello, pero tristemente este escuadrón de horrorosas chicas-come-carne eran la cosa más cercana a tener suerte que ellos tendrían en el Tártaro.
–Sí–ella dijo–. Tenemos que seguirlos.


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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 03:22 pm

OH DIOS MIO!
Gracias!!! ya creía que lo tendría que leer en inglés
(si, he vuelto del Tártaro por un tiempo, ya sabes, vivir con Cronos no es fácil Very Happy)
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Orfeo23
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 06:38 pm

IX
Leo
Leo pasó toda la noche peleando con una Atenea de cuarenta pies de altura.
Desde que habían traído la estatua a borde, Leo había estado obsesionado en descubrir cómo funcionaba. Él estaba seguro de que tenía poderes de primera. Tenía que haber algún interruptor o placa de presión o algo.
Él tendría que estar dormido, pero no podía. Él pasaba horas caminando sobre la estatua, que abarcaba la mayor parte de la cubierta inferior. Los pies de Atenea se atoraron en la enfermería así que tenías que estrujar sus pies de marfil si es que querías conseguir unos analgésicos. Su cuerpo era del tamaño de un muelle portuario, su alargada mano pasaba por el cuarto de máquinas, ofreciendo la figura de Niké a tamaño real que estaba en su palma, como diciendo “Por aquí, ¡ten algo de Victoria! La serena cara de Atenea abarcaba la mayor parte de los establos de los pegasos, que afortunadamente estaban desocupados. Si Leo fuese un caballo mágico, no le gustaría vivir en un establo con una diosa de gran tamaño mirándolo.
La estatua encajada firmemente en el corredor, para que Leo pudiese trepar hacia arriba y sostenerse con sus extremidades, buscando palancas y botones.
Como de costumbre, no encontró nada.
Él había hecho investigaciones de la estatua. Él sabía que estaba hecha con una estructura de madera hueca cubierta con marfil y oro, lo que explicaba por qué era tan ligera. Estaba en muy buena forma, considerando que era de más de dos mil años de antigüedad y había sido saqueada de Atenas, llevada a Roma y había sido secretamente guardada en una caverna de una araña por más de dos milenos. La magia debió de haberla dejado intacta, Leo descubrió, combinado con una muy buena artesanía.
Annabeth había dicho… Bien, él trató de no pensar en Annabeth. Él aún se sentía culpable porque Percy y ella habían caído al Tártaro. Leo sabía que era su culpa. Él debió tener a todos a salvo a bordo del Argo II antes de asegurar la estatua. Él debería de haberse dado cuenta que el piso de la caverna era inestable.
Aún así, culparse no iba a traer de vuelta a Percy y Annabeth. Tenía que concentrarse en arreglar los problemas que él podía arreglar.
Como sea, Annabeth había dicho que la estatua era la clave para derrotar a Gea. Podía sanar la rivalidad entre los semidioses griegos y los romanos. Leo se dio cuenta de que tenía que tener algo más que sólo simbolismo. Quizá los ojos de Atenea disparaban láseres, o la serpiente detrás de ella podía escupir veneno. O quizás la pequeña figura de Niké vendría a la vida con movimientos ninja.
Leo pensó en todas las cosas divertidas que haría esa estatua si él la hubiese diseñado, pero cada vez que la examinaba más, más se frustraba. La Atenea Partenos irradiaba magia. Aún él podía sentir eso. Pero no parecía hacer nada además de lucir impactante.
La nave se inclinó hacia un lado, haciendo maniobras evasivas. Leo resistió el deseo de correr al timón. Jason, Piper y Frank estaban a cargo con Hazel ahora. Ellos podían manejar lo que sea que estuviese pasando. Además, Hazel había insistido en guiarlos hacia el pasadizo secreto que la diosa de la magia le mencionó.
Leo esperaba que Hazel estuviese en lo correcto acerca del desvío del norte. Él no confiaba en esta Hécate. Él no veía el por qué una diosa tenebrosa los ayudara repentinamente.
Por supuesto, él no creía en general en la magia. Por eso es que tenía tantos problemas con la Atenea Partenos. No tenía partes movibles. Lo que sea que hiciese, aparentemente era operado por hechicería… Y Leo no apreciaba eso. Él quería que tuviese sentido, como una máquina.
Finalmente, él quedó muy agotado como para pensar bien. Se acurrucó con una manta en el cuarto de máquinas y escuchó el tranquilizador sonido de los generadores. Buford, la mesa mecánica se sentó en la esquina, en modo de reposo, haciendo pequeños ronquidos vaporosos: Shhhh, pfft, shh, pfft.
A Leo le gustaban las habitaciones, pero él se sentía a salvo aquí, en el corazón del barco –en un cuarto lleno de mecanismos que él sabía controlar. Además, quizá si pasaba más tiempo cerca de la Atenea Partenos, él podría adentrarse en sus secretos.
–O tú o yo, Gran Señora–él murmuró mientras jalaba su manta hacia su barbilla–. Vas a cooperar con nosotros a su tiempo.
Él cerró sus ojos y durmió. Desafortunadamente, eso lo hizo tener sueños.

Él estaba corriendo por su vida en el viejo taller de su madre, donde murió en un incendio cuando Leo tenía ocho.
Él no estaba seguro qué cosa lo perseguía, pero lo sentía acercarse rápido–algo largo y oscuro, lleno de odio.
Él se tropezó con los banquillos de trabajo, tiró las cajas de herramientas y se tropezó con los cables eléctricos. Él vio la salida y corrió hacia ella, pero una figura apareció en frente de él– una mujer vestida con un remolino de tierra seca, con su cara cubierta en un velo de polvo.
“¿Adónde vas, pequeño héroe?” Gea preguntó. “Quédate y conoce a mi hijo favorito”.
Leo se lanzó hacia la izquierda, pero la risa de la Diosa de la Tierra lo siguió.
La noche que tu madre murió, te lo advertí. Te dije que las Moiras no me habían permitido matarte en ese entonces. Pero ahora has trazado tu camino. Tu muerte está cerca, Leo Valdez.
Él corrió hacia el restirador – el viejo lugar de trabajo de su madre. La pared detrás de él estaba decorada con los dibujos de crayón de Leo. Él sollozó en desesperación y se volteó, la cosa que lo perseguía estaba a la mitad de su camino – una cosa colosal envuelta en sombras, con su figura vagamente humanoide, con su cabeza casi raspando el techo, unos veinte pies arriba.
Las manos de Leo sacaron llamas. Él se las lanzó al gigante, pero la oscuridad consumió su fuego. Leo tomó su cinturón de herramientas. Los bolsillos estaban cosidos y cerrados. Él intentó hablar – para decir algo que pudiese salvar su vida– pero no pudo hacer ningún sonido, como si el aire hubiera sido robado de sus pulomnes.
“Mi hijo no permitirá ningún incendio esta noche” dijo Gea desde el interior del almacén. “Él es el hueco que consume toda magia, el silencio que consume todo el habla.”
Leo quiso gritar: ¡Y yo soy el chico que escapará de aquí!

Su voz no funcionó, así que usó sus pies. Se lanzó hacia la derecha, cayendo bajo las tenaces y sombreadas manos del gigante, y abrió la siguiente puerta.
De repente, se halló en el Campamento Mestizo, excepto porque el campamento estaba en Ruinas. Las cabañas eran troncos quemados. Los campos quemados humeaban a la luz de la luna. El comedor se había colapsado a una pila de escombros blancos, y la Casa Grande estaba en llamas, con sus ventanas brillando como ojos demoníacos.
Leo siguió corriendo, seguro de que el gigante de las sombras aún estaba tras él.
Él pasó a través de cuerpos de semidioses romanos y griegos. Él quería checar si seguían vivos. Él quería ayudarlos. Pero de alguna manera, él sabía que se le agotaba el tiempo. Él trotó hacia las únicas personas vivas que vio– un grupo de Romanos, parados en la cancha de volleyball. Dos centuriones se inclinaron sobre sus jabalinas, hablando con un chico alto y rubio en una toda púrpura. Leo tropezó. Era ese maldito Octavian, el augurio del Campamento Júpiter, quien siempre había pedido guerra.
Octavian vino para enfrentarlo, pero parecía en trance. Sus facciones estaban relajadas y tenía los ojos cerrados. Cuando habló, fue con la voz de Gea: Esto no puede ser prevenido. Los romanos se mueven hacia el Este en dirección a Nueva York. Ellos avanzan hacia tu campamento y nadie podrá detenerlos.
Leo se tentó a golpear a Octavian en la cara. Pero en vez de eso, siguió corriendo. Subió la Colina Mestiza. En la cima, un rayo había convertido en astillas al gran pino.
Leo se detuvo. La parte posterior de las montañas había desaparecido. A lo lejos, el mundo entero se había ido. Leo no veía nada más que nube debajo de él– una alfombra de plata bajo un cielo oscuro.
Una voz fuerte dijo:
– ¿Bien?
Leo se estremeció. Por el árbol destrozado, una mujer se arrodilló hacia una entrada de una cueva, que se había abierto a través de las raíces de los árboles.
Esa mujer no era Gea. Ella parecía más una Atenea Partenos viviente, con las mismas ropas doradas y los brazos desnudos de marfil. Cuando se alzó, Leo casi cayó de la cima del mundo.
Su cara era regiamente hermosa, con altos pómulos, ojos largos y oscuros, con trenzado color regaliz y el cabello recogido en un peinado griego lujoso, con una espiral de esmeraldas y diamantes, por lo que le recordaba a Leo a un árbol de navidad. Su expresión irradiaba puro odio. Con su labio curvado y con su nariz rugosa.
–El hijo del dios de los inventores–ella se burló con desprecio–. No eres ninguna amenaza, pero supongo que mi venganza tiene que empezar en algún lado. Toma tu decisión.
Leo intentó hablar, pero estaba a punto de sacarse su piel del pánico. Entre la reina del odio y el gigante persiguiéndolo, no tenía idea de qué hacer.
–Él estará aquí pronto–a.dvirtió la mujer–. Mi oscuro amigo no te dará el lujo de elegir. ¡Es la caverna o el acantilado, chico!
De repente, Leo entendió a lo que se refería. Él estaba preocupado. Él podía brincar del precipicio, pero eso sería suicidio. Aún si hubiera tierra debajo de esas nubes, él moriría en la caída o podía quedarse cayendo para siempre.
Pero la caverna… Él miró la entrada entre las raíces. Olía a putrefacción y muerte. Él oía cuerpos arrastrándose allí dentro, voces susurrando en las sombras. La caverna era la casa de los muertos. Si él bajaba por ahí, jamás volvería.
–Sí–dijo la mujer. Alrededor de su cuello, colgaba un extraño pendiente de bronce y esmeralda, como un laberinto circular. Sus ojos estaban tan enojados que Leo entendió por qué “furioso” era un sinónimo de “loco”. Esta señorita se había dejado llevar por el odio –. La Casa de Hades los aguarda. Tú serás el primer roedor en morir en mi laberinto. Sólo tienes una oportunidad para escapar, Leo Valdez. Tómala.
Ella señaló hacia el acantilado.
–Estás loca-él dijo–.
Eso fue lo peor que podía haber dicho. Ella tomó su muñeca.
– ¿Debería matarte ahora, antes de que mi oscuro amigo llegue, quizás?
Unos pasos hacían vibrar la colina. El gigante venía, envuelto en sombras, grande y pesado y concentrado en matar.
–¿Has oído hablar de morir en un sueño, chico? –Preguntó la mujer–. Es posible, ¡en las manos de una hechicera!
De las manos de Leo comenzó a brotar humo. El tocar de la mujer era ácido. Intentó liberarse. Pero su agarre era como de metal.
Él abrió su boca para gritar. La enorme sombra del gigante se acercaba hacia él, oscurecido por capas de humo negro. El gigante levantó su puño y una voz cortó el sueño.
– ¡Leo! –Era Jason sacudiéndole el hombro–. Oye, hombre, ¿estás abrazando a Niké?
Los ojos de Leo se abrieron. Sus brazos estaban amarrados a la estatua en tamaño real de la mano de Atenea. Él debió de haberse caído en sus sueños. Se abrazó de la diosa de la victoria como solía abrazarse de su almohada cuando tenía pesadillas de niño (Eso debió de haber sido tan vergonzoso en las casas hogar).
Él se soltó a sí mismo, se sentó y se frotó la cara.
–Nada–él murmuró–. Sólo nos abrazábamos. ¿Qué está pasando?
Jason no se burló. Eso era algo que Leo apreciaba de su amigo. Los ojos azules de Jason eran uniformes y serios. La pequeña cicatriz de sus labios se torció como cada vez que iba a compartir una mala noticia.
–Logramos pasar por las montañas–él dijo–. Casi llegamos a Boloña. Deberías unírtenos en el comedor. Nico tiene nueva información.


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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 08:17 pm

Van a subir un pdf al final??

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 08:25 pm

Sí, Tomás Very Happy xDDD

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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    09/10/13, 11:53 pm

X


LEO


LEO HABÍA DISEÑADO las paredes del comedor para mostrar escenas en tiempo real del Campamento Mestizo. Al principio había pensado que era una idea bastante impresionante. Ahora ya no estaba tan seguro.
Las escenas de vuelta en casa -el cantar a coro en la fogata, cenas en el pabellón, juegos de voleibol fuera de la Casa Grand - sólo ponían a sus amigos tristes. Cuanto más lejos estaban de Long Island, peor se ponía. Las zonas de tiempo cambiaban, haciendo que Leo sintiese la distancia cada vez que miraba a las paredes. Aquí en Italia el sol acababa de salir. De vuelta en el Campamento Mestizo era media noche. Antorchas chisporroteaban en las puertas de cabina. La Luz de la luna brillaba sobre las olas del estrecho de Long Island. La playa estaba cubierta de huellas, como si una gran multitud acababa de salir.
Con un sobresalto, Leo se dio cuenta de que ayer - ayer por la noche- había sido el cuatro de julio. Ellos se habían perdido la fiesta anual del Campamento Mestizo en la playa con impresionantes fuegos artificiales preparados por los hermanos de Leo de la Cabaña Nueve.
Decidió no mencionarlo a la tripulación, pero esperaba a sus amigos en casa tuvieran una buena celebración. Necesitaban algo para mantener el ánimo, también.
Se acordó de las imágenes que había visto en su sueño, el campamento en ruinas, lleno de cuerpos, Octavian de pie en el campo de voleibol, casualmente hablando con la voz de Gea.
Bajó la mirada hacia sus huevos y tocino. Deseó poder apagar los vídeos de la pared.
-Entonces -dijo Jason-, ahora que estamos aquí...
Se sentó a la cabecera de la mesa, algo así como por defecto. Desde que habían perdido a Annabeth, Jason había hecho todo lo posible por actuar como el líder del grupo. Después de haber sido pretor en el campamento de Júpiter, probablemente estaba acostumbrado a eso, pero Leo podía decir que su amigo estaba estresado. Tenía los ojos más hundidos de lo habitual. Su cabello rubio estaba extrañamente desordenado, como si hubiera olvidado como peinarse.
Leo miró a los demás en la mesa. Hazel estaba con cara de sueño, también, pero por supuesto,  había estado despierta toda la noche guiando la nave a través de las montañas. Su pelo color canela rizado estaba recogido en un pañuelo,  lo que le daba un aspecto de mando que Leo encontró sexy,  y luego inmediatamente se sintió culpable.
Junto a ella se sentó a su novio Frank Zhang, vestido con pantalones de entrenamiento negros y una camiseta turística romana que decía ¡CIAO! (¿es de hecho una palabra?). La antigua insignia de Frank de centurión estaba fijada a su camisa, a pesar del hecho de que los semidioses del Argo II eran ahora Los Enemigos Públicos del Número  1 al 7 en el campamento de Júpiter. Su expresión sombría sólo reforzó su desafortunado parecido con un luchador de sumo.
Luego estaba el hermanastro de Hazel, Nico di Angelo. Dang, ese chico para Leo lucía freaky-deaki. Se reclinó en su chaqueta de aviador de cuero, su camiseta y pantalones vaqueros negros, el anillo de plata del cráneo malvado en su mano y la espada Estigio a su lado. Sus mechones de pelo negro atrapados en rizos como alas de murciélago bebé.
Sus ojos estaban tristes y un poco vacíos, como si hubiera mirado a las profundidades del Tártaro - lo que había hecho.
El único semidiós ausente era Piper, que estaba tomando su turno en el timón con el entrenador Hedge, su acompañante sátiro.
Leo deseaba Piper estuviera aquí. Tenía una manera de calmar los ánimos con ese encanto de Afrodita de ella. Después de sus sueños de la noche anterior, Leo podría utilizar algo de calma .
Por otra parte, era probablemente bueno que estuviera arriba en la cubierta acompañando a su acompañante. Ahora que estaban en las antiguas tierras, tenían que estar constantemente en guardia. Leo sentía nervios de dejar volar al entrenador Hedge sólo. El sátiro era un poco disparador, y en el timón había un montón de botones de brillantes y peligrosos que podrían causar que los pintorescos pueblos italianos por debajo de ellos hicieran ¡BOOM!
Leo se había perdido en sus pensamientos totalmente que no se dio cuenta de que Jason seguía hablando.
- …La casa de Hades, -estaba diciendo- ¿Nico?
Nico se inclinó hacia delante. - Hablé con los muertos anoche.
Él sólo escupió esas palabras de repente, como si estuviera diciendo que le había llegado un mensaje de texto de un amigo.
- Tuve la oportunidad de aprender más acerca de lo que vamos a enfrentar, -continuó Nico-  En los tiempos antiguos, la Casa de Hades era un sitio importante para los peregrinos griegos. Ellos llegaban a hablar con los muertos y honrar a sus antepasados.
Leo frunció el ceño. - Suena como El Día de los Muertos. Mi tía Rosa tomaba esas cosas en serio.
Se acordó cuando fue llevado por ella hasta el cementerio local en Houston, donde tuvo que limpiar las tumbas ofrecerles limonada, galletas y caléndulas frescas. Tía Rosa forzaba a Leo a pasar un día de campo, como si salir con personas fallecidas le resultara apetecible.
Frank gruñó. - China tiene eso también, el culto a los antepasados, barrer las tumbas en primavera.
Miró a Leo. -Tu tía Rosa se hubiera llevado bien con mi abuela.
Leo tuvo una imagen aterradora de su tía Rosa y una vieja mujer china con trajes de luchadores, cazándose entre sí con palos con púas.
-Sí -dijo Leo-. Estoy seguro de que habrían sido las mejores amigas.
Nico aclaró su garganta. -Una gran cantidad de culturas tienen tradiciones de temporada para honrar a los muertos, pero la Casa de Hades estaba abierta todo el año. Los peregrinos en realidad podían hablar a los fantasmas. En griego, el lugar fue llamado el Necromanteion, el Oráculo de la Muerte. Te abrías camino a través de diferentes niveles de túneles, dejando ofrendas y bebiendo pociones especiales-
- Pociones especiales, -murmuró Leo-.  Yum.
Jason le dirigió una mirada como, “Amigo, suficiente”. - Nico , adelante .
- Los peregrinos creían que cada nivel del templo los acercaba al Inframundo, hasta los muertos se aparecían ante ti. Si ellos estaban satisfechos con tu oferta, podrían responder a tus preguntas, tal vez incluso te dirían el futuro.
Frank golpeó su taza de chocolate caliente. - ¿Y si los espíritus no estaban contentos?
- Algunos peregrinos no encontraron nada, -dijo Nico- . Algunos se volvieron locos o murieron después de salir del templo. Otros perdieron su camino en los túneles y nunca fueron vistos de nuevo.
- El punto es, -dijo Jason rápidamente-, que Nico encontró cierta información que nos puede ayudar.
- Si  -Nico no parecía muy entusiasmado- .  El fantasma con quien hablé anoche... él era un ex sacerdote de Hécate. Confirmó lo que la diosa le dijo a Hazel ayer en el cruce. En la primera guerra contra los gigantes, Hécate luchó por los dioses. Ella mató a uno de los gigantes, que había sido concebido como el anti- Hécate. Un tipo llamado Clitio.
- Un Tipo Oscuro, -Leo adivinó- . Envuelto en las sombras.
Hazel se volvió hacia él, sus ojos dorados se estrecharon. - Leo  ¿cómo lo sabes?
Tuve un sueño.
Nadie pareció sorprendido. La mayoría de los semidioses tenían pesadillas vívidas acerca de lo que estaba pasando en el mundo.
Sus amigos prestaron mucha atención mientras Leo explicaba. Trató de no mirar las imágenes del Campamento Mestizo en la pared mientras describía el lugar en ruinas. Les habló del gigante oscuro y la extraña mujer en Colina Mestiza, ofreciéndole una muerte de opción múltiple.
Jason apartó su plato de panqueques. - Así que el gigante es Clitio. Supongo que va a estar esperando por nosotros, resguardando las puertas de la muerte.
Frank enrolló uno de los panqueques y comenzó a masticarlo, no era un tipo que dejara que una muerte inminente se atravesara en su camino a un buen desayuno. - ¿ Y la mujer en el sueño de Leo?
- Ella es mi problema.  -Hazel pasaba un diamante entre sus dedos-. Hécate mencionó un enemigo formidable en la Cámara de Hades,  una bruja que no podía ser derrotada, excepto tal vez, usando la magia.
- ¿Sabes magia? -Preguntó Leo.
- Todavía no.
- Ah. -Él trató de pensar en algo esperanzador que decir, pero recordó los ojos de la mujer enojada, la forma en que su agarre férreo hizo humo su piel-. ¿Tienes idea de quién es?
Hazel negó con la cabeza. -Sólo que... -Miró a Nico, y algún tipo de argumento en silencio pasó entre ellos. Leo tuvo la sensación de que ellos habían tenido conversaciones privadas sobre la Casa de Hades y que no compartían todos los detalles-.  Sólo que no será fácil de derrotar.
- Pero hay una buena noticia, -dijo Nico- .  El fantasma con que hablé explicó cómo Hécate derrotó a Clitio en la primera guerra. Ella usó sus antorchas para encender su pelo en llamas. Él murió quemado. En otras palabras, el fuego es su debilidad.
Todo el mundo miró a Leo.
- Oh, -dijo-. Muy bien.
Jason asintió alentadoramente, como si fuera una gran noticia - como si esperara que Leo caminara hacia una masa imponente de oscuridad, disparara unas bolas de fuego y resolviera todos sus problemas. Leo no quería desanimarlo, pero aún podía escuchar la voz de Gea: Él es el vacío que consume toda la magia, el frío que consume todo el fuego, el silencio que se consume toda palabra.
Leo estaba bastante seguro de que tomaría más de unos pocos encuentros para poner ese gigante en llamas.
- Es una buena ventaja, -insistió Jason- . Al menos sabemos cómo matar al gigante. Y esta hechicera... bueno, si Hécate cree Hazel puede derrotarla, entonces yo también.
Hazel bajó los ojos. - Ahora sólo tenemos que llegar a la casa de Hades, abrirnos paso a través de Las Fuerzas de Gea -
- Además de un montón de fantasmas, -Nico añadió sombríamente- .  Los espíritus en ese templo podrían no ser amistosos.
- Y encontrar las puertas de la muerte, -continuó Hazel-.  Suponiendo que de alguna manera podremos llegar al mismo tiempo que Percy y Annabeth y rescatarlos.
Frank se tragó un bocado de tortilla. - Podemos hacerlo. Tenemos que hacerlo.
Leo admiraba el optimismo del gran chico. Ojalá lo compartiera.
- Por lo tanto, con este desvío, -Leo dijo-, Estimo cuatro o cinco días para llegar a Epiro, suponiendo que no hay retrasos como, ya saben, ataques de monstruos y cosas así.
Jason sonrió con amargura. -Sí. Eso nunca sucede.
Leo miró a Hazel. - Hécate te dijo que Gea estaba planeando su gran fiesta de despertar para el primero de agosto, ¿no? ¿La Fiesta de Lo Que Sea?
- Spes, -dijo Hazel-. La diosa de la esperanza.
Jason giró su tenedor. - En teoría, eso nos deja tiempo suficiente. Es sólo julio 5. Deberíamos ser capaces de cerrar las puertas de la muerte, y luego encontrar la sede de los gigantes y evitar que Gea despierte antes del primero de agosto.
- En teoría -asintió Hazel-.  Pero todavía me gustaría saber cómo atravesaremos la Casa de Hades sin volvernos locos o morir.
Nadie ofreció ninguna idea.
Frank dejó el rollo de tortilla como si de repente no supiera tan bueno. - Estamos julio 5. Oh, cielos, no había pensado en eso...
- Oye, hombre, está bien, -dijo Leo-. Eres canadiense, ¿no? No esperaba que me dieras un presente de Día de la Independencia ni nada... a menos que quisieras.
-No es eso. Mi abuela... ella siempre me dijo que el siete era un número de mala suerte. Es un número fantasma. A ella no le gustó cuando le dije que habría siete semidioses en nuestra búsqueda. Y Julio es el séptimo mes.
-Sí, pero... -Leo golpeó los dedos nerviosamente sobre la mesa. Se dio cuenta de que estaba haciendo el código Morse para Te quiero, como solía hacer con su madre, y que habría sido bastante embarazoso si sus amigos entendieran código Morse-  Pero eso es sólo una coincidencia, ¿verdad?
La expresión de Frank no le tranquilizaba.
- En China, -dijo Frank- , en los viejos tiempos, la gente llamaba al séptimo mes, el mes fantasma. Era entonces cuando el mundo espiritual y el mundo de los humanos estaban más cercanos. Los vivos y los muertos podían ir y venir. Dime que es una coincidencia que estamos en busca de las puertas de la muerte durante el mes fantasma.
Nadie habló.
Leo quería pensar que una vieja creencia china no tendría nada que ver con los romanos y los griegos. Era totalmente diferente, ¿verdad? Pero la existencia de Frank era una prueba de que los cavos fueron atados juntos. La familia de Zhang había venido todo el camino de vuelta a la antigua Grecia. Habían encontrado su camino a través de Roma y China, y por último a Canadá.
Además, Leo seguía pensando en su encuentro con la diosa de la venganza Némesis en el Gran Lago Salado.
Némesis le había llamado la séptima rueda, el sobrante en la búsqueda. Ella no quería decir el séptimo fantasma, ¿verdad?
Jason apretó sus manos contra los brazos de la silla. - Vamos a centrarnos en las cosas a las que podemos hacer frente. Nos estamos acercando a Bolonia. Tal vez tengamos más respuestas, una vez que nos encontremos con estas enanas que Hécate-
La nave se sacudió como si hubiera golpeado un iceberg. El plato de desayuno de Leo se deslizó sobre la mesa. Nico cayó hacia atrás en la  silla y se golpeó la cabeza contra el aparador. Se desplomó en el suelo, con una docena de copas mágicas y platos estrellándose encima de él.
- Nico -Hazel corrió a ayudarlo.
- ¿Qué-?  -Frank trató de levantarse, pero la nave lo lanzó en otra dirección. Tropezó con la mesa y se fue de bruces en el plato de huevos revueltos de Leo.
- ¡Mira! - Jason señaló las paredes. Las imágenes del Campamento Mestizo parpadeaban y cambiaban.
- No es posible -murmuró Leo.
De ninguna manera los encantos podría mostrar escenas que no sean del campamento, pero de repente una enorme cara torcida llenó toda la pared de babor: dientes amarillos torcidos, una rala barba roja, la nariz verrugosa y dos ojos desiguales - uno mucho más grande y más alto que el otro. La cara parecía estar tratando de abrir su camino a la habitación.
Las otras paredes parpadeaban, mostrando escenas de la cubierta superior. Piper se puso a la cabeza, pero algo estaba mal. A partir de sus hombros hacia abajo estaba envuelta en cinta adhesiva, con la boca amordazada y sus piernas cerca a la consola de control.
En el palo mayor, el entrenador Hedge estaba atado y amordazado de manera similar, mientras que una criatura de aspecto extraño - una especie de gnomo /chimpancé con una pobre moda - bailaba a su alrededor, enredando el pelo del entrenador en pequeñas trenzas con ligas de color rosa.
En la pared, junto al puerto, la enorme cara fea retrocedió para que Leo pudiera ver toda la criatura - otro gnomo chimpancé, con ropa aún más loca. Éste comenzó a saltar alrededor de la cubierta, metiendo cosas en una bolsa de arpillera – la daga de Piper, los controladores de Wii de Leo. Luego se apreciaba la esfera de Arquímedes de la consola de comandos.
- ¡No! -Leo gritó.
- Uhhh, -Nico gimió desde el suelo.
- ¡Piper! -gritó Jason.
- ¡Mono! -Frank gritó.
- Monos no,  -murmuró Hazel-. Creo que esos son enanos.
- ¡Roban mis cosas!  - Gritó Leo, y corrió hacia las escaleras.
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Yuli Cullen
Mortal
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    10/10/13, 12:00 am

OMG!! a lo rapido q los chiks traducen en menos de 15 dias tenemos el libro en pdf!!! muchisimas gracias!!!I love you 
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    10/10/13, 11:48 am

hora del comercial e.e

UNANSE A LA CUARTA COHORTE!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!LUGAR DE LOS ROMANOS MAS SEXYS :3
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MensajeTema: Re: La Casa de Hades    

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