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"HOLA NIÑ@S NUEVOS,PRESENTENSE EN EL TEATRO :3"

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 Gotas de pecado

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Abisag Freiheit
Mortal
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Mensajes : 20
Fecha de inscripción : 10/01/2013

MensajeTema: Gotas de pecado   12/02/13, 04:23 pm

¿Alguna vez has deseado algo con todas tus fuerzas y por "casualidad" se cumple? A mí me pasó. Aprendí tarde que todos los deseos son oscuros.



Yo, como muchos otros mestizos no debí existir.  A veces envidio a tipos como Percy Jackson, él por lo menos se mereció la existencia pero ¿yo? Yo debo morir, cueste lo que cueste.



¿Lo gracioso? Tengo amigos que también quieren visitar a Hades y no creo que allá les vayan a dar pase directo a los Elíseos (el paraíso) al contrario, se merecen más que yo los tormentos de los Asfódelos (infierno).



Esta historia se basa en la saga de Rick Riordan "Percy Jackson y los dioses del Olimpo" pero los personajes originales así como la trama me pertenecen.



1. La emboscada

Soy Rick Russell.
Y aquí es donde tú dices que mi nombre te importa una jodida mierda. Bien por ti, te adelanto que morirás en medio de tus heces fecales con grasa extra como el asqueroso mortal que eres.
¿Quién me llamó estúpido? Bah, me vale madres.

Voy a morir.
Si tú morirás mediocre entre tu mierda, yo moriré como sólo los míos saben hacerlo: asesinados. Pero yo tengo estilo hasta para eso.
¿Por qué digo que moriré?
Me gusta y es más fácil culpar a los dioses por estos problemas (griegos, romanos, egipcios, hindúes, aztecas; da igual); ellos son los que tienen sexo con estúpidos humanos o espíritus de la naturaleza, y no les importa lo que venga después.
¿Resultado? Nacen semidioses malditos como Ghan. Como yo.
Tampoco soy idiota, no le atribuiré todos mis males a esa mafia divina, porque no todos ellos valen mierda. Algunos son decentes. Ey, finge que no dije eso.
Mmmmmm.
El equipo de caza ya está cerca, lo siento. Y no sólo vienen monstruos peores que los que Suria y yo solíamos enfrentar. Con ellos vienen mestizos ¿Quién lo iba a creer? (¿Entiendes el sarcasmo?), pero ¿En qué momento mestizos de buena madera armaron alianzas con monstruos? Creo que las circunstancias los han forzado. Ja, nunca digas "de esa agua no he de beber", no sabes qué harías tú en una situación extrema.
En fin, apuesto mi pulgar a que quienes nos vienen a atacar son los mismos idiotas que desaparecieron a Ghan. Recuerdo que mucha gente dijo que esa desaparición (y posiblemente asesinato) era de esperarse. Yo digo que esa gente vale caca.
—¡Russell!—grita mi centinela, avisándome lo que yo ya sabía, que ellos estaban cerca.
Me pregunto si el inútil de Jamil ya habrá caído, no es que su muerte valga mucho, al contrario.
Muerte.
Miro el cielo que se alza sobre mí con rencor.... y una punzada de miedo. ¿Sabes? La muerte de la pequeña Karím sí me descontrolaría.
Ella se ganó el corazón de muchos con su tonta frase de "hasta las aguas más turbulentas son navegables" que decía mirándome a mí y compañía. Y Suria tuvo que aceptar cuánto quería a esa niña. Y por eso yo tuve que admitir que hasta los chicos malos saben amar.
Suria...
Suria ¡Cuántos problemas me trajiste, maldita!
Muerte.
Mmmmmm.
Huelo el mar salado desde aquí, y también algo putrefacto.
Aprieto los dientes al mismo tiempo que viene a mi mente la causante de esta emboscada.
Si puedo, escaparé de los campos de castigo del inframundo de Hades para venir a machacar a la perra de Bernardette, mi masoquista prostituta personal, que no sabe tener la boca cerrada. Por eso digo, no confíes ni en tu sombra.
Tú no sabes cómo odio a la gente, a los mestizos huecos, a algunos dioses y a Dora la Exploradora ¡¿Qué no puedes ver a Zorro frente a ti, Dora, o estás ciega?!
Oh.
Noto que un semidiós ha penetrado mi fortaleza. Sonrío con desdén. Bienvenido al infierno, amigo.
Ya sé, te estás preguntando qué hago aquí, protegiéndome de un grupo mezclado de semidioses y monstruos.
Soy ¿Cómo lo digo sin que suene estúpido? Un, hum, fugitivo, sep el odioso tipo malo de la película.
Para aquéllos que me persiguen soy culpable de engaño, chantaje, robo, extorsión, homicidio (¿O era mesticidio?), eutanasia (o eso intenté) y creo que de robar las gominolas favoritas del señor D. ¿Y de qué más? Ah, también por guiar a mis colegas a toda clase de excesos. Y es que mis amigos y yo fuimos muy lejos como para que los semidioses del Campamento Mestizo nos dieran una amnistía como sé que se las han dado a otras ovejas negras.
Conste que yo no soy un total manipulador, es que la gente es de mente fácil.
Recuerdo que una vez no sé quién me dijo “alguien los va a matar porque les encanta vivir en el pecado.”
¿Qué? Uno tiene sus pasatiempos, hay a quien les gusta coleccionar fotos, a otros fastidiar a sus hermanos o escuchar música. A mí me gusta consentirme. No digo que soy culpable de todo eso (¡Mira que echaron demasiada imaginación a la lista de mis “delitos”!), pero algunos actos sí son evidentes.
En mi defensa diré que tras cada uno de mis actos había un motivo. Por más estúpida que fuera, obraba con una razón.
Espera.
Los semidioses se acercan con sigilo a mi ubicación, y cuidado, a partir de ahora no tendré mucho tiempo para este monólogo.
Preparo mis cuchillos, listo para morir, porque para morir también tengo una puta razón, no creas que me metí a lo idiota en la boca del lobo o que éste es un sacrificio heroico. ¿Sabes? Los héroes y yo nunca nos llevamos bien. La prueba está en que mis asesinos serán estos patéticos héroes semidioses de pacotilla con los que seguramente alguna chica tonta quiere salir. Lamento decepcionarte pero no todo lo que brilla es oro, yo tengo miles de detalles de ciertos héroes que te pondrían los pelos de punta ¡Y me encantaría ver tu cara!
Pero bueno, ese no es el punto. Ya sabes, estoy rodeado de asesinos.
Y este es el momento en el que se supone que yo debería empezar a contarte mi vida, advirtiéndote que el camino chueco termina mal, bla, bla, bla. Sólo te diré algo: haz lo que quieras pues a mí, la gente que no es Yo, me importa un cacahuate.
No me hago responsable de lo que vayas a ver en adelante.
Te mostraré cada detalle mi vida, desde que di mis primeros pasos (¡Oh, nooooo, no tan atrás!), hasta que morí (lo cual ya sabes que sucederá pronto). Yo no tengo nada qué perder, tú tal vez sí.
Simplemente te pido que cuando llegues hasta el momento de mi muerte, recuerdes que Rick Russell les dio pelea.
____________
¿Y que tal?
Al fin me anime a subirla =)


Última edición por Abisag Freiheit el 12/11/13, 11:50 am, editado 1 vez
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Agustina di Angelo
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   12/02/13, 08:50 pm

Muy buena Denny (Se tu identidad, muajajajja (?) )
Seguila!! Very Happy

Atte: Agus!

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lorena jackson
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   13/02/13, 04:51 pm

esta genial sigue!!!
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nona97
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   14/02/13, 01:45 pm

tercera lectora!!! me encanta!!
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lora_26
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   14/02/13, 02:34 pm

Me ha encantado, escribes muy bien!!
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Abisag Freiheit
Mortal
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MensajeTema: CAPITULO 2- Prófugo adolescente    14/02/13, 04:50 pm

2. Inocente y perseguido por psicópatas
—Una vergüenza, denigrante, es una indignación total para el colegio, ¡¿se ha dado cuenta de eso, señor Russel?!
A cualquier alumno más le valía asentir sumisamente y aceptar su castigo. A Rick le importaba más demostrar su inocencia, por lo cual miró a la directora con un dejo de rebeldía.
—Pero no fue mi culpa…
— ¡Esos modales, señor Russel!
Rick suspiró, intentando calmarse.
En su infancia Rick había hecho cosas divertidas (peligrosas según los adultos), como desconectar cables o apachurrar botones que no debía, más ningún adulto lo había descubierto. Ahora que él NO ERA CULPABLE de incendiar tres carros alegóricos del desfile escolar, todas las manos señalaban a Rick como culpable.
No era justo. Rick sólo había estado en el lugar y momento equivocados. La culpa la tenía una suicida tipa pelirroja y psicópata que Rick encontró en la calle; ella primeramente lo insultó en un idioma desconocido y luego todo resultó confuso. Lo único que Rick recordaba era que ella prendió unos fuegos artificiales potentes, apuntando a Rick como si esperara matarlo. Menos mal que otro chico, un enano de sexto grado a quien Rick no le hablaba, lo apartó del camino y los fuegos fueron a estamparse en los carros alegóricos. Después de eso… Rick perdió la conciencia y despertó rodeado por sus compañeros.
Pero claro, nadie le creía a Rick. En primera, porque nadie más había visto a la psicópata; en segunda, porque en el colegio no había fuegos artificiales y en tercera, porque la directora necesitaba capturar a un culpable para no quedar mal frente a sus alumnos y Rick era su conejillo de indias favorito.
—Bien—escupió Rick malhumorado—. Si no me cree, no es mi culpa—y se cruzó de brazos a la espera de su castigo.
—Tendrá que quedarse todo el año a reparar los daños en la escuela—sentenció la directora con un dejo de suficiencia e ira—. Lo expulsaría, pero ya es suficiente con pasar tres días detenido en la delegación.
A Rick se le cayó el alma a los pies.
Mierda, la policía.
—Lo siento mucho, señor Russell—parecía que no—, pero una vecina que lo vio, lo ha denunciado por daños a propiedad pública. Así que… —la directora se levantó y caminó hacia la puerta para abrirla—. Tendrá que acompañar a los policías a la deleg…
— ¡No!—Rick se levantó paniqueado de su silla —. Señora directora, lo siento, lo siento muchísimo, lo siento. Fue un accidente, discúlpeme muchísimo. Hago lo que quiera pero no deje que me lleven…
—No puedo impedirlo—la directora se encogió de hombros.
Rick se sintió humillado pero más que nada lleno de pánico. Él no era un delincuente, no lo era, no lo era y no lo era. Nunca había estado en una delegación pero ¡estar detenido! Ni en sueños… ¡¿Y si lo multaban?! Diosito santo, él no tenía dinero, no quería llegar por nada del mundo a casa y decirle a su madre que tenía que pagar una maldita multa. Si apenas tenían dinero para comprar el desayuno del día… Uy no, y lo peor sería darle la cara a su padre.
Intentando no imaginarse la furibunda cara de su padre de cuando se entere, Rick trató de calmarse. Los policías lo miraban desde la puerta pensando que el muchacho se iba a fugar.
Hum, no, pensó Rick, si huyo empeoraré las cosas; tal vez la policía investigue y descubra que soy inocente.
—Está bien, señora, usted gana—suspiró—. Pero sepa que hay un dios que todo lo ve y todo lo oye.
Así que los policías se llevaron a Rick a la patrulla.
A pesar de que no opuso resistencia, el muchacho no podía dejar de rechinar los dientes y amenazar a todo el mundo.
La patrulla se puso en marcha. Rick se asomó por la ventana con cara de pocos amigos.

—Espero que mi sentencia sea corta—decía Rick—. Tengo que regresar a hacer mi tarea.
Uno de los policías, el que manejaba y al que Rick llamó Gruñón, se giró hacia él y lo fulminó con la mirada.
—Está bien—murmuró Rick, agitando sus manos esposadas—. Ya sé que tengo derecho a guardar silencio, todo lo que diga será usado en mi contra… pero por favor, no digan que rompí un jarrón de la dirección cuando salí… okey sí, díganlo pero sepan que fue sin querer queriendo…
— ¡Mierda!—el otro policía, Feo, miraba por el espejo retrovisor.
—Creí que nuestro honorable sistema de justicia de la nación no era grosero…
— ¡Cállate, mocoso!
— ¡No soy un mocoso!—a Rick le indignaba que aún lo tacharan de niño—. Cumpliré los quince en un mes y no los invitaré… ¿Ya llegamos?
La patrulla se había detenido.
—Cuanto antes, mejor—escupió el policía Gruñón.
Entonces el policía Feo se giró hacia Rick con aire amenazador. Por instinto, Rick se echó para atrás todo lo que pudo. Feo hacía honor a su nombre, sujetó a Rick del pecho con inesperada fuerza y abrió la boca como si quisiera almorzarse al muchacho.
—Tengo derechos…—farfulló Rick hasta que lo miró. La boca de Feo se hizo más grande, imposible que aquél fuera su cuerpo—. ¡Eh!
Esa boca no podía tener veinte centímetros de diámetro, imposible. La mente del muchacho se quedó en blanco durante unos segundos. Luego se dio cuenta de que estaba en peligro.
Rick forcejeó. No sabía qué era esa cosa pero de algo estaba seguro: no era humano. Y él, Rick, no se iba a dejar dominar por el miedo; no iba a ser comida de extraterrestres enormes y horribles que por cierto, necesitaban un buen lavado de dientes.
Trató de golpear a Feo con sus manos, que aún seguían esposadas, pero fue como si no lo hubiera hecho. La cosa esa gruñó.
—Puft. Demasiado fácil—se quejó Gruñón, que aún seguía sentado como si nada—. No sabe ni defenderse. ¿No que los mestizos son los más fieros?
Entonces… una bayoneta cruzó la ventana e hirió a Feo en el pecho. Un segundo después, esa cosa se hizo polvo frente a Rick.
El muchacho no sabía qué sucedía. Estaba desorientado. No todos los días un policía mutante lo atacaba porque sí.
Rick estaba tan asustado que ni si quiera se preguntó de dónde demonios salió aquélla estaca, porque el otro policía se estaba transformando también.
Gruñón se movió tan rápidamente que aunque estuviera en shock, a Rick le sorprendió el haber percibido el movimiento. El monstruo se giró hacia él con la misma expresión hambrienta que Feo. Al mismo tiempo, y se sorprendió de reaccionar rápidamente, Rick se alejó lo más posible que podía de Gruñón. Hubiera abierto la puerta si sus manos no estuvieran esposadas. Estaba atrapado.
Entonces el cerebro le funcionó. Intentó golpear a Gruñón con sus puños juntos y, como esperaba, Gruñón lo detuvo con sus manos y una sonrisa maligna. Rick se impulsó y le dio un codazo en la cara con todas sus fuerzas. Gruñón se atontó unos segundos, tiempo que Rick aprovechó para intentar romper con sus puños el vidrio. No lo logró. Gruñón se estaba recuperando. Así que Rick jugó su última carta y le dio una patada.
— ¡Ah...!—gritó alguien allá afuera—. ¡Eh, no...!
¿El problema? En ese momento otra bayoneta cruzó la ventana abierta del copiloto y atravesó la cabeza de Gruñón. Y el pie de Rick.
— ¡AHHHH… puta madre!
El cuerpo de Gruñón se disolvió en volutas de polvo, al igual que Feo. Pero eso no importaba a Rick. Su pie izquierdo estaba herido.
Rick bajó su pie y se lo acercó lo más lenta y cuidadosamente que pudo, hasta acomodarlo sobre su rodilla derecha. Por suerte la bayoneta sólo había traspasado su dedo gordo, lo cual no era algo gratificante para Rick.
Alguien abrió las puertas delanteras, haciendo mucho ruido. Rick subió la mirada, irritado.
Dos niños, uno a cada lado, subieron a los asientos delanteros, haciendo alboroto.
— ¡Te dije que no disparas, Luke!—gritó una chica punk de pelo negro.
—Perdóname por querer salvarle la vida al amigo, Talía—se quejó un adolescente rubio, el tal Luke—. ¿Estás bien?
—Sí, está el detalle de mis manos esposadas y mi dedito pero descuida, estoy de maravilla—-musitó Rick con sarcasmo, intentando no moverse pues el pie le dolía mucho.
— Ah yo arreglo eso— una niñita en la que Rick no se había fijado, se adelantó a los demás, trepó sobre las piernas de la otra chica, Talía, y jaló la bayoneta con todas su fuerzas. Salió. Rick gritó como nunca antes lo había hecho.
— ¡AH...LA JODIDA…! ¡¿No pudiste hacerlo más doloroso?!
—Perdón...—la niña puso cara de asustada.
—Ya, no te quejes—Luke recargó su cabeza encima del respaldo del copiloto. Al mismo tiempo, Talía se puso a jugar con el volante de la patrulla—. Pareces niñita.
—Búrlate—Rick se acercó más el dedo, examinándolo—. Tú no tienes el dedo rajado.
— "Gracias, Luke por salvarme de los monstruos a los que yo temía".
—Puft.
—Ese dedo no se ve bien—señaló Talía mientras buscaba las llaves del auto en la ropa de los monstruos que habían vaporizado—. ¿Ambrosía?—sugirió.
—Provisiones agotadas—señaló la niña—. En el refugio tenemos. El padre de Luke nos dio...
—¿Quieres transporte gratis?—interrumpió Luke.
Talía sonrió y arrancó el auto. Para ser una chica prepúber... manejaba muy mal. Pisó el acelerador primero y un instante después se detuvo pero el mal ya estaba hecho. Luke se golpeó la cabeza, la niñita golpeó con su espalda el estéreo y Rick se cayó de asiento trasero.
—Mi pie…
— ¿Por qué no manejo yo?—jadeó Luke.
—Porque yo tengo las llaves—replicó Talía.
—Ah, bueno—Luke se sobó la frente, se volvió a Rick y añadió en tono serio—: ¿Quién eres?
Rick intentó ignorarlo. Se estaba levantando del suelo con mucho esfuerzo.
— ¿A dónde vamos?—preguntó.
Talía arrancó el auto otra vez. En esta ocasión con demasiada lentitud.
—A nuestro refugio, por ambrosía—contestó Luke—. ¿Quién eres?
—Debo ir a casa—Rick ignoró a Luke.
— ¿A que tu mami te cuide? Repito ¿Quién eres?
—No necesito su ambrosía—Rick ignoró a Luke. No le gustaba que se burlaran de él—. Mi casa está a unas cuadras de aquí, ahí tengo lo necesario para curarme. Gira a la izquierda y vete derecho.
—Pero...—Talía iba a replicar.
—Por favor—pidió Rick—. Yo puedo curarme solo.
Talía se encogió de hombros pero giró a la izquierda. Luke bufó, contrariado y la niñita puso mala cara.
No es que a Rick le desagradaran esos chicos, pero le habían atravesado el dedito gordo, su favorito.
Y también le habían salvado la vida.
—Varick Russell—respondió casi a la fuerza. Su dedo ya no le dolía tanto—. Soy Rick para los amigos. Métete en la calle del dentista.
—Mucho gusto, Rick—la niñita le sonrió tan emocionada que Rick estuvo a punto de corresponderle—. Soy Annabeth.
—No, me refería a...—Luke titubeó.
—Tú eres como nosotros—escupió Talía sin mirar a nadie.
—¿Como nosotr...? Espera—Rick frunció el ceño—. ¿Qué eran esas cosas?
—No tenemos idea—Luke se encogió de hombros—. Sólo sé que eran monstruos.
—Oh, no lo había notado—Rick miró a su alrededor. No era por nada, pero la nenita Anabeth lo miraba con tal entusiasmo que lo chiveaba.
—Acostúmbrate—Talía se detuvo y silbó para que los autos de enfrente se movieran—. Les encanta perseguir a chicos como nosotros.
—¿Chicos como nosotros?
— Mestizos.
—Dime, Rick—Talía aceleró una vez que los demás coches avanzaron—. ¿Qué tanto sabes de mitología griega?
— ¿Zeus, Poseidón y Hades?—Rick no le veía el caso, pero la charla lo distraía del dolor—. ¿Esos qué tienen que ver aquí? Da vuelta en el semáforo.
—Todo—Había amargura en la voz de Luke mientras revisaba los cajones de la patrulla—. Esa... Mitología es real. Existen los dioses, los monstruos y...
—Claro, y yo soy Michael Jackson ¿Algún autógrafo?—Rick bufó.
— ¿Y esos monstruos eran de mentira?
—La mitología sólo explicaba cosas que la gente no comprendía. Hoy existe la ciencia.
—Sigue viviendo en tu mundito—escupió Talía—. No cambia el hecho de que seas un mestizo.
— ¿Y por qué mierda me dices eso? ¿Es un insulto?
—Mestizo, tonto—enfatizó Luke—. Hijo de un dios y un mortal. Por eso los monstruos nos persiguen y porque somos su platillo favorito.
— ¿Y por qué me dicen eso a mí? Yo no soy... Especial—Rick se encogió de hombros.
—Ya no nos llamas mentirosos—observó Annabeth—. Entonces ya nos crees.
—¿No eres especial?—repitió Talía con impaciencia—. Adivino: chico problemático, te cuesta poner atención, hiperactivo y las letras te parecen jeroglíficos.
Rick frunció el ceño. ¿Cómo lo sabían?
—Me estás diciendo que soy un mestizo—murmuró lentamente.
—Ajá—asintió Talía, contenta de que Rick captara la información.
—Hijo de un dios y un mortal.
—Exacto.
—Ustedes están locos.
— ¿En serio?—terció Luke con indiferencia pues percibía que Rick vacilaba en su afán de no creer.
—Pues...—Rick dudó—. No les termino de creer porque mis dos padres están conmigo. Si no fuera así tal vez...—distraído, Rick soltó su pie. Se arrepintió cuando su dedo comenzó a dolerle—. Ow... Iré a mi casa... Con mi familia.
Luke, Annabeth y Talía se miraron entre sí.
—Mi casa—insistió Rick—. Métete en esa calle. Es la casa del pino.
—Sí, sí—escupió Talía de malas—. Allá vamos.
— ¿Y cómo les vas a explicar esto?—preguntó Luke con petulancia.
Rick se fijó en sus manos, esposadas y su dedito atravesado.
—Annabeth, tu cuchillo por favor—pidió Luke sin dejar de sonreír.
— ¿Qué vas a...? ¡Espera, mis manos!
Pero Luke ya había cortado las esposas de Rick.
— Eh...—Rick dudó. Los monstruos eran una cosa, estos chicos raros eran otra, pero ¿Un cuchillo corta metal?
En ese momento Talía se detuvo frente a la casa de Rick.
—Bonito barrio—señaló Luke sonriente.
Rick se ruborizó.
El barrio Santa Fe era uno de los tantos barrios pobres que había en la ciudad de Richmond, Virginia. Casas no terminadas y descoloridas, grafittis donde sea, basura, vagabundos, niños delincuentes. La casa de Rick era de un piso, estaba apretujada entre otras casas pero lo extraño es que enfrente de ella había un pino alto y delgado. La puerta estaba desgastada y medio enterrada entre la pared y la banqueta.
—De todos modos se ve mejor que mi casa—reconoció Luke con el ceño fruncido.
—Tu casa está con nosotras, tonto—terció Talía.
—¿Con ustedes? ¿No hay adultos que los cuiden?—preguntó Rick asombrado.
—No los necesitamos—zanjó Luke—. Nosotros tres somos una familia, sabemos luchar y tenemos un refugio increíble en Río Grande. Con eso basta.
—Ah.
Rick abrió la puerta.
—De nada—dijo Luke.
—Gracias por el viaje—Rick puso los ojos en blanco.
— ¿Nada más?
—Y me debes un dedo.
Rick se bajó lo más rápido que pudo.
No tenía ni idea de lo que había sucedido exactamente con los policías, pero quería volver a casa. Debía.
— Oye—Luke se asomó por la ventana—. Eso que atacó ahorita no es nada. Siempre vendrán sólo por ti, más y más fuertes.
Rick no le creyó.
—Vas a casa—añadió Talía que intentaba arrancar la patrulla—. Pero cuando ellos vean lo que te persigue... Te van a echar. Como a nosotros.
Rick decidió omitir eso.
—Cuando lo hagan, búscanos—gritó Annabeth.
—Ah sí, claro. Eh... Gracias—dijo Rick a la fuerza—. Adiós.
—Vete—dijo Luke, molesto—. Ojalá te maten.
—Ojalá los detengan—replicó Rick de mal humor—. ¿Tres niños conduciendo una patrulla cuyos policías fueron asesinados? Mucha suerte.
Y cojeando, Rick se dirigió a su casa. A su espalda, una patrulla arrancó aceleradamente.
Rick sonrió. A pesar de todo, deseaba que no les pasara nada. Talía, Luke y Annabeth lo habían salvado. Ellos le debían un dedo. Él les debía su vida.
Cuando entró en su casa, Rick se encontró con algo inesperado.
El chico de sexto año, el que había ayudado a Rick con la psicópata incendia carros alegóricos de la escuela, discutía en la sala con la madre de Rick, Estela Russell. El chico, cuyo nombre Rick no recordaba, parecía desesperado. La madre de Rick estaba enfadada.
— ¡Ya dije que no!—dijo Estela.
El chico de sexto año estaba muy afectado, con la palabra en la boca. Luego se enderezó y se giró con rapidez.
— ¡Rick!—exclamó con alivio y alegría.
Entonces la señora Russell vio a Rick recargado en el marco de la puerta y se puso más roja.
— ¡Tú!—gritó—. ¡Varick Daniel Russell!—agitó un sobre de aspecto oficial que tenía en la mano—. ¡Explotar tres carros alegóricos! ¡Y FUGARTE CAMINO A LA DELEGACIÓN! ¡Acaba de llegar un citatorio de la delegación! Te quieren ahí mañana temprano.
Rick frunció el ceño.
—Mamá, yo no hice nada—farfulló porque el dedo de su pie le dolía mucho—. Los carros alegóricos los incendió una loca. Aquí mi amigo...—miró al chico de sexto grado.
—Grover—respondió él nerviosamente—. Me llamo Grover Underwood. Sí señora, yo vi todo. Su hijo es inocente.
La señora Russell dudó. Quería mucho a su hijo, pero no podía negar que Rick tenía un historial negro sobre "accidentes en el colegio, hogar y calle".
—Y si no hiciste nada—dijo ella calmadamente—. ¿Por qué huiste de la patrulla?—levantó el sobre.
—Porque los policías me atacaron.
Grover se tensó.
—Es cierto—asintió Rick apretando los dientes. El dedo de su pie comenzó a dolerle más.
— ¡Dioses!—exclamó Grover fijándose en su herida—. Estás herido.
—A tu habitación—ordenó la señora Russell cuando se dio cuenta de la herida—. Yo... te curaré.
Rick gimió. Ella era su mamá, pero de medicina ella no tenía idea.
—Yo sé de enfermería—saltó Grover—. Mi papá trabaja en un hospital—desvió la mirada.
—Ah—suspiró la señora Russell aliviada—. Ayúdalo por favor mientras yo... les preparo la cena. Mañana iremos a la delegación—añadió mirando severamente a Rick.
El chico gimió.
El cuarto de Rick en realidad era medio cuarto. La habitación estaba dividida por una sábana. La mitad sur estaba organizada, llena de pósters de grupos de moda, una cama individual rosa y un ropero descuidado. La otra mitad estaba muy desordenada, la cama destendida, los zapatos y la ropa tirada, y el ropero abierto; había grandes carteles en las paredes con dibujos hechos a mano.
— ¿Tuyos?—preguntó Grover como quien no quiere la cosa, señalando los dibujos.
—Míos—afirmó Rick con un dejo de orgullo.
Grover ayudó a Rick a acostarse en la cama del lado desordenado, luego se sentó a su lado, sacó una flautilla de su bolsillo y comenzó a tocar.
— ¿Qué haces?—preguntó Rick. Grover no contestó.
Poco a poco, Rick se fue sintiendo tranquilo. La herida le fue doliendo menos y menos hasta que Rick sonrió.
— ¡Desapareció!—exclamó al ver que su dedo ya estaba bien—. Demonios, Grover ¿Eres mago?
Grover abrió la boca.
La señora Russell entró con una bandeja repleta de enchiladas con queso que olían muy bien.
—Comida—farfulló Grover—. Comida mortal...
Rick le frunció el ceño. ¿Había dicho mortal? Ni que estuviera envenenada.
—Ah... ¿Dónde me lavo las manos, señora Russell?—preguntó Grover como si repentinamente se hubiera acordado de algo.
—El baño está allá en el patio. Puerta azul.
Grover salió murmurando cosas como "hablar con Quirón" y "Campamento". Rick aprovechó su ausencia para comer la mitad del platón.
—Así que te atacaron—dijo la señora. Rick asintió—. ¿Igual que el tendero, la consejera estudiantil, el conserje y los vagabundos?
—No me crees—murmuró Rick.
—Hijo—la señora Russell tomó aire con tristeza—. Si estás metiéndote en drogas dímelo por f...
— ¡No! ¿Pero qué estás...?—Rick hizo una mueca despectiva—. Yo no le entro a eso. De verdad, los policías me atacaron. Ellos...—dudó. No sabía si su madre le creería todo—. Se transformaron en... cosas.
— ¿Cosas?—Estela Russellvolvió a suspirar—. Hijo, las drogas son cosas serias. Por favor, sabes que tu padre y yo no tenemos dinero pero buscaremos la forma de...
— ¡Mamá!
— ¡Alguien siempre se mete contigo!—susurró ella preocupada—. ¡Ves cosas que nadie más! Si estás metido en drogas...
—Ah y a los seis años me drogaba ¿no?—Rick se removió con inquietud—. ¿Recuerdas al conserje?
—Dijiste que se transformó en un perro enorme—comentó la madre con pesadez—. Y te mandaron medio año al psicólogo.
—Estos eran monstruos.
— ¡Por favor hijo, no vayas a decir eso mañana, que te mandarán al manicomio!
—Mejor eso que regresar a la secundaria—murmuró Rick—. Mamá ¿De verdad no me crees?
La señora dudó.
—Confío en ti, hijo.
Grover regresó del baño en ese momento. Estaba tan perturbado que Rick pensó que estaba estreñido.
—Debo irme—anunció con pesadez.
—Ah bueno...gracias por... bueno, por todo—dijo Rick, confundido.
Grover le tendió una tarjeta al muchacho.
—Cuando estés en problemas, llámame. No dejes que los monstruos te atrapen otra vez.
Rick no se movió. ¿Cómo sabía Grover de los monstruos?
— ¿Cómo sabes...?
—Señora Russell—Grover ya estaba en la puerta—. El lugar que le dije es una buena opción para estos casos.
La madre de Rick ni se inmutó. Grover salió de la casa apresuradamente.
— ¿Qué...?—empezó a preguntar Rick.
—Nada, hijo.
Cinco minutos después, la señora hizo que su hijo se acostara en la cama para que durmiera, a pesar de que era mediodía.
No pasó eso.
Rick estaba demasiado ofuscado, pensando que aquél día había sido el más raro de toda su vida.
Entonces escuchó que un coche se detenía Frente a su casa. Como estaba demasiado energético, Rick se levantó, abrió discretamente la ventanita de la pared y asomó media cara. Era una patrulla, pero no eran Talía, Luke y Annabeth. Eran dos policías con expresiones de homicidas. Pero eso no fue lo que asustó a Rick. Fue... El horrible olor lo que lo alertó. Apestaban horrible, como a cadáveres de putrefacción.
De repente, Rick sintió muchas ganas de correr.
Uno de los policías se dirigió a tocar la puerta. El otro vio a Rick y sonrió pero... ¿Los policías tenían colmillos afilados?
Rick retrocedió. No podía explicar cómo, pero percibía que esas dos cosas eran de todo menos policías. Como Feo y Gruñón.
"Vendrán sólo por ti" recordó que había dicho Luke. "Más y más fuertes". Y Rick le creyó.
Tenía que irse.
Cuando llegó al pasillo, su madre estaba a punto de abrir la puerta.
— ¡No abras!
La señora no lo hizo, confundida.
—Es la policía—anunció uno de los que venían—. Venimos a arrestar a Varick Gwendal Russell. Está acusado por la desaparición de dos compañeros nuestros y por robar una patrulla.
La señora abrió mucho los ojos.
Rick pensó rápido. Esas cosas no eran humanos, lo percibía. Sólo venían por él así que no tocarían a su familia. Entonces...
Corrió hacia el patio y subió las escaleras hasta el techo. Mientras tanto, la señora abrió la puerta y los oficiales entraron.
— ¿Dónde está?
—No sé—contestó la señora Russell con descaro—. No ha regresado de la secundaria.
Rick recorrió el techo con sigilo. Vio que abajo, en la carretera, estaba estacionada la patrulla. Cuando miró bien hacia abajo, recordó que tenía miedo a las alturas.
— ¡El patio!—gritó un policía.
Rick tragó saliva. Se movió, inquieto. Ya no podía regresar al patio. Su única salida era saltar.
Cerró los ojos, pensó en su madre y saltó. Cayó sobre sus pies, que se doblaron un poco por el peso. No le importó a Rick. Observó rápidamente a su alrededor.
Vaya par de monstruos idiotas. Habían dejado las llaves puestas en el contacto. Rick no se lo pensó dos veces, subió y arrancó el auto.
Tenía que librarse de esos dos a como diera lugar.
Luego iría por Luke y Talía porque tenían que aclararle muchas cosas.


Última edición por Abisag Freiheit el 12/11/13, 11:52 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   14/02/13, 04:55 pm

Pooooor cierto, muchas gracias a Agus que me ha asustado, na te recuerdo en face y en la otra historia, Lorena que tambien anda echando porras en mi otra historia, a Nona y a Lora =)
Deni
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Agustina di Angelo
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   19/02/13, 04:58 pm

Jijijijiji, amo asustar a la gente (?)
Es que escribís extremadamente genial!!!

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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   19/02/13, 07:28 pm

Wiii, soy tu lectora novata. Escribes realmemte bien, ni se te ocurra detenerte x)
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   12/11/13, 11:49 am

Lamento mi tardanza u.u
OH, GRACIAS por el apoyo y las peticiones de actualización de Agus y Calipso =)
Edite el primer cap. es algo asi como la introducción, es necesario ponerlo por que me basé en esto para armar toda la trama. no sé por qué no lo puse desde el principio, si era lo primero que tenía, bueno reedité esto para que no quede mal.


3. Manzanas nuevas

Todo fue más extraño desde que encontró a esa chiquilla.
Rick no era de los tipos a los que les gustaba presumir pero tenía que reconocer que había sido un chico listo.
Haciendo un recuento de las cosas raras que había pasado durante el día, Rick se daba cuenta de cómo andaba el asunto.
Primero una guapa psicópata con fuegos artificiales incendió unos carros alegóricos y atacó a Rick, y de no ser por Grover, el muchacho estuviera muerto. Luego a Rick lo culparon por los daños, lo castigaron y una vecina chismosa llamó a la policía. ¿A quién se llevaron detenido? A Rick. Después resultó que los custodios no eran policías sino una especie de monstruos traganiños que vieron a Rick con cara de comida. Tres chicos raros salvaron a Rick de eso. La cosa habría sido buena si no hubieran insistido en que la mitología griega era verdadera. Y por si no fuera poco, otros dos monstruos habían ido por Rick a su propia casa y éste se escapó robándose la patrulla.
Ahora Rick era un chico prófugo de la justicia acusado de secuestro y robo.
Y todo eso lo había hecho él solito.
Pero seguía sin entender nada. Es decir, sí monstruos y bla, bla, bla. Pero ¿Por qué? Él no creía lo que Talía había dicho, de que lo perseguían porque era un semidiós. Vamos, ¿Cómo iba a ser uno si sus padres eran normales?
Su normal papá trabajaba en un empleo normal como obrero de una fábrica normal. Su normal mamá era una normal ama de casa. Fin de la normal historia familiar. Bueno, Rick tenía que admitir que su hermana Esme era rara pero... Okey, Rick era disléxico diagnosticado con Transtorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, pero no era el único en la secundaria, era cosa de todos los días ver a este tipo de niños.
Ya era de noche. Rick estaba recorriendo la orilla de Gran Río, buscando señales de Luke, Talía o Annabeth pero no los encontraba. A ellos o a la patrulla que se habían robado.
Pasada la medianoche, la gasolina de la patrulla se acabó, así que Rick pensó en bajarse y continuar la búsqueda a pie.
En cuanto abrió la puerta, notó que la luna se escondía tras una serie de nubes. El muchacho tembló. A Rick no le gustaba la oscuridad, no le gustaba la noche en sí. Le daba miedo lo que podía pasar. Le daba miedo no saber las cosas. Simplemente la oscuridad le daba mucho miedo.
Rick cerró la puerta. Esperó a que la luna volviera a salir para que iluminara con su luz el camino pero esto no sucedió, así que Rick no quiso arriesgarse y se quedó dormido en la patrulla.
Aquella noche tuvo un sueño muy raro.
—Esta es mi última oportunidad de guiarte, déjame ponerlos a salvo—dijo una voz femenina. Era suave y cargada de emoción, como una madre bendiciendo a su hijo. También era profunda y retumbaba, como si hablara desde el cielo.
Rick miró a su alrededor, más no encontró a la persona que emitía esa voz. Algo dentro de sí dijo "no es una persona".
Estaba parado en una cueva muy pequeña. Colgadas en las paredes estaban montones de hierba, cartones y trapos sucios. Había un par de cajas amontonadas en el fondo. Lo que llamó la atención de Rick fue que había dos niñas dormidas, hechas ovillo en el centro de la cueva, cobijadas por montones de ropa y mantas sucias, abrazadas entre sí. Eran Talía y Annabeth.
Luke estaba sentado bajo la pequeña entrada de la cueva (que estaba en el techo).
—No...—murmuró.
—Mi pequeño valiente—dijo la voz de mujer—. No dejes que el orgullo y el rencor te dominen. Tus problemas familiares no deben afectar tus decisiones.
—Ya dije que no—Luke cerró los ojos fuertemente—. Yo puedo protegerlas sin ayuda de nadie.
—Está bien—suspiró la mujer—. Recibirás una visita agradable. Mientras tanto debes lidiar con las consecuencias de tus decisiones.
Luke abrió los ojos. El silencio que siguió indicó que lo que haya sido el ente femenino se había ido.
Entonces se escuchó a lo lejos, fuera de la cuevita, una serie de horribles gruñidos.
— ¡Chicas!—saltó Luke—. Tenemos compañía. Otra vez.
Rick se despertó.
Vaya sueño tan raro.
El muchacho se dedicó a buscar a los otros niños toda la mañana. A las ocho a.m. se agotó el combustible de la patrulla. Rick continuó a pie.
En un par de ocasiones unos vagabundos se le acercaron para mendigar o robarle, pero al ver la ropa sucia de Rick se alejaron. Él no había tenido tiempo de quitarse el uniforme verde oscuro de la secundaria y como algunos monstruos habían estallado frente a él, no quería ni pensar cuál era su aspecto.
Si Rick buscaba a los chicos no era porque se creyera que era un mestizo. No exactamente. Los buscaba porque los había visto matar a los monstruos que perseguían a Rick.
Era más de mediodía cuando encontró bajo un puente a la patrulla de Talía. El problema era que el coche tenía el techo aplastado y estaba salpicado de lodo. Frente a él había una abertura de alcantarilla deshecha. Lo raro es que cerca de los ríos no debía haber alcantarillado.
Rick asomó su cabeza y lo que vio lo sorprendió. Era la misma cuevita que había soñado. Pero estaba más desordenada y las cajas habían desaparecido. Igual que los chicos.
—Dios—murmuró—. ¿Soy un vidente o algo así? ¿Y dónde estarán los chicos?
Entonces vio una serie de huellas en la tierra que probablemente eran de los chicos. Rick se agachó para intentar averiguar la dirección de sus pisadas. Se acercó tanto que percibió un penetrante olor a quemado que le hizo recordar a Talía. Había también otros aromas sutiles que el muchacho no supo identificar, pues eran opacados por el de Talía y varios hedores muy fuertes, como el del sudor.
Rick no podía explicar por qué sabía eso. Mucho menos supo la razón de que en las próximas horas, él se mantuvo siguiendo aquél olor a quemado. Lo único que podía notar era que el aroma lo guiaba.
Caminó por las calles, entre negocios, personas, autos y casas.
—Parezco perro—murmuró para sí cuando se detuvo frente a un enorme centro comercial y un grupo de chicas lo miró con asco.
No fue hasta que percibió el olor de las hamburguesas de un carrito ambulante, que Rick notó que estaba hambriento. Muy hambriento.
El muchacho revisó sus bolsillos, buscando dinero. Encontró pelusa, su viejo celular descargado y envolturas de dulces chupy gummy. No traía nada más.
No se lo pensó dos veces y se acercó al carrito con su mejor cara de inocente.
— ¿Cuánto cuesta una, seño?—preguntó a quien atendía el negocio.
—Dos dólares—contestó ella de mala gana.
Genial, pensó Rick, es una vieja grosera. No me remorderá la conciencia.
—Quiero una grande con todo menos piña, y extra de queso por favor—dijo.
—Así son tres dólares.
—Lo que sea.
La señora preparó la hamburguesa y Rick comió ahí mismo mientras otras personas ordenaban las suyas. Cuando acabó, Rick esperó a que la doña se agachara para buscar más pan y se echó a correr.
—¡Maldito mocoso! ¡Agárrenlo!
La señora quiso corretearlo pero dejaría su negocio sin vigilante. Rick apartó a las personas confundidas de su camino.
Lo curioso fue que cuando quiso tomar la avenida principal, no lo hizo. En el ambiente había un ligero hedor a leche y queso rancios, lo cual no habría sido problema pero Rick detectó que un monstruo estaba cerca. Demasiado cerca. ¿Cómo lo sabía? Que le llamaran loco porque simplemente fue un presentimiento.
¿El sur? Había una concentración masiva de ellos ahí. ¿Pero qué estaba pasando? ¿Por qué de pronto había demasiados monstruos en la ciudad? Era como si algo los estuviera atrayendo.
El único lado libre de monstruos era el norte. Entonces, distraído por eso, Rick cruzó la calle con otros transeúntes. Al mismo tiempo sacó la tarjetita que Grover le había dado.
Grover Underwood
Guardián
Campamento Mestizo
Long Island, New York
(800) 900—0009
Entonces, una moto estuvo a punto de atropellarlo pero derrapó a un metro de Rick, que se cayó de espaldas debido al susto.
— ¡Pero qué te pasa!—gritó Rick sin levantarse—. ¡¿No ves el semáforo?!
—Perdón, perdón, perdón... Me están siguiendo...—la conductora levantó su moto e indicó a Rick por señas que se quitara del camino.
Era una chica con pantalones de mezclilla y una blusa negra muy holgada. Era morena ¿Tendría trece o catorce años? Sus rasgos eran comunes, es decir pelo negro muy largo, grandes ojos cafés y mejillas hinchadas. Fuera lo que fuera lo que le simpatizó de ella a Rick, él no pensó antes de hablar.
— ¡Ahí no! ¡Hay monstruos!
La chica dio un respingo, sus ojos se abrieron, llenos de pánico.
—¿Cómo lo...? ¡Olvídalo!—la expresión de la chica cambió de sorpresa a angustia—. ¡Sube!
Rick vaciló. ¿Cómo iba a subirse en la moto de una desconocida? Pero al parecer, ella también huía de los monstruos. Y además algo malo se acercaba a ellos. Rick se subió. La moto salió disparada al norte.
—¿A dónde putas madres vamos?—preguntó Rick. Mala idea porque una basurita del pavimento se metió en su boca—. ¡Cof, cof!
— ¡Al Campamento!
— ¿Y qué es ese Campamento?
La chica no contestó rápidamente.
— ¿No sabes del Campamento...? ¡Eh!
El corazón de Rick dio un vuelco. Habrían chocado con un trailer si la chica no hubiera virado y se metió en el segundo carril que gracias a Dios estaba vacío.
—Mejor céntrate en la carretera.
La chica asintió.

—Ahora sí, soy todo oídos.
Habían parado en una solitaria tienda de abarrotes que estaba al lado de la carretera. Ya era más de mediodía y ambos estaban sentados en una mesilla del negocio.
— ¿Neta no sabías del Campamento Mestizo?—preguntó la chica que había dicho llamarse Suria Paz.
— ¿Campa...? Espera—Rick sacó la tarjetita de Grover—. ¿Campamento Mestizo? ¿Long Island?
— ¿No que no?—Suria dio un sorbo a su botella de agua.
—Ayer me lo dio un chico raro—admitió Rick y se rascó la barbilla—. Pero no entiendo nada.
—Nunca has ido al Campamento—Suria frunció el ceño—. Los chicos suelen llegar ahí a los doce o trece o si no ya están muertos. ¿Cuántos tienes? ¿Trece? ¿Catorce?
—Casi quince—aclaró Rick con amargura—. Gracias. Pero explícame todo lo que sabes que no entiendo nada. ¿Qué onda con los monstruos y ese Campamento?
— ¿No sabes...?
—¿Qué?
Suria forzó una sonrisa. Rick esperó.
—¿Qué sabes de mitología griega?
A Rick le tembló el labio inferior. No sabría si decir que estaba harto de oír sobre eso o si quería saber la verdad al completo. No era coincidencia que Grover, Luke, Thalía, Annabeth y Suria hablaran de mitología griega con seriedad.
—Mucho—contestó Rick finalmente—. Ya me habían hablado de eso pero...
—... Es difícil de creer—Suria cruzó sus piernas—. Lo sé, a mí también me costó cuando lo supe, es decir ¿La mitología griega es verdadera? Pero lo es. Esos dioses se han ido moviendo conforme lo hace el núcleo de la sociedad occidental. ¿Roma era la más poderosa? Y se movieron a Roma, ¿Que Inglaterra era el centro del mundo? Pues a Inglaterra. Ahora están aquí.
— ¿Y cómo es que la gente no lo nota?—Rick estaba harto de intentar negar aquello, él había visto a los monstruos y comenzaba a sospechar que era cierto. Pero aún tenía dudas.
—Están camuflageados—explicó Suria—. Aunque siguen teniendo el mismo poder. La gente no los conoce como Ares, Zeus o Poseidón sino como fortalezas de la guerra, del cielo o el mar. Siguen ahí así como los espíritus, monstruos... O nosotros, los semidioses, fruto de un mortal y un dios.
— ¿Y por qué dices que soy un semidiós?
— ¿Cómo sabes de los monstruos?
—Porque me han perseguido.
—Ahí está: los monstruos comen mestizos.
Aquello deprimió un poco a Rick. Él tenía a sus padres ¿Significaba eso que alguno, papá o mamá, no era su progenitor de verdad? No... ¿Y cómo mierda explicaba a los monstruos? ¿Y si de verdad tenía un ancestro divino por qué no lo había cuidado desde pequeño?
Tú, pensó enfadado sin darle vueltas al asunto. Tú, si de verdad existes (mamá o papá divino) ya sabes que te puedes ir al infierno.
— ¿Y qué hay de ti?—quiso saber Rick intentando calmarse.
—Trece años, cría de Ares—Suria levantó la mano. Rick abrió la boca, sorprendido—. Mi mamá es...—titubeó—. Hum, bueno es ilegal, ya sabes, vino desde Puebla, México a Estados Unidos sin papeles para trabajar y eso. La cosa le fue difícil hasta que conoció a papá.
Rick quiso decir algo pero no le salía. ¿Suria hija de Ares, el dios de la guerra? Ella se veía tan risueña que era difícil imaginársela como guerrera.
—Todos los mestizos tenemos un solo hogar a salvo: el Campamento Mestizo—continuó Suria alegremente—. Ahí vivimos, nos entrenamos, practicamos... Muchos sólo estamos ahí en verano pero algunos viven ahí.
—Ah... ¿Y los monstruos suelen atacar tan seguido? Digo porque yo llevo dos días seguidos huyendo de ellos.
Suria se rascó el cuello, dubitativa.
—Yo vivía tranquila en Richmond—dijo—. Pero hace días que hay demasiados lestrigones y dracanaes por aquí...parece una convención de monstruos. Algo poderos los atrajo a la ciudad. Y...—miró a Rick con pesadez.
— ¿Qué?
—Yo no suelo encontrar mestizos en mi camino. No porque sí.
—Yo tampoco—murmuró Rick acariciando sus rodillas sólo por tener algo que hacer.
—Es como si alguien nos hubiera reunido.

—Entonces este es el Campamento Mestizo.
Suria y Rick habían llegado sanos y salvos al Campamento Mestizo en Long Island, Nueva York. En el camino había tenido un par de desagradables encuentros con dracanaes y un gigante adicto a las gomitas, pero nada de qué preocuparse, según Suria, eso era algo normal para mestizos como ella. Rick esperaba que ella estuviera mintiendo pero tras cuatro días de viaje con ella, se dio cuenta de que aparte de ser una chica buena onda, Suria también era del tipo honesta intolerante con tendencias mandonas.
Estaban parados en una gran colina que les daba todo un panorama del Campamento. La casa grande, los montes, los pabellones, la armería, el bosque, la playa cercana... Todo aquello era completamente bello. Ahí no había contaminación, basura o mugre, ahí casi todo era perfecto.
— ¿Sigues sin creer que todo es real?
—No, no, ya lo digerí pero no deja de ser impresionante.
Cuando Suria y Rick llegaron, varios adolescentes con camisetas anaranjadas y un hombre rubio, bien abrigado, corrieron a recibirles. Inmediatamente después el director de actividades, Quirón, le dio un susto de muerte a Rick. La primera vista de un centauro, hombre mitad equino, mataría a cualquiera. Rick lo hubiera hecho si Suria no le hubiera hablado de él.
Quirón llevó a Rick a la casa principal.
—Buen trabajo—felicitó a Suria—. Haber traído a un nuevo colega...
Parecía un buen tipo, un hombre en quien confiar, así que Rick no dudó en hablar.
—Me dijeron que los monstruos me persiguen porque su comida favorita es mestizo crudo, que soy hijo de un dios y un mortal.
Quirón sonrió levemente.
—Es difícil de procesar, Varick, te entiendo.
—Pero mis dos padres están vivos—añadió Rick con un dejo de ansiedad—. ¿Significa que mis padres me mintieron? ¿No soy su hijo?
Quirón lo observó con calma.
—Muchacho, posiblemente tu pariente divino venga de una o dos generaciones atrás—dijo—. No necesariamente tienes que ser tú su hijo.
Rick sonrió aliviado. Sus padres no podían ser mestizos porque... Porque no. ¿Sus abuelos? Rick no los conocía.
Estela Flores había sido una muchacha de un lejano pueblito de Veracruz, México. Cuando creció, su hermana la convenció para irse a Estados Unidos como muchos otros compatriotas lo habían hecho: ilegalmente ¿Por qué? Porque eran tan pobres y humildes que no podían obtener sus visas o pasaportes, y es que Estela quería trabajar en Estados Unidos ya que ahí la paga era mucho mejor. Rick sabía que los primeros años de su madre en Norteamérica habían sido difíciles porque ella era una pueblerina inocente y además era ilegal. Tras trabajar mucho, huir de la policía y esconderse, Estela conoció a Steban Russell y se casaron. Él como ciudadano norteamericano ayudó a Estela a conseguir la ciudadanía y después nació Rick. Jamás habían regresado a México ni para conocer a sus parientes.
Mientras Quirón decía algo a Suria sobre quién sabe qué, Rick se imaginó a un dios tal y como lo representaban los griegos clásicos, vestido de charro, enamorando a una chiquilla mexicana con mariachi y bebiendo pulque; esa idea a Rick se le antojó estúpida, pero era la única opción si quería explicar su ascendencia divina.
Entonces Suria arrastró a Rick fuera de la casa grande.
—No lo olvides, cabaña once—indicó Quirón desde el pórtico.
Ambos caminaron hasta que llegaron a un claro con una docena de edificios espectacular acomodados en semicírculo. Cada una era diferente a su manera pero todas tenían grabado un número en la puerta.
—Increíble—susurró Rick.
—Cada cabaña pertenece a un dios en particular—explicó Suria—. Los habitantes de ellas son sus respectivos hijos.
— ¿Yo a qué cabaña?—preguntó Rick con aire distraído observando con interés a unas chicas que corrían perseguidas por sátiros. El muchacho ya sabía que un sátiro era un hombre caprinoide.
—Once, la de Hermes.
— ¿Seguro que no me toca esa, la siete?—Rick señaló una cabaña que parecía hecha de oro.
—No, tonto, esa es de Apolo.
— ¿Y por qué yo no soy de ahí?
—Porque no sabemos si eres de los suyos.
—Yo quiero estar ahí...
En ese momento llegaron a la cabaña once, que parecía una vieja casa de madera con la pintura de un caduceo. Suria tocó la puerta.
— ¿Sí?—un chico no más alto que Rick abrió la puerta. Era de tez olivácea aunque su pelo era rubio claro—. ¡Manzanas nuevas!—exclamó al ver a Rick.
—Este es Rick Russell. Trátalo bien, Keled—Suria se rió—. Es muy delicado.
Rick no les hizo caso. Estaba absorto, mirando el caduceo que estaba pintado sobre la puerta.
— ¿Entonces Hermes es mi padre... Que diga, mi ancestro?—musitó.
Keled sonrió.
—Bienvenido herma...
—Es indeterminado—interrumpió Suria con pena.
La sonrisa de Keled no se borró.
—En la cabaña once somos familia aunque no seamos hijos del mismo fulano. Vamos—Keled se hizo a un lado.
Rick entró intentando no mostrar miedo. Se volvió a Suria, que se quedó en la puerta.
—No está permitido entrar en cabañas ajenas—se excusó ella—. Yo estoy en la cinco.
—Vamos, señorita Areia—dijo Keled—. Al rato lo conquistas.
Suria lo ignoró y se marchó. Rick se sintió solo.
La cabaña estaba abarrotada de gente que iba y venía. En el fondo había media docena de literas y muebles, en el piso había catres y sacos de dormir. Todo estaba completamente desordenado.
— ¡Eh, chicos!—llamó Keled contento—. Manzano nuevo, Rick Russell.
Los demás se giraron y miraron a Rick. Unos le sonrieron y otros se acercaron a saludarlo.
—¿Tienes dinero?—le preguntó un enano pelirrojo.
—No.
—Entonces piérdete.
—Hermes es el patrón de los viajeros—explicó Keled mientras lo guiaba entre un pasillo de catres—. Por eso en su cabaña somos hospitalarios y recibimos a las visitas, a los indeterminados.
—Cuidado, eh—terció una chica desde su catre—. Hermes también es el dios de los ladrones.
Algunos le lanzaron almohadas. Keled se rió.
—O de los comerciantes. Sólo vigila bien tus cosas—aconsejó—. Y disfruta la vida aquí, Rick.
Le señaló una vieja bolsa de dormir que estaba al lado de una litera. Rick la miró con aprensión, la cama de su casa era más cómoda.
—¿Puedo irme?—preguntó haciendo una mueca—. ¿Por qué no me quedo en otra cabaña con mejores camas?
Un chico que estaba cerca lo miró con enojo. A Rick no le importó. Keled no se molestó, lo miró con compasión.
—No puedes hasta que tu padre divino te reconozca, Rick.
—O sea, nunca.
—Qué optimista...—de pronto Keled se centró en la ventana y retrocedió unos pasos—. Jamil—llamó al muchacho que había mirado mal a Rick—. Consíguele a Rick ropa nueva y jabón, por favor.
Keled se alejó. Jamil miró a Rick.
Era un chico de ¿Quince? ¿Dieciséis años? Alto, blanco, flacucho y pelirrojo.
—Bienvenido al orfanato divino—dijo y le indicó que lo siguiera.
—Gracias—musitó Rick.
En un clóset había cientos de camisetas anaranjadas del Campamento y pantalones. Rick se llevó unos cuantos.
—No hay jabón para ti—Jamil observó el interior.
—Oh—dijo Rick.
Jamil frunció el ceño.
—Tendré que compartirte del mío—gruñó.
Rick huyó de su simpático compañero en cuanto pudo. Se quitó su sucia camiseta, se puso la del Campamento, que por cierto le gustó mucho, y corrió al baño a ver cómo le quedaba.
Se miró en el espejo. La playera le quedaba grande pero no importaba. Él era moreno gracias a su madre, de pelo negro... en realidad, Rick no tenía algún atributo físico del que pudiera presumir, tal vez sólo sus ojos color oro aperlado. Y sinceramente desearía ser más alto, de su clase era de los más pequeños.
—Te vez bien—dijo un niño que había entrado.
Era de cabello negro, blanco, escuálido y no parecía tener más de ocho o nueve años. Sus ojos eran enormes y saltones.
—Soy Zelig Eoghan Skone—dijo el niño alegremente, pronunciando su nombre como si fuera un trabalenguas difícil—. Pero puedes llamarme Ghan. No sé de quién soy hijo.
—Soy Varick, Rick Russell—sonrió Rick—. Tampoco sé quién es mi ancestro.
Rick se arrepintió casi al instante de haberse portado bien con Ghan porque a partir de ese instante, éste se le pegó como chicle.
En ese momento sonó un cuerno.
—Cabaña once—gritó Keled fuera—. A cenar.
Ghan, Rick y el resto de la cabaña se dirigieron al comedor. Esa era la primera vez que Rick estaba ahí por lo que miró las columnas de diseño griego con interés. Todo, los chicos, las cabañas, el bosque... Todo parecía tan irreal, digno de una fantasiosa película de calidad.
El resto de los campistas se reunió en el comedor, que constaba de doce mesas y se sentaron en las respectivas. Eran alrededor de cien chicos y chicas que reían alegremente como si no corrieran peligro alguno.
Los niños de la Once eran los más numerosos, por lo que Rick se las arregló para sentarse en la esquina sin caerse al piso. No era justo que ellos estuvieran tan apretados habiendo cabañas con pocos campistas (o nada) con una enorme mesa entera para ellos.
Quirón estaba sentado en la mesa Doce con un tipo que parecía muy aburrido y al que dos sátiros rodeaban con temor. Se levantó.
—Hoy Suria Paz trajo un nuevo campista—anunció Quirón—. Varick Rusell, aquí tienes una nueva familia.
Rick se puso rojo, él no era de los tipos a los que les gustaba ser el centro de atención, no si él no lo planeaba. Se levantó levemente e intentó sonreír.
Los otros campistas lo miraron con interés e intensidad, como si esperaran que Rick sacara un truco de la manga.
—Creen que vas a ser reconocido—susurró Keled frente a él—. Ni modos, ya habrá otra.
Hasta que los platillos se llenaron mágicamente con varios manjares, Rick no se dio cuenta de lo hambriento que estaba.
Keled le dijo que pidiera a su plato cualquier comida que quisiera y aparecería. Rick se sintió estúpido haciéndolo pero lo olvidó cuando vio sus chiles rellenos, lo que más le gustaba. Y estaba a punto de comérselos cuando sus compañeros se levantaron y se dirigieron a la fogata donde arrojaron al fuego su comida.
—Ofrece a los dioses la mejor porción—indicó Keled.
A Rick eso no le gustó pero no tuvo de otra.
Dime quién eres, por favor, pensó mientras arrojaba dos chiles al fuego. Estoy muy confundido.
Cuando regresó a sentarse, el pequeño Ghan se las arregló para ponerse a su lado.
—Yo llegué hace una semana—dijo con emoción—. También me miraron pensando que iba a ser reconocido pero creo que mi papi estaba ocupado. Ese día me acuerdo que mi mami me llevó a un Megaburguer porque cumplí ocho años—anunció con orgullo.
Rick apenas le hizo caso, estaba saboreando su comida. En la mesa de Ares la cinco, Suria le hizo un gesto gracioso.
—Pero cuando íbamos de regreso a casa...—añadió Ghan con tristeza—. Un tanque atrás de nosotros manejó mal e hizo ¡Bum! ¡Bum! Y salimos volando hacia adelante...
Rick miró a Ghan sin saber qué hacer o qué decir.
—Cerré mis ojitos, tenía mucho miedo—Ghan miró con tristeza a Rick... y éste cayó rendido a sus pies—. Me dolía todo mi cuerpecito. Y entonces... la palomita me sacó del carro, me cargó en sus alas y se puso a cantar. Me dijo que ella me iba a proteger porque mi mami ya no iba a estar conmigo...
La voz de Ghan se apagó por un instante pero sus ojos siguieron brillando con tristeza. Rick dejó suspendida su cuchara en el aire y se sintió mal, ¿Cómo era la vida tan injusta que dejaba solo a un niño de ocho años?
—Me arrulló y me dormí—prosiguió Ghan añadiéndole optimismo a su voz—. Ella me cantaba canciones para que no tuviera miedo y no me sintiera solito porque mi mami ya no estaba aquí. Por eso no me siento muy triste.
Rick frunció el ceño. No sabía que un niño de ocho años tenía tanta imaginación, no los de ahora.
—Y desperté y estaba en la entrada de la casa grande—finalizó Ghan sacudiendo sus manos.
Rick miró a su alrededor. Algunos chicos de la cabaña once, como Jamil y Keled habían estado oyendo el relato del pequeño Ghan. Keled leyó la pregunta en el rostro de Rick.
—A veces... —dijo Keled con seriedad—. Los espíritus de la naturaleza se compadecen de los mestizos y los ayudan. O... dicen que cada niño tiene un guardián, algo así como su ángel de la guardia, que lo protege. Tal vez.
Rick supo que Keled mentía para no hacer sentir mal a Ghan. Miró al niño, que ahora bebía su leche caliente con un dejo de apatía. ¡Cómo le habría encantado que las historias de los ángeles guardianes fueran verdaderas! Pero sabía que "la paloma" había sido sólo la imaginación de Ghan, en un intento por no sentirse solo.
De todos modos, ahora envidiaba la capacidad del pequeño Ghan para evadirse de la realidad.
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Agustina di Angelo
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   12/11/13, 03:42 pm

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Me encanto!! Smile

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Abisag Freiheit
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   16/11/13, 12:19 pm

¡Hola, mundo, hola Agus!
¿Alguien extrañó a Luke, Talía y Annabeth?
Oh, ya tenia los capítulos escritos, de hecho en ff.net y potterfics la historia va un poco mas adelantada, pero bueno aquí lo tienen

4. La misma luna

¿Qué es el pecado? Lo que se aparta del camino del bien. Sí. Pero ¿cuál es el camino del bien?

Rick se acostumbró al Campamento Mestizo mucho más rápido de lo que le habría gustado admitir. Las actividades ahí eran muy entretenidas y el lugar por sí mismo era magnífico, pero había varias cosas que no dejaban en paz al muchacho. La primera era lo fastidioso que podía llegar a ser el pequeño Ghan al no despegarse de Rick, la segunda era que su ancestro divino ni si quiera después de dos meses, se molestaba en reconocerlo; y lo más importante: Rick quería ver a su mamá. Pero Rick jamás lo aceptaría en voz alta.
Mucha gente se llegó a preguntar si la cepa venenosa del ¿mal? ya estaba cuando Rick llegó al Campamento. “No” habría contestado cualquier sátiro, “él se preocupaba por sus compañeros, él disfrutaba las clases, él era tranquilo”. Pero no era cierto.
El primero en desconfiar de Rick fue Jamil Paz, miembro indeterminado de la cabaña Once.
Jamil y Suria compartían madre mortal, pero eran un caso excepcional en el que una mortal había tenido dos hijos de diferentes dioses.
—No me preguntes—zanjó Suria cuando Rick lo mencionó en voz alta—. Ni se te ocurra llamar puta a mi mamá.
—No, bien que ella se divirtió—sonrió Rick—. Ares y ¿quién demonios será el padre de Jamil?
—Ha de ser un dios idiota—bufó Suria—, porque Jamil no pudo sacar la estupidez de mi madre.
—Sí… tu madre no era tonta: ¡meterse con dos dioses!
— ¿Dándose besitos en esta romántica puesta del sol, manzanitos?
Rick soltó la torta que había estado comiendo y Suria se volteó con furia. ¡Keled los había asustado… otra vez!
—Que seas el líder de la cabaña Once no significa que nos fastidies toda la vida—saltó Suria.
—Yo sólo hice una observación verídica, linda manzanita—replicó Keled con una sonrisa.
Rick enrojeció, no supo si fue de coraje o de vergüenza. Era cierto, la escena de Rick y Suria podría haberse salido de una tonta película romántica: ellos dos sentados demasiado cerca, el sol poniéndose en las montañas y frente a ellos el limpio lago del Campamento… Pero ellos no eran pareja.
—¿Qué quieres, Kel?— preguntó Rick calmadamente.
—Vamos a desearle suerte a los manzanos que se van de misión—Keled palmeó la espalda de Rick con cuidado—, son unos niños de Atenea, Deméter y ¿era Dionisio o Apolo? Bueno uno de los dos.
Rick bufó. No podía ocultar su enojo y envidia. Él no podía salir de misiones, él sabía que era más fuerte que otros semidioses, él estaba más capacitado que varios para cumplir una misión. Él quería salir de aquel lugar y tener oportunidad de visitar a su madre. Pero no podía hacerlo porque simple y llanamente su ancestro divino no lo reconocía y la regla era que los indeterminados no podían salir del Campamento.
Cuando estuvieron cerca de la cabaña de Hermes, los tres se toparon con los chicos de la cabaña Once rodeando a unos adolescentes que, si Rick no mal recordaba, se llamaban Michael Yew niño Apolo, Katie Gardner niña Deméter y Kyle Thomas niño Atenea.
—No entiendo—soltó Rick sin ganas de meterse en la multitud—, soy mejor que ese Yew ¿por qué no me mandan a mí?
Michael Yew lo escuchó así que se acercó a Rick, a pesar de ser un par de años menor que Russell.
—Tu envidia, amigo, me fortalece—dijo con calma y se alejó.
El problema fue que algunos de los hermanos Apolo de Yew también oyeron el comentario de Rick y se vengaron. Rick supo que fueron ellos porque esa misma noche encontró su bolsa de dormir destrozada por varias decenas de flechas cuya punta era venenosa y ¿quién más que los chicos de Apolo manejaban muy bien el arco?
—No entiendo—comentó una niña que recién había llegado al Campamento, se llamaba… ¿Karim? Ella y algunos compañeros de la cabaña estaban parados en torno a lo que quedaba de la bolsa de dormir de Rick—. ¿Por qué son tan maldosos?
—Son chicos de Apolo—replicó Keled con indiferencia mientras buscaba otro saco en el enorme armario de la cabaña—, si les pinchas el ego pagas las consecuencias—lo decía por experiencia, porque él ya había tenido sus encuentros con ellos y con algunos de Deméter.
—Rick—llamó el pequeño Ghan tímidamente desde la entrada. Rick no se volteó porque seguía contemplando fijamente el desastre de los chicos Apolo—. Rick, en la puerta había una carta para ti.
¿Una carta...?
¡Una carta!
Ghan se acercó corriendo y le puso a Rick el sobre en las manos.
La emoción se apoderó de su corazón. Rick estaba seguro que la carta era de su madre, ella de alguna forma había averiguado dónde estaba él y le había escrito. Él lo presentía, él lo sabía. Su madre, su padre, su hermana ¡cualquiera de ellos tres!
Rick no se dio cuenta de cuánto tiempo se quedó observando la carta como idiota hasta que Keled se la arrebató de las manos gritando “¡Una carta de amor!”. Molesto, Rick intentó arrebatársela pero Keled era muy escurridizo, saltó a la litera de arriba y, con burlona emoción, abrió la carta y escondió su rostro tras ella para leerla. Rick no se quedó quieto, él también se subió a la litera y jaló el brazo de Keled; Keled alzó la vista con una mueca, como si le molestara que lo interrumpieran leyendo la carta de Rick.
—Es una carta broma, Rick, de los chicos Apolo—dijo—, ¿para qué armas tanto relajo? ¡Eh, no..!
Antes de que Keled terminara de hablar, Rick le arrebató la carta y leyó:
Sucio indeseado, vete del Campamento. Nadie te quiere aquí, ni siquiera tu padre divino que seguro ya se olvidó de ti y tu asquerosa madre.
Eso…
La respiración de Rick se volvió pesada, sus manos temblaban ligeramente pero su rostro era duro, muy duro.
—Rick… déjalos, son unos pesados—dijo Keled fingiendo una sonrisa pese a que sus ojos eran serios—. Rick, cálmate ¿quieres?
—Sí, claro, me calmaré—murmuró él y bajó de la litera de un salto.
Ghan miró a Rick con confusión mientras éste volvía a su petate.
—Sólo ignóralos, Rick—aconsejó Keled como líder de la cabaña Once.
Pero Rick no lo pudo ignorar tan fácilmente cuando vio su bolsa de dormir y recordó que estaba deshecha a flechazos. Algo pesado y grueso se instaló en su garganta, como un grito de impotencia.
—Ah, tu cama—dijo Keled que lo había olvidado, contento por cambiar de tema—. Mmmm, veamos…
—Una de las literas—sugirió tímidamente la pequeña quién sabe cómo se llame.
En ese momento entró Jamil Paz, un hosco compañero pelirrojo indeterminado y hermano de Suria.
—Imposible—escupió Jamil con indiferencia—, los indeterminados no pueden compartir cama con los reconocidos. Regla de la casa ¿qué huésped duerme con su anfitrión?
Rick frunció los labios. Él quería dormir tranquilo ¿hasta eso le iban a negar? Malditos mocosos de Apolo, eso era la guerra.
— ¡Puedes dormir conmigo!— saltó Ghan alegremente—. No hay reglas contra eso ¿verdad que no Manzanote, verdad que no?— miró a Keled.
—Bueno…—admitió Keled lentamente bajándose de la litera—. ¡Pero nada de dormir hasta tarde!
Cuando faltaban dieciocho minutos para que diera medianoche Rick maldijo a Keled por haberlo dejado dormir con Ghan. El primer punto malo fue porque los dos no cabían en el mismo catre y, para que Ghan estuviera cómodo, a Rick le tocó dormir en la esquina lo cual equivalía a tener medio cuerpo fuera del catre y medio cuerpo dentro; además, el niño no paró de hablar en susurros hasta que se cansó, sin importarle que los demás le gritaran que no los dejaba dormir.
—Voy al baño— dijo Rick en voz baja.
—Te acompa… —Ghan se iba a levantar pero Rick lo detuvo.
—No.
Rick Russell salió de la cabaña Once bajo la atenta mirada de Jamil Paz.
No salió al baño, siquiera se acordó de eso, salió a perderse en el bosque como solía hacer últimamente, como le gustaba hacer últimamente. Cuando estuvo un poco alejado de las cabañas, subió a un árbol esperando no molestar a su ninfa residente, se sentó en una gruesa rama, recostó su espalda contra el tronco y miró el cielo.
Quizá él era un poco fobómano, quizá le gustaba sentir miedo, pero no podía despegar la mirada del oscuro cielo, de la luna que se estaba escondiendo tras unas enormes nubes negras, de las pocas estrellas que se dejaban ver… de la oscuridad en sí.
Rick sabía que era un chico con el ego y la autoestima muy alta, sabía que con un paso mal dado se rebajaría al punto de sobrevalorarse, pero… observar el imponente cielo, sentirse una pequeña basura bajo esa enorme monstruosidad y temer que su peso lo asfixiara… temer todo eso lo hacía sentirse mejor. Qué paradójico, el cielo le aterraba y le gustaba a la vez.
Qué hermosa luna.
Un día él y sus amigos habían visto una película (que casi lo hizo llorar) en la que una madre había tenido que ir a Estados Unidos ilegalmente y dejar a su hijo Carlitos en México, pero la madre le dijo a Carlitos que cuando viera la luna, se alegrara porque seguramente era la misma luna que ella estaba viendo en esos momentos, que estaban conectados a través de ella.
Rick se preguntó si su madre Estela Russell estaría observando en ese instante la misma tímida luna que él miraba. Quizá no, pero él esperaba que sí. Ella, su padre Steban o su estúpida hermana Esme, quien sea. Deseaba que por un milagro supieran que Rick estaba bien y viceversa.
Quizá su madre ya sabía que tenían ascendencia divina… Rick esperaba que no, odiaba que le ocultaran las cosas y ella también como para ser una mentirosa. No, seguramente ella no lo sabía, entonces sería él quien se lo contaría, ¿pero qué le iba decir? ¿“No tengo ni puta idea de quién es”?
De todos modos ese era un sueño guajiro ya que por las reglas del Campamento, Rick no podría salir de aquél lugar a menos que lo reconocieran. Eso era lo único que quería: que su ancestro divino lo reconociera para poder salir a visitar a su familia. No lo quería para otra cosa, si de Rick dependiera, ese dios podría irse al tártaro o a algún lugar lejano, lejos de él.
—No lo haría.
Buaj, daba igual cuántas veces le diera vuelta al asunto, Rick no podía hacer que quien quiera que fuera su ancestro divino lo reconociera. Y los de Apolo tenían razón: aquel dios seguramente ni recordaba la existencia de Rick.
—Yo también quisiera olvidarlo.
No se asustó. Era una voz tan baja, tan melodiosa que se mezclaba perfectamente con la oscura noche, la suave brisa y el movimiento de las hojas… como si todo eso fuera un mismo ser con aquella voz. ¿Era un chico o una chica? Quién sabe.
—¿Quién eres?— Rick cerró los ojos respirando profundamente. Él no estaba acostumbrado a hablar con voces extrañas pero estaba tranquilo. Y no sabía por qué.
Nadie contestó.
— ¿Quién eres?— repitió Rick sin abrir los ojos, comenzando a molestarse.
— ¿Tú quién crees?— esta vez había un ligero tono hosco en esa voz.
Rick frunció los labios. Había esperado ese momento y también lo había temido. Era su esperado e inesperado ancestro divino. El aire se agitó a su lado y Rick percibió su presencia, tan poderosa e imponente… pero no abrió los ojos.
—Vete— murmuró Rick—. No te quiero en mi vida.
—Yo tampoco te quise en mi vida— replicó la voz calmadamente.
Rick pensó que debería de sentirse triste por aquella confesión, pero no le importó. Entonces la presencia desapareció y Rick abrió los ojos.
No estaba alegremente emocionado por la visita, al contrario, la tristeza y el rencor oprimieron su pecho. Rick se dio cuenta de que debió de haberle pedido que lo reconociera pero su orgullo ganó. Además, aquél ser divino tampoco lo quería y el sentimiento era mutuo.
En ese momento Rick encontró clavado en el tronco un palo, no le hubiera hecho caso si no hubiera sido porque se dio cuenta de que no era un palo ordinario como parecía, que de alguna u otra forma había bronce celestial en él. Era un obsequio de su ancestro divino. Lo tomó no por agradecimiento sino porque a pesar del desprecio, él sabía que necesitaría armas gracias a que, por ese dios, él estaba condenado a luchar con monstruos que siempre querrían matarlo.
— ¿Cómo funcionarás, preciosa?— le preguntó al palo.

Las vibraciones de la tierra no le mentían, el aire repentinamente pesado no le mentía, el hedor que la brisa le traía no le mentía. Los monstruos iban a sitiar el Campamento, no estaban lejos, estaban demasiado cerca para el gusto de Rick. Lo peor fue darse cuenta de que pudo haberlos percibido de no haber sido por aquél dios que lo distrajo.
Rick subió al monte que servía de protección al Campamento para tener una vista panorámica del enemigo. Los monstruos parecían unos juguetes vistos desde lejos, pero a la velocidad en la que venían estarían pronto en el Campamento. Veinte minutos a lo mucho. Lo que le sorprendió fue la fuerte presencia que venía delante de ellos. Esperan. Eran… cuatro. Rick los conocía. Talía, Luke, Annabeth y un desconocido. Estaban trepados en la misma patrulla que Rick les había visto robar.
El chico corrió hacia ellos pero cuando llegó al límite del Campamento aparecieron las harpías que resguardaban y limpiaban el Campamento. Eran mujeres con cuerpo de pollo, cabeza humana y cerebro de perro (según Suria).
— ¡Un infractor!— gritó una harpía pelirroja—. ¡Serás nuestra cena!
Rick se retiró rumbo al Campamento, no por cobarde sino porque sabía que a un blanco aéreo era mejor atacarlo a distancia. El palo que le dio su ancestro serviría, lo agitó fuertemente y éste se convirtió en una larga y ligera lanza con una punta de piedra triangular.
—Perfecto— asintió Rick y lanzó su arma mientras él corría debajo de las harpías.
La primera harpía no pudo esquivar la lanza y, cuando las otras dos fueron por Rick, éste atrapó al aire su arma y traspasó la frontera del Campamento hasta llegar a la carretera.
— ¡Maldito semidiós!
Rick corrió tan rápido como pudo, esquivando las afiladas garras de las harpías, una de ellas desgarró su brazo derecho pero a él no le importó porque manejaba su arma con el izquierdo. Volvió a tirar su arma e hirió a la segunda harpía en el muslo y el ala al mismo tiempo. La tercera, la pelirroja, ya se había retirado gritando maldiciones. Rick sacó su arma de la harpía y corrió hacia las luces de la patrulla que se acercaba rápidamente.
Todo pasó en un par de segundos. Talía la conductora casi atropelló a Rick, si no hubiera virado bruscamente probablemente lo hubiera matado, el coche chocó contra un árbol de tronco grueso y ya no volvió a funcionar. Luke y un sátiro, que hasta ese entonces habían estado atacando a los monstruos desde la ventana del piloto y la capota salieron volando por la fuerza del impacto, Luke resbaló por el parabrisas y cayó al asfalto, el otro quedó con medio cuerpo dentro del auto y medio cuerpo fuera, respirando agitadamente y escupiendo sangre.
Talía salió de la patrulla hecha una fiera, su aspecto salvaje y sucio parecía el de una fiera. Azotó la puerta y miró a Rick con los ojos desorbitados por la ira.
— ¡Eres un hijo de puta! ¡¿Por qué mierda te pones en mi camino, imbécil?!
Rick le respondió con un empujón. En donde antes había estado parada Talía una dracanae (una mujer con ojos rojos, piel tan blanca como la cal y muy fuerte) cerró sus garras.
— Eres rápido niño.
Antes de que la dracanae terminara de hablar, ellos ya habían sido alcanzados por unos monstruos más. Luke se levantó como pudo, aún mareado por el golpe pero sujetando sus armas con decisión; el sátiro, cuyo nombre vino a la memoria de Rick como Grover, atacó a otra dracanae con un tubo de cocina, aunque quería parecer seguro de sí mismo, Rick se dio cuenta de que estaba temblando del miedo; Talía movió su pulsera y de ella salió un enorme escudo cuya cara frontal era una reproducción metálica del rostro espantoso de Medusa (Rick retrocedió un paso por su culpa).
Las dracanaes eran lo de menos, a Rick le asustaban más las decenas de cíclopes que se acercaban rápido, cuyos paso hacían retumbar la tierra bajo sus pies.
— ¡Vámonos!— apuró Rick desesperadamente—. ¡Los cíclopes se acercan!
— ¡El Campamento está cerca!— gritó Grover temblando.
— ¡Annabeth!— gritó Luke golpeando por la espalda a una dracanae. Él corrió a la patrulla, cuyas puertas se habían abierto y por la que un par de monstruos humanoides diminutos estaban entrando, una sombra se movía dentro dando a entender que Annabeth estaba teniendo su propia lucha. Rick no pudo ver qué pasó después porque tuvo que quitarse de encima a un monstruo y se dio cuenta de que los cíclopes ya estaban ahí.
En ese instante la situación empeoró y, a pesar de que la frontera del Campamento estaba sólo a unos cuántos metros de ahí, a Rick le pareció que estaba a miles de kilómetros. Ya no tenían salida. Iban a morir todos ahí.
Las voces de los monstruos mezcladas con los gritos de los muchachos hacían más difícil la situación.
Como pudo, Luke sacó a Annabeth del auto y dio unos pasos huyendo del cíclope que quiso atraparlo, pero tropezó gracias al mareo por el choque del auto. Talía, que estaba más cerca de ellos dos, agitó su escudo en el aire, corrió y levantó de un tirón a Luke y a Annabeth a la vez, sin importarle que casi todas sus energías se esfumaran con ese esfuerzo. Rick tuvo que esquivar a su propio cíclope pero no fue capaz de evadir a otro que mordió su antebrazo izquierdo y le hizo gritar como un condenado; con toda la fuerza del otro brazo clavó su lanza en el ojo del monstruo y éste retrocedió gritando iracundo.
Pero eran muchos monstruos.
Talía empujó a Luke hacia adelante.
— ¡Corre, sálvate!
— ¡Qué! ¡NO!
Esquivando los brazos de otro cíclope, Talía se giró hacia Grover que corría entre los pies de los monstruos, si no lo agarraban era por suerte y porque era muy pequeño para esa bestias.
— ¡Sálvalos a ellos, yo los distraeré!
Grover no respondió.
Rick miró a Talía y por una milésima de segundo su mirada se cruzó. Reconoció la determinación en su mirada y supo que cualquier intento de convencerla sería en vano, que esos segundos que perderían en convencerla podrían acabar con la vida de todos. Ella hizo una mueca que Rick no pudo identificar ¿era desdén, era agradecimiento, era una sonrisa forzada? Quién sabe. Como pudo, Rick se hizo camino hasta llegar a Luke y lo jaló por la espalda. Al mismo tiempo, Talía corrió hacia Rick y se provocó una herida en el brazo con la filosa lanza que éste mantenía baja.
La sangre brotó en grandes cantidades del brazo de Talía y los monstruos se fijaron en eso. Ella levantó la mano y corrió en dirección opuesta al Campamento. Luke se levantó e intentó seguirla pero Rick volvió a tirar de su espalda y cayó al asfalto boca arriba. Annabeth también quiso seguir a Talía, pero una dracanae se puso frente a ella y Grover la levantó por la cintura, encarando a la monstruo.
La mayoría de los monstruos no fueron detenidos por nada, ellos sí siguieron a Talía. Otros se quedaron a conformarse con los cuatro; antes de que alguien se abalanzara sobre Luke, Rick lo arrastró varios metros hasta que éste se revolvió y se levantó desafiadoramente. Pero estaba débil. Entonces Grover llegó a ellos trayendo a una Annabeth sin sentido y sujetó a Luke del brazo.
— ¡Al Campamento, al Campamento!
— ¡Talía!
Rick agarró el otro brazo de Luke y lo arrastró con fuerza ya que éste seguía gritando y moviéndose, pero estaba débil y al menos él y Rick estaban del mismo tamaño en cuanto a altura y masa corporal. No dieron ni diez pasos cuando Luke, ya completamente debilitado, se desmayó.
Los rayos eléctricos de una enorme tormenta que se acercaba por el horizonte hicieron su aparición. Tenían tanta fuerza, tanta furia contenida que parecía que el cielo también quería ayudar a Talía, parecía que de un momento a otro iba a dejarse caer encima de todos los monstruos para salvar a la chica, parecía que se quería romper en mil pedazos como lo estaba haciendo el pecho de Rick en esos momentos.
Ni Rick ni Grover se giraron para mirar a Talía, sólo oyeron los gruñidos feroces de los cíclopes y otros monstruos. Grover lloraba tan amargamente que a Rick le dio pena y lo ignoró. Lo que no pudo ignorar fue que, gracias a su fino oído, oyó más que Grover. Él escuchó los últimos gritos de Talía antes de morir.



Para haber estado tan cerca de la zona de batalla y no haber acudido pronto, los semidioses del Campamento Mestizo rodearon muy rápidamente a Grover, Rick, Luke y Annabeth cuando éstos llegaron a la cima del monte.
Quirón fue el primero en adelantarse y recibirlos en el monte, con arco en mano. Él y Grover se miraron, comunicándose en silencio aunque sólo era necesario ver las lágrimas en el rostro de Gorver para saber que había ocurrido una desgracia; Quirón asintió con tristeza y miró el horizonte.
— Están bien, eso es lo que importa— murmuró.
Luke y Annabeth fueron recostados en el pasto y reanimados con un poco de ambrosía. En cuanto abrieron los ojos algo brilló sobre sus cabezas y los mestizos que estaban a su alrededor soltaron un grito de asombro. Los hologramas de un caduceo y una lechuza brillaban sobre las cabezas de Luke y Annabeth respectivamente.
—Bienvenido al Campamento Mestizo Luke Castellán hijo de Hermes, dios de los comerciantes, mensajero divino, protector de los viajeros— anunció Quirón solemnemente pero un poco ido a la vez.
Luke no respondió, ni siquiera alzó la mirada. Rick, arrodillado en el pasto a un metro de Luke, se preguntó cómo era que Quirón conocía su nombre.
— Bienvenida al Campamento Mestizo, Annabeth Chase, hija de Atenea diosa de la sabiduría, guerrera protectora, señora de los artesanos.
Annabeth alzó la cabeza. Sus empañados ojos tristes delataban sus ganas de no estar ahí, de ir a ver a su amiga Talía.
Rick suspiró. Como no quería pensar en… en ella, dio rienda suelta a sus otros sentimientos. No quería sentir dolor por la muerte de Talía, así que la envidia le carcomió por dentro. Quirón reparó en su presencia y, como si Rick representara un fatigante y largo trabajo que detestaba pero que tenía que cumplir, le indicó que lo siguiera mientras caminaba rumbo a las cabañas.
Rick que no quería estar un segundo más con... con ellos, lo siguió. Al levantarse se dio cuenta de que no podía mover sus brazos ya que ambos habían sido heridos por los monstruos. ¡Como si le importara!
Mientras caminaba se dio cuenta de que un par de mestizos miraba hacia arriba con preocupación.
—La tormenta ¿no asaltará el Campamento, verdad?
— No, tú, nunca lo hace, los dioses siempre nos protegen.
Rick también alzó la vista. El cielo estaba totalmente oscuro, los rayos creaban una especie de telaraña eléctrica en el firmamento. La tormenta parecía inminente ¿acaso pasaría a un lado del Campamento como otras veces? Parecía que no.
— Hace rato estaba hablando por mensaje iris con…— Quirón suspiró—. Me dijo que eras… su hijo.
Rick no le puso atención. No quería oír lo que Quirón le dijera y, a pesar de eso, no quiso regresar y enfrentar a Luke. Prefería la humillación al dolor, prefería el dolor físico de sus brazos al dolor emocional que le provocaba pensar en… ella.
—Eres bienvenido al Campamento Mestizo Varick Daniel Russell—murmuró Quirón tan bajo que sólo Rick pudo oírlo. Deseó no haberlo hecho—, hijo de Artemisa, diosa de la caza, señora de la Luna, protectora de las doncellas.
Mientras tanto el primer rayo eléctrico cayó en la cima del pequeño monte del Campamento Mestizo. La tormenta los cubrió por completo en unos minutos.
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Agustina di Angelo
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   16/11/13, 02:03 pm

Que?? Espera, hija de Artemisa, las cazadoras lo van a matar!! Seguilo Deni!! Smile

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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   25/12/13, 07:22 pm

Ok Agus, lamento la tardanza. Por cierto, que suba el siguiente depende del público, que en Potterfics ya vamos hasta el ocho, sólo que olvidé subirlo por aquí =)
Hoy presento a dos personitas que van a amar

5. Misión Perrito

18 de agosto de 1996, Nueva York, USA.
Una chica estaba sentada en una banca de espera de la banqueta, al lado del teléfono público. Había abierto el periódico y fingía que lo leía mientras observaba por encima a alguien que estaba del otro lado de la calle. Y digo fingía porque no se había dado cuenta de que el periódico estaba al revés.
En ese entonces un chico con lentes oscuros y cabello blanco, se sentó a su lado y sorbió un poco del café capuccino que tenía en la mano.
— ¿Qué haces, hermanita?—preguntó el recién llegado en voz alta.
La chica llamada Kineta, no se asustó, ni si quiera lo miró.
—Trabajando, Dare— cuchicucheó ella.
—Ah…—replicó con aburrimiento el chico llamado Ekkathárise pero su apodo era Dare—. ¿Jugamos a las escondidas? Si quieres llamo a Eros y a Harmonia (aprovechando que está de visita)… a Deimos y Fobos no, porque no sé qué hicieron que tu padre los castigó.
—Al rato, esto es importante…—Kineta lo ignoró.
Cuando el semáforo indicó el paso peatonal, Kineta se levantó y cruzó la calle como si estuviera caminando entre nubes.
Dare bufó y la siguió entre la avalancha de gente que también cruzó la calle; delante de él, una niña pelirroja que iba en los brazos de su mamá se los quedó mirando a él y a Kineta como alucinada, a pesar de que sólo tenía medio año de edad.
— ¿Importante?—repitió Dare mirando a Kineta con reprobación—. Toooodos tus casos son importantes ¿Pero yo no soy importante?
—…
—Ble, debería de darles unas cuantas clasecitas de abstinencia sexual a todos los dioses, a ver si así dejan de ir por ahí dejando mestizos como si fueran balas perdidas—habló Dare poniéndose los brazos tras la nuca—. Ne, ¿a quién voy a engañar? Sería mejor inventar un condón divino, no es que quiera que la fábrica de héroes se detenga, pero ¡Nosotros debemos cuidarlos! Me encantaría ver a Hermes cambiándole el pañal a sus hijos—sonrió ante esa idea—. Bueno, ¿ahora a quién vienes a visitar? ¿A otro niño sol? ¿A otra niña paloma? Sabes que cuidar a mis medios hermanos mestizos no es mi pasatiempo favorito…
Como Kineta no le hizo caso, Dare se calló y le sonrió a la niña pelirroja que lo estaba mirando. Ella le devolvió la sonrisa y le hizo ojitos con cariño, sin ningún tipo de coquetería. El chico sonrió aún más.
—Esa mirada—murmuró Dare viéndola ensimismado. Kineta lo observó de reojo—. Quisiera que todos tuvieran esa oportunidad de ver lo que en realidad es, de quedarse como niños. Todo sería más fácil…—negó con la cabeza—. Sin embargo, si no se puede con todos, sí como pocos—sonrió a la niña con complicidad—. Tendrás una mirada esclarecedora mientras no albergues sentimientos negativos, Rachel Elizabeth…Dare—le prometió Dare a la niña, teniendo todo el poder para cumplirlo, riéndose de que el apellido de la niña coincidiera con el apodo de él.
Rachel le sonrió más, sin entender que esas palabras le cambiarían la vida por completo; un segundo después, ella y su madre se perdieron de vista entre el mar de gente que caminaba por la calle.
Dare y Kineta llegaron al portón de una vecindad vieja y descuidada. Kineta no se entretuvo, pero por donde pasaba los colores de las paredes se avivaban y las flores se levantaban, mientras que cuando Dare pasaba a su lado, las flores se alocaban y los colores se entremezclaban.
— ¿A dónde...? —Dare no terminó su pregunta.
Kineta había apresurado sus pasos. Una muchacha estaba frente a la puerta de uno de los viejos departamentos de la vecindad, cargada con varias bolsas e intentando buscar en sus bolsillos la llave. Dare entendió el interés de su hermana al notar el prominente embarazo de la chica y su cara demacrada.
— ¿Puedo ayudarte, Sally Jackson?—preguntó Kineta a la chica con tal confianza como si fueran amigas de toda la vida.
La chica, llamada Sally, miró a Kineta con sorpresa. Tenía los ojos pequeños, y a pesar de que era muy joven, su rostro estaba muy paliducho, sus extremidades muy delgadas (quizá algún tipo de desnutrición) y su vestimenta dejaba mucho que desear, Sally era bonita a su modo.
—Nh, entiendo que le gustó a algún dios—murmuró Dare.
Pero la mueca de sorpresa de Sally cambió a una de desconfianza, por lo que Kineta sonrió mas no retrocedió, y luego tomó las bolsas. Curioso por la actitud desconfiada de Sally para con una diosa, Dare se acercó. Porque sí, Dare lo notó al instante: Sally podía ver a través de la neblina, sabía que no estaba hablando con dos simples mortales tanto como que el hijo que estaba esperando era de un dios.
—Hola ¿Qué tal la vida?—saludó Dare acercándose.
A Sally no le dio tiempo de responder, con sólo oir la voz de Dare, su cara se contrajo en una mueca de dolor y se puso más pálida de lo que estaba.
Kineta miró a Dare con enojo. Él no era dios de los partos, pero como dios griego de toda libertad su presencia era capaz de alterar cualquier cosa, como un niño en el vientre de su madre. Dare puso los ojos en blanco acostumbrado a que lo regañaran.
Los movimientos del niño se hicieron más insistentes, sin embargo, Sally Jackson no gimió ni mucho menos gritó.
Esa noche Kineta, diosa griega de la imaginación y de toda esperanza, niña de Ares y Afrodita, se presentó en el palacio marino de Poseidón, dios de los mares, y le dio la buena noticia: eran las seis de la tarde con cuarenta y siete minutos del diecinueve de agosto de mil novecientos noventa y seis, cuando Perseus Jackson, el hijo de Poseidón, nació gracias a un curioso dios que se acercó Sally en el momento menos adecuado.
Como castigo por ser entrometido, Dare, dios griego de la libertad, se quedó vigilando el sueño de Sally y Perseus Jackson, protegiéndolos de quien pudiera hacerles daño. Mientras la agotada madre dormía en la cama de su viejo departamento, con su niño a un lado, él vigilaba sus sueños sentado en la esquina.
—No es la primera vez que me dejan cuidando niños—murmuró para sí el dios mientras se acordaba de otro niño que precisamente esa misma noche debería de estar cumpliendo siete años. El dios miró por la ventana y sonrió con un dejo de melancolía—. Y hablando de eso…
La luna llena brillaba por completo, festejando inconscientemente dos cosas: un niño de los Tres Grandes acababa de nacer, y también que un pequeño mestizo, allá en Richmond Virginia, cumplía siete años.
—“Y en las noches en que haya luna llena, será porque el niño esté de buenas…”—canturreó Dare—. “Y si el niño llora, menguará la luna para hacerle una cuna. (1)”
Dare distraídamente acarició la cabeza del pequeño semidiós, precisamente la motita de rebelde cabello negro que el bebé tenía en la frente.
—Cuando conozcas a Rick Russell, Perseus Jackson—murmuró mirando con simpatía al bebé, que dormía tranquilamente—, y escuches que alguien diga a ti o a él que no debió de haber nacido, recuerda que tú fuiste el fruto que rompió un pacto que pretendía mantener a salvo el mundo, y él es el hijo de una diosa que prometió ser virgen para toda la eternidad. Nadie puede evitar el destino, ni si quiera los dioses.
—Ni si quiera nosotros pudimos evitar el nuestro.
Kineta, asomándose por la ventana y a la vez tapando la luz de la luna, miró a Dare con seriedad. Acababa de llegar y tenía los brazos cruzados en el pecho. Él sonrió con tristeza.
—Hace años que nos castigaron por esas “travesuras”—aseguró Dare haciendo una mueca de molestia por esa palabra— y aún no nos liberaremos de nuestras responsabilidades. Pero ¿Sabes? Nuestro castigo se pondrá peor en cuanto Zeus descubra que tapamos los nacimientos de Perseus y Rick.
—Quizá el señor Hades y el señor Poseidón se molestarán más porque también cubrimos el nacimiento de Talía Grace—Kineta agachó la cabeza, mas luego se acercó a la cama de Sally y Perseus.
—Un día me cansaré de ser el niñero no oficial del Olimpo—bufó Dare intentando parecer enojado pero no lo logró porque sin querer le sonrió al bebé que seguía durmiendo ajeno a todo.
—Tú sólo te quejas y me ayudas con esto de vez en cuando— Kineta se encogió de hombros—, y si es que te tengo que rogar.
—Bueno ya… ¿Qué tal te fue con don señor Poseidón?
— ¿Escuchas el sonido de las olas?
—Na.
Kineta se golpeó la frente con la palma de su mano.
—Está que brinca de la felicidad—sonrió ella—. Sólo espero que… realmente el mundo no se vaya a acabar, ya sabes, la profecía. O nos van a matar.
—Si no es Talía será Perseus quien tomará la decisión de prolongar al Olimpo o no—comentó Dare—. Mmm, las apuestas están fuertes, pero ya lo dije antes: no podemos evitar lo que viene cuando cumplan dieciséis.
—Igual espero que Rick no nos decepcione—admitió Kineta echando un vistazo a la brillante luna.
—Cuando sea grande se dará cuenta de cuánto costó mantenerlo vivo, así como muchos otros mestizos también lo han hecho y lo harán.
—Hablando de nuestros otros chicos—miró su reloj—, Nelly ya debería de haberme dado los informes de cómo están Butch, Katie, Luke, Alabaster y Annabeth.
—Qué divertido—murmuró socarrón.

Agosto del 2003, Campamento Mestizo.
La mudanza de Rick se dio en total silencio, diríase que bajo el agua. Esa misma noche Keled se ocupó de acompañar a Rick a su nuevo hogar. Nadie más supo de Rick, nadie se enteró de quién era su madre, todos estaban más centrados en la reciente batalla de la frontera, todos estaban más centrados en Annabeth, Luke y Talía.
La cabaña ocho, la cabaña de la diosa Artemisa, era de roca rebañada en plata y barnizada a la que el sol arrebataba ligeros destellos; no tenía adornos de conchas y plantas marinas como la de Poseidón o flores como la de Deméter, sólo tenía en la base de sus paredes pequeños gravados en relieve de guerreras luchando contra seres mitológicos. Parecía una casa de ensueño, ni femenina ni masculina, era perfecta para Rick Russell. Las dos columnas que resguardaban la entrada no le amedrentaron, no le amedrentó la gruesa puerta de roble ni el espacioso recibidor que había dentro. Nada de eso lo amedrentaba pero ¿por qué se sintió tan débil al entrar a su nuevo hogar?
Al ser una cabaña que casi nunca tenía habitantes, la ocho de Artemisa tenía un recibidor muy espacioso. No había camas, catres o bolsas de dormir alrededor, las cazadoras de Artemisa solían guardarlos en el pequeño, mágico y discreto armario de madera que había en el fondo. Era rectangular, por fuera las paredes estaban barnizadas para que pareciera que eran de plata pero por dentro estaban recubiertas de madera tallada finamente, alrededor había cabezas disecadas de animales alineadas cerca del techo (un tigre, un león, un dragón, un puma, un ciervo, un lobo, un hipogrifo, una hidra, un escreguto de cola explosiva, un perro del infierno, un… ¡Muchos animales!). Media pared dividía el lugar, en ella había toda una colección de armas de cacería.
Pegadas a las cuatro paredes, había varias mesas largas y delgadas de madera que tenían varias máquinas que no se supo para qué servían, pero parecían muy modernas. En el centro había una serie de divanes enormes y cómodos frente a un enorme televisor que estaba en un mueble que además tenía consolas, un reproductor VHS, equipos de sonido, figuritas de madera y varis libros de sabrá dios qué.



El tiempo pasó y nadie se dio cuenta de que Rick era hijo de Artemisa porque él no se dignó a ocupar su mesa durante las comidas, porque no se dignó a tomar las clases como debería, porque no salió de la cabaña en varios días.
Estando encerrado, Rick no vio el pino que creció en el monte vigía del Campamento, no oyó los rumores sobre Talía y tampoco sintió las tormentas que Zeus permitió que cayeran sobre el Campamento. Tampoco salió a pasar un rato con los recién llegados Annabeth y Luke, y mucho menos con sus viejos amigos.
—Ya me cansé, iré a sacarlo a patadas— un día susurró Suria mientras, sentada en un tronco, pulía el mango de su espada.
—Quizá cree que lo vamos a tratar mal porque es hijo de Artemisa— murmuró Keled recostado sobre el pasto a los pies de la chica. Él decía que ya había limpiado su arma así que se daba el lujo de descansar.
La cabaña de Hermes y la de Ares tenían clase conjunta sobre manejo de espada pero ese día lo habían ocupado para dar mantenimiento a sus armas a la luz del poniente sol. Todo iba bien hasta que Ghan lloriqueó que extrañaba a Rick, ¿y cómo no lo iba a hacer si durante dos meses enteros se pasó pegado a su espalda? Ahora que Rick se negaba a salir, Ghan no tuvo de otra que no separarse del líder de la cabaña once y Keled era un buen tipo pero no una niñera, su tolerancia con los niños tenía un límite. Suria tampoco era una buena candidata para cuidar al chiquillo, ella se molestaba con mucha facilidad y Jamil… ni hablarlo.
Resumiendo: Suria y Ghan extrañaban mucho a Rick y Keled deseaba que él reapareciera para poder dejarle al pequeño niño. Pero Rick no salía de su cabaña.
—Y con razón— señaló tímidamente Jamil Paz detrás de su hermana.
Suria hizo una mueca.
— Aléjate de mí— Suria miró mal a Jamil, que parado tras ella, se ruborizó y bajó la mirada—. ¿Sabes qué? Iré a ver a Quirón, a ver si él si puede sacar de su cabaña el trasero de ese inútil.
Suria guardó su espada en su funda, se la echó al hombro y se fue con mucha confianza.
—Si sale, Rick deseará no haberlo hecho— sentenció Jamil de mal humor sentándose en el tronco que dejó su hermana.
— ¿Por qué? ¡Si yo lo quiero mucho!— saltó Ghan inocentemente. Él estaba sentado sobre una roca que estaba al lado del tronco de Jamil, limpiando con un trapo la bayoneta de Keled.
Jamil ignoró a Ghan y miró a Keled con dureza.
—Porque… primero, ¿has visto las tormentas eléctricas que llegan al Campamento?— dijo Jamil mientras metía las manos en sus bolsillos y las movía inquietamente—. El señor del Olimpo está muy molesto, dicen que esa chica que murió era su hija ¿y ahora esto?
— Lo de la chica… —Keled se removió incómodo—, era de esperarse. Nunca antes se había roto el trato de los Tres Grandes, es obvio que Po…el señor de los mares y el del inframundo— añadió con cuidado— se molestaron y mandaron por ella. Pobre chica…
— ¡Tú!
Caminando con los pies descalzos sobre el pasto, vistiendo la misma ropa remendada con la que llegó apenas cuatro días atrás, y con la fría mirada al frente, Luke Castellán se acercaba rápidamente a Keled.
— ¿Uh?
— Tú sabes dónde está Varick Russell, dímelo— exigió Luke parándose frente a Keled, que lo miró desde abajo.
— Manzano…
— ¡No me llames así!
— Luke— se corrigió Keled con un dejo de impaciencia pero sin levantarse—. ¿Cuál es el motivo razón o circunstancia de que lo busques tanto?
—No te importa.
— Luke…
—Si no me vas a decir… bien, ya lo encontraré— bufó Luke mirando a su alrededor como si de pronto Rick fuera a saltar de algún árbol o salir de alguna roca—. El muy cobarde…
Y Luke también se marchó.
—Él es otra razón más para que Rick no salga— murmuró Jamil mirando al cielo.
— ¿Eh? ¿Hay más?
—La hija mestiza de Zeus se muere—explicó Jamil con languidez. No miró a Luke, que se quedó parado a unos metros de ellos, lejos del campo de vista de Keled y dándoles la espalda—, y luego Zeus se entera de que su sacrosanta y virginal hija Artemisa tuvo un hijo también... Si yo fuera Rick… me quedaría en la cabaña ocho porque Zeus querrá fulminarme en cuanto ponga un pie fuera del Campamento.
— Cierra la boca, Jamil— Keled le frunció el ceño a Jamil pero luego miró a Ghan con un dejo paternal—. No le hagas caso, manzanito, Jamil es un poco fatalista.
Sin embargo Ghan ya había arrojado la bayoneta y el trapo a un lado y se había hecho un ovillo en el suelo, abrazando sus rodillas con sus manos. Los mayores no pudieron ver su mirada pero sabían, por los ligeros gemidos, que pronto comenzaría a llorar.
— Oye manzanito, no llores, los hombres no lloran— Keled se levantó, se agachó sobre Ghan y le dio una palmadita en la espalda.
— ¡Yo no soy un hombre!
— ¿Entonces?— Keled no pudo evitar sonreír burlonamente.
— ¡Soy un niño!
Y la burla de Keled se borró lentamente de su rostro, no supo qué decir. Jamil tampoco. Luke sonrió sin alegría.

Suria había tenido dos razones para escaparse de aquella sesión de armas. La primera era sacar el perezoso trasero de Rick de su cabaña y la segunda era no ver el rostro de su estúpido hermano menor Jamil.
Estaba en camino de ver a Quirón; Suria sabía que sólo él (y el sr. D, claro) tenía la facultad de echar a los mestizos de sus cabañas cuando quisiera, pero el centauro era muy cuidadoso y respetuoso de la intimidad de sus pupilos por lo que cuidaba la intimidad de ellos. Mas este caso era diferente ¡Por Dios! ¿Acaso Rick pensaba ser un amargado por el resto de sus días?
Lo que no se esperó fue chocar (literalmente CHOCAR) con él en el portón de la casa grande. Ambos rebotaron y cayeron de sentón en el pasto.
— Ow.
— ¡Fíjate por dónde vas, idiota..! ¿…Rick?
El aludido se levantó con molestia y se sacudió la tierra del pantalón. Para haber pasado sólo días escondido del mundo, Rick había hecho un cambio bastante grande. Suria no supo cómo pero lo sabía. No era su aspecto físico, él seguía siendo más bajito que ella y tan moreno como las raíces latinas que tenía; su pelo oscuro quizá había crecido algo y estaba más enmarañado, su nariz estaba tan pequeña como siempre y sus pómulos quizá sobresalían un poco más. Sus ojos, eso era lo que había cambiado en él, seguían siendo grandes y expresivos, por eso a Suria le resultaba muy fácil leer a Rick a través de sus ojos, pero a veces no podía evitar pensar en lo singular que eran: sus pupilas eran doradas la mayor parte del tiempo pero perfilados contra el sol, la luna o cualquier otra fuente de luz, tenían un tono plateado que Suria acabó de relacionar con la madre de Rick… Artemisa.
Suria había pensado que cuando se encontrara con Rick seguramente lo iba a ver triste, deprimido y o enojado. Qué equivocada. Su mirada transmitía un poco de molestia por haber caído al suelo, pero había tal seguridad en ella que daba miedo.
—Suria— saludó Rick.
Suria se levantó y lo miró con acusación. Días sin saber de él, días encerrado, días evitando la presencia de los otros mestizos ¡días de no verlo! Y ese pedazo de… semidiós, venía a portarse como si nada.
— Idiota, no te hemos visto en días ¿y eso es lo único que se te ocurre decirme?
—No fastidies— la molestia abandonó la mirada de Rick, pero no entró en detalles sobre su autoencierro—. Tenemos una misión.
— ¿Ah?
— Que tú y yo tenemos una misión.
¿Una misión? ¿Ellos?
Una vez que Suria se calmó, Rick le explicó los detalles de su tarea.
Michael Yew niño Apolo, Katie Gardner niña Deméter y un niño Atenea, quienes habían salido a una misión el día de la llegada de Annabeth, Luke y Thalía, tenían la encomienda de limpiar un viejo almacén del edificio METALÚRGICA DE RICHMOND (Virginia) que había estado completamente infestado de monstruos dos meses atrás, exactamente desde que Suria y Rick dejaron esa misma ciudad, o más bien desde que Thalía hija de Zeus estuvo ahí. Al parecer los tres habían logrado despejar la zona; el problema empezó cuando los tres simplemente desaparecieron, sin dejar rastro. ¿Qué había pasado? Rick lo tenía que averiguar.
— ¿No te parece sospechoso que Quiron te mande a una misión tan peligrosa así como así? —reprochó Suria.
—Sólo cierra la boca y agradece que te elegí a ti—replicó Rick molesto.
—Me interesa un mugroso cacahuate, no iré contigo como líder; sólo eres un novato.
— ¡No seré el líder! ¡Lo serás tú!
Suria cerró la boca. Bueno, al menos ahí había algo con sentido. Con su silencio aceptó ir.
No buscaron un tercer compañero porque sólo era una misión de búsqueda y reconocimiento. Suria y Rick partieron esa misma noche del Campamento, despedidos por Argos, quien era el vigilante del Campamento. Suria miró atrás, despidiéndose temporalmente de su hogar; Rick no miró atrás porque el Campamento no era su hogar.
Rick sabía que lo habían elegido para esa misión porque era el hijo de la diosa de la caza, así que él tenía poderes (que aún no descubría pero no quiso contarle ese detalle a Quirón) para localizar a los mestizos perdidos. Sin embargo, a él no le importaba la misión, él sólo quería llegar a Richmond porque curiosamente ahí también estaba su casa, su familia. Y visitaría su casa.
El viaje a Virginia fue mortalmente tedioso. Viajaron en autobús, durmieron en autobús, comieron en autobús, todo en autobús, totalmente aburrido; ni si quiera fueron atacados por los monstruos. Lo peor fue el silencio. Uno sentado al lado del otro, ninguno habló más que para comentar cuánto faltaba para llegar a Richmond, aunque Suria se moría de curiosidad por saber por qué Rick se había encerrado por días en su cabaña. Eso sí, la lluvia no cesó ni durante su viaje ni durante sus estancia en Richmond.
Cuando llegaron a la ciudad, no tardaron en encontrar la gasolinera Lincoln en donde, Quirón indicó, los mestizos desaparecidos que estaban buscando mandaron su último mensaje iris al Campamento. Fue fácil porque tanto Suria como Rick conocían Richmond al derecho y al revés, después de todo, ahí habían nacido, ahí ambos se habían conocido también.
Lo extraño, al menos para Suria, vino unos minutos después cuando Rick olfateó el aire levantando la cabeza. ¿Tendrá hambre y quiere comida? Se preguntó la chica con nerviosismo; ella conocía a los hombres (vivía en la cabaña de Ares, donde la mayoría eran chicos) y sabía que, por más caballerosos y tranquilos que fueran, cuando tenían hambre (mucha hambre) todos dejaban salir su lado salvaje. Pero Rick no buscaba comida, Rick había detectado algo.
—Talía estuvo aquí.
—Okey… ¿eh? —Suria ladeó la cabeza sin comprender.
—Talia estuvo aquí—aseguró Rick avanzando por la banqueta, aún con la cabeza levantada, olfateando—. El rastro es muy débil pero ella tenía una esencia muy fuerte, quizá estuvo aquí hace dos o tres meses, no estoy seguro.
Suria no lo siguió, Rick se dio cuenta y se giró para mirarla con desgana.
— ¿Qué?
— ¿Cómo sabes eso? —inquirió Suria con cautela—. ¿Cómo puedes detectar la esencia?
Rick frunció los labios pero no contestó, en cambio se dio la vuelta y siguió caminando. No obstante, Suria lo siguió, esperando una respuesta.
— ¿Es por Artemisa, cierto? —preguntó Suria sin miramientos—. Ella es la diosa de la caza. Apuesto a que descubriste esto mientras estabas encerrado en tu cabaña, la cabaña de Artemisa.
—No fastidies y deja de mencionarla—gruñó Rick.
Suria no pudo aguantar la pregunta más importante, la que más resonaba en su cabeza.
—Ella le prometió al señor Z que sería virgen para siempre—comenzó sin importarle el repentino mal humor de Rick—. ¿Por qué crees que te tuvo? ¿Quién es tu padre, un mortal, para que ella haya roto su promesa? ¿Por qué…?
Eso fue suficiente para Rick.
— ¡Ya cállate! —saltó más enojado—. No tengo ni puta idea de qué pasó ni quiero saberlo, no me interesa nada de este mundo, no quiero saber NADA—suspiró, intentando calmarse—. Sólo quiero estar con mi familia ¿es mucho pedir?—añadió en voz baja.
Suria lo miró sin pena ni lástima, lo miró fijamente.
—No—susurró.
Rick le hizo una mueca que podría traducirse como “entonces deja de molestar y sígueme”, y continuó caminando, persiguiendo el rastro de Talía.
—La chica, Talía, ya está muerta—volvió a hablar Suria sin miedo al enojo de Rick—, no nos sirve de nada seguir ese rastro.
—Lo sé—replicó Rick sin retroceder—. Si te interesa, el rastro de esos chicos que estamos buscando: Michael Yew ¿Katie Gardner? Y Kyle Thomas, también está flotando en estos rumbos.
Suria frunció el ceño.
—Ellos son nuestros objetivos, lo hubieras dicho antes.
—Era más importante el rastro de Talía—replicó Rick con indiferencia.
— ¿Tengo que recordarte que esa chica está muerta?
Rick no respondió, su silencio equivalía a un “no me importa lo que digas”. Eso logró que Suria se molestara un poco, ¿acaso estaban siguiendo el rastro de una mestiza muerta? ¿Para qué? Lo importante era saber qué había pasado con Michael Yew, Katie Gardner y Kyle Thomas, por qué no habían regresado o contactado al Campamento, y luego regresar para que (si existía la posibilidad de que Yew, Gardner y Thomas estuvieran vivos) Quirón enviara un equipo de rescate o de lo contrario, a notificar y lamentar la muerte de sus camaradas.
—Rick…—murmuró Suria observando a su alrededor, dándose cuenta de a dónde habían llegado.
Era una calle semiabandonada, de donde sobresalía una mansión de ladrillos rojos enterrada en hiedra. A un lado, unos grandes robles rodeados con heno. Las ventanas de la casa estaban cerradas y eran oscuras. Unas blancas columnas torcidas sujetaban un porche en la puerta principal. La puerta estaba pintada de un color negro carbón. La cerecita del pastel eran las cintas amarillas policiales que rodeaban las paredes de la casa que restringían el paso. Incluso en aquella mañana soleada, el lugar parecía aterrador y lúgubre. Un escenario digno de una película de terror.
Rick captó al instante lo que quería decir Suria con su mirada. Como ambos vivían en esa ciudad, conocían la fama de casi todos los lugares de esos rumbos. Los rumores más estúpidos decían que esa casa estaba embrujada; bien, Rick no lo creía, pero lo que sí era de tener en cuenta era que en esa casa habían encontrado partes humanas, algo para nada alentador.
—Pues…—Rick se aclaró la garganta, disimulando el miedo que le tenía a esa casa desde que era niño. Desde que tenía memoria, cada vez que pasaba cerca de ese lugar sentía miedo, por no mencionar que un par de personas había intentado secuestrarlo justamente frente a ese lugar en un par de ocasiones; si no hubiera sido por los policías y vecinos valientes, él quizá no estaría vivo—. Tenemos que tragarnos el miedo porque aquí llega el rastro de Talía… y los mestizos que estamos buscando.
Suria lo miró con enojo. Ella también había tenido experiencias parecidas a las de Rick, justamente cerca de esa casa. Ni de loca iba a entrar.
— ¿Tienes miedo?—murmuró Rick tratando de sonar burlón.
Suria bufó. Tenía miedo sí, pero era hija de Ares y un hijo de Ares jamás retrocedía antes de una batalla.
—A mi el miedo me hace los mandados—gruñó—. Vamos—avanzó unos pasos vacilantes.
Arrancaron las cintas policiacas y entraron en la casa como si fuera una zona muy peligrosa. Adentro no encontraron nada más que viejos muebles totalmente destrozados y paredes llenas de tizne; el rastro de Talía estaba extinto, pero sí predominaba el de un gigante, cubría las esencias de los otros que estaban buscando. Todo estaba completamente irreconocible, como si la casa hubiera explotado.
— ¿Qué?
Rick ignoró a Suria y miró a su alrededor con sorna. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando su mirada se posó en una esquina de la habitación.
Silencio.
—Están muertos—dictaminó Rick haciendo a un lado con su pie una silla rota.
—No estás seguro—gruñó Suria parada en la puerta.
Rick se mordió el brazo y desvió la mirada para que Suria no se diera cuenta de que en ese rincón había una mano bañada en sangre. Jamás había visto algo similar, pero debía evitar que Suria perdiera el control de sus nervios. Tenían que salir de ahí lo más rápido posible. No dudó en tomar a Suria del brazo y correr fuera de esa casa, lejos, lejos, muy lejos.

“Estás muy pálido” hubiera dicho Suria pero ¿por qué no deberían de estarlo? Acababan de descubrir que uno de sus camaradas había muerto y lo más probable es que los otros dos también.
Después de salir de esa maldita casa, los dos se metieron en en primer restaurante casero que encontraron e intentaron calmarse con un poco de chocolate caliente. Ahora lo que tenían que hacer era regresar al Campamento y decirle a Quirón lo sucedido.
No podían lamentarse demasiado por la muerte de sus compañeros, francamente ni Suria ni Rick los conocían a fondo, si quiera de vista, pero no podían evitar sentirse mal por ellos. Michael Yew, Katie Gardner y Kyle Thomas. Bueno, Rick no olvidaba que antes de que ellos partieran a su misión, había tenido un rozón con Michael Yew, pero no era algo como para que se alegrara de su muerte, al contrario.
— ¿S—Suria Vega?
Sirua, que había estado sujetando con ambas manos su taza de chocolate, se giró rápidamente.
Un niño rubio y una niña castaña, ambos de once años, la miraban desde la calle, del otro lado del cristal del restaurante.
— ¿Michael? —susurró Suria sorprendida—. ¿Katie?
Rick soltó su taza, entre sorprendido y aliviado. ¡Esos dos estaban vivos!
Suria salió rápidamente del local, dejando a Rick en un estado de shock, y se apresuró a llegar con Katie y Michael, quienes no se movieron de su lugar porque estaban tan o más sorprendidos que Rick y Suria. Los dos niños estaban muy pálidos, con la ropa rasgada y sucia, ¡pero estaban vivos!
Entre lágrimas y sollozos, Suria logró que Katie y Michael entraran al restaurante (donde la gente los miró mal porque estaban vestidos muy mal, parecían pordioseros), y Rick, que salió de su estado de shock, los recibió.
— ¿Qué pasó? —preguntó Rick con ansiedad haciéndole una seña al mesero para que se acercara—. Creímos que estaban muertos.
—Kyle sí murió—susurró Michael con los ojos llorosos mientras que Suria revisaba que su cuerpo estuviera completo.
Cuando el camarero llegó, Rick pidió otro par de chocolate caliente para esos dos, se fue y luego volvió con las bebidas para irse otra vez.
—Venimos a ver esa casa—murmuró Katie con la cabeza agachada—. Llegaron muchos informes al Campamento de que ahí desaparecían muchos mestizos, así que venimos a investigar.
—Quirón no quería que viniéramos nosotros porque éramos muy chicos—comentó Michael con tristeza—, pero el oráculo dijo que sí debíamos venir. Cuando llegamos, le mandamos un mensaje iris a Quirón para avisarle y él nos dijo que fuéramos con cuidado.
—Kyle decidió que vigiláramos la casa para darnos una idea de qué había dentro—continuó Katie sin levantar la mirada—, por eso nos tardamos mucho, pero...
—…Había un gigante ahí—Michael se estremeció—. Y Kyle…—sus ojos se volvieron a aguar.
Rick y Suria se miraron sombríamente.
—Beban—ordenó Rick con voz ronca, señalando las tazas de chocolate que estaban intactas frente a los niños.

Rick no podía afirmar que la misión había sido un éxito porque no habían podido llegar a tiempo para ayudar a Kyle Thomas, hijo de Atenea, pero sí pudieron proteger a Michael Yew hijo de Apolo y Katie Gardner hija de Deméter.
¿Realmente esa era la vida que Rick quería? ¿Vivir en el peligro? ¿Una vida cuya única esperanza era no morir de la forma más lenta y dolorosa que podía? Hoy le había tocado a Kyle, mañana quizá a Rick, pasado quizá a Suria ¿y Ghan? ¿Eso era lo que le esperaba a ese niño? ¿Por qué la vida de los mestizos tenía que ser así de miserable?
Antes de partir de regreso al Campamento, Rick decidió que era tiempo de visitar a su familia. Ya no le importaba pensar si quiera en que le habían engañado, en que su madre no era su madre si no una diosa griega. No ¿a quién iba a engañar? Para Rick, Estela Russell era su madre a pesar de todo, para él Artemisa no era más que un mito.
Tenía la esperanza de que su familia le dijera que todo era un sueño… no, tarde para eso, pero al menos de que le dijeran que podía quedarse con ellos, de que le rogaran para que no volviera al Campamento, incluso podía ofrecerle un hogar a esos chiquillos que venían con él, podía protegerlos… lo que sea para no volver al Campamento donde le esperaba una vida triste al saber que era hijo de una diosa que había prometido ser virgen, que sería marginado por todos ellos sólo por ser hijo de ella.
No le gustó lo que vio cuando se acercó a la calle donde estaba su casa. No le importó y tiró la puerta con una patada. No quiso hacer caso a sus pensamientos, no quiso y NO quiso.
Una vecina que conocía a Rick de toda la vida se le acercó, sorprendida de verlo ahí después de tantos meses, y le confirmó el porqué de la presencia de aquellas cintas amarillas frente a la casa Russell. No se dio cuenta de que confirmó la primera sospecha de Rick en cuanto se acercó a la casa y detectó varios olores asquerosos.
Los padres de Rick habían sido asesinados hace tres meses en esa casa. Las autoridades decían que habían sido unos asaltantes drogados. Rick se dio cuenta de que habían sido los monstruos que lo habían ido a buscar disfrazados de policías, el día que él se escapó.
Suria, que estaba junto a él, vio cómo Rick se derrumbó a sus pies. Quería morirse él también.
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Angel
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   26/12/13, 11:16 am

esta genial
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Abisag Freiheit
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MensajeTema: Re: Gotas de pecado   09/03/14, 03:44 pm

El punto es no desesperarse

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No sabes cómo es. La soledad... ¡El infierno!
Y era sólo el principio.
Demo, tuve que mirar al frente porque la estúpida de Esme me necesitaba. O quizá... yo la necesitaba a ella, mi única familia.
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*
Las cosas comenzaron a cambiar después de que Rick se enteró de la muerte de sus padres.
Suria no lo vio llorar. Suria sólo lo vio flaquear en cuanto se enteró, pero nada más; ella no lo vio triste, pero sí escuchó los gemidos que, esa noche salieron de la habitación del chico. Cada sollozo de Rick se convirtió en una daga que atravesaba el duro corazón de Suria, cada lágrima se transformó en una ofrenda fiel al sentimiento que Suria no había querido reconocer en meses. No obstante, al notar la debilidad de Rick, Suria no pudo evitar tragarse su orgullo y admitírselo a sí misma: estaba enamorada de Rick. Lo amaba con el alma y por eso le dolía demasiado sentirlo sufrir.
Mas Rick no demostró su sufrimiento; Suria sabía que existían otras razones para que él lo hiciera, pero ninguna era por demostrar una fortaleza que no tenía o hacerse el insensible. Esa sencilla razón se llamaba Esme.
Esme Russell, la hermana de Rick apenas dos años mayor que él, ahora era lo único que le quedaba a Rick.
Ella era la razón por la que Rick, Suria, Michael y Katie visitaron la Correccional de Menores.
La tarde del asesinato, antes de que nadie se diera cuenta del crimen, una morena muchacha pequeña y delgada saltó del techo de su casa, gritando "¡Yo los maté, yo los maté!"; la caída no mató a Esme pero ella se rompió una pierna. El problema comenzó cuando la policía encontró pruebas en la escena del crimen para comprobar la culpabilidad de la chica.
Por eso Esmeralda Russell ahora estaba encerrada en la Correccional de Menores por haber asesinado a sus padres.
Rick no duró ni cinco minutos de haberse enterado cuando sacó un montón de dinero de su casa (dinero que solían esconder en un hoyo del jardín por temor a los constantes asaltos que vivía Richmond) y se dirigió a la Correccional, sobornó a un administrativo (ya que él, por ser menor de edad, no tenía derecho a entrar) y pidió una entrevista con Esme. Él pensaba que todo era una farsa, que los asesinos habían sido los monstruos y que éstos habían manipulado la niebla para que Esme creyera que ella era la asesina, quizá sólo por diversión.
Suria no pudo entrar con Rick a entrevistarse con Esme, ella se quedó afuera cuidando de Michael y Katie, que eran lo suficientemente grandes para darse cuenta de la situación por la que estaba pasando Rick, además ellos también guardaban duelo por su amigo Kyle.
Cuando Rick salió, miró con tranquilidad a sus amigos (como si nada estuviera pasando, como si su familia estuviera viva y unida) y les indicó que esa noche dormirían en su casa, antes de partir al Campamento Mestizo.

El curioso de Michael fue quien lo preguntó en voz alta.
— ¿Rick está bien? Digo…—se rascó la cabeza, incómodo. Esa noche él, Suria y Katie estaban en la vieja habitación que Rick compartía con Esme, Suria estaba cobijando a los dos niños en las camas de los Russell para que se durmieran—. Ayer… bueno, ayer estaba mal por lo de su familia y ahora…—no terminó la frase pero Suria lo entendió: "ayer estaba mal por su familia y ahora está más fresco que una lechuga."
—Tú sólo duérmete, enano—susurró Suria mientras acomodaba la almohada del niño—. Rick es Rick y ya—. Pero ella se preguntaba lo mismo.
Katie apenas les estaba haciendo caso, ella estaba más ocupada mirando a su alrededor, no la parte en la que ella dormía, pues le tocó la mitad de la habitación que pertenecía a Esme, donde las paredes estaban cubiertas con pósters de boybands de moda. Lo que le llamaba la atención era el territorio de Rick, donde estaba Michael, cuyas paredes estaban cubiertas con grandes dibujos sobre mantas y hojas doble carta, todos hechos a mano; uno representaba a varios personajes de anime, otro era el retrato de una chica bastante bonita, otro decía "I wanna runaway, never say goodbye, I wanna know the truth and open up my mind (1)", varios tenían logotipos de bandas musicales… bueno, había bastantes dibujos en el lado de Rick.
-Son bonitos-murmuró Katie.
—Son buenos—admitió Michael con una pequeña sonrisa—. ¿Dónde los compró?
—Los hizo él—afirmó Suria con indiferencia—, cuando está aburrido y no tiene a quien molestar, le gusta dibujar cualquier tontería que encuentra.
—Mi padre Apolo es dios de las artes—comentó Michael con la vista fija en el retrato de la chica—, aunque el dibujo no es su fuerte, también es arte ¿no? Con eso y que el otro día atravesó el corazón de tres manzanas a veinte metros de distancia, cualquiera diría que Rick es mi hermano ¿no? —su sonrisa se acrecentó—. ¡Oigan! ¿Y si sí lo es?
—Pierdes tu tiempo, Rick es hijo de Artemisa—soltó Suria inconscientemente. Un segundo después se dio cuenta de lo que dijo.
— ¿Estás jugando, no? —Katie se rió—. ¡Artemisa será virgen por los siglos de los siglos!
Michael también sonrió. Suria pensó que quizá debería mantener la mentira pero ella no era de esas personas, ella decía la verdad porque la decía.
—No estoy jugando—murmuró con cansancio a la vez que se dirigía a la puerta—. Los dioses y Quirón ya lo saben: Artemisa rompió su promesa y es madre de Rick. Buenas noches.
No pasó ni un segundo, Suria ni siquiera llegó a tocar el pomo de la puerta cuando escuchó el grito furioso de Michael.
— ¡Mentirosa! ¡Artemisa es virgen por siempre y Rick siempre será un bastardo no reconocido!
Suria no estaba de ánimos para la paciencia, no aguantó y tan rápido como Michael gritó, ella ya estaba sobre él zarandeándolo con fuerza y enojo. Katie no se movió de su lugar claro, porque estaba asustada.
— ¡En tu asquerosa vida vuelvas a insultar a Rick, ¿me oíste?! —gritó Suria—. ¡Maldito mocoso!
— ¡Suria, por favor, suéltalo! —exclamó Katie nerviosa—. Por favor…
Suria soltó a Michael no por obediencia, sino porque se dio cuenta de que no valía la pena atacar a Michael. El chico quedó tendido sobre la cama mirando furiosamente a Suria.
—Sigues siendo una mentirosa—escupió—. ¡Y Rick un bastardo!
Suria azotó la puerta con fuerza.

A la chica le costó un par de minutos calmarse para no matar a Michael; se suponía que el objetivo de su misión era averiguar si Katie, Michael y Kyle seguían vivos, no matarlos a sangre fría por idiotas.
Como estaba tan molesta, le tomó un poco de tiempo darse cuenta de que Rick no estaba en la casa. Así que cuando lo notó, más enojada de lo que le había puesto Michael, Suria tuvo que tragarse todas las ganas que le entraron de salir a buscar al inquieto de Rick (y traerlo a rastras) y se quedó en la sala de los Russell, esperándolo de donde quiera que se haya ido.
El chico llegó a las tres de la mañana. Abrió la puerta con cuidado y entró furtivamente, intentando no hacer ningún tipo de ruido para no despertar a nadie; con su brazo derecho protegía un bulto que estaba envuelto en una chamarra de cuero y en la otra llevaba una revista cuyo título Suria entendió como ShonenJ. Seguramente en su vida no se imaginó encontrarse a una enfadada chica esperándolo en medio de su sala, con los brazos cruzados y una ojerosa mirada que daba miedo.
—Habla ¿a dónde fuiste? —exigió Suria con autoridad, asustándolo.
—No te importa—replicó Rick mirando a su alrededor para encontrar una escapatoria.
—Habla, ¿a dónde fuiste? —repitió Suria irritada. Él hizo amago de querer avanzar pero ella se lo impidió.
—Que no te importa—remarcó Rick molesto, sin moverse de la entrada.
—No me quedé despierta para que me digas esas pendejadas—gruñó Suria—. Habla, inútil.
—Salí a dar una vuelta ¿ya?—escupió Rick impaciente.
— ¿A dónde?
—Que no te importa.
— ¡Contéstame! ¿Y qué es eso que traes?
—Sigue sin importarte.
—Me importa, idiota—Suria avanzó un par de pasos—. Soy lo más parecido a una familia que te queda así que…
Rick lo hizo por reflejo. No le gustó lo que Suria dijo, por lo que alzó los brazos con ira como si quisiera golpearla, entonces soltó el bulto y éste cayó al suelo.
— ¡No me digas…! ¡No!—se agachó rápidamente para recogerlo.
Aunque alcanzó a sujetarlo, Rick no pudo evitar que Suria viera aquello que él había traido envuelto en su chamarra.
— ¡¿Qué mierda es eso?! —gritó Suria mirando con asco lo que Rick había traído—. ¡Sácalo de aquí ya!
—No grites, lo vas a despertar…—susurró Rick molesto mientras envolvía eso con su chamarra.
— ¡No digas pendejadas, Rick! Déjame matarlo ahorita que…
Rick la miró con frialdad.
¿Por qué Suria se había puesti a gritar así? Porque esa cosita que Rick tenía en sus brazos era nada más y nada menos que un cachorrito… bueno, algo parecido a un perrito; si fuera un can eso sería bueno pero no, Rick no había traído un perrito común y corriente. La criatura tenía cara de perro, con el hocico blanco y las orejas puntiagudas, su cuerpo era liso y gris como un mamífero marino, con piernas tan cortas que parecían aletas y las garras parecidas a manos humanas. Un monstruo llamado telekhine.
—Lo detecté en la casa donde murió Kyle—explicó Rick como quien no quiere la cosa—, pero con lo que pasó no pude traerlo en ese momento.
—Hazte a un lado para que lo mate a gusto—ordenó Suria buscando en sus bolsillos un arma.
—Está indefenso, no vas a matarlo ¿o sí?
Rick y Suria se miraron retadoramente. Ella no entendía por qué Rick de pronto se ponía a defender un monstruo que eventualmente podría matarlo, ¿cómo es que esa cosa le inspiraba ternura Rick? ¡Por los dioses! Se suponía que Suria, como la "tierna" chica que era, tenía que ser quien protegiera a esa cosa, no Rick. Bueno, ni aunque fuera tan cursi, Suria jamás protegería a una criatura así.
—Si esa cosa crece intentará comernos—explicó Suria como si estuviera explicándole a un tonto que dos más dos es cuatro—. ¿Entiendes?
— ¿Y quién dice que querrá matarnos? —Rick soltó una triste sonrisa traviesa, de esas que ponían nerviosa a Suria—. Con un buen entrenamiento todos los perros mueven la colita y le traen el periódico a sus amos.
Ella lo miró con los ojos abiertos, como si hubiera descubierto que él estaba rematadamente loco. Y él seguía forzando esa sonrisa traviesa, como si supiera que ese gesto la ponía mal.
—Estás loco—soltó Suria.
— ¿Y?
Ella se mordió el labio, olvidándose de su antiguo enojo. Luego comenzó a sopesar las cosas: Rick acababa de perder a sus padres y su hermana estaba encerrada en la Correccional de Menores por ese crimen que no cometió, era lógico que Rick quisiera desahogarse de algún modo, pero… ¿Adoptar cachorros de monstruos como si fueran simples mascotas? Eso era de locos.
Ella cerró los ojos y contó hasta diez, para evitar agarrar a Rick a golpes.
Diez… nueve… ocho… siete… seis… cinco… cuatro… tres… dos… uno…
Abrió los ojos encontrando al chico mirándola con calma y no con el enojo de unos minutos atrás.
—Rick—llamó Suria tranquilamente—. Mira, sé que es difícil perder a tus padres…
—No están muertos—interrumpió Rick—. Su memoria no, al menos. Suria, en serio—la miró a los ojos con seguridad—, sé que sus cuerpos…—entornó la mirada—, sé que sus cuerpos han fallecido pero…—pasó una mano por su pelo, intentando encontrar las palabras para expresarse—, no siento que hayan muerto… es como si aún estuvieran aquí, conmigo…
— ¿Qué? —Suria no esperó oír eso.
—Voy a vengar el sufrimiento de mis padres—afirmó Rick seriamente—, pero antes tengo que resolver el problema de la tonta de Esme. Suria asintió, entendía eso.
—Ya después tendrás tiempo de llorarles como se debe—agregó ella. Rick no lo negó—. ¿Eso qué tiene que ver con esta cosa? —señaló al cachorro de telekhine.
—Necesito…—Rick miró hacia arriba con incomodidad.
No sabía cómo, pero Suria lo entendió. Rick necesitaba distraerse de todos sus problemas, de ser un chico huérfano, de tener a una hermana en la Correccional, de ser el hijo indeseado de una diosa que prometió ser virgen… necesitaba distraerse y para él, criar a un animal era lo mejor (quizá tenía que ver con que su madre Artemisa era la diosa de la cacería, señora domadora de los animales cazadores) sobre todo un monstruo, eso representaría un reto para él, algo que acaparara su atención.
—Es una locura.
—Es mi locura.
Suria asintió. Es nuestra locura, pensó para sí misma.
— ¿Y ya tienes un plan para sacar a Esme de la Correccional?
Los ojos de Rick brillaron, el amago de una sonrisa en su rostro; un gesto que cualquiera podría describir como encantador, pero Suria supo leer un dejo de maldad en él. Aquello no la asustó, sólo ella podía ver que, detrás de aquél chico inquieto, fastidiado y aún así amable, se escondía una faceta despreocupada y segura, con ganas de autocomplacerse sin importar los medios.
—Pero será arriesgado—admitió Rick borrando su sonrisa.
—Menos mal que eres tarado si no, no tendrías los huevos—agallas— para hacerlo.
—Menos mal.
Suria suspiró para sus adentros. No podía creer que justamente la noche anterior ella, sobrepasando su enorme orgullo, haya admitido que le gustaba muchísimo ese estúpido mocoso que estaba parado enfrente de ella acunando entre sus brazos al cachorro de un monstruo.
Soy estúpida, pensó.
Rick no añadió algo en voz alta; él tomó la mano de Suria, sacó de su propio bolsillo un papel y lo puso en la palma de la chica.
-Sólo nos queda una noche en Richmond-susurró Rick bajo la atenta e inquisitiva mirada de ella-. Como tú podrás volver pronto a tu casa, necesito que encuentres a una persona. Sus datos están aquí.
Suria apretó ligeramente el papel, en una propesa silenciosa de que cumpliría el trabajo.

Suria pensó que sería un placer volver al Campamento Mestizo.
En serio, con un Michael Yew mirando ceñudo a Rick durante todo el camino, con una Katie quejándose (en todo el camino) de que tenía mucha hambre, y con un Rick indiferente que miraba el paisaje mientras sus manos se movían de aquí para allá, a Suria el viaje se le hizo un suplicio, sobre todo si estaba encerrada en un autobús rodeada de tres semidioses que no podían mantenerse quietos debido su hiperactividad (bueno, contándose a ella misma con el mismo problema).
— ¿Falta mucho para llegar? —lloriqueó Katie después de una hora de viaje. Ella y Rick iban en unos asientos que estaban en la mitad del autobús mientras que Suria y Michael estaban enfrente de ellos.
—Sí—gruñó Rick.
— ¿Y ahora?
— ¡Katie!
— ¡Es que no lo aguanto!
Suria y Rick bufaron. Ellos tampoco aguantaban el encierro pero no era para tanto, mucho menos para fastidiar a sus compañeros con preguntas estúpidas.
— ¿Ya?
— Katie…
—Es que…
— ¡Por Zeus, Katie!  ¿Quieres cerrar la boca? —exclamó Michael Yew, que hasta el momento había tratado de concebir el sueño.
—No hagan ruido—pidió uno de los otros pasajeros.
—Cállense, mocosos—habló otro.
— ¿Ya ven niños? —Suria regañó a Michael y Katie—, quédense quieto y duérmanse, ya.
Rick, que estaba observando por la ventana, miró de reojo a Suria y esbozó una mueca de hastiada fanfarronería.
— ¿Y tú qué? —espetó Suria. Era cierto que a ella le gustaba él, pero tampoco sería su juguete.
—Es que pareces una mamá histérica, Suri—dijo Rick en un tono que pretendía ser burlón—. ¿Ahora qué? ¿Nos vas a cambiar los pañales, mami?
Katie soltó una risotada, incluso Michael contuvo una sonrisa. Suria entrecerró los ojos.
—Si Suria es nuestra histérica mami—dijo Katie alegremente—, entonces tú eres nuestro irresponsable papi, Rick.
Suria soltó una risotada nerviosa. Dioses ¿por qué le salió así? Se supone que esas palabras le tenía que hacer gracia, no ponerle la piel de gallina. Rick ni se molestó, hizo amago de levantarse y le hizo una señal a Suria para que lo siguiera.
— ¿A dónde van? —preguntó Michael con desconfianza. El chico no trataba de mostrar a aquél alegre muchachito que era antes de enterarse de que Rick era hijo de Artemisa, pero Suria sospechaba que Michael no aguantaría mucho en su papel de niño enojón, era hijo del dios Sol después de todo.
—Suri y yo vamos a escribirle más cartas a la cigüeña—explicó Rick con la voz vacía—, creo que con ustedes, Katie y Micky, no le metimos tanta pasión y por eso además de idiotas, salieron insolentes.
Roja sin saber de ira o de vergüenza, Suria giró su rostro fingiendo que los maleteros de la esquina superior eran lo más interesante del mundo.
—No me llames Micky—se quejó Michael.
—Lo que digas, ratón—al parecer Rick no se dio cuenta de la reacción de Suria.
—Soy ratón a mucha honra ¿Y? —Michael levantó la barbilla con orgullo.
Rick chocó la palma de su mano con su frente. Había olvidado que el ratón era el animal sagrado de Apolo, padre de Michael.
Y así siguieron su viaje hasta Long Island. El enojo de Michael se esfumó poco a poco aunque no quiso decirle a Rick por qué estaba molesto, Katie tomó la costumbre de llamar Papi a Rick y Mami a Suria para molestarlos, Rick le siguió la corriente con desgana y se comió la mayor parte de los alimentos, y Suria se puso a jugar con sus pulgares para tener algo que hacer. No, no se habían olvidado de la muerte de Kyle, de los padres de Rick ni mucho menos de Esme, pero también eran niños y necesitaban relajarse de aquello.
Nadie se dio cuenta del pequeño telekhine encerrado en una jaula que iba en el portaequipajes cuya entrada estaba en el exterior del transporte.
Entonces el viaje se complicó.
Primero sintieron el temblor y luego el ruido.
El autobús se tambaleó peligrosamente antes de detenerse de golpe.
¡Tuk!
Todos los pasajeros salieron disparados hacia adelante por inercia. Rick y Katie se golpearon fuertemente la cabeza y Michael quién sabe cómo terminó tirado en el pasillo, la única que no sufrió daño fue Suria porque ella se sujetó fuertemente de su asiento.
Sobándose la cabeza y en medio de los quejidos de la gente, Rick paró la oreja.
—Monstruo—anunció enojado—. Viene volando y rugiendo.
Ni Michael, Katie o Suria se asustaron, ellos eran mestizos capacitados para luchar contra algo así. Los cuatro salieron empujándose entre los pasajeros que también querían salir lo más rápido posible del autobús para evitar accidentes más graves.
— ¿Micky, traes tu arco? —gritó Rick entre las personas.
— ¡Sí!
— ¡Dioses! —Katie había sido la primera de los cuatro en salir, pero se detuvo sorprendida por lo que estaba viendo en el cielo—. ¡Un dragón!
— ¡¿Qué?! —el resto bajó a trampicones los escalones y se paró a su lado.
Como la carretera estaba cruzando fronteras estatales, era desierta por lo que no había edificios estorbando la vista más que extensos campos de trigo al sur y al norte una montaña. Una mancha negra estaba descendiendo a ras de la montaña, haciéndose más y más grande hasta que fue fácil distinguirlo: un dragón con escamas verdes, enormes ojos rojos y alas de murciélago extra—grandes, ah y por si fuera poco con un par de garras que parecían enormes cuchillas de carnicero.
—La criatura es lenta—señaló Rick observando al dragón con fascinación.
— ¿Qué haremos, Russell? —inquirió Michael.
—Nada…—Rick se giró hacia sus compañeros con un dejo de vacilación que eliminó al instante—. No, digo, Micky, mantén listo el arco…
— ¡Sí!
—Katie, tú aleja a los pasajeros…
—Yo también puedo luchar—se quejó Katie.
—Suri, tú y yo estaremos al tanto—Rick ignoró a Katie y miró a Suria—. Vamos a esperar a ver si ataca…
— ¡¿Qué?!—saltó Michael tensando su arco con una flecha—. No podem…—antes de que terminara su frase, Rick lo empujó para que cayera al suelo. El dragón había descendido e intentado llevarlo, no lo logró porque perdió de vista su objetivo.
La criatura volvió a subir, gruñendo en un sonido similar al de un león furioso, como los que se veían en el canal de los Animales. Michael Yew ni si quiera esperó a ponerse de pie para tirarle flecha tras flecha, aunque los proyectiles rebotaron contra las duras escamas del monstruo, enfureciéndolo más.
Los otros pasajeros, que ya habían bajado todos del autobús comenzaron a gritar y correr en círculos con miedo, como la niebla impedía que vieran al monstruo tal cual era, Rick se preguntó qué estarían viendo en esos momentos. Katie ni floja ni perezosa, comenzó a gritar órdenes para reunir a la gente y llevarla a la base de la montaña, un lugar seguro. Suria sacó sus armas y comenzó a agitarlas, eran un par de delgadas pero fuertes cadenas que eran sujetadas por una correa de cuero  y del otro extremo tenía un manojo de cuchillas bastante peligrosas; en serio, nadie querría ser castigado con esas cadenas; al lado de Suria y su peligrosa arma, Rick se sintió basura al mirar la vara que Artemisa le había regalado. Pero no había tiempo para lamentarse, Rick agitó su vara y ésta se convirtió en una filosa lanza de cacería.
Durante el siguiente minuto los tres se dedicaron a atacar a distancia al dragón, sin otro efecto más que molestar a la criatura, y esquivar los feroces zarpazos que la bestia les lanzaba en respuesta.
—Es inútil—resopló Michael escondido detrás del autobús que servía como fortaleza temporal para los tres semidioses—. Sus escamas son mágicas y fuertes, nuestros ataques le dan risa.
— ¡Uy sí, se está ahogando de la risa! —escupió Suria que estaba asomándose para ver a la criatura.
eTiene que tener un punto débil—jadeó Rick apretando su lanza—. Por más fuertes que sean, todos los seres tienen un punto muy frágil, si Aquiles tenía su talón ¿un dragón qué?
Entonces la bestia rugió y volvió a atacar; esta vez no se contuvo con el autobús por lo que rasgó con sus garras el parabrisas, causando un desagradable chirrido chillón. Los otros tres se dispersaron, listos para atacar.
"Si queremos dañarlo de verdad, tenemos que atacar sus órganos internos" pensó Rick. "Pero sus escamas lo protegen; algún orificio… su boca lanza llamas cuando se siente en peligro y ¡mierda! Su cabeza está tan deforme que no se distinguen sus orejas. Entonces…"
— ¡Los ojos! —gritó Rick agitando salvajemente su lanza—. Ataquen sus ojos.
Entonces la bestia cambió de rumbo, en lugar de atacar a Suria que lo esperaba confiada, se dirigió a Rick. Él, antes de correr y ponerse a salvo, vio una oportunidad única de atacar los ojos de la bestia, así que no la desaprovechó. El resultado: la lanza de Rick traspasó la cabeza del dragón a través de su ojos derecho. El dragón no tardó en reaccionar, chillando como loco.
¡Suc!
Una de las garras alcanzó el pecho de Rick, cortó lo que pudo y lo lanzó lejos. Él no se levantó.
— ¡Rick!
— ¡No, Suria, espera!
Suria ignoró a Michael. En un segundo ella ya estaba junto a la bestia, atacándola salvajemente. Michael quedó mirando el espectáculo hipnotizado. Suria estaba peleando con el dragón como si fuera su igual, con una de sus cadenas logró herir el otro ojo del dragón y con su otra mano sacó la lanza de Rick, el dragón se defendió, manoteó al aire aunque ya no veía nada y su boca lanzó una gran llamarada de fuego. Entonces Suria sujetó con fuerza la lanza de Rick y, a pesar del fuego, lo clavó en la boca del monstruo, quemando su brazo derecho, hiriendo gravemente a la bestia.
El tiempo se detuvo un instante, lo suficiente para que Michael, en estado de shock, pudiera apreciar a Suria hundiendo el arma de Rick en el dragón y éste, resistiéndose, soltando pequeñas llamaradas. Después el tiempo corrió normal; Suria sacó la lanza y se alejó trastabillando lo más rápido que pudo. El dragón ya no podía rugir ni atacar, el dragón se elevó por los aires derrotado.
Sin embargo…
Sucedió en un segundo.
Un relámpago descendió del cielo y golpeó al dragón, terminando de matarlo. La bestia azotó como res en el asfalto.
— ¿Qué…?—Michael miró hacia arriba. El cielo estaba completamente despejado, no había ninguna posibilidad de que un rayo surgiera por que sí y luego matara a la bestia—. Suria ¿viste…?
Pero Suria no le estaba haciendo caso, ella había corrido hacia Rick y lo zarandeaba para que reaccionara, cosa que no pasó; no obstante, quizá la chica presintió algo, de pronto ella lo jaló y lo aventó más lejos, una milésima de segundo después, otro relámpago cayó justamente donde Rick había estado acostado.
— ¡Santas liras! —susurró Michael sorprendido—. El señor Zeus ha de estar enojado…—volvió a mirar hacia arriba, ahora ya no estaba despejado como un minuto atrás, varias nubes grises se juntaban entre sí con demasiada rapidez.
— ¡Lo quiere matar!—gritó Suria al borde de la histeria—. ¡Quiere matar al hijo de Artemisa! —y corrió hacia él como si pudiera protegerlo.
Michael se quedó en shock otra vez. Entonces era completamente cierto… Rick era hijo de Artemisa.
La voz de Katie lo sacó del limbo. Vaya, se había olvidado de ella, que había estado a un lado de la batalla, guiando a los otros pasajeros que al parecer no entendían nada (y no podían ver nada real debido a la neblina).
— ¡Vamos, están heridos! ¡Vamos, vamos! —tan rápido como pudo, Katie llegó junto a Rick y lo revisó mientras Suria se aferraba a él con fuerza; muchas personas más se apresuraron a rodearlo.
— ¡Estúpida! —saltó Michael comprendiendo el peligro en el que ahora se encontraban—. ¡Aléjate de él, YA!
Michael no sabía si ir a alejarla de Rick o… cualquier otra cosa, menos quedarse parado como lo estaba haciendo ahora. Miró al cielo con temor. Las nubes ya estaban sobre ellos y varios relámpagos resonaban por el lugar.
La mente de Suria estaba en blanco. Sólo sabía que no se iba a alejar de ahí por nada del mundo.
Katie, al lado de la chica, cerró los ojos.
"Mamá, mamá, por favor, convence al señor de los dioses que no nos mate, madre por favor. Es lo único que te pediré en mi vida…" suplicó desesperada. Era su última carta pero lo único que le quedaba para seguir con vida. Katie sabía que sólo uno de sus hermanos podía controlar al señor de los dioses, por lo que echó toda su suerte a que su madre Deméter interviniera por ella ante Zeus para que no la matara ni a ella ni a sus amigos; además confiaba que el señor Zeus no quisiera matar a un grupo de mortales sólo porque sí, ya que incluso en el Olimpo eso tenía castigos.
Katie no podría soportar llegar al Campamento con tantas malas noticias…
La gente alrededor estaba temblando de frío, extrañamente quieta, quizá presintiendo el peligro en el que se hallaban.
El cielo bramaba amenazador entre relámpagos y ráfagas de viento… y los enormes campos de trigo comenzaron a agitarse en contra de las corrientes de aire, oponiéndose a la ira que provenía del cielo. Deméter, diosa de la agricultura, estaba plantándole cara a Zeus, dios de los cielos.
Y por primera vez, los chicos vieron desaparecer una tormenta tan rápido como llegó. Pronto Suria suspiró de alivio, Rick no se despertó y Michael se desconcertó. Katie pensó que habían tenido mucha suerte, pero que si Zeus estaba dispuesto a acabar con algo, nunca se quedaría quieto.

Los cuatro mestizos llegaron sanos y salvos al Campamento Mestizo.
Después del "incidente" con el dragón y de que Rick se despertara, los chicos se las arreglaron para viajar como carga extra en un tráiler transportador de verduras (sólo fue cosa de distraer al chofer y luego entrar furtivamente a la caja del tráiler); habían decidido que lo más conveniente era estar con algo relacionado a la agricultura, si así estaban más o menos protegidos por la diosa Deméter…
Rick no se sorprendió cuando supo que Zeus había intentado matarlo.
—No me extrañaría que incluso él haya enviado a ese dragón—admitió con pesar, mientras los cuatro iban en la caja del tráiler, entre cientos de cajas de madera con verduras—, y que luego lo matara por no haberme asesinado. Lo que sí me sorprende…— miró a Katie con cautela, quien se encogió de hombros.
Pero Rick también se sentía un completo imbécil por haberse quedado inconsciente tan fácilmente; o eso pensó a la vez que acariciaba la caja que él se esforzó en rescatar de los restos del autobús, la caja que contenía a su mascota telekhine (cosa que ni Michael ni Katie sabían). Michael, por su parte, volvió a su enfurruñamiento inicial y decidido a ni si quiera mirar a Rick. Rick se dio cuenta del motivo (porque era hijo de Artemisa, la sagrada hermana del padre de Michael), pero tampoco se dignó a hablar con Michael, así que los dos se ignoraron mutuamente.
El viaje duró, para alivio de todos, sólo un par de horas. Después se las arreglaron para que el tráiler se detuviera (nótese que el chofer paró porque se dio cuenta de que muchas de sus cajas se reventaron por causas desconocidas), y arrivaron a Long Island.
Como llegaron en la noche, ningún campista salió a recibirlos calurosamente como solían hacerlo.
Quirón escuchó atentamente la historia que los chicos le contaron. Ya le habían hablado de una parte de ello mediante un mensaje Iris, pero nada mejor que oír los acontecimientos de viva voz de los chicos.
El viejo centauro agradeció que los semidioses hayan llegado sanos y salvos al Campamento, pero lamentó profundamente la muerte de Kyle Thomas; sobre todo, se llevó aparte a Rick para hablar a solas con él.
—Los volverás a ver algún día, Rick, en los campos Elíseos—dijo una vez que estuvieron solos en el porche de la casona del Campamento—. Eso te lo puedo asegurar.
Rick, parado al lado del centauro, asintió.
—No intente consolarme, señor Quirón—murmuró—. No es como si la muerte de dos mortales sea importante—añadió ácidamente. Miró a Quirón a los ojos—. Estoy bien—aseguró—. Sólo le pido que… los dioses me dejen en paz; yo no pedí ser su hijo.
Quirón le sostuvo la mirada.
—No estás bien, Rick—replicó el centauro calmadamente, omitiendo la última frase del chico—. La muerte nos afecta de diversas maneras, pero siempre afecta.
Rick no despegó pronto su mirada de la del centauro, mas no respondió. En su lugar, se dio la vuelta y se marchó hacia la cabaña ocho, otra vez dispuesto a no volver a salir de ahí en días.
Desde la entrada de su propia cabaña, Suria miró a Rick entrar a la suya. Aunque quiso ir a hacerle compañía, ella sabía que eso no serviría de nada. Si quería ayudarlo, sólo lo podía hacer investigando a la persona cuyo nombre estaba escrito en un papelito que Rick le dio la noche en la que rescató al cachorro de telekhine.
Pronto Suria tendría que comenzar sus clases de semestre intermedio, pronto ella tendría que volver a Richmond y Rick quedarse en el Campamento, pronto ella tendría más posibilidades de averiguar sobre esa persona con la que empezarían los planes para sacar a Esme Russell de la Correccional de Menores.

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(1) letra de Runaway de Linkin Park.
Puntos a destacar: Esme está en la Correccional (una "cárcel" reformatorio para menores delincuentes), Russell planea sacarla de ahí pero es peligroso, Rick encontró un nuevo hobbie, Michael no sabe si detestarlo o no, Katie tiene hambre, Zeus no quiere a Rick, Deméter tiene los ovarios para hacerle frente al señor de los dioses, y Suria siente algo por Rick; aunque eso era casi obvio pero hey, nuestra chica no es como Clarise o Annabeth, mucho menos como Pipper o Hazel, ella es ella y punto; la "relación" Suri-Rick será más complicada que enseñarle a un burro la teoría de la relatividad. Es más, si leen la introducción, verán que habrá alguien aparte de Suria y que Rick se desespera al pensar en Suria.
Por cierto, mantengan un ojo en la introducción, porque lo que menciona ahí es muy importante para toda la historia.
Para el siguiente tataré de poner a los dos curiosos dioses que presenté la vez anterior, a Ghan, a Katie y un poco más de Micky.
¡AH! También muchas GRACIAS por el comentario, Cazador de Monstruos.
Bueno, nos vemos
Cuídense mucho, mucho, mucho
Yo
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Gotas de pecado
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